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La muerte
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Libro electrónico372 páginas5 horas

La muerte

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En este mundo la inmortalidad sólo existe como metáfora. La muerte es una característica esencial de la vida. Este libro trata de la muerte como acontecimiento biológico y no del muerto como sujeto, aunque no se desconocen los aspectos emocionales y trágicos del fenómeno.
IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento22 ago 2019
La muerte
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Autor

errjson

Lingüista, especialista en semántica, lingüística románica y lingüística general. Dirige el proyecto de elaboración del Diccionario del español de México en El Colegio de México desde 1973. Es autor de libros como Teoría del diccionario monolingüe, Ensayos de teoría semántica. Lengua natural y lenguajes científicos, Lengua histórica y normatividad e Historia mínima de la lengua española, así como de más de un centenar de artículos publicados en revistas especializadas. Entre sus reconocimientos destacan el Premio Nacional de Ciencias y Artes (2013) y el Bologna Ragazzi Award (2013). Es miembro de El Colegio Nacional desde el 5 de marzo de 2007.

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    La muerte - errjson

    Nota de la editorial:

    Las páginas de Internet citadas

    se encontraban disponibles para consulta al momento de la publicación de esta obra, sin embargo, es posible que hayan cambiado posteriormente.

    Primera edición: 2004

    Segunda edición: 2016

    Primera edición digital: 2017

    D. R. © 2017. El Colegio Nacional

    Luis González Obregón 23, Centro Histórico

    06020, Ciudad de México

    Teléfono: 57 89 43 30

    ISBN: 978-607-724-173-7

    ISBN digital: 978-607-724-200-0

    Hecho en México / Made in Mexico

    Correos electrónicos:

    publicaciones@colnal.mx

    editorial@colnal.mx

    contacto@colnal.mx

    www.colnal.mx

    índice general

    Presentación

    Ruy Pérez Tamayo

    Introducción

    Ruy Pérez Tamayo

    Biología de la muerte

    Marcelino Cereijido

    La muerte en el mundo náhuatl

    Alfredo López Austin

    La muerte de la célula

    Ruy Pérez Tamayo

    El hombre y la muerte

    Francisco González-Crussi

    La muerte colectiva. La realidad de las epidemias y la construcción de un imaginario

    Carlos Viesca Treviño

    Una reflexión jurídica sobre la muerte

    Sergio García Ramírez

    Muerte y bioética. Algo más sobre suicidio asistido y eutanasia

    Rodolfo Vázquez

    La conciencia y la muerte

    José Luis Díaz

    Lista de participantes

    Créditos de imágenes

    presentación

    El presente volumen se basa en el Simposio sobre la Muerte, que se llevó a cabo en El Colegio Nacional el 7 de noviembre de 2003, como parte de las actividades organizadas para conmemorar el sexagésimo aniversario de esta institución. Sin embargo, su contenido rebasa el que los distintos participantes presentaron en la fecha mencionada en dos aspectos: 1) la invitación inicial solicitó a los autores que en su presentación oral se limitaran a 30 minutos, pero además se les informó que la extensión de sus respectivos textos para este libro no tenía límites; y 2) la colaboración del doctor Carlos Viesca no formó parte del simposio, pero felizmente aceptó que se incluyera en este volumen, lo que desde luego enriquece el interés, la diversidad y la sabiduría de su contenido.

    Ruy Pérez Tamayo

    Introducción

    Hace ya muchos meses, cuando iniciamos el diseño del programa de actividades para conmemorar el sexagésimo aniversario de El Colegio Nacional, yo pensé que podría aprovechar la feliz coyuntura de que un grupo distinguido de mis buenos amigos, profesionalmente heterogéneo, pero académicamente del mismo elevado nivel, había mostrado interés en diversos aspectos del fenómeno de la muerte (no sólo en conversaciones informales y en conferencias, sino también en publicaciones, tanto especializadas como de divulgación) para organizar un Simposio sobre la Muerte. Mi convocatoria fue recibida con generoso entusiasmo, lo que no me sorprendió, pero sí me dio mucho gusto, pues se abría la posibilidad de contribuir a la celebración de los primeros 60 años de vida de esta institución con una actividad en línea con nuestro lema, Libertad por el saber, y, dada la calidad intelectual y los conocimientos de los participantes, del mayor interés y valor académicos.

