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A la caza del león rugiente

A la caza del león rugiente

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A la caza del león rugiente

Longitud:
323 página
4 horas
Publicado:
May 15, 2020
ISBN:
9789585481527
Formato:
Libro

Descripción

El cotidiano transcurrir de la vida de una tribu del África subsahariana, en la que sus miembros, cualquiera fuera su jerarquía, afrontan grandes retos, se ve interrumpida por la salvaje intromisión de una gran potencia esclavista: Portugal. Esta, luego de tejer una importancia alianza con un mandatario árabe y aprovechando el deseo implacable de v
Publicado:
May 15, 2020
ISBN:
9789585481527
Formato:
Libro

Sobre el autor

Luis Eduardo Cortina Peñaranda, abogado de profesión, escritor de corazón. La acción y la aventura han sido unas constantes en su vida. Una niñez en la que el Mar Caribe, el Río Magdalena y las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta fueron escenarios de sus primeras exploraciones, una juventud en la Zona Andina, con Bogotá D.C., como ese eje central que irradiaba a muchos puntos de la geografía colombiana y la condición de Juez sin rostro en los momentos más álgidos de la historia, en los que el narcotráfico y el terrorismo campeaban, ciertamente confluyeron a forjar el carácter de este escritor. Hoy nos entrega su ópera prima A la caza del león rugiente, novela enmarcada en el género de la ficción histórica, en la que sus personajes dejan ver a plenitud sus fortalezas y su obstinada lucha por sobrevivir en un mundo sin duda demasiado duro.

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A la caza del león rugiente - Luis Eduardo Cortina Peñaranda

ÁFRICA

Capítulo 1

Mucho tiempo después, supe que para ese entonces corría el año 1770 del calendario cristiano, tal vez el mes de junio, pues ya la cuarta luna menguante de verano avisaba que mi hermano Qaaid¹ abandonaría la condición de niño y asumiría la de hombre, condición que, sin embargo, podía ser deshonrosa para un varón de la tribu Nema-luline, si no era acompañada del título de Kacela o Cazador.

Cuan raro se veía, por su oscura piel corría a raudales el sudor, mostraba un intrincado taparrabo tejido con pergh, los fuertes y delgados bejucos de un raro árbol subsahariano y con la suave piel curtida del antílope; portaba cruzada en la espalda, como era usual verlo en los grandes cazadores, una cerbatana, como se le llamaba al largo cilindro de un palo hueco, acompañado de siete dardos envenenados en la cintura, sujeto también con piel de antílope, un cortante cuchillo de pedernal y, en la mano derecha, una fuerte lanza hecha de la madera del árbol de Tart.

Pero no era solo su indumentaria la que lo hacía ver extraño en las largas y soleadas faenas de entrenamiento, en las que su posición ordinaria era la de un corredor de gran distancia, sometido a la presión de los cazadores ya experimentados, sino todo su ser.

Sin explicación alguna, ese niño con el que algunas lunas atrás compartía habilidosos juegos en nuestros asentamientos naturales de invierno y verano había adquirido una altura y una musculatura soberbia, coronada por una cabeza de rostro pétreo, teñido para el evento de un rojo opaco, además de un aura de superioridad, marcada en todo caso por una latente preocupación.

—¡No pierdas la concentración! —gritó Badu² y al tiempo le ordenó que se arrastrase con lentitud por el pasto seco, cuidándose de no moverlo, así como que siempre estuviera atento a los cambios de dirección del viento, pues eventualmente podrían llevar su olor al blanco. De todo ello e innumerables cosas más dependería su vida, o lo que era de igual importancia, su permanencia en la tribu y por ende su reinado sobre ella.

—¡No resisto el dolor! —replicó Qaaid, que al arrastrarse había alertado a las hormigas guerreras de una fiera colonia de russ.

—¡Debes hacerlo! —gritó Badu, que consciente de la presencia de los insectos había programado el ejercicio de aproximación en ese lugar, previniendo que su pupilo pudiera verse obligado a afrontar su lucha en una condición semejante.

