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PSIQUE - EL DESPERTAR SOMBRÍO

PSIQUE - EL DESPERTAR SOMBRÍO


PSIQUE - EL DESPERTAR SOMBRÍO

Longitud:
247 páginas
3 horas
Publicado:
15 may 2020
ISBN:
9789585481206
Formato:
Libro

Descripción

John, un hombre sumergido en la adicción del alcohol, es atormentado constantemente por sus demonios internos; el arrepentimiento, la soledad y la pesadumbre se traducen en alucinaciones, pesadillas y terrores a los que silencia con licor. Un día, tras terminar en la cárcel, después de una terrible noche de abstinencia, descubre que algo en él ha c
Publicado:
15 may 2020
ISBN:
9789585481206
Formato:
Libro

Sobre el autor

Iván R. Sánchez es un escritor ‘discrepante’. Abogado, con varios estudios y una larga carrera en esta profesión. Un apasionado de la investigación que siempre ha escrito tanto ensayos y artículos sobre derecho, filosofía y estudios culturales, como literatura. Le gusta llevar la contraria y sus ocupaciones e intereses incluyen el arte y la música. Le encanta la ciencia ficción, la fantasía y el terror, pero lee de todo. También es cinéfilo, va a cine y ve series. Como escritor, tiene cuentos y varias novelas publicadas en un universo llamado «PSIQUE», así como una serie de aventuras para todas las edades: «La Biblioteca de artilugios». En la actualidad trabaja en varias obras de distintos géneros sobre monstruos, mundos fantásticos y aventuras espaciales.


Vista previa del libro

PSIQUE - EL DESPERTAR SOMBRÍO - Iván R. Sánchez

Bukowski.

PARA LOS LECTORES

Sobre PSIQUE.

El Despertar Sombrío es solo una de las partes de un enorme y complejo universo. Una dimensión, si se quiere, en la cual su protagonista explora las condiciones de la mente y del alma a través de los sucesos que le ocurren mientras lucha para superar su adicción al alcohol.

El concepto de la psique es realmente complejo y no se refiere únicamente a los procesos y fenómenos relacionados con la mente humana. El mismo diccionario de la Real Academia Española (RAE) señala que psique refiere al alma humana. Esta noción procede del griego y se relaciona al desarrollo de conceptos de los filósofos de la antigüedad, así como a la mitología.

Psique era la menor y más hermosa de tres hermanas, lo que hacía que Afrodita, madre de Eros, la envidiara. Por esa razón, envió a su hijo (cupido) para que lanzara una flecha a Psique con el fin de que se enamorara del hombre más feo y ruin que encontrase. En su lugar, fue Eros quien se enamoró de ella y se la llevó volando a su palacio.

Eros escondió su identidad de su amada, hasta que ella lo descubrió lo que hizo que el dios la abandonara, decepcionado. Psique entonces le ruega a Afrodita ayuda para recuperar a su amado, pero la diosa llena de rencor le ordena realizar varias tareas que implican ir hasta el Hades y pedir a Perséfone, reina del inframundo, un poco de su belleza. Eros sigue a Psique hasta el inframundo y la rescata al último momento y entonces, es él quien suplica a Zeus y a Afrodita permiso para casarse con Psique. Los dioses acceden y Zeus transforma a Psique en inmortal. La hija que tuvieron Psique y Eros fue llamada Placer (Voluptas).

El amor entre Eros y Psique es la historia de la alianza entre el amor (Eros) y el alma (Psique).

Etimológicamente la palabra Psique (psyché) corresponde con el verbo griego ψύχω que significa «soplar». De ahí se forma el sustantivo ψυχή, que alude al soplo, hálito o aliento que exhala al morir el ser humano. Comoquiera que ese aliento permanece en el individuo hasta su muerte, ψυχή pasa a significar la vida. De esta forma cuando la psique escapa del cadáver lleva una existencia autónoma: los griegos la imaginaban como una figura antropomorfa y alada, un doble o eidolon (imagen, fantasma, aparición) una copia astral del difunto que, por lo general, iba a parar al Hades, donde existía de un modo sombrío.

