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Los demonios de la calle Goya

Los demonios de la calle Goya

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Los demonios de la calle Goya

Longitud:
339 páginas
5 horas
Publicado:
Sep 14, 2019
ISBN:
9781071505168
Formato:
Libro

Descripción

Cuando la maldad sale de las buenas intenciones.

El londinense Frank se casa con Joy, una bonita joven tailandesa que trabaja en la ciudad. Ella siempre había soñado con ir a la Costa del Sol, así que se van a pasar su luna de miel a un apartamento en Fuengirola que les deja el jefe de Frank. 

Las cosas empiezan a torcerse cuando Joy empieza a pensar que el apartamento está encantado. El miedo lleva a la depresión y esto conduce al terror. Frank no sabe qué hacer, excepto llevarla a ver a su familia a Tailandia, pero esto conlleva también algunas penurias.

Al final, todo parece arreglarse a partir de la intervención de una sociedad secreta escandinava.

Esta es la historia de cómo algo malvado puede derivarse de las buenas intenciones.

Publicado:
Sep 14, 2019
ISBN:
9781071505168
Formato:
Libro

Sobre el autor


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Los demonios de la calle Goya - Owen Jones

Los Demonios

de la

Calle Goya

Una historia sanadora de buenas intenciones y malas acciones

––––––––

Owen Jones

––––––––

Traducción de Mar Cobos Vera

DEDICATORIA

Esta edición está dedicada a mi esposa, Pranom Jones, que hace todo lo posible para hacerme la vida fácil, y lo consigue. Nuestra hija, Chalita, se ha portado estupendamente durante la creación de este libro, que está basado en elementos de verdad en más de un sentido.

Aliya se ocupó de la ilustración de la portada.

El Karma los recompensará a todos en su justa medida.

CITAS INSPIRADORAS

No creas en algo solo porque has oído hablar de ello.

No creas en algo solo porque fue dicho y comentado por muchos.

No creas en algo solo porque lo encontraste escrito en tus libros religiosos.

No creas en algo simplemente por la autoridad de los maestros y los mayores.

No creas en las tradiciones solo porque han pervivido durante varias generaciones.

Pero si, después de la observación y del análisis, algo concuerda con la razón y conduce al bien y al beneficio de uno y de la comunidad, acéptalo y vive conforme a ello.

(Atribuida a Gautama Buda)

––––––––

Oh Gran Espíritu, cuya voz se mece con el viento, escúchame. Permíteme que crezca en fortaleza y conocimiento.

Deja que pueda seguir contemplando sin fin el crepúsculo rojo y púrpura. Que mis manos respeten las cosas que me has dado.

Enséñame los secretos ocultos debajo de cada hoja y de cada piedra, del mismo modo que se lo has enseñado a todos los que me precedieron.

Permite que use mi fuerza, no para ser más grande que mi hermano, sino para luchar contra mi peor enemigo: yo mismo.

Permite que siempre venga ante ti con las manos limpias y un corazón abierto, que, a medida que mi vida terrenal se desvanece como el atardecer, mi espíritu vuelva a ti sin tacha.

(Basado en una oración sioux)

