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Y DESPUÉS DEL SILENCIO
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Libro electrónico219 páginas3 horas

Y DESPUÉS DEL SILENCIO

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Alberto José es contratado por un bufete de abogados con la única misión de estructurar una oferta para la construcción de la línea 1 del metro de Bogotá pero cuando descubre las inconsistencias y los sobrecostos que encierra el proyecto decide denunciar la realidad que se esconde tras el diseño presentado por la Alcaldía. Esta novela, basada en he
IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento15 may 2020
ISBN9789585481251
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    Y DESPUÉS DEL SILENCIO - Juan Jose Bosco

    lágrimas

    CAPÍTULO 1

    Le gustaba caminar al poco rato de que la lluvia hubiera cesado. El olor a vegetación recién lavada le hablaba de vida renovada. Las plantas aprovechaban el aguacero para sacudirse de encima los tonos mortecinos del antes para ofrecer el brillo vital del después. Su adorada Bogotá le ofrecía cada año, con el permiso del Niño y la Niña, dos periodos que consideraba deliciosos, de marzo a mayo y de septiembre a noviembre cuando casi cada día –en horas de la tarde– la ciudad tenía la oportunidad de alistarse para los suyos.

    Había salido de su confortable apartamento ubicado en la Carrera Octava para llegar a la Calle 88 donde tan solo pisar la tierra mojada fue recibido por el sonido de las canciones que interpretaba el agua en su correr por la quebrada. Calzado con unos confortables zapatos con suela de goma y armado de un paraguas, no fuera el caso de que sus cálculos acerca de la meteorología fueran equivocados y el cielo volviera a abrir sus puertas, asomaban por debajo de su gabardina color crema unos jeans descoloridos complementados por una camisa manga larga con bolsillo, donde había acomodado su celular. Vestido así ¿quién iba a reconocer en él al abogado aguerrido y desafiante que se había enfrentado al establishment local? Su voz, sin querer queriendo, se había convertido en la más controvertida acerca de cómo construir la línea Uno del metro. El conocimiento de otras realidades había provocado que de sus entrañas hubiera salido un grito poderoso y lleno de rabia, ese que muchísimos bogotanos tienen atascado en su tráquea sin que llegue al exterior impidiendo así que sea audible: ¡basta ya de tanto robar!

    Meses atrás había sido contratado por una prestigiosa firma de abogados con el fin de que estructurara una oferta para financiar las obras del subterráneo mil veces diseñado y nunca construido. Con el paso de los meses, los acontecimientos le habían sacado del más común de los anonimatos hasta convertirlo en alguien incómodo. Haberse informado acerca de las experiencias vividas en otras ciudades que ya tenían en funcionamiento un modelo de transporte masivo como el que la ciudad anhelaba era un pecado que acarreaba su penitencia.

    Casi todo el mundo había llegado a creer, esta vez sí, que por fin el sueño se haría realidad. El Alcalde, populista y de izquierda como pareciera corresponder a alguien que lidera una transformación tan profunda en la movilidad de la ciudad, quería superar –ahora por debajo del suelo– lo que en su momento representó el sistema de buses conocido como Transmilenio, que fue una iniciativa de la derecha.

    La máxima autoridad local, cuyos primeros pasos en el mundo de la política se escribieron en el seno del M19 –una de esas guerrillas tan propias de Suramérica que ya habían dejado de serlo– estaba convencido de que era la reencarnación de Simón Bolívar y que su siguiente responsabilidad iba a ser liderar la nación a partir de su próxima e indiscutible victoria en las elecciones a la presidencia de la República. Él iba a ser el primer insurgente que llegara a presidente de Colombia y el metro la tarjeta de presentación de su eficacia como líder.

    Encendió un cigarrillo y procedió a llenar con entusiasmo sus pulmones del humo que su Piel Roja producía al arder. Qué breve era la vida de esos trocitos de hojas de tabaco envueltas en papel pero cuanta satisfacción proporcionaban en ese corto espacio de tiempo a los fumadores como él.