La psique humana para la psicología es el orden mental que establecen el intelecto, la emoción y la voluntad.

Sigmund Freud estableció que en la psiquis humana se encuentran dos modalidades: (i) el consciente que contiene los datos inmediatos, funciona con la lógica y se precede por el principio de la realidad; y, (ii) el inconsciente, dominado por el principio del placer. Sin contenido y que debe ser inferido a través de actos o verbalizaciones.

Carl Jung, por su parte, indicó que la psique humana es el sí mismo y la dividió en tres partes: (i) El yo, formado por todos los pensamientos conscientes y presentes; (ii) El inconsciente personal, propuesto por Freud; y, (iii) El inconsciente colectivo, formado por las experiencias de todos los seres humanos, es decir, son experiencias compartidas como religiosas, culturales, musicales, entre otras.

Espero que esta historia sea de su agrado y que puedan encontrar los guiños a todos estos aspectos del alma, del cuerpo y la mente.

RESPETO POR EL OFICIO

Por Alvaro Vanegas

El trasegar de un escritor implica escuchar y soportar todo tipo de opiniones, desde las más consideradas hasta las francamente ofensivas. Por mi parte, me he visto obligado a controlarme cuando me han soltado frases del calibre de el terror no es literatura, la infaltable sé que eres escritor, ¿pero en qué trabajas? y la que ocupa, en mi lista personal, el sitio más alto: es que escribir es muy fácil.

El imaginario de lo que implica dedicar la vida a cualquier forma de arte, y en este caso, a la escritura, es absolutamente romántico y errado. No somos personas que nos mantenemos ebrios o drogados, con aspecto descuidado y constantes palabras grandilocuentes, durmiendo siempre hasta la hora que nos da la gana y escribiendo sin parar todos los días con un cigarrillo en la comisura de los labios, viviendo de regalías millonarias. No, nada más alejado de la realidad. Un escritor debe esforzarse muchísimo para publicar su primer libro, pero, sobre todo, para publicar un segundo y un tercero y un cuarto y seguir escribiendo y publicando, en la espera de que, por fin, alguno de esos textos lo lleven al prestigio que, en el fondo, todos estamos buscando.

Conocí a Iván gracias a los libros y ahora, por esos azares de la vida que algunos llamarían destino, tuve la oportunidad de leer su primera novela e incluso estar involucrado en el proceso de edición, a lo que dije que sí gustoso, pues Iván R. Sánchez es un tipo que, ante todo, respeta esto. Yo lo puedo notar en las conversaciones que he tenido la suerte de compartir con él y ustedes lo podrán hacer con facilidad en su forma meticulosa de narrar.

Pero El Despertar sombrío no es solamente un libro bien escrito, es también una historia que atrapa con su ritmo sosegado a veces y trepidante otras. Iván aborda aquí temas como la telepatía, la telequinesis y la experimentación con seres humanos sin ningún tipo de ambages, sin miedo de comprometerse con su propia historia y, ante todo, respetando y valorando a sus lectores, quienes, por supuesto, tendrán en estas páginas una manera eficaz de desconectarse de su realidad, aunque cada párrafo esté impregnado de verdad. Sánchez se asegura de que quien se atreva a sumergirse en su Despertar Sombrío viva múltiples sensaciones y experimente esa ansiedad por continuar que solo producen las buenas historias.

Estoy convencido de que este es apenas el comienzo, Sánchez empieza un camino que será largo y próspero y se granjeará, poco a poco y con total merecimiento, un lugar en la literatura colombiana.

Bienvenidos a este nuevo universo creado con filigrana, puedo garantizarles que lo que están a punto de descubrir vale la pena con creces.

0. La confesión

(Ciudad de G., 1999.)

He venido a usted con respuestas.