INDICE

1  Lago Mjøsa, Noruega

2  El baile anual de los Sedolfsen

3  El primer centenario de la noche de los aprendices

4  Frank y Joy

5  Residencial 'Home from Home'

6  Pa playa

7  Al suroeste de Fuengirola

8  Los Boliches

9  Paranoia

10 Tailandia11 La hermana de Joy

12 Bew

13 Ir al norte del país

14 Baan Lek

15 Vivir con mamá

16 Coventry

17 Tiempos difíciles

18 La guarida de Boo

19 Altibajos

20 El visado21 La niebla empieza a subir

22 Otra boda... y otra más

23 Londres

24 La sociedad goya para la verdad y la belleza

25 La carta

26 Epílogo

Los despreciables

1 LAGO MJØSA, NORUEGA

El anciano Barón estaba sentado en el enorme y reluciente escritorio de madera de teca y cuero de su despacho, mirando el lago que tenía delante. Con sus 1,70 cm de estatura, resultaba algo bajo para ser noruego. Su cabello blanco rizado le daba un aire distinguido; tenía una cara bastante redonda, con unos ojos marrones que se veían a través de las gafas, y vestía ropa informal —una chaqueta de cachemir verde oscura, una camisa con el cuello desabrochado y pantalones grises de franela—, ya que no esperaba visitas hasta, por lo menos, después de comer. El silencio perfecto solo era interrumpido ocasionalmente por el sonido del hielo agrietándose en el lago o por algunos pájaros rebuscando pececillos en la superficie. El viejo castillo había permanecido aislado en su vasto territorio durante cinco siglos y el barón actual había pasado toda su vida allí desde que acabó sus estudios. La tranquilidad estaba enraizada en él.

Cuando al final llegó el tan esperado golpecito en la puerta, respondió elevando la voz de forma inesperada.

—¡Entre! Ah, Maximilian, espero que tengas buenas noticias para mí. —Había más que un ápice de impaciencia en su voz.

—Sí, Herr Barón, me consta que así es. La línea de teléfono y la parabólica han sido reparadas y funcionan ya perfectamente después de la tormenta, y el correo ha quedado entregado.

Maximilian presentó el platillo de plata al Barón, quien cogió una docena de cartas.

—Entonces, ¿eso significa que el teléfono, la banda ancha y las comunicaciones vía satélite han sido restaurados completamente?

—Mis comprobaciones así lo sugieren, Herr Barón.

—Muy bien. Gracias, Maximilian. Puedes continuar con los preparativos. ¿Está yendo todo según lo previsto?

—Sí, señor, ningún problema.

El Barón formó un abanico con las cartas y el mayordomo se marchó en absoluto silencio, aunque antes de cerrar la puerta se permitió una mirada al rostro de su señor. Pensó que esto era excesivamente atrevido e indiscreto, pero es que a él le gustaba estar al tanto del humor del Barón en todo momento.

Maximilian había sido el asistente personal del Barón en la universidad en Heidelberg cuando ambos eran jóvenes. Era alemán, y la única persona que tenía permitido llamarle «Herr Barón». Era muy respetado por todo el servicio. Los dos hombres habían estado juntos durante más de cincuenta años y se conocían mejor el uno al otro que a sus propias esposas.

El Barón estaba buscando los sobres oscuros de más peso, pues eran los que venían de los miembros más cercanos de su familia y de la sociedad para la que trabajaba. Abrió aquellos con un signo evidente de ansiedad, poniendo aparte los otros para más tarde. No dejaba de sonreír mientras sacaba las tarjetas SRC una tras otra. Había ocho. Se las colocó delante y se puso a hablar a un viejo retrato familiar. .

—El clan se va a reunir, abuelo Peter. ¡Vamos a estar unidos de nuevo para continuar con la antigua tradición familiar!

Las paredes paneladas del estudio estaban cubiertas de retratos de familia, pero había dos en particular que el Barón quería ver en ese momento. Sin embargo, no estaban a la vista de cualquiera, y es que muy poca gente había podido alguna vez penetrar en la intimidad de su despacho privado. Solo un puñado de directivos empresariales, abogados, contables y similares había atravesado alguna vez el umbral de su puerta.

No obstante, el Barón tenía otra estancia, una secreta, fuera de su oficina. Siempre había estado allí, desde que se construyó el castillo, pero con la ayuda de millones de dólares de un trabajo de restauración, había sido recuperada al siglo XXI con varios sistemas de seguridad, de soporte vital y de comunicación de alta generación. Activó el dispositivo de control remoto que llevaba en el bolsillo y un panel perfectamente camuflado empezó a deslizarse a un lado silenciosamente.