    Se detuvo debajo de un árbol para sentir en su cabeza el impacto de las gotas de agua que caían al azar cuando se precipitaban desde las hojas que habían sido el lugar de trabajo al que habían sido destinadas desde que abandonaron sus nubes de origen. Ese caótico golpeteo en su cabello era para él como el sugestivo ritmo del ragtime, tal era su imaginación y su locura por la música.

    Botó la colilla y siguió andando, quería acercarse hasta el Centro Comercial Andino. Necesitaba un recambio para su esfero Montblanc.

    En un acierto no necesariamente reconocido, la Carrera 11, desde la Calle 82 había pasado de ser una vía más a convertirse en un complemento para las Carreras 9 y 15 en la circulación Sur/Norte de Bogotá. Él prefería caminar por la acera oriental porque quedaba libre de las arbitrariedades de los ciclistas que circulaban por el bicicarril que sí tenía su hermana en el lado occidental.

    Absorto en sus pensamientos mientras su mirada andaba deleitándose una vez más en la belleza de las casas de estilo colonial que hay a la altura de la Calle 85, no supo reaccionar ante el empujón que le acababa de propinar un individuo anónimo proyectándole hacia el centro de la vía. La buseta no tuvo tiempo de frenar golpeándole de lleno en la cabeza y arrastrándole por el pavimento hasta detenerse. El piso mojado no había ayudado para nada, todo lo contrario. Alberto José se adentró en un profundo agujero negro.

    —Una ambulancia —gritaba el conductor por el micrófono que le conectaba con los responsables del control de la flota—. Llamen una ambulancia. Estoy en la Carrera 11 pasando la 85, sentido Norte. Acabo de atropellar a un tipo que se me vino encima.

    La gente empezó a arremolinarse alrededor del cuerpo sin atreverse a tocarlo al ver la sangre que salía de la profunda herida que tenía en la cabeza. El tráfico se detuvo por completo en ambos sentidos. Los conductores más impacientes empezaron a hacer sonar las bocinas de sus carros. Un policía se acercó y dándose cuenta de la gravedad de los hechos llamó al CAI más cercano. Pasados unos minutos el ulular de las sirenas anunció que los primeros auxilios estaban por llegar.

    Los paramédicos empezaron a revisar el accidentado, mientras el policía ayudaba a apartar a los curiosos, que ya inundaban la escena. El sujeto estaba inconsciente. La grotesca posición del cuerpo aconsejaba, en primer lugar, colocarle un collar cervical para evitar que se desnucara al levantarlo, si era que no lo había hecho ya. Con seguridad necesitaría una transfusión, perdía mucha sangre.

    Dos policías motorizados llegaron en el mismo instante en que la víctima, era inmovilizada en el interior del vehículo de auxilio. Al determinar la zona y la cercanía, la ambulancia partió hacía la Clínica del Country, a tan solo unas pocas cuadras de distancia.

    En menos de cinco minutos el hombre sin nombre entraba por la puerta de urgencias del centro hospitalario siendo conducido, sin demora, a un cuarto de trauma. Seguía sin recuperar la consciencia. Le desnudaron con extremo cuidado antes de tenderlo sobre la fría mesa de metal. Le contuvieron la hemorragia y procedieron a estabilizar sus signos vitales. Más tarde unas placas determinarían el alcance de la lesión craneal.

    —¿Alguno de ustedes vio lo qué pasó? —preguntó el oficial a la gente congregada mientras sus dos compañeros intentaban que la circulación recuperara la normalidad.

    —Vi a alguien tropezar con el señor —dijo un caballero enfundado en un impecable traje gris.

    —¿Pudo haber sido empujado? —insistió el uniformado.

    —Como le dije, no estoy seguro —repitió el hombre de gris— pero después de que se produjo el contacto, mientras uno caía hacia el centro de la vía el otro se fue rápido por la 85 hacia el Oriente.

    —¿Le importaría acompañarnos al CAI para tomar la declaración?

    —Para nada —contestó el anónimo espectador haciendo alarde de una conciencia ciudadana poco común en lo que al trato con la policía se refiere.

    —¿Alguien más quiere añadir algo? —preguntó el cabo sin obtener respuesta de la gente, que desde que se había ido la ambulancia era poca–.