    Como todos sabemos, la muerte afecta, tarde o temprano, todo aquello que tiene vida. En este mundo la inmortalidad sólo existe como metáfora. La muerte es una de las características esenciales de la vida, de modo que cualquier intento de definición o descripción integral de lo vivo que no incluya la muerte estará fatalmente incompleto. El interés que nos anima no tiene nada de mórbido: enfocamos a la muerte como una manifestación más de la vida, tan natural y tan irreversible como el nacimiento, la adolescencia, la juventud o el envejecimiento, o sea que nos interesa como proceso vital, no sólo en sí mismo y a distintos niveles de organización biológica, de los seres unicelulares a la manifestación más compleja de los organismos multicelulares, que es la conciencia, sino también en distintos niveles sociales, como son las culturas precolombinas, la bioética y la ley. La temática posible sobre la muerte es mucho más amplia que la cubierta por este simposio, pero la hemos limitado en función de las restricciones de tiempo y de la disponibilidad de los posibles participantes. No desconocemos los aspectos emocionales y trágicos del fenómeno, sobre todo cuando afecta al ser humano en su condición de miembro de grupos familiares y/o con ligas de amistad, pero en esta ocasión no forman parte de nuestro simposio, o sea que vamos a hablar de la muerte como fenómeno, y no del muerto como sujeto.

    Como ha podido verse en el programa publicado en la prensa y en los carteles y trípticos distribuidos por El Colegio Nacional, este simposio dura todo el día de hoy y consta de dos partes: en la mañana tendremos cuatro presentaciones de 50 minutos, cada una seguida de un periodo de 10 minutos dispuesto para un diálogo entre el ponente y el público, que esperamos sea de preguntas y respuestas breves, para dar cabida al máximo posible de intercambio. Habrá un descanso de media hora después de las dos primeras conferencias, durante el cual se ofrecen café y galletas en el patio de El Colegio. Al final de la mañana, o sea a las 13:30, se interrumpe el seminario para la comida y se reanuda a las 16:00 horas, con un formato semejante al de la mañana, pero con sólo tres conferencias.

    Antes de cada participación, yo haré una breve presentación del ponente, pero como ya han visto y leído todos ustedes, se trata de un grupo muy distinguido de intelectuales académicos entre los que hay científicos, filósofos, juristas e historiadores. Uso el plural porque casi todos ellos transitan con profundidad, soltura y elegancia por dos o más de las disciplinas mencionadas. Otra característica que tienen en común es que todos ellos son muy buenos (y algunos hasta viejos) amigos míos, lo que seguramente explica que, a pesar de sus nutridas agendas, hayan aceptado participar en este simposio, por lo que quiero darles las más efusivas gracias. A los interesados les diré que mis amigos cumplieron todos con el compromiso de entregar sus respectivos textos en versiones más extensas y listas para ser editadas en forma de un volumen por El Colegio Nacional, que esperamos se publique en los primeros meses del año próximo.