Debía matar al Dhaigham, al León, rey de la selva. Su valentía como hombre, al igual que la mía y la de todo varón nacido en la tribu estaba férreamente condicionada a la capacidad para enfrentarlo y matarlo. No obstante, en el caso de él y, a veces, en el mío, el asunto cobraba matices más serios.

Él sucedería a Aaqil³, nuestro padre en la dirección de la tribu una vez que falleciera, siempre que se hubiera hecho hombre para ese momento, lo que corría por cuenta del paso del tiempo, como en efecto sucedía al transcurrir la cuarta luna de aquel verano, pero, además, siempre que adquiriera la condición de Kacela, pues no podría residir en los asentamientos y mucho menos gobernarlos quien no fuere apto para proteger y alimentar a sus residentes. Yo lo reemplazaría si no llegaba a colmar las expectativas y siempre que llegado el tiempo las pudiera colmar yo sin reparos.

—Volveremos al amanecer —dictaminó, luego de que constató que Qaaid, aunque adolorido, mejoraba en el ejercicio y entendía la estrategia de ataque.

Una vez los cazadores descubrieran al león en la llanura, Qaaid solitario debería dirigirse a él y ultimarlo. Se preferiría el momento en que las leonas persiguieran algún búfalo bajo la atenta mirada de su macho, pues así este no tendría la posibilidad de una fiera y femenina escolta, además de que su concentración dependería en algún grado de los movimientos de la presa y sus perseguidoras.

Debía cubrir pronto una gran distancia en arrastre, para evitar ser detectado y llegar al cuerpo a cuerpo, sorprendiendo al rey animal con la lanza; una falla a una distancia mediana era siempre fatal, en cuanto el animal alertado tomaba velocidad y desplegaba su enorme fuerza contra el cazador, que no tenía escapatoria en la llanura; una falla a corta distancia en cambio podía, en teoría, solucionarse con un enfrentamiento cuerpo a cuerpo con el uso del cuchillo. Lo mejor en todo caso era acertar con la lanza pues eran escasos quienes sobrevivían ayudados por el arma corta, pero para acertar con aquella debía estar lo cerca y arrojarla con tal fuerza que perforara su duro cuero y alcanzara su corazón.

—Oh Qaaid, ¿qué te pasó en la piel que está rojiza e inflamada? —preguntó mi madre apesadumbrada y con lágrimas en sus ojos, cuando lo vio regresar a la tienda.

Con dificultad, él logró explicarlo por la intensa comezón que lo aquejaba, lo que me motivó a apoyarlo en su relato.

Entonces Elina⁴, mi madre, buscó presurosa en una de las múltiples mochilas que colgaban de los troncos que sostenían el techo de nuestra tienda, un pequeño calambuco que contenía el zumo libado de una variedad de hojas; se lo aplicó con una suave fricción, descubriendo, al producirle alivio, al vulnerable niño que aún era él.

Nos sirvió una deliciosa cena cocinada a base del ñu cazado en la temporada anterior, que colgaba, salado, de las vigas de una tienda que servía como despensa comunal y especias secas pacientemente recolectadas por ella durante sus recorridos por los alrededores de los asentamientos con las demás mujeres y niñas de la tribu.

Nos abrazó, nos besó y le cantó a la vida en agradecimiento por nuestra existencia. Aprovechaba cada momento para consentirnos y mostrarnos su amor, siempre con el velado anhelo de disfrutarnos a plenitud y así no sentir tanto pesar ante una eventual pérdida, fuere por nuestra muerte o por la exclusión de la tribu.

Algunas madres, ante esas sombrías expectativas, optaban desde el principio por castrar su amor hacía su prole masculina, incluso sirviéndoles solo lo necesario para una congrua subsistencia, con el anhelo de sufrir menos llegado el funesto evento; la técnica aparecía desalmada y siempre dejaba profundas huellas, no solo en las madres, quienes en el empeño por mostrar desapego a los menores sufrían mucho, sino en los hijos que, superada la prueba de enfrentarse a Dhaigham, jamás perdonaban la inclemente actitud de ellas.

—¿Qué hay de mi padre? —le pregunté.

