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Longitud:
424 páginas
6 horas
Publicado:
15 may 2020
ISBN:
9789585481060
Formato:
Libro

Descripción

Luna C. Grayhard se ve forzada a tomar una decisión que le marcará la vida, ¿escoger entre el amor y la lealtad a su raza? Tras elegir su vida como transportadora dejando atrás el amor, regresa a su clan para encontrarse con la devastación total. Los obicuos atacan y empiezan a mostrar su poder a los humanos, sin importar que esto revele las verdad
Publicado:
15 may 2020
ISBN:
9789585481060
Formato:
Libro

Sobre el autor

María Alejandra Pinzón Zubieta, nace en Bogotá en 1997. Su pasión por las letras y por los libros la llevó, en un principio, a estudiar filosofía, pero al ver su capacidad y amor por la narrativa inicio sus estudios en Creación Literaria en la Universidad Central. Desde pequeña ha sido una aficionada a los libros de ciencia ficción y fantasía, empezó sus pinitos como escritora a los 14, cuando comenzó a escribir lo que se consolidó como la primera entrega de la saga FUEGO, lanzada con gran éxito en 2017. Le encanta leer, montar tabla, escuchar música, ir a teatro y el cine.


Vista previa del libro

CENIZAS - MARÍA ALEJANDRA PINZÓN

CAPÍTULO I

Nos transportamos a la entrada de los túneles subterráneos que llegan a la base. Fue idea de Oren, si enviarnos a esa casa fue una distracción, entonces, lo más probable es que ya estén tratando de entrar. No me gustan mucho estos túneles, me causan escalofríos y al no ser una construcción, sino un simple acceso, hay demasiada tierra y arañas, como odio a esos malditos animales. Oren y yo avanzamos en silencio con nuestras armas desenfundadas.

A unos metros escuchamos algo, no parece una pelea. Sin embargo, no se debería escuchar nada, la puerta de la base impide que el ruido del interior se escuche. Siento una pequeña molestia en el pecho que va aumentando con cada paso que avanzamos. ¡Es imposible! –susurro. La puerta, supuestamente resistente a prácticamente todos los desastres que se puedan imaginar, está derretida. Un enorme agujero se abre en la mitad, sus bordes están ardiendo, aún gotea, chamuscando el suelo. Al lado hay dos cuerpos, parecen obicuos. Oren avanza primero y patea a uno de ellos: se asegura que está muerto.

Avanzamos con cuidado, Oren pasa la puerta con la precaución de que no le caiga metal caliente en alguna parte del cuerpo. En cuanto voy a pasar, uno de los obicuos que estaba en el suelo me agarra del tobillo y me hace caer. Giro y le doy una patada en el rostro con fuerza. Doy un alarido cuando una gota del metal ardiente cae sobre mi hombro izquierdo, quemando mi camiseta y la piel. Oren le da un tiro limpio en la frente al obicuo; se acerca a mí y con su chaqueta trata de quitarme todo el líquido posible, antes de que esta se queme también. Al retirarlo de mi hombro, hace mala cara; no necesita decirlo, sé que es, al menos, una quemadura de tercer grado. Va a tardar horas en sanar y el dolor es insoportable. Oren me ayuda a levantar y a pasar por la puerta.

Hay cuerpos botados por todo el vestíbulo, tanto de transportadores como de obicuos. La sensación molesta de mi pecho crece cada vez más, presiento que aún hay enemigos aquí y aún no puedo mover mi brazo.

—Te llevaré a la enfermería —dice Oren.

—No —respondo— averigüemos qué pasa.

Seguimos avanzando por el pasillo que se abre al vestíbulo posterior de la base. El pecho me empieza a arder con más fuerza, es horrible, no entiendo por qué pasa esto. Al pasar por el umbral vemos a unos cuantos luchando aún; hay varios cuerpos en el suelo, las paredes están manchadas de sangre y, en algunas partes, parecieran estar quemadas. Huele a humo, sudor y sangre. Todo está hecho un desastre.