    Sin más por el momento, voy a presentar a nuestro primer invitado, quien es el doctor Marcelino Cereijido. El doctor Cereijido nació y estudió Medicina en Buenos Aires, Argentina, en donde se doctoró y fue profesor de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires, así como director del Departamento de Biofísica del Centro de Investigaciones Médicas Albert Einstein, también de Argentina. Emigró de su patria por incompatibilidad no exenta de peligro con los gorilas militares que se apoderaron de su país hace unas décadas, y después de trabajar en Inglaterra y en Estados Unidos, llegó a México como transterrado. Su talento y su profesionalismo científico fueron rápidamente reconocidos y aprovechados por el Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav), donde es ahora profesor de Fisiología, Biofísica y Neurociencias. Ha recibido numerosos premios, entre ellos el Nacional de Ciencias y Artes, y hace 10 años se nacionalizó mexicano. Pero además de ser un científico biomédico de primera línea, el doctor Cereijido padece una terrible enfermedad llamada insanabile scribendis cacoethes, caracterizada por el odio a la página en blanco, que a estos enfermos les resulta insoportable, por lo que arremeten de inmediato en contra de ella para llenarla de palabras. El doctor Cereijido ha publicado distintos tipos de libros de divulgación, como una introducción a la biología llamada Orden, equilibrio y desequilibrio, del que tengo dos ediciones, una de la editorial Nueva Imagen, de 1978, y la otra de la Universidad de Zacatecas, de 1995; con su esposa, Fanny Blanck-Cereijido, ha publicado dos títulos relevantes para su conferencia de hoy, La vida, el tiempo y la muerte y La muerte y sus ventajas, ambos en el Fondo de Cultura Económica (fce), en la colección La Ciencia para Todos, en 1988 y 1998, respectivamente, que se han hecho extremadamente populares entre los jóvenes; además, el doctor Cereijido escribió La nuca de Houssay, editado en 1990, en México primero y en Argentina después, por el fce, que es lo más cercano a una autobiografía científica que ha publicado y donde en el último capítulo señala las razones que lo obligaron a abandonar su país en 1976. También ha publicado otros dos libros, Ciencia sin seso. Locura doble, en 1994, y Por qué no tenemos ciencia, en 1997, donde con el más puro espíritu jacobino y en el mejor estilo de divulgación expone su oposición al fanatismo religioso y su fervor por el espíritu racional de la ciencia. Algo semejante, pero con textos adicionales dirigidos en especial a Argentina apareció como La ignorancia debida, bajo el sello de Libros del Zorzal, de Buenos Aires, en este mismo año; y he dejado para el final de esta enumeración el libro llamado Aquí me pongo a contar, publicado por Folios Ediciones en 1983, que es pura literatura; se supone que es un libro de cuentos, pero, como podía anticiparse, es literatura experimental, que entre otros me recuerda a Monterroso. El siguiente cuento se llama El flaco, y en su totalidad dice lo siguiente:

    Ese flaco me tiene harto. Siempre viene y me pincha la barriga con su lanza. Haré que lo tomen por loco dijo el gigante. Y convenció a todos, excepto al flaco, de que era un molino de viento.

    Tiene la palabra el doctor Cereijido.

    BIOLOGÍA DE LA MUERTE

    Marcelino Cereijido

    Quitar a Dios de la Naturaleza

    es a veces el primer paso hacia

    la comprensión.

    Richard Dawkins

    Cuando una población forzada a enfrentar una nueva circunstancia (desertificación, llegada de un nuevo depredador, desconexión entre territorios) logra sobrevivir gracias a algún atributo (mejores riñones, camuflaje, capacidad de adaptarse a un nuevo tipo de alimentación), sus individuos pasan a ser seleccionados en virtud de este atributo y éste se va acentuando de ahí en más con cada generación. La población se va distanciando así de la población madre de la que proviene y puede llegar a generar una nueva especie. En este sentido la muerte, o mejor dicho la angustia ante la evidencia de ser mortal, fue, desde mi punto de vista, el factor de especiación que ha creado ni más ni menos que a la humanidad.

