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Detrás del velo: Una mirada íntima del mundo árabe

Detrás del velo: Una mirada íntima del mundo árabe

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Detrás del velo: Una mirada íntima del mundo árabe

Longitud:
310 páginas
6 horas
Publicado:
15 oct 2019
ISBN:
9788417241537
Formato:
Libro

Descripción

El mundo árabe es, junto a Europa, nuestro vecino más próximo. La tradición dicta que el primer país que visita cada nuevo presidente del gobierno sea Marruecos, y muchos empezamos a viajar al extranjero por ese mismo país. En cierto modo nuestra tranquilidad depende de la armonía con ese amplio escenario que, paradójicamente, sigue siendo un gran desconocido.

Noemí Fierro, con su experiencia de calle y su profundo conocimiento del idioma, nos descubre un mundo fascinante nunca descrito de primera mano en español. Nos permite adentrarnos en escenas de la vida cotidiana, desvelar situaciones inesperadas, tomarle el pulso a las incertidumbres y reflexionar sobre aspectos culturales que nos pasan desapercibidos.

Desde la experiencia de alquilar un apartamento, hasta el asombro de escuchar hablar de amor y sexo a sus alumnos, pasando por acostumbrarse al tráfico de sus grandes capitales o penetrar en los espacios privados inaccesibles al simple turista, este libro trata el mundo árabe con humor, naturalidad y desparpajo. Una mirada íntima a unas sociedades diversas que nos seducen gracias a la escritura de la autora.

Desgraciadamente, la esperanzadora Primavera árabe se marchitó y la autora fue expulsada de varios países en guerra, pero llegó ilesa al verano para contarnos cómo fue estar juntos y convivir.
Publicado:
15 oct 2019
ISBN:
9788417241537
Formato:
Libro

Sobre el autor


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Detrás del velo - Noemí Fierro

autora

Prólogo

El mundo árabe que yo conozco es rotundo, sufrido y espontáneo; es un mundo contaminado, hermoso y divertido, cariñoso e implacable, violento y amable, intenso, corrupto y hospitalario; improvisado y azaroso; reivindicativo, luchador y taciturno; desordenado, tradicional e hiperbólico, curioso, que duerme poco y se cansa trabajando; es contradictorio y patriótico, orgulloso y fanfarrón; un mundo que piensa y se reescribe, acomodaticio y religioso. Se atusa el pelo y se pone dramático. Es profundo, escandaloso y apasionado. Deja propina allá por donde va. Sabe bien de su fuerte personalidad.

Tiene la cabeza puesta en el pasado, para no olvidar lo que ha perdido. Acusa con el dedo a los demás de sus desbarajustes y laberintos. Puede sacar conclusiones equivocadas, sitúa al enemigo al otro lado de su valla, y ahí decide que termina de juzgar, con tal de no acercarse el espejo a la cara. Él, tan presumido y amante de lo bello, esquiva mirarse, por si acaso. Es maleable, sentimental y romántico, voluble y está a punto de estallar por los aires. Desgasta y atosiga, pero te abraza para que no te quieras marchar. Le encanta platicar y se pone cómodo para conversar. Es artístico y plástico. Disfruta bailando cuando encuentra el resquicio para celebrar, y lo suele hallar antes de lo normal. Hace poesía al hablar; pinta lo que ve o lo que sueña que verán los que vengan después. Saca el piano a la calle y toca para amansar a las fieras, o para espantar su miedo y no pensar por un rato; alaba su cálamo y la letra, pero censura lo que no quiere leer porque le hiere tener en tinta lo que hace mal. Quizás por eso también se marchó al exilio y en algún momento el mundo árabe decidió tomarse un respiro.

Está manipulado y se siente como tal. Manipula cuando le sale a cuento y compite consigo mismo como si estuviera en un concurso televisivo. Mira de reojo si no le cuadra lo que escucha, te provoca y se detiene. No te cede el paso y atropella aun sin ponerse al volante, pero construye una red de araña para que te sientas protegido, a veces aprisionado en su jaula. Luego, tira la llave al fondo del mar y te manda instrucciones para que la encuentres si quieres ir a buscarla. Tiene prisa por llegar y, cuando llega, se sienta a descansar. Es parsimonioso, aunque de reflejos rápidos. Sabe vender y le gusta comerciar, pero le cuesta hablar de dinero cuando está en el negocio. Se despide de la muerte de cerca, más de cerca que los demás, porque entierra a sus padres con sus propias manos. Se toca el corazón para dar las gracias, y con el gesto toca el tuyo sin saberlo. Cuida a sus mayores y a sus pequeños como un tesoro inmaterial del futuro que anhela. Verbaliza poco lo que intuye que no tendrá, maquillando hasta el final que aún le queda esperanza para regalar. Imanta los dos polos cuando quiere, sabe de alquimia y funambulismo, porque tiene por costumbre subir al trapecio a diario. Hace magia para convertir lo feo en algo fabuloso. Es supersticioso y le encanta la comida, a fuego lento y elaborada, siempre en compañía. Es tribal y nómada, mucho más nómada en los últimos años.