    Nadie volvió a abrir la boca para pronunciar palabra, como si la voz de aquel ciudadano les hubiera liberado de cualquier responsabilidad. ¿Para qué ofrecerse voluntario cuando ya tenían uno y más si todos ellos creían que de nada iba a servir su narración acerca de lo acontecido? La violencia vivida en la ciudad a lo largo de tantos y tantos años había enseñado a sus habitantes que la supervivencia estaba basada en ser ciego, sordo y mudo y más si quien preguntaba era un policía. Las hemerotecas estaban llenas de relatos que tenían a los guardianes de la ley como cómplices.

    Cuando los espectadores empezaron a dispersarse, el agente que primero había llegado al lugar del accidente se acercó a su superior.

    —Mi cabo, encontré este celular manchado de sangre cerca de donde estaba el cuerpo. Se le debió caer del golpe. Aunque la pantalla está dañada funciona y vea —añadió presionando una tecla— no tiene código de bloqueo. Podría servir para contactar con algún pariente.

    —¿Sabemos cómo se llama?

    —No señor. Nosotros no lo tocamos, la herida en la cabeza se veía fea. Usted sabe cómo molestan con eso los paramédicos, que uno fue, los movió y es su culpa que queden torcidos. La billetera debe estar en alguno de los bolsillos.

    —Está bien. Vaya al CAI y tome usted la declaración del testigo. Yo iré a la clínica para averiguar quién es el pobre diablo.

    Una hora después del accidente, el ciudadano trajeado tomaba asiento en una silla y reconfortado por un tinto se disponía a prestar declaración.

    El Carlos Alberto Sarabia entró en la clínica y se dirigió al centro de información.

    —Buenas noches señorita, estoy buscando a la víctima del accidente de la 11 con 85, lo trajo el móvil 7584, ¿sabe dónde está?

    —Un momento, ya pregunto.

    Una breve conversación por la línea telefónica interna fue suficiente para tener una respuesta para el representante de la ley.

    —En estos momentos está siendo atendido en la sala dos de la planta de urgencias, en traumatología. Al fondo a su derecha encontrará los ascensores que le llevarán hasta allá.

    Se dirigió donde se le había indicado e instantes después se encontraba ante la puerta que separaba el corredor por el que venía con el área restringida de trauma.

    —¡Oiga, señor, está prohibida la entrada!

    Se giró y vio a una enfermera que se dirigía hacia él con paso decidido y cara de pocos amigos.

    —Esta es una zona de acceso limitado al personal autorizado.

    —Oiga, doctora —respondió el agente—, vine a indagar quién es el sujeto que está ahí dentro para hacérselo saber a su familia.

    —Soy enfermera y para preguntar está el punto de información ¿No sabe de quién se trata?

    —No, no lo tocamos, ,ni siquiera sus pertenencias.

    —¿Así que no conocemos quién está siendo atendido?

    —Exactamente. Necesitamos los papeles del tipo, ¿entiende? —dijo ya molesto— ¿Qué le parece si sumamos esfuerzos en lugar de pelear?

    El razonamiento era sólido y convincente. Ella se perdió tras las puertas grises, mientras que él visitaba la página de favoritos del celular del damnificado, para ver si podía dar con alguna respuesta sobre la identidad.

    Una vez que la mujer salió con la cédula de ciudadanía que había encontrado en la cartera que el accidentado llevaba en uno de los bolsillos, él marcó el número que acumulaba la mayor cantidad de llamadas.

    —Alberto José, ¿cómo vas? —respondió una voz de mujer.

    —Buenas tardes, señora, soy el cabo Sarabia de la policía de Bogotá. Le timbré para decirle que el propietario de este teléfono ha sufrido un accidente y se encuentra en la Clínica del Country.

    —¿Qué ha sucedido?

    —Ha sido atropellado.

    —¿Cómo dice?

    —Le ruego que sepa disculparme. No sé con quién converso pero si el doctor Vidal es pariente suyo, por favor venga lo antes posible y búsquelo en urgencias. Aquí le darán razón.

    Colgó sin más, no era cuestión de dar explicaciones del trágico acontecimiento por teléfono. Todos encontrarían respuestas a las preguntas a su debido tiempo aunque quizás el afectado nunca llegaría a saber el por qué había acabado debajo de las ruedas de una buseta. Por lo que le había contado su subordinado la herida tenía muy mal aspecto.

