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Los Despreciables
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Libro electrónico284 páginas4 horas

Los Despreciables

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Los Despreciables

La Divertida Historia de una Familia Vampiro Contemporánea

Los Despreciables es esencialmente una comedia filosófica, que comienza cuando Heng, un pastor de mediana edad que vive con su familia en las montañas de Chiang Rai en el norte de Tailandia, comienza a sentirse enfermo. Al principio, no lo advierte, pero con el paso de los días, se vuelve más y más débil, por lo que va a ver al chamán del pueblo, su antigua tía Da.

Ella toma varias pruebas tradicionales y determina que la sangre de Heng se ha convertido en agua, pero no tiene una solución inmediata. Una noche, Heng trata de irse a la cama temprano, pero está tan débil que se cae del descansillo fuera de la casa. Siente que seguramente se romperá el cuello y su hija grita alarmada, pero no cae al suelo. En su lugar se convierte en un murciélago y vuela alrededor. Puede ver a su familia buscándolo frenéticamente, pero no solo su cuerpo ha cambiado, sino también su mente.

Sin embargo, él quiere tranquilizarlos, por lo que cae sobre el hombro de su hija adolescente. Tan pronto como sus piernas se tocan, vuelve a ser un hombre, y su peso la derriba. Para su completo horror, él está sentado desnudo sobre su pecho, por lo que corre a su habitación y se mete en la cama.

El chamán prescribe la sangre como una cura; Primero el pollo y luego la sangre de cabra mezclada con leche y hebs en un batido para hacerla más transitable. Heng se recupera, pero siempre será parte vampiro. Poco a poco, anhela diferentes sangres, e intenta con perros, serpientes, peces y otros, que tienen un sabor diferente y tienen un efecto diferente en él. Sin embargo, todo el tiempo él sabe que quiere probar humano.

Una noche, mientras atrapa mosquitos, come uno que acaba de picar a un joven y hermoso enano y está enganchado. Él se muerde el cuello una noche cuando se ha desmayado borracha, y después de una enfermedad extraña, ella también se convierte en un murciélago vampiro.

IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento26 abr 2022
ISBN9781547581863
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    Los Despreciables - Owen Jones

    LOS DESPRECIABLES

    La Divertida Historia de una Familia Vampiro Contemporánea

    ––––––––

    Escrito por

    OWEN JONES

    ––––––––

    Derechos de Autor

    Derechos Reservados a Owen Jones

    6 de marzo de 2019

    ––––––––

    Anotaciones de la Licencia

    El derecho de Owen Jones de ser identificado como el autor de este trabajo se hace valer de acuerdo con las secciones 77 y 78 de la Ley de Derechos de Autor y Patentes de 1988. El derecho moral del autor ha sido confirmado. 

    Los personajes y acontecimientos del siguiente trabajo son ficticios y resultantes de la imaginación del autor o bien han sido utilizados de forma completamente ficticia.  Algunos lugares podrían ser reales, pero los eventos son ficticios. 

    Publicado por Megan Publishing Services

    Todos los derechos reservados.

    ––––––––

    Otras obras escritas por el mismo autor

    Behind The Smile: Daddy's Hobby

    ISBN: 978-1489558800

    Behind The Smile: An Exciting Future

    ISBN: 978-1483977690

    Behind The Smile: Maya – Illusion

    ISBN: 978-1491201862

    http://behind-the-smile.org

    -

    Tiger Lily of Bangkok

    ISBN: 978-1494216573

    http://tigerlilyofbangkok.com

    El Malentendido

    Megan’s Thirteenth

    ISBN-13: 978-1491201985

    Megan’s School Trip

    ISBN-13: 978-1492249825

    Megan y Los Exámenes de la Escuela

    ISBN-13: 978-1492819479

    Megan y sus Seguidores

    ISBN-13: 978-1310130113

    http://owencerijones.com

    Ensayos y Novelas

    How to Give Your Dog a Real Dog's Life

    (and make him love you for it)

    ISBN: 978-1490909769

    The Eternal Plan – Revealed

    (escrito por Colin Jones y recopilada por Owen Jones)

    ISBN: 978-1475057850

    Authorship – Publishing Your Book On You Own

    ISBN: 978-1492298311

    http://owencerijones.com

    ––––––––

    DEDICATORIA

    Dedico este libro a mi amigo Lord David Prosser y Murray Bromley, quienes en 2013 me ayudaron a mí y a mi familia tailandesa más de lo que ellos se podrían imaginar.

