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La Fuerza de Dios

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La Fuerza de Dios

Longitud:
216 páginas
2 horas
Publicado:
22 may 2019
ISBN:
9780463481233
Formato:
Libro

Descripción

Este es el segundo volumen de la colección de tres libros titulada ‘Reflexión dominical’, en la que Alejandra María Sosa Elízaga, autora de más de treinta obras de tema religioso, ofrece breves comentarios sobre alguno de los textos bíblicos que se proclaman en Misa, sea las Lecturas, el Salmo o el Evangelio dominical, durante el año litúrgico correspondiente al ciclo B.

Escrito con esa manera suya de decir las cosas, sencilla pero profunda, nos ayuda a relacionar la Palabra de Dios con nuestra vida cotidiana y nos ofrece ricas reflexiones que se pueden leer en domingo, para seguir saboreándolas durante la semana.

Publicado:
22 may 2019
ISBN:
9780463481233
Formato:
Libro

Sobre el autor

Alejandra María Sosa Elízaga, es mexicana, licenciada en Comunicación Social, pintora y escritora, católica, autora de 22 libros que reflejan su gran amor por la Palabra de Dios, su apego al Magisterio de la Iglesia, presentan temas profundos escritos en un lenguaje muy accesible, no exento de humor, y tienen siempre como objetivo ayudar a los lectores a vivir y disfrutar su fe. Entre sus obras más gustadas están ‘Para orar el Padrenuestro’, ‘Por los caminos del perdón’, ‘Ir a Misa ¿para qué? Guía práctica para disfrutar la Misa’, ‘Desempolva tu Biblia’, ‘¿Qué hacen los que hacen oración?’ y ‘Docenario de la infinita misericordia del Sagrado Corazón de Jesús’. Todos sus libros cuentan con Nihil Obstat e Imprimatur concedidos por la Cancillería de la Arquidiócesis de México.Desde 1990 se dedica a escribir, a dar cursos de Biblia (dos de los cuales ofrece gratuitamente en www.ediciones72.com), charlas y retiros.Desde 2003 escribe cada semana en ‘Desde la Fe’ Semanario de la Arquidiócesis de México.


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La Fuerza de Dios - Alejandra María Sosa Elízaga

Presentación

Este es el segundo volumen de la colección de tres libros titulada ‘Reflexión dominical’, en la que Alejandra María Sosa Elízaga, autora de más de treinta obras de tema religioso, ofrece breves comentarios sobre alguno de los textos bíblicos que se proclaman en Misa, sea las Lecturas, el Salmo o el Evangelio dominical, durante el año litúrgico correspondiente al ciclo B.

Escrito con esa manera suya de decir las cosas, sencilla pero profunda, nos ayuda a relacionar la Palabra de Dios con nuestra vida cotidiana y nos ofrece ricas reflexiones que se pueden leer en domingo, para seguir saboreándolas durante la semana.

I Domingo de Adviento

Estremecimiento

"Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con Tu presencia!" (Is 63, 19c).

Así clamaba el profeta Isaías, según leemos en la Primera Lectura que se proclama este Primer Domingo de Adviento (ver Is 63, 16-17.19; 64, 2-7).

Luego de preguntarle al Señor por qué permitió que Su pueblo tuviera el corazón endurecido y se hubiera alejado de Sus mandamientos, el profeta expresó su anhelo de que Dios rasgara el cielo, bajara a la tierra, y la hiciera estremecer. Tal vez esperaba que una buena sacudida hiciera que la gente entrara en razón y volviera la mirada hacia Dios.

¿Fue escuchada su súplica? Sí.

Dios rasgó los cielos y descendió. Pero no hizo estremecer las montañas.

Llegó calladamente, discretamente.

Cuando María dijo "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según Su Palabra" (Lc 1, 38), y el Espíritu Santo descendió sobre Ella y el poder del Altísimo la cubrió con Su sombra, no se estremecieron las montañas, no retembló la tierra, no hubo ni siquiera un ‘microsismo’ en Nazaret.

Nadie se enteró. No hubo signo externo que indicara que había sucedido algo absolutamente extraordinario, algo sin precedentes. Nadie se dio cuenta del instante en que Dios, el Autor del Universo, descendió del cielo y se encarnó en el vientre de María.

El único estremecimiento fue el que sintió Isabel, cuando el niño que llevaba en su seno, saltó de alegría al escuchar el saludo de María (ver Lc 1, 41-44).

