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El llano en llamas

El llano en llamas

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El llano en llamas

valoraciones:
4.5/5 (17 valoraciones)
Longitud:
172 páginas
3 horas
Editorial:
Publicado:
Mar 28, 2019
ISBN:
9788417047870
Formato:
Libro

Descripción

La obra contiene 17 cuentos publicados por Juan Rulfo a partir de 1945, cuando aparece el titulado "Nos han dado la tierra" en las revistas América y Pan.
Rulfo comenta los relatos que sigue escribiendo en cartas a su novia Clara Aparicio. En 1951 se publica el séptimo, "Diles que no me maten", en la revista América. Gracias a la primera beca que Rulfo recibe del Centro Mexicano de Escritores puede terminar los ocho que aparecerán con los previos en 1953, en el libro titulado El Llano en llamas, dedicado a Clara. Dos relatos más, aparecidos en revistas en 1955, serán incluidos en la edición de 1970. 
Los cuentos incluidos en este volumen fueron considerados por Rulfo como su aproximación a Pedro Páramo. La presente edición incluye el texto definitivo de la obra establecido por la Fundación Juan Rulfo.
Editorial:
Publicado:
Mar 28, 2019
ISBN:
9788417047870
Formato:
Libro

Sobre el autor


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El llano en llamas - Juan Rulfo

EL LLANO EN

LLAMAS

Juan Rulfo

EDITORIAL RM & FUNDACIÓN JUAN RULFO

MÉXICO

A Cla­ra

Índice

El llano en llamas

Nos han dado la tierra

La cuesta de las comadres

Es que somos muy pobres

El hombre

En la madrugada

Talpa

Macario

El llano en llamas

¡Diles que no me maten!

Luvina

La noche que lo dejaron solo

Paso del norte

Acuérdate

No oyes ladrar los perros

El día del derrumbe

La herencia de matilde arcángel

Anacleto morones

Créditos

NOS HAN DA­DO LA TIE­RRA

dES­PUÉS DE TAN­TAS ho­ras de ca­mi­nar sin en­con­trar ni una som­bra de ár­bol, ni una se­mi­lla de ár­bol, ni una raíz de na­da, se oye el la­drar de los pe­rros.

Uno ha creí­do a ve­ces, en me­dio de es­te ca­mi­no sin ori­llas, que na­da ha­bría des­pués; que no se po­dría en­con­trar na­da al otro la­do, al fi­nal de es­ta lla­nu­ra ra­ja­da de grie­tas y de arro­yos se­cos. Pe­ro sí, hay al­go. Hay un pue­blo. Se oye que la­dran los pe­rros y se sien­te en el ai­re el olor del hu­mo, y se sa­bo­rea ese olor de la gen­te co­mo si fue­ra una es­pe­ran­za.

Pe­ro el pue­blo es­tá to­da­vía muy allá. Es el vien­to el que lo acer­ca.

He­mos ve­ni­do ca­mi­nan­do des­de el ama­ne­cer. Aho­ri­ta son al­go así co­mo las cua­tro de la tar­de. Al­guien se aso­ma al cie­lo, es­ti­ra los ojos ha­cia don­de es­tá col­ga­do el sol y di­ce:

—Son co­mo las cua­tro de la tar­de.

Ese al­guien es Me­li­tón. Jun­to con él, va­mos Faus­ti­no, Es­te­ban y yo. So­mos cua­tro. Yo los cuen­to: dos ade­lan­te, otros dos atrás. Mi­ro más atrás y no veo a na­die. En­ton­ces me di­go: So­mos cua­tro. Ha­ce ra­to, co­mo a eso de las on­ce, éra­mos vein­ti­tan­tos; pe­ro pu­ñi­to a pu­ñi­to se han ido des­per­di­gan­do has­ta que­dar na­da más es­te nu­do que so­mos no­so­tros.

Faus­ti­no di­ce:

—Pue­de que llue­va.

To­dos le­van­ta­mos la ca­ra y mi­ra­mos una nu­be ne­gra y pe­sa­da que pa­sa por en­ci­ma de nues­tras ca­be­zas. Y pen­sa­mos: Pue­de que sí.