    El Karma le devolverá a cada uno de ellos en forma justa.

    ––––––––

    ÍNDICE

    La situación difícil del señor Lee

    El dilema de la Familia Lee

    Pee Pob Heng

    El camino hacia la recuperación

    ¿Será un hombre? ¿Será un pájaro?

    Heng regresa al trabajo

    Heng amplía su dieta

    El experimento de Heng

    Los invitados

    10 Un nuevo negocio familiar

    11 El sendero jipi

    12 Intermedio

    13 Hombre y mujer murciélagos

    14 La comunidad de murciélagos

    15 El primer consejo de murciélagos

    Glosario

    Acerca del autor

    El lirio del tigre de Bangkok

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    ––––––––

    1  EL APURO DEL SEÑOR LEE

    El señor Lee o El Viejo Lee, como se le conocía localmente, se venía sintiendo algo extraño desde hacía semanas y, como la comunidad local era tan pequeña y aislada, todo el mundo en las proximidades también lo sabía. Había ido a buscar el consejo de un doctor local, uno de los de la vieja escuela no de los modernos, y ella le había dicho que la temperatura de su cuerpo estaba desequilibrada porque algo estaba afectando su sangre.

    La mujer, la Ccurandera local —de hecho, la tita del señor Lee— aún no estaba completamente segura de la causa, pero le había prometido que lo descubriría en unas 24 horas si le dejaba un par de muestras para que ella las estudiara y luego tendría que volver cuando lo enviara a llamar.  La Curandera entregó al señor Lee una mata de musgo y una roca.

    Él sabía lo que tenía que hacer, pues ya lo había hecho antes, así que orinó sobre el musgo y escupió sobre la roca tras carraspear profundamente. Se los devolvió con solemnidad y ella, siendo sumamente cuidadosa de no tocarlas con sus manos desnudas para no contaminarlas, las envolvió —cada una por separado— en pedazos de hoja de plátano para preservar su humedad durante el mayor tiempo posible.

    «Dales un día para descomponerse y secarse, luego les echaré un buen vistazo y veré qué es lo que te está sucediendo.»

    «Gracias, tita Da, quiero decir, curandera Da.  Quedaré a la espera de tu llamado y regresaré de inmediato cuando envíes por mí.»

    «Te esperas allá, mi muchacho, que aún no he terminado contigo.»

    Da giró para alcanzar algo que estaba a sus espaldas y tomó un frasco de barro del estante.  Le quitó el corcho, tomó dos bocanadas y luego roció la última de ellas sobre El Viejo Lee.  Mientras que Da invocaba una oración a sus dioses, el señor Lee creyó que a ella se le había olvidado la limpia —odiaba que cualquier persona lo escupiera, pero en particular que lo hicieran mujeres viejas con los dientes podridos—.

    «Esta rociada con alcohol y la oración te mantendrán bien hasta que podamos arreglar tu asunto de forma apropiada», le aseguró.

    La curandera Da salió de la posición padmasana[1] en la que se encontraba y se paró sobre el piso de barro de su santuario médico, colocó su brazo alrededor del hombro de su sobrino y lo encaminó hacia la salida, enrollándose un cigarro mientras caminaban.

    Una vez fuera, lo encendió y aspiró profundamente hasta sentir sus pulmones llenarse de humo. « ¿Qué tal están tu mujer y tus adorables hijos?»

    «Ah, ellos están bien, tita Da, aunque un poco preocupados por mi salud. Me he venido sintiendo un poco mal ya desde hace algún tiempo y, como sabes, nunca antes en toda mi vida me había enfermado.»

    «Cierto, nosotros los Lee somos gente fuerte y sana. Tu papá, mi hermano querido, aún estaría bien de no ser porque se contagió de gripe y falleció.  Él era fuerte como un búfalo. Te le pareces mucho, solo que él nunca quiso vacunarse. Me parece que eso es lo pescaste, esa bala yanqui[2].»

