Disfruta de millones de libros electrónicos, audiolibros, revistas y más con una prueba gratuita

A solo $11.99/mes después de la prueba. Puedes cancelar cuando quieras.

Comentario de las epístolas de 1ª y 2ª de Timoteo y Tito
Comentario de las epístolas de 1ª y 2ª de Timoteo y Tito
Comentario de las epístolas de 1ª y 2ª de Timoteo y Tito
Libro electrónico512 páginas7 horas

Comentario de las epístolas de 1ª y 2ª de Timoteo y Tito

Calificación: 4 de 5 estrellas

4/5

()

Información de este libro electrónico

El comentario de Gordon Fee sobre 1ª y 2ª Timoteo y Tito está escrito de una forma accesible, pero a la vez profunda, pensando tanto en pastores y estudiantes de seminario como en un público más general.

Empieza con un capítulo introductorio que trata las cuestiones de la autoría, el contexto y los temas de las epístolas, y luego ya se adentra en el comentario propiamente dicho, que incluye notas a pie de página para profundizar en los detalles textuales que necesitan mayor explicación.
IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento31 jul 2008
ISBN9788482676463
Comentario de las epístolas de 1ª y 2ª de Timoteo y Tito

Comentarios para Comentario de las epístolas de 1ª y 2ª de Timoteo y Tito

Calificación: 4 de 5 estrellas
4/5

1 clasificación1 comentario

¿Qué te pareció?

Toca para calificar

Los comentarios deben tener al menos 10 palabras

  • Calificación: 5 de 5 estrellas
    5/5
    Excellent and not well known commentary. Not too basic. Gordon Fee is very even handed here as always. As a serious layperson I was very satisfied with it.

Vista previa del libro

Comentario de las epístolas de 1ª y 2ª de Timoteo y Tito - Gordon D. Fee

Introducción

Estas tres cartas (1 y 2 Timoteo y Tito), llamadas epístolas pastorales desde el siglo XVIII, pretenden ser cartas del apóstol Pablo dirigidas a dos de sus colaboradores más jóvenes a quienes había dejado a cargo de las iglesias de Éfeso y Creta respectivamente. No obstante, desde comienzos del siglo XIX, época en que F. Schleiermacher expresó las primeras dudas respecto a la autenticidad de estos escritos, se han presentado una gran cantidad de argumentos cuestionándola. Tanto es así que, en este momento, la gran mayoría de los eruditos del Nuevo Testamento de todo el mundo consideran que las epístolas pastorales no fueron redactadas por Pablo, sino por un pseudoepígrafo (que sí era discípulo del apóstol), hacia finales del siglo primero dC. Este comentario se ha escrito desde la perspectiva de la autoría paulina, plenamente consciente de las muchas dificultades que plantea esta posición, pero convencido de que las teorías pseudoepigráficas presentan dificultades históricas que son incluso mayores.¹ Por tanto, aunque una buena parte de lo que se dice en esta Introducción asume de manera indirecta la forma de una conversación con la erudición acerca de la autoría, la preocupación esencial de esta sección es introducir al lector en los datos históricos necesarios para una lectura inteligente del comentario.

Los receptores

Timoteo era un colaborador de Pablo mucho más joven que el apóstol, y que se había convertido en su asiduo compañero de viajes y amigo íntimo. Según Hechos 16:1-3, Timoteo era de Listra, un pueblo licaonio de la provincia romana de Galacia, en la zona centro-sur de Asia Menor. Probablemente, Pablo le conoció entre los años 46-48 dC., durante su primer esfuerzo misionero en esta zona (cf. Hch 13:49-14:25 y 2 Tim 3:11). Es muy probable que tanto él como su madre y abuela se hubieran convertido en aquella época. Durante la segunda visita de Pablo a esta zona (aproximadamente en 49-50 dC.) y por recomendación de los creyentes locales (Hch 16:2), el apóstol decidió tomar consigo a Timoteo en sus viajes. Sin embargo, puesto que la madre de Timoteo era judía y su padre pagano, y para no poner obstáculos a su misión entre los judíos de la Diáspora, Pablo había mandado circuncidar a Timoteo.² De este modo comenzó una relación de mutuo afecto que habría de durar toda la vida. (Véase Fili 2:19-24).

Pablo se refiere a Timoteo como su «amado y fiel hijo en el Señor» (1 Cor 4:17 NAB; cf. Fil 2:22; 1 Tim 1:2; 2 Tim 1:2) y su «colaborador» en el Evangelio (Rom 16:21; cf. 1 Ts 3:2; 1 Cor 16:10; Fil 2:22). Como hijo, se convirtió en el compañero más íntimo y estable de Pablo; le seguía de cerca (1 Tim 4:6; 2 Tim 3:10-11; cf. 2 Tim 1:13; 2:2), compartía sus puntos de vista (Fil 2:20) y podía expresar a las iglesias su modo de proceder (1 Ts 3:2-3; 1 Cor 4:17). Como colaborador de Pablo, a Timoteo se le habían encomendado tres tareas anteriores en iglesias: una en Tesalónica, aproximadamente en el 50 dC. (1 Ts 3:1-10); otra en Corinto, más o menos en el 53-54 dC. (1 Cor. 4:16-17; 16:10-11); y otras en Filipos, aproximadamente entre los años 60-62 dC. (Fil. 2:19-24). Timoteo colaboró también en seis de las cartas que tenemos de Pablo (1 y 2 Tesalonicenses, 2 Corintios, Colosenses, Filemón, Filipenses; cf. Rom 16:21). En estas cartas se le asigna una tarea más, en esta ocasión muy difícil. Pablo le dejó en Éfeso para detener el avance de ciertos falsos maestros que estaban camino de inhabilitar a la Iglesia como una alternativa cristiana viable para aquella ciudad.

