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LA MUERTE TIENE OJOS AZULES

LA MUERTE TIENE OJOS AZULES

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LA MUERTE TIENE OJOS AZULES

Longitud:
419 página
6 horas
Publicado:
May 15, 2020
ISBN:
9789585481688
Formato:
Libro

Descripción

Evie Walsh es una doctora recién graduada cuya existencia ha estado enmarcada por la muerte. Un día es víctima de un accidente automovilístico en el que debió morir, sin embargo, dos semanas después de estar dormida y luchando por su vida, despierta en un lugar desconocido, amarrada de pies a cabeza y con una venda en sus ojos. No tiene idea de lo
Publicado:
May 15, 2020
ISBN:
9789585481688
Formato:
Libro

Sobre el autor

Andrés London nació en Anorí Antioquia, es administrador de empresas, supervisor de obras y un apasionado de la música y la escritura. Comenzó hace algunos años escribiendo canciones para un pequeño grupo musical del que hacía parte, y fue allí, donde descubrió su gusto por la escritura. A principios del año 2017 se dedicó a escribir una historia basada en una de sus canciones, en ese momento sintió que no podía parar de escribir y crear historias. En la actualidad trabaja y vive en la ciudad de Medellín, donde se radicó desde hace varios años. Sus historias siempre mezclan eventos de la realidad con fantasía. La muerte tiene ojos azules, es su primera novela publicada en Calixta editores y actualmente se encuentra trabajando en otros proyectos literarios.


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LA MUERTE TIENE OJOS AZULES - Andrés London

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Aprisionada

No sé cuánto me falta para estar muerta. Tal vez minutos, segundos, aunque también existe la probabilidad de que ya lo esté y no me haya dado cuenta. La oscuridad que en mí prevalece es similar a la que narran algunos pacientes; esos moribundos que creen trasegar por un lugar misterioso y para el que solo unos pocos tienen boleto con fecha estipulada. Casi todos despiertan convulsionando, con sus ojos abiertos y espantados al darse cuenta de que volvieron a una realidad de la que creyeron haber escapado con éxito. Para nosotros, verlos retornar a nuestro mundo es un logro tan álgido y significativo como lo es para un futbolista ser campeón de su torneo nacional. Los aplausos y las caras de éxito afloran palpables en todos los rincones de la habitación, mientras los de más bajo cargo, enfermeras con ganas de ganarse un lugar dentro del desagradecido gremio de la medicina, corren por todos lados y toman las medidas necesarias para que el paciente se quede y no intente alejarse de la luz benigna que creemos ofrecerle. Que alguien sin esperanzas de vida regrese a ella significa algo grande. Es un engrose en las estadísticas que para un hospital representa prestigio y una mayor cantidad de usuarios; ecuaciones que, conjuntas, se traducen en dinero. Pero para ellos, para los pacientes que despiertan llenos de pánico, la seguridad de volver tal vez no los cobija con el mismo entusiasmo. He sabido de muchos de ellos que, al estar de vuelta en nuestro mundo, habrían deseado que los aparatos de la sala fallaran para quedarse donde estaban: en un estado desconocido de inconsciencia que solo les ofrecía oscuridad y descanso, pero en el que, sin duda, sentían que no necesitaban de nada más.

Al contrario de lo que afirma la mayoría de ellos al despertar, yo no veo ninguna luz, ni algún vestigio efímero de algo que se parezca a un túnel. Por momentos siento que camino por un sendero sin retorno y del que no puedo ver pisada alguna. No escucho las voces de los médicos tratando de reanimarme al otro lado, ni el sonido de los choques eléctricos que hacen levantar abruptamente el pecho de los pacientes con el propósito de obligarlos regresar. No siento nada, ni siquiera mis extremidades, pero mi cabeza da vueltas como un trompo mientras intenta volver de ese estado de inconciencia hacia un espacio que puede llegar a ser un poco más real, pero no menos escabroso.

—Parece que está despertando —en medio de mi adormecimiento mi oído percibe algunas voces, murmullos leves que se tornan confusos—. Está comenzando a mover su cabeza, señor. Lo está haciendo poco a poco.