—Se encuentra con el Chaman y con los Ancianos. ¿Sabes? En el recorrido que el Chaman hizo ayer para colectar especias y plantas medicinales vio un babar blanco, solitario. Les ha dicho a todos que habrá una tragedia, algo que lastimará a la tribu.

—¿Un babar blanco? —le pregunté entonces sin una buena respuesta.

Nunca se había sabido de un tigre de color blanco por esos parajes africanos donde se asentaba la tribu. Siempre se habían visto de un amarillo intenso.

—Pronto seré grande y cazaré todos los ñues que existan. Me acostaré como hizo mi hermano. Mañana el entrenamiento comienza temprano. —La rodeé con un gran abrazo casi dejándola sin respiración.

Muy de madrugada nos dirigimos al campamento del gran Badu y su gente, donde se reanudarían los ejercicios. Luego de empacar un pequeño bocadillo a base de una yuca amarga y enjuagarnos muy poco, dada la carencia de agua por el verano, le relaté a mi hermano las conjeturas del Chaman.

—¿Será que voy a morir en el ataque a Dhaigham? —preguntó Qaaid al oírme— siento mucho miedo. Si bien unos me ven como a un ser superior otros lo hacen como si no fuera a sobrevivir o como si fuera a terminar excluido de la tribu. Temo además por Badu, quien expone su fama de mejor Kacela por mí, dada la solicitud de mi padre de que me entrenara.

Pero también estaba el hecho de que el triunfo sobre el león, si era que lo había, no solo debía ser atestiguado por dos cazadores, como en el caso de los demás aspirantes a ser llamados cazadores y permanecer en la tribu, sino por un alto número de ellos, así como por una docena de pomposos y orgullosos Ancianos. Por ello Qaaid debía ser afortunado en su ataque al león en una sola excursión, si se quería evitar un año de murmullos y ofensas de todo tipo en la tribu.

—Sé que saldrás triunfador sobre el animal y si Badu aceptó prepararte para la caza es porque te aprecia y sabe que tienes posibilidades —repliqué.

Aaqil le pidió a Badu que preparara a su hijo para la lucha porque era el mejor; había comprobado haber matado él mismo a 154 leones, así como participado con su grupo como apoyo en la cacería de dieciocho más a lo largo de su vida. Era quien mejores tácticas desarrollaba, depuradas en toda una vida de aplicarlas y perfeccionarlas, el más valiente al punto de que todos querían ser como él. Además, no se dejaba sobornar como otros cuando aparecía como testigo en alguna faena de caza y por tanto tenía una reputación de íntegro que no admitiría que fuera puesto en duda jamás el honor de su hijo.

—Además, si te preocupa la presencia de los Ancianos y los demás cazadores, debes saber que siempre ha dicho mi padre que algunos de ellos aunque han matado al león no se han enfrentado a él, ya porque lo han encontrado dormido, o porque lo ha adormecido el veneno untado en las puntas de los dardos que han sido disparados con las cerbatanas, … o porque el león ha estado viejo o ciego y no ha ofrecido resistencia; incluso en la tribu se dice de algunos que han sobornado a cazadores para que lo ejecuten y atestigüen que fueron ellos los que con valentía lo hicieron —afirmé.

Luego de doblar por un recodo del camino vimos extendidas sobre las espigas secas docenas de poclas, una especie de paloma pequeña que podía considerarse un manjar al ser asada. De inmediato, Qaaid me hizo señas para que me callara. Luego, en voz baja dijo:

—Debemos cazar las que podamos, será una grata sorpresa para Badu y su grupo, pero las armas que tengo no sirven de nada para hacerlo; debemos devolvernos un poco y buscar piedras.

Obtuvimos una buena cantidad de piedras y nos dimos a la tarea de alcanzar el mayor número de palomillas, empezamos por las más cercanas y tratamos de que las piedras no hicieran mayor ruido al impactarlas, buscamos con ello que las demás permanecieran en sus lugares. Al final contamos cincuenta y seis de ellas.

Los nema-lulines, al igual que muchas tribus circundantes, deducían el número de elementos representándolos material o imaginariamente en los nudos de delgadas cuerdas, siendo lo usual que cada una contara con diez nudos.