A menudo se presenta a Timoteo como un muchacho muy joven, un tanto enfermizo, tímido, y falto de energía. De ahí que en estas dos cartas se vea frecuentemente a Pablo como intentando reforzar su valor ante las dificultades. Aunque puede que haya algo de verdad en esta imagen (ver 1 Cor 16:10-11; 2 Tim 1:6-7), probablemente es también un poco exagerada. Timoteo era joven según los criterios antiguos (pero sin duda tenía más de treinta años cuando se redactó 1 Timoteo), y al parecer tenía recurrentes problemas de estómago (cf. 1 Tim 5:23). Sin embargo, una persona de su edad capaz de asumir la responsabilidad (según parece, solo) de las primeras misiones a Tesalónica y a Corinto no podía ser completamente pusilánime. En cualquier caso, las exhortaciones a la lealtad y a la perseverancia que encontramos en 1 y 2 Timoteo son probablemente resultado de dos factores: su juventud y la gran intensidad de la oposición.

Acerca de Tito, se sabe mucho menos. Curiosamente, no se le menciona en el libro de los Hechos. Por el testimonio de Pablo sabemos que era un gentil, cuya incircuncisión³ fue un factor clave para que Pablo asegurara el derecho de los gentiles a un Evangelio sin Ley (Gál 2:1, 3). Él también era uno de los primeros colaboradores de Pablo (el acontecimiento de Gálatas 2:1 probablemente tuvo lugar entre los años 48-49 dC.⁴) que se convirtió en un hombre de su confianza durante el resto de su vida. Éste le había encomendado la delicada situación de Corinto, que implicaba tanto la entrega de una carta muy difícil (2 Cor 2:3-4, 13; 7:6-16) como la recogida de la ofrenda corintia para los pobres de Jerusalén (2 Cor 8:16-24).

Según la carta que lleva su nombre, Tito se quedó en Creta, después de evangelizar la isla juntamente con Pablo, para establecer las iglesias de un modo ordenado. Sin embargo, Tito iba a ser pronto sustituido por Artemas (veáse la exposición de Tito 3:12) y tenía que encontrarse con Pablo en Nicópolis. Al parecer lo hizo así puesto que, según 2 Timoteo 4:10, había seguido hasta Dalmacia, es de suponer que con propósitos ministeriales.

Aunque no podemos estar del todo seguros, probablemente Tito era mayor que Timoteo (véase la exposición acerca de Tito 2:15). Parece que era también de temperamento más fuerte. Pablo le llama «verdadero [legítimo] hijo», lo cual significa que su ministerio es una legítima expresión del de Pablo; es muy probable que esta expresión indique también que se había convertido con Pablo (cf. 1 Cor 4:14-15; Filemón 10).

Cabe observar que las figuras que surgen en las epístolas pastorales están en consonancia con las que aparecen en otros pasajes. Es, por supuesto, posible que un pseudoepígrafo hubiera leído con esta intención las cartas de Pablo y hubiera desarrollado sus propias imágenes verbales basándose en las del apóstol. Sin embargo, esto hubiera demandado la realización de una considerable tarea de investigación por parte del falso autor, lo cual es muy poco probable. Además, la consignación de los diferentes movimientos de Tito (Tito 3:12; 2 Tim 4:10) no es precisamente un rasgo típico de una obra pseudoepigráfica, que más bien tendería a plantear una secuencia de los acontecimientos coherente y fácil de seguir. Estas cuestiones respecto a Timoteo y Tito favorecen la autenticidad de las cartas.

La situación histórica de Pablo

Una de las dificultades que plantean las epístolas pastorales tiene que ver con la tarea de situarlas históricamente en lo que se conoce de la vida de Pablo. El problema surge de una combinación de varios factores.

En primer lugar, el cuadro de Pablo que emerge de 1 Timoteo y Tito le presenta viajando libremente por las regiones orientales. Junto con Tito, ha evangelizado la isla de Creta (Tito 1:5); al parecer se ha desplazado a Éfeso con Timoteo y espera regresar desde allí (1 Tim 1:3; 3:14); en algún momento se plantea pasar el invierno en Nicópolis, en la zona sur del Adriático (Tito 3:12). Sin embargo, en 2 Timoteo está de nuevo en la cárcel, en esta ocasión recluido en Roma, donde espera morir (cf. 2 Tim 1:16-17; 2:9; 4:6-8, 16-18).

El problema surge porque todo esto no puede situarse fácilmente en la vida de Pablo, que puede reconstruirse a partir de los datos que encontramos en el libro de los Hechos y en las cartas más antiguas.⁶ A la respuesta tradicional de que Pablo fue puesto en libertad de su encarcelamiento de Hechos 28, y regresó al Este para ser encarcelado en Roma por segunda vez, se responde diciendo que lo que Pablo pretendía era dirigirse hacia el oeste de Roma, no hacia el Este (Rom 15:23-29); se dice también que es muy difícil asumir que Lucas guarde silencio respecto a un acontecimiento como éste y que, en cualquier caso, habría sido muy poco probable que Pablo hubiera sido puesto en libertad tras una detención por parte de las autoridades romanas o, de haberlo sido, que éstas le arrestaran de nuevo. Si consideramos que la única prueba que tenemos de este segundo encarcelamiento procede de las epístolas pastorales, de cuya autenticidad se duda también por otros motivos, a menudo se considera que tal planteamiento representa la invención del pseudoepígrafo.