—¡Luna! —grita Oren al tiempo que me embiste y me tira al suelo. Una bola de fuego pasa a unos centímetros de mi cara y choca contra la pared, dejando una marca negra en ella.

Un obicuo ataca a Oren, saco mi arma y disparo. Pero otro me ataca impidiendo un tiro certero. Al menos pude darle en la pierna, eso le dará una ventaja a Oren. Esquivo la navaja del obicuo que me ataca, pero se mueve demasiado rápido y logra hacerme un corte en el brazo. Mi movilidad aún está restringida gracias a mi brazo izquierdo, todavía me duele. Disparo varias veces, pero él esquiva todos los tiros; hasta que no sane mi brazo, no podré hacer mucho. El obicuo se lanza sobre mí y me hace caer al suelo; atajo su golpe con mi brazo derecho, debo hacer muchísima fuerza para detenerlo. El atacante se da cuenta de la herida de mi brazo izquierdo y me clava los dedos en la carne. Suelto un grito que va creciendo cuando prende sus dedos y vuelve a quemarme la carne. —¡Basta! —suplico. El dolor es insoportable. —Por favor, no más. —Él se ríe y sigue clavando sus dedos. Los oídos me empiezan a pitar, estoy mareada y no puedo ver nada, solo puntos negros. Creo ver a Oren acercarse, pero ahora todo está oscuro.

Parpadeo un par de veces, siento el cuerpo pesado. Intento moverme, es como si cada fibra de mi cuerpo luchara para poder sentarse. Estoy en la enfermería de la base, hay decenas de transportadores regados en las camillas y en el suelo. Se ve demasiada sangre, no es un muy buen escenario. Mi brazo está vendado y me pica un poco; el olor de los ungüentos invade mis fosas nasales, huele a hierbas y a otra cosa realmente asquerosa. Me pica bastante, solo espero poder quitarme esto pronto.

—¿Cómo te sientes?

Es Oren. —Un poco mareada ¿Qué pasó?

—Logramos derrotarlos, pero murieron muchos, más de la mitad de nuestras tropas —explica Oren—. Papá está furioso.

Por supuesto que sí. Ya que el enviarnos a ese lugar solo fue una trampa, Darron debe esta histérico. El Consejo también debe estar furioso y más con él. Las cosas no pintan para nada bien, se supone que el señor Bauer es el encargado de esta base, por ende, esto no debió pasar jamás. Sería de esperar una destitución.

Es obvio que no vale la pena volver a poner en funcionamiento las instalaciones. Ahora que los obicuos conocen nuestra ubicación, debemos buscar otro lugar. Bueno, ahora sí que van a aceptar la declaración de guerra y esto va a ponerse bastante feo.

—No pueden aceptarla —dice Oren como si me estuviese leyendo el pensamiento—. No con las tropas que quedan.

—Sabes que tu padre en un tanto impulsivo y no creo que el Consejo se niegue a aceptar la declaración.

Darron entra a la enfermería, tiene unos cuantos cortes en el rostro. Se acerca a nosotros, luce bastante molesto. —El Consejo quiere reunirse con usted.

Trago saliva. El Consejo no pide nuestra presencia a menos de que sea algo realmente importante o hayamos hecho algo que va en contra del reglamento. Sé que no he hecho nada malo, seguro solo me harán un par de preguntas; además fui yo quien lideró el ataque a esa base abandonada. Darron me escolta hasta la sala principal, allí están sentados los ocho miembros del Consejo; la mayoría tienen poco más de cuarenta años. Son algo así como veteranos, muy buenos en combate y han participado en las batallas más importantes.

—Buenas noches, señorita Grayhard. —Saludan al unísono.

—Buenas noches. —Respondo.

Uno de ellos hace un gesto con la mano invitándome a sentar. Obedezco y me acomodo en una silla.