Le gusta presumir de lo que tuvo y se fue, de sus viejas glorias, de sus ciudades y de su historia, de su pasado sepultado y heroico. Parece que no le importa mucho conservarlo porque para eso ya lo tiene todo almacenado en su memoria. Vive en un impás que pone a prueba su paciencia, a prueba de balas y sin ellas: es paciente como nunca lo será ningún otro.

El mundo árabe que yo conozco no suma ni el cuarto y mitad de lo que es en realidad. No sé si lo conozco bien, por su culpa, sobre todo, porque consigue que el tiempo pase en un suspiro y cuando menos te lo esperas te tienes que marchar. En mi imaginación no empezó a mostrarse hasta que lo tuve delante, me dejó quedarme e incluso convencerme de que no hay por qué estar haciendo las maletas todo el rato. Hablar de él ahora es mi manera de recuperarlo, de recordar lo que me enseñó y lo que vivimos juntos los que estábamos allí, al compás de ese epílogo de la felicidad que nos quedamos esperando.

Hay nombres que aparecerán en este libro a los que no he pedido permiso para nombrar, porque no he podido o porque no quería correr el riesgo de que declinaran andar conmigo. Hay nombres de personas a las que pedí permiso y luego no supe dónde situar o me dio vergüenza incluir. También hay nombres que no son árabes, pero me empujaron igualmente a mirar lo árabe con sus ojos. Me hicieron plantearme preguntas que yo ya no me hacía, porque pensaba que me sabía las respuestas, poniéndome en un brete y obligándome a volver a cuestionarme las cosas. Todos ellos simplificaron lo complicado y complicaron a rabiar lo más sencillo, los árabes y los que no lo eran tanto.

Lo mejor de sentarse a escribir es viajar hacia ellos otra vez, ahora que tenemos los aeropuertos cerrados, con el deseo de hacerlos tan reales como cuando ocupábamos las mismas sillas del café. Peso en la báscula cada palabra que escribo, como antes pesaba las maletas, para no pasarme con lo que añado, pero asegurándome de que no me olvido de llevarme de nuevo todo lo que necesito, no vaya a ser que luego me haga falta mientras voy de camino. Si me leyeran algún día, a lo mejor alguien se enfada conmigo o piensa que aquello igual no tendría que habérmelo contado. Entiendo lo que es tener que estar dando la cara todo el tiempo, o que piensen que eres el reflejo del lugar donde has nacido, porque a mí también me ha pasado.

Ahora que ya no lloramos por los mismos motivos, aún seguimos riéndonos con lo mismo, y me da la sensación de que eso lo estamos olvidado. El sentido del humor es una de las prácticas que más nos acercan, y no sé por qué se habla tan poco de ella. El mundo árabe se ríe de todo, se ríe desde el alma y sabe cómo hacer para sacarte la sonrisa. Es especialista en escapismo y sale de los imposibles relativizando, por eso lo más grave de estar vivo siempre se antoja liviano. Tiene la capacidad de volverte loco y que a las dos semanas de haberte mandado a la sala de reposo lo eches de menos y te pongas a contar cuánto queda para volver a verlo.

Así nos quedamos muchos, contando.

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Los puntos sobre las íes

Los árabes también ponen los puntos sobre las íes, aunque expresarlo así solo es una manera tramposa para invitar a la reflexión sobre asuntos lingüísticos. A decir verdad, en el caso del árabe son dos puntos, y la «i» se llama «ia». Se asemeja, es cierto, pero en realidad tampoco es nuestra vocal, aunque sí suena igual al leerla. Lo que no tiene trampa ni cartón es que, para expresar la misma idea a la que nos referimos con esta expresión, ellos dicen literalmente «poner los puntos sobre las letras», y con ello unos y otros apuntamos exactamente a lo mismo: concretar, matizar nuestras palabras y poner remedio a la confusión si la hubiera. Tiene mucho sentido que ellos lo expresen así, dado que el árabe necesita de los puntos para diferenciar las consonantes entre sí.