    El sentido temporal

    En la cultura actual de los mexicanos se mezclan dos visiones del mundo. La creacionista, que comparte la enorme mayoría de la población, acepta que el mundo ha sido creado por un ser todopoderoso, instaurando de inicio planetas, montañas, ríos, seres humanos y las diversas especies animales y vegetales que vemos hoy día. En contraste, la visión evolucionista, a la que sólo accede una fracción irrisoria de nuestra gente a través de la educación, sostiene que la realidad que vemos en un momento dado no es más que el estado actual de un proceso de continua disipación de energía, comenzado hace unos quince mil millones de años con una tremenda explosión (fig. 1, parte superior). A partir de dicho estallido, la materia se fue condensando en partículas, átomos, estrellas, galaxias y sistemas planetarios. En cuanto la temperatura de nuestro planeta lo permitió, aparecieron las primeras formas de vida (fig. 1, parte inferior), que continuaron evolucionando, y aparecieron antropoides a quienes un cambio climático les raleó las selvas que habitaban y se las transformó en praderas. En este nuevo hábitat el antropoide tuvo que competir con carnívoros seleccionados a lo largo de millones de años en virtud de su fuerza, agilidad, colmillos, garras, olfato, y con herbívoros equipados con enzimas digestivas que les permitían digerir celulosa, tener cuernos, pezuñas y correr velozmente. Si el antropoide-metido-a-bicho-de-pradera habría de sobrevivir, debería contar con alguna cualidad que se fuera erigiendo en su herramienta evolutiva. Esa herramienta fue una flecha temporal que la selección natural fue haciendo cada vez más larga, esto es, una capacidad cada vez mayor de captar duraciones más amplias y evaluar un futuro más remoto.

    Figura 1.

    La capacidad de evaluar un futuro cada vez más remoto fue permitiendo advertir que ciertas causas son sucedidas por ciertos efectos (antes de llover habían aparecido nubarrones oscuros y tras llover copiosamente se anegó el terreno; si uno exhibe un trozo de carne, se acercarán animales a comerla y, ocupados en dicha tarea, será más fácil cazarlos). Luego, estos efectos pueden ser a su vez causas de efectos ulteriores. Llamamos a estas secuencias cadenas causales. Más tarde, reuniendo muchas cadenas causales, el ser humano pudo compaginar modelos dinámicos de la realidad. Con el incremento del número y la diversidad de causas y efectos, los modelos se esfumaron en una ambigüedad considerable, o sea que se le presentaron al humano muchas maneras de hacer una misma cosa, pero el determinismo rígido se fue disipando.

    Hubo también otras circunstancias que ayudaron a seleccionar organismos con mejores cerebros y mayor capacidad mental. Así, a igualdad de peso corporal, los carnívoros tienen un cerebro más grande que los herbívoros. Es que una banana no tiene estrategias de fuga, se deja atrapar dócilmente, cualquier tonto es capaz de cazar una banana. En cambio, atrapar una liebre implica vencer una multitud de contingencias, anticipar y cambiar de una a otra alternativa a gran velocidad en la medida en que el animal esquiva y escoge otras rutas. Luego cada ho­mínido pudo comparar la estrategia que había elegido con las que habían escogido sus compañeros para llevar a ca­bo el mismo objetivo, y competir con ellos por cuál de todas había resultado más acertada. Es decir, los humanos fueron seleccionados con base en la longitud de su flecha temporal, pero también con una memoria cada vez más poderosa, capaz de recordar causas, efectos, circunstancias y alternativas, y comparar.

    Y surgieron otras propiedades no menos asombrosas. Así, en lugar de pensar en tiempo real, el ser humano fue adquiriendo la capacidad de pensar en tiempo mental. Gracias a esta propiedad, hoy podemos explicar en una hora de clase lo sucedido desde la gran explosión hasta hoy, o podemos emplear la misma hora en dar cuenta de la fosforilación de una proteína, proceso que ocurre en millonésimas de millonésimas de segundo. Hoy, la capacidad predictiva de los modelos dinámicos es tan grande y precisa que se puede arrojar un cohete con una cámara en cierta dirección y con tal fuerza que dentro de ocho años de vertiginosa odisea interplanetaria tome fotos a los anillos de Saturno en el momento exacto. A su vez la memoria no se plasmó como inerte reservorio informativo. Por el contrario, se trata de una memoria increíblemente dinámica, cuyos contenidos se parten en trozos recombinables a través de procesos metafóricos y metonímicos; se producen desplazamientos y surgen nuevas ideas y correlaciones que no provienen ahora de la realidad-de-ahí-afuera, sino que se generan en ese arcano metabolismo cognitivo.