—¿Conoce bien la situación? —Niego con la cabeza—. Más de la mitad de las tropas murieron y muy pocos transportadores de alto mando sobrevivieron.

—¿Aceptaran la declaración de guerra? —pregunto.

—Creo que lo que ha pasado es más que suficiente, ¿no lo cree, señorita Grayhard?

Me muerdo el labio. Claro que no podía quedarme callada, tenía que abrir la bocota con una pregunta tan estúpida como esa. Para mí no, no es el mejor momento para iniciar una guerra, es obvio que los obicuos nos ganarían en este punto. Primero necesitamos conseguir refuerzos de otros lugares y otra parte donde instalarnos. —No creo ser la indicada para hacer parte de esa decisión —Respondo—. Yo solo sigo órdenes.

—Tiene razón —interrumpe Darron— usted no tiene derecho a opinar respecto a ese tema.

—Señor Bauer —Interrumpe Khael. Es el más viejo del Consejo; debe medir más de 1.90. Aún se mantiene en forma, él se encarga del entrenamiento de las tropas honorables nivel nueve y diez. Tiene la cabeza afeitada, aunque aun así se puede notar que su cabello es negro y sus ojos son color café—. Creo que su incompetencia hasta al momento ha sido increíble —Ahogo una carcajada. Darron hace una mueca y el rubor empieza a subir por sus mejillas—. Así que el que menos tiene derecho a opinar es usted —Khael vuelve a mirarme—. Sé perfectamente que usted no está de acuerdo con aceptar y entiendo que no estamos en condiciones para ello. No la llamamos para preguntar si estaba de acuerdo o no con una guerra —no sé si espera una respuesta, por mi parte, sigo en silencio—. Queremos saber cada detalle de la misión que acaba de liderar.

Cuento todo lo que paso lo más detalladamente posible. Claro, supongo que solo haber encontrado armas oxidadas, enviarnos allí no era más que parte del plan de los obicuos. En ese lugar no había nada realmente importante, solo cosas viejas. Lo único realmente importante de esa misión fue el hecho de que la casa estuviera hechizada para impedir que saliéramos y claro, el haber encontrado esa sala con los planos de la base. Es como si ellos quisieran que supiéramos lo que estaban haciendo mientras nosotros perdíamos el tiempo en esa casucha.

—¿Cómo demonios tenían esos planos en su poder? —Dice Khael molesto.

—Si me permite —digo, Khael asiente dándome autorización para hablar—, tuvieron que infiltrarse y ya que es obvio que ninguno de nosotros fue… bueno creo que es mejor empezar a investigar a los humanos que trabajan con los transportadores.

—Eso incluye a su tío —interrumpe Darron.

Tomo aire para no responder algo inadecuado. Estoy frente a todo el Consejo y no creo que sea bueno mostrar señales de rebeldía—. Sí, pues hágalo —respondo molesta—. Estoy segura que él no es el humano al que buscamos.

—Señor Bauer —interrumpe Khael—, ya que no pudo manejar esta base, queda destituido de su puesto —abro los ojos como platos, no puedo creer lo que estoy escuchando—. Yo tomaré el mando, temporalmente. Después discutiremos en el Consejo sobre su puesto.

Darron vuelve a mirarme furioso; como si yo tuviera la culpa de su destitución. Sale de allí cerrando de un portazo. Me quedo en mi asiento mientras espero a que me dejen salir. Pero lo único que hacen es mirarme de pies a cabeza. Sé que estoy desastrosa.

—Dada su condición —dice Nahara: una mujer bonita, un poco más alta que yo, delgada y de cabello negro azabache que llega más debajo de su cintura— y que el señor Bauer la envió a esta misión con previo conocimiento de su herida —dice señalando mis costillas. En la enfermería me la han desinfectado y cambiado el vendaje; pero en la camiseta se ve una mancha de sangre que proviene de allí—, no se le asignaran misiones durante un tiempo —abro la boca para decir algo, pero ella me interrumpe— no es discutible, señorita Grayhard, es obvio que usted necesita un descanso. ¡Mírese!

