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Longitud:
407 páginas
5 horas
Publicado:
May 15, 2020
ISBN:
9789585623644
Formato:
Libro

Descripción

Peste es un drama surrealista, es un viaje al interior de cinco personajes, sus miedos, sus deseos, sus delirios, rendidos ante la impotencia de la Peste que azota una ciudad y un país sumergido en una guerra sin sentido, que parece no tener fin. La historia de Julio, un reconocido escritor y dibujante; Nicole, una joven rebelde con causa; Simón, u
Publicado:
May 15, 2020
ISBN:
9789585623644
Formato:
Libro

Sobre el autor

Juan Ramón Vera Rodríguez nació en el Espinal, Tolima, el 26 de junio de 1984. Estudió biología, es especialista en pedagogía y cursa una maestría en educación en la Universidad del Tolima. Se desempeña como docente desde hace nueve años, y en la actualidad enseña ciencias naturales y matemáticas en Valencia, un caserío rural de Cunday, Tolima. En su tiempo libre, disfruta del fútbol, de la compañía de su familia, sus amigos, su esposa y la lectura. Aunque lee casi cualquier cosa, sus preferencias se inclinan hacia la ciencia ficción, el terror y la fantasía. Como escritor, ha publicado algunos cuentos con una editorial Argentina (El inicio de una discusión, La decisión y Recibimiento inesperado) y en la web circula Delirio de un novel escritor.


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PESTE - Juan Ramón Vera

historia.

Agradecimientos

En primera medida quiero agradecer a Dios. Aún creo en Él, aunque no lo pienso como me enseñaron, no del todo, sino como la vida me lo ha permitido. Creo que, a fin de cuentas, todos los que creemos, hacemos lo mismo; y si mi visión sobre Él es equivocada, no creo que me aborrezca por eso, me imagino que seré como un pececito rojo en su manantial infinito.

Quiero agradecer a mi familia. Casi ninguno de ellos ha leído mis escritos, pero el amor que me profieren es suficiente para animarme a escribir, a crear, y a tratar de no caer en el fondo de las estafas del mundo. A José R, mi papá, a Nidya, mi mamá, a Julián y Nathalia, mis hermanos. Gracias totales. También debo incluir a toda la horda de gente diversa y singular, formada por mis tíos y primos; y por supuesto, a mis suegros y mis cuñados. Gracias.

Gracias a Camilo, Tania, Miguel Angel, Harol. A todos los que han sido mis compañeros en esta vida, hayan o no leído algo escrito por mí, me hayan o no alentado a seguirlo haciendo.

Quiero agradecer a Mafe, le editora de Calixta Editores, que siempre supo orientarme y alentarme, para que creyera en mí, y para que PESTE tomara la mejor forma posible. También a David, su esposo, por el diseño de la portada, que a mí me entusiasmó.

No puedo dejar por fuera a Alvaro Vanegas, con quién he tenido la oportunidad de intercambiar materiales, comentarios, críticas (sobre todo de él hacia mi trabajo), y me ha confiado sus retoños creativos. De todo esto, durante varios años, he aprendido mucho. Muchas gracias, Alvaro.

Por último, pero no menos importante, quiero agradecer a mi esposa, Adriana Aguirre, que ha sido mi bastón, desde su aparición en mi vida, me ha ayudado a crecer, con amor, dedicación, pasión, furia –en el buen sentido de la palabra–. Con entrega total, con una fe casi ciega en mis capacidades, para escribir y para muchos otros retos que he enfrentado. Gracias, mi flaca. Te amo.

see trees of green,

Red roses too

I see them bloom

For me and you

And I think to myself

What a wonderful world

Yes I think to myself

What a wonderful world.

