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valoraciones:
4/5 (31 valoraciones)
Longitud:
206 páginas
3 horas
Publicado:
Apr 18, 2006
ISBN:
9788433938541
Formato:
Libro

Descripción

William S. Burroughs publicó Yonqui, en 1953, gracias a los buenos oficios de Allen Ginsberg, que se paseó con el manuscrito bajo el brazo por diversas editoriales hasta dar con Carl Solomon, un editor más valiente y más desesperado que otros, y que años después confesó que era tal el terror que le daba trabajar con semejante material que estuvo a punto de sufrir un colapso. Y así fue como apareció uno de los libros míticos de la literatura americana de nuestro siglo, pero también uno de los más prohibidos y subterráneos, en una editorial marginal, bajo el pseudónimo de William Lee. Burroughs aún no era el autor de El almuerzo desnudo, ni se había constituido en el gran visionario de nuestra época, que ha inspirado a escritores, a músicos, a pintores y a cineastas, pero en esta descarnada, deslumbrante crónica de una adicción los vagabundeos en busca de droga, la avidez por el chute, la peculiar sexualidad y las no menos extrañas relaciones nacidas en la comunión de la droga estaba ya el fundamento de toda su obra posterior. Para Burroughs, un audaz explo­rador del lado más salvaje de la vida y la literatura, todo debe ser experimentado hasta el límite, aunque él nunca pierde la distancia de la inteligencia. Para llegar al paraíso de la droga hay que hundirse en su infierno, puesto que ambos son lo mismo, y la degradación nunca está muy lejos de la revelación. Porque la droga, finalmente, no es un medio para aumentar el goce ni un estimulante: es una manera de vivir.

Publicado:
Apr 18, 2006
ISBN:
9788433938541
Formato:
Libro

Sobre el autor

(1914-1997) es una figura legendaria de la literatura norteamericana de este siglo, un escritor comparado con Villon, Rimbaud y Genet. Tanto su vida como su obra, de un pesimismo total y un sombrío sentido del humor, reflejan una actitud de rebelión permanente contra la sociedad convencional. Homosexual, drogadicto durante muchos años, amigo e ídolo de Kerouac y Ginsberg, se le considera el gran «gurú» de la generación beat, pese a su negativa a ser incluido en ella.


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Vista previa del libro

Yonqui - William S. Burroughs

Índice

Portada

Introducción

Prólogo

Yonqui

Créditos

Notas

INTRODUCCIÓN

Bill Burroughs y yo nos conocimos en las navidades de 1944, y desde principios de los años cincuenta nos une una profunda amistad. Siempre lo he respetado por ser mayor y más sensato que yo, y durante los primeros años de nuestra relación no podía comprender por qué me trataba con tanta consideración. El paso del tiempo, y las profundas alteraciones que trajo a nuestras vidas –tuve que permanecer recluido en un sanatorio mental, y él viajó y sufrió una terrible tragedia personal–, confirmaron mi intuición de que era muy tímido, y lo animé a escribir más prosa. Para entonces, tanto Kerouac como yo considerábamos que nuestro destino era el de ser escritores, poetas, pero Bill se mostraba reacio a compartir estos sueños tan extravagantes. De todos modos, al contestar a mis cartas me enviaba capítulos de Yonqui, al principio creo que sólo para hacerme partícipe de anécdotas que consideraba curiosas, aunque –para mi emocionada sorpresa– no tardó en acariciar la idea de convertir aquellos fragmentos en el embrión de un libro, de una obra narrativa sobre el tema de la droga. Así pues, la mayor parte del original me llegó fragmentariamente por correo, a veces a casa de mis padres en Paterson, New Jersey. Pensaba que animaba a Bill a escribir. Pero ahora se me ocurre que lo que él pretendía al enviarme aquellos fragmentos de su libro era levantarme la moral y procurar que no perdiera el contacto activo con el mundo, pues me había ido a vivir al campo, a casa de mis padres, tras pasar ocho meses en un sanatorio mental como consecuencia de mis enfrentamientos con la ley mientras era hippie.