Dejo a un lado lo que creo escuchar y sigo luchando contra la negrura que envuelve mis sentidos. Las voces continúan, murmuran a lo lejos, como si yo fuera un animal encerrado del que esperan alguna reacción para poder refrendar aplausos y gritos de satisfacción. Trato de girar un poco mi cabeza para seguir esas voces, pero me resulta imposible. La pesadez que hay en mi cuerpo es descomunal, y se torna cada vez mayor con el paso de los segundos. Por momentos pienso que en realidad estoy muerta. Es muy probable que después de ese trágico choque en la carretera haya abandonado mi mundo, lo que significa que las voces que escucho provienen del mismo cielo, aunque en mi caso y al analizar lo que ha sido mi vida, es un poco más probable que provengan del mismo infierno.

—Señorita Walsh… —una voz diferente me llama, la escucho un poco más clara esta vez—. Señorita Walsh, ¿alcanza a escucharme? Hable por favor. Dígame si puede escucharme.

El llamado es un poco más discernible. Su tono es el de una voz masculina, elegante y cordial. Me habla una y otra vez hasta que su sonido se amalgama dentro de mi oído y deja de ser un simple murmullo; sin embargo, sigo sin tener idea de dónde proviene. ¿De verdad se trata de alguien del más allá? ¿Un ser enviado desde el cielo para darme la bienvenida a este nuevo mundo? ¡No! No creo que se trate de alguien del más allá; aunque la escucho retumbar por todas partes, se oye tan terrenal y cargada de defectos como la mía.

—Despierte, señorita Walsh. ¿Alcanza a escucharme? Por favor, dígame si puede escucharme.

La voz no cesa. El llamado reverbera en mis tímpanos como un eco molesto, aunque yo no veo nada. Solo la escucho desde mi oscuridad; desde mi propio silencio. Muevo despacio los dedos de mis manos, luego los de mis pies que están desnudos y algunas partes acalambradas de mi cuerpo con profundo desespero, con esa imperiosa necesidad de saber dónde estoy, o al menos, de convencerme a mí misma de que sigo viva.

—Señorita Walsh… —dice la voz por enésima vez—. Despierte, por favor.

Con el paso de los segundos, de los desesperados intentos y al darme cuenta de que mis sentidos comienzan a responder, percibo un poco mejor la posición en la que me encuentro. Estoy sentada sobre una silla de madera: lo sé por su textura rústica y algunas filigranas que alcanzo a palpar con las yemas de mis dedos. Mis codos y la parte externa de mis antebrazos reposan sobre los laterales de la silla y mis muñecas se encuentran aprisionadas por grilletes metálicos y cortantes que me aprietan como si pretendieran partirlas de tajo. En medio de mi incomodidad intento zafar mis manos, sacudiendo con fuerza la silla. La estremezco hasta donde mis disminuidas fuerzas me lo permiten, pero el débil intento resulta infructuoso. Estoy esposada, aprisionada por completo, tengo todas mis extremidades inmovilizadas, incluidos los pies y cuello.

Mi ceguera tiene una explicación simple y que es entendida tan pronto recupero el conocimiento: es causada por una venda con olor desagradable que pusieron en mis ojos y amarraron con un nudo estorboso en la parte trasera de mi cabeza. Esta situación me recuerda mucho a cuando juego a los cieguitos con mi hija Madison. A ella le encanta taparme los ojos porque desconfía de mí y cree que puedo hacer trampa. ¡Pero no! Esto es mucho más complejo que un simple juego. Mi hija nunca me amarraría de pies, manos y cuello, ni me llamaría jamás por mi apellido como lo hace la voz masculina que apenas alcanzo a escuchar, de una forma más clara cada vez.

—¿Señorita Walsh, alcanza a escucharme? Hable por favor. Dígame si se encuentra bien.

En medio del adormecimiento en el que estoy puedo sentir algo dentro de mí. Un cuerpo extraño en mi cabeza que golpea y empuja con desesperación, desde el interior de la órbita de mis ojos hacia mis pupilas. Lo hace como si quisiera desprenderme los ojos de la cara y escapar pronto de mí.

—¿Do… dónde estoy? —logro responder al fin, con un tono leve y confuso.

—Nos alegra mucho escucharla, señorita Walsh —responde la voz—. Llevamos horas esperando que despierte. Dígame por favor si se encuentra bien.

—¿Qué… qué es esto? —pregunto con voz entrecortada. Intento mover mi cabeza, pero me cuesta hacerlo—. ¿Por qué me tienen amarrada de esta forma?

Tengo un par de interrogantes más, tal vez miles de ellos, pero por el momento esos son los únicos cuya respuesta me interesa obtener.