Claro, sé muy bien lo que espera de mí. Todo lo contrario de lo que le daré. La mía es una explicación, con una historia enrevesada, fantástica, una fábula, algo que no le servirá para llenar los reportes. ¿Pero eso importa? Yo creo que no, de eso se trata, ¿verdad? Aunque sería mejor si mi declaración estuviera acompañada por algunas fotografías, por los registros de alguna cámara de video, pero no ha tenido tanta suerte, ¿cierto?

No, no la ha tenido.

Por mi parte, estoy seguro de lo que pasa, tengo la plena certeza de que no tienen nada en contra de mí, y solamente tendría que esperar a que mi abogado aparezca. Sí, tengo un abogado, uno muy bueno, el mismo de la última vez en la corte, aquel que solo trabaja para los millonarios y acaudalados. ¿Pero, sabe?, podría ser cualquiera.

Se sorprendería. El mejor, el más osado, el más diligente de los defensores. Puedo tener a cualquiera. Y de seguro me considerará un desquiciado, pero llegado el caso hasta usted mismo me liberaría de estas esposas y luego de ello me escoltaría hasta su auto y me entregaría las llaves como si yo fuera su mejor amigo o ese pariente que no ha visto en años. Ja ja ja ja, inclusive podría pensar, sentir, que soy ese inquietante e inexplicable objeto de adoración y de deseo, ¿cree en el amor a primera vista?

No se asombre, usted podrá ser el más reacio de los heterosexuales, pero no descarte esa posibilidad, todo puede pasar a mi alrededor, ¿o acaso no tiene un expediente con mi nombre, no sabe de lo inverosímil de las posibilidades? Por eso está usted aquí hoy. ¿No es esa la razón por la cual estoy aquí y ahora, esposado como un criminal, luego de que fuera yo mismo quien me entregara voluntariamente?

Quizá sea un criminal. No lo sé.

He pisado muchas veces la cárcel, usted lo sabe, pero siempre ha sido de paso, por encontrarme en el lugar y momento equivocados, por la ‘suerte’ que evitó que hiciera algo mejor con mi vida. Pero le aseguro que no soy un asesino, tampoco una mala persona. Las muertes han sido accidentes, aunque yo las haya atraído. Y claro que he tenido problemas, con el alcohol principalmente, aunque también conmigo mismo. Esa parte es probablemente la que más inconvenientes me ha ocasionado.

¿Es eso lo que quiere escuchar? Pues sí, fui un alcohólico. Duré varios años sometido al demonio de la botella. Pero la naturaleza de mis problemas nada tiene que ver con mi antigua adicción.

Salir de aquí sería muy fácil para mí, sin embargo, no resolvería nada. Sé que para usted puede ser difícil de creer que yo pueda escapar de esta situación, e igual sería inútil. Todavía está allá afuera y no tardará en encontrarme, siempre lo hace y cuando lo haga, si acaso le divierte, si acaso se le antoja, acabará con usted sin ningún problema y se convertirá en una de esas imágenes de pesadilla que tiene sobre la mesa, las que nutren ese archivo que tiene mi nombre: John M., 42 años, nacido en 1957, 1.82 metros de estatura, ojos azules, cabello castaño oscuro, con fórmula para anteojos, pero que no los usa desde que los últimos se extraviaron hace diez años, tatuaje de una sirena en el antebrazo derecho, cicatriz de apendicitis, y algunas otras marcas en la cabeza producto de los accidentes por cuenta de la borrachera.

Sí, allí está todo, las horribles muertes en la estación de policía de la Avenida W., los terribles asesinatos que empezaron con la matanza en aquel callejón, un lugar que usted posiblemente conozca a la perfección. Y, claro, están todas las muertes que le siguieron, si es que a esa carnicería de cuerpos retorcidos, cadáveres reventados y miembros ausentes se puede considerar como la obra de alguien, el resultado de un crimen y no la expresión de la furia de la oscuridad, la presencia de algún influjo maligno.