    El señor Lee había pasado antes por esto un ciento de veces y no era capaz de ganarle en argumentos así que solo asentía con la cabeza, le entregó un pagaré de 50 Baht[3] y se marchó a casa, hacia su granja, que quedaba a poco menos de cien metros a las afueras de la aldea.

    De hecho, se sentía mejor, así que marcó el paso alegremente para intentar demostrárselo a todos. 

    El Viejo Lee confiaba de lleno en su anciana tita Da, como lo hacía el resto de las personas en su comunidad, la cual se conformaba por una pequeña aldea de unas quinientas casas y unas cuantas docenas de granjas a la periferia.  Su tita Da se había convertido  en la Curandera de la aldea cuando él todavía era un niño y ya no quedaban más que docena y tantas personas que pudieran recordar al curandero anterior.  Nunca habían tenido a un médico certificado entre los suyos.

    Eso no significaba que los aldeanos no tuvieran acceso a un médico, pero eran escasos y se encontraban aislados unos de otros —el médico fijo más cercano se encontraba en la ciudad, a setenta y cinco kilómetros de distancia y no habían buses, taxis o trenes en las montañas donde vivían, que era en lo más alto del rincón noreste de Tailandia—. Además de ello, consultar a un médico era caro y encima, recetaban medicinas caras, de las que todos ellos recibían comisiones elevadas. También había una clínica a unas cuantas aldeas de distancia, pero estaba a cargo de una enfermera de tiempo completo y un doctor rotativo de tiempo parcial, que trabajaba un día cada quincena.

    Los aldeanos, como el señor Lee, pensaban que ese tipo de servicios estaría bien para los residentes ricos, pero no de mucha utilidad para sus semejantes. ¿Cómo se las arreglaría un granjero para tomarse el día completo de trabajo y contratar a alguien con un carro para hacer exactamente lo mismo e ir a visitar a un médico de la ciudad?  Eso, si eras capaz de encontrar a alguien con un carro, aun cuando sí habían unos cuantos tractores a unos diez kilómetros en la periferia.

    No, pensó. Su tita anciana había sido lo suficientemente buena con todos los demás y era lo suficientemente buena para con él. Además, no había dejado que nadie, a quien aún no le había llegado su hora, muriera y ciertamente, tampoco había matado a nadie y todos podían confirmarlo.

    Todos.

    El señor Lee se sentía muy orgulloso de su tita y, de todas formas, no tenía ninguna otra alternativa a millas de distancia a la redonda, y ciertamente, nadie con toda su experiencia – ¿toda...? Bueno, nadie sabía qué tan vieja era en realidad, ni siquiera ella misma, pero de seguro unos noventa, como poco.

    El señor Lee llegó hasta su jardín frontal con todos estos pensamientos rondándole la cabeza.  Quería discutir el asunto con su mujer, porque aun cuando aparentaba ser el jefe de su familia para todo el mundo y lo mismo con todas las demás familias, eso era solo en apariencia, pues en realidad cada decisión era tomada en conjunto con toda su familia o por lo menos todos los adultos.

    Este día iba a ser un día memorable, porque los Lee nunca antes habían tenido una crisis, y sus dos hijitos, quienes tampoco eran unos chiquillos, también tendrían derecho a dar su opinión. Estaba a punto de acontecer algo digno de ser recordado en la historia y el señor Lee lo sabía muy bien.

    « ¡Mud!», exclamó —el apodo para su esposa—. «Mud, ¿estás ahí?»

    «Si, me encuentro afuera, en la parte trasera.»

    Lee esperó unos instantes para que ella entrara nuevamente, pero adentro se sentía muy caluroso y sofocante, por lo que decidió salir al patio frontal y sentarse en la gran mesa familiar bajo el techo de ramas, donde toda la familia comía y eran bienvenidos a sentarse, si tenían algún tiempo libre.