Esto ocurría hace cerca de un cuarto de siglo, y no recuerdo la estructura de nuestra correspondencia, que continuó durante años, de continente a continente y de costa a costa, y gracias a la cual surgieron, además de Yonqui, otros libros como Las cartas de la ayahuasca, Queer (cuando escribo estas líneas todavía sin publicar) y buena parte de El almuerzo desnudo. Por desgracia, obedeciendo los impulsos de su innata timidez, Burroughs ha destruido muchas de sus epístolas personales de mediados de los años cincuenta, que le devolví y le pedí que conservara, quizá por tratarse de misivas en las que manifiesta un natural bastante más afectuoso de lo que gusta de mostrar en público. Bien, el caso es que esa encantadora faceta del carácter del por lo demás invisible inspector Lee ha desaparecido para siempre tras el férreo telón de la autocensura literaria.

Una vez el manuscrito de Yonqui estuvo completo, se lo ofrecí a diversos compañeros de estudios o de sanatorio mental que habían conseguido introducirse en el campo editorial, ambición que también tuve, pero en la que fracasé; así pues, dada mi incompetencia para los asuntos mundanos, me veía como una especie de agente secreto literario. Jason Epstein leyó el manuscrito (conocía las leyendas que circulaban acerca de Burroughs desde sus días de estudiante en Columbia) y llegó a la conclusión de que, si lo hubiera escrito Winston Churchill, habría resultado interesante, pero, como la prosa de Burroughs «carecía de distinción» (extremo este que discutí acaloradamente con él en su despacho de Doubleday, aunque al final tuve que claudicar, pues debilitaba mis energías estar rodeado por tanta Realidad; también la debilitaron las granadas de gas mostaza que me disparaban editores siniestros e inteligentes, mi propia paranoia y mi inexperiencia para enfrentarme a la tremenda estupidez que reina en los grandes edificios de oficinas de Nueva York), no le interesaba publicar el libro. Por aquel entonces, también trataba de encontrar editor para los capítulos proustianos de las Visions of Cody de Kerouac, que andando el tiempo se convertirían en la visión de En el camino. Y llevé esta última obra de una editorial a otra. Louis Simpson, que se recuperaba de una crisis nerviosa en Bobbs-Merrill, tampoco vio mérito artístico en el manuscrito.

Pero tuve la tremenda suerte de que Carl Solomon, que había sido compañero mío en el Instituto Psiquiátrico del Estado de Nueva York, trabajara en Ace Books, de la que era propietario su tío, el señor A. A. Wyn. Solomon tenía el gusto literario y el sentido del humor necesarios para apreciar obras como aquéllas, aunque, como estaba de vuelta de sus propias extravagancias literarias dadaístas, paranoico-críticas y vanguardistas en general, al igual que Simpson, desconfiaba del romanticismo criminal y vagabundo de Burroughs y Kerouac. (Yo era por aquel entonces un encantador muchacho judío con un pie en la clase media que escribía poesía metafísica de corte tradicional que luego revisaba con todo cuidado, más o menos.) Ciertamente, aquellos libros indicaban que estábamos en medio de una crisis de identidad premonitoria de una depresión nerviosa para el conjunto de los Estados Unidos. Por otra parte, Ace Books publicaba fundamentalmente en sus colecciones de bolsillo libros de evasión, entre los que Carl intercalaba a veces, muy nervioso, alguna novela francesa o con algo más de enjundia, mientras su tío fruncía el ceño.

El editor Solomon nos decía que no nos dábamos cuenta (Bill, Jack, yo), pero él sí, de que había que ser verdaderamente paranoico para publicar libros como aquéllos, pues el ambiente en que nos movíamos no era el suyo y no estábamos condicionados por la familia y los psiquiatras, por las responsabilidades que conllevaba trabajar en la editorial ni por el nerviosismo de pensar que su tío pudiera considerarlo loco; por tanto, fue un acto de verdadero valor por su parte programar «una cosa así», un libro sobre la droga, y darle a Kerouac doscientos cincuenta dólares como anticipo por una novela. «Todo aquello estuvo a punto de causarme una depresión nerviosa; me daba verdadero pánico trabajar con semejante material.»