—La tenemos sujeta por cuestiones de seguridad —contesta la voz. Es bastante limpia y educada en su forma de expresarse—. Es cuestión de protocolos, señorita Walsh. Protocolos que nos obligan a protegerla y a cuidarla para que no le suceda nada malo mientras se encuentre bajo nuestra supervisión.

—¿Y por qué me habla desde un altavoz?

Alcanzo a percatarme de que su voz se escucha con algunos efectos de sonido y retumba en todas partes, como cuando hablas a través de un micrófono. Estas voces me resultan familiares debido a que se escuchan con frecuencia en el hospital donde trabajo, cuando hay informaciones o algún requerimiento de parte de las directivas.

—Estamos un poco distantes y los parlantes son la única forma de comunicarnos en estos casos —responde—. Espero que no le incomode.

Por su respuesta tan fresca y despreocupada, puedo ver que ese hombre no conoce en lo más mínimo el significado de ‘incomodidad’.

—¿Me está hablando en serio? —lo confronto, mostrando inconformidad en el tono de mi voz—. Me tiene el maldito cuerpo amarrado por completo, ¿y usted me habla de incomodidad?

—Entiendo su molestia y discúlpenos por eso, pero su situación es algo que se sale de nuestras manos. Las circunstancias recientes nos obligan a actuar de esta forma.

—¿A qué se refiere con circunstancias recientes? —pregunto, llena de dudas. La confusión que me aprisiona genera estragos en mi cabeza. Estoy casi a punto de sumergirme en el inmenso laberinto de la demencia—. ¡Díganme qué es lo que ocurre! —grito fuerte, a viva voz—. ¿Qué sucede conmigo, maldita sea?

—¿Recuerda algo de su accidente, señorita Walsh? —interroga—. Por favor, cuéntenos ¿qué sucedió en los momentos previos a su accidente automovilístico hace dos semanas?

Suspiro repetidas veces y ceso por un instante en el empeño de emitir más reclamos, ya que algo de su pregunta me causa una ligera intriga.

—¿Dos semanas? —expreso con abismal asombro. No tenía idea de que había transcurrido tanto tiempo desde que fui internada—. ¿Usted dijo dos semanas?

Mi conciencia regresa al incomprensible espacio fantasmal; ese lugar en el que nos fundimos con la nada y en el que los recuerdos pueden andar plácidos mientras encuentran su propósito.

Una de las últimas escenas que tengo en mi cabeza después del accidente es una situación un tanto parecida a esta, pero aquella vez no estaba sentada, sino acostada sobre una cama de hospital con una bata quirúrgica cubriendo mi desnudez. Pude advertir también una considerable cantidad de cables con sensores en casi todas mis extremidades, y algunos de ellos tenían agujas que se incrustaban en mis manos y a través de las cuales me aplicaban multitud de sueros. No podía moverme demasiado y me encontraba inmóvil, con el cuerpo prácticamente dormido. Cuando abrí mis ojos en aquella ocasión, vi que una enfermera de piel trigueña y cabello recogido se acercó a la cama para tomar la lectura del monitor cardíaco. La miré y traté de decirle algunas palabras, o al menos, informarle mediante susurros que había despertado, pero mi voz no respondía; un nudo en mi garganta me impedía hablar y pronunciar sílabas en aquel instante. Ella me miró, aunque con indiferencia y sin prestarme demasiada atención. Al parecer no se dio cuenta de que yo procuraba hablarle o simplemente decidió ignorarme. Eso me hizo pensar por un instante que la mujer era una practicante, así como lo fui yo antes de convertirme en doctora, ya que, con frecuencia, son ellas a quienes envían para tareas como tomar lecturas diarias de los aparatos fusionados al cuerpo de los pacientes.

La mujer solo permaneció algunos segundos en el cuarto y, al salir y cerrar la puerta, sentí un fuerte estruendo en el exterior, seguido por decenas de gritos que se oían como si el mundo estuviera llegando a su fin. Ese ruido pudo ser producido por alguien que tuvo un accidente. O tal vez algún loco envuelto en dolor por el fallecimiento de su esposa, de su hijo o de algún familiar querido, quiso hacer notar su ira causando destrozos en el hospital; eso es algo que nosotros como galenos vivimos casi a diario. Segundos después de ese suceso, lleno de voces y gritos desesperados en las afueras del cuarto, mis fuerzas volvieron a sucumbir. Mi cuerpo se desvaneció de nuevo y me dormí como si me hubieran aplicado el más fuerte de los sedantes.