    El nombre real de la señora Lee era Wan, a pesar de ello su esposo la llamaba cariñosamente Mud desde que su hijo mayor la había llamado así porque aún no era capaz de pronunciar la palabra mamá.  Al señor Lee se le quedó grabada la palabra aunque a ninguno de sus hijos le sucedió igual. Ella provenía de la aldea Baan Noi, igual que el mismo Lee, pero su familia no conocía otro lugar, en cambio la familia del señor Lee había migrado desde China dos generaciones antes, aunque esa ciudad natal tampoco se hallaba lejana.

    Ella era lo bastante tradicional como las demás mujeres de esa área.  En su época, había sido una muchacha muy hermosa, pero en aquella época, a las mujeres no se les daban muchas oportunidades como tampoco se les animaba a tener ambiciones y no que hubiera cambiado mucho para sus hijos, a pesar de que ya habían pasado veinte años.  La señora Lee se había conformado con conseguir un esposo tras salir de la escuela, así que cuando Heng Lee le pidió su mano en matrimonio y le demostró a sus padres la compensación monetaria que tenía en el banco, ella había creído que él era el mejor partido ante cualquier otro muchacho local que pudiera encontrar.  Tampoco tenía el deseo de alejarse de sus amigos y sus relaciones como para mudarse a una gran ciudad y ampliar sus posibilidades de búsqueda.

    Incluso, había llegado a amar a Heng Lee a su propio modo, a pesar de que la llama del amor se había extinguido hacía mucho en su corta historia de vida amorosa y ahora, dentro del negocio familiar dedicado a su mutua supervivencia, ella se había convertido en una socia de negocios más que en una esposa.

    Wan nunca buscó un amante, a pesar de que en varias ocasiones se lo habían propuesto, tanto antes como después de casarse.  En aquella época se había indignado, pero ahora recordaba esos eventos del pasado con  un cierto grado de ternura.  Lee era su primero y único, y ahora de seguro sería el último, pero no sentía ningún arrepentimiento al respecto.

    Su único sueño era el poder ver y cuidar de sus nietos, los cuales seguramente querrían sus hijos a su debido tiempo, aunque no deseaba, sobretodo que su hija se apresurara en casarse, como ella lo había hecho.  Sabía que sus hijos tendrían hijos, como dos más dos es cuatro, si tenían la capacidad de hacerlo, porque era la única forma de proveerse de alguna seguridad financiera cuando fueran más viejos y tendrían la oportunidad de desarrollar el estatus familiar.

    A la señora Lee le preocupaba su familia, el estatus y el honor, pero no deseaba más cosas materiales de las que ya tenía. Había aprendido a arreglárselas sin lo material por tanto tiempo, que ya no le merecía importancia el tener más.

    Ya tenía un teléfono móvil y una televisión, pero la recepción de la señal era muy defectuosa, por decir lo peor y no había nada que ella pudiera hacer al respecto sino esperar a que el gobierno actualizara las antenas locales, lo cual de seguro sucedería algún día, si no es que de un momento a otro. Ella no deseaba un carro porque no quería ir a ninguna parte y además las carreteras no estaban en buenas condiciones, de todas formas.

    Sin embargo, no se trataba solo de eso, la gente de su edad y condición se habían quedado con la idea de que los carros estaban fuera de su alcance, desde hacía mucho tiempo, por lo que habían dejado de desearlos décadas atrás. En otras palabras, se sentía satisfecha con la bicicleta y la vieja motocicleta que formaban parte de la flotilla de transporte familiar.

    La señora Lee ya no perseguía la fortuna ni tampoco el vestirse con ropa elegante, pues la realidad de criar a dos hijos con un ingreso de granjero le había robado ese sueño hacía muchos años atrás.  A pesar de todo ello, la señora Lee era una mujer feliz que amaba a su familia y se había resignado a quedarse como era y donde se encontraba, hasta que algún día, Buda le hiciera el llamado de volver a casa nuevamente.

    El señor Lee observaba a su esposa que caminaba hacia donde él estaba, se iba ajustando algo debajo de su sarong[4], pero desde afuera –algo no se acomodaba del todo bien, supuso, pero nunca se lo preguntaría. Ella se sentó en la orilla de la mesa e impulsó sus piernas hacia arriba para sentarse como una sirena sobre una roca danesa.

