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Los restos del día

Los restos del día

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Los restos del día

valoraciones:
4.5/5 (208 valoraciones)
Longitud:
283 página
5 horas
Publicado:
Oct 1, 1990
ISBN:
9788433940520
Formato:
Libro

Descripción

Inglaterra, julio de 1956. Stevens, el narrador, durante treinta años ha sido mayordomo de Darlington Hall. Lord Darlington murió hace tres años, y la propiedad pertenece ahora a un norteamericano. El mayordomo, por primera vez en su vida, hará un viaje. Su nuevo patrón regresará por unas semanas a su país, y le ha ofrecido al mayordomo su coche que fuera de Lord Darlington para que disfrute de unas vacaciones. Y Stevens, en el antiguo, lento y señorial auto de sus patrones, cruzará durante días Inglaterra rumbo a Weymouth, donde vive la señora Benn, antigua ama de llaves de Darlington Hall. Y jornada a jornada, Ishiguro desplegará ante el lector una novela perfecta de luces y claroscuros, de máscaras que apenas se deslizan para desvelar una realidad mucho más amarga que los amables paisajes que el mayordomo deja atrás. Porque Stevens averigua que Lord Darlington fue un miembro de la clase dirigente inglesa que se dejó seducir por el fascismo y conspiró activamente para conseguir una alianza entre Inglaterra y Alemania. Y descubre, y también el lector, que hay algo peor incluso que haber servido a un hombre indigno?

Publicado:
Oct 1, 1990
ISBN:
9788433940520
Formato:
Libro

Sobre el autor

Kazuo Ishiguro nació en Nagasaki en 1954, pero se trasladó a Inglaterra en 1960. Es autor de ocho novelas –Pálida luz en las colinas (Premio Winifred Holtby), Un artista del mundo flotante (Premio Whitbread), Los restos del día (Premio Booker), Los inconsolables (Premio Cheltenham), Cuando fuimos huérfanos, Nunca me abandones (Premio Novela Europea Casino de Santiago), El gigante enterrado y Klara y el Sol– y un libro de relatos –Nocturnos–, obras extraordinarias que Anagrama ha publicado en castellano. En 2017 fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura.

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Los restos del día - Kazuo Ishiguro

Índice

Portada

Prólogo: julio de 1956

Primer día por la noche

Segundo día por la mañana

Segundo día por la tarde

Tercer día por la mañana

Tercer día por la tarde

Cuarto día por la tarde

Sexto día por la tarde

Créditos

A la memoria de mistress Lenore Marshall

Prólogo: julio de 1956

Darlington Hall

Cada vez parece más probable que haga una excursión que desde hace unos días me ronda por la cabeza. La haré yo solo, en el cómodo Ford de mister Farraday. Según la he planeado, me permitirá llegar hasta el oeste del país a través de los más bellos paisajes de Inglaterra y seguramente me mantendrá alejado de Darlington Hall durante al menos cinco o seis días. Debo decir que la idea se me ocurrió a raíz de una sugerencia de lo más amable de mister Farraday, hace casi dos semanas, una tarde en que estaba en la biblioteca quitando el polvo de los retratos. Según recuerdo, me encontraba en lo alto de la escalera limpiando el retrato del vizconde de Wetherby cuando mi patrón entró en la biblioteca llevando unos libros, al parecer con la intención de devolverlos a sus estantes. Al verme, aprovechó la ocasión para decirme que acababa de ultimar sus planes para hacer un viaje a los Estados Unidos de cinco semanas entre los meses de agosto y septiembre. Seguidamente, dejó los libros en su mesa, se sentó en la chaise longe y, estirando las piernas, me dijo mirándome a los ojos:

–Como comprenderá, Stevens, no voy a exigirle que se quede usted encerrado en esta casa todo el tiempo que yo esté fuera. He pensado que podría coger el coche y pasar unos días fuera. Creo que un descanso no le iría nada mal.

Al hacerme esta sugerencia tan repentinamente, no supe qué responder. Recuerdo que le agradecí su amabilidad, pero es bastante probable que sólo dijera vaguedades, ya que mi patrón prosiguió:

–Le hablo en serio, Stevens. Creo sinceramente que debería tomarse un descanso. Yo pagaré la gasolina. Ustedes los mayordomos siempre están encerrados en mansiones como ésta al servicio de los demás. ¿Cómo se las arreglan para conocer las bellezas que encierra su país?

No era la primera vez que mi patrón me formulaba esta pregunta. Se trata de una cuestión que, sin duda, le preocupa profundamente. En esta ocasión, allá en lo alto de la escalera, la respuesta que se me ocurrió fue que todos los que nos dedicamos a esta profesión, aunque no viésemos el país, entendiendo por ver el conocer el paisaje y visitar rincones pintorescos, en realidad «veíamos» Inglaterra más que la gran mayoría, empleados como estábamos en casas donde se reunían las damas y los caballeros más importantes del país. Evidentemente, para expresar estos pensamientos habría tenido que dirigir a mister Farraday un discurso más bien pedante, y por este motivo me contenté con decirle:

–Señor, considero que durante todos estos años, sin salir de esta casa, he tenido el privilegio de ver lo mejor de Inglaterra.

Creo que mister Farraday no entendió mis palabras, dado que sólo añadió:

–Hablo en serio, Stevens. Una persona debe conocer su país. Siga mi consejo y salga de esta casa durante unos días.

Como podrán imaginarse, no tomé la propuesta en serio. Consideré que sólo se trataba de un ejemplo más del gran desconocimiento que los caballeros norteamericanos tienen de lo que es correcto o incorrecto en Inglaterra. El hecho de que mi reacción ante esta misma propuesta experimentase un cambio días después, es decir, que la idea de emprender un viaje al oeste del país fuese ganando terreno, se debe en gran medida, y no voy a ocultarlo, a la carta de miss Kenton, la primera carta, sin contar las felicitaciones de Navidad, que llegaba desde hacía casi siete años. Pero déjenme que les explique inmediatamente qué significa todo esto. La carta de miss Kenton provocó una concatenación de ideas relacionadas con asuntos profesionales de Darlington Hall, y fue, insisto, la preocupación que yo sentía por estos asuntos lo que me condujo a considerar de nuevo la amable sugerencia de mi patrón. Pero permítanme que me explique.