Sacamos los bocadillos que llevábamos en la mochila y los engullimos, para dejar espacio a las aves capturadas. Me comprometí a desplumarlas y asarlas mientras él recibía el entrenamiento.

Badu y el grupo se alegraron al ver el obsequio y más al saber que lo serviríamos al medio día. Me facilitaron cebo de jabalí y especias para el asado.

Desde mi lugar vi el ejercicio que tenía que desarrollar Qaaid. Debía luchar cuerpo a cuerpo con un hombre que estaba cubierto con una piel de león, incluso con una gran cabeza del felino encima de la suya y en cada mano un trozo cilíndrico de madera rematado por sendas garras filosas.

Qaaid debía esquivar los fuertes zarpazos del disfrazado, que además producía unos horrendos rugidos cuyo fin no era otro que lograr que se adaptara a ellos y no quedara paralizado por el miedo cuando Dhaigham hiciera lo propio el día del combate.

—¡Ataca, ataca!, ¡defiéndete, defiéndete! —repetía una y otra vez Badu, mostrándole con saltos como hacerlo.

Mucho tiempo después ordenó a otro de los cazadores de su grupo que pasara a relevar al que simulaba ser la fiera, pues ya sus fuerzas habían menguado.

Sin demora aquél vistió la piel e inició unas frenéticas embestidas contra mi hermano, que sudaba a raudales y hacía extrañas maromas para evitar los dolorosos zarpazos que a menudo recibía.

A la mitad de la primera jornada nos ofrecieron a ambos un fuerte brebaje para hidratarnos, pues mi sed no era menor a la de él dado que llevaba tiempo asando las poclas.

A medio día el festín fue tal que Badu dio la orden de dormir una siesta antes del reinicio del ejercicio, disposición que sin demora y con gran agrado fue acatada por todos.

El campamento de entrenamiento no constaba más que de dos rústicas tiendas, un gran espacio central, un fogón rodeado de abundante leña y en los árboles circundantes cuerdas colgadas para facilitar el ascenso a ellos y con eso lograr el fortalecimiento de las extremidades superiores de los Kacelas.

Había también palos suspendidos horizontalmente sobre montículos que se elevaban varios metros del suelo, con miras a que aquellos perfeccionaran su equilibrio.

El severo rostro de Badu no lograba ocultar su agrado por el progreso de Qaaid, a quien le había tomado sincero aprecio, sentimiento mutuo que se fortaleció con el correr de los días.

En la noche fue mi hermano quien le contó con detalle las incidencias del día a nuestra madre, quien con ternura untó un ungüento verde sobre las nuevas heridas.

—¿Mi padre? —pregunté.

—Vino a medio día y salió a conversar con el Chamán y los Ancianos. Dispuso que no salieran mañana sin hablar primero con él.

Dormimos a pierna suelta, para aliviar el cuerpo del cansancio acumulado en muchos días de ejercicio, en el caso de mi hermano, y de muchos días de experimentar nuevas emociones, en el caso mío.

Mi padre, en aras de que me fuera familiarizando con las estrategias para matar al león y así pudiera, llegado mi turno, cumplir esa peligrosa tarea con menores riesgos, había dispuesto que acompañara a Qaaid en los entrenamientos.

No supo lo feliz que me hizo; fue el mejor obsequio que recibí de él. Despertaba la envidia de los demás niños de la tribu, que esperaban ansiosos por mí al final de las tardes por mis relatos sobre el entrenamiento, los que a menudo exageraba, incluso asumiendo un protagonismo en los ejercicios que jamás tuve.

—Hablé con Badu para que los entrenamientos sean solo en las mañanas —nos informó mi padre cuando despertamos.

Acto seguido se dirigió a Qaaid y le dijo: en las tardes recibirás instrucción del Chamán, pues su conocimiento es muy valioso y es importante que un futuro mandatario lo comparta de alguna manera. Además, eso te permitirá cultivar el espíritu e ir conociendo los pormenores del poder y la manera de ejercerlo, considerando que el Chamán, no obstante mi descontento, es un experto en ello. Tú podrás asistir también Tounkara⁵, agregó.