    «Y bien, ¿qué te dijo esa vieja bruja?»

    « ¡Ah, vamos, Mud, ella no es tan mala! ESTÁ BIEN, tú y ella nunca se han llevado del todo bien, pero así son las cosas algunas veces, ¿o no es cierto? Ella nunca me ha hablado mal de ti, porque hace tan solo treinta minutos me estaba preguntando por tu salud... y los muchachos.»

    «Algunas veces puedes ser tan ingenuo, Heng. Ella es amable conmigo y habla bien de mí cuando hay gente alrededor que la pueda escuchar, pero cuando estamos a solas, me trata como basura y siempre lo ha hecho. Ella me odia, pero es muy astuta como para demostrártelo, porque sabe que te pondrías de mí lado y no del suyo.  Ustedes los hombres se creen muy conocedores pero son incapaces de ver lo que sucede debajo de sus propias narices.

    «Ella me ha acusado en muchas ocasiones de cualquier tipo de cosas durante todos estos años... como de no mantener limpia la casa, de no asear a los chicos e inclusive, en una ocasión dijo que mi comida apestaba ¡como si utilizara excremento de cabra para sazonarla!

    «Bah, no te imaginas ni la mitad de lo que ha hecho, pero tampoco me crees, o ¿si le crees a tu propia mujer? Claro, puedes reírte, pero déjame decirte que para mí no ha sido nada gracioso durante estos últimos treinta años. En fin, ¿qué tenía que decirte esta vez?»

    «En realidad nada. Fue solo una revisión así que siguió la misma vieja rutina. Ya sabes, la de orinar sobre un poco de musgo, escupir sobre la roca y luego dejar que te rocíe con alcohol saliendo de esa dentadura vieja en su boca.  Tan solo recordarlo, me hace estremecer. Me dijo que me tendría noticias mañana, cuando pudiera dejarme saber los resultados.»

    « ¿Dónde están los muchachos? ¿Que no deberían estar aquí para tener voz y parte en la discusión familiar?»

    «Me parece que no, no lo creo. Después de todo, aún no sabemos nada ¿o me equivoco? ¿O se te ocurre alguna idea?»

    «No, la verdad que no. Pensé que podría ir a hacerme un masaje con esa chica china...eso me podría ayudar, si le pido que me trate con cuidado. Ella aprendió su técnica al norte de Tailandia y puede ser un tanto ruda, o no... o así dicen.  Ya sabes, en particular por cómo se encuentra todo en mi interior. Aunque quizás y se vean beneficiados con una suave sobada... ¿qué te parece, querida mía?»

    «Si, entiendo a qué te refieres con una sobada suave. En ese caso, ¿por qué no se la pides también a tu tío? ¿Por qué escoger a una joven muchacha?»

    «Sabes bien la razón, no me gusta que las manos de un hombre estén encima de mí, ya te lo había explicado antes, pero está bien, si eso te molesta, no iré a que me den un masaje.»

    «Mira, ¡no estoy diciendo que no pueda ir! ¡Cielos! De cualquier forma, no podría detenerte si en realidad quisieras hacerlo. De todas formas, como dijiste, dicen que ella es algo ruda por lo que te podría hacer más daño que bien. Creo que sería más sensato no hacerlo, hasta tener noticias de tu tita, eso es todo.»

    «Bien, de seguro y  probablemente tengas razón. Ya no me dijiste dónde estaban los muchachos.»

    «No estoy muy segura, pensé que estarían de vuelta para entonces... Salieron juntos a ver algo de una fiesta de cumpleaños u otra cosa durante el fin de semana.»

    Los Lee tenían dos hijos, uno de cada sexo y se sentían afortunados por ello, porque habían intentado tener hijos durante diez años antes de concebir a su hijo. Ya tenían veinte y dieciséis, así que el señor y la señora Lee habían dejado de esperar que viniera algún otro.

    Ya hacía mucho tiempo que también habían dejado de intentar quedar embarazados.