Durante estos últimos meses, he sido responsable de una serie de pequeños fallos en el ejercicio de mis deberes. Debo reconocer que todos ellos son bastante triviales. No obstante, comprenderán ustedes que para alguien acostumbrado a no cometer este tipo de errores la situación resultaba preocupante, por lo que empecé a elaborar toda clase de teorías alarmistas que explicaran su causa. Como suele ocurrir en estos casos, lo más obvio me escapaba a la vista, y fueron mis elucubraciones sobre las repercusiones que podría tener la carta de miss Kenton las que me abrieron los ojos y me hicieron ver la verdad: que todos los pequeños errores que había cometido durante los últimos meses tenían como origen nada más y nada menos que una desacertada planificación de la servidumbre.

La responsabilidad de todo mayordomo es organizar al personal del que dispone con el mayor cuidado posible. ¡Quién sabe cuántas disputas, falsas acusaciones, despidos innecesarios y carreras prometedoras bruscamente interrumpidas han tenido como causa la despreocupación de un mayordomo a la hora de programar las actividades del personal a su cargo! La verdad es que comparto la opinión de los que piensan que el saber organizar un buen servicio es la aptitud primordial de cualquier mayordomo que se precie. Es una tarea que yo mismo he hecho durante muchos años y no creo pecar de vanidoso si les digo que en muy pocas ocasiones me he visto obligado a rectificar mi trabajo. Pero si esta vez mi planificación ha resultado desacertada, sólo puede haber un culpable, y soy yo. No obstante, considero justo señalar que, en este caso, se trataba de una tarea especialmente difícil.

Lo que ocurrió fue lo siguiente. Una vez finalizada la transacción, transacción mediante la cual la familia Darlington perdió esta casa que les había pertenecido durante dos siglos, mister Farraday hizo saber que no se instalaría inmediatamente, sino que seguiría durante otros cuatro meses en los Estados Unidos para dejar zanjados una serie de asuntos. No obstante, fue su deseo que la servidumbre de su predecesor, de la cual tenía muy buenas referencias, continuase en Darlington Hall. Esta «servidumbre» a la que aludía mister Farraday constituía en realidad un grupo de seis criados que habían conservado los familiares de lord Darlington para que cuidasen la casa hasta que se realizase la transacción y durante el transcurso de ésta. Lamento tener que añadir que, una vez efectuada la compra, me fue imposible impedir que todos los criados, excepto mistress Clements, dejasen la casa para buscar otro empleo. Cuando escribí a mi nuevo patrón comunicándole que lamentaba la situación, desde los Estados Unidos me respondió que contratara a una nueva servidumbre «digna de una antigua y distinguida mansión inglesa». Empecé inmediatamente a hacer gestiones para satisfacer los deseos de mister Farraday, pero ya saben ustedes que hoy día no es fácil encontrar servidumbre con un nivel adecuado, y aunque me sentí muy satisfecho de contratar a Rosemary y a Agnes, siguiendo las recomendaciones de mistress Clements, cuando me citó mister Farraday para hablar de estos temas durante su primera estancia en nuestro país, el año pasado por primavera, mis esfuerzos para contratar a personal nuevo habían sido inútiles. En esa misma ocasión, mister Farraday me dio la mano por primera vez. Nos encontrábamos en el estudio de Darlington Hall, una habitación muy austera, y por aquel entonces ya no podía decirse que fuéramos extraños el uno para el otro, pues, aparte el problema de la servidumbre, mi nuevo patrón había tenido oportunidad en otras ocasiones de advertir en mí cualidades que quizá no sea yo la persona más indicada para exponer, y que le hicieron considerarme digno de confianza. Fue éste el motivo, creo, por el que no tardó en hablar abiertamente conmigo, como si se tratase de una negociación, y al terminar nuestra entrevista me había encomendado la administración de una notable suma de dinero para costear los gastos que supondrían los preparativos de su nueva residencia. En cualquier caso, fue durante esta entrevista, al plantearle lo difícil que era actualmente contratar al personal adecuado, cuando mister Farraday, tras reflexionar unos instantes, me pidió que hiciese lo posible por planificar las tareas, por elaborar una «especie de servicio rotatorio», fueron sus palabras, de modo que los cuatro criados, o sea, mistress Clements, las dos chicas y yo, llevásemos el gobierno de la casa. Esto podía implicar que tuviésemos que «amortajar» algunas partes de la mansión, aunque de mí dependía, por mi experiencia y mis conocimientos, que las zonas muertas fuesen mínimas. Al pensar que años atrás había tenido a mi cargo a diecisiete criados, y que no hacía tanto tiempo habían trabajado en Darlington Hall veintiocho criados, mientras que ahora se me pedía que gobernase la misma casa con una servidumbre de cuatro, sentí, y no exagero, pánico. Aunque hice lo posible por evitarlo, mister Farraday vio en mi rostro cierto escepticismo, ya que, para tranquilizarme de algún modo, añadió que, en caso de ser necesario, podía contratar a un criado más. No obstante, repitió, si podía «arreglarme con cuatro» me estaría enormemente agradecido.