Esta es la segunda ocasión en la que despierto después de mi accidente, pero la primera vez que lo hago de esta forma: en un lugar maloliente, rodeado de circunstancias misteriosas y con esa voz rígida e impaciente que se dirige hacia mí con un tono cada vez más fuerte. Solo escucho sus palabras toscas, autoritarias y estorbosas que repiten como un loro la misma pregunta.

—¿Qué ocurrió cuando tuvo su accidente, señorita Walsh? —El sonido fuerte del altavoz retumba en mis tímpanos. Lo percibo como si gritara a centímetros de mi oído—. ¡Por favor, responda! Necesitamos con urgencia que lo haga.

—¡No recuerdo nada! —le grito también. Pretendo imponerme de la misma forma—. ¡Y si no me dicen dónde estoy y el motivo por el que me tienen amarrada de esta forma, juro que cuando salga de aquí voy a ir a demandarlos!

—No voy a contradecir su derecho de hacer lo que dice —contesta de forma irónica—. Estoy seguro de que la ley estará atenta a tramitar su demanda. Pero por ahora díganos... ¿qué es lo que recuerda de su accidente?

—¡No voy a decir nada! —los reto, mientras aprieto mis dientes e imprimo fuerza en el tono de mis palabras. Quería verme fuerte ante ellos, aunque en mi interior estaba horrorizada. Estoy segura de que, si el lugar estuviera vacío y me encontrara sola, gritaría y gritaría durante un día completo—. ¡Hasta que no me desaten y me suelten de esta maldita silla no voy a decir nada! —les repetí.

—Solo voy a decirle que usted se encuentra en una guarnición del Estado y que nosotros somos miembros de una entidad gubernamental. Trabajamos para el Gobierno y por lo tanto requerimos de su cooperación. Su testimonio es muy importante para el bienestar de todos.

—¿Y qué tengo que ver yo con el bienestar de todos? —les respondo mientras siento que algunas lágrimas se escapan sin permiso de mis párpados.

Por ahora me conforta un poco el saber que mis ojos están vendados. De esta forma, esa pequeña muestra de debilidad se puede ocultar con más facilidad a la vista de mis verdugos. No quiero verme impotente ni derrotada. No quiero que me vean llorar a causa del terror. Solo quiero que respondan mis preguntas, que me digan qué ocurre conmigo y por qué me tienen atada de esta forma.

—¿Recuerda a su pequeña hija, señorita Walsh? —pregunta el hombre—. ¿Recuerda a su niña de seis años? —Al escuchar su interrogante, el terror se apodera de mi cuerpo y termina por secuestrar la poca cordura que me queda.

—¿Mi hija…? ¡¿Dónde está mi hija?! —Grito desesperada, sin importarme que vean mis lágrimas. La silla se estremece un poco a causa de la fuerza que imprimo tratando de zafarme—. ¿Dónde está mi pequeña? ¿Qué hicieron con mi hija?

Mi corazón nunca había palpitado de esta forma. El solo hecho de pensar que algo le pudiera ocurrir al ser que más amo en el mundo me destruye por completo.

—Descuide, su hija Madison se encuentra en perfectas condiciones. Le ruego que conserve la calma, por favor. Le aseguro que la niña está protegida y al cuidado de personas que comprenden sus necesidades.

En esta ocasión las palabras del hombre me otorgan un ligero descanso, aunque el miedo sigue impreso en mi consciencia.

—¿En qué lugar la tienen? —pregunto con voz entrecortada, mermando un poco mi tono agresivo.

—En un buen lugar, mucho mejor que este sin duda.

—¿Qué es lo que ustedes quieren? —les pregunto de forma amable. Todo asomo de resistencia que había en mí sucumbió cuando pronunciaron el nombre de mi hija—. Díganme en qué quieren que los ayude, pero por favor no le hagan daño a mi pequeña.

—No tenemos intensiones de hacerle daño a usted ni a su pequeña. Solo queremos que nos conteste lo que le preguntamos hace unos instantes, señorita Walsh. Eso es todo.

—Usted desea que le cuente lo que ocurrió antes de mi accidente, ¿no es así?

—Sería un buen comienzo por ahora.

