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El mapa “rojo” del pecado: Miedo y vida nocturna en la ciudad de México 1940-1950
El mapa “rojo” del pecado: Miedo y vida nocturna en la ciudad de México 1940-1950
El mapa “rojo” del pecado: Miedo y vida nocturna en la ciudad de México 1940-1950
Libro electrónico507 páginas5 horas

El mapa “rojo” del pecado: Miedo y vida nocturna en la ciudad de México 1940-1950

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Información de este libro electrónico

Análisis del miedo a la ciudad construido por la prensa durante las décadas de 1940 y 1950 y tiene como núcleo la temática de la vida nocturna urbana
IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento22 ago 2019
El mapa “rojo” del pecado: Miedo y vida nocturna en la ciudad de México 1940-1950
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Autor

errjson

Lingüista, especialista en semántica, lingüística románica y lingüística general. Dirige el proyecto de elaboración del Diccionario del español de México en El Colegio de México desde 1973. Es autor de libros como Teoría del diccionario monolingüe, Ensayos de teoría semántica. Lengua natural y lenguajes científicos, Lengua histórica y normatividad e Historia mínima de la lengua española, así como de más de un centenar de artículos publicados en revistas especializadas. Entre sus reconocimientos destacan el Premio Nacional de Ciencias y Artes (2013) y el Bologna Ragazzi Award (2013). Es miembro de El Colegio Nacional desde el 5 de marzo de 2007.

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    El mapa “rojo” del pecado - errjson

    2011.

    PRIMERA PARTE

    ESPECTÁCULO Y VIDA NOCTURNA

    EL ESPECTÁCULO SICALÍPTICO EN LA CIUDAD DE MÉXICO Y EL DEBER SER URBANO

    A través de las historias del espectáculo denominado sicalíptico −indecente, impúdico, pornográfico− por la prensa de las décadas de 1940 y 1950, identificamos las representaciones de la vida nocturna. Profundizando en estos relatos podemos apreciar cómo la vida nocturna se ubicó en los mismos barrios y colonias que, desde los años veinte, se distinguieron por favorecer la apertura de salones de baile, teatros y cabarets. El mapa del pecado comienza aquí a dibujarse.

    Hacia los años cuarenta, el primer cuadro del centro de la metrópoli y la colonia Guerrero mantuvieron la supremacía como territorios de la vida nocturna. En la década siguiente, con la inversión de capitales en estos terrenos, principalmente de empresarios dueños de medios de comunicación (gente como Emilio Azcárraga Vidaurreta, por poner sólo un ejemplo), se abrieron salones para sectores adinerados, como El Patio, en Atenas 109, y otro en Insurgentes 890, llamado La Fuente, inaugurado en 1950, en las colonias Cuahutémoc y Del Valle respectivamente. Los dos tuvieron una propuesta mucho más glamorosa en contraste con los populares. En dicho momento, el embellecimiento de los antros fue sólo la continuación de una fuerte campaña de higiene moral encabezada por el gobierno de la ciudad de México. Durante la presidencia de Miguel Alemán Valdés (1946-1952), se tomó como pretexto la ampliación de vialidades y modernización urbana, y se decretó la desaparición de la mayoría de los cabarets y salones que estuvieron relacionados con los sectores populares.¹ Las medidas oficiales que se tomaron para acabar con dichos establecimientos tuvieron mucho que ver con los reglamentos en torno a la prostitución.²

    Este proceso tomó tiempo e involucró a los funcionarios: Javier Rojo Gómez, regente de la ciudad de 1940 a 1946; Fernando Casas Alemán, primo del presidente Miguel Alemán Valdés y regente de 1946 a 1952; y Ernesto Peralta Uruchurtu, quien gobernó la ciudad de México de 1952 a 1966. El Tívoli fue el último de estos viejos antros, cerrado en el año de 1963: el 10 de noviembre dio su última función.³ Fue tal el impacto y la eficacia de la política higienista, que para fines de los años cincuenta la mayoría de los viejos cabarets y salones de baile sólo vivían del recuerdo. Sobreviven hasta hoy el Salón Los Ángeles, el California Dancing Club y el Salón Colonia. El cartón de Abel Quezada Especialidades, publicado en Cine Mundial el 20 de junio de 1953, ilustra lo mencionado hasta aquí.⁴ La fina ironía del autor dibujaba por sí misma el conflicto experimentado entre la moralidad (la Liga de la Decencia) y la política aplicada al control de los espacios urbanos, que convirtieron a la ciudad en un territorio pueril (Imagen 1).

    Imagen. 1. Abel Quezada, Especialidades, Cine Mundial, 20 de junio de 1953, en Alfonso Morales y Miguel Cervantes (eds.), Abel Quezada, el mejor de los mundos imposibles, México, Museo de Arte Contemporáneo Internacional Rufino Tamayo/Conaculta, INBA, 1999, p. 255.