Evidentemente, como les ocurre a muchos de mi profesión, yo prefiero las cosas a la antigua usanza. No obstante, tampoco tiene sentido aferrarse sin más a las viejas costumbres, como hacen algunos. Actualmente, con la electricidad y los sistemas modernos de calefacción, no hace falta tener un servicio tan numeroso como el que se consideraba necesario hace sólo una generación. De hecho, yo mismo me he planteado últimamente que mantener un número excesivo de criados por el simple hecho de guardar las viejas costumbres ha repercutido negativamente en la calidad del trabajo. Disponen de demasiado tiempo libre, lo que resulta nocivo. Por otra parte, mister Farraday dejó bien claro que no pensaba celebrar con frecuencia la clase de acontecimientos sociales que solían darse en Darlington Hall. Así que emprendí concienzudamente la tarea que mi patrón me había encomendado. Pasé muchas horas planificando la organización de los criados, y aunque me dedicase a otras labores o estuviera descansando, era un tema que tenía siempre presente. Cualquier solución que encontraba la estudiaba desde todos los ángulos y analizaba todas sus posibilidades. Finalmente, di con un plan que, aunque quizá no se ajustaba exactamente a los requisitos de mister Farraday, era el mejor, estaba seguro, dentro de los posibles desde un punto de vista humano. Casi todas las partes nobles de la casa seguirían funcionando; en las habitaciones de los criados, incluido el pasillo, las dos despensas y el viejo lavadero, así como el pasillo de los invitados situado en la segunda planta, se cubrirían los muebles con fundas; quedarían abiertas, en cambio, todas las habitaciones principales de la primera planta y un buen número de habitaciones para invitados. Pero, naturalmente, los cuatro contaríamos con el inevitable apoyo de algunos empleados temporales. Mi planificación, por tanto, incluía las prestaciones de un jardinero, una vez a la semana de octubre a junio y dos en verano, y dos asistentas, que limpiarían cada una dos veces por semana. Para la servidumbre fija, esta planificación suponía un cambio radical de nuestra rutina de trabajo. Según había previsto, a las dos chicas no les costaría mucho adaptarse a los cambios, pero por lo que se refería a mistress Clements procuré que sus funciones sufrieran el menor número de alteraciones posible, hasta el punto de tener que asumir yo una seria de labores que, a juicio de cualquiera, sólo un mayordomo muy condescendiente aceptaría.

Aun así, no me atrevería a decir que se trataba de una mala planificación. Después de todo, permitía que un servicio de cuatro personas abarcara un gran abanico de actividades. Sin duda, convendrán conmigo en que las servidumbres mejor organizadas son aquellas que permiten cubrir sin dificultades las bajas causadas por enfermedad o por cualquier otro motivo. Aunque esta vez, todo sea dicho, se me asignó una tarea en cierto modo extraordinaria, tuve mucho cuidado en prever estas bajas siempre que me había sido posible. Sabía que si mistress Clements o las dos chicas se resistían a aceptar deberes que sobrepasaban los que tradicionalmente les correspondían, el motivo sería que sus obligaciones se habían visto incrementadas. Durante los días en que estuve luchando por organizar la labor de los criados, tuve que meditar, por tanto, el modo de conseguir que, una vez mistress Clements y las chicas hubiesen vencido su aversión al «eclecticismo» de sus nuevas funciones, juzgasen que el reparto de las tareas no les suponía ninguna nueva carga, y además lo considerasen estimulante.

Temo, sin embargo, que el ansia de ganarme el apoyo de mistress Clements y las dos chicas me impidió calcular con suficiente rigor mis limitaciones, y aunque mi experiencia y mi prudencia habitual me sirvieran para no asignarme un número de obligaciones que excedieran mis posibilidades, por lo que a mí se refiere, no presté la suficiente atención a la cuestión de las posibles bajas. No es sorprendente, por lo tanto, que durante varios meses este descuido me valiese una serie de ocupaciones sin importancia pero extenuantes. Finalmente, comprendí que el asunto no tenía mayor misterio: me había asignado demasiados quehaceres.

Quizá les sorprenda que una deficiencia que resultaba tan evidente se me escapara durante tanto tiempo, aunque convendrán conmigo en que esto suele ocurrir con problemas a los que no hemos cesado de darles vueltas. La verdad siempre nos llega casualmente, a través de algún acontecimiento externo. Y así fue exactamente. La carta que recibí de miss Kenton, en la que en medio de largos pasajes confidenciales era patente la nostalgia por Darlington Hall, contenía claras alusiones (y de esto no me cabe la menor duda) a su deseo de volver aquí. Así pues, me vi obligado a reconsiderar la organización del servicio. Sólo entonces caí en la cuenta de que, en realidad, había lugar en él para una persona más, persona que podía desempeñar un papel importante, y de que había sido esta deficiencia la causa central de todos mis problemas. Y cuanto más lo pensaba, más evidente me resultaba que miss Kenton, dados el gran cariño que sentía por la casa y su pericia ejemplar, cualidades que ya no se encuentran fácilmente hoy día, era el componente que me permitiría darle a Darlington Hall un servicio totalmente satisfactorio.

Al analizar de este modo la situación, no tardé en volver a reconsiderar la amable propuesta que mister Farraday me había hecho unos días antes. Se me ocurrió que la excursión en coche podía ser, profesionalmente, de mucha utilidad. Es decir, podría ir hasta el oeste del país y, de paso, visitar a miss Kenton para averiguar así, de sus propios labios, si de verdad deseaba volver a trabajar en Darlington Hall. Dejaré bien claro que he releído varias veces la carta de miss Kenton, y puedo asegurar que sus insinuaciones no son fruto de mi imaginación.

A pesar de todo, no me decidía a volver a plantear el asunto a mister Farraday y, de todas formas, había algunos puntos que yo mismo debía ver claros antes de dar cualquier paso. Uno era, por ejemplo, el tema del dinero. Aun contando con la generosa oferta de mi patrón de «pagar la gasolina», el viaje podía suponer un gasto considerable si contaba el alojamiento, las comidas y algún que otro refrigerio que tomase en el trayecto. Estaba también la cuestión del vestuario, por ejemplo, saber qué trajes eran los apropiados para este tipo de viaje y si valía la pena invertir en nuevas prendas. Actualmente poseo un buen número de trajes estupendos que el propio lord Darlington y algunos de los huéspedes que se han alojado en esta casa han tenido la amabilidad de regalarme, satisfechos, con razón, del servicio que se les ha dispensado. Hay trajes que quizá sean demasiado formales para un viaje así o hayan quedado anticuados. Pero también tengo un traje de calle que recibí en 1931 o 1932 de sir Edward Blair, un traje que apenas utilizó y que es casi de mi talla, que me vendría muy bien para las noches que pase en la sala de estar o en el comedor de las casas de huéspedes en que me aloje. Lo que no poseo, en cambio, es ropa de viaje apropiada. Es decir, ropa con la que estar presentable en el coche, a menos que me vista con el traje que heredé de lord Chalmers hijo, durante la guerra, un traje que, a pesar de irme bastante pequeño, de color resulta perfecto. Finalmente, calculé que podía sufragar todos los gastos con mis ahorros y que, además, apurándolos, podría comprarme un traje nuevo. Espero que no estén pensando que soy excesivamente engreído, lo que ocurre simplemente es que, al no poder predecir en qué momento habré de revelar que vengo de Darlington Hall, es importante que cuando surjan estas ocasiones mi atuendo sea el propio de mi posición.

