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LAS RUINAS DEL EXTRANJERO

LAS RUINAS DEL EXTRANJERO

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LAS RUINAS DEL EXTRANJERO

Longitud:
148 página
2 horas
Publicado:
May 15, 2020
ISBN:
9789585481664
Formato:
Libro

Descripción

Las ruinas del extranjero nos presenta un lugar que ya no existe. Un hombre tras las huellas de su padre, que se ha convertido en un rastro borrado por el tiempo. Recuerdos sin final, memorias imprecisas entre el delirio, la imaginación y la realidad. Pensamientos y reflexiones de un ser perdido, enfermo e invisible entre los resquicios de la exist
Publicado:
May 15, 2020
ISBN:
9789585481664
Formato:
Libro

Sobre el autor

Rodrigo Guerrero nació en La Calera, Cundinamarca, el 19 de enero de 1981. En la actualidad vive en Soacha. Es licenciado en filosofía y escritor. Ganador de la convocatoria de relato “Bogotá por Bogotá” realizada por el periódico El Tiempo, el Fondo de Promoción de la Cultura, el Museo Arqueológico de Bogotá (MUSA), el British Council Bogotá–Londres y la UN Radio con los escritos Germán, el padre y En silencio en el 2007. Ganador de la convocatoria Érase una vez… organizado por el portal literario Diversidad Literaria en España, con el relato Pozzetto, años después en el 2013.

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LAS RUINAS DEL EXTRANJERO - Rodrigo Guerrero

enamorado

I

Estoy en la casa donde todo ocurrió. Los techos están pintados de blanco y las paredes de un color trigo muy suave que llega hasta la mitad, y de allí hasta el suelo están cubiertas por un zócalo de madera dividido por franjas verticales, color caoba brillante. Los pisos de la primera planta, que mi memoria trae pintados de arabescos sin brillo en tonos verdes, rojos y blancos, fueron cambiados por unas baldosas más modernas, blancas y brillantes. Del fondo de la casa me llegan los cantos de los canarios y de los periquitos, y desde el patio los gritos y las medias palabras del viejo loro. En la sala permanecen los mismos muebles de madera oscura, la mecedora de cojín rojo, la enorme mesa de centro rectangular, el bifé contra un rincón saturado de botellas y porcelanas, la vieja vitrola con botones de marfil color blanco sobre su tablero negro, los mismos cuadros con escenas de caza, de paisajes alpinos y de niños hermosos sentados sobre la hierba bien cortada. Sobre el alféizar de la ventana hay una hilera de plantas que apenas se ven tras el grueso velo de la cortina.

La abuela está tal cual como la recuerdo de cuando era niño: una mujer pequeña y fuerte, de movimientos rápidos todavía, el pelo corto bien negro peinado de lado, el mismo pelo de mi padre, los dedos vencidos por la artritis, la voz aguda, las bolsas bajo sus ojos.

Me trae un café en leche con galletas y me conversa desde la cocina, casi a los gritos, desde donde se escucha el trasegar de los trastos dentro del lavaplatos y el agua cae desde la llave abierta. Me pregunta por mi madre, por mis hermanos, por mi esposa e hija, por mi abuela, por mi trabajo. Respondo que bien, que todos están bien, que las cosas no han variado mucho, y le menciono, también casi a los gritos, algunos cambios generales en la vida de esas personas que son mi familia: el matrimonio de mi hermana en Cali hacía un par de años, la postración en cama de mi abuela después de los dos accidentes cerebrovasculares de los que fue víctima, el trabajo de mi madre para la misma firma de abogados de los últimos veinte años, la pronta graduación de mi hermano menor como diseñador en la universidad, la cirugía contra el cáncer que le habían practicado a mi esposa durante el año anterior había sido todo un éxito y que ella aún trabajaba para el mismo ente gubernamental de siempre, que nuestra hija ha crecido mucho en el último tiempo y que está muy cerca de convertirse en una hermosa señorita muy parecida a mi esposa, que yo aún dicto clases en la universidad y que se me ha metido en la cabeza desde hace unos años hacer literatura de manera profesional. Le oculto lo de la inminencia de mi separación para evitar preguntas.