Sólo el encuentro personal con Dios puede sacudirnos, llenarnos de gozo y de esperanza. Sucedió entonces y sigue sucediendo ahora.

El Papa Benedicto XVI solía decir que el Adviento no sólo es para meditar en la futura venida de Cristo, y para recordar cuando el Señor vino al mundo hace dos mil años, sino también para reflexionar y valorar que viene a nosotros todos los días.

Muchas personas van presurosas por la calle, a pie o en vehículos varios, y pasan por enfrente de alguna iglesia católica justo al momento de la Consagración, justo cuando Dios nuevamente rasga el cielo y desciende, y por la acción del Espíritu Santo, se hace presente en la Eucaristía. Y no se dan cuenta. No sienten nada, no ven luces, no se estremece el suelo. Siguen como van. Pasan de largo.

¡Ah, pero quienes están adentro, arrodillados, contemplando con mirada de fe ese milagro, sí que sienten un estremecimiento y se llenan de un gozo como el del hijo de Isabel, que saltó en su seno; como el de los pastores que corrieron a ver al Niño; como el de los magos que fueron a adorarlo.

En estos días decembrinos mucha gente anda apresurada tratando de comprar, cocinar, decorar, regalar, algo que provoque alegría, que produzca felicidad, y equivocadamente creen que la van a encontrar de oferta en las tiendas o que se las va a traer un personaje baboso vestido de rojo, que dizque bajará del cielo en un trineo. Se engañan.

Sólo el encuentro personal con el Dios Vivo y Presente es estremecedor, conmovedor, transformante. En verdad regocijante.

II Domingo de Adviento

Dos preguntas

En lo que toca al tema del final de los tiempos, la gente suele irse a los extremos.

O se preocupa mucho y se dedica a tratar de averiguar morbosamente lo más que pueda y cree ingenuamente todo lo que publican supuestos videntes que anuncian que el fin será inminente, o de plano no quiere pensar ello, y no le gusta que en las Lecturas de la Misa de los dos primeros Domingos de Adviento se toque ese tema, quisieran apresurar el tiempo para llegar a los dos últimos domingos, que se refieren no a la segunda venida de Cristo, sino a la primera, la relativa a Su primera venida.

Pero aunque no nos guste, no podemos evadir el tema. Estamos apenas en el Segundo Domingo de Adviento, y la Segunda Lectura que se proclama en Misa (ver 2Pe 3, 8-14), tiene un mensaje contundente, que sin duda le reveló Dios nada menos que a nuestro primer Papa, a san Pedro, así que más nos vale tomarlo en serio.

Dice: "Puesto que todo va a ser destruido, piensen con cuánta santidad y entrega deben vivir ustedes esperando y apresurando el advenimiento del día del Señor." (2Pe 3,11-12)

¿A qué se refiere con eso de que "todo va a ser destruido"?

Nos los explica él mismo: "Desaparecerán los cielos, consumidos por el fuego, y se derretirán los elementos." (2Pe 3, 12b).

¡Ay nanita!, ¿cuándo será eso? No lo dice. Sólo nos deja saber que llegará cuando menos lo esperemos:

"El día del Señor llegará como los ladrones. Entonces los cielos desaparecerán con gran estrépito, los elementos serán destruidos por el fuego y perecerá la tierra con todo lo que hay en ella" (2Pe 3, 10).

Suena aterrador, pero no es la intención del apóstol espantarnos, sino animarnos a vivir conscientes de que este mundo no es para siempre, y que no debemos aferrarnos a nada, ni arriesgarnos a perder la vida eterna por apegarnos a los bienes de una vida terrena que se acaba.

Afirma san Pedro: "Pero nosotros confiamos en la promesa del Señor y esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia. Por lo tanto, queridos hermanos, apoyados en esta esperanza, pongan todo su empeño en que el Señor los halle en paz con Él, sin mancha ni reproche". (2Pe 3, 13-14).

El Adviento no es sólo un tiempo para ir poniendo adornitos navideños en casa, para pensar en lo que cenaremos en Navidad y en los regalos que daremos o tal vez recibiremos. Es, o debería ser, un tiempo para prepararnos a la venida de Jesús. Y ¿cómo nos preparamos para algo así? Quizá pueda ayudar plantearnos al menos dos preguntas cada día:

‘Si la segunda venida del Señor sucediera en este instante, ¿en qué estado de ánimo, en qué actitud me encontraría?, ¿en qué ambiente, en qué situación?, ¿aferrándome a qué?, ¿a cosas?, ¿a rencores?, ¿a deseos de venganza?, ¿a injusticias?, ¿a actitudes egoístas?’