Louis Armstrong

Primera parte

I

Julio Ramiro Vélez Riaño prestó su servicio militar obligatorio en el Ejército Nacional, sin ser siquiera un bachiller, cuando apenas pasaba de los quince años, y en ese tiempo fue entrenado y equipado para responder ante cualquier ataque nacional e internacional. Pero a muchos habitantes del país dónde Julio nació, les quedaba fácil discernir que era una insensatez sostener ese ejército, pues desde el nacimiento como país, todas las cosas buenas y malas sucedían con muy poca bala. Era un país tropical, en el que casi todo era selva; lo atravesaban tres cordilleras muy boscosas, salpicadas de muchos pueblos chiquitos y una que otra metrópoli. Las guerras opulentas habían quedado atrás y la gente de los lugares más apartados no había dado lugar a que los violentos les sedujeran sus almas, pues desarrollaron un sentido extraño de autogestión y recursividad. Había una diversidad cultural tan grande como la biológica, que logró posicionarse como el más refulgente de los símbolos patrios y causar orgullo en todos los habitantes. Las fuerzas armadas cuidaban y ayudaban, más que todo, durante los desastres naturales; preservaban la cultura y la naturaleza.

Sin embargo, a pesar de su apacible vida militar, a Julio le sucedieron unos extraños eventos que lo llevaron a vivir inconscientemente. El batallón, Héroes de la Patria, primer nombre del Batallón Hooke, lo tuvo que indemnizar al terminar su servicio, porque al llegar a su casa, en la primera noche, durmió bajo su cama, desnudo. Al cuestionarlo su familia, afirmó que una bruja había entrado en la habitación. Pero antes, él había podido quitarse la ropa y botarla en un rincón, para que ella se entretuviera y no lo buscara más, después se había escondido. La familia, atónita, guardó silencio, tal vez esperando a que él carcajeara y se burlara, por haberles bromeado con maestría, pero no, por el contrario, se puso rígido, frunció el entrecejo y se exasperó:

—¿No me creen? ¿Están iguales a los malparidos esos del ejército?

La mamá abrió los ojos. No tanto por el disparate. Más bien por las groserías, que, sin exagerar, no recordaba haberlas escuchado jamás en la boca de su hijo.

—En el batallón ¿Le pasó lo mismo? —preguntó su hermano mayor, frunciendo el entrecejo.

—Sí —respondió, atisbando algo de credulidad en su hermano.

—¿Por qué no había dicho nada? —le cuestionó el padre— ¿y el ejército? ¿Qué dijeron ellos?

—Pensé que eran pesadillas mías. No estamos en guerra, pero el ejercicio, los turnos de vigilancia, los gritos y… tantas cosas… pensé que por eso eran las pesadillas. Al principio no dije nada porque no quería retirarme ni que ustedes sintieran vergüenza. Y cuando hablé, ellos no dijeron mayor cosa, presión… psicológica o algo así, y me dieron unas pastillas. Los sueños malos no volvieron. Una semana antes de salir dejé de tomarlas y fue cuando me pasó lo de la bruja, anoche.

Sus familiares se miraron entre sí. La madre tenía los ojos brillantes de la angustia, su hermano y su padre mostraron aplomo. Su hermana solo estaba sorprendida.

—¿Cómo se llamaban las pastillas? —preguntó el padre, después de unos instantes de silencio. Había sido ayudante de farmacia.

—Creo que eran de Clonazepam.

Su padre se quedó pensativo, con una mano en la cintura y la otra tomándose el mentón. Lo había oído nombrar, como un medicamento poco usual, muy costoso o muy escaso. Decidió ir a donde su exjefe para preguntarle. Al volver a casa, llamó a su esposa aparte y le comentó el resultado.

—Al muchacho le dieron un antipsicótico.

—Anti… ¿qué?

—Por Dios, mujer, que falta de cultura —siempre le reprochó que fuera tan campesina, aunque lo fuera tanto como él—, es una droga que quita las alucinaciones.

—Es decir que Julito se volvió loco en el ejército…

—¡No! No lo creo. Tal vez tuvo algún problema de nervios y se la dieron para calmarlo, creo que exageraron y lo terminaron jodiendo.

La madre guardó silencio.

—O tal vez dejaba los turnos y sus obligaciones por estar escribiendo cuentos y pintando maricadas, como cuando era niño ¿Se acuerda? Hacía lo mismo, dejaba el machete y se ponía a perder el tiempo.

La madre miró a cualquier parte y su rostro se ensombreció.

—Le di mucha leña para que dejara esa pendejada. Tal vez en el ejército lo golpearon también y para disimular el maltrato el dieron la droga.

La mujer seguía ensombrecida.