—Ah —dice cuando escucha lo de escribir. Sin darle mucha importancia comienza a contarme la historia de la gente del pueblo, de amigos y de familiares, de hechos y sucesos con protagonistas que se quedan sin rostro en mi mente porque no los conozco o no logro recordarlos. Me habla sobre las esmeraldas y las camionetas de uno de mis tíos, sobre las dolencias y sufrimientos de la esposa del tío Walter, sobre un par de primos míos que se fueron a vivir al Canadá, que consiguieron trabajo y familia allá y que han tenido mucha suerte en ese frío país, sobre Nadia y su hijo Carlos, un hombre con el que compartía mis juegos cuando era niño, sobre el tío Jesús al que seguro el alcohol se iba a llevar a la tumba, sobre la tía Julia y la tía Diosa y sus problemas de memoria y senilidad. No me queda más que asentir una y otra vez y dejar que ella narre y narre una y otra vez las historias que guarda dentro de sí y que por fin encuentran un receptor que no la interrumpe y que la deja hablar.

Hace un par de minutos terminé mi café y las boronas de las galletas descansan sobre el plato. La abuela continúa en la cocina, habla sobre la vida que llevan mis primas, las que viven en Los Ángeles. Me levanto a llevarle la loza. Salgo de la sala y me encuentro el comedor, veo la mesa enorme de ocho puestos que ahora está vacía pero que el domingo próximo se llenará con la presencia de mis primos, de sus esposas e hijos, de mis tíos que compartían el almuerzo preparado por las nuevas mujeres de la familia. Desde arriba de la pared más cercana observan los ojos turbados de Jesucristo y de sus doce apóstoles en una representación de La última cena de Da Vinci. El cuadro está rodeado por un conjunto de pequeños platos de porcelana adornados con ramilletes de flores, paisajes diminutos, niños riendo, cabañas de las estepas. Contra la pared enfrente a la mesa está el bifé del comedor construido con la misma madera oscura y poderosa de los demás muebles de la casa y junto a la puerta que da al patio está la escalera verde oscura, estrecha y de anchos peldaños, cuya baranda de adornos antiguos lleva a la segunda planta; bajo el ángulo de la escalera está la nevera Philco que parece haber estado en ese lugar desde siempre.

—Gracias por el café —digo cuando entro a la cocina.

—Por qué se molesta —me dice y me recibe los platos.

—No hay ningún problema —digo y me acomodo en una butaca de la cocina mientras ella adelanta algo del almuerzo. Cocina delicioso a la vieja usanza, a pesar de que la estufa de carbón ha sido reemplazada por una de gas con cuatro pilotos. Se esmera desde muy temprano en la mañana con la sopa, el seco y la sobremesa que siempre es jugo de fruta natural. Desde la pequeña ventana que está enfrente del lavaplatos se alcanzaba a ver, en otra época, el campanario y la cúpula de la iglesia del pueblo, pero ahora han subido un muro a escasos dos metros delante de ella, una pared de tres pisos que hizo construir el esposo de la tía Irma sobre el pedazo de patio que le correspondía a ella por herencia, fallecida hace ya casi dos décadas durante el parto de su segundo hijo, mi primo, que es ya un joven hecho y derecho. Ahora es triste observar por aquella ventana y ver los cercanos bloques unidos por gruesas franjas de cemento gris que se ha endurecido y forman costras de plomo, espumosas y abombadas.

Habla sobre mi abuelo, ese hombre recio que desde mi niñez veo tan enorme, tan poderoso y autoritario. Lo recuerdo entonces con una gorra de conductor, con camisas de leñador y pantalones de dril habano o café, calzaba botas de trabajo de suela amarilla. Me cuesta creer, incluso comprender, que a ese hombre hubiera podido doblegarlo una enfermedad que aqueja solo a los ancianos, a los débiles, pero nunca a hombres como él. Primero tuvo que dejar de conducir, luego tuvo varios desvanecimientos y caídas en diferentes calles del pueblo, y al fin las piernas no le funcionaron más, dejaron de servirle incluso para poder moverse por la casa. Le faltaba el aire y el seguro médico le asignó una máquina de oxígeno de las modernas, de las de conectar al tomacorriente, y el doctor le recomendó no volver a salir solo a la calle. Era difícil imaginarlo sentado en una silla o acostado en una cama conectado a una máquina generadora de oxígeno, viendo televisión, quieto y silencioso, jubilado del trabajo de transportar hombres de mina en mina y de fábrica en fábrica entre las frías montañas cercanas al pueblo, alejado de su Land Cruiser anaranjado, al margen del mundo de afuera. Ella me dice que está arriba, en su cuarto, y que las visitas lo dejan más deprimido y más silencioso de lo que es ahora, pero que hay que aprovechar estos momentos esporádicos para despedirse de las personas que sin remedio están cercanas a irse de este mundo. Mientras lo dice parece rememorar muchas cosas, su mirada se aleja y hasta creo advertir una laguna dentro de cada uno de sus ojos.