—¿Y me dejará libre después de hacerlo?

—La liberaremos cuando aclaremos todas nuestras dudas, señorita Walsh, y lo de su accidente es solo una de ellas. Así que la decisión es suya. Nos ayuda con su testimonio y salimos de esto pronto, o usted se queda aprisionada en esa silla, disfrutando de las cadenas que le hemos puesto. Por mi parte y sin el afán de sonar presuntuoso, le puedo asegurar que estoy muy cómodo en el lugar donde ahora me encuentro.

El idiota tiene razón. Podría quedarse varios días allí, en su silla de inquisidor, pero yo no estoy segura de resistir un minuto más en mi posición. Las opciones se reducen y parece que no tengo más alternativa que ayudarlo con lo que quiere. Es el momento de sacar mis dotes de negociante. No tengo mucha experiencia en ello, pero tendré que aprender sobre la marcha si quiero revertir todo esto. Yo soy quien lleva todas las de perder y eso no es un secreto para nadie.

Lo primero que tengo que hacer es cambiar mis gestos, dejar de ser tan igualada y retadora. Mi forma de hablar debe ser suave como la lana, y desde ahora tengo que utilizar un tono apacible como lo haría cualquier monja de claustro; una de esas ancianas que orinan agua bendita. Si quiero salir de esto y recuperar mi libertad debo mostrar una cara amable, una que no suelo tener. Tengo que hacer todo lo posible por salir de aquí. Tengo que intentarlo, por mi hija.

—Sí, señor —contesto de forma suave, con la bondad encarnada en mi rostro—. Entiendo lo que pide y créame que yo quiero ayudarlos, pero es que recuerdo muy poco de lo que usted me pregunta. Lo del accidente sucedió muy rápido.

—Ignore los detalles que pueden resultar insignificantes. Solo díganos todo lo que recuerde haber visto en los momentos previos a la colisión de su auto.

—Está bien, se lo diré —le contesto con un tono más conciliador que el que tendrían los mismos ángeles. Suspiro dos veces, inhalo todo el aire que puedo y comienzo mi relato. Un relato contado por la peor de las narradoras—. Yo estaba manejando mi coche hacia mi casa, y un hombre que tenía su cara cubierta con una capucha se paró en mi trayecto de repente y abrió sus manos como formando una cruz. Yo traía mucha velocidad y traté de esquivarlo desviando el auto, pero perdí el control y quedé en el lado contrario de la vía. Cuando eso pasó, el estúpido ese salió corriendo hacia mí y yo lo miré mientras se acercaba. Me dio miedo y tomé el volante para salir de donde estaba, pero cuando quise hacerlo, un camión gigante salió de la nada y chocó contra mi coche por la parte donde yo conducía. Eso es todo lo que recuerdo hasta hoy —la incomodidad que sentía era insoportable—. Por favor, señor... —le exijo con intensa vehemencia—. Al menos desáteme y quíteme este trapo de mis ojos. Siento que me estoy muriendo.

—No se preocupe, señorita Walsh, no creo que se vaya a morir ahora, ni mucho menos por una simple venda en los ojos —responde de forma despreocupada—. Le sugerimos que se calme y nos ayude a esclarecer todo esto para que finalicemos pronto. Le prometo que si cumple nuestras peticiones estará muy pronto en su hogar, al lado de su pequeña hija.

—¿Qué más quieren de mí? —Mi respiración se resquebraja y mi aliento flaquea. Estoy a punto de ahogarme—. Ya les dije todo. Les narré todo lo que querían saber.

Había vivido muchas situaciones al límite dentro del hospital, pero nada que se pareciera a esto. ¿Qué hice que fuera tan malo como para que me tuvieran de esta forma? ¿A cuántos asesiné sin darme cuenta? No lo sé. Solo sé que me tienen atada como si yo fuera la más vil y peligrosa de las terroristas, o como una psicópata con ganas de asesinar a quien le pongan en frente.

—Díganos, ¿conoce usted al hombre del que habla en su relato? El sujeto extraño que usted mencionó como el responsable, el que la obligó a salirse de su vía.

—No sé quién diablos pueda ser ese imbécil —respondo desesperada—. Ya le dije todo lo que recuerdo. Les juro que les dije todo y no sé nada más. Por favor, suéltenme. Desátenme y no me torturen más. Ya no tienen más razones para tenerme aquí.