    Acompañado de la enérgica enfermera se fue hacia los despachos donde se encontraban los servicios administrativos del centro hospitalario. Ahora ya se podía abrir el correspondiente expediente y poner en él un nombre y unos apellidos, así como añadir un teléfono de contacto por si las cosas se complicaban. El texto decía que se trataba de un varón, de raza blanca, de sesenta años que se llamaba Alberto José Vidal Martín, ingresado en la Clínica de Country en estado inconsciente después de haber sido atropellado por un vehículo del transporte público. Fecha y hora del suceso: viernes día 30 de Octubre de 2015 a las 6:30 pm. Dejó el móvil como parte de las pertenecías del herido y regresó a su puesto de trabajo.

    Las radiografías no dejaban lugar para las dudas. Herida profunda en el cuero cabelludo, rotura del hueso temporal izquierdo de la cabeza con derrame cerebral. Una vez la inflamación hubiera remitido lo suficiente, se le haría una tomografía, solo entonces se sabría la verdadera dimensión de las lesiones. Diagnóstico clínico preliminar: reservado.

    Con el pelo recogido de forma apresurada, sin maquillaje y enfundada en una chaqueta acolchada Silvia se dirigió a toda prisa hacia el punto de información de urgencias. Después de la amenaza anónima pensaron que las cosas podían agravarse, aunque ni en la peor de sus pesadillas presentían un escenario donde sus vidas corrieran peligro. Su denuncia iba a poner el foco en una realidad que incomodaría a mucha gente poderosa pero llegar a estos extremos quedaba por fuera de lo que ellos habían imaginado.

    —Señorita, por favor ¿podría decirme dónde está ingresado el paciente Alberto José Vidal? Sufrió un accidente y la policía me informó que estaba aquí.

    —Se encuentra ingresado en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) pero allí las visitas están restringidas. ¿Quién pregunta por él?

    ¿Qué iba a responder? No le quedaba otra que decir la verdad aunque intuía que no iba a ser suficiente para llegar hasta él.

    —Soy una colaboradora suya.

    —Lo lamento, pero solo los familiares de primer grado tienen autorizado el acceso a esa sección de la clínica ¿Se le ofrece alguna cosa más? Porque en caso contrario le rogaría que se hiciera a un lado ya que hay gente en la fila esperando.

    Nunca le había reconocido ser su pareja o novia, ni tan solo su compañera. Ella huía de los adjetivos convencionales que se usan para definir el tipo de relación que pueda existir entre un hombre y una mujer. La sociedad necesita poner etiquetas a todo para así poder identificar cada cosa o situación. Siempre se había negado a aceptar estas fórmulas y lo que ellas acarreaban hasta el extremo de no querer conocer a su familia. Ahora era prisionera de una realidad que el común de la gente admitía y tendría que enfrentarse a sus propios demonios si quería llegar hasta él.

    Cuando el cabo Sanabria entró de nuevo en la comisaría, hacía rato que el hombre de traje gris se había marchado al igual que sus subordinados que habían sido relevados por el turno de la noche. Encima del escritorio encontró una hoja, firmada por el interrogador y el interrogado, con apenas cuatro párrafos escritos que esperaba su llegada.

    PREGUNTA: ¿Qué recuerda del incidente acontecido en la Carrera 11 con la 85?

    RESPUESTA: Dos hombres chocaron. Uno de ellos salió despedido hacia el centro de la calzada de la Carrera 11 y el otro siguió caminando aunque me pareció que de una empezó a ir más deprisa.

    PREGUNTA: ¿Cree usted que el hecho fue intencionado?

    RESPUESTA: No puedo asegurarlo aunque podría ser. El que se fue hacia la Calle 85 llevaba puesta una capucha que le cubría la cabeza y ni siquiera se volteó. Eso me lleva a pensar que quizás la acción no fuera casual pero todo sucedió en apenas unos segundos.

    No era necesario que siguiera leyendo. Ante sus ojos tenía un caso más que se quedaría sin resolver pero para él la casualidad había dejado de ser la única alternativa. El patrón del suceso formaba parte de la historia de la ciudad y llevaba

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