Usted no lo sabe. Debe pensar que soy un psicópata homicida con mucha suerte, un tipo muy inteligente con un gran plan para salir de todo, para librarme del castigo. Pero soy alguien normal que nunca recibió una gran educación. Según aquel archivo no tengo ningún talento ni soy una mente maestra. Pero se sorprendería de todo lo que ahora sé, de todo lo que ahora soy.

Sé que los forenses no han podido encontrar la causa de las muertes de esas personas. Sí, algunos enloquecieron, otros estallaron por dentro, los demás, seguramente no tuvieron alternativa, es probable que se enfrentaran a un poder superior, a algo que solo entendieron al final, en ese instante en que supieron que partirían de este mundo.

Pero ustedes con su soberbia, su ciencia, sus fórmulas. ¿Cómo creen que pueden enfrentarlo?, ¿acaso no se dan cuenta de que puede acabarlos en un instante?

Es inútil, van a morir todos.

Dígame, ¿Ha pensado en ello?

¿En qué se sentiría?

¿Ha pensado en qué hay al otro lado?

¿Tiene todos sus asuntos en orden?

Además, le hace falta mucha información, las piezas importantes del rompecabezas, atar los cabos de manera correcta. Incluso cuando todo pueda parecer ilógico. Y es que los accidentes, las explosiones, ¿cómo podría un solo hombre ser responsable por tanta destrucción?

Pues bien, no lo soy y, a la vez, tengo toda la culpa.

Esta es mi confesión.

Yo he sido el culpable. Yo lo he forjado, lo he alimentado, y gracias a mi accionar ha llegado todo lo absurdo, lo imposible, la muerte, la destrucción, el horror. Sí, todo eso y más que usted aún no sabe.

No me malinterprete, no soy el doctor Frankenstein acusando a su Prometeo, a un monstruo creado como resultado de la lucidez, del mismo ejercicio de la razón, y que ha derivado en culpa, luego de la comprensión del poder divino, que puede alcanzarse, sentirse, poseerse. Yo he llegado a sentirlo. Tampoco soy el reflejo monstruoso de una personalidad dividida por las circunstancias de un mundo que no acepto, no soy el doctor Jekyll buscando deshacerse de su Mr. Hyde.

Estoy débil y ya no me siento tan poderoso, luchar me ha dejado así. Pero a lo mejor mi mayor cansancio se relaciona con esta situación, no puedo más, y usaré la energía que me queda para contarle todo. Déjeme hacerlo, permítame hablarle de mis recuerdos, de cómo llegué hasta este momento y lugar, para que entienda la magnitud de este asunto y cómo, muy seguramente, esto lo trascienda, lo sobrepase.

Le hablaré de todo, antes de que me encuentre, antes de que nos descubra y todo acabe para usted. O para todos.

Es inútil, como le dije.

Todos vamos a morir.

1. Primer paso: El fondo, la oscuridad

Admito que he sido impotente ante

esta vida que se ha vuelto inmanejable.

Llevo una existencia imposible.

Aquel lugar. Allí fue donde todo empezó, hace dos años.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez, en esa oportunidad ya no tendría cómo excusar mis acciones, era posible que tuviera que quedarme allí y que la falta de pruebas no les importara, ya que por poco no había resultado la última vez. En esta ocasión estaba peor que nunca, la resaca provocaba que dudara de la realidad, y sabía que el encierro, la cárcel, no era la mejor forma de empezar con la desintoxicación.

Reconocía gran parte de las marcas en la pared pues había imaginado varias veces el momento mismo en que fueron realizadas. Aquellas grabadas en tinta eran las más usuales, hechas sobre el vinilo impermeabilizado para exteriores que había sido aplicado en más capas de las necesarias en la medida en que se requería pintar sobre un número creciente de improperios. Aquel recubrimiento solo se había caído en los puntos más susceptibles de ser atacados por la humedad.