Esta lengua cuenta con un sinfín de detalles peculiares y una lista larga de curiosidades. Como es matemática pura, en su funcionamiento intrínseco no caben llamativas excepciones. Todo se rige por raíces y esquemas, así que cada palabra procede de un origen visible que se queda en la propia lengua a través de un finito y hermoso juego de derivaciones. Esta es solo una conclusión para ir abriendo boca y hacernos a la idea.

En el alfabeto, por ejemplo, lo primero que el estudiante aprende, empiezan las grandes sorpresas, no solo por el trazado en sí de las letras, sino por el comportamiento que estas presentan. Algunas tienen prohibido ligarse a las que las preceden, aunque sí se juntan a las que las siguen; a otras les sucede precisamente a la inversa. Como si fueran seres vivos, crecen, se encogen, se arrugan, sufren erosiones, les salen bultos de repente, ganan peso o se ven enflaquecidas, cambios físicos que experimentan en función de su posición en la palabra, al principio, por el medio, al final o aisladas. Miran a los lados y, en función de lo que vean, se comportan ellas. Ciertas letras solo viven transiciones superfluas que en nada impiden que las identifiques enseguida, otras, en cambio, mutan de tal manera que cuesta algo más adivinar a quién tienes delante cuando empiezas a conocerlas.

Hay letras que resultan amables porque se asemejan a nuestra fonética y se pronuncian tan igual que da gusto encontrarlas. Cuando estás aprendiendo a leer, toparte con ellas por el camino es como sentarte a la puerta de casa a tomar un vaso de agua. Son un regalo de aliento porque su presencia te lleva a confiar en que aún tienes alguna posibilidad de sentirte medianamente digno y no estropear demasiado el intento de pronunciación que emprendiste minutos atrás. Muy al contrario, hay otras que se te atascan en alguna zona de la garganta y cuando te las presentan intuyes que eso no va a cambiar jamás. Les estrechas la mano con desdén y desconfianza, y aunque aceptas con resignación su canalla existencia, cuando la ocasión te lo permite pones en práctica el viejo truco de cambiar de acera, buscando un sinónimo a la palabra donde aparecen para evitar saludarlas.

Ante esta realidad tan particular y compleja, a saber, esa plasticidad tan atractiva de las letras para modificar su diseño en función de dónde estén situadas en la palabra y de quién tengan de compañera a cada lado, el hecho de que la dirección de la escritura sea de derecha a izquierda ya se entenderá que queda poco más o menos en una anécdota.

Ello explica que cuando se empieza a aprender el alifato (o alfabeto árabe) todo el mundo sufra una leve, aunque según el caso prolongada, dislexia por la que se confunden constantemente las letras y, sin embargo, a nadie le dé por trastocar la dirección del texto que trata de reproducir, oralmente cuando lee o lápiz en mano cuando intenta escribir. Cuando al estudiante le explican los pormenores de cada letra, de qué pie cojea cada una, cuál de ellas se suele poner a régimen o las enemistades y rencillas entre ellas, lo primero que motiva para empezar a practicar suele ser el nombre de pila de cada uno, si va bien la cosa, el apellido. Una vez dominada la situación personal, se amplía el panorama para abarcar al resto de miembros de la familia y a veces, emocionados, nos servimos de los nombres de los vecinos también para ejercitarnos e ir adquiriendo habilidad. En esa fase solo se trata de transcribir, y lo guardo en la retina como un momento precioso porque se asemeja a la sensación del artista plástico que hace un dibujo en el papel. Te retrotrae a la infancia, a los cuadernillos que rellenabas copiando lo que figuraba escrito en la línea superior esforzándote para hacerlo lo más parecido posible. Es bonito que el árabe permita ser niño y artista a la vez.

Aparte de por sus formas originales y los cambios físicos que experimentan, la dislexia que las letras le generan al extranjero se acentúa cuando debe interiorizar el concepto del punto para diferenciar las consonantes entre sí. Se colocan encima de las letras o debajo de ellas, pero no en todas, y además su número varía: pueden ser uno, dos o tres. Me acabo de poner a contarlas y descubro que son justo la mitad, no lo había pensado hasta ahora: catorce de las letras del alifato llevan algún punto. Lo importante es que, si el puntito está arriba, representamos una consonante, y si está abajo, otra muy distinta que en nada se parece a la primera. Con el mismo trazado, por tanto, podemos tener hasta tres consonantes y solo el minúsculo punto matiza quién es quién.