No de­ci­mos lo que pen­sa­mos. Ha­ce ya tiem­po que se nos aca­ba­ron las ga­nas de ha­blar. Se nos aca­ba­ron con el ca­lor. Uno pla­ti­ca­ría muy a gus­to en otra par­te, pe­ro aquí cues­ta tra­ba­jo. Uno pla­ti­ca aquí y las pa­la­bras se ca­lien­tan en la bo­ca con el ca­lor de afue­ra, y se le re­se­can a uno en la len­gua has­ta que aca­ban con el re­sue­llo.

Aquí así son las co­sas. Por eso a na­die le da por pla­ti­car.

Cae una go­ta de agua, gran­de, gor­da, ha­cien­do un agu­je­ro en la tie­rra y de­jan­do una plas­ta co­mo la de un sa­li­va­zo. Cae so­la. No­so­tros es­pe­ra­mos a que si­gan ca­yen­do más. No llue­ve. Aho­ra si se mi­ra el cie­lo se ve a la nu­be agua­ce­ra co­rrién­do­se muy le­jos, a to­da pri­sa. El vien­to que vie­ne del pue­blo se le arri­ma em­pu­ján­do­la con­tra las som­bras azu­les de los ce­rros. Y a la go­ta caí­da por equi­vo­ca­ción se la co­me la tie­rra y la de­sa­pa­re­ce en su sed.

¿Quién dia­blos ha­ría es­te lla­no tan gran­de? ¿Pa­ra qué sir­ve, eh?

He­mos vuel­to a ca­mi­nar. Nos ha­bía­mos de­te­ni­do pa­ra ver llo­ver. No llo­vió. Aho­ra vol­ve­mos a ca­mi­nar. Y a mí se me ocu­rre que he­mos ca­mi­na­do más de lo que lle­va­mos an­da­do. Se me ocu­rre eso. De ha­ber llo­vi­do qui­zá se me ocu­rrie­ran otras co­sas. Con to­do, yo sé que des­de que yo era mu­cha­cho, no vi llo­ver nun­ca so­bre el lla­no, lo que se lla­ma llo­ver.

No, el lla­no no es co­sa que sir­va. No hay ni co­ne­jos ni pá­ja­ros. No hay na­da. A no ser unos cuan­tos hui­za­ches tres­pe­le­ques y una que otra man­chi­ta de za­ca­te con las ho­jas en­ros­ca­das; a no ser eso, no hay na­da.

Y por aquí va­mos no­so­tros. Los cua­tro a pie. An­tes an­dá­ba­mos a ca­ba­llo y traía­mos ter­cia­da una ca­ra­bi­na. Aho­ra no trae­mos ni si­quie­ra la ca­ra­bi­na.

Yo siem­pre he pen­sa­do que en eso de qui­tar­nos la ca­ra­bi­na hi­cie­ron bien. Por acá re­sul­ta pe­li­gro­so an­dar ar­ma­do. Lo ma­tan a uno sin avi­sar­le, vién­do­lo a to­da ho­ra con la 30 ama­rra­da a las co­rreas. Pe­ro los ca­ba­llos son otro asun­to. De ve­nir a ca­ba­llo ya hu­bié­ra­mos pro­ba­do el agua ver­de del río, y pa­sea­do nues­tros es­tó­ma­gos por las ca­lles del pue­blo pa­ra que se les ba­ja­ra la co­mi­da. Ya lo hu­bié­ra­mos he­cho de te­ner to­dos aque­llos ca­ba­llos que te­nía­mos. Pe­ro tam­bién nos qui­ta­ron los ca­ba­llos jun­to con la ca­ra­bi­na.

Vuel­vo ha­cia to­dos la­dos y mi­ro el lla­no. Tan­ta y ta­ma­ña tie­rra pa­ra na­da. Se le res­ba­lan a uno los ojos al no en­con­trar co­sa que los de­ten­ga. Só­lo unas cuan­tas la­gar­ti­jas sa­len a aso­mar la ca­be­za por en­ci­ma de sus agu­je­ros, y lue­go que sien­ten la ta­te­ma del sol co­rren a es­con­der­se en la som­bri­ta de una pie­dra. Pe­ro no­so­tros, cuan­do ten­ga­mos que tra­ba­jar aquí, ¿qué ha­re­mos pa­ra en­friar­nos del sol, eh? Por­que a no­so­tros nos die­ron es­ta cos­tra de te­pe­ta­te pa­ra que la sem­brá­ra­mos.

Nos di­je­ron:

—Del pue­blo pa­ra acá es de us­te­des.

No­so­tros pre­gun­ta­mos:

—¿El Lla­no?