Sin embargo, quienes proponen tales dificultades simplemente no toman suficientemente en serio los datos históricos. Si, como creen la mayoría de los eruditos,⁷ las epístolas de Colosenses, Filemón y Filipenses se escribieron desde Roma durante el encarcelamiento de Hechos 28, está claro en tal caso que Pablo había cambiado de opinión respecto a dirigirse hacia el Oeste y ahora esperaba regresar a Asia Menor (Filemón 22) y que tenía claras esperanzas de ser puesto en libertad de su primer encarcelamiento (Fil 1:18-19, 24-26; 2:24).⁸ No existen motivos históricos sólidos para pensar que esto no llegara a suceder. Por otra parte, parece muy poco probable que un pseudoepígrafo, escribiendo de treinta a cuarenta años más adelante, hubiera intentado quitarse de encima tradiciones como la evangelización de Creta por parte de Pablo,⁹ la casi capitulación a la herejía por parte de la iglesia de Éfeso, o la puesta en libertad y segundo encarcelamiento de Pablo si en realidad tales cosas nunca hubieran sucedido. De nuevo, los datos históricos favorecen la autenticidad de las cartas.

Sin embargo, lo que sigue sin estar claro a partir de las pruebas que arrojan las propias Pastorales es el verdadero orden de acontecimientos y la secuencia de 1 Timoteo y Tito. La solución más probable sostiene que Pablo fue a Creta con Tito y (probablemente) Timoteo tras ser liberado de su encarcelamiento en Roma. Allí ambos evangelizaron la mayor parte de los pueblos, sin embargo se encontraron también con cierta oposición por parte de los judíos helenistas que parecían adoptar una táctica distinta respecto a la lucha por la circuncisión que había caracterizado la anterior oposición del judaísmo palestino (ver Gál 1-2; Hch 15). Pablo, por tanto, habría dejado a Tito en la isla para normalizar las cosas y establecer el orden en las iglesias.

Entretanto, Pablo y Timoteo se pusieron de camino a Macedonia vía Éfeso y la estancia en esta ciudad resultó ser un pequeño desastre. Algunas de las falsas enseñanzas parecidas a las que antes habían encontrado en Colosas, y en días más recientes en Creta, estaban camino de destruir completamente la iglesia de Éfeso. De modo que Pablo excomulgó a los dos cabecillas de este movimiento, Himeneo y Alejandro (1 Tim 1:19-20); sin embargo y puesto que él tenía que seguir su camino hacia Macedonia, dejó a Timoteo en Éfeso, a cargo de la difícil situación (1 Tim 1:3). A su llegada a Macedonia, el apóstol escribió cartas tanto a Timoteo como a Tito. Timoteo tenía que permanecer en Éfeso, sin embargo, Tito sería sustituido por Tíquico o por Artemas (al parecer éste último) y recibió instrucciones de reunirse con Pablo en Nicópolis para pasar el invierno en esta ciudad (ver Tito 3:12). Desde Nicópolis, Pablo se habría puesto camino de Éfeso y habría sido arrestado, probablemente en Troas, por instigación de Alejandro el calderero (véase la exposición acerca de 2 Tim 4:13-15). No está muy claro en qué punto habría el apóstol visitado las ciudades de Corinto y de Mileto (2 Tim 4:20).

Finalmente, fue llevado de nuevo a Roma, donde tuvo una audiencia preliminar ante un tribunal romano (2 Tim 4:16-18) y quedó bajo custodia hasta la celebración del juicio. Durante su arresto, Pablo experimentó una gran ambivalencia por lo que a la reacción de sus amigos se refiere. Onesíforo de Éfeso llegó a Roma, le buscó, le ayudó en sus necesidades y le informó de la situación en Éfeso, que al parecer había seguido deteriorándose (2 Tim 1:15-18). Sin embargo, otros se habían alejado de él, al menos uno de ellos por cobardía, pero otros por razones legítimas (2 Tim 4:10-12). En esta situación de angustia, Pablo decidió enviar a Tíquico para sustituir a Timoteo en Éfeso. (2 Tim 4:12). Con él, el apóstol envió una carta a Timoteo (2 Timoteo) alentando a éste último a permanecer leal tanto a él como al Evangelio y pidiéndole, finalmente, que dejara lo que estaba haciendo y se dirigiera a Roma, antes de que el invierno hiciera imposible la navegación por el Mediterráneo (ver la exposición de 2 Tim 4:21).¹⁰

Ocasión y propósito

En la perspectiva general que acabamos de ver hemos hablado un poco de las situaciones que motivaron estas cartas; no obstante, hemos de profundizar un poco más en ello puesto que se trata de un asunto crucial para la comprensión del texto. Sin duda, ésta es la cuestión esencial para la interpretación de todas las cartas del Nuevo Testamento, y es precisamente en este punto donde las teorías que proponen una autoría pseudoepigráfica han de hacer frente a sus mayores dificultades.

Cualquier análisis exegético de una epístola presupone que se trata de un documento ad hoc, es decir, que es parte de una correspondencia ocasionada por una serie de circunstancias históricas específicas, de los receptores, del autor, o de ambas partes. Por tanto, las teorías de una autoría pseudoepigráfica, han de reconstruir una situación histórica del tiempo del verdadero autor, en este caso hacia los años 90-110 dC., que justifique los datos de estas cartas en relación con la situación «del autor» al tiempo que siguen siendo verosímiles como documentos motivados por la supuesta situación histórica que describen las propias cartas. Es aquí exactamente donde surgen las dificultades.