Por aquel entonces –y en la actualidad no ha desaparecido del todo, pues aún quedan vibraciones residuales de la paranoia del estado policial cultivadas por las brigadas de narcóticos– estaba muy extendida la idea implícita de que si hablabas en voz alta de la hierba (y no digamos de la droga) en el metro o el autobús, podías ser detenido, aunque sólo propusieras posibles cambios en las leyes. Era considerado ilegal hablar de las drogas. Una década más tarde aún no era posible proponer cambios en las leyes en un debate transmitido por la televisión pública nacional sin que la Oficina de Narcóticos y la Comisión Federal de Comunicaciones te denunciaran presentando como pruebas las grabaciones de tus palabras. Eso ya es historia. Pero el pánico al que se refería Solomon estaba muy extendido, y la industria editorial no era inmune a él. Así pues, para que el libro pudiera publicarse hubo que introducir en su texto una serie de modificaciones, unas a fin de que el editor no se viera implicado si el autor era llevado a los tribunales, y otras destinadas a impedir que el lector pudiera aceptar como buenas las arbitrarias opiniones del autor que estaban en desacuerdo con la «autoridad médica legalmente reconocida», una autoridad que por aquel entonces era cautiva de la Oficina de Narcóticos: veinte mil médicos fueron denunciados por tratar a yonquis en el periodo 1935-1953, y muchos miles de ellos fueron multados y encarcelados, en lo que la Asociación Médica de los Condados de Nueva York denominó «una guerra contra los médicos».

Lisa y llanamente, la verdad es que la Oficina de Narcóticos estaba conchabada con la delincuencia organizada y participaba bajo mano en la venta de droga, por lo que se dedicó a elaborar mitos que reforzaban la «criminalización» de los adictos en vez de procurarles tratamiento médico. Los motivos eran claros y sencillos: ansia de dinero, salarios bajos, chantaje y grandes beneficios ilegales, todo ello a expensas de una categoría de ciudadanos que eran calificados por la prensa y la policía de «enemigos de la sociedad». La historia de las estrechas relaciones entre las burocracias de la policía y del sindicato del crimen fue ampliamente documentada a principios de la década de los setenta por diversos libros e informes oficiales (entre los cuales destacan el informe de la Comisión Knapp acerca de Nueva York, publicado de 1972, y The Politics of Opium in Indochina, de Al McCoy).

Como el tema de su libro –in medias res– era considerado tan osado, se le pidió a Burroughs que escribiera un prólogo en el que explicara que era de buena familia –para lo que se convirtió en el anónimo William Lee– y diera algunos detalles que permitieran comprender cómo era posible que un ciudadano supuestamente normal llegara a convertirse en un degenerado enemigo de la sociedad, a fin de que la píldora les resultara más fácil de tragar a lectores, censores, críticos literarios, policías, espíritus estrechos de esos que tanto abundan por todas partes y sabe Dios a cuánta gente más. Carl escribió una preocupada introducción en la que pretendía ser la voz de la sensatez que presentaba el libro de parte del editor. Tal vez lo fuera. Cierta descripción literaria de la sociedad agrícola de Texas fue suprimida por considerarse que estaba fuera de lugar dada la dureza tan poco literaria del tema del libro. Y, como ya he dicho, cruciales afirmaciones medicopolíticas de William Lee, basadas en hechos o simples opiniones suyas, fueron primero encerradas entre paréntesis y luego tachadas por el editor.

Como agente, negocié un contrato que aceptaba todas esas mixtificaciones, y le entregué a Burroughs un adelanto de ochocientos dólares a cuenta de una edición de cien mil ejemplares que, cosa curiosa, fueron impresos –haciendo el sesenta y nueve, por así decirlo– en las mismas hojas en que se imprimía otro libro sobre drogas, escrito por un ex agente de narcóticos. Ciertamente, habíamos hecho una lamentable serie de claudicaciones; sin embargo, por otra parte, y dada nuestra inocencia, no dejó de ser una especie de milagro que el libro fuera impreso al fin y leído durante la década siguiente por más de un millón de cognoscenti que no pudieron menos que apreciar su inteligente exposición de los hechos, su clara percepción, su lenguaje sencillo y directo y sus imaginativas metáforas, así como su profunda comprensión de los fenómenos sociológicos, su actitud cultural revolucionaria hacia la burocracia y la ley, y el estoico y frío sentido del humor con que contempla la delincuencia.