    Muchos de los procesos mentales son automáticos e inconscientes, y se cumplen incluso aunque estemos dormidos. Pero el colosal aumento de información y ambigüedad fue haciendo surgir dos nuevas propiedades. La primera fue la capacidad de ensamblar en paralelo los cerebros de toda la comunidad. Se trató de un rico proceso por el cual se contaba no ya con un número mayor de cerebros, sino de una población de cerebros, es decir, cerebros de capacidades ligeramente distintas. La segunda propiedad, que resultó no menos prodigiosa, fue la capacidad de ignorar y olvidar lo trivial. Para no dilatarnos en su explicación, señalemos que hay dos maneras básicas de describir un fenómeno: la microscópica y la macroscópica. La microscópica relata todos los detalles. Imaginemos por ejemplo que tratamos de explicar la Revolución mexicana detallando qué hizo cada uno de los habitantes momento a momento, día a día: Aquella mañana el señor Pascual Domínguez conversaba con su esposa, su perro salió al jardín, sus tres hijos... El menor... En cambio su vecino, señor Osvaldo Garrido…, y luego prosiguiéramos con otros vecinos. La descripción macroscópica, en cambio, restringe el detalle, lo trivial, lo redundante, lo que no tiene importancia ni enriquece el modelo. Sería como narrar sólo los grandes hechos, los sucesos cruciales, los personajes fundamentales de la Revolución mexicana. Justamente, cuando los científicos estudiamos un fenómeno, tratamos de desechar lo insustancial y anecdótico, preservamos lo fundamental y lo destilamos hasta quedarnos si es posible con la ley del fenómeno. Boyle y Mariotte ignoraron qué hace cada molécula de un gas, desecharon las diferencias entre diversos gases, recipientes, cantidades, hasta enunciar su famosa ley, de acuerdo con la cual la presión es inversamente proporcional a la temperatura y al volumen. Pero por ahora no sabemos cómo hace la portentosa mente inconsciente para detectar el detalle intrascendente, ignorarlo, distinguirlo de lo medular y evitar así saturar la mente consciente, porque ésta sólo parece capaz de procesar uno o unos pocos fenómenos a la vez.

    Como última característica del aparato cognitivo que conviene tener en cuenta para abocarnos a la biología de la muerte, resaltemos que el ser humano desarrolló una capacidad que ya está implícita en el ensamble de muchos cerebros en paralelo a que nos referimos hace un momento: la habilidad de aprender e incorporar relatos de sucesos en los que no habíamos participado y mecanismos con que funciona la realidad que no se nos habían ocurrido a nosotros mismos, sino que han sido presenciados o advertidos por gente a la que nosotros podríamos incluso desconocer. Esos paquetes informativos nos llegan sobre todo a través de la crianza y de la enseñanza. Los padres, los compañeros y la sociedad regalan sapiencia, y la memoria y la capacidad de conocer pasan a incorporar ahora lo sucedido en el pasado y en otros sitios. Ninguno de nosotros ha presenciado las sagas de los egipcios, ni conoció personalmente a Benito Juárez, ni había advertido cómo se fabrica acero; pero lo aprendemos en intercambios con la sociedad y luego, con el desarrollo de la docencia, en lecciones formales que nos van dando los maestros.