Asiento en silencio y le pregunto si puedo subir a verlo. Me dice que claro que sí, que no hay inconveniente, que está en su habitación, la de siempre, que yo ya conozco bien la casa y sonríe, mostrándome el par de hileras perfectas de sus prótesis dentales. Vuelvo hasta la sala y extraigo de mi morral una bolsa aún caliente llena de garullas, de almojábanas y de dulces que le traigo desde Soacha y que por suerte el aguacero de Bogotá no alcanzó a tocar. Se la entrego y me agradece con un abrazo enérgico que me aprieta contra su pequeño cuerpo. Su chal huele a cocina, a cebolla y a condimento.

—¿Y mi papá? —le pregunto a bocajarro.

La abuela frunce el ceño, baja la mirada y su voz suena honda, ronca y distante, triste.

—Salió temprano, siguió tomando. Le dieron unos planos, le pagaron y no ha parado por la casa. Lleva casi una semana en las mismas.

Arrugo la frente y las cejas, asiento con un gesto de cabeza y le doy la espalda. Subo por la escalera me sostengo de la baranda metálica que me devuelve su toque helado. Los mismos escalones por los que mi padre rodó tantas veces ebrio y enloquecido, preso de tantos recuerdos amargos de su niñez y juventud.

Llego al segundo piso, donde hay tres entradas diferentes. A la derecha está el cuarto de la abuela que tiene ventanas que dan a la calle, una cama doble en medio de un par de mesitas de noche pintadas de negro, un peinador muy antiguo de espejo cuadrado y un armario contra un rincón con un pequeño televisor encima. A la izquierda hay un cuarto diminuto que tiene vista a las montañas, al pueblo y a la autopista, el cuarto de mi padre, seguido de un pasillo que desemboca en el cuarto de ropas que tiene un armario viejo y enorme que va del piso al techo, un mueble cuadrado donde se guarda la ropa destendida de la cuerda y una mesa rústica cubierta de cobijas y sábanas utilizada para planchar. Enfrente hay un baño blanco, iluminado y pequeño. Justo al frente de las escaleras hay un cuarto oscuro con dos armarios sobre los cuales descansan viejas fotografías familiares, cuyos protagonistas escapan a mi memoria, y más a la derecha, al fondo, está la habitación del abuelo, bien iluminada y tibia por la luz de la mañana.

Camino sobre el tablado que cruje y se dobla bajo mi peso. El abuelo está dormido y la máquina de oxígeno, idéntica a la que usa mi abuela, genera un ronroneo monótono que exagera la quietud y el silencio. Una manguera diminuta le atraviesa el rostro y entra por sus fosas nasales y le marca la piel de los pómulos. Está en pijama, nunca lo había visto en ropa de dormir, no lleva su gorra de conductor, tampoco conocía su cabecita redonda, brillante y casi calva. Su respiración es un ronquido incesante que le hace mover todo el cuerpo. Recibe el aire de la máquina con dificultad y lo expulsa por la boca abierta en espasmos seguidos, como si estuviera agotado después de un enorme esfuerzo físico. Está profundo.

Lo observo desde el umbral de su puerta y me quedo ahí, quieto. Jamás lo había visto en tal estado de indefensión y senilidad y me sorprendo; la imaginación nunca será capaz de superar la realidad. Observo hacia un espejo ovalado que cuelga de una de las paredes y me devuelve el reflejo de un hombre que ya ha atravesado la mitad de su vida, que ya no es el niño que solía venir de vacaciones a esta casa a llenar con sus juegos todo este sosiego acumulado. El tiempo ha transcurrido desfavorable para todos, incluso para el abuelo que ha sucumbido ante su paso, ante la enfermedad que llegó sin avisar y lo tiene postrado en la cama desde hace tantos meses. Viéndolo allí es difícil tratar de recordar su voz gruesa y autoritaria, sus movimientos hoscos y soeces, sus brazos curtidos y poderosos, todo ese poder y ese respeto que emanaba de su

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