La reconstrucción más común entiende que lo que ha llevado a su autor a escribir estas cartas es una combinación de tres factores: el declive de la influencia de Pablo en la Iglesia, la amenaza de una forma «gnóstica» de falsa doctrina, y la necesidad de estructuras organizativas durante la transición de la Iglesia, que deja de ser una comunidad intensamente escatológica con un liderazgo «carismático», para convertirse en un pueblo preparado para establecerse en una vida más prolongada en el mundo con un liderazgo más «normal». En la mayoría de los casos los eruditos aceptan esta última razón como el elemento que hace más urgente la redacción de la epístola. Por ello, «el autor, alarmado por la invasión de extrañas teorías y especulaciones, se esfuerza por llevar nuevamente a la Iglesia a la genuina enseñanza cristiana, tal y como la habían recibido del apóstol Pablo. A fin de que la tradición paulina pueda ser preservada, él desea que la Iglesia se organice correctamente».¹¹

Tal reconstrucción, no obstante, plantea varios problemas: en primer lugar no consigue situar las epístolas en un contexto histórico específico e identificable, por ejemplo, Éfeso o Creta al final del primer siglo.¹² Por tanto, tiende a ver las Epístolas sin argumentos genuinamente lógicos, demandando así teorías de «técnica composicional» en las que se ve al autor siguiendo un propósito por lo que al esquema general se refiere, pero negligente o sin una clara razón para incluir ciertos materiales.¹³ Por otra parte, quienes defienden este punto de vista han de reconocer con candidez que una gran parte del texto de estas cartas no encaja en absoluto en la ocasión que se propone. Y, más importante aún, nunca responde adecuadamente a algunas preguntas, por ejemplo ¿por qué tres cartas? o ¿por qué escribir Tito o 1 Timoteo, una vez escrita cualquiera de ellas? ¿Por qué desde una perspectiva y contexto histórico tan notoriamente distintos? y ¿por qué redactar 2 Timoteo teniendo en cuenta que encaja tan mal con la reconstrucción propuesta?¹⁴

En este punto propongo que, en contraste con las dificultades que plantean las teorías pseudoepigráficas, se puede reconstruir el escenario histórico de estas cartas de modo que éste, no solo encaje con otros datos constatables de este periodo, sino que responda también a todos los detalles de la situación histórica. En último análisis, éste es el argumento más sólido a favor de su autenticidad.

1 Timoteo

Tal como se ha indicado anteriormente, la razón que motivó la redacción de 1 Timoteo es que Pablo dejó a Timoteo en Éfeso como su representante personal y con el fin de que éste detuviera la influencia de ciertos falsos maestros. Ésta es la única razón que se menciona específicamente en la carta (1:3). No obstante, los capítulos 2 y 3 tratan acerca de la adoración pública y del carácter de los dirigentes de la Iglesia, y concluyen con otra declaración de propósito: «para que, si me retraso, sepas cómo hay que portarse en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios viviente» (3:15, NVI). Por esta razón, la mayoría de eruditos, incluyendo a los que aceptan la autoría paulina, ven a los falsos maestros como la razón de ser de 1 Timoteo aunque sostienen que «el orden de la Iglesia es el antídoto adecuado contra los falsos maestros», es el principal propósito. Por ello, asumen el punto de vista de que 1 Timoteo es básicamente un manual de eclesiología práctica, y que lo que realmente pretende es poner en orden la Iglesia.¹⁵

En contraste con este acercamiento, este comentario asume que todo lo que contiene la carta responde a 1:3 («Al partir para Macedonia, te encargué que permanecieras en Éfeso y les ordenaras a algunos supuestos maestros que dejaran de enseñar doctrinas falsas»), y que estas palabras expresan tanto la ocasión como el propósito de 1 Timoteo. Como se verá en el comentario, esto no solo hace que cada detalle de la carta tenga sentido, sino que ayuda también a explicar la naturaleza y contenido de Tito y 2 Timoteo. Tres preguntas, por tanto, requieren un análisis más concienzudo: ¿Quiénes eran los falsos maestros? ¿Cuál era la naturaleza de su enseñanza? ¿Por qué se escribió 1 Timoteo?

En contraste con lo que sucedía en las iglesias de Galacia y Corinto, por ejemplo, cuyos problemas se debían básicamente a la acción de personas procedentes de fuera de la comunidad («falsos hermanos» que se han «infiltrado entre nosotros», Gál 2:4; cf. 2 Cor 11:4), como se ve en 1 Timoteo, en Éfeso no hay ninguna indicación de que los falsos maestros procedan del exterior. Por el contrario, no solo parecen ser personas de dentro de la Iglesia, sino que toda la carta cobra sentido si la profecía dirigida a los ancianos de esta iglesia que se consigna en Hechos 20:30 se hubiera cumplido plenamente: «Aun de entre vosotros mismos se levantarán algunos que enseñarán falsedades para arrastrar a los discípulos que los sigan».¹⁶ Cuando este hecho se toma con la debida seriedad, se esclarece la dificultad —y la urgencia— de la situación de Éfeso. ¿Acaso el problema es que la iglesia está siendo perturbada por algunos de sus propios ancianos?¹⁷

Existen varias cuestiones internas que apoyan esta hipótesis: en primer lugar, es evidente que los portadores del error eran maestros (1:3, 7; 6:3), y la tarea de enseñar la llevaban a cabo los ancianos (3:2; 5:17). Además, una parte importante de la epístola se dedica a considerar el carácter que han de tener los dirigentes de la Iglesia, así como los requisitos que éstos han de cumplir para aspirar a esta posición, y los principios que rigen su disciplina (3:1-13; 5:17-25); una buena parte de todo esto se plantea en evidente contraste con lo que se dice específicamente acerca de los falsos maestros. En este sentido, es también probablemente significativo que se mencione por nombre a dos de los cabecillas de este grupo y se les excomulgue (1:19-20).