Hago mala cara. En pocos días voy a estar perfecta, no necesito un descanso. Menos en este momento, ahora necesitamos entrenarnos más que nunca. —Estoy perfecta, solo necesito un par de días y podré seguir con mi trabajo.

—Ya escuchó a Nahara —dice Khael— no es discutible. Por favor retírese.

Me levanto de la silla y salgo molesta de la sala. No es justo, ahora tendré que esperar quién sabe hasta cuándo para que me vuelva asignar alguna misión. Por el momento solo quiero salir de aquí. Oren me está esperando en la enfermería. Le están desinfectando las heridas, es su mayoría son cortes y laceraciones, así que no tardará mucho en estar bien. Se acerca a mí en cuanto terminan de ayudarle.

—¿Todo bien? —pregunta.

—Sí, no era nada importante.

—¿Blackburn?

Cuando lo nombra es como si me hubiera dado una bofetada. Solo han pasado un par de horas. —No voy a hablar nunca más de él, ya no está, ya no importa.

—Luna…

—¡No! —interrumpo molesta—. Déjalo ya, Oren, no voy a decirte nada al respecto y mucho menos cómo me siento. Obtuviste lo que querías, Blackburn no va a seguir molestándote.

—Sé que te duele.

Me detengo y me vuelvo hacia él. —¿Eso es lo que quieres escuchar? —Si sigue con esto voy a enfurecerme—. Déjame en paz, solo me dijiste que era obicuo para arruinarlo todo, porque querías que lo matara —la voz se me quiebra por las lágrimas—. Eres un idiota— salgo de allí en silencio. No tengo fuerzas para transportarme, debo tomar un taxi en la calle.

Oren me llama varias veces, pero no le contesto, no quiero hablar con él. Ha sido un día fatal, lo único que quiero es darme una ducha, acostarme y dormir… dormir durante meses. Estoy agotada, no quiero ni pensar en los trabajos para la Academia, quisiera simplemente… desaparecer.

Antonia no está en la habitación, por suerte, no quiero hablar con nadie. Al menos es fin de semana y mañana no tengo que madrugar.

Me desnudo y preparo la tina. Me meto en ella y dejo que el agua se lleve mis problemas.

—Es un amuleto —dice papá—. Se lo di a tu madre como anillo de compromiso.

Es un bonito anillo con una piedrecilla azul incrustada, no se parece a ninguna que haya visto nunca.

—Es de nuestro lugar de origen, es una piedra mágica, ayudan a canalizar el poder que necesitas para hacer lo que yo hago.

—No entiendo —respondo. Papá me pone el anillo en el dedo anular del dedo izquierdo. Es ese momento, el anillo empieza a brillar con fuerza en mi mano.

Me despierto de golpe. Antonia está dormida en su cama. La verdad es que no uso el anillo, lo guardo en mi mesa de noche. Lo saco de allí y me lo pongo, pareciese que tuviera un pequeño brillo; seguramente aún estoy adormilada. Pero sé que ya no podré conciliar el sueño. Me llevo la mano al pecho, allí reposa delicadamente el collar que me dio Drake de cumpleaños. Voy a extrañarlo muchísimo, todo de él, incluso su arrogancia. Sin darme cuenta, y antes de poder evitarlo, comienzo a llorar. Salgo de la habitación en silencio, no quiero que Antonia se dé cuenta.