—¡Uuuujuuuuuuu! —grité y me abalancé sobre él con un fuerte abrazo.

Con prisa partimos al campamento de Badu, pues no queríamos perder el entrenamiento de ese día.

—¡Espérame! —grité, luego de un agotador tramo en frenética carrera, a la que mi hermano estaba adaptado dado el intenso entrenamiento.

—No lo puedo hacer porque no quiero llegar más tarde de lo que voy —contestó, al tiempo que siguió con ese demoledor paso que le permitió perderse de mi vista en instantes.

Ante eso opté por irme despacio, hice figurillas en la arena con un palo seco que encontré a la vera del camino, predominé una similar al curso interminable de un río que me seguía por los tramos más disimiles y escabrosos.

Cuando llegué escuché las férreas órdenes que Badu le impartía a mi hermano. De pie, el grupo observaba cada detalle del ejercicio. Qaaid debía incorporarse veloz y sorpresivamente a dos metros del blanco, llevaba en su poder la filosa y pesada lanza, para luego arrojarla con la mayor precisión. De blanco hacía una vieja piel de león múltiples veces perforada y con escaso pelambre, rellena con musgo, bejuco y otras cosas difíciles de identificar, con fuerza compactadas.

Al principio él no atinaba siquiera al burdo objeto. Tiempo después lo hacía, pero con poca potencia, ni siquiera alcanzaba a perforarlo. Al final de la mañana no eran muchos los progresos alcanzados, máxime que Qaaid perdía fuerza con cada intento, así que el instructor sentenció que las mañanas siguientes se dedicarían a ese ejercicio.

Nos despedimos y retomamos el camino a la aldea; no cruzamos palabra dado el agotamiento que evidenciaba mi hermano, similar al que, sin saber por qué, yo presentaba.

Recuerdo la angustia de mi madre, mi padre y mis tías cuando en pleno almuerzo sufrí un desmayo, atribuido por todos a los extenuantes períodos de actividad al lado de los mayores, circunstancia que me impidió asistir con Qaaid en la tarde a la tienda del Chamán.

—¡Cuéntanos, Tounkara, cuéntanos! —me rogaban en coro mis amigos agolpados en la tienda al pie del sitio donde estaba acostado, mientras mi madre sonriente preparaba una infusión de una hoja macerada, recetada por generaciones para fortalecer al desganado.

Con un tono de voz diferente al natural y mucha parsimonia comencé mi relato, por demás fantasioso, quizá determinado porque las verdades en las que de alguna manera se basaba me parecían irreales, colmadas de fantasía.

—Al final de la llanura, donde empieza la gran montaña, dueña de árboles tan grandes que diez hombres con los brazos abiertos y las manos entrelazadas no alcanzan siquiera a rodearlos y tan frondosos que no dejan pasar la luz del sol y aún de día parece que fuera de noche, tanto que un hombre no puede ver a su compañero sino solo reconocerlo por sus gritos, se encuentra el campamento de Badu, el mejor kacela de todos los tiempos. Tiene dos grandes cabañas con paredes de madera y techo de paja, en las que están los cueros y las cabezas de miles de enormes leones, con sus filosos dientes blancos, sus poderosas garras y sus melenas más largas que las de todas nuestras madres juntas; leones que toman vida cuando cualquier extraño entra en ellas y lo despresan y devoran de tal manera que no queda prueba física de su intromisión en sus dominios —Gruuuu, aarrggg, jaaaarrfff, agregué con potencia y una expresión fiera—. Afuera hay una explanada y a sus alrededores, sobre pilotes, troncos de varios grosores y largos, por los que deben caminar a gran velocidad los cazadores para ejercitar el equilibrio. Colgantes de los árboles largos bejucos, para que ellos puedan fortalecer sus brazos al subir a sus cimas, desde donde pueden vigilar que no se acerque ningún intruso a su campamento ni a nuestra aldea, ningún Soco que quiera invadir nuestros dominios y atacarnos.