—Sí, el lla­no. To­do el Lla­no Gran­de.

No­so­tros pa­ra­mos la je­ta pa­ra de­cir que el Lla­no no lo que­ría­mos. Que que­ría­mos lo que es­ta­ba jun­to al río. Del río pa­ra allá, por las ve­gas, don­de es­tán esos ár­bo­les lla­ma­dos ca­sua­ri­nas y las pa­ra­ne­ras y la tie­rra bue­na. No es­te du­ro pe­lle­jo de va­ca que se lla­ma el Lla­no.

Pe­ro no nos de­ja­ron de­cir nues­tras co­sas. El de­le­ga­do no ve­nía a con­ver­sar con no­so­tros. Nos pu­so los pa­pe­les en la ma­no y nos di­jo:

—No se va­yan a asus­tar por te­ner tan­to te­rre­no pa­ra us­te­des so­los.

—Es que el Lla­no, se­ñor de­le­ga­do…

—Son mi­les y mi­les de yun­tas.

—Pe­ro no hay agua. Ni si­quie­ra pa­ra ha­cer un bu­che hay agua.

—¿Y el tem­po­ral? Na­die les di­jo que se les iba a do­tar con tie­rras de rie­go. En cuan­to allí llue­va, se le­van­ta­rá el maíz co­mo si lo es­ti­ra­ran.

—Pe­ro, se­ñor de­le­ga­do, la tie­rra es­tá des­la­va­da, du­ra. No cree­mos que el ara­do se en­tie­rre en esa co­mo can­te­ra que es la tie­rra del Lla­no. Ha­bría que ha­cer agu­je­ros con el aza­dón pa­ra sem­brar la se­mi­lla y ni aun así es po­si­ti­vo que naz­ca na­da; ni maíz ni na­da na­ce­rá.

—Eso ma­nifiés­ten­lo por es­cri­to. Y aho­ra vá­yan­se. Es al la­ti­fun­dio al que tie­nen que ata­car, no al Go­bier­no que les da la tie­rra.

—Es­pé­re­nos us­ted, se­ñor de­le­ga­do. No­so­tros no he­mos di­cho na­da con­tra el Cen­tro. To­do es con­tra el Lla­no… No se pue­de con­tra lo que no se pue­de. Eso es lo que he­mos di­cho… Es­pé­re­nos us­ted pa­ra ex­pli­car­le. Mi­re, va­mos a co­men­zar por don­de íba­mos…

Pe­ro él no nos qui­so oír.

Así nos han da­do es­ta tie­rra. Y en es­te co­mal aca­lo­ra­do quie­ren que sem­bre­mos se­mi­llas de al­go, pa­ra ver si al­go re­to­ña y se le­van­ta. Pe­ro na­da se le­van­ta­rá de aquí. Ni zo­pi­lo­tes. Uno los ve allá ca­da y cuan­do, muy arri­ba, vo­lan­do a la ca­rre­ra; tra­tan­do de sa­lir lo más pron­to po­si­ble de es­te blan­co te­rre­gal en­du­re­ci­do, don­de na­da se mue­ve y por don­de uno ca­mi­na co­mo re­cu­lan­do.

Me­li­tón di­ce:

—És­ta es la tie­rra que nos han da­do.

Faus­ti­no di­ce:

—¿Qué?

Yo no di­go na­da. Yo pien­so: Me­li­tón no tie­ne la ca­be­za en su lu­gar. Ha de ser el ca­lor el que lo ha­ce ha­blar así. El ca­lor que le ha tras­pa­sa­do el som­bre­ro y le ha ca­len­ta­do la ca­be­za. Y si no, ¿por qué di­ce lo que di­ce? ¿Cuál tie­rra nos han da­do, Me­li­tón? Aquí no hay ni la tan­ti­ta que ne­ce­si­ta­ría el vien­to pa­ra ju­gar a los re­mo­li­nos.

Me­li­tón vuel­ve a de­cir:

—Ser­vi­rá de al­go. Ser­vi­rá aun­que sea pa­ra co­rrer ye­guas.

—¿Cuá­les ye­guas? —le pre­gun­ta Es­te­ban.

Yo no me ha­bía fi­ja­do bien a bien en Es­te­ban. Aho­ra que ha­bla, me fi­jo en él. Lle­va pues­to un ga­bán que le lle­ga al om­bli­go, y de­ba­jo del ga­bán sa­ca la ca­be­za al­go así co­mo una ga­lli­na.