Duele ese vacío. Es como si la vida tuviera algo en mí contra, todas las personas que amo, parecen irse en algún momento. Lo peor de esta situación es que nunca había deseado tanto algo, o más bien, a alguien; quisiera que Drake estuviera aquí, no haber tenido que disparar, ¿Cómo es posible no desear la muerte de un obicuo? ¿Cómo puedo sufrir tanto por él? Drake era tan diferente, era como aire fresco en mis pulmones, una ducha caliente que relaja mis músculos. Sus ojos, vaya que me encantaban; eran como una selva tropical, verdes, profundos, llenos de misterios. Pero con una belleza que impactaría a cualquiera. Su sonrisa, perfecta, tan brillante, tan encantadora; con ella podría conquistar a todas las chicas que quisiese. Sus besos, eran mi droga favorita, no me cansaría de ellos jamás, me llevaban a otro mundo, era como si mis problemas desaparecieran por un instante. Por un momento, solo por esa pequeña fracción de mi vida, podía sentirme como una persona normal.

—¿Estás bien?

Doy un salto. —¡Hugh! —me limpió las lágrimas con el dorso de la mano—. No te escuche, ¿qué haces aquí?

—Me quedé dormido —dice señalando en dirección a la habitación de Sarah—. ¿Todo va bien? —Asiento con la cabeza y fuerzo una sonrisa—. ¡Eh! Drake me ha contado —me da un empujoncito— Él me agrada más que Bauer, hacen linda pareja.

Solo sonrío ¿Qué le puedo decir? Era un obicuo y mi trabajo era asesinarlo, así que jamás lo vas a volver a ver. ¡Por Dios! No quiero que ahora empiecen a preguntarme por Drake, Ni siquiera sé qué podría decir.

Hugh se despide y desaparece por las escaleras.

Estoy enamorada de un chico que… no volveré a ver jamás. No entiendo cómo pudo pasar todo esto, ¿cómo no me di cuenta que era un obicuo? Parecía alguien normal, no tenía la marca en sus ojos y –hasta dónde sé– la marca no se puede ocultar. Salvo que usen lentes de contacto, incluso así, se puede llegar a ver. Pero sé que Drake no usaba lentes de contacto, los ojos que tengo marcados en mi memoria, eran auténticos, eso lo sé. Por otro lado, ¿será verdad lo que dijo? No, no es posible, sé que tengo la marca, Oren me lo confirmó, yo lo sé, la puedo ver en las fotografías, en los espejos, en cualquier tipo de reflejo. Quisiera poder creerlo por un momento… da igual lo que crea en este punto ¿No? Él no va a estar más a mi lado, así que no importa. Solo debo seguir adelante, igual que siempre, tarde o temprano lo olvidaré, será como si él nunca hubiera hecho parte de mi vida.

CAPÍTULO II

Es una tarde de domingo, al parecer todo el mundo está metido en sus habitaciones o en las salas de televisión. Deber ser por el fuerte aguacero que está cayendo, ha llegado el invierno y parece que el cielo quisiera caerse. Las lluvias son torrenciales; casi nadie sale de la Academia, a menos de que tenga carro, el resto, incluyéndome, prefiere quedarse aquí en lugar de mojarse.

Todo está en silencio. Solo se escucha mi respiración agitada y los golpes secos que le doy a la bolsa de box, uno tras otro, sin descanso. No me he puesto las vendas en las manos, ya están magulladas y con moretones alrededor de los nudillos; también tengo sangre, las heridas no tardan en sanar, pero como no paro de golpear la bolsa, vuelven abrirse varias veces. Las últimas semanas he pasado muchísimo tiempo aquí, golpear la bolsa se ha convertido en una forma de desahogarme y pensar en otra cosa que no sea Drake. Es horrible no poder pensar en otra cosa que no sea él. Esperarlo en la cafetería con el desayuno, soñar que entre a clase de literatura, o física, o incluso educación sexual, para que se siente a mi lado.

Richard se puso histérico cuando se enteró que había aceptado la misión y todo lo que había pasado. Especialmente la herida de las costillas, casi enloquece cuando supo que se abrió de nuevo. Así que estoy castigada durante un mes sin dinero, no es algo que me haga sufrir mucho, tengo mis ahorros, e igualmente, con este clima, no me apetece salir en lo absoluto. Prefiero pasar mis horas aquí, sola, sin que nadie me moleste o me pregunte por Drake.