Fueron días en los que también pasé mucho tiempo estudiando los mapas de carreteras y los volúmenes de Las maravillas de Inglaterra, de Jane Symons. Es un libro que consta de siete volúmenes, cada uno sobre una región de las Islas Británicas, que sinceramente les recomiendo. Es una obra de los años treinta, pero hay muchos datos que siguen siendo válidos. Después de todo, las bombas de los alemanes no modificaron tanto el paisaje. La verdad es que antes de la guerra mistress Symons venía asiduamente a esta casa y se puede decir que, de todos los invitados, era ella la más apreciada entre la servidumbre, ya que siempre mostró su agradecimiento sin ningún reparo. Fue por entonces cuando, impulsado por la admiración que sentía por esta dama, durante los escasos momentos de ocio de que gozaba pude leer detenidamente su obra en la biblioteca. Recuerdo que poco después de que miss Kenton se fuera a Cornualles en 1936, al no haber estado nunca en esa parte del país, solía echar alguna ojeada al tercer volumen de la obra de mistress Symons, volumen en el que ofrece a los lectores una descripción de los encantos de Devon y Cornualles ilustrada con fotos y una serie de grabados de la región que a mí, personalmente, me resultan muy evocadores. Así fue como pude formarme una idea del lugar adonde miss Kenton había ido a pasar su vida de casada. Todo esto, como he dicho, ocurrió en los años treinta, época en que las obras de mistress Symons gozaban de gran prestigio en todo el país. Hacía tiempo que no había vuelto a mirar aquellos volúmenes, pero los últimos acontecimientos me indujeron a bajar de los estantes el tomo dedicado a Devon y Cornualles. Volví a examinar las maravillosas ilustraciones y descripciones, y sólo pensar que cabía la posibilidad de emprender un viaje en coche por toda esa zona del país me puso en un creciente estado de agitación. Es algo que, con toda seguridad, entienden.

Finalmente, no me quedó más remedio que volver a tratar el tema con mister Farraday. Siempre cabía la posibilidad de que la propuesta que me había hecho dos semanas antes no fuese más que una idea pasajera y que ahora ya no la aprobase. Aunque, según he ido conociendo a mister Farraday durante todos estos meses, no puedo decir que mi patrón sea una persona inconsecuente, rasgo que en el dueño de una casa resulta de lo más irritante. No había motivo, por lo tanto, para pensar que ya no se mostraría tan entusiasta respecto al viaje en coche que me había propuesto y, especialmente, que ya no tuviese la amabilidad de «pagar la gasolina»; sin embargo, consideré detenidamente en qué momento debía plantearle el asunto.

Decidí que el momento más adecuado sería por la tarde, al servirle el té en el salón. Es cuando mister Farraday vuelve de su breve paseo por el campo, y son pocas las veces en que se encuentra absorto leyendo o escribiendo, como ocurre por las noches. En realidad, a esa hora del día, cuando le traigo el té, si está leyendo un libro o un periódico suele cerrarlo, levantarse y estirarse delante del ventanal, como esperando entablar conversación.

Así, el momento que yo había escogido era el propicio, pero el que las cosas salieran del modo en que salieron se debe, en conjunto, a que calculé mal la situación, ya que no tuve suficientemente en cuenta el hecho de que a esa hora del día mister Farraday sólo disfruta con las conversaciones alegres y divertidas. Ayer, al llevarle el té por la tarde, sabiendo que se encontraría en ese estado de ánimo y conociendo su propensión a hablar en tono jocoso, habría sido más sensato no hacer la más mínima alusión a miss Kenton, pero es posible que entiendan que, al pedirle un favor tan generoso por su parte, era natural que le insinuase que mi petición se basaba en razones estrictamente profesionales. Así, al exponerle las razones por las que prefería hacer mi excursión por el oeste del país, en lugar de mencionar los diferentes atractivos descritos por mistress Symons en su obra, cometí el error de explicar que la antigua ama de llaves de Darlington Hall vivía en esa región. Imagino que, a partir de ahí, intenté hacer ver a mister Farraday que el viaje me permitiría tantear una posible solución que quizá fuese la mejor para nuestro pequeño problema doméstico, pero al mencionar a miss Kenton me percaté de pronto de que más me convenía no proseguir con este tema. No sólo no estaba seguro de que miss Kenton quisiese volver a trabajar con nosotros, sino que desde hacía un año, desde que me había entrevistado por primera vez con mister Farraday, no le había vuelto a comentar la cuestión de aumentar el número de criados. Hubiera sido pretencioso por mi parte, y pretencioso es decir poco, seguir manifestando en voz alta mis propios planes sobre el futuro de Darlington Hall. De

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Los restos del día

4.4
208 valoraciones / 207 Reseñas
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Reseñas de lectores