ALLEN GINSBERG

19 de septiembre de 1976, Nueva York

PRÓLOGO

Nací en 1914 en una sólida casa de ladrillo, de tres pisos, en una gran ciudad del Medio Oeste. Mis padres eran personas acomodadas. Mi padre poseía y dirigía un negocio de maderas. La casa tenía césped delante, un jardín trasero, un estanque con peces y una cerca muy alta de madera a su alrededor. Recuerdo al farolero encendiendo los faroles de gas de la calle y el inmenso y brillante Lincoln negro y los paseos por el parque los domingos. Todas las ventajas de una vida confortable, segura, que se ha ido ya para siempre. Podría escribir nostálgicas elegías acerca del viejo médico alemán que vivía en la casa de al lado, y de las ratas que correteaban por el jardín trasero, y del coche eléctrico de mi tía, y de mi sapo favorito, que vivía junto al estanque.

Los recuerdos más tempranos que conservo están impregnados de miedo a las pesadillas. Me asustaba estar solo, y me asustaba la oscuridad, y me asustaba ir a dormir a causa de mis sueños, en los que un horror sobrenatural siempre parecía a punto de adquirir forma. Temía que cualquier día el sueño se hiciera realidad cuando me despertase. Recuerdo haberle oído comentar a una sirvienta que fumar opio proporcionaba sueños agradables, y me dije: «Cuando sea mayor, fumaré opio.»

De niño tenía alucinaciones. Una vez me desperté con la primera luz de la mañana y vi a unos hombrecillos jugando dentro de una casa que había hecho con un juego de arquitectura. No tuve miedo, sólo me quedé de piedra y sentí sorpresa. Otra alucinación o pesadilla recurrente se refería a «animales en la pared», y comenzó con el delirio de una extraña fiebre que tuve a los cuatro o cinco años de edad y los médicos no supieron diagnosticar.

Fui a una escuela activa junto con los futuros ciudadanos honorables, los abogados, médicos y hombres de negocios de una gran ciudad del Medio Oeste. Con los otros niños me mostraba tímido y me asustaba la violencia física. Había una pequeña mala pécora muy agresiva que trataba de arrancarme el pelo así que me veía. Ahora me gustaría romperle la cara, pero hace años que se partió el cuello al caerse de un caballo.

Cuando tenía unos siete años, mis padres decidieron trasladarse a las afueras «para apartarse de la gente». Construyeron una enorme casa rodeada de jardines y bosque y con un estanque lleno de peces, y donde había ardillas en lugar de ratas. Mis padres vivían allí en una confortable cápsula, en medio de su hermoso jardín y sin mantener contacto con la vida de la ciudad.

Fui a un colegio de segunda enseñanza privado en las afueras. No fui especialmente bueno ni malo en los deportes, ni tampoco brillante ni retrasado en los estudios. Resultaba evidente que era un negado para las matemáticas o los trabajos manuales. Jamás me gustaron los juegos de competición en equipo y los evitaba siempre que podía. De hecho, me convertí en un enfermo imaginario crónico. Me gustaba pescar, cazar y caminar por el campo. Leía más de lo normal para un muchacho norteamericano de aquella época y lugar: Oscar Wilde, Anatole France, Baudelaire, incluso Gide. Mantuve una romántica amistad con otro chico y nos pasábamos los sábados explorando antiguas canteras, montando en bicicleta y pescando en estanques y ríos.

En esa época quedé muy impresionado por la autobiografía de un ladrón titulada No puedes ganar. El autor aseguraba haber pasado gran parte de su vida en la cárcel. Eso me parecía estupendo comparado con el aburrimiento de una zona residencial en las afueras de una ciudad del Medio Oeste en que cualquier contacto con la vida estaba cortado. Consideraba a mi amigo un aliado, un cómplice en el delito. Encontramos una fábrica abandonada y rompimos todos los cristales y robamos un formón. Nos atraparon y nuestros padres tuvieron que pagar los daños. Después de esto mi amigo «me dio pasaporte» porque nuestra amistad ponía en peligro su posición en el grupo. Comprendí que no existía compromiso posible entre el grupo, los otros, y yo, y llevé una vida muy solitaria.

El ambiente en que vivía me parecía vacuo, y nada me reprimía, así que me dediqué a solitarias aventuras. Mis actos criminales eran meros gestos, no me reportaban provecho y la mayor parte de las veces quedaban sin castigo. A veces entraba en una casa y la recorría sin llevarme nada. En realidad, no necesitaba dinero. Otras veces paseaba en coche por el campo con una carabina del 22 y disparaba contra las gallinas. Recorría las carreteras conduciendo temerariamente hasta que tuve un accidente del que salí ileso de milagro. Esto me hizo ser más precavido.