—Créame, señorita Walsh. Créame cuando le digo que tenemos varias razones para tenerla aquí —deja de hablarme y les susurra a otras personas, con murmullos ininteligibles. Se dirige a mí de nuevo—. Voy a confiar por el momento en lo que me ha dicho, así que le ruego que se tranquilice para que continuemos. Todavía faltan varias cosas por aclarar.

—¡Eso no fue lo que usted me dijo! —le reclamo—. Usted dijo que me liberaría cuando le contara sobre mi accidente, ¡así que le exijo que cumpla su palabra!

—Le dije que lo de su accidente era solo una de las cosas que debemos averiguar —replica—. No recuerdo haberle dicho que la liberaría después de eso.

En eso sí tenía la completa razón, y todavía tengo presente el instante en el que dijo esas palabras. Aunque siempre voy a considerar cualquier opción, por muy pequeña que sea, como una puerta de escape para salir de esta situación.

—¿Pero va a decirme al menos quien es usted o ni siquiera tengo ese derecho?

—Desde luego, señorita Walsh. No tengo inconveniente con ello —guarda unos cinco segundos de silencio y luego se acerca un poco más al micrófono. Eso lo percibo porque su voz se escucha más clara y potente en los parlantes—. Mi nombre es Danner Alexander Hewicks, y mi equipo y yo hacemos parte del directorio de operaciones de la CIA. En otras palabras, somos los encargados de todo lo que concierne a esta investigación.

—¿La CIA…? Eso quiere decir que estoy encerrada en una prisión —afirmo, tratando de dar una imprecisa aseveración—. ¡Pero eso es ilegal! Ustedes no pueden tenerme amarrada de esta forma. ¡Están violando mis derechos!

—Su afirmación está un tanto equivocada. Usted no está encerrada donde piensa.

—¿Entonces dónde estoy? ¿En qué lugar me tienen?

—¿En serio desea saber dónde está?

—No debería siquiera preguntarlo. Por supuesto que sí.

—De acuerdo, señorita Walsh. No quería decírselo, pero ante su insistencia no me queda otra opción —estoy convencida de que su respuesta no va a agradarme, y por un instante, mientras escucho a través del micrófono que él toma fuerza y emite un respiro, siento el deseo de decirle que no me conteste, que ya no es necesario que lo diga. Pero mi intención es acallada cuando desde los parlantes se escucha su respuesta. Una simple respuesta que, por sí misma, es más aterradora que todo lo que he creído vivir hasta ahora—. Usted no está en una prisión ni tampoco en alguna de nuestras oficinas, señorita Walsh —me informa—. Usted se encuentra encadenada en el interior de una sala de ejecuciones.

Suele suceder, en ocasiones, que las tinieblas

aprisionan más que las cadenas.

¿Qué le pasó a mí perro?

La mujer caminaba despacio, vestida con un traje color naranja que le quedaba un poco grande, esposada por completo y con la cabeza gacha, denotando desconcierto en cada uno de sus gestos. Sabía que había cometido un grave delito, uno tan nefasto que de seguro entraría sin problema al ranking de los más horripilantes: fue declarada culpable de asesinar a su esposo y a sus dos hijos dentro de su casa, en una negra y tormentosa noche que distaba mucho de considerarse una noche cualquiera.

Al día siguiente, cuando la policía fue alertada de los posibles hechos, ella fue hallada dormida a un lado de los cuerpos, con un cuchillo lleno de sangre entre sus manos. La mujer aseguró siempre no recordar nada de lo acontecido y esa fue la versión que sostuvo cada vez que era interrogada en los juicios que empezaron en su contra. Más tarde, se conoció que su relato era cierto y que esa noche había perdido todos sus cabales a causa de las altas dosis de droga que consumió, lo que en apariencia disminuía en un pequeño grado su responsabilidad. Pero, lo que en su momento se consideró como el arma más efectiva de la defensa a favor de su prohijada, resultó irrelevante para la justicia norteamericana a la hora de dictar su fallo. Esa tarea le correspondió a una juez, una de esas mujeres que suelen ser más implacables que los mismos hombres. Ella fue la encargada de impartir justicia en este caso y, con una voz gruesa y rígida que por momentos me hizo dudar de su verdadero sexo, profirió una sentencia condenatoria que implicaba su ejecución en la silla eléctrica.