Esta era una de esas celdas normales de una estación de policía en la ciudad de G., mi ciudad natal, y no, no tenía un inodoro en una esquina como habría de pensarse, sino que contaba con su propio baño, un pequeño cuarto con mobiliarios metálicos y una entrada de luz con más rejas que formas de escape para el aire contaminado de los borrachos, olvidados y equivocados, quienes en muy raras ocasiones resultaban ser verdaderos criminales.

Había perdido la cuenta del número de visitas a ese espacio de diez por diez que podía ser el resumen de lo que enmarcaba mi vida: el frío, el olvido y la peor compañía posible. Hacía tiempo que había pasado por la edad apropiada para hacer cualquier cosa provechosa, de manera que los espectros de la empresa, la aventura, la familia, fueron exorcizados con el tiempo y ahora solo me quedaba la botella.

Era más fácil cuando Anna hacía parte de mi vida, ella fue lo único bueno durante esos duros años, la única persona que logró ver algo bueno en mí. Pero ella tampoco estaba y me resultaba curioso, en ese momento, que las rejas siempre me la recordaran.

A eso iba a ese sitio: a recordar.

La celda estaba vacía, era feriado y las personas evitaban violentar la ley e incluso, cuando lo hacían, eran tratados con la clemencia propia de las celebraciones, porque los policías también deseaban regresar a sus hogares y, por lo general, no había jueces de turno que se ocuparan de los reincidentes, de los despojos que no respetaban estas fechas. Lo único bueno fue que al entrar a mi encierro fui dotado con algo de carne de pavo y una soda personal. Una gran noticia para mi estómago, que no había recibido nada en todo el día.

Mientras comía, intentaba pensar en lo que había hecho y que, curiosamente, no lograba recordar. Las últimas veces era esto lo que me había salvado de terminar en prisión: la falta de evidencia, las coincidencias oscuras, sí, pero a la vez la ausencia de motivos, de alguna circunstancia que fuera más clara a efectos de ponerme como el causante de las cosas malas que ocurrían a mi alrededor.

Alguna vez terminé ileso en un hospital tan solo con unas quemaduras leves, mientras que varios de mis colegas de la calle, que me ayudaban a limpiar –robar– una vieja bodega en los muelles, terminaron calcinados. Era un trabajo sencillo en el que podríamos sustraer alguna mercancía electrónica que hubiera sobrevivido de la avería de uno de los contenedores. Solo un pequeño porcentaje de los aparatos estaba en buen estado y mi trabajo principal era encontrarlos en el menor tiempo posible para así cargar nuestras carretas, intentar venderlos y conseguir algo de efectivo para la bebida.

Luego de ocuparnos en ello durante un poco más de una hora, empecé a sentirme mal, como en esos días de sequía en donde no podía conseguir alcohol, o cuando estando tras las rejas –como en esta ocasión– sufría de mareo, náuseas y dolor de cabeza como resultado de la abstinencia. El malestar fue tan agudo que me obligó a detener el trabajo y a buscar algo de agua para tomar, pero la enfermedad pudo conmigo, perdí el sentido y me desmayé.

Despierta.

Cuando abrí los ojos estaba tendido en los muelles a un par de bloques de la bodega que ahora se encontraba en llamas. Fui capturado por la policía mientras deambulaba por las proximidades del lugar en busca de mis amigos. Esperaba que ellos también hubieran logrado salir, ojalá con algo de la mercancía en su poder. Igor, el viejo Jenkins, James, Daniel, alguno… Mi sorpresa fue mayúscula al enterarme de que yo era el único sobreviviente del incendio. Ni la policía, ni los jueces, ni mucho menos yo, pudimos explicar mi presencia en los alrededores, como tampoco la forma en que sobreviví. Pero la buena noticia fue que, en efecto, evité cualquier conexión con el robo, así que estuve tras las rejas durante solo tres días.

Descansé un rato en un intento inútil por conciliar el sueño y sobrellevar lo más que pude la falta de licor. Encontrarme solo en la habitación tenía sus ventajas, como

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