En segundo lugar, está claro por lo que dice 2 Timoteo 3:6-9, y se ratifica en 1 Timoteo 2:9-15 y 5:3-16 (esp. vv. 11-15), que estos maestros habían encontrado un campo muy fructífero entre ciertas mujeres, al parecer viudas jóvenes, que les habían abierto sus hogares y ayudado incluso a propagar sus enseñanzas (ver la exposición de 5:13).

En tercer lugar, la iglesia de Éfeso estaba formada muy probablemente por muchas células eclesiales que se reunían en distintos hogares (cf. 1 Cor 16:19; ver la exposición acerca de 1 Tim 2:8). De ser así, es entonces fácil de entender que cada una de tales células eclesiales estuviera a cargo de, al menos un anciano, y que el problema no era tanto la división en dos facciones de una sola y gran comunidad, sino que algunas de las células eclesiales se subordinaban completamente a alguno de los dirigentes que se habían apartado de la sana doctrina (cf. Tito 1:11). Esta capitulación de algunos de los dirigentes y de sus seguidores es lo que configura el sentido de urgencia que se percibe en el trasfondo de toda la carta.

Al igual que en el caso de Colosenses y Efesios,¹⁸ es difícil definir con precisión la naturaleza de las falsas enseñanzas. Algunas cosas son, no obstante, seguras. En primer lugar, tales errores tenían una dimensión ética y otra cognitiva. Las descripciones que encontramos en 1:3-7 y 6:3-10, 3:1-13, muestran que los falsos maestros estaban, no solo implicados en especulaciones y disputas acerca de palabras, sino también en polémicas y riñas de varias clases. Asimismo, éstos eran orgullosos, arrogantes y cizañeros. No obstante, el rasgo que mejor les definía era la codicia; tales personajes habían llegado a creer que la piedad, o la religión, eran un buen medio para sacarse sus buenos dracmas.

En segundo lugar y por lo que respecta al contenido de lo que enseñaban, existen varios elementos: de algún modo estas falsas doctrinas estaban relacionadas con el uso del Antiguo Testamento (1:6-10; cf. Tito 1:14-16; 3:9), que a su vez era en parte la causa de su ascetismo (4:3; cf. 5:23; Tito 1:14-16), y también de los «mitos y genealogías» que causaban las controversias (ver la exposición de 1:4; cf. 4:7 y Tito 3:9). Sin embargo, parece evidente que en la falsa doctrina en cuestión había también elementos del helenismo, especialmente un agregado de dualismo griego (con su oscura perspectiva del mundo material), que puede también explicar el ascetismo, así como la afirmación de que la resurrección (entendida al parecer como una realidad espiritual, no física) ya se había producido (2 Tim 2:18). Sin embargo, es más difícil de determinar lo que se quiere significar exactamente con la expresión: «los argumentos de la falsa ciencia [gnosis]» en 6:20-21. En cualquier caso, pueden demostrarse ciertas afinidades con los problemas que hubo anteriormente en Corinto y Colosas.

Lo que es, sin duda, muy sorprendente respecto a estos elementos no es tanto sus afinidades con el gnosticismo del siglo segundo (con el que guardan muchas más diferencias que similitudes), sino las que tiene con los errores que antes habían invadido a la iglesia de Corinto (aproximadamente en el 53-54 dC.) y también, en un periodo más cercano a la redacción de esta epístola, el Asia Menor, especialmente el valle del Lico (Colosas y Laodicea). En Corinto los «conocedores» («gnósticos», que también se consideraban a sí mismos como los «espirituales»), estaban hasta tal punto embebidos del dualismo helenista y de una escatología extrema, que negaban la licitud de las relaciones sexuales dentro del matrimonio (7:1-7; cf. 1 Tim 4:3)¹⁹ y la realidad de una resurrección corporal futura (15:12, cf.. 2 Tim 2:18). Y en Colosas, una forma de judaísmo helenista no hacía mucho que había comenzado a sintetizar la fe cristiana con elementos judaicos y helenistas, lo cual había desembocado en prácticas ascetas (2:16-23) y en una idea del perfeccionamiento mediante la sabiduría, el conocimiento (2:3-8) y los rituales veterotestamentarios (2:16, 21).²⁰

Lo que parece haber sucedido en la década que media entre los años 54 y 63 dC., es que Pablo había tenido que luchar contra dos frentes. Por un lado, una facción de judaizantes procedentes de la iglesia de Jerusalén y espoleados sin duda por elementos conservadores de la Diáspora, insistía acerca de la circuncisión de los gentiles que habían creído en Jesús. Su deseo era que tales personas se hicieran miembros del pueblo de Israel según los antiguos requisitos (ver Gál; Fil 3:2-16). Por otra parte, en el mundo helenista flotaba en el aire un sincretismo religioso y, según parece, muchos judíos helenistas se sumergieron en tales especulaciones. A medida que muchos gentiles se iban convirtiendo, también añadían a la fe mucho de su bagaje, tanto filosófico como religioso, que a ellos les parecía fácil de integrar con su nueva fe en Cristo. Sin embargo, Pablo se dio cuenta con toda claridad de que, en última instancia, estos elementos extranjeros tenían el mismo potencial para destruir al Evangelio que los procedentes del judaísmo. Primero hubo de hacer frente a estas nefastas influencias en Corinto; ahora, en Asia Menor había hecho su aparición un tipo ligeramente distinto, y quizá más sutil (debido a su ropaje característicamente judío). Recientemente, Pablo había hablado contra estas desviaciones en su carta a los colosenses durante su encarcelamiento en Roma. A su llegada a Éfeso, el apóstol descubrió que allí también habían aparecido, pero ahora pretendían representar la línea «oficial» promulgada por algunos de los ancianos. Su avance tenía que ser detenido, y Timoteo fue dejado en Éfeso precisamente para hacerlo.²¹