Sí, es una ga­lli­na co­lo­ra­da la que lle­va Es­te­ban de­ba­jo del ga­bán. Se le ven los ojos dor­mi­dos y el pi­co abier­to co­mo si bos­te­za­ra. Yo le pre­gun­to:

—Oye, Te­ban, ¿dón­de pe­pe­nas­te esa ga­lli­na?

—Es la mía —di­ce él.

—No la traías an­tes. ¿Dón­de la mer­cas­te, eh?

—No la mer­qué, es la ga­lli­na de mi co­rral.

—En­ton­ces te la tra­jis­te de bas­ti­men­to, ¿no?

—No, la trai­go pa­ra cui­dar­la. Mi ca­sa se que­dó so­la y sin na­die pa­ra que le die­ra de co­mer; por eso me la tra­je. Siem­pre que sal­go le­jos car­go con ella.

—Allí es­con­di­da se te va a aho­gar. Me­jor sá­ca­la al ai­re.

Él se la aco­mo­da de­ba­jo del bra­zo y le so­pla el ai­re ca­lien­te de su bo­ca. Lue­go di­ce:

—Es­ta­mos lle­gan­do al de­rrum­ba­de­ro.

Yo ya no oi­go lo que si­gue di­cien­do Es­te­ban. Nos he­mos pues­to en fi­la pa­ra ba­jar la ba­rran­ca y él va me­ro ade­lan­te. Se ve que ha aga­rra­do a la ga­lli­na por las pa­tas y la zan­go­lo­tea a ca­da ra­to, pa­ra no gol­pear­le la ca­be­za con­tra las pie­dras.

Con­for­me ba­ja­mos, la tie­rra se ha­ce bue­na. Su­be pol­vo des­de no­so­tros co­mo si fue­ra un ata­jo de mu­las lo que ba­ja­ra por allí; pe­ro nos gus­ta lle­nar­nos de pol­vo. Nos gus­ta. Des­pués de ve­nir du­ran­te on­ce ho­ras pi­san­do la du­re­za del lla­no, nos sen­ti­mos muy a gus­to en­vuel­tos en aque­lla co­sa que brin­ca so­bre no­so­tros y sa­be a tie­rra.

Por en­ci­ma del río, so­bre las co­pas ver­des de las ca­sua­ri­nas, vue­lan par­va­das de cha­cha­la­cas ver­des. Eso tam­bién es lo que nos gus­ta.

Aho­ra los la­dri­dos de los pe­rros se oyen aquí, jun­to a no­so­tros, y es que el vien­to que vie­ne del pue­blo re­ta­cha en la ba­rran­ca y la lle­na de to­dos sus rui­dos.

Es­te­ban ha vuel­to a abra­zar su ga­lli­na cuan­do nos acer­ca­mos a las pri­me­ras ca­sas. Le de­sa­ta las pa­tas pa­ra de­sen­tu­me­cer­la, y lue­go él y su ga­lli­na de­sa­pa­re­cen de­trás de unos te­pe­mez­qui­tes.

—¡Por aquí arrien­do yo! —nos di­ce Es­te­ban.

No­so­tros se­gui­mos ade­lan­te, más aden­tro del pue­blo.

La tie­rra que nos han da­do es­tá allá arri­ba.

LA CUESTA DE LAS COMADRES

LOS DI­FUN­TOS TO­RRI­COS siem­pre fue­ron bue­nos ami­gos míos. Tal vez en Za­po­tlán no los qui­sie­ran pe­ro, lo que es de mí, siem­pre fue­ron bue­nos ami­gos, has­ta tan­ti­to an­tes de mo­rir­se. Aho­ra eso de que no los qui­sie­ran en Za­po­tlán no te­nía nin­gu­na im­por­tan­cia, por­que tam­po­co a mí me que­rían allí, y ten­go en­ten­di­do que a na­die de los que vi­vía­mos en la Cues­ta de las Co­ma­dres nos pu­die­ron ver con bue­nos ojos los de Za­po­tlán. Es­to era des­de vie­jos tiem­pos.