A cualquiera de nosotros la sola mención de los Socos le llamaba mucho la atención. Eran los miembros de una legendaria tribu que al mando de un descomunal y fiero jefe nos atacó durante mucho tiempo, invadieron nuestras tierras de cacería e incluso quemaron nuestras tiendas y envenenaron nuestra agua.

El génesis de la lucha tribal, suponían algunos, radicaba en el dominio de un territorio por donde año tras año emigraban en fila miles de ñus en verano, buscaban los pastos verdes que aún en tiempos de mucho calor existían al sur del continente, donde el invierno se prolongaba más y permitía el discurrir de riachuelos, brindándole con ello la posibilidad de supervivencia a muchas especies de aves, mamíferos y reptiles, que en exorbitante número brindaban un hermoso espectáculo multicolor, a menudo realzado por los ataques de una especie a otra o los galanteos de apareamiento entre miembros de la misma, en ambos casos tendientes a su perpetuación, pues ya colmada la necesidad alimenticia obraban para buscar el nacimiento de otros miembros que fortalecieran al grupo y relevaran a sus mayores llegado el tiempo.

Y es que opinaban los mayores, pero era algo que no se detenían a meditar, que el hecho de compartir el terreno de caza y los ríos daba lugar a desavenencias por el número de presas a cazar y las oportunidades para hacerlo, pero con franqueza nadie sabía a ciencia cierta porqué había empezado la rivalidad entre ambas tribus, pues ese argumento cedía con facilidad, ante la realidad de que ese terreno era en exceso grande, como numerosos los ríos y pequeños afluentes que lo cruzaban, de tal manera que la caza mayor era abundante, marcada por esas infinitas manadas y qué decir de las aves, los roedores y los peces que se encontraban en él, imposibles de contar pero suficientes para proporcionar comida a todo aquel que la buscare.

La unidad idiomática y la organización política eran además muy similares y por tanto no habrían representado un obstáculo a unas relaciones cordiales entre una y otra; la verdad es que el origen de ese repudio carecía de importancia cuando habían mediado al menos dos enfrentamientos a muerte, con un número alto de víctimas de uno y otro lado, el último de los cuales fue ganado por la tribu Nema-luline y era motivo de orgullo de todos los mayores, que no vacilaban en contarlo a los infantes en aras de hacerlos conscientes de una hipotética superioridad.

El Gran Borna⁶, mandatario del pueblo Soco, dueño de una ferocidad y una fuerza sinigual hubo de huir con un remanente de los suyos luego de ser derrotado por los cazadores de la tribu, para no ser visto durante varios años.

Tounkara alcanzó a contar algunas cosas más al ávido grupo de pequeños que lo rodeaban antes de ser presa de unos incontrolables temblores que obligaron a la madre a ocuparse con premura de él, así como a despedir al corrillo que lo había animado a construir la historia.

A un emplasto sucedía otro y otro más, sin mayores resultados salvo el bajar por momentos la abrasadora fiebre, fiel muestra de que alguna infección, quizás producto de un virus, lo aquejaba.

Con los días se le cuartearon los labios, se le opacó el pelo, se tornó amarillenta la piel y bajó de peso, como quiera que se dificultaba en extremo su nutrición, su garganta estaba cerrada y le resultaba dolorosa la ingesta de las sopas de aves que con tanto amor le hacían su madre y sus tías.

Pasaba horas en la semi-inconciencia, deliraba a ratos y muchas veces daba vueltas en el suelo, sobre la ancha piel de antílope que lo soportaba.

Sin embargo, tras una noche de mucha sudoración cedió la fiebre; el cuerpo al fin vencía a la infección; a partir de allí habría una evidente y veloz recuperación.

La mañana en la que al fin se despertó supo por su madre, quien a partir de ese momento cantó sus alegres canciones, que se había perdido las clases con el Chamán, más cuando debió quedarse los dos días siguientes dentro de la tienda en espera de su total recuperación.

Fue consciente de la alegría de su padre, su hermano y sus tías cuando superó todo, pues no todos lograban salir avantes de una infección en esa época.

—Qaaid y Tounkara, quiero que estén preparados para partir conmigo dentro de pocos días a la Montaña Blanca —dijo

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