    Si vamos más despacio podemos ver cómo muchos escritores que han hablado acerca de la ciudad de México y su crecimiento coinciden en que si algo la describe es su complejidad. El centralismo, que se fomentó desde el Porfiriato, no participó del cambio de paradigma que implicó el proceso revolucionario en muchos otros planteamientos políticos y económicos del país. A este centralismo metropolitano, tras el establecimiento de la nueva élite posrevolucionaria en la ciudad, se le asoció con la modernización. Fue durante el sexenio del general Lázaro Cárdenas cuando en la capital mexicana se inició una nueva etapa de ordenamiento geográfico −desde la época prehispánica se dieron estos fenómenos− de acuerdo con la composición de las clases sociales, generando un regionalismo urbano.

    Un proceso que inició en el Porfiriato tardío y se consolidó durante el cardenismo fue que los políticos y empresarios prefirieron salir de los perímetros tradicionales y mudarse a las colonias Roma, Condesa y Juárez; así como se identificó a las tradicionales colonias Peralvillo y La Merced, junto con la Balbuena y Obrera, por su vocación proletaria.⁶ Afirma Ricardo Pérez Montfort que esto trajo consigo la extensión del pavimento. Una fotografía aérea de 1935, expuesta por este autor, muestra los primeros trazos gris asfalto deambulando por las llanuras y lomitas de Mixcoac hacia Coyoacán y San Ángel.⁷ Los contrastes entre los servicios públicos suministrados a unos y otros sectores no tardaron en hacerse evidentes.

    De hecho, desde 1935 y hasta finales de 1959, la fiebre de la construcción y las políticas para resolver el desabasto de servicios, como alcantarillado y luz, no cesaron. Estos hechos estuvieron acompañados de un programa para mejorar la calidad de vida de la capital, lo que puede rastrearse en la prensa y tiene que ver con los planteamientos de desarrollismo del periodo.

    En este sentido, El Curioso Impertinente, periodista de Revista de Revistas, señaló en febrero de 1940:

    […] gracias sean dadas al ciudadano Jefe del Departamento del Distrito Federal (de 1939 a 1940), Licenciado Raúl Castellanos, por el afán ahora demostrado de hacer más bella, por medio de la limpieza, nuestra metrópoli; y es del caso agregar que no sólo eso se lograría, sino –y esto es lo principal– se conseguiría hacer más saludable la ciudad que es cabeza de la Nación.

    Acentuamos la importancia simbólica de la capital del país. Un mes después, la columnista María Teresa Barragán arengaba a apoyar la campaña de higiene:

    [...] dicen que México es un pueblo sucio […] y aún descontando mucho a tal decir por si no es del todo imparcial […] vosotras, mujeres mexicanas, por coquetería femenina y por respeto a la Patria de vuestros hijos debéis colaborar entusiastamente con el Departamento del Distrito Federal en la cruzada de limpieza emprendida. Y entonces sí, las calles de Aztlán serán la mejor expresión del alma emotiva e intensa de nuestro pueblo.¹⁰

    El zócalo de la ciudad, por otro lado, fue el punto de llegada de numerosas manifestaciones obreras y campesinas, que iniciaron esa tradición con Francisco I. Madero y Victoriano Huerta; tradición que continuó vigente en el cardenismo y durante el sexenio de Ávila Camacho.¹¹ Temática interesante a la que no haremos mayor referencia, excepto para comentar que aquí empezó la caracterización del obrero en la urbe, con las señas que lo convirtieron en tipo indispensable de los melodramas urbanos. Además de que su presencia en salones de baile y cabarets fue fundamental.

    Otros asuntos de índole ideológica que nos proporcionan elementos de contraste con respecto a los postulados de los años en los que se ubica este libro, fueron consolidados durante el cardenismo y continuados por el avilacamachismo: los estereotipos nacionales y la temática de lo mexicano. Los personajes de la ciudad irían apareciendo poco a poco hasta que, a fines de los años cincuenta, se tuvo un collage de tipos populares amplio y heterogéneo.¹²

    Este aspecto nos interesa, ya que algunos de los estereotipos relacionados con la vida nocturna coinciden con el cuadro estereotípico del nacionalismo cultural urbano estudiado por Ricardo Pérez Montfort de manera minuciosa, lo cual fue una síntesis de lo que, se suponía, eran los rasgos distintivos de lo mexicano, abstraídos de las regiones de la República mexicana. Para la década de 1940, la preeminencia de lo urbano resultó decisiva para plantear la modernización de México en términos ideológicos y plasmarla en imágenes. Esto hizo que la discusión acerca del deber ser urbano y sus contenidos morales estuviera presente en todos los medios de comunicación, siendo material cotidiano para la opinión pública.

