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Desmitificando el miedo: Herramientas para que una emoción no se interponga entre tú y tus objetivos

Desmitificando el miedo: Herramientas para que una emoción no se interponga entre tú y tus objetivos

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Desmitificando el miedo: Herramientas para que una emoción no se interponga entre tú y tus objetivos

valoraciones:
3.5/5 (2 valoraciones)
Longitud:
89 página
1 hora
Publicado:
May 13, 2019
ISBN:
9788417935184
Formato:
Libro

Descripción

Las sensaciones que produce el miedo son tan intensas que a menudo no nos dejan ver con claridad. A través del método de las 3 "A", Desmitificando el miedo pretende diseccionar esta emoción para que entendamos por qué se produce, así como proporcionar herramientas que nos ayuden a alcanzar los objetivos que nos propongamos.
La autora aporta al lector nuevos puntos de vista y ejemplos para modificar la concepción que tenemos del miedo y disminuir su influencia en nuestras vidas. El libro incluye unas hojas de trabajo para comenzar a incorporar las ideas presentadas a lo largo de sus páginas. De imprescindible lectura para quien esté determinado a que las dudas y la preocupación no se interpongan en la consecución de sus sueños.
Publicado:
May 13, 2019
ISBN:
9788417935184
Formato:
Libro

Sobre el autor


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Desmitificando el miedo - Almu Jiménez

© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

info@Letrame.com

© Almu Jiménez

Diseño de edición: Letrame Editorial.

ISBN: 978-84-17935-18-4

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

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Dedico este libro a mi abuela Matilde, que era, vivía y respiraba arte; parte de ti está en mí y este libro es también tuyo. Y a mi pareja, Raph, que me llena de ilusión el alma cada día y sin cuyo apoyo e incondicional confianza en mí, nada de esto habría sido posible.

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Introducción

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De pequeña era una niña muy tímida. Me daba vergüenza jugar con otros niños y siempre tenía una «mejor amiga» en la que apoyarme. Una de esas que acaban decidiéndolo todo por ti.

En el colegio la cosa empeoró. La vergüenza y la tensión que me suponía ir a clase me provocaban ansiedad a diario, sobre todo en clases como la de educación deportiva, que requerían competitividad. Sí, era de esas que eligen las últimas a la hora de hacer equipos.

A los ocho años empecé a morderme las uñas del estrés y, poco después, a somatizar mi miedo a través de pequeñas infecciones. Nunca fui capaz de levantar la mano en clase para que me aclarase el profesor alguna duda ni para pedir ir al baño. Es más, ni siquiera cuando iba al cine con mi padre me atrevía a abandonar la sala unos minutos para ir. ¡La gente iba a notar que existía! Y lo que es peor, ¿y si me perdía y no los encontraba luego? Me horrorizaba llamar por teléfono a mis amigos (en esos tiempos no había móviles) y que contestara alguna otra persona.

Era una magnífica estudiante, pero a menudo me pregunto si se debía al nerviosismo que me provocaba no serlo. Si hacía los deberes y estudiaba a diario, no llamaría la atención. Si sacaba buenas notas, evitaba que me reprendiesen en clase.

Era una niña adorable, pacífica, que nunca se quejaba y se adaptaba a todo, o al menos así es como me veían los mayores. La realidad es que era una niña que vivía con ansiedad y miedo. Una niña que se lo callaba todo porque no quería molestar.

Conforme me fui haciendo mayor fui, inevitablemente, adquiriendo más autonomía. Me tocó pasar a la universidad y la vida, tan inexorable como es, empezó a requerir más de mí. Me daba cuenta de que el nivel de miedo que sentía no me permitía ser funcional; estaba destruyendo mis sueños y me ponía a un nivel inferior al de los demás. ¿Por qué tenía que ser yo menos? ¿Por qué iba a dejar que ese pinchazo continuo en el estómago me privase de la libertad de hacer lo que yo quería hacer?

Afortunadamente siempre conté con una cualidad que me impedía continuar bloqueada por mi timidez: mi absoluta fascinación por la vida y todas las experiencias que ofrece. Me puse a leer filosofía y libros de espiritualidad para entender qué eran las emociones. Estaba claro que mi miedo era una sensación que iba y venía, por tanto, no podía ser parte inherente de mí. Era una energía muy intensa y molesta que se concentraba en la zona de mi estómago y apretaba fuerte… hasta que la amenaza desaparecía. Y se disolvía tan rápido como había venido.

Un día decidí que no la quería tener más. Tal cual. No iba a dejar que destrozase mi vida, ¡no era justo! Me prometí que no iba a dejar que se agarrase a mi estómago. Y deduje que la solución podría ser no darle ni espacio ni tiempo para que me atrapase.

Y así es como resolví convertirme en todo lo contrario. Empecé fingiendo, interpretando un papel. Me dediqué a simular que era extrovertida y que no sentía miedo. Actuaba. Y lo digo en el doble sentido de la palabra. Por un lado, estaba representando un personaje, me comportaba como aquello que en realidad no era (o mejor dicho, aquello que en realidad sí que era, pero cuyo potencial no había desarrollado). Y por otro, mi estrategia era actuar en el sentido de pasar a la acción. Ejecutar un movimiento antes de que los pensamientos y los miedos entraran en mí, se transformaran en una sensación física y me detuvieran.

Dicen que la mejor defensa es un ataque, y yo pasé de niña tímida pasiva a una mujer proactiva y determinada.

En la universidad comencé a «arrojarme al ruedo», o al menos así era como lo sentía yo. Si formábamos grupos de investigación y alguien tenía que exponer los resultados en público, me ofrecía yo. Si teníamos que presentarnos en clase, levantaba la mano antes de que la timidez me encontrara. Una vez que me había ofrecido como voluntaria, no había escapatoria. ¿Y qué es lo que peor que podía pasar? ¿Que tartamudease? ¿Que me pusiera roja

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