El propósito de 1 Timoteo emerge entonces de estas complejidades. Por todas partes el texto pone de relieve que su autor escribía a toda la Iglesia y no solo a Timoteo. Sin embargo, dada la deslealtad de una parte del liderazgo, Pablo no escribe directamente a la Iglesia, sino que se dirige a ella por medio de Timoteo. La razón de esta medida habría sido doble: animar al propio Timoteo a llevar a cabo esta difícil tarea de poner freno a los ancianos desencaminados, que se habían convertido en redomados polemistas, y autorizar a Timoteo ante la Iglesia para realizar esta tarea. Al mismo tiempo, por supuesto, las enseñanzas de los falsos maestros serían puestas en evidencia ante la Iglesia, además de las instrucciones de Pablo a Timoteo acerca de lo que había que hacer. Por ello, la carta, aunque dirigida a Timoteo, resulta ser una comunicación de trabajo. Como tal, carece de la típica acción de gracias (ver la exposición acerca de 1:3) y los saludos personales al final (ver la exposición acerca de 6:20-21);y todas las palabras personales dirigidas a Timoteo que aparecen (p. ej., 1:18-19; 4:6-16; 6:11-14) están completamente supeditadas a su tarea de restablecer el orden de la Iglesia.

La ocasión y el propósito que estamos describiendo ayudan también a explicar otro fenómeno de la carta, a saber, que Pablo está constantemente apelando a Timoteo para que éste enseñe doctrina «sana» o «saludable», pero sin explicar con detalle la naturaleza o contenido de tal enseñanza.²² La razón se hace ahora obvia. La carta se dirige a un compañero de toda la vida, para quien tal instrucción era completamente innecesaria. Sin embargo, la Iglesia necesitaba oír que aquellas desviaciones eran una enfermedad que se extendía entre ellos y que lo que Timoteo tenía que enseñar eran las sanas palabras de la fe (ver la exposición de 1:10). Igual que en 1 Corintios 4:17, Timoteo estaba allí para recordar a la Iglesia el proceder de Pablo. La carta que, de este modo le autorizaba, no tenía por qué consignar al mismo tiempo una exposición detallada de tal «proceder».²³

Tito

El rasgo que probablemente más llama la atención acerca de Tito, a quien primero ha trabajado a fondo con el texto de 1 Timoteo, es el gran parecido que guarda con esta carta. Aparte de la situación (1:1-4) y de los saludos finales(3:12-15), únicamente los dos pasajes de 2:11-14 y 3:3-7 presentan un material que no guarda correspondencia con 1 Timoteo. Por esta razón, con frecuencia se ha visto a Tito como una miniatura de 1 Timoteo y, a excepción de 2:11-14 y 3:3-7, se ha tratado esta carta con benigna negligencia.

No obstante, un examen más minucioso pone de relieve un gran número de sorprendentes diferencias con 1 Timoteo (y mucho más sorprendentes todavía si se trata de una de carácter pseudoepigráfico). La más obvia de tales diferencias es la ocasión de la carta y las propias circunstancias de Tito. Igual que Timoteo (1 Tim 1:3), Tito ha sido dejado en Creta; sin embargo y a diferencia de Timoteo, que se quedó para reformar y establecer a la Iglesia, la estancia de Tito en la isla tenía como objeto poner en orden una situación que todavía no se había conseguido regularizar, a saber, el establecimiento de ancianos en las diferentes iglesias de todo el territorio insular (1:5). Parece evidente a partir de estos datos que las iglesias de Creta eran más jóvenes y que, al margen del tipo de oposición que enfrentaran, ésta había surgido dentro de la propia Iglesia (a lo largo de su desarrollo), y procedía principalmente de convertidos procedentes de un trasfondo judeo helenista (1:9-11).

Ésta es la razón por la que el sentido de urgencia que encontramos en Tito es considerablemente menor que en 1 Timoteo. Los falsos maestros se ponen sin duda en evidencia (1:10-16; 3:9-11), sin embargo, la carta como un todo no gira alrededor de su presencia. Tito ha de reprender a tales oponentes (1:13), pero son los propios ancianos quienes, en última instancia, tienen la responsabilidad de hacerles frente (1:9). Por lo demás, hay muy poco de la urgencia que encontramos en 1 Timoteo. A Tito no se le insta repetidamente a que pelee «la buena batalla» (1 Tim 1:18; cf. 6:12) o a guardar el «buen depósito» (6:20; cf. 6:14) o a ocuparse con esmero de su ministerio (4:11-16). En Tito encontramos pocos imperativos en segunda persona del singular (y ninguno de carácter personal y con propósito alentador dirigido al propio Tito, excepto quizá 2:15). No se menciona que Tito tenga necesidad de perseverancia (hypomone), no hay vocativos de interpelación directa, pocas apelaciones a guardar la fe o la verdad, y únicamente un imperativo con tauta («enseña estas cosas», 2:15; cf. 1 Tim 4:6, 11, 15; 5:7, 21; 6:2, 11). No es que en el trasfondo de Tito no haya urgencia, sino más bien que ésta es de otro tipo, tiene otro acento.