    Por otro lado, José Emilio Pacheco en la nota preliminar a La vida en México en el periodo presidencial de Manuel Ávila Camacho, de Salvador Novo, libro editado por primera vez en 1965, sintetiza la atmósfera de la illusion comique de la modernidad, como él la denomina:

    Por vez primera con Ávila Camacho, México es una ciudad internacional −o, como se decía en los cuarentas, cosmopolita. El desastre europeo colabora a la transformación de la capital. Son los cafés de los republicanos españoles […] la cultura académica francesa in vivo; es Su Majestad el rey Carol y Madame Lupescu, en la ciudad que dos veces fue imperial y en ambas el júbilo de la aristocracia se trocó en amargura al ver a sus ídolos frente al paredón; es el México nuevamente mestizo –judío, árabe, libanés– que el cine nacional idealiza en nuevos estereotipos; es la entrada triunfal del pachuco, de Tin Tán que encarna nuestro voluntario o pasivo descastamiento. Es ya el primer triunfo del American Way of Life, Ladies Bar, cocktail parties, cabarets, secciones de sociales, drive inn, colgate, palmolive, cocacola, pepsicola, sevenup; el lunch que al implantarse las horas corridas modifica y destierra las viejas, ya anacrónicas tradiciones. Triunfan los sándwiches y el lunch comercial; los industriales, banqueros, nuevas columnas de la sociedad, almuerzan y beben jaiboles en sus clubes. Los que con la guerra, con la naciente industrialización han logrado escapar de las rentas congeladas colonizan la antigua hacienda de Narvarte y le imponen el sello de su buen gusto; los más abusados cinco años después reinarán en el Pedregal alemanista. Reforma, la Colonia Juárez, la Roma comienzan a transformarse […] Es la naciente liberación de la mujer en una sociedad como la nuestra, hecha para aplastarla […] Son los primeros rascacielos, el triunfo de Sanborn’s, el pókar, la sensación de que, al terminar la guerra mundial, la ciudad (no el país, no la República) ya es aerodinámica y ultramoderna –términos gratos al Reader’s Digest de la posguerra.¹³

    Esta larga bitácora nos recuerda que la emergencia de la vida nocturna estuvo inscrita en las atmósferas sociales generadas por la guerra y la posguerra, con los beneficios económicos y culturales que de manera coyuntural, experimentaron algunas naciones latinoamericanas al adoptar paulatinamente patrones de consumo gestados en Estados Unidos.¹⁴ En este sentido, añadiríamos que la nota roja introdujo también elementos de la modernidad indeseables para los moralistas.

    Por su parte, y como adelantamos en la introducción, Emma Yanes dice que, para los cuarenta el Distrito Federal será eje de la vida económica y política del país, reflejo de un nuevo proyecto nacional basado en la industrialización.¹⁵ Una lista de temas deja ver esta afirmación: aumento en el índice de natalidad, crecimiento del turismo, negocio con el valor del suelo, concentración de oficinas de gobierno e industrias en la capital, fiebre de construcción, primeros grandes hoteles, ríos entubados, drenaje profundo, medios de comunicación masificados (radio y televisión), nuevas colonias (la Petrolera, Azcapotzalco, Nueva Industrial, del Periodista, Prohogar), escuelas, estadios, la inauguración de la Ciudad Universitaria en 1954, conjuntos habitacionales para burócratas.¹⁶ Todo esto aprestó un contraste cada vez más marcado entre los sectores sociales. Así como la urbanización, la pobreza se fue acomodando en la periferia de una ciudad programada para dar la imagen de gran metrópoli progresista.

    El box, el baile y los toros fueron las atracciones populares en los años veinte. Ya en los años cuarenta el ocio, nos dice también Yanes, le da al DF la categoría de metrópoli y se concentra en salones de baile y arenas con espacios propios. Continuaron vigentes las aficiones a los toros y al box; y los teatros y los cines, siguieron albergando una cantidad importante de público. Se gestó también el origen del futbol como deporte nacional. La delimitación por sectores de estas diversiones marcó los contrastes sociales. Emma Yanes hace notar cómo para todo había jerarquías, excepto para la lucha libre, deporte democrático por excelencia.¹⁷

    La vida nocturna, dentro de todo este panorama, mantuvo su vigor en el perímetro que dos décadas atrás había quedado delimitado por antiguos y nuevos salones de baile y cabarets: el Centro, colindante con las colonias que marcaron sus fronteras −salvo al poniente, donde se abría a las colonias habitadas por la clase media alta−, como la Doctores y la Obrera, al sur; Nonoalco y Buenavista, al norte, junto con la Guerrero y la Morelos, al oriente. Esta última, por ejemplo, colinda al sur con la Avenida Hidalgo; al norte, con Nonoalco (hoy Ricardo Flores Magón); al oriente con el hoy Eje Central Lázaro Cárdenas y Paseo de la Reforma; y al poniente con las calles del Eje 1 Poniente Guerrero. El Mapa del Pecado ilustra a grandes rasgos la definición de este circuito (Imagen 2).¹⁸ Sergio González Rodríguez ilustró la temática de la territorialidad y los bajos fondos:

    La geografía que evoca el compuesto verbal bajos fondos se limita por uso común al mundo delincuencial, el hampa o crimen organizado en sociedades que distinguen entre un mundo normal, respetable y su contraparte: el submundo que posee una jerga o argot, territorios y guaridas donde transgresores de la ley planean y tejen complicidades, organizan ventas ilícitas o establecen sobornos y protecciones contra la acción de la justicia. En México el mundo del hampa está asociado a la épica vicaria de la nota roja, en la que el criminal asciende a héroe romántico, y a la fama tradicional de algunos barrios capitalinos desde los que se moverían supuestos hilos invisibles: Santa julia, Candelaria de los Patos, Peralvillo, Tepito, o el Barrio Chino de Dolores, la colonia Buenos Aires, la Guerrero, Romita.¹⁹

    Imagen 2. El mapa del pecado.

    Primera versión por Gerardo Díaz y diseño final de Angie Santa María Daffunchio.

    Al contrario de lo que opina Sergio González, yo considero que en esa época el criminal era visto como una amenaza, como un bárbaro interior, difícilmente como héroe. En los inicios de la pacificación revolucionaria los espacios de entretenimiento podían aparecer de un día para otro y así también se mudaban de zona; el mejor ejemplo es el de las carpas, aunque sucedió lo mismo con los cabarets.²⁰ Con respecto de la ciudad posrevolucionaria, Alberto Dallal señala que:

    […] aún durante los años más tenaces y peligrosos de la lucha armada, la Ciudad de México simboliza y concentra en su seno, en su apariencia, en su significado, los resultados de la Revolución. A la silla presidencial, el Zócalo, la Catedral, los lugares históricos y pintorescos, la Alameda, debe agregar los antros, los teatros, los salones de baile. Porque durante etapas enteras, la Revolución constituye la ganancia de lo de afuera. Grupos del norte, del sur, del este y del oeste se erigen en vencedores. Y suelen probar su victoria definitiva apoderándose de la capital, lugar de irradiaciones. Ese peregrinar, ese tránsito, ese desplazamiento […] hacia la ciudad de México señala claramente una línea de acción que se repetirá, ahora con visos de definitividad, a partir de 1920: utilizar a la ciudad de México, consumirla y consumir sus ofrecimientos, hacerse de sus gustos y diversiones, participar de sus celebraciones, entrecruzar las aspiraciones propias de los mil y un anhelos que desembocan en sus calles, sus jardines, sus instalaciones, sus monumentos, sus ajetreos y luces.²¹

    La ciudad cardenista fue la que concedió legitimidad a los centros nocturnos, que operaban con una estructura administrativa particular y eran vigilados por las autoridades en materia de espectáculos y entretenimiento.²² Ricardo Pérez Montfort registra que, hacia los años 1937 y 1938, los dueños de las estaciones de radio, que para entonces era una herramienta cotidiana de comunicación, preferían hacer las transmisiones desde cabarets como el Foreign Club, el Teocalli Súper Club y El Patio. Con todo y esto, en esos años la supremacía del entretenimiento la mantuvieron escenarios teatrales o teatralizados como el Politeama, Arbeu, Lírico o Follies Bergère, y los cabarets Grillón y Waikikí, con la representación de revistas teatrales con temas políticos de calidad artística superior. El mismo autor aclara:

    […] sin embargo, la vida nocturna y permisiva en la ciudad no parecía dejar los aires rancheros aun cuando el afán cosmopolita llevaba tiempo tratando de adueñarse de sus bajos fondos. Varias fueron las campañas (y reglamentos) que se lanzaron contra el vicio, la prostitución y la pornografía a lo largo del sexenio cardenista.²³

    De esto hablaremos más adelante. Habría que adelantar que a través de la ley, se buscó reducir la violencia callejera y la corrupción policiaca, además de ofrecer a las prostitutas el cuidado de su salud de manera gratuita en lugares como el Hospital Morelos; allí se les hacía una revisión integral, en especial para detectar enfermedades venéreas y poder expedirles un carnet de buena salud. El Hospital Morelos aplicaba ya estas políticas desde el Porfiriato, y de manera destacada durante las presidencias de Madero y Huerta.²⁴ En la película La mujer que yo amé, dirigida por Tito Davison en 1950, estelarizada por Elsa Aguirre y Agustín Lara, hay escenas terribles de mujeres enfermas en el Hospital

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