  • (5/5)
    One of the best books I have listened to in awhile. The perfect butler talks of his profession and incidentally describes world shacking events prior to WWII. The movie does a faithful job of following the book, with only minor plot changes.
  • (5/5)
    This is a beautifully crafted novel about regret, about the road not taken. Stevens has been the butler at Darlington Hall for several decades. Its current owner, an American, urges Stevens to use his car for a short holiday and Stevens takes him up on the offer. He drives west where he plans to visit Darlington Hall’s former housekeeper, whom he still thinks of as Miss Kenton. As he travels, he reflects on the past and his relations with his father, with Miss Kenton, and with his previous employer, Lord Darlington. The journey to the west keeps the momentum going forward, while Stevens’s reminiscences of the past fill in character and the complex motivations for the journey and for Stevens’s self-reflection. Greatness is one of the novel’s themes. The novel itself is exemplary of literary greatness.
  • (5/5)
    Masterpiece. Taut, fastidious, and crushingly sad, Ishiguro manages to both inhabit and examine British-ness through his highly elided narrator. In the impossible way of things, this is a book about emotions while barely mentioning them, how to reveal by concealing, and human-ness (writ large) expressed by exacting historical and cultural detail. A real heart-breaker. Worth it for the banter.
  • (5/5)
    I took this book slow, a chapter a day, leisurely reading a 'real' book in the evening by lamplight. I had an older, somewhat yellowed copy of the book and stopped to make notes as I read. I had not read Remains of the Day since its publication, for my original, hardbound copy was sacrificed in downsizing with one of our many moves.I recalled I liked the book enough to be eager to see the movie version, which involved obtaining a babysitter and driving a half hour to a city large enough to have 'artsy' films. I had vivid memories of the movie with Anthony Hopkins and Emma Thompson.In 1956, Mr. Stevens, butler for Mr. Farraday the new owner of Darlington Hall, takes his one ever vacation, to see the former head maid, Miss Kent, now Mrs. Benn. She is newly single, and nostalgic, had written him a letter. Stevens has been disconcerted by his new American master, who seems to want him to 'banter' in a friendly, lighthearted exchange. He has been thinking too much of the old days and of the changes that WWII brought to Britain.Before many miles have passed he is in Terra Nova, as unfamiliar with the landscape as he is with the denizens of this new land. Mr. Steven's journey brings him in contact with working class folk and farmers, the great democratic populace outside of the rare atmosphere of Darlington Hall's lords and titled men, his 'betters'. Mr. Steven's trip is also a journey into another area as unfamiliar as Salisbury or Cornwall-- his own soul.A butler must have dignity: this has been his core belief and mantra, and those butlers--like his own father--who have stood for dignity have been his role models. To be great comes at a cost. Stevens served Lord Darlington, host to movers and shakers of the British Empire in the days after The Great War. Spotless, perfect silverware could mean the rise or fall of the country, the brokering of a deal or its failure. Stevens' quest for dignity and perfection, believing he is part of something bigger, justified his renouncement of the personal even when his father is dying, even when a woman's heart is there for the asking.Appearances are everything, and yet Darlington Hall is submersed in deception for Lord Darlington is the dupe of political extremists and Nazi sympathizers. Stevens can not condemn his former employer, justifying his essential moral goodness and making apologies for his errors in judgement. And yet--and yet--he also dissembles, unable to admit to strangers his attachment to a man now held in universal disdain.Mr. Farraday's Ford breaks down and Stevens is left wading through muddy fields in the gloaming, remembering Lord Darlington's fall from grace and later admission of wrong doing, and how Miss Kent had admonished Stevens for being unable to face his own feelings. Stevens is welcomed to spend the night with simple farmers and their neighbors, one of whom is an ardent Socialist arguing for more power to the people. Lord Darlington had believed that democracy was "something for a by-gone era" and that strong leadership--like in Italy and Germany--would bring the social changes society needed. It is a rainy day when Mr. Stevens arrives at the rendezvous with Miss Kent. She had not married for love, but Stevens finds his heart is breaking to learn it is too late to turn back the clock.How does we live the remainder of our life after learning we have based our life on a sham? When we realize our choices betrayed our true dignity? For Stevens, it means not looking back but enjoying the waning days. And learning to banter.I marvel at the structure of this novel, the measured language, the complexity of character. I am so glad my book club chose to read Remains of the Day. Posted by Nancy Bekofske at 3:30
  • (4/5)
    A deeply devoted English butler, Stevens, reminisces about his life in Darlington Hall. He believed, as a butler, it was his duty and responsibility to be selfless in every aspect of his life. Therefore, he devoted himself to giving Lord Darlington his very best. During this reminiscing, Stevens begins to discover himself.This was a very good book. It took me a long time to become interested, but eventually I became attached to Stevens. After that happened, I was eager to hear more about his life. Interestingly enough, last year when I read Never Let Me Go I had the very same reaction. Ishiguro has a great talent for luring me into the depths of his novels and leaving me in a state of thoughtfulness. (4/5)Originally posted on: "Thoughts of Joy..."
  • (5/5)
    The Remains of the Day can only be described as a quiet novel of great, gentle power. It is often humorous, in a comedy of manners sort of way, but ultimately, this is a very sad story told with very beautiful writing. It is touching and thoughtful, and Stevens’s candor—which he shares only with his readers and never with the people he knows in real life—about his life and its meanings make him a very sympathetic character. This was my first encounter with Ishiguro’s writing, and I loved every word of it. Read my full review at The Book Lady's Blog.
  • (5/5)
    Beautifully written and quietly heartbreaking. I adore the way the story is slowly rolled out through Stevens' slightly unreliable memories while he takes a solo car tour late in his life. As a character, he's endearing and maddening. I was caught off guard by tears more than once.
  • (5/5)
    The best thing about "The Remains of the Day" is the way the formal, not to say stilted, style in which it is written corresponds to the shutness, to the rigidity with which Stevens, the main character, closes himself off from others, and thereby from happiness.A moderately long car trip forms the plot background for our protaganist's journey of self-discovery, and an apt background it is. He takes several days to travel (sort of) the breadth of Britain, and meditates on the choices he and his employers have made, the their effects on history. But these contemplations take a back seat to the central point, that of Stevens's sterile life, and his tearful, heart-broken realization of it all.This to me, is a truly stunning achievement. Ishiguro deserves all the accolades he has received for it.
  • (5/5)
    The Remains of the Day is Kazuo Ishiguro's most beloved novel, according to LibraryThing ratings stats it ranks highest of his oeuvre. Having just won the Nobel I gave it a try, nearly 30 years after publication it's becoming something of a classic. Ishiguro's prose is precise and dignified like the character he portrays. There are multiple layers of meaning behind "remains of the day". I think what will stick with me is Stevens' voice and demeanor because Ishiguro found a way to make a wooden butler into a real person. Ishiguro owns the butler space.
  • (4/5)