—Si no me dan —continuó, de repente, mostrando entusiasmo— buena plata, les armo un escándalo. Sí. Hoy en día eso de los Derechos Humanos tiene jodidos a los militares. Bueno, a los de otros países, porque aquí no pasa nada exagerado, pero hay que aprovechar.

La madre, como siempre, no fue capaz de protestar. De nuevo, su esposo se portaba... bueno, no tenía palabras para explicárselo a sí misma. Su baja educación no se lo permitía. Se lo reprochaba. Sabía que se portaba mal, que de nuevo su querido Julito era víctima de un autoritarismo salvaje. A su marido no le importaba si estaba bien o mal, si se mejoraba o no. Ahora le importaba el dinero. Ya tenían lo que necesitaban. En su haber, florecía una finca con aguacate, café, cacao y maíz. Todos vivían bien alimentados. ¿Qué más podía pedir? Pero sabía que estaba muy mal la vida que se la había dado a Julito. Él era diferente. No tenía por qué haber terminado así, como un militar medio loco, aprovechado por la avaricia de su padre. Eso la ensombreció más que de costumbre. Pero más lo hacía el no haber hecho nunca nada para evitarlo. Los otros hijos simplemente se conformaron con leer, escribir y seguir a su padre en su simple deseo de trabajar, comer, dormir y cagar, como ella se decía en silencio mientras se reprochaba. Pero Julio quiso estudiar y nunca lo dejaron (dejamos). Ni siquiera terminó el bachillerato. Desde niño siempre quiso pintar, escribir cuentos, cantar y hacer otras tantas cosas, pero el papá no hizo más que tratarlo de marica, con palabras y con golpes, incluso, con tortura. Terminó simplemente siendo alguien meditabundo y callado, como un animalejo enfermo.

Entonces el señor salió de la casa y se fue para el batallón, dejando a la señora perturbada, sin siquiera despedirse.

II

José Viña, un joven soldado, héroe nacional, conoció a Julio en el Hospital Fernando Llanos, el día en que el orden allí se volvió insostenible. Él pensó que la situación era provocada por Boliche, el guerrillero, pues estaba latente la amenaza de los rezagos de su organización. Pero, aunque había que cuidarlo, la verdadera razón del desorden era la peste.

Ese día, cuando aún no amanecía, recibió un llamado que escuchó con dificultad, pues era torrencial la caída de flores congeladas que soplaba con violencia en la transición de la montaña desnuda a la nieve perpetua, cuando faltaban al menos tres horas para el amanecer. Allí, se encontraba un centenar de soldados del Ejército Nacional, que hacía parte de uno de los dos anillos de seguridad que rodeaban a la ciudad: Iquima. Esta se encontraba algunos miles de metros más abajo, en una terraza formada en la cordillera por los flujos piroclásticos de eras prehistóricas. Iquima estaba sitiada y vigilada por hombres fuertemente armados.

—Soldado, debe ir a la ciudad —dijo el que lo llamó—. Váyase con otros diez hasta el hospital Fernando Llanos, la situación es cada vez más difícil, debe llegar al amanecer.

A las tres de la madrugada iniciaron la caminata. La situación requería de alto compromiso, por lo que no importó la atmósfera saturada de pequeñas agujas congeladas, ni las flores cristalizadas, llevadas de aquí para allá, por el viento, haciendo blanco en el rostro de los militares. La oscuridad era absoluta. Solo refulgían en el suelo las flores llovidas y petrificadas, con la luz de las linternas patrias.

Después de dos horas de camino se encontraron en medio de los primeros frailejones de aquel páramo. Hubo uno que llamó su atención. Tenía solo dos hojas con manchas rojizas. Le recordó la batalla en la que fue héroe, contra la guerrilla. Las agujas de hielo fueron remplazadas por la niebla, que impedía el paso de la luz. Tuvieron que andar con total precaución. La niebla hacía desconocido aquel paraje y aunque ninguno lo dijo, también caminaban cuidadosos porque quién sabe qué se escondía detrás de ella. El frío le hizo sentir que iba a enfermar, como si tuviera flemas. Hubo momentos en los que se escuchaban, pero no se veían. En uno de esos momentos a José le pareció escuchar la voz de una mujer. Pero los sonidos parecían más lamentos que palabras. No entendió nada. Después, escuchó voces masculinas. Alcanzó a distinguir algunas palabras: dosis, sangre. Una pequeña risa. Fue su única reacción. No dijo nada, porque de inmediato se reanudaron las voces de sus compañeros y concluyó que simplemente estaban jugando. Dedujo, sin estar seguro, que la niebla no solo tenía efectos sobre la vista sino también acústicos, lo que resultaba muy apropiado para las bromas de sus compañeros. Sí, eso eran las voces, una simple broma.