La estancia era grande desde cualquier perspectiva. En el centro, había una espléndida mesa redonda con trece sillas haciendo juego; una lámpara antigua aparentemente innecesaria colgaba en el centro, pero sus velas podían encenderse con encendedores piezoeléctricos y apagarse con vaharadas de aire provenientes de botellas de aire comprimido que eran operadas con el mismo dispositivo de control remoto. A pesar de todo, solo se usaba en ocasiones muy especiales porque la habitación ya estaba adecuadamente iluminada con luces integradas que podían ajustarse dependiendo de las circunstancias. Cuando entró en lo que él llamaba «El Santuario», pulsó otro botón en el dispositivo y la mitad de la pared de enfrente cobró vida con una escena del exterior del castillo. Era una ventana espía especial que podía ser utilizada para dar vista, o no, pasando simplemente una carga eléctrica por el cristal.

Con todo, el Barón prestó poca atención a los cisnes que buscaban alimento en el lago. Pulsó más botones y se activaron otros dos paneles de cristal revelando sus pertenencias más preciadas. Quedaron visibles una pintura al óleo y un boceto en sus respectivos espacios con seguridad controlada. El Barón mostró las tarjetas SRC al hombre del cuadro y comenzó a hablar.

—Oh venerable antepasado, está a punto de tener lugar el cuarto centenario del encuentro anual de nuestro clan. Han intentado desde hace mucho tiempo negar tu vínculo con nuestra familia, pero nosotros nunca nos hemos amedrentado. ¡Nunca te hemos negado y nunca lo haremos! ¡Sabemos que somos de la misma sangre y preservaremos nuestra fe! Solo tres días más y estaremos reunidos de nuevo. ¿Puedo confiar en que tú puedas honrarnos con tu presencia en ese día tan próspero, aunque solo sea por un rato?

El Barón sonrió mientras sentía que el hombre le había respondido afirmativamente en silencio dentro de su cabeza. Sonrió al caballero de pelo encrespado y de mediana edad que estaba en el cuadro y, de nuevo, volvió a percibir una respuesta. Se dirigió entonces hacia la mujer del segundo cuadro. No era un retrato, sino que solo representaba a una persona en la escena. Se inclinó ligeramente y dio un taconazo prusiano como la mejor manera que conocía de mostrar su más profundo respeto.

—Venerables Antepasados, se hará vuestra voluntad de acuerdo a nuestra antigua tradición familiar.

Habiendo dicho esto, volvió a inclinar la cabeza ante cada cuadro, se giró sobre sus talones, salió del Santuario y presionó el botón necesario para cerrar y ocultar la estancia una vez más con solo un silbido apenas audible de la puerta. Volvió a su escritorio, encendió su ordenador y llamó de nuevo a su asistente.

—Maximilian, parece que, efectivamente, las comunicaciones han vuelto a la normalidad. Las cartas que he recibido esta mañana indican que el tradicional encuentro familiar se llevará a cabo de acuerdo a lo planificado. Esmérate en implementar los antiguos procedimientos para la combinación del cuarto centenario del encuentro y el primer centenario de iniciación especial. Tú ya has preparado unas doce iniciaciones antes, ¿no, Maximilian?

—Correcto, Herr Barón, está será la decimotercera.

—Tu servicio es altamente apreciado, Maximilian, no solo por mi parte, sino también por la de toda la familia. En cuanto a los nuevos miembros del personal, ¿han sido convenientemente informados de sus cometidos durante el encuentro y se les ha instruido sobre dónde pueden ir y dónde no durante los dos días de las celebraciones?

—Sí, señor, todo ha sido dispuesto.

—¿El alojamiento para los huéspedes, la comida, la bebida, las necesidades especiales, etc.?

—Sí, Herr Barón, me he ocupado de todos esos detalles personalmente.

—¿Hay algo que quieras que supervise?

—No, señor, solo esas cosas de las que yo no tengo conocimiento.

—Muy bien, puedes continuar con tus tareas, Maximilian.

—Sí, Herr Barón.