Todos creen que se fue a un intercambio en otro país y por eso no está aquí. Luego pensarán que le gustó mucho vivir en el extranjero y se quedará a vivir allí. Así de fácil todos piensan que nada ha pasado, el mundo sigue girando. Excepto yo, al parecer estoy estancada, recordándolo cada vez que tengo la oportunidad. Por otro lado, he tratado de arreglar las cosas con Oren, él es transportador, igual que yo, se supone todo debería ser más fácil; pero no lo es. La verdad no me siento bien a su lado, solo lo hago para corresponderle de una u otra forma todo lo que ha hecho por mí, pero no lo quiero, no como antes.

Doy un mal golpe que hace sangrar más los nudillos; una corriente de dolor sube por todo mi brazo. Me apoyo contra la bolsa para respirar un poco y esperar a que pase. Alguien me rodea la cintura y me besa el cuello. No siento nada, solo percibo ese olor a champú y colonia francesa que lo caracteriza. Oren me gira para que lo mire, odio esa mirada, está cargada de amor y tristeza. Sé que odia verme en este estado. Acerca su rostro al mío y me besa con delicadeza en los labios.

Me toma de las manos, hago una mueca, me duele. —¿No crees que ya fue suficiente?

Me quedo en silencio unos segundos. —No es nada —respondo sin ánimo, solo un par de raspones, en la tarde ya estarán bien.

—Y mañana de nuevo estarán así —Oren me toma de la mejilla con delicadeza. Acerca su rostro al mío y me besa. Le devuelvo el beso sin mucho ánimo—. Has estado rara las últimas semanas —no respondo nada—. ¿Extrañas a Blackb…

—¡NO! —grito—. No digas su nombre. Solo me hace falta que me asignen un par de misiones —respondo un poco más calmada—. No había estado tanto tiempo sin hacer nada.

Oren no dice nada. Sé que sabe que lo extraño, que por eso estoy así. Por la misma razón he dejado de comer, de salir, de pasar tiempo con amigos. Lo único que hago es estar en la azotea y venir aquí; además de estar medio presente en clases. Le doy un beso fugaz en los labios y me voy a la habitación en silencio.

Antonia está en su cama con la computadora. Me vuelve a mirar, yo no digo nada, solo avanzo hacia mi cama y me echo sobre ella.

—Sé que te hace falta.

Otra vez lo mismo. Estoy cansada de que Antonia me diga lo mismo, al menos una vez al día. No necesito eso, necesito una forma de sacarme a Drake de la cabeza.

—No lo extraño, Antonia, es solo un chico —respondo molesta—. No estoy esperando lo que tú, yo vivo en el mundo real y tengo cosas más importantes por las cuales preocuparme.

Antonia parece ignorar lo que acabo de decir. —¿Por qué sigues con Oren?

—Porque él me quiere.

Antonia bufa y pone los ojos en blanco. —¡Eso es ridículo, Luna! Tú no lo quieres y lo sabes, lo único que estás haciendo es ser infeliz.

—¿Y a ti qué te importa? —Digo disgustada—. ¿Acaso yo me meto en tu vida? No me interesa que tu príncipe azul no haya llegado, ni que te deprimas porque te crees tan poca cosa que nadie podría fijarse en alguien como tú —la voz se me ahoga por las lágrimas—, deja de hacer tantas preguntas, por eso las personas no te soportan, eres increíblemente fastidiosa.

Antonia se levanta de la cama y va hacia la puerta.

—Deberías escucharte cuando hablas, soy tu mejor amiga y nunca me he comportado como una perra contigo —da la vuelta y cierra la puerta con rabia.