Por otra par­te, en la Cues­ta de las Co­ma­dres los To­rri­cos no la lle­va­ban bien con to­do mun­do. Se­gui­do ha­bía de­sa­ve­nen­cias. Y si no es mu­cho de­cir, ellos eran allí los due­ños de la tie­rra y de las ca­sas que es­ta­ban en­ci­ma de la tie­rra, con to­do y que, cuan­do el re­par­to, la ma­yor par­te de la Cues­ta de las Co­ma­dres nos ha­bía to­ca­do por igual a los se­sen­ta que allí vi­vía­mos, y a ellos, a los To­rri­cos, na­da más un pe­da­zo de mon­te, con una mez­ca­le­ra na­da más, pe­ro don­de es­ta­ban des­per­di­ga­das ca­si to­das las ca­sas. A pe­sar de eso, la Cues­ta de las Co­ma­dres era de los To­rri­cos. El coa­mil que yo tra­ba­ja­ba era tam­bién de ellos: de Odi­lón y Re­mi­gio To­rri­co, y la do­ce­na y me­dia de lo­mas ver­des que se veían allá aba­jo eran jun­ta­men­te de ellos. No ha­bía por qué ave­ri­guar na­da. To­do mun­do sa­bía que así era.

Sin em­bar­go, de aque­llos días a es­ta par­te, la Cues­ta de las Co­ma­dres se ha­bía ido des­ha­bi­tan­do. De tiem­po en tiem­po, al­guien se iba; atra­ve­sa­ba el guar­da­ga­na­do don­de es­tá el pa­lo al­to, y de­sa­pa­re­cía en­tre los en­ci­nos y no vol­vía a apa­re­cer ya nun­ca. Se iban, eso era to­do.

Y yo tam­bién hu­bie­ra ido de bue­na ga­na a aso­mar­me a ver qué ha­bía tan atrás del mon­te que no de­ja­ba vol­ver a na­die; pe­ro me gus­ta­ba el te­rre­ni­to de la Cues­ta, y ade­más era buen ami­go de los To­rri­cos.

El coa­mil don­de yo sem­bra­ba to­dos los años un tan­ti­to de maíz pa­ra te­ner elo­tes, y otro tan­ti­to de fri­jol, que­da­ba por el la­do de arri­ba, allí don­de la la­de­ra ba­ja has­ta esa ba­rran­ca que le di­cen Ca­be­za del To­ro.

El lu­gar no era feo; pe­ro la tie­rra se ha­cía pe­ga­jo­sa des­de que co­men­za­ba a llo­ver, y lue­go ha­bía un des­pa­rra­ma­de­ro de pie­dras du­ras y fi­lo­sas co­mo tron­co­nes que pa­re­cían cre­cer con el tiem­po. Sin em­bar­go, el maíz se pe­ga­ba bien y los elo­tes que allí se da­ban eran muy dul­ces. Los To­rri­cos, que pa­ra to­do lo que se co­mían ne­ce­si­ta­ban la sal de te­ques­qui­te, pa­ra mis elo­tes no; nun­ca bus­ca­ron ni ha­bla­ron de echar­le te­ques­qui­te a mis

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre El llano en llamas

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Reseñas de lectores

  • (3/5)

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    The short stories in this collection--and some of them are very short, telling of just one incident--do an amazing job of evoking the landscape and climate of the region of Mexico described. It sounds like desert (more specifically, it sounds like the Colorado Desert in CA/AZ, which extends into Mexico). One of the stories, though, implies that the area is south of Mexico City. The landscape/climate is a character unto itself, and is so similar between the stories.The main characters are poor, struggling, and doing what they need to do to get by. The stories do not specify if they are largely of Indian descent, though the intro says so. Perhaps Mexicans reading the original Spanish can tell, whether by names used, jobs held, or other clues that I miss as an American reading in English.