Con el tiempo tienes que acostumbrarte a un asunto caligráfico relacionado con esto: si la letra tiene dos puntos encima, se pueden juntar, lo que provoca que se conviertan en una raya horizontal. Los acabas uniendo, pero hay que reconocer que al principio te resistes a imitar el estilo, ya no recuerdo bien el motivo. Si son tres puntos, también se pueden unir entre sí y en este caso se transforman en el tejadito de una casa. Es evidente que el hecho de que un punto sea el que marque la distancia entre una consonante y otra obliga al profano a estrenar una mirada nueva sobre lo que ve en el papel o a pegarse el folio a la cara y también, en algunos casos, a ir al oculista para ponerse gafas. Se torna pues demasiado habitual confundir un punto real que se encuentre físicamente escrito con una mota de polvo que, por ejemplo, esté pegada a la pantalla del ordenador, o con los tintes que le ponen al papel cuando te llega un fax.

Aunque seguro que habrá una explicación científica, se me ocurre pensar si no será el hecho de contar con los puntos para diferenciar la mayoría de las consonantes entre sí la razón de que ese otro punto que ponemos todos para terminar una frase haya quedado liberado de cualquier poder de cambio sobre la letra que viene detrás. Él ya está ejerciendo una responsabilidad sustancial como para, encima, otorgarle la capacidad de generar una mayúscula. Por lo tanto, en árabe estas no existen y el punto menos que nadie tendrá el superpoder de provocar que crezca la letra que le sigue. Personalmente eso siempre me ha gustado de esta lengua, la igualdad en lo que a tamaño se refiere. Parece una tontería, pero al árabe que empieza a estudiar nuestra lengua le cuesta un poco acordarse de que detrás de un punto tiene que poner una mayúscula, dado que la idea no existe para él.

Si damos un paso más allá, enseguida caemos en la cuenta de que en español no solo el punto espolea a la letra para que aumente de tamaño, sino que a veces ocurre que el concepto se viene arriba solo y soltamos las mayúsculas como palomas de la paz ante los nombres de un fulano de tal, los países, los pueblos más minúsculos del mapa, los atributos divinos, los ríos que fluyen y se secan y, por supuesto, los apellidos, entidades varias y un larguísimo etcétera. En árabe, por el contrario, ni siquiera Dios va en mayúscula; creo que con eso ya queda todo dicho.

En árabe, las letras se dividen en dos grupos: solares o lunares, y su amistad con uno u otro astro condiciona la manera de leer un artículo determinado cuando este se pega a una de ellas. De las veintiocho consonantes la mitad exactamente son solares y la otra mitad lunares. El árabe es muy equitativo y en sus gustos habituales suele ser amigo del equilibrio. El sol, por cierto, es femenino en árabe, y la luna es masculina, justo al contrario que en español, y no es por incentivar una lucha de géneros, pero ya se imaginarán quién es más fuerte de los dos. Como podemos deducir por el nombre, una letra solar tiene el poder de fundir el artículo cuando este aparece junto a ella. Como hace la estrella que nos da calor, lo atrae hacia su campo magnético y de las dos letras que conforman el artículo, la que está más cerca de aquella se diluye y desaparece. Lo curioso es que en la escritura no se manifiesta este hermoso proceso que está ocurriendo internamente. Sucede de una manera imperceptible a la vista, así que en apariencia todo se mantiene igual. En cambio, en la pronunciación, el artículo, por efecto de la letra solar que tiene pegada a él, se derrite y no suena, la mitad de su cuerpo enmudece por completo.

Con las letras lunares sucede al revés. Frías como el témpano, no poseen esa fuerza abrasadora del sol y, por consiguiente, al acercarles un artículo determinado, lo miran impotentes y no son capaces de actuar de ninguna manera contra él, ni lo derriten ni lo silencian, se tienen que aguantar con él intacto e íntegro a su lado. Recuerdo que en una de las primeras clases explicaron el proceso así, tal cual lo cuento yo ahora, y gracias a las metáforas y al razonamiento los estudiantes pudimos grabarnos el mensaje. Otra cosa fue después memorizar en qué grupo de los dos estaba cada letra. Para eso no conservo ninguna explicación especial que ayude a colocar a cada una en su sitio y permita leer el artículo como corresponde.