    I was prompted to read this book after the author was awarded the Nobel Prize for literature last week. This follows his being awarded an OBE for services to literature and becoming a Chevalier de l’Ordre des Arts et des Lettres, both in the 1990s. This particular novel won the Booker Prize in 1989. It is very well written and the author has a wonderful and seemingly effortless command of language, which as a linguist I appreciate. Yet I also felt there was a certain coldness to the prose, reflected in the central character of the butler, Mr Stevens. His dedication to his duty towards his employer Lord Darlington is so total and his manner so stiffly formal, that he sometimes came across as just plain cold, in particular on the death of his father, who was also employed in Lord Darlington's house. The framework narrative of the novel is set in the 1950s, after Lord Darlington has died, and Stevens's new employer is an American, Mr Farraday. The latter goes away on a trip and Stevens takes a drive to the west country to seek out a former fellow employee from the 1920s and 30s, Miss Kenton. His journey however consists almost entirely of reminiscences of his life working under Lord Darlington in those decades, during which his former employer became involved in, at best naive, attempts to use his influence to bring about peace between Britain and Nazi Germany. One particular unsavoury nadir comes when Darlington sacks two Jewish housemaids merely because of their background, an order which Stevens loyally executes. The political background is interesting and Stevens's position undoubtedly awkward, but I seldom felt much sympathy for him and his outlook and world view seem very alien to the modern reader. There are passages of inadvertent humour, though, particularly in the conversations between Stevens and Miss Kenton.
  • (5/5)
    I'd not read this book before now, and haven't seen the movie. So, my first inkling of what the book was about came from a short blurb: "In 1956, Stevens, a long-serving butler at Darlington Hall, decides to take a motoring trip through the West Country.” True, but that's not really what the book is about. This is a character study of Stevens; it's a story about dignity, life choices and self-awareness, or lack thereof. Stevens is a strong character, although not a reliable narrator. His lack of self-awareness makes the story subtly sad as the reader comes to appreciate truths that elude Stevens himself. Through Stevens' memories, we confront issues of class distinctions, loyalty and professionalism. The writing is absolutely superb. The author can make scenes come alive with the way he uses languages, and the way in which he portrays the body language, words and silences of his characters.The Remains of the Day contains a story about the politics of appeasement, about how the class system is changing, but it is, primarily, the story of individual lives, of opportunities lost and of small victories.
  • (5/5)
    "In 1956, Stevens, a long-serving butler at Darlington Hall, decides to take a motoring trip through the West Country. The six-day excursion becomes a journey into the past of Stevens and England, a past that takes in fascism, two world wars, and an unrealized love between the butler and his housekeeper."
  • (4/5)
    A bygone era butler takes a journey both literally and figuratively. As he does, he ponders the man he spent 3 decades serving. Quite deep and thought provoking. The book took me a long time to get into and I think it was written in a way that an English butler might speak and think.
  • (5/5)
    The reflections of a man nearing the end of his career as a gentleman's gentleman. As reflections do, these wander forward and backward in his life, thinking over events which occurred for the most part before WWII, and pondering what lies ahead for a butler when that style of life is becoming extinct.This will be a book I will reread, if only to admire the writing and technique of the author. Layer upon layer, like a delicious tort, we are shown the thoughts of Stevens. We read what he says, what thinks he is saying, what others hear him say, and what probably actually happened. He is such a tightly composed man that we wonder if he will ever allow himself to gain insight into events and people. He reminds me very much of "Doc Martin" from the TV show.This is not at all a navel-gazing novel, and yet, it is about finding meaning, exploring loss and looking to the future. With all that, it made me laugh out loud as I was listening on my walk to work. It also made me shudder every time Stevens worked himself up to "banter." He is so very bad at banter! The Remains of the Day is one of those books which every reader will find their own truth in, without feeling pushed in any one direction.I cannot say enough in praise to the narrator, Simon Prebble. As always, his voice and characters were most excellent.
  • (4/5)
    Beautiful narrative about a butler in England when the butler profession is startting to die out.
  • (5/5)
    This book definitely lived up to my expectations. I could hardly take a break from reading it that's how engrossing I found the story. Mr. Stevens is an English butler, currently working for an "American gentleman" who has bought the English manor house, Darlington Hall. Previously Darlington Hall was owned by Lord Darlington and Stevens was the butler for many years. During the years between World War I and World War II, Lord Darlington was involved with trying to ease the relationship between Germany and its former enemies. In fact, for a time Lord Darlington was involved with Sir Oswald Mosley who headed a right-wing pro-fascist organization referred to as the 'blackshirts'. Although he later regretted it Lord Darlington insisted that two housemaids be dismissed because they were Jewish. Stevens, as butler, had to carry out this command. The head housekeeper, Miss Kenton, threatened to resign as well if this was allowed to happen. In the end, Miss Kenton stayed until she got married but she felt she had been very weak to do so. We learn all about life at Darlington Hall as Stevens takes a driving vacation (a singular event in his life) to see Miss Kenton who now lives in Cornwall. Stevens reminisces about the events and considers what constitutes a great butler. He feels that 'dignity' is the hallmark of a great butler and that in stressful situations a great butler will continue to show dignity. He applies this to his own life and never lets his guard down. Even as Stevens' father lay dying Stevens continued to serve refreshments to the guests assembled for an important meeting. The doctor who was called for his father arrived too late but Stevens was able to placate a guest with painful feet by having the doctor tend to them. Although Stevens knew Miss Kenton was attracted to him and even though he felt something for her he never allowed his emotions to show. Thus Miss Kenton married a man she did not love and had quite a rocky relationship. In fact, Miss Kenton had written to Stevens that she had left her husband and Stevens thought that perhaps she might be looking for a position at Darlington Hall again. That was the impetus for him taking this unusual step of driving from Oxfordshire to Cornwall. Perhaps Stevens is finally allowing his emotions to gain the upperhand over his 'dignity'. Or perhaps not. I recommend this book highly.
  • (4/5)
    I didn't expect to enjoy this book add much add I did. Stevens is frustrating but strangely likeable. It's an interesting portrait of life in service and unrealised dreams. I found it profoundly sad.
  • (3/5)
    Butler Stevens blikt terug op zijn werk in dienst van een Engelse Lord en op zijn glorietijd aan het hoofd van een hele huishouding, in de jaren 20 en 30 van vorige eeuw. Er gebeurt zo goed als niks in dit boek en net dàt houdt je in de greep. Heerlijk is de consequent volgehouden stijl van de vertellende butler: zijn gepolijste, beheerste taalgebruik , en zijn uitgesponnen beschouwingen over pietluttigheden zoals het belang van goede zilverpoets. De langdradigheid verhult ten dele dat het verhaal één lang uitgesponnen zelfanalyse is van Stevens, opgewekt door zijn nieuwe werkgever, een losse Amerikaan (waar hij niet goed mee weet om te gaan) en door de commentaren die hij tijdens een uitstapje hoort over zijn vroeger werkgever Lord Darlington die nogal ver ging in zijn pogingen om goede betrekkingen tot stand te brengen tussen Groot-Brittannië en Hitler-Duitsland. De tweede focus van overpeinzingen is zijn relatie (of het gebrek daaraan) met het vrouwelijke hoofd van de huishouding, Miss Kenton, die het 20 jaar tevoren plots afstapte om te trouwen. Wat nu vooral frappeert is het voortdurende contrast tussen de dingen zoals Stevens ze beschrijft, zijn perceptie en onze perceptie daarvan. Voortdurend heb je de neiging te roepen: “maar man, kijk en luister dan beter, dan zal je wel snappen wat er aan de hand is; zie je dan niet dat jouw baas zich in de luren laat leggen door de nazi’s en zie je niet dat Miss Kenton smacht naar jou!”