Puesto que las iglesias de Creta son de establecimiento más reciente, la preocupación que encontramos en Tito se centra menos en los falsos maestros en sí y más en la Iglesia entendido como pueblo de Dios en el mundo. Por tanto, la idea general de la carta, puede calificarse tanto de profiláctica (con un propósito de advertir en contra de las falsas enseñanzas) como de evangelizadora (con un propósito de estimular un comportamiento atractivo para el mundo). Por ello, el asunto del nombramiento de ancianos en 1:5-9 tiene una clara preocupación profiláctica en vista de la amenaza del error (1:10-16 cf. 3:9-11). Sin embargo, expresa también una preocupación por la reputación del Evangelio en el mundo (ver la exposición de 1:6 y 3:8). Por tanto, el tema dominante de Tito son las buenas obras (1:8, 16; 2:7, 14; 3:1, 8, 14), es decir, el comportamiento cristiano ejemplar y ello por causa de los no creyentes (2:5, 7, 8, 10, 11; 3:1, 8). Cristo murió precisamente para crear un pueblo así, celoso de buenas obras (2:14; cf. 3:3-7). Aun las relaciones y actitudes entre los creyentes (2:1-10) han de ser tales que los que no lo son, no solo no rechacen el Evangelio (2:5), sino que incluso se sientan atraídos hacia él (2:10).

¿Cuál fue entonces la razón que llevó a Pablo a escribir esta carta, y cuándo lo hizo? Puesto que su aspecto general es más preventivo, menos urgente, que 1 Timoteo, es muy probable que la epístola a Tito se escribiera después de esta última. Pablo había dejado a Tito en Creta para que pusiera en orden las distintas iglesias. Después de que él y Timoteo visitaran Éfeso y encontraran tal desbarajuste en la iglesia, Pablo dejo allí a Timoteo para restablecer la situación. En Macedonia escribió a Éfeso a fin de darle a Timoteo la autoridad para realizar su tarea. Al mismo tiempo, pensando en la parecida oposición que encontró en Creta durante su estancia en la isla, escribió también a Tito, a fin de darle igualmente autoridad contra los falsos maestros. Sin embargo, y puesto que la situación carecía de la urgencia que sí tenía en Éfeso, el apóstol anima a Tito a ayudar a los creyentes a desarrollar un comportamiento cristiano ejemplar en vista de la necesidad de dar testimonio al mundo.

2 Timoteo

Una mera lectura superficial de 2 Timoteo después de 1 Timoteo y Tito pone de relieve tanto la estrecha relación que guarda con estas dos cartas como sus contrastes (que son incluso más importantes). En la segunda epístola a Timoteo reaparecen todas las preocupaciones de la primera, aunque ahora cobran una dimensión mucho más urgente y personal.

La clave para entender esta carta está en reconocer las alteradas circunstancias de Pablo. El apóstol no puede ahora seguir desarrollando su ministerio itinerante. Arrestado una vez más (probablemente en Troas; ver la exposición acerca de 4:13), está ahora recluido en una cárcel romana (1:16-17; 2:9). Su caso ya ha sido visto en una audiencia preliminar (4:16-18) y está a la espera del juicio definitivo, de cuyo desenlace solo cabe esperar la muerte (4:6-8). Su reclusión representa para él una evidente dificultad. Algunos le han ayudado en sus necesidades (1:16-18); otros han salido en el desempeño de distintos ministerios (4:10, 12); y al menos uno de sus colaboradores le ha abandonado (4:10). Mientras tanto, la situación en Éfeso ha empeorado. Algunos, de quienes Pablo habría esperado mejores cosas, le han abandonado a él y a su Evangelio (1:15) y, a pesar de su anterior excomunión, Himeneo sigue activo trastornando la fe de muchos (2:17-18).

En medio de estas circunstancias Pablo envía su segunda carta a Timoteo. Es una carta que tiene muchas partes. En un sentido se trata de una forma de última voluntad y testamento, una «transmisión del manto». En contraste con 1 Timoteo, 2 Timoteo es una carta intensamente personal, en la que el apóstol evoca los días en que se conocieron (3:10-11; cf. 1:3-5) y en la que, por encima de todo, apela a la permanente lealtad de Timoteo (al Evangelio, al propio Pablo y al llamamiento de que ha sido objeto 1:6-14; 2:1-13; 3:10-4:5). En el trasfondo están los falsos maestros (2:14-3:9); Timoteo ha de hacerles frente y esforzarse en ganar de nuevo al pueblo de Dios. Sin embargo, no tiene ya que seguir en Éfeso, sino más bien confiar aquel ministerio a otros que hayan permanecido fieles (2:2). Por lo que respecta a él mismo, Pablo desea verle (4:9, 11, 21). En primer plano está la permanente preocupación de Pablo: el Evangelio y su extensión: «te recomiendo que avives la llama del don de Dios», le dice a Timoteo (1:6-7); «cuida la preciosa enseñanza que se te ha confiado» «sigue el ejemplo de la sana doctrina» (1:13); y por encima de todo, «predica la Palabra» (4:2). Y las propias circunstancias del apóstol, así como las de Timoteo, le llevan a instarle a la firmeza aun ante la perspectiva y la realidad del sufrimiento: «no te avergüences» (1:8, 16); sino más bien, soporta «sufrimientos por el Evangelio» (1:8; 2:3; 3:12; 4:5).