A partir de ese momento, el Barón enfocó la atención en sus ocupaciones diarias y se olvidó del asistente.

Los treinta y un huéspedes llegaron todos casi a la misma hora al día siguiente. Llegaron en sus propios vehículos, la mayoría en coche, aunque dos de ellos lo hicieron en sus helicópteros privados. Había once miembros del Círculo Interior, cuatro candidatos, diez esposas y seis adolescentes. Tanto a las esposas como a los más jóvenes se les permitía el acceso, pero no figuraban dentro del Círculo Interior, que comprendía al Barón, a la Baronesa y a otras once personas entre amigos cercanos y familiares. A los huéspedes que no estaban dentro de este círculo se los mantenía a cierta distancia del principal objetivo del acontecimiento. Las parejas, las novias y los novios tenían la entrada terminantemente prohibida.

Los once miembros del Círculo Interior eran familiares de sangre, aunque lejanos, y entre todos ellos contaban diez esposas y diez hijos. Cuatro de estos últimos habían sido seleccionados para una «atención especial».

En la ceremonia de Iniciación al Primer Grado, los candidatos están preparados pero temblorosos, emocionados pero recelosos, y aquellos que sabían algo más acerca de lo que les iba a suceder no decían nada, aunque los padrinos esperaban que sus propios candidatos a aprendiz pasaran la prueba y demostraran que su juicio no había sido alterado por los lazos de filiación. Si superaban la prueba, se convertirían en acólitos, aspirantes a ingresar en el Círculo Interior y a aprender los secretos de sus miembros cuando uno de ellos pasara a encontrarse con los Venerables Antepasados.

Los miembros del Círculo Interior tenían ya cierta edad, pero no eran ancianos y, como eran ricos, tenían acceso a los mejores cuidados médicos del mundo. El Barón, a sus setenta años, venía a ser el segundo más joven de la Logia, como solía llamarse al Círculo Interior, después de su esposa, Ingrid, y ostentaba el cargo de presidente. Su esposa era una década más joven y su vicepresidenta. No habían sido bendecidos con hijos, así que no podían contribuir a la Logia con sus vástagos, pero no por eso dejaban de tener el control absoluto del grupo. Así era como la organización había sido instaurada cuatrocientos años atrás.

En realidad, su constitución, en sí misma, era bastante progresista en varios aspectos, en la que hombres y mujeres tenían las mismas oportunidades, pero una vez que el líder era elegido, él o ella podían ser autocráticos si así lo deseaban. El Barón era tan respetado porque siempre escuchaba a quien discrepaba e incluso, a veces, aceptaba las opiniones de los demás como superiores a las suyas propias, aunque no estaba obligado a hacerlo.

La presidencia y la vicepresidencia de la Logia eran de por vida o, como solían decir, «para lo que durara la vida de la persona electa en la Tierra». Se esperaba del Barón y de la Baronesa que cumplieran sus funciones durante otros diez o veinte años más, pero nadie sentía ningún resentimiento al respecto. Él era, después de todo, el familiar vivo en todo el mundo que más cerca se encontraba del «Venerable Antepasado» por lo que a ellos concernía. Por supuesto, había otros que reclamaban su ascendencia y algunos incluso podían demostrarla, pero la rama noruega consideraba que ellos eran la única familia auténtica, los únicos que lo entendían de verdad y los únicos portadores de la Fe, aunque no fueran reconocidos por los historiadores tradicionales ni nadie más.

Sin embargo, eso no les importaba lo más mínimo, más bien les divertía. Estaban seguros de sus raíces y no consideraban la opinión de intrusos. En ocasiones, con el paso de los siglos, se escapaban algunos rumores en cuanto a la sociedad secreta, pero siempre eran sofocados. En los inicios, eso se habría conseguido mediante el uso de violencia despiadada, pero de acuerdo al espíritu más clemente de los tiempos modernos, los procesos legales habían probado ser igual de efectivos. La familia Sedolfsen tenía acceso a los abogados más agresivos del mundo y estaba preparada para soltarlos al menor indicio de escándalo.