La condenada, de treinta y cinco años, se llamaba Lisa Crason, y todos pudimos ver por televisión, unos con una sonrisa y otros con un enorme pesar, los instantes previos a su ejecución. En ella se podía distinguir a leguas ese rostro triste, derrotado y compungido que suele notársele a quienes están arrepentidos de sus actos.

Yo le dedicaba una mirada gélida detrás de la pantalla, con uno de mis dedos presionando mi cachete derecho y sin decir nada, pero con sentimientos encontrados que no sabían si condenarla o declararla inocente. En ese instante solo me limité a mirarla, a preguntarme por qué había hecho tal cosa y, mientras lo hacía, observaba a mi hija que jugaba con el perro de una forma muy particular, como si él le obedeciera todo lo que ella le ordenara.

¿Qué fue tan fuerte que limitó el raciocinio de esa mujer para que atentara contra la vida de sus hijos? Lo de su esposo es muy común y sin necesidad de irme hasta las estadísticas, puedo afirmar que ha habido múltiples casos similares. Si yo hablara basada en mi propia experiencia, creo que sería capaz de matar con mis propias manos al padre de mi hija si lo tuviera enfrente, y no creo que dudara un solo instante en hacerlo, ¡el idiota es un malnacido desgraciado! ¿Pero los hijos...? Atentar contra la vida de un niño es algo que no logro concebir; precisamente uno de los hombres que yo más odio en mi vida, aparte del padre de mi hija, es un sujeto que asesinó a treinta niños dentro de un autobús escolar.

Ella avanzaba sin mucha prisa hacia la sala de ejecuciones y, mientras lo hacía, lloraba con su cabeza siempre apuntando al suelo. Estoy segura de que en medio de su silencio y de sus últimos minutos de suplicio le oraba a Dios por su perdón y para que, al morir, la recibiera junto a él. Para la ley del hombre ya todo estaba escrito y no había nada que pudiera hacerse para cambiar su destino, pero ella parecía creer que Dios funciona de otra manera, que su constitución política es muy diferente a la nuestra y que, si se lo pedía de la forma correcta, él tal vez estaría dispuesto a perdonarla y recibirla en su seno.

La trasmisión fue cortada un poco antes de que la mujer ingresara al lugar de ejecución. Después de ver su última imagen y apagar mí televisión, quité mi dedo del cachete y me pregunté: ¿qué sentirá alguien que es llevado con cadenas hacia el interior de una sala de ejecuciones? En ese momento de mi vida no lo sabía, pero ahora estoy a punto de sentirlo en carne propia.

Usted se encuentra en el interior de una sala de ejecuciones. Fue la respuesta de ese hombre hace algunos instantes. Son palabras que parecen muy simples y sencillas, pero que, en realidad, encierran una verdad aterradora que podría matar a cualquiera de un paro cardíaco. Desde que las dijo no hago más que pensar y temblar, temblar más que pensar, y el eco de ellas taladra en mi cabeza como un martillo percutor.

—¿Sala de ejecuciones? —pregunto horrorizada—. ¿Cómo es eso de que estoy en una sala de ejecuciones?

El solo hecho de saber que estás en un lugar así, te mata sin necesidad de recurrir a la electricidad, inyecciones, ni cámaras de tortura. Trato de mover mi cuello para desentumecer un poco mi cabeza, pero me resulta imposible; el grillete que lo rodea me impide hacerlo.

Sé que estoy sentada en una silla de madera y con cosas metálicas que inmovilizan mis pies, manos y cuello. Así que, si combino eso con las últimas palabras que dijo ese hombre sobre el lugar donde me encuentro no tendría por qué tener dudas. ¡Estoy sentada en una silla eléctrica! ¿Acaso voy a ser ejecutada? Pero ¿por qué? Yo jamás he cometido un delito, o eso creo, ni mucho menos he pisado una cárcel.

El desasosiego que siento es abrumador, y es en estos segundos cuando las preguntas me impactan como ráfagas de tiro. ¿Qué pasará con mi hija si muero? Ese y miles de interrogantes aún más perturbadores se combinan con la oscuridad en la que estoy sumida.

Desfallezco y siento que mi cuerpo pierde fuerza. No puedo hablar, no puedo pelear ni mucho menos aguantar más torturas. ¡Estoy muriendo en vida!