El propósito de la carta parece estar relacionado con estos asuntos urgentes. Sin duda, no es un «manual de eclesiología»; ni tampoco está centrada en los falsos maestros, como 1 Timoteo. La razón principal que le lleva a escribir es simple: pedirle a Timoteo que venga a su lado. Sin embargo, la razón más amplia es la de apelar a la lealtad de Timoteo, especialmente en vista de la gran cantidad de deserciones y del encarcelamiento de Pablo.

Por último, no debe pasarse por alto la nota de confianza de Pablo que domina toda la carta. A pesar de todas sus penalidades, la oposición, y la deslealtad de muchos, Pablo reconoce que el mensaje de Dios, el Evangelio, no está ni puede estar encadenado (2:9). Ni la iglesia tampoco se hundirá, porque lleva el sello de propiedad de Dios: «conoce el Señor a los que son suyos» (2:19). Pablo hace un llamamiento a la resistencia y al sufrimiento (1:8; 2:3-7; 3:14; 4:5), sin embargo el triunfo escatológico está asegurado para aquellos que perseveran (2:11-13; 4:8) porque Dios en Cristo ya ha triunfado sobre la muerte (1:9-10). Por tanto, el propósito general de la carta es apelar a Timoteo para que éste lleve adelante el ministerio del Evangelio tras la muerte de Pablo; sin embargo, aun ante la perspectiva de la muerte, el apóstol tiene la confianza plena de que Dios llevará a cabo sus planes (1:5, 8, 14).

La teología de las Epístolas

Aquellos que tienen dificultades para aceptar que Pablo sea el autor de las pastorales, consideran que los problemas vinculados con la teología de estos documentos, unidos a los que plantean el lenguaje y el estilo de los mismos (ver la próxima sección) son decisivos en contra de su autenticidad. El problema no es tanto que la teología de estos escritos sea abiertamente no paulina —se reconoce la presencia de elementos paulinos por todas partes—, sino que hay muchos aspectos de ella que son distintos de la forma característica de pensamiento y expresión del apóstol que encontramos en las epístolas más tempranas. En parte es una cuestión de lenguaje, y en parte de cambio de acento. A menudo se considera que esto se debe a que Pablo ha de dar expresión a unas preocupaciones más desarrolladas de un periodo posterior.²⁴

No obstante, creo que es justo observar que, en ocasiones, los estudiosos de las epístolas pastorales están excesivamente condicionados por sus propias consideraciones respecto a lo que Pablo hubiera podido (y en especial de lo que no hubiera podido) decir o hacer.²⁵ Cuando se cuenta con pruebas tan escasas como sucede en el caso de Pablo —especialmente si estas pruebas son de naturaleza ocasional y no sistemática— parece apropiado ejercer una medida mucho mayor de prudencia que la que se observa generalmente en la literatura que trata estos temas. En último análisis, la decisión que tomemos descansará sobre aquello a lo que concedemos más importancia, la naturaleza claramente paulina de una parte tan extensa del material, o el carácter aparentemente divergente de una cierta porción del mismo. En las secciones siguientes queremos analizar cuatro áreas cruciales, señalar las similitudes que guardan con la teología paulina y ofrecer algunas posibles explicaciones para algunas de sus diferencias.

El Evangelio

No es posible leer mucho a Pablo sin detectar que, para él, en la médula de todo está el Evangelio, las buenas noticias de la generosa aceptación y perdón de los pecadores por parte de Dios, a lo cual hay que responder con fe (confiar en que Dios acepta verdaderamente al pecador arrepentido) y amor hacia los demás. Esta obra de salvación se debe por completo a la iniciativa de Dios, a la previa acción de su Gracia para con los desobedientes, tanto justos (aquellos que tienen un sentido de su propia justicia que, por tanto, es injusticia) como injustos. Esta gracia se puso de manifiesto en la muerte de Cristo en la Cruz y se hace efectiva en la vida de aquel que cree mediante el poder del Espíritu que vive en él. Por tanto, el creyente ha sido, por un lado, perdonado de sus pecados pasados y, por otro, habitado por el Espíritu que le capacita para vivir en una obediencia a Dios inspirada por el amor.

Pablo utiliza un mensaje extensivo, con una gran cantidad y variedad de metáforas que aluden a este acontecimiento salvífico —justificación, redención, reconciliación, rescate, limpieza, propiciación—, no obstante, la esencia de tal evento, tal como la acabamos de describir, permanece como algo constante. No hay ninguna de tales imágenes que sea especialmente predominante, a excepción de la metáfora forense de la justificación en Gálatas y en Romanos que adquiere una relevancia especial por la actividad de sus oponentes. (Obsérvese que el grupo de palabras dikai- [«justo», «justificar»] no aparece en las primeras epístolas [1 y 2 Tesalonicenses] y solo como una metáfora más entre otras en 1 y 2 Corintios [véase especialmente 1 Cor 1:30; 6:11]; desaparece de nuevo en Colosenses, pero reaparece en Filipenses precisamente cuando el contingente judaizante se reafirma nuevamente [3:2-16]).

Una lectura cuidadosa dejará claro que la preocupación de Pablo por el Evangelio es la fuerza que subyace tras las epístolas pastorales. La primera carta a Timoteo está totalmente dominada por un sentido de la preservación y reafirmación del «glorioso evangelio (lit. ‘el evangelio de la gloria’) que el Dios bendito me ha confiado» (1:11), un

¿Disfrutas la vista previa?
Página 1 de 1