. Het is van de roman Stoner van John Williams geleden dat ik die neiging om het hoofdpersonage toe te roepen heb moeten onderdrukken. En inderdaad, er zijn tal van gelijkenissen tussen de hoofdfiguren van beide boeken (allebei even mooi geschreven trouwens): ze ondergaan allebei hun leven en maken daar zelfs hun levenskunst van. Bij Stoner is het een bewuste levensinstelling, bij Stevens is het eerder een vergoelijking achteraf, want hij kampt duidelijk met een gebrek aan empathie; hij slaagt er niet in uit zijn rol van butler te stappen, ook niet als zijn vader sterft, of als Miss Kenton hem duidelijk maakt dat ze meer dan een professionele relatie met hem wil; Stevens is duidelijk “sociaal gehandicapt”, en kan niet overweg met emoties; integendeel, voor hem is het een opperste daad van waardigheid om altijd in zijn rol van butler te blijven. En dat maakt hem hilarisch en ronduit tragisch. Het knappe aan “The Remains of the Day” is dat Ishiguro toch niet echt een spotfiguur maakt van Mr. Stevens. Want uit zijn zelfanalyse wordt duidelijk dat hij zelf ook wel aanvoelt dat er wat schort met zijn inschattingen; hij komt uiteindelijk zelfs tot de (in onze ogen) correcte conclusies; alleen lukt het hem niet daarnaar te handelen en uit zijn rol te stappen. Ondanks zijn ongelofelijk tragikomische gehalte heeft hij ook iets van Elkerlijk: wij zijn allemaal voor een stukje Mr. Stevens, want ook wij hebben niet altijd door wat er rond ons gebeurt, wat de (morele) relevantie is; en ook ons lukt het niet om consequent te handelen naar de inzichten die we opdoen. Heerlijk, dit boek.
  • (5/5)
    A masterpiece.
  • (4/5)
    Hauntingly beautiful, this story of the end of an era when the aristocracy ruled and servants served, examines the meaning of the servant's life through the diary of one man over the course of a week. A simple story but profound.
  • (4/5)
    1950s England, and Darlington Hall has recently been sold to an American gentleman following the death of Lord Darlington. The house is temporarily closed up whilst the new owner prepares to emigrate from America, and the butler goes on a driving holiday to visit a former housekeeper in Devon. This book is, as typical of Ishiguro's work, exceptionally well-written. The character of Stevens, the butler, is one of a staid and upright servant, whose work has defined his life. He muses at length on his ideas about what it means to be a butler, and the duties involved therein. He is critical of himself and others, and his unforgiving approach seems to have left him without friends or family. Ultimately, I found him to be a slightly absurd character. He seems awkward and ill at ease with others, and yet as the end of the story approaches, it seems that he has never truly addressed his relationship with Miss Kenton, the former housekeeper who left to get married and moved to Devon. Their relationship seemed quite tempestuous, and yet settled into an infrequent exchange of letters over a period of several decades. Stevens misjudges her expressions of dissatisfaction with some aspects of her marriage as an indication that she wishes to return to Darlington, and fails to understand that marriage is not a steady, unwavering state.Much of his retrospection looks back to the 1920 and 1930s, when Lord Darlington became embroiled in attempts to rework the terms of the Treaty of Versailles, and played host to the now-notorious names of the Nazi regime, including Ribbentrop. Although the precise nature of Darlington's disgrace is never quite defined, Stevens avoids naming his previous employer or his place of work when talking to others about his career. Ultimately, Stevens seems like quite a pathetic character; although utterly devoted to his work, this has left him with the prospect of a lonely and dull old age. The demise and death of his own father is a template for his own future. Exceptionally well-written, and certainly worth a read.
  • (5/5)
    I could have spent ages coming up with a really profound and meaningful choice to start my book chain with, but in fact I chose Kazuo Ishiguro's The Remains of the Day for no better reason than - because it was there. Not that I'm in any way comparing it to Everest - in fact it's not a challenging read at all. I think this is because Ishiguro's prose is so beautifully and naturally written that I was very rarely aware of the author or his words - the story and the descriptions just flowed into my head from the paper. Having said that, when I took the time to think about the narrator's voice, it was really fascinating. The novel is narrated in the first person by Stevens, a butler in a large English country house in the interwar period. At first glance he is a stereotypical butler - dignified (an important theme in the book), calm, and somewhat pompous. It is only as the book goes on that the reader begins to see that beneath the costume of his dignified exterior is a man as insecure and full of regret as anyone else. Eventually he comes to realise how much he has lost out on through maintaining such an emotionless facade, and it is a heartbreaking moment. I feel that Ishiguro's skill really lies in his ability to rouse the reader's sympathy for a man who on the surface seems so devoid of character, and who never intentionally reveals a glimpse of his underlying emotions. In the end, it is what Stevens doesn't say that reveals the most about him.The book mainly takes the form of the ageing Stevens' recollections of his years of service to Lord Darlington and his relationship with the housekeeper, Miss Kenton. As he drives across the English countryside, his narrative of the events of his driving holiday is interspersed with memories which, it seems, he is unable to suppress. In essence, because of the two time frames of the book, the story has two climaxes, one of which involves his memories of Lord Darlington and his dangerous manipulation of the current affairs of the age. The other, towards which the book is obviously building from the beginning, is a short meeting with Miss Kenton, now married and moved away. Whether either of these endings is entirely satisfying is something I can't decide on - they are certainly both sources of regret for Stevens. I loved this book. The beautiful prose, the subtle characterisation and the wonderful descriptions of the English countryside have made me a big fan of Ishiguro's writing. I just wish I could decide how hopeful I feel the end of the book is. As someone who loves a happy ending I'm trying to see it that way, but actually the more I think about the closing two or three paragraphs, the more unbearably sad I find them. This is a book that's going to stay with me for a long time.
  • (1/5)
    Gee, who am I to set myself against thousands of LTers, and millions beyond them, but I just want to go on record a saying that this book is Nothing buffed to a very high gloss. But since I am a firm believer-in and practioner of practical proposals, here's mine. Whenever we find some one who will admit to having read and enjoyed this, let's give that person a little Extra Love, because after 245 pages of this droopy-drawers piece of twaddle, he (or she -- and in my experience, it's been mostly women) badly needs it.
  • (5/5)
    The Remains of the Day is a poignant first-person narrative told from the perspective of a butler who works at a great English house subsequent to, during, and after World War II. The butler, Mr. Stevens, has great faith in his employer, Lord Darlington. His greatest concern is to help Lord Darlington achieve his goals of bringing justice into the world through his duty as a butler. Mr. Stevens believes that the greatest butlers are those who show greatest dignity - an attribute he seeks to perfect in himself to the best of his abilities.The entire novel is told as a memoir, looking back at events after they have occurred, and judging them from a loftier perspective backward. Mr. Stevens' high standards bring the presumption that his actions are justified and that his viewpoints are correct, but his very dignity becomes an impediment in his relationships to those around him; his anxiety to maintain professional working relationships thwarts every effort the housekeeper, Miss Kenton, makes to become closer friends with him.It is only toward the end of the novel that Mr. Stevens begins to question whether his life has been as rewarding as he has previously assumed, and he wonders if a life lived through others' mistakes is indeed a life lived with dignity.
  • (4/5)