Esto no ocurría muy a menudo porque los redactores jefe sabían el riesgo que corrían si atacaban a los Sedolfsen, pero unos cuantos osados buscadores de la verdad ya habían quebrado en el pasado por intentar sacar a la luz más de lo que podían demostrar. La próxima ronda de exposición potencial estaba a punto de dar comienzo.

Los aspirantes contrariados, al ser rechazados, eran los que constituían el mayor riesgo. Dada su juventud, solían emborracharse y eso los llevaba a desvelar ciertos detalles a amigos, algo que nunca habrían debido hacer. A veces, estos «amigos» vendían después a la prensa estas historias sobre los poderosos pero herméticos Sedolfsen. Sería un mes o dos más tarde cuando se encontrarían en su punto más vulnerable. El conjunto de las celebraciones iba a durar dos días. El primer día estaba destinado para recibir a los dignatarios locales y a otros que pudieran acudir de lugares algo más lejanos, pero estos invitados no tenían acceso a pasar la noche en el castillo. Cuando estos preguntaban la razón para esa gran fiesta anual, la respuesta era siempre la misma:

—¡Ah, ya no la sabemos! Uno de nuestros parientes, bueno, un tío-pentapentapentapentabuelo de varias generaciones atrás, un tal tío Peter, creemos, empezó la tradición de una fiesta en esta fecha hace cuatrocientos años, y parece que a nadie en todo este tiempo se le ha ocurrido una razón lo bastante buena como para suprimirla. ¡No hemos fallado ni un solo año desde entonces!

Esto siempre tenía como resultado una carcajada y el final del asunto. Sin embargo, la verdadera razón para la primera noche de celebraciones era cargar el castillo con energía que el Círculo Interior pudiera aprovechar para usarla en sus propios rituales privados del segundo día.

Muy poca gente intuía, y mucha menos gente advertía, que las fiestas más extraordinarias tenían lugar cada cuatro años, es decir, cuando se seleccionaba a los aspirantes a aprendices.

Y esta, la ceremonia de selección número cien, tenía que ser un acontecimiento grandioso.

2 EL BAILE ANUAL DE LOS SEDOLFSEN

El Barón quería que el cuarto centenario del baile anual y la centésima ceremonia de selección de los aprendices fuera la mejor de todas. Con ese propósito, primero se había tomado su tiempo para pensar; luego, él y su esposa habían puesto sus ideas en común y, finalmente, había pedido a la Logia sus recomendaciones. Así era cómo hacía las cosas por lo general y esta era la razón por la que era tan apreciado.

Esto dio como resultado que hubiera trescientos noventa invitados y que se contratara a cincuenta personas más para la ocasión. La Baronesa era plenamente consciente de que nada podía salir mal este año, aunque el salón de baile se fuera a llenar hasta casi el doble de su capacidad. Por consiguiente, había solicitado la ayuda de los mejores organizadores de fiestas de Noruega y Suecia para controlar su presupuesto y proveer personal extra.

Von Knutson eran los mejores en este negocio y se rumoreaba que las casas reales de ambos países habían recurrido a los servicios de esa compañía en momentos de necesidad.

—¿Cuál es la previsión del tiempo, Francisco? —preguntó la Baronesa a su marido—. ¿Crees que los dioses serán compasivos con nosotros este año?

Era solo unos tres centímetros más alta que su marido, pero de naturaleza delgada y elegante, mientras que él tenía tendencia a engordar. Sin embargo, esta circunstancia, su corte de pelo y sus tacones la hacían parecer mucho más alta, cosa que a él lo traía sin cuidado. De hecho, estaba bastante orgulloso de tener una esposa más alta, tal como les suele pasar a los hombres que son algo bajitos.

—Creo que sí, Joie —respondió utilizando su apodo cariñoso—. Ya no hay hielo en el lago; los pájaros y los zorros están regresando... No hace tanto frío y el hombre del tiempo dice que podemos esperar una primavera excepcional. Así que, sí, creo que nos va a sonreír la suerte.