Fui a una de las tres grandes universidades, donde me matriculé en literatura inglesa, debido a mi falta de interés por cualquier otra materia. Odiaba la universidad y odiaba la ciudad donde estaba. Todo lo que se relacionaba con aquel lugar estaba muerto. La universidad tenía una falsa organización inglesa encomendada a graduados en falsos colegios de pago ingleses. Estaba solo. No conocía a nadie y los extraños eran mirados con desagrado por la cerrada corporación de quienes se consideraban escogidos.

Casualmente, conocí a algunos homosexuales ricos, pertenecientes a ese círculo internacional de locas que recorren el mundo y siempre acaban volviendo a encontrarse en todos los lugares de ambiente gay que hay entre Nueva York y El Cairo. Vi en ellos un modo de vida, un vocabulario, referencias, un sistema simbólico completo, como dicen los sociólogos. Pero esas personas, en su mayor parte, eran unos pedantes, y, tras un periodo inicial de fascinación, me alejé de aquel ambiente.

Tras graduarme, no precisamente con las mejores notas, empecé a recibir una asignación mensual de ciento cincuenta dólares. Corrían los años de la Depresión y no era fácil encontrar trabajo, aunque, a decir verdad, tampoco tenía ganas de encontrarlo. Anduve por Europa durante un año o así. Los efectos de la posguerra aún se hacían sentir allí. Los dólares norteamericanos podían comprar

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Yonqui

4.2
31 valoraciones / 26 Reseñas
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Reseñas de lectores

  • (4/5)
    The autobiographical story of Lee, (the author's original pen name), a young man who begins shooting junk mainly out of boredom. The time is right around WWII. As a university graduate and with a monthly allowance from his family, Lee chose to hang out in dives and make the acquaintance of people who had access to a variety of hard drugs. Lee takes part in muggings and other ways to get money for heroin, morphine or whatever can be had. It's a bleak yet compelling story by an author who describes an awful existence of crimes, highs, withdrawals and constant running from police, and it's obvious that it's more non-fiction than fiction.
  • (5/5)
    I recently read in a weekend supplement that Debbie Harry and her cohorts in Blondie did heroin because they wanted to be like William Burroughs: Good looks, good voice and shit for brains. This book claims to be a memoir of Burroughs early life on the 'junk' and while seemingly honest it is full of typical junky delusions - 'I got off junk by smoking tea once'. He never cleans up, but as mentioned does seem to describe the junky experience from the sickness of the first hit to being completely dependant on it to be awake. The sickness that accompanies his addictions seem horrendous and the depths of depravity that he admits to (what doesn't he admit to?) does not in any way glamorize this lifestyle. It is noteworthy that this particular habit is described as going hand in hand with crime and criminals even though most of the characters seem sure that they will at some stage stop it altogether and live normally. It did get me thinking as to the nature of addiction: is it forced and accepted or inherent in us all? I thoroughly enjoyed reading it and Will Self's preface was also very insightful (best read after the book though). Roll on Naked Lunch!
  • (5/5)
    Ah, good ol' Bull Lee. A classic case of the man's life and myth being far more interesting than his writerly output; except, of course, for Junkie, which is probably one of the most innovative books of the latter half of the 20th century.Bill was never cool: cool is transient, hip is being there, and Bill had been hip from the day he was born.Let's forget about him being a lifelong paedophile (after all, he himself was sexually abused when he was a child, so he was just squaring the circle, right?) let's judge him by his literary heretage.After he had written "Junkie", he most probably realised that he would never be able to top it: so half-way through his next book "Queer" he goes all Dada on his readers and starts writing like a latter day Henry Miller who's overdosed on absinth. So his big hit is "Naked Lunch"; right time, right place; but if it wasn't for the aforementioned he would have disappeared without trace from the literary scene afore he even arrived on it; but the U.S. literati fell for his pitch hook, line and clinkers, and the preceding rubbish that he churned out over the years eventually earned him a place in the Hall of Fame. "Naked Lunch" hasn't time-travelled all that well, nowadays it reads like a relic from the 1960s 'let it all hang out' bag. Whereas "Junkie" is still as fresh as a New York sewer rat on the prowl with a hard on fit to smash a China plate: amoral, apolitical nihilism in yer face - the narrator of "Junkie" pre-empts the post-scarcity, consumer capitalist society, where everything has a price tag and nothing has any lasting value: this is how it was, this is how it IS.
  • (5/5)
    This is a re-read for me. I wanted to check out the new edition. The novel was always fantastic, but the new editions that restores text is genius. I won't repeat all the things people normally say about how you should read this first, etc. etc. All I will say is that the honesty of the prose, the zero degree of fabulation, is the genius of the book. Almost no one else on the planet could pull of this much with this little. READ THIS NOVEL.
  • (3/5)
    I expected to not like this book by William S Burrough's but I liked it. It was an easy to read book and I was impressed that this author who openly writes about his addiction and his homosexuality was intelligent. He writes this book without defensiveness or anger. He writes with matter-of-fact style. This was his debut novel. He wrote the original in 1953 and was published by Ace. I read the Penguin addition. This book is gives the reader a trained anthropologist observations as he portrays the life of an addict in New York, New Orleans and Mexico City. For those readers who have read The Road by Jack Kerouac, this would be a great companion read. They were acquaintances and even had thought of writing a novel together.
  • (4/5)
    This was one of the hardest books I have ever tried to read. It must have taken me three or four times to get through the book. In the end though, I can say I liked it. I am still unsure WHAT exactly I liked about it since it is so hard to read and understand.