—Desde aquí donde me encuentro noto que se siente un poco preocupada —dice ese hombre. En el color de su voz se alcanza a notar una risa medio burlona, maquiavélica—. No se preocupe, señorita Walsh. Usted se encuentra en una sala de ejecuciones, pero descuide, no es a usted a quien se ejecutará. Ni tampoco está sentada en una silla eléctrica como tal vez puedo suponer que piensa. Se le parece, pero no lo es.

Sus palabras, aunque dichas de una forma incómoda, no pudieron ser más oportunas; al instante me devolvieron las fuerzas que había perdido. Si se hubiera demorado un minuto más en aclarármelo creo que habría muerto de algún ataque fulminante.

—Si no piensan ejecutarme... ¿entonces por qué me tienen en este lugar?

—Es apenas lógico que por su accidente no esté enterada de algunas cosas que han sucedido en el transcurso de estas dos semanas. Es por eso que usted está aquí, porque necesitamos aclarar algunas dudas que han surgido. Si nos ayuda y desiste de su mala idea de hacerse la ruda con nosotros, dentro de poco comprenderá lo que le está sucediendo.

Su propuesta parece, en cierta forma, decente. Sin embargo, en mi condición actual, cualquier propuesta, por absurda que sea, puede llegar a serlo.

—Disculpe, ¿cómo me dijo que era su nombre? —le pregunto—. Es que se me olvidó por completo después de que dijo sala de ejecuciones.

—Mi nombre es Danner Alexander Hewicks, y el suyo es Evie Elisa Walsh —responde, seguido de un relato sobre mi vida que nunca pedí—. Tiene veinticinco años de edad y es originaria de Inglaterra. Sus padres murieron en los atentados de Londres en el año 2005 y después de eso fue enviada a los Estados Unidos, a la edad de doce años. En la actualidad trabaja en el Hospital Presbiteriano de Nueva York, donde estuvo como practicante durante dos años hasta que comenzó a ejercer su carrera como una de las doctoras del hospital hace solo diez meses. Tiene una hija de seis años llamada Madison Walsh y es madre soltera. Tampoco tiene novio según la base de datos que tengo de usted y sus allegados, entre los cuales se incluyen varios de sus compañeros; afirman que es una persona solitaria y complicada, eso por no decirle de forma directa que la consideran una mala persona. Ahora le pregunto: ¿desea que le dé más información sobre su vida…? ¿O es suficiente con lo que acabo de decirle?

Habría preferido no haber hecho esa pregunta, ya que no me agradan mucho las retahílas informáticas donde me hacen ver como una reverenda idiota. Mientras lo escucho pienso que en cualquier momento me advertirá sobre la forma en que moriré, eso es quizá lo único que le faltó incluir en su incómodo informe. Me horroriza bastante el hecho de que un desconocido sepa tanto sobre mi vida, aunque no es de extrañarse debido al rango que ostenta el hombre que habla desde el altavoz: Agente del Directorio de Operaciones de la CIA. ¿Qué lo habrá traído a este lugar? ¿Por qué razón me está interrogando a mí? A una inexperta y simple doctora de un hospital de Nueva York.

Tampoco es gratificante conocer la opinión que mis compañeros del hospital tienen sobre mí. ¡No soy una mala persona! Soy fría, mi alma es como la de un pingüino, pero no soy mala. Soy un pingüino malhumorado. Lo que sucede es que la mayoría no comprende la extensa diferencia que hay entre un malhumorado pingüino y una hiena.

—No es necesario que siga con su informe, señor Hewis —le contesto a regañadientes, con desgano y sintiéndome en cierta forma ridiculizada—. Y discúlpeme si no lo llamo de la forma correcta, lo que sucede es que su apellido me resulta difícil de pronunciar.

—No se preocupe por eso, puede llamarme como desee, señorita Walsh —responde.

Sé muy bien que sus palabras no son más que formalismos baratos, ya que a la mayoría no nos gusta que nos llamen de ciertas formas.

—Maldito gusano —expreso con un leve murmullo, imperceptible para él, o al menos eso espero.

Ya no digo nada más y un silencio molesto y prolongado se hace presente en el lugar. Transcurren varios segundos hasta que ese hombre abre de nuevo su boca para impartir una orden extraña.

—¡Traigan el sujeto de prueba! —escucho que dice. Sé que esa orden no fue dirigida hacia mí, sino a los demás subalternos que hay en la sala—. Vamos a comenzar con el primer intento.

—Disculpe... —intervengo, medio

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