—Fue todo un acierto invitar a tanta gente pues, independientemente del tiempo que haga fuera, tendrán la sensación de que dentro hace demasiado calor y

solo por su propia temperatura corporal.

—Es muy amable de tu parte decir eso, querida. Estoy bastante orgulloso de mi pequeño golpe maestro. Me gustó realmente tu sugerencia de tener animadores encubiertos esparcidos entre el salón de baile y la carpa. ¡Eso les hará moverse un poco! Vaya, al menos eso es lo que creo.

—Gracias, cariño. Servir el catering para doscientas personas en el comedor y para otras doscientas en la carpa debería facilitar la circulación y además están la salita de fumadores, el porche y los jardines. Creo que podemos decir sin miedo que nuestros invitados tendrán muchas oportunidades de regular ellos mismos su temperatura corporal.

—Estoy de acuerdo, Joie, nos merecemos una palmadita en la espalda por todo ello. Ah, bueno, apurémonos. La primera tanda de invitados va a llegar a las ocho, ¿no?

—Sí, Frank, deberíamos pensar en vestirnos. Ya es hora de que dejemos al servicio y a los del catering apañárselas solos. Ya no podemos hacer más hasta que nosotros mismos no estemos preparados.

—Muy bien, Joie. Pasaré por tu habitación a las ocho para recogerte.

Se dieron un pequeño abrazo, se pellizcaron mutuamente en la mejilla y cada uno se fue por su lado.

El Barón y la Baronesa estaban al lado de una mesa con bebidas a unos seis metros de la entrada al salón de baile. El Maestro de Ceremonias anunciaba a cada uno de los invitados a medida que llegaban, pero los anfitriones solo permanecieron allí unos treinta minutos para recibir a los invitados más importantes, aquellos que habían sido convocados a las ocho. Aquellos que debían llegar a las ocho y media tendrían más dificultades para conseguir estrechar la mano del Barón y expresarle su gratitud por la invitación.

Había que ir vestido de etiqueta, pero esto no era un problema ni siquiera para la mayoría de comerciantes locales que ya tenían chaquetas apropiadas para sus logias masónicas o de mesa redonda, de las cuales era miembro el Barón, aunque, últimamente, rara vez acudía a las reuniones. Se había hecho socio porque era la costumbre, un gesto de buena voluntad, una manera de publicidad, más que por buscar pasar una noche fuera con la gente bien de la localidad.

La mayor parte de la población local lo entendía y respetaban al Barón por hacer el esfuerzo de apoyar a los recaudadores de donaciones del vecindario. Los aristócratas Sedofsen gozaban de una buena reputación entre la inmensa mayoría de la gente que vivía en las cercanías del castillo y también por toda la provincia.

Ambos pusieron sus mejores sonrisas para que encajaran perfectamente con su vestimenta de gala a lo aristocrático-militar. El Barón ostentaba varias medallas, fajín y banda, mientras que la Baronesa llevaba un vestido de noche largo de seda de color verde oscuro, diadema y banda. Extendieron una mano enguantada en blanco a cada uno de los invitados que llegaron en la primera remesa, uno tras uno. Ocasionalmente, el Barón hacía una ligera inclinación y golpeaba lo talones y su esposa mostraba su cortesía cuando se encontraban ante alguien de sangre real. Cuando el salón de baile empezó a llenarse, los miembros del Círculo Interior se fueron uniendo impecablemente desde las puertas francesas, el comedor o la entrada principal, según su preferencia.

El evento fue espectacular; todo el mundo lo dijo. La fiesta apareció en el periódico local de la mano del redactor jefe ya que estuvo allí, como también lo estuvo su jefe de Oslo, el propietario del periódico.