* * *

Superado el asunto de las letras, juntándolas conseguimos formar palabras, sin embargo, puesto que son organismos en evolución, no es posible cometer contra ellas la infamia de separarlas con un guion, como hacemos en español, cuando se nos acaba la línea. Para evitar la afrenta, en árabe las palabras tienen la capacidad de alargarse o apretarse, algo puramente estético, y así se adaptan al hueco que el folio les deja para mostrarse.

Aunque todo parezcan diferencias, también tenemos algún que otro elemento compartido: el signo de interrogación, por ejemplo. En árabe, no obstante, hay partículas que introducen ellas solas la duda, esa es su única función y, por consiguiente, el signo de interrogación solo aparece al final de la frase. Bueno, en realidad lo de colocarlo detrás y delante de la frase, ahora que lo pienso, es bastante particular nuestro del español, como las doce uvas de la Nochevieja. Para ser sinceros, el signo podría no estar en árabe, porque para eso ya tiene la citada partícula que anuncia la pregunta, así que no suele causar mucho alboroto si uno se lo come al escribirlo. Dicen que fue un invento relativamente moderno por contacto con otras lenguas. El árabe lo adoptó como propio, pero aún no se le ha olvidado del todo que puede eliminarlo. Él suele resistirse a perder su esencia: sacarse de encima los elementos superfluos.

Esta lengua tiene un fonema que no existe en ninguna otra del mundo, un invento único y excepcional por el que sentirse original, bastante parecido por lo tanto a lo que nos pasa a nosotros con la eñe; hay sonidos aspirados, dentales, fricativos, labiales, igual que los nuestros, pero alguno que otro sale de una parte de la cavidad bucal a la que seguramente nunca habrías concedido la capacidad de producir un sonido. Al principio tratar de imitar a los nativos te obliga a hacer extrañas maniobras con la boca y la mandíbula, incluso con la cavidad glótica. Notas rápidamente que te sobran piezas dentales, o tal vez es que te faltan, y percibes sin no mucha dilación que tu lengua es un cuerpo amorfo e ingobernable de cuya localización empiezas a ser consciente solo entonces.

Vocales hay solo tres (menos mal, piensas tú): dos de ellas se escriben igual, y solo su ubicación, sobre o bajo la consonante, les pone nombre; arriba es una «a», abajo es una «i». Cuando ves una de las dos, sabes que cuentas con el cincuenta por ciento de posibilidades de acertar, y por un tiempo, como nada te suena a nada, la dislexia vuelve a intervenir. ¿Existe un georradar que te dé la pista? ¿Lo venderán por internet? La tercera vocal no se traza como las anteriores, porque no es una simple raya inclinada, sino algo así como un nueve echándose la siesta sobre el sofá que le pone la consonante, en este caso siempre arriba, obviamente, porque ¿quién va a dormir debajo del sofá?

* * *

Uno de los pasos más traumáticos en el aprendizaje del árabe llega en el momento en que te quitan las vocales de la escritura. Es como cuando en el cole te hacían soltar el lápiz y agarrar el boli, o cambiar la hoja cuadriculada de la libreta por un folio dramáticamente blanco. Yo aún lo recuerdo bien. Los días previos casi no dormí. Cuando ocurre lo de las vocales, una muerte súbita te ataca por la espalda, no puedes respirar, sufres un microinfarto, te sudan las manos, se te atasca la saliva, te sientes perdido, pero ante todo bastante disgustado. La razón última de eso que te pasa no es más que tu incapacidad para encontrar una explicación lógica a la necesidad de complicarlo tanto.

Con el tiempo percibes que las vocales no hacen falta ni para escribir ni para leer, algo de lo que pacientemente intentaban convencerte tus profesores, pero, como tú no atiendes a razones hasta que no descubres las cosas por ti misma, no puedes juzgar su ausencia más que como un abandono que no te sientes preparada para asumir.

Lo que ocurre en la tramoya psicológica de todo ello —quien lo probó lo sabe— es que necesitas tiempo para asimilar algo tan sencillo como que la lengua no te está pidiendo permiso para ser como es, pero, dado que tú eso no lo captas, acabas formulándote instintivamente una serie de preguntas patéticas: ¿Cómo no vas a necesitar las vocales, bendito sea, para leer? ¿Qué diferencia «solar» de «soler» de «salar», si acaso no son las vocales? Reflexiones como estas te introducen en un bucle de crispación en el que te crees con fuerzas, las pocas que te deja el impacto de lo que está pasando a tu alrededor, para argumentar que esa lengua no es más que un cúmulo de psicosis innecesarias. ¡Claro! —concluyes en un instante de lucidez—, por eso hay tantas guerras, porque la gente no se entiende; ¡cómo se van a entender si pretenden leer sin escribir las vocales!