La ausencia de sus compañeros le pareció anormal, carraspeó, de nervios, Es una broma –pensó de nuevo. Siguió caminando. También le pareció anormal tanto tiempo de caminar y caminar. ¿Broma? Qué estupidez –pensó, quién podría hacer una broma con la niebla, quién le iba a alargar ese páramo solo para burlarse ¿su mente? Qué estupidez –pensó de nuevo. Esta vez lo hizo para acallar la posibilidad de que así fuera; esa posibilidad que se movía dolorosamente en su pensamiento, como un gran parásito dentudo, desde el golpe que recibió en la cabeza después de sus actos heroicos para la patria.

Unos minutos después, vio que una figura alargada se erigía en la niebla. Apuntó con el fusil y se acercó lentamente. Pronto se tranquilizó al ver que era un frailejón, pero se alarmó al ver que tenía pocas hojas y que estaban manchadas con sangre.

Un destello doloroso le trajo el recuerdo de la batalla del páramo.

Siguió caminando. Aceleró el paso. Se puede decir que corrió, por cerca de una hora; lo hizo con tanta confianza que ya no sintió necesidad de mirar hacia el suelo. Sintió que correr con tan escasa visibilidad era como abotonarse la camisa sin reflejarse en el espejo. También eso le pareció anormal. Qué paranoia –pensó, –aseguró, ¿Cómo podría estar caminando otra vez… Su cuestionamiento fue interrumpido por el desconcierto. El frailejón con las manchas rojizas emergió de la niebla. Quiso que fuera un tentáculo de algún bicho gigante para que lo despedazara con sus poderosas ventosas, pero no. Simplemente era una planta derruida y manchada, que demostraba su tránsito en círculos, como un perro tratando de matar a mordiscos una pulga en la punta de la cola, un simple tronco con hojas lanudas que evidenciaba la fragilidad de su cordura. Entonces, aparecieron unos dolores en las manos y en los pies.

No volvió a escuchar a sus compañeros. Detuvo su marcha junto al frailejón. Lo rodeó, miró hacia todas las direcciones. Le pegó una patada en la base. Si la pobre planta hubiera tenido ojos y un sistema nervioso, lo habría maldecido, lo habría visto irse en la misma dirección por la que llegó, sumergirse en la niebla y después volver a emerger, de manera reverberante y compulsiva.

Además, estaba la noche. La niebla lucía como una constante y lenta caída de ceniza, a través de la cual el rayo de la linterna no penetraba más allá de dos metros. José se estaba cansando de caminar, no físicamente, sino por la sensación de estar siendo repetitivo como cuando se escucha la misma cháchara de un profesor una y otra vez. Quiso correr, pero se vio aún más estúpido, y pensó en esa pesadez en su pecho, como hecha de flemas. Entonces, su mente, al parecer encontró un alivio. Se dijo que iba a caminar hasta el amanecer, viera lo que viera, sin prestarle importancia. Sí… eso es, el amanecer se llevaría toda esa escena loca, ¿Y ahora? dijo en voz alta. El reloj se había detenido. Una maraña de cavilaciones de todo tipo y calibre invadió su mente, sacudió la cabeza, detuvo su crecimiento, se quitó el reloj, lo guardó en el bolsillo y empezó a caminar. calma, calma, calma se repitió, en voz alta, cientos de veces, como un disco rayado. Pensaba que iba adquiriendo una sintonía de vibraciones similar a la que los hindúes buscan cuando dicen Ohm, repetidamente. La maraña mental cedió y desapareció. Volvió la calma, pero no dejó de nombrarla. La coordinó con sus pasos. La sincronía funcionó hasta que una voz, de un hombre, tal vez de un compañero, dijo a sus espaldas. El reloj no está dañado. José se devolvió dando un respingo. No vio nada. calma, calma, calma –reanudó. Siguió caminando. Lo que está dañado es el tiempo –dijo la misma voz. Su corazón se aceleró. Ya no la volvió a escuchar. Después de unos minutos|, la niebla se tiñó de dorado y se fue disolviendo, dejando al soldado libre para que lo bañara la luz del sol. Su cuerpo se llenó de alegría, como si hubiera escapado del terror de una tortura, al ver la transición entre el páramo y el bosque, y a otros soldados. Se detuvo, volteó a mirar, la niebla no se había disuelto.