Tomo la almohada, la pongo sobre mi rostro y grito con fuerza. Siempre es lo mismo, no pensar antes de hablar. He peleado ya demasiadas veces con Antonia por lo mismo. Si ella no me molestara tanto con el mismo tema y dejara de entrometerse tanto, nada de esto pasaría, yo mantendría la boca cerrada y no la ofendería. Claro que ella no tiene la culpa, se supone que eso hacen las amigas, ¿no? Claro que yo no hago eso, más bien espero a que me digan que necesitan hablar con alguien. No entiendo cómo es que sigue ahí, si fuese yo, seguramente no le hablaría ya. No quiero pensar en nada más, luego le pediré una disculpa, de nuevo.

Estoy frente a mi casillero sacando los libros que necesito para las primeras horas de clase. Antonia aparece a mi lado con una enorme sonrisa y batiendo el periódico escolar en sus manos. —Ya empezaron las votaciones para reina del baile.

Miro a Antonia. Supongo que se ha inscrito o algo así y me pedirá que vote por ella. Claro que ella es la indicada para este tipo de cosas.

—Sabes que votaré por ti, no tienes ni que pedirlo —respondo sin ponerle mucha atención.

Antonia me esboza una gran sonrisa. —No me postulé —la miro confundida ¿Para qué me muestra el periódico? Antonia me deja ver bien la portada. No puedo creer lo que estoy viendo: mi fotografía está en la portada, justo al lado de la de Belinda. Nuestras fotografías son las más grandes, bajo ellas hay otras cuatro de otras chicas. Lo que más me impresiona son los candidatos para rey; estos son postulados por las chicas, ya que a los hombres no les interesa mucho el tema. Solo hay dos fotografías, Oren, por supuesto, y Drake ¿Acaso no se han dado cuenta que él no está? Se supone que el rumor de su intercambio ya se había esparcido.

—¿Quién me postuló? —pregunto. Antonia hace un gesto de suficiencia, haciéndome entender que ha sido ella— ¿Por qué?

—Porque estoy segura que le puedes ganar a Belinda, tú eres mucho más bonita que ella —responde—. Además, necesitas una distracción, seguro que el vestido, peinado y demás cosas mantendrán tu cabeza ocupada en otra cosa.

Sé que lo hizo con la mejor intención. Pero estas cosas no me interesan en lo absoluto, no fue la mejor técnica que pudo encontrar para distraerme. Por otro lado, Belinda va a ponerse histérica cuando se dé cuenta que yo también estoy nominada para ese estúpido baile. Escucho un grito del otro lado del pasillo, por supuesto, es Belinda volviendo trizas el periódico y golpeando el suelo con los pies como una loca.

Belinda empieza a caminar hacia mí. Podría decir que hay humo saliendo por sus orejas, claro, si fuéramos una caricatura. —¡No te contentaste con Oren! —grita empujándome con fuerza.

Me tambaleo hacia atrás. No tengo ganas de pelear, ha sido su día de suerte. —No deberías preocuparte por mí, siempre consigues lo que quieres —digo con la mayor tranquilidad posible—. No me importan estas cosas, así que has lo que tengas que hacer, seguramente vas a ganar tú —doy la vuelta hacia mi salón de clase. La verdad es que no he estado muy presente en las clases; me hago en los lugares de atrás y estoy haciendo dibujos o rayones en la parte de atrás de mis cuadernos. Solo cuando debemos entregar algo al final de la clase es cuando de verdad hago algo. No sé cómo mis notas no han bajado, la verdad es que no he estudiado para exámenes; bueno, aunque no lo hago mucho, me basta con la clase, pero tampoco he prestado atención, así que he tenido suerte, supongo.

En cuanto se acaba el día voy a la habitación, me siento agotada, solo quiero acostarme a dormir. Me pongo el pijama y me envuelvo en las cobijas quedándome pronto dormida.

Mi teléfono suena con estrépito, me levanto y lo busco a tientas en la oscuridad. Es muy tarde –o muy temprano– para recibir una llamada. El nombre de Darron aparece en la pantalla. Espero que sea una misión, lo necesito más que nada.

—Hola.