Y, ‘si cuando llegue ese día, todo será destruido, ¿qué caso tiene acumular cosas?, ¿querer tener más y más bienes materiales? Si sólo perdurarán los bienes espirituales, lo único que podremos conservar es, paradójicamente, lo que dimos. ¿Estoy dando amor, perdón, comprensión, paciencia, ayuda, misericordia, compasión?

III Domingo de Adviento

Regocijo

"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha envido para anunciar la buena nueva a los pobres, a curar a los de corazón quebrantado, a proclamar el perdón a los cautivos, la libertad a los prisioneros, y a pregonar el año de gracia del Señor."

Cuando leemos este texto del profeta Isaías, con el que inicia la Primera Lectura que se proclama en Misa este Tercer Domingo de Adviento (ver Is 61, 1-2.10-11), quizá nos vemos tentados a decir: ‘suena bonito, pero no es para mí, porque no soy pobre, ni tengo el corazón quebrantado, ni estoy cautivo o prisionero’, pero quizá nos apresuramos al afirmar eso. Consideremos lo siguiente:

Éste fue el texto que el propio Jesús eligió proclamar cuando inició Su ministerio público en la sinagoga de Nazaret. De todos los textos de la Escritura que podía haber escogido, escogió éste, tal vez porque pensó que expresaba muy bien el sentido de Su misión, y porque el mensaje contenido en éste, era para todos, también para ti y para mí.

Estamos a un domingo de Navidad, cuando el sentido de las Lecturas dominicales ha cambiado, ya no se enfocan en la venida de Cristo al final de los tiempos, sino en Su primera venida, y este texto ilumina su sentido, su feliz objetivo: alegrarnos, sanarnos, perdonarnos, liberarnos, en una palabra: salvarnos.

Éste es el Domingo Gaudete, o de la Alegría, y en esta Lectura, más adelante, el profeta afirma que se alegra en el Señor con toda su alma y se llena de júbilo. ¿Cuál es la razón de tanta alegría y júbilo? Que existe una buena nueva para los pobres, cura para los corazones quebrantados, perdón para los cautivos, libertad para los encarcelados. Y ello debe ser para nosotros motivo de grandísimo regocijo.

Veamos por qué:

Lo de la buena nueva para los pobres, no pensemos que se refiere sólo a los pobres de dinero, hay muchas clases de pobreza. Ser pobre es carecer de algo. ¿De qué careces? Si careces de alguien que te ame, que te comprenda, que te anime y te ayude, la buena nueva para ti es que tienes a Jesús, que eterno Amigo, que prometió estar siempre contigo. Si careces de valor, o paciencia, o fortaleza, o paz, la buena nueva para ti, es que el Señor te las da, no tienes que depender de tus míseras fuerzas. De lo que sea que carezcas, el Señor puede colmarte, y a manos llenas.

Lo de la cura para los corazones quebrantados es de gran consuelo para tanta gente triste, deprimida, desanimada, decepcionada de la vida, que no le encuentra sentido, que no encuentra razones para seguir adelante; gente que tiene el corazón quebrantado por personas o situaciones que la han lastimado, defraudado. Sólo el Señor es capaz de sanar un corazón así, porque sabe tomarlo, sin lastimarlo, en Sus manos compasivas, y llenarlo de Su amor.

Lo del perdón para los cautivos, en el original no está traducido como perdón (un amigo sacerdote siempre se queja de las malas traducciones del Misal), y quizá a alguno le suene extraño que alguien que está cautivo necesite perdón, más bien pensaría que necesita libertad, pero esta palabra no está tan desencaminada, puede suceder que haya quien esté cautivo porque se alejó del Señor, porque se dejó ‘cautivar’ por algo que lo acabó encerrando en el pecado, en adicciones, incluso quizá en malos hábitos de ésos que son socialmente aceptables pero que en realidad lastiman el alma y la relación con Dios, y entonces sí que necesita el perdón, sí que requiere que el Señor le tienda la mano y lo rescate.

Lo de la libertad a los prisioneros a más de uno puede incomodarle porque nos gusta pensar que somos

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