    Sin embargo, los muchachos eran buenos, respetuosos y obedientes y hacían sentir orgullosos a sus padres, o al menos, lo que sus padres sabían de ellos los hacía sentirse orgullosos porque eran igual que cualquier otro joven decente: 90% buenos, pero también podían llegar a comportarse mal y guardaban pensamientos secretos, que sabían que sus padres reprobarían.

    El Maestro Lee, el hijo, Den, o el Joven Lee, acababa de cumplir veinte y llevaba casi dos años de haberse graduado de la escuela. Él  —al igual que su hermana— habían tenido una infancia feliz, pero comenzaba a caer en la cuenta que su padre había planeado para él una vida difícil, no que nunca hubiera trabajado en toda su vida, porque sí lo había hecho, tanto antes como después de salir de la escuela. A pesar de ello, había tenido tiempo para el fútbol y el tenis de mesa y las chicas durante los bailes que se hacían en la escuela.

    Todo eso se había terminado ya y con ello sus prospectos de una vida sexual, no que tuviera mucho de qué alardear, solo el beso ocasional y aún menos frecuente el jugueteo, pero ya llevaba dos años sin tener nada de eso.  Den se habría marchado en un abrir y cerrar de ojos hacia alguna ciudad, de haber tenido alguna idea sobre qué hacer una vez estuviera ahí, pero tampoco tenía ambiciones, excepto la de tener sexo con más frecuencia. 

    Sus hormonas le estaban causando estragos a tal punto que algunas de las cabras le parecían muy atractivas, lo que le preocupaba sin descanso.

    No se alejaba de él la idea de que tendría que casarse si quería mantener una relación estable con alguna mujer.

    El matrimonio le comenzaba a parecer lo suficientemente atractivo, aunque esto implicara sacrificarse para tener hijos.

    La señorita Lee, mejor conocida como Din, era una muchachita muy hermosa de dieciséis años, quien había dejado la escuela durante el verano, habiendo estudiado dos años menos que su hermano, lo cual era bastante normal en su área. No que eso significara que ella fuera menos inteligente, sino que los padres y las muchachas mismas asumían que entre más temprano tuvieran familia les iría mejor. También resultaba más fácil conseguir un esposo cuando la muchacha era menor que las mayores de veinti-tantos.  Din aceptó la sabiduría tradicional sin cuestionamientos, a pesar de las dudas de su madre.

    Ella también había trabajado antes y después de la escuela toda su vida y probablemente mucho más duro que su hermano, a pesar de que él nunca habría sido capaz de reconocerlo, puesto que las muchachas prácticamente trabajaban como esclavas en cualquier lugar a los alrededores.

    Aun así, Din sí tenía fantasías. Ella soñaba con encuentros románticos, en los cuales su amado se la llevaría rumbo a Bangkok, donde él se convertiría en un médico y ella pasaría todo el día de compras con sus amigas. Sus hormonas también la atribulaban, pero en su cultura local era prohibido para las mujeres admitir lo que les pasaba, incluso a ella misma le costaba admitirlo. Su padre, su hermano y hasta su madre, probablemente también le darían una paliza si la llegaban a encontrar sonriéndole a un chico que no fuera de su familia.

    Ella lo sabía y también lo aceptaba sin cuestionar nada.

    Su plan inmediato era el de comenzar a buscar un marido lo antes posible, una tarea para la cual su madre ya le había ofrecido ayuda, porque las dos damas Lee sabían que entre más rápido sucediera, mejor sería para prevenir cualquier riesgo de sucesos vergonzosos para la familia.

    En general, los Lee eran una familia típica de su localidad y eran felices de ser como eran. Llevaban sus vidas con las privaciones de su entorno local y pensaban en lo correcto y apropiado, a pesar de que sus dos hijos sí guardaban el sueño de escaparse rumbo hacia la gran ciudad.  El problema era que la falta de ambición que les habían inculcado a los campesinos durante siglos los detenía, cosa que era buena para el gobierno o de otra manera toda la gente joven habría desaparecido de las zonas rurales hacía mucho tiempo y migrado hacia Bangkok y desde ahí, hacia países extranjeros como Taiwán y Omán, donde los salarios eran mejores y la libertad sobre la represión que

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