Respiraba rápidamente y sintió la necesidad de desgarrar una flema. Lo hizo y escupió. Supo que no era una cualquiera, por el sabor agrió que le dejó en la boca y el dolorcillo en el pecho.

La niebla permanecía como una pared blanca, como la que había en la batalla, en las cuevas, en otro punto, del mismo páramo. De pronto, sus compañeros emergieron de ella, sonriendo, contentos. Ole, viña, tiene cara de haber estado caminando todo el día –los otros soltaron una carcajada, él sonrió tímidamente y se tranquilizó. Sacó su reloj del bolsillo y vio que funcionaba con total normalidad. Lo contempló dos, tres segundos. Se dio vuelta y se dirigió hacia sus compañeros. Era mejor que no lo hubieran visto expulsar esa flema.

Cuando sus compañeros estuvieron listos, José los instó a continuar su camino hacia la ciudad. Miró a sus compañeros. Trató de mostrarse natural, fresco como siempre.

No podía terminar de creer lo que había pasado en medio de la niebla. Sacudió su cabeza para aterrizar de semejante locura.

Se internaron rápidamente en el bosque y tomaron un camino que no existía, pues en ese momento estaba siendo hecho por el instinto de orientación de José, que se mantenía aún sólido a pesar del ataque de sus duendes mentales. Esto les permitía no andar sobre la carretera nacional, que ya la tenían cerca, a riesgo de sufrir una emboscada, para hacerlo mucho más seguros, atravesando la montaña.

Lo que quedaba de las Fuerzas Caminantes de Liberación (FCL), había vuelto a azotar todo vestigio del pie de fuerza del Estado. Estaban aprovechando la cuarentena de la ciudad, que estaba consumiendo grandes esfuerzos del Ejército Nacional. Era una nueva tragedia para el país, la peor desde el desastre de la capital del norte, Manaure. Esta guerrilla volvió a la escena bélica asesinando grupos de soldados inexpertos, que llegaron a reemplazar a los más experimentados y calificados que estaban custodiando la ciudad. Aprovechando esto, también anunciaron que estaban resurgiendo para vengar la ciudad, para devolvérsela a la gente y para develar la verdadera intención del Estado al cercarla, sin permitir que nadie viera lo que allí sucedía. Lo hicieron secuestrando personajes importantes de la política y liberándolos después con videos, fotos, cartas y otras evidencias de que tenían la gente y el armamento para materializar sus amenazas.

Desde que se volvió soldado, José siempre recordaba toda la discusión política que se daba en sus días de universitario acerca del porqué de las FCL. Esto, sumado al golpe que había recibido en la cabeza y a lo que pasó después, bajando de la montaña, victoriosos de la batalla del páramo, había formado una mezcla ponzoñosa que ponían en peligro sus ganas de hacer las cosas bien en el ejército. Esa mezcla (y la locura de la niebla, y las flemas, y el dolor en manos y pies), llevó a José a reflexionar sobre los motivos de acción de aquel grupo insurgente. Su mente se enredó en suposiciones que ponían a prueba su patriotismo y su conciencia. Le fue imposible seguirse mostrando como siempre, fresco. Su buen humor se redujo a casi nada, en el camino a la ciudad, lo cual fue notado por sus compañeros. Cuando le preguntaron, simplemente dijo que pensaba en su familia.

José pensó en ese momento que sus compañeros eran afortunados por tener un pensamiento básico, por ser soldados a los que nos les importaba si su trabajo causaba daño o no. Sintió que estaba siendo cruel, pero no lo pudo evitar. Solo les preocupaba el dinero, las mujeres y al parecer, nada más. Sí, también estaba sintiendo envidia por no ser así, por no ser más que alguien que obedeciera y no pensara, que no pasaron por la universidad y no les movieron el cerebro ni los hicieron reflexionar, eso lo tenía atormentado, pues lo hacía pensar que, como profesaban las FCL, la verdad acerca de la crisis de la ciudad, estaba oculta.