    La angustia ante lo desconocido: biología de la religión

    Si es que el ser humano basó su estrategia evolutiva en el conocer, la ignorancia lo ha de haber aterrado. La muerte constituyó la ignorancia suprema y por lo tanto el terror supremo, pues nadie ha regresado de la muerte para explicar qué sucede después. De manera que, cuando los humanos seleccionados con base en la longitud de sus flechas temporales comenzaron a venir al mundo con flechas tan largas que incluían un futuro en el que habrían de morir, la angustia ante la muerte fue devastadora. Fue tan intensa que los hubiera desquiciado, a no ser que alguien les transfiriera paquetes de conocimiento que les explicaran el futuro post mortem. No tiene importancia que dicho conocimiento fuera falso, sino que fuera creíble y apaciguante. En la mitología cristiana, por ejemplo, parece bastar con que el sujeto confíe en que, si llevó una vida virtuosa, libre de pecados, atenida a ciertos cánones, observante de ciertos rituales, será admitido en un paraíso, y que su des­tino post mortem podrá incluso mejorar en virtud de los rezos que le dediquen los sobrevivientes. De modo que la cultura en que se nace ya tiene preparados paquetes de conocimientos, normas, rituales, y personajes encargados de elaborarlos y transmitirlos. La sociedad observa que, a pesar de nuestra religiosidad, los dioses envían plagas, hambrunas, terremotos, sequías, para castigar a todos por la trasgresión de rituales, violación de tabúes, incumplimiento de ofrendas, que cometen otros miembros de la comunidad. Para controlar esa trasgresión ajena que nos afecta a todos, las religiones se vuelven intolerantes y coercitivas. La situación empeora cuando quienes tienen a su cargo la coerción comprenden que la sumisión de sus congéneres ofrece otros dividendos a quienes ostentan el poder.

    Nuestra generación está llevando a cabo el mayor descubrimiento científico de todos los tiempos

    Si nos situáramos dentro de diez mil años y pudiéramos mirar retrospectivamente, advertiríamos tres cosas: 1) que hubo civilizaciones que jamás se preguntaron por la naturaleza del átomo, la estructura de universo, el funcionamiento de los genes ni los mecanismos de la gestación; 2) que, en cambio, desde los albores de la prehistoria y la historia, todo ser humano adulto ha caído en la cuenta de que hay un futuro en el que habrá de estar muerto, se ha preguntado por la circunstancia en que habrá de morir y se ha angustiado ante la ignorancia de cuál habrá de ser su destino post mortem; tanto por dicho número —toda la humanidad— como por dicha angustia —la más irremisible— la muerte es, por así decir, el problema de los problemas; finalmente, 3) que un observador situado dentro de diez mil años advertiría que ha sido nuestra generación la que comenzó a dar una respuesta convincente a por qué somos mortales, qué papel juega la muerte y cuáles son sus mecanismos. Por eso no dudo en calificar esta respuesta como el mayor logro científico de todos los tiempos. En com­paración, la domesticación del fuego, la invención de la lectoescritura, las hazañas de la física cuántica y la relativística, la secuenciación del genoma humano, el descubrimiento del inconsciente y los viajes a la Luna resultan ser desarrollos menores.