Para mi suerte sí es una misión, debo ir a la base. Aunque apenas son las 4:30 a.m., qué será tan importante como para hacer algo tan temprano. Lo que sea, no importa, descargar esa energía asesinando unos cuantos obicuos es que lo que me hace falta. Me pongo una sudadera, me recojo el cabello en una coleta y me transporto al centro temporal de operaciones.

Después del ataque tuvimos que instalarlos en otro lado, temporalmente, mientras construyen o consiguen otro lugar donde podamos operar completamente. Por ahora, la asignación de misiones y otras cosas se hacen en un edificio en la zona empresarial de la ciudad. A mi parecer es un poco… visible, pero según los miembros del Consejo, nunca buscarían allí; tal vez tenga un poco de lógica.

Me trasporto al vestíbulo principal, que queda en el primer piso del edificio. Este aparenta ser la recepción de una empresa: Aerolíneas C&C. Por supuesto, a esa hora todo está apagado. Me dirijo a los ascensores, allí han instalado un reconocimiento de huella. El lugar donde todos se reúnen para la asignación de misiones es amplio. Se extiende todo el piso, hay varias pantallas con cámara que muestran el exterior del edificio y otras que tienen mapas de la ciudad. Hay algunos casilleros distribuidos por el piso donde están nuestros uniformes de combate y un par de sudaderas para poder cambiarnos. Para mi sorpresa, hay varias docenas de personas, creí que a esta hora el edificio estaría vacío.

—Disculpe molestarla tan temprano —dice Darron a mis espaldas.

Khael aún está a cargo de todo. Pero, al parecer tiene a Darron haciendo el trabajo pesado, él es quien asigna todas las misiones, lleva los registros de asesinatos, tanto de enemigos, como de nuestras tropas. Khael es más bien un supervisor—. No hay problema —respondo.

En ese mismo piso hay una sala donde caben más o menos quince personas. Hay una mesa ovalada con varias sillas a su alrededor, allí hay sentados varios soldados un par de grados menores al mío. Oren también está allí, al lado de Andrew, un transportador honorable nivel uno. Andrew es un machista y un arrogante, no nos llevamos bien en lo absoluto. Mide 1.80, su cabello y sus ojos son negros; es increíblemente grande, demasiado acuerpado, debe ser como tres veces yo, incluso más. Tiene varios tatuajes celtas en los brazos y unas líneas sin forma en la cien; hace que sus facciones se vean más bruscas. Odio trabajar con él, siempre tenemos problemas, en especial por tener un cargo mucho más alto que el mío. Es él quien está al mando y se supone que debo obedecerle, pero es que sus planes simplemente consisten en atacar y matar. Ni siquiera le importa la vida de sus tropas, en la mayoría de misiones donde él está involucrado hay muy pocos sobrevivientes; por lo mismo, mientras sea posible, todos evitan las misiones con él.

—Todos ustedes interceptarán una de las instalaciones de armamento de los obicuos —del centro de la mesa se activa un panel del que sale un holograma. Allí se ve un edificio de cuatro pisos, bastante sobrio—. Pudimos infiltrarnos en su interior; así que ya se confirmó que allí hay una sala de computación con información importante —Darron señala a una chica menuda que está sentada al lado de Oren—. Sabrina es experta en computación y está entrenada para poder hackear casi cualquier cosa. Ustedes se encargarán de que nada le pase —la chica parece un poco nerviosa. La verdad nunca la había visto, me preocupa que no tenga ningún tipo de entrenamiento—. Señor Stanton, usted será el primero al mando en esta misión, señorita Grayhard, usted será la segunda.

—Quiero que mi segundo oficial sea alguien más competente y no ella —dice Andrew haciendo un gesto con su cabeza hacia mi dirección.

—Soy la segunda de mayor rango en este grupo, soy lo suficientemente competente para estar al mando.

Andrew hace una mueca y se ríe. —Estás en ese puesto por suerte, solo eres una princesita.

No quería discutir. Todo el mundo sabe que odio que me llamen así. Es un bruto machista que no sabe nada. Saco la navaja

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