Después, halló espacio en su mente la idea de un justo accionar de esa guerrilla. Cuando eso pasó, sacudió su cabeza, negándose semejante bestialidad, son asesinos, se dijo, en varias ocasiones, para convencerse. Pero recordó que, en la universidad, un sentimiento rojizo invadió sus arterias y le hizo erizarse al escuchar o leer ciertos discursos, en los que se atacaba al Gobierno, por criminal, por paramilitar. Ese sentimiento lo creyó erradicado, arrancado totalmente. No obstante, fuertes raíces habían quedado ocultas y sus dudas y contradicciones internas sirvieron de abundante fertilizante para que retoñara inevitablemente.

Tal incertidumbre le ocupó tanto, que las horas posteriores de caminata pasaron casi sin darse cuenta. Cerca del mediodía, se encontró el grupo de militares con el último anillo de seguridad que rodeaba toda la ciudad. Estaba ubicado a varios kilómetros de las primeras casas. Desde ahí no se veía ninguna persona. La carretera nacional que parecía una gran serpiente negra aplastada sobre el Planeta, al pasar por allí, estaba salpicada con algunos vehículos civiles y con algunos cuerpos, que los militares estaban terminando de apilar.

Cuando José y sus compañeros salieron de los matorrales alarmaron a los tres que estaban vigilantes. Se identificaron y fueron requisados, como si fueran extraños. Una serie de carpas formaban una especie de aldea temporal, de las que entraban y salían militares de todo tamaño y color, y otras personas que parecían cumplir muchas funciones. Desde batas blancas hasta saco y corbata se veían rehuyendo de aquí para allá. Daban la impresión de estar preocupados, de estar tratando de solucionar algo imposible.

—¿Cómo hacen para vigilar el resto del anillo de seguridad? —preguntó uno de los soldados que llegó con José.

—Hay unos sensores ocultos extremadamente sensibles, que detectan cualquier cosa humana. Incluso olores como la pólvora, perfumes, talcos, son también detectados.

—Y…

—Y entonces, un dispositivo que es muy secreto, escondido en el bosque, elimina al que es detectado con una especie de pulso electromagnético que daña los circuitos eléctricos del corazón y del sistema nervioso.

El soldado abrió los ojos sorprendido.

De pronto, cesó toda la actividad de las carpas. Algunos hombres de bata quedaron quietos, como congelados, fuera de ellas. Los del anillo se quedaron mirando fijamente a José y sus diez compañeros.

—Es la segunda vez en el día que sucede, se están portando muy raro. Ya tuvimos que matar algunos civiles locos que vimos por acá y los quemamos. Pero no sabemos qué hacer con ellos —dijo uno, susurrando.

—Váyanse con nosotros —dijo José —e informaremos de la situación al comandante en el páramo.

—Listo. De acuerdo. Somos tres no más, no podíamos huir, tenemos miedo.

—¿Por qué?

—De pronto, todos ellos enloquecieron. El jefe médico dice que es el rey del país de los muertos, y le dio la orden a todos que debían quedarse quietos cada… cada tantas horas, para que sus cuerpos en descomposición no se vayan a deshacer y ya no le puedan servir —el que narraba palideció. —Cuando nos preguntó que quiénes éramos, que si estábamos muertos, y le dijimos que no, empezó a dar un chillido como de bebé, y todos los otros locos quisieron atacarnos. Son muchos. Al menos cuarenta. No hubiéramos podido. De pronto, se le ocurrió a Pérez —un soldado pálido, flaco y cabezón— decir que sí, que estábamos a su servicio, que estábamos resguardando la puerta del reino. Y así fue como nos salvamos.

—Bueno, aprovechemos, no hablemos más.

Empezaron a caminar con sigilo entre los enfermos que se hacían los inmóviles. No tardaron mucho en atravesar el campamento y estar a salvo. Pero uno de los soldados dijo que lo esperaran que debía traer algo. Le reprocharon en silencio, pero no hizo caso. Se devolvió e ingresó en una de las carpas. Salió con varias máscaras antigases en las manos y les hizo señas para que cada uno recibiera la suya. Todos se las pusieron.