    It is a book about drugs that makes you feel like you've taken drugs--and then tried to read the book.
  • (4/5)
    A short, well written book, that honestly lays out the mental and physical strife junkies must deal with. Whether 50 years ago, today, or 50 years from now, this book carries a relevance that many will not, or cannot understand. Very worth an afternoon of your attention.
  • (4/5)
    To many contemporary readers narcotics and drug addicts are shrouded by an atmosphere of crime, danger and dirt, which will lead most people to shun heroin addicts, or "junkies" as they have become known. With Junky, also spelled Junkie, William S. Burroughs tries to clear that image, and would almost succeed.Junky was published as an autobiographical novel telling an almost clinically cool history of how Burroughs became addicted, which is told in a very straightforward narrative, and seemingly based on a very innocent transaction, of a pal asking him to sell some morphine and Burroughs ending up trying some himself. Assuming that Burroughs' assertion that many facts, descriptions of feelings, etc are factual and truthful, Junky would be an excellent guide to better understand the world of "junk" and "junk users", as Burroughs calls it.The Penguin Modern Classics edition of Junky. The definitive text of 'Junk' is published with a long introduction by Oliver Harris and includes various parts and appendixes which were cut from the original manuscript. According to the original introduction Burroughs had written Junky with the intention to enlighten readers about the true life of "junk user" and separating "junk" from the mystery surrounding it.However, in the Prologue Burroughs gives an all but sketchy impression of his life leading up to his life as a "junk". Comparing these notes with the biographical information we now have, not just of Burroughs but also of the other writers of the Beat Generation, it is clear that the biographical sketch in the Prologue is incomplete and probably deliberately vague. To present Junky as a lifestyle choice it probably did not fit the bill to explain that despite his good education and relative carefree life, receiving a monthly allowance from a trust fund, Burroughs was attracted to criminal behaviour, and the Beat Generation started with a murder in which Kerouac was charged as an accessory and Burroughs as a material witness, in 1944. It was later that same year Burroughs developed his addiction.Burroughs and Kerouac collaborated writing a novel together ("And the Hippos Were Boiled in Their Tanks"), and Burroughs completed the manuscript of another novel, but Junky. The definitive text of 'Junk' was Burroughs' official debut in 1953. The introduction by Oliver Harris provides many interesting details about the publication history of Junky including the various suggested titles and publishers' deliberations rejecting Burroughs' original title. The Penguin edition also includes an appreciation of Junky written by Alan Ginsberg, besides a glossary, letters and excerpts which were cut from the original manuscript, such as a long passage about Wilhelm Reich's theory of "orgones", etc in six appendices.Unlike Burroughs' later work, Junky is written in a straightforward prose style, and linear plot development. It provides a fascinating account of the life of a junky, from the point of view of a junky, explaining how heroin changes their life.
  • (5/5)
    An incredibly accurate description of the life of an addict, whether now or 50 years ago. A must read for any lover of literature. One of my favorite books, and the first I have read of William S. Burroughs, but I'm hoping to add more of his work to my library now that I have discovered this work.
  • (3/5)
    Junky is an engaging read, with Burroughs offering a kind of insight into a situation that cannot be easily articulated. I'm especially grateful for Allen Ginsberg's introduction, which certainly helped give me some background on an otherwise difficult to understand man.
  • (5/5)
    As much a port of entry for the author as for the audience, 'Junky' is the unshakable foundation of all Burroughs' later work and the beginnings of his later mythology. While the entry into the underworld may be borrowed from Jack Black, the voice is that of a younger, more intelligent Hemingway-- Hemingway minus the hubris that occluded his ear for dialogue. An immediately recognizable world, one not terribly estranged from our own; obviously the past, but not alien. Also one of the most matter-of-fact travelogues ever written about post-war America, chronicling the beginning of the modern underclass.
  • (5/5)
    the best book. ever. read it, love it, worship burroughs. repeat. the end.
  • (3/5)