Prosigues con la idea durante varios años, porque te resistes a abandonar. Todo sería más sencillo con la intervención de una de ellas que saliera en tu socorro; ¡por favor, solo estás pidiendo una vocal!, ¿es tanto eso? Pagarías por tener una a tu lado, sueñas con las tres, las ves por todas partes, las marcas del papel reciclado te parecen vocales descendiendo en paracaídas, sobrevolando el tono crema de la hoja ante el abandono miserable en el que te encuentras sumida. A todo esto, sigues erre que erre, pidiendo explicaciones de aquella ausencia descarnada a cualquiera que tenga que ver medianamente con semejante despropósito.

Con el paso del tiempo aceptas que por mucho que lloriquees no te queda más remedio que aguantarte, así que tu mente echa humo en un intento impronunciable de hacer las vocales presentes, de traerlas a tu papel, a tu lado, contigo de nuevo, de rescatarlas de allá donde estén. ¿Quién se las llevó? ¿Por qué me las quitaron? ¿Qué van a hacer con ellas? Y de repente, al terminar ese proceso antinatural durante el que has vivido abducida provocado por el trauma de que se las hayan llevado —probablemente porque te has metido en otro lío que acapara más intriga que el anterior, o quizás por desgaste tras la pataleta inútil para que te las devolvieran—, resulta que el nudo se acaba desbaratando solo.

Esto ya es bastante pintoresco, pero lo que ocurre a partir de ahí es la guinda del pastel: superado el duelo tras años de ausencia, viene alguien y te las coloca de nuevo. Cuando eso sucede encima te lo tomas como un insulto: ¿qué te crees, que no sé leer sin vocales o qué? El proceso no tiene vuelta atrás, ya no las quieres. Las has aborrecido y no hay más que hacer. Si eso sucede, ahora te tomas la revancha, vas y las quitas tú. Sencillamente las desprecias y da lo mismo si ese sentimiento es consecuencia de la venganza —que se sirve fría— por lo mal que te lo han hecho pasar, o simplemente el resultado de una reconciliación en la que no eres consciente de haber tomado parte, porque la cuestión es que no están ni van a estar jamás si eres tú la que escribe en árabe.

Llegados a esa fase, las vocales distraen para la lectura, te incomoda tanta raya arriba y abajo haciéndole sombra a tus letras. ¿No era suficiente ya con los puntos? Las observas de reojo cuando aparecen, las miras con la misma hosquedad que le dedicas al que te pisa el suelo que acabas de fregar: estaba todo limpio y salta alguien a manchar el papel que con tanto empeño y esfuerzo tú tratabas de dejar lo más decente posible. La forma de raya inclinada y ese nueve tumbado se te antojan, pues, una china en el zapato que no va a traer más que desorientación y desgracias.

Lo llamativo de todo esto es que te lo venían avisando, tus profesores lo repetían incansablemente ante tu cara de «esto no me puede estar pasando a mí», frase que pronunciabas para tus adentros cuando amenazaban con quitártelas y pensabas —que quede entre nosotros— que estaban todos medio chalados. Necesitas años para darles la razón a los que te lo dijeron, y la conclusión es que dejas de escribir las vocales cuando aciertas a ver quién es quién y dónde está cada una, aunque estén escondidas y se las den de invisibles: cuando aprendes que están ahí y entrenas tu mente para ese tipo de visión nocturna estilo comando que te deja adivinar su existencia inmaterial en el papel, ya no las necesitas, así que las mandas a paseo. La morfología se convierte entonces en tu nueva amiga.

* * *

Visualizar el proceso de aprendizaje para cualquiera que haya empezado a estudiar árabe es un ejercicio que normalmente se disfruta en soledad, con calma, sosiego y cierta risa nerviosa no exenta de grandes dosis de orgullo si has llegado donde querías, o con frustración y angustia si tuviste que dejarlo. Cuando estás pasando por él, es difícil compartir tu ansiedad con quien no esté experimentando lo mismo. Igual es que ocurre como con el resto de sentimientos más o menos primarios: verbalizarlos ante alguien ajeno al drama, a no ser que ese oyente muestre mucho interés, no sirve más que

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