    Esto le resultó útil a 1 persona

  • (4/5)
    I feel like I say this every time I review a book of short stories, but I'll say it again anyway: I'm not much of a short story fan. I often feel like I'm left hanging at the end of a story, and not in a good, "I'm going to think about what I think might have happened next" sort of way, but in a "well, that seemed pointless" sort of way. This collection drew me in with the first story, which takes place inside the mind of a child who is waiting next to a drain to kill frogs.The stories are about people with hard lives, living in harsh landscapes. Violence and deprivation are common to the stories, but they don't read like a litany of woes. Few of the characters have given up, even when faced with injustice or seemingly insurmountable odds. But the characters themselves are often not angelic or blameless in their circumstances either - the criminal element is explored as well. The stories seemed steeped in masculinity to me, and the collection reminded me of a south of the border Cormac McCarthy. (Disclaimer: I do not like Cormac McCarthy, so I guess I'm saying for myself, I found Rulfo to be a more successful version of McCarthy.)I think in addition to the first story, "Macario," my favorite was "Paso del Norte," about a man who attempts to cross the border into the US. Recommended for: Cormac McCarthy fans, viewers of Breaking Bad, people interested in snapshots of mid-century Mexico.Quote: "When she calls me to eat, it's to give me my part of the food. She's not like other people who invite me to eat with them and then when I get close throw rocks at me until I run away without eating anything." (Macario)
  • (3/5)
    This collection of short stories is similar stylistically to Juan Rulfo's novel Pedro Paramo which I read a few years ago and loved so much that when I finished it I immediately went back to page 1 and read it again. The stories are all set in rural Mexico, in an isolated area that is hot and dry and hostile, a place of which one of the characters says, "You talk here and the words get hot in your mouth." The characters are all poor(with exceptions in a few of the stories for the landowners and rich people against whom these people struggle) and can barely manage to eke out a living. Most of the stories are set in the first 25 or so years of the 20th century in a time of violence and political unrest, which also feature prominently in these stories. I recognize the beauty of Rulfo's writing and concur that this is worthy of inclusion in the 1001 Books To Read Before You Die. And yet, I had difficulty reading these stories. I've long recognized that I don't get along with short stories. They often feel incomplete to me, and I frequently feel puzzled by them. For many of these stories, it feels to me as if Rulfo had gone out of the way to make the stories puzzling. The first one, "Macaria", (one of the ones I had the least trouble with) is narrated by a man of whom the villagers "say in the street that I am crazy." He is killing frogs for the elderly woman (relationship unknown) who cares for him and who hates frogs. People throw stones at him, and he is always hungry, and eats cockroaches in the dark. In "We're Very Poor" a series of catastrophes big and small ends with a flood which carries away the narrator's sister's cow, which was purchased as her dowry to ensure that she didn't end up "going bad" like the other sisters. Perhaps the most famous and accessible story is "Tell Them Not To Kill Me." In this one, the narrator, who killed a man 40 years ago and has just been captured by the son of the man he killed, urges his son to beg his captor for mercy.Pedro Paramo has the same type of detail of the brutality of life combined with a certain mysticism that these short stories have. But somehow to me the lack of a complete narrative arc in the short stories left me puzzled. However, I do think that this is more my lack of comprehension than a fault of the stories.3 stars
  • (5/5)
    “El Llano en Llamas” (“The burning plain”) is a collection of tales about life, poverty, treason and death. Rulfo captured with precision the harsh and raw rural life of the people of his hometown state, Jalisco (center-Pacific of México), during the Mexican Revolution and the Cristero Rebellion (beginning of the 20th century). The language is apparently simple, as it depicts the way of talking of the subjects, but the writing is deep and rich. I have read some excerpts in English and the translations are good but, as it always happens, the richness of the language gets lost in translation. I would recommend that, if your second language is Spanish, first read the book in your native language and then give it another go in the original version. The book is not long and this would be rather easy to do in a short period of time.Oh, and, just in case. This book doesn’t belong to magical realism. It’s realism in its purest form (for the best example of magical realism, read Rulfo’s “Pedro Páramo”, the book that inspired Gabriel García Márquez to write “One Hundred Years of Solitude”).
  • (4/5)
    The stories in El Llano en Llamas are perhaps described best as "la literatura de la tierra." Some are haunting, some bizarre, and some a bit too long. Rulfo incites a desperate, sparse mood, where one can imagine the pesky fine desert particles invading every orifice, the bloody, peeling skin on the feet of poor people in pilgrimage to remote lands for salvation, god forsaken people in god forsaken places named only to remain remote... And there is always a murder, if not a death of some sort. Diles que no me maten, Talpa, No oyes ladrar los perros, and Anacleto Morones are my favorites in this collection.
  • (3/5)
    Een vijftiental verhaaltjes, bijna allemaal pareltjes die het harde, ruige leven in een uitermate droog en onvruchtbaar gebied in Mexico tot leven brengen. De taal is eenvoudig, maar de verhalen zijn rijk en gevarieerd. De thema's zijn armoede, wraak, jaloezie, verraad en dood. Rulfo brengt op zijn manier een ode aan de kleine mensen in de Llano.