Hubo una pequeña orquesta ofreciendo música para la ocasión en el salón de baile para aquellos que sabían bailar estilos de antaño, pero eran los menos. Hubo una arpista en el comedor para los que querían un descanso y un pequeño grupo de teatro en la carpa. La muchedumbre se moduló perfectamente, moviéndose entre los distintos espacios, y el tiempo bien se pudo describir como fresco, pero en absoluto frío.

La gente deambuló entre los tres puntos principales y se quedó en el patio o paseó por los jardines, que estaban iluminados con multitud de luces reguladas mediante secuencias preprogramadas informáticamente. Las sorpresas consiguieron el efecto esperado. De todos los rincones y pequeños arbustos empezaron a salir, en una avalancha de luces de colores, hombres ligeros de ropa y mujeres con medias y mallas quienes sí debieron de sentir el frío; en los lugares convenidos, unos cuantos faquires se pusieron a lanzar llamas a diestro y siniestro. Los estallidos de risa y los gritos de sorpresa se pudieron oír toda la noche por los alrededores.

Con tantos invitados presentes y tanta variedad de cosas para disfrutar, a los trece miembros del Círculo Interior no les resultó difícil escabullirse cuando les apeteció. No se trataba de un esfuerzo coordinado para ausentarse y reunirse en algún lugar, pero, no obstante, ocurrió varias veces que tres cuartas partes de la Logia se encontraran en el Santuario en el mismo momento.

El Barón tenía abierta la ventana unidireccional que daba al salón de baile ya que las dos estancias eran contiguas. Había también CCTV de toda la casa y de la carpa a partir de las principales cámaras de seguridad del castillo.

—¡Qué ambiente, Francisco! —dijo alguien del Círculo Interior que estaba sentado cerca de la mesa—. Este año te has superado con creces.

—¿Disculpa, Claus? —preguntó el Barón, que era ligeramente duro de oído si la voz no le era del todo familiar. Claus señaló las pantallas y levantó un pulgar—. ¡Ah, sí! Ya sé lo que quieres decir. Muchas gracias. Joie ha puesto mucho tesón en este evento.

—Me gusta particularmente ese toque ingenioso de que haya treinta invitados por cada miembro de la Logia. Da al ambiente una emoción extra, ¿no crees? —comentó otro de los miembros.

—Sí —añadió Claus—, eso debería proporcionar un auténtico empuje para mañana. Bien hecho por los dos. Creo que iré a dar una vuelta por la carpa y me echaré un cigarrillo por el camino. Allí parece estar muy animado. ¿A alguno le apetece dar una vuelta?

—Sí, yo voy contigo —respondió otro, y salieron al despacho.

El castillo entero estaba lleno del bullicio de la gente que se estaba divirtiendo, pero los actos que tenían lugar fuera, en el jardín y en la carpa, parecían ser, sin duda, los que más público atraían, en parte porque la temperatura era muy suave y en parte porque el salón de baile no tardó en ser sofocante al aproximarse a su plena capacidad.

Los que mejor se lo pasaron, sin embargo, resultaron ser los trece miembros del Círculo Interior, que aparecieron para hacer crecer aún más el entusiasmo de quienes los rodeaban. El barón Sedolfsen y su mujer parecían estar por todas partes. Todos querían hablar con ellos y estos estaban dispuestos a colaborar, bueno, más que dispuestos, estaban encantados. Literalmente, se alimentaron del exultante ánimo de sus invitados.

Cuando la fiesta llegó oficialmente a su fin a medianoche, los anfitriones se apostaron cerca de la salida desde el salón de baile para dar las gracias personalmente a todos aquellos que quisieran despedirse, o sea, para aquellos que no habían tenido que marcharse temprano.

Cuando los pocos invitados más rezagados se habían marchado ya en torno a la una, y los sirvientes estaban comprobando que todas las puertas del castillo se quedaban cerradas para la noche, el Círculo Interior se agrupó en medio de la pista del salón de baile, provenientes de todos los rincones. Todos tenían una gran sonrisa en el rostro.

—Bueno, me quito el sombrero ante

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