    To try to be objective may be difficult... Burroughs has a special place in my heart. If I remember correctly, his intention with this book was to simply demonstrate the junky mentality and illustrate that even people with respectable backgrounds could succumb to heroin. With that in mind, the 'novel' hits the nail square. Heroin-induced nihilism breathes through every word in this completely emotionless text. Readers who can connect with the emptiness, or readers fascinated with the outright anti-culturalism and shock, are probably the ones who can walk away from this with a positive experience. Burroughs' callousness and crass are enough that pitying the author or narrator is not an option. That said, though, this should still be required reading for teachers, parents, social workers, etc., as it is wonderful insight into the minds of, not only the heroin-addicted, but into whole sections of our culture suffering in antipathy. This book is merely a chronicle, makes no suggestions, simply gives you the starkness without excuse or remorse.
  • (5/5)
    I really enjoyed this book, both for the quick and easy to read style of writing and because as a recovering addict the druggie aspects were more meaning full and easy to relate to then they may be for a non-addict. Autobiographical story of William S. Burroughs and his "queer", junkie, traveling life style. Can't wait to read Naked Lunch!
  • (4/5)
    In this slender volume, Burroughs manages what so many others come short of doing in so much more space and with far less success. He traces the lifecycle of the Junky - from birth to existence and how one manages to slide into the lifestyle without seeming to notice. The book covers Bill Gains life as he first tries morphine from a friend's batch of stolen goods all the way through as a full-blown addict hiding out in Mexico avoiding more stringent laws in the United States where he's spent time in and out of various rehabs, jails and going over countless other drugs, ways to kick and looking for that next elusive high. In between are the crimes, the broken friendships, the failed relationships, the self-loathing homosexual hookups and a life of constant paranoia. But there's also the release that Junk brings. There's the joy of the score and the feeling in the back of ones knees and the ability to have all of that go away.Junky doesn't glamorize or demonize. It's more of a front-line account of how one gets from point A to point B. If one wants a morality tale, it's not coming. Make no mistake, there's no false advertising from Bill when he says, "I have learned the junk equation. Junk is not, like alcohol or weed, a means to increased enjoyment of life. Junk is not a kick. It is a way of life."
  • (3/5)
    Junkie is nonstop. It begins with Burroughs first dalliance with drugs, and goes on and on until he stops, and then the writing stops. It's a bit much at times, but generally this is a fascinating account of addiction - what happens to you when you're addicted, why people go for drugs, and how people treat you when you're on them.
  • (5/5)
    This book is the record of a dangerous filled with the glamor of filth and the grime of suffering. The narrative neither decries nor glamorizes "junk", but rather lays out a picture for the reader to absorb with his own eyes. This picture is often desperate and disturbing, but also humorous. The antics of the jonesing narrator keep the reader interested, and the plot is easily moved along by his need. The cast of characters around him, comprised by pushers, needy pests, and easily unlikable cops adds a good dose of humor. I find that these elements aide in presenting a more readable and quality work than "On the Road", by Burrough's contemporary Kerouac. Burroughs' debut novel gives us a fascinating glimpse into a world that many of us will never see. Perhaps that is to our benefit.
  • (4/5)
    Extremely insightful and thought provoking
  • (4/5)
    Great book to understand better the life and psyche of an addict. It focuses solely on the addiction, drugs, and law but barely touches upon affects on relationships.
  • (2/5)
    I understand why people love this book, it wasn't for me. I don't necessarily have to have the beginning, middle, end plot standard, but I do need to feel that a story is going somewhere. This was just ramblings to me. It didn't work for me. I listened to the audiobook and didn't particularly love the narrator, either.
  • (4/5)
    This semi-autobiographical narrative was a very interesting read for the fact that it deals in depth with drug culture in a time that I was not even aware there was one. I also had absolutely no clue that Burroughs was from St. Louis.
  • (4/5)
    Pretty crazy read. This guy has seen and done some shit and most of this book, as the title suggests, is about his experiences with drugs, particularly Heroin.