    El creacionista consideraba que lo importante no era conocer, sino salvarse de los aterradores escenarios post mortem que propagan quienes están a cargo de la religión. Por otra parte, la realidad funciona con mecanismos secretos. Detenerse un momento en la naturaleza de estos secretos enseña cómo pensaba el hombre hace dos mil años y nos pinta la relación que tiene el conocimiento con la realidad. Por empezar, un artesano que supiera hacer vino, pan, queso, curtir el cuero, forjar espadas o fabricar vidrio no tenía la más remota idea de por qué sus recetas y técnicas eran eficientes. Aún hoy la gente arroja agua y no gasolina al fuego para apagarlo sin necesariamente entender por qué la molécula de agua lo apaga y la de naftaleno no. Sólo Dios conocía los mecanismos de la naturaleza, y hubiera sido pecaminoso investigar para averiguarlos y espiar impúdicamente algo que él había decidido mantener oculto. En segundo lugar, la mitología de todos los pue­blos está plagada de castigos ejemplares a quien tuviera la impertinencia de averiguar y saber: Orfeo provocó la muerte de Eurídice por volverse a mirar si en verdad su amada lo seguía; Pandora esparció el mal por el mundo por atreverse a abrir la caja que lo contenía y permitir que escapara; y de acuerdo con la Biblia, el cruel Dios convirtió a la esposa de Lot en una estatua de sal porque ésta se dio la vuelta para ver qué sucedía con la Sodoma en que había nacido y en la que quedaban sus parientes y amigos (Génesis 19:26) y Jesús amonestó a su discípulo Tomás por haber dicho que él sólo creería si veía y ponía el dedo en las heridas de su maestro (Juan 20:29), anécdota y actitud perversas que aún se les inculcan a nuestros niños, de quienes luego se espera que se hagan científicos.¹ En tercer lugar, si Dios hubiera querido que alguien conociera algún mecanismo, se lo hubiera revelado, pues en aquel entonces se daba por sentado que la revelación era una fuente válida de conocimiento. En cambio, para la ciencia moderna el invocar una revelación equivale a estar chiflado. Además, el secreto era secreto en un cuarto sentido: cada artesano vivía de su secreto y sólo se lo revelaba a su hijo en su lecho de muerte, para que la familia lo siguiera usufructuando para ganarse la vida, actitud que hoy continúa en el secreto industrial y bélico. Contrariamente a lo que nos enseñaban en la escuela (primero observación, después experimentación) aquella gente experimentaba. Pero el propósito del experimento no era poner a prueba una hipótesis, sino comprobar que la receta secreta que le acababan de confiar era en verdad eficiente: por ejemplo, si al usar tales y cuales compuestos el vidrio resulta realmente rojo, o si el hierro cobra ciertas propiedades al procesarlo como indica la receta.

    La visión teológica de la vida y la muerte

    Se ha dicho que la edad es como la nariz de Pinocho, cuya longitud depende de la veracidad. Según la Biblia, algunos personajes (Adán, Set, Matusalén) llegaron a vivir más de novecientos años (fig. 2). Aún hoy la gente se quita o agrega años para participar en torneos, obtener becas, conseguir novios, anticipar jubilaciones. Los dioses no tenían niñez, sino que nacían en edad madura (ánere) y luego no envejecían, eran inmortales. El ave Fénix renacía de sus cenizas. Lázaro resucitó a raíz de una maniobra mágica de Jesús. Ponce de León agotó años de su vida y de las vidas de sus soldados buscando la Fuente de Juvencia. En Argentina siguen cobrando su jubilación y votando miles de ciudadanos que, de acuerdo con sus credenciales, sobrepasan los 110 años de edad... o al menos así lo afirman quienes ocultan que han fallecido y acuden a cobrar o a votar con dichos documentos.

    Figura 2.

    La muerte de las células

    Hay organismos, como las bacterias, levaduras y amibas, que están formados por una sola célula y que son virtualmente inmortales. Si bien pueden morir por causas ajenas a su funcionar biológico (esterilización), cumplido su ciclo vital, simplemente se dividen en dos hijas que continúan viviendo y no queda ningún cadáver. En cambio, cuando una célula forma parte de un organismo multicelular, su destino final no es necesariamente el dividirse en dos hijas, sino que puede morir programadamente.

    Hace una generación, la idea de que las células pudieran llevar en su seno un programa para suicidarse en cumplimiento de un programa genético habría sido considerada lunática; pero hoy ya es incontrovertible. Es fácil imaginar entonces la sorpresa de los biólogos cuando descubrieron que hay genes letales, que las células activan para suicidarse y aceptar dócilmente que otras células vengan a devorar sus restos, por eso se habla de una muerte celular programada.

    El hecho de que se eliminen los genes que mutan y se tornan adversos, y se propaguen los que confieren ventajas nos lleva a preguntar: ¿qué ventaja confieren los genes letales como para haber sido tan atesorados, en el sentido de que, desde que aparecieron por primera vez en la escala biológica (la que va desde los primitivos