    This is one of those books that I've always meant to read. Or at least, I meant to read it for some time before and some time after I saw the film adaptation in the early 1990s, then I forgot about it.

    What’s interesting about reading the book for the first time now, almost twenty years after seeing the film, is how strong the influence of the film is in my head. Not particularly the plot – it was only just now, reading the summary of the plot of the film in Wikipedia, that I realised how it diverges from the plot of the novel – but the characters. Even though the actors who have portrayed the characters in a film do not usually determine my response to characters in the novel from which the film is adapted, it’s hard for me to imagine anyone other than Anthony Hopkins and Emma Thompson when I think of Mr Stevens and Miss Kenton.

    This is no bad thing. I consider both Hopkins and Thompson to be actors who can truly inhabit the characters they portray. And Ishiguro creates characters made to be inhabited. While the themes explored in the novel are inherently interesting, it is the characterisation – in particular that of Mr Stevens – which really makes the work shine. Although not particularly likeable in his rigidity and emotional sterility, Mr Stevens nevertheless emerges as a fascinating and tragic character.

    This novel has everything I like about good fiction. The prose is beautiful, but not complex. The characters are well drawn. The themes are interesting. What an accomplished writer Ishiguro is! Now to read more of his work.
  • (5/5)
    A tragic, spiritual portrait of a perfect English butler and his reaction to his fading insular world in post-war England. This was a very well written book with interesting characters. It was a very easy audio to listen to and held my attention all the way through. I would highly recommend this book to those who love great literature.4.5 stars
  • (5/5)
    A charming, subtle story of a starched English butler, told in first person, about his time working for a great gentleman in a a large house. The house is often full of high society guests before the war and boasts a large staff. Humor and heartbreak weave through the story. The voice of the butler is brilliantly written.

    After the war, things change and the house is purchased by an agreeable American. The butler, Stevens, is loaned a car by his employer to facilitate a week's trip to the west country. Along the way, Stevens experiences new people and situations. Arriving at his destination, he spends time talking to one of the ladies who used to be on the staff of the great house where Stevens still works.

    This book has the bones of a modern classic.
  • (4/5)
    Lots of big issues related to both life, society and politics taken up through a seemingly simple portrait of a butler, his bosses, and his staff.
  • (4/5)
    A really first rate read: Insightful, evocative and compassionate. Booker got the Prize right in 1989 which cannot be said of many of its choices before & since this modern masterpiece of English prose.
  • (4/5)
    An excellent book. I just finished Never Let Me Go so wanted to try Remains of the Day as I loved the movie. Now I realize how little the movie could touch on all of the parameters examined in the book. A charming story highly recommended.