    We follow him as he goes through his daily quest to get high. Sometimes he is selling and we learn about the hassles and pitfalls of dealing with customers who are always asking for something on tick. We hear his opinions on weed, coke, speed, time spent in jail.

    It is quite sobering and something that takes you down into the dirty parts of this lifestyle. Nothing is glorified and polished and if you ever to know what this world is like, this guy has done it so you dont have too.
  • (3/5)
    Well, the good thing is that I finished it and can now say I've read it. I didn't like it very much though... The main character (apparently Burroughs) presents his addiction as a cold factual situation which he could, and did, overcome at will. I think his gender, his age, his race and his economic station at the point of his addiction played a pivotal and yet unacknowledged role in his theories and "advice" for dealing with a junk addiction. I'm pretty sure he was not smarter than the medical experts and I suspect his descent into junk addiction played a bigger role in his "great" understandings of how to kick or cure the habit than did any factual reality.I guess it's one of those books everyone who "reads literature", or, at least, reads American literature has to say they've read... so I've done that. Now I'm going to go drink too much wine and see what theories of alcohol addiction and recovery I can pull out of my rear-end.
  • (4/5)
    Burroughs wrote this book much based on his own experience with addiction decades ago, and I think it'll forever be potent.

    It's a very straight-forward, no-nonsense and no-tearjerker experience as Burroughs writes of Lee's addictions, faltering friendships, his fleeting meets with people while trying to attain drugs as quickly as possible, at times doing anything for it. He goes from selling drugs to using them, to robbing drunks on trains to escaping the law, to trying to fence stuff to get money to get more drugs to avoid The Sickness, to get to Mexico to live a better life, to avoid his wife, to get together with her, to be able to get out of bed, to try and get off drugs completely, to get into less hardcore stuff to get back into heroin.

    It's very well-written, and eloquently cut-up in terms of what goes in which chapters. The descriptions of people, events and feelings aren't poetic - it's all straight-forward and I got the sense that his abuse just went on and on, a vortex that went round and round.

    This book reminds me a lot of Irvine Welsh's "Trainspotting", although this is timeless and different. It's like the inspirational big brother to Martin Amis' "Money".

    And it stands out. Burroughs was a very livid writer and this is a powerful and telling work on addiction, and in his desire to explain the elements that make out addiction to everybody, he dispels myths and actually writes some really stupid shit (e.g. that cocaine does not create any form of dependency), so just have an open, questioning mind when reading this (as with every written word, anywhere).

    In this edition from Penguin, there are several inclusions of nice extraneous material here: appendixes, a glossary and a long introduction.
  • (3/5)
    I read this book many years ago and really enjoyed it.

    Of all Burrough's works, I think it's most accessible. I haven't read too much of his other work, so it's hard to know what to compare it to. I liked the atmosphere that the book created, I liked how detailed his writing was, I liked how it felt personal, but also removed at the same time.

    I liked that this book was written in the 50's, and I felt that its semi-autobiographical nature really added to the honesty of the overall piece. Some people have said that this is a slow-moving book for them, and while I didn't feel that way at the time, I can see how it's possible. A lot of this story is just the protagonist going through daily life and there isn't so much a plot as the main character talking about drugs, and where he finds his next hit. I found it interesting because it was (almost?) a period piece, and so there was an overall tone that I liked.

    Unfortunately, there are like, no female characters. None. From what I remember, in the very least. If they are, they're probably minor.

    Still, I appreciate Burrough's wry, witty, dark humour