—Está descartado que la enfermedad se transmita por el aire, pero de todas formas, el aire en la ciudad no está muy limpio.

Entonces ¿Cómo me infecté? –pensó José.

—¿Por qué?

—Ya lo verán.

Estaban a varios metros del campamento, cuando se escuchó el berrido, como de bebé, del rey del país de los muertos. Todos voltearon, alarmados, y se aterraron al ver un tumulto violento correr hacia ellos. De su boca colgaban viscosidades amarillentas.

Son flemas –pensó José, pensando en las de su pecho Por Dios.

Emitieron unos ruidos que los paralizaron, como estornudos de león apestado, y botaron flemas. Su entrenamiento, su patriotismo, su plomo, su hierro, su virilidad, todo estaba a punto de irse en una cagada de miedo. Entonces, José disparó, y el cráneo abierto más el ruido del fusil, los sacó a todos de la estupefacción. Empezaron a retroceder, pero disparando. Algunos reaccionaron tarde y un loco se coló por donde no había bala y se abalanzó sobre uno de ellos. Lo tumbó hacia atrás, le golpeó tres veces la cabeza contra el suelo, hasta que la abrió cómo a una sandía. Miró a los otros soldados y rugió, pero no mucho, su cabeza también fue abierta. Todos entraron en calor y dispararon con precisión. Uno a uno, los enfermos cayeron. Decidieron correr, mientras en el fondo se escuchaban los berridos de bebé, del rey del país de los muertos.

Dos horas después, se encontraban caminando sigilosamente entre las casas, comunicándose con señales de sus manos. Se agachaban periódicamente y evitaban a todo costo encontrarse con personas que caminaban por ahí, o que entraban y salían en las casas. Conforme se adentraban en la ciudad, iban presenciando un mayor desorden. Incluso había varios vehículos incendiados y uno estaba incrustado en una casa.

En los parques, algunas personas hacían cosas inverosímiles. Sus vestidos sugerían que habían perdido la capacidad de distinguir entre las prendas y las cosas que tenían cualquier otro uso. En la cabeza llevaban lámparas, baldes para moldear arena, ollas, cestas de basura, bolsas, cajas de cartón, costales de fique. El cuerpo lo tenían cubierto con manteles, alfombras, pliegos de papel aluminio y canecas plásticas desfondadas, con el logo de la empresa de aseo de Iquima.

Otros empujaban o tiraban de carritos de centro comercial, en los que había amontonados trastos de todo tipo: llantas viejas, almohadas, frutas podridas, trapos y botellas vacías. Otros llevaban desperdicios eléctricos amarrados, o más bien, enredados sobre sus espaldas. Un niño consentía con ansia la cabeza disecada de un becerro. Una anciana le daba de comer a un cadáver que tenía en su boca una multitud hirviente de moscas. José sintió miedo de ya ser uno de ellos. Quiso contarle lo sucedido a sus compañeros, pero no se decidió. Prefirió esconder sus síntomas y eliminarse él mismo en el momento en el que sintiera perdido el control. Varios de ellos, de repente, trastocaban sus rostros, dejaban lo que estaban haciendo, se retorcían un poco y escupían unas flemas monumentales. Otros, sin ser muy conscientes, se cagaban en forma líquida, formando oleadas fétidas en el aire.

Los soldados avanzaron teniendo mayor cuidado, soportando las ganas de vomitar, causadas a pesar de las caretas. Sabían que, dentro de los comportamientos anormales de muchos habitantes, no solo había hilarantes o curiosos. Se alejaron de los espacios abiertos, siguiendo los espacios entre las casas de los barrios más apretujados, que por aquella zona de la ciudad parecían colgados de colinas y altibajos.

Justo al mediodía, pisaron la parte plana de la ciudad. Entonces, divisaron el edificio del Fernando Llanos, en aparente calma, con sus alrededores atiborrados de vehículos de toda clase, con más enfermos. Algunos de ellos devoraban como carroñeros… sí, no podían creerlo, pero sí, devoraban cadáveres humanos. Uno de los muertos, o lo que quedaba de él, tenía prendas militares, y uno de sus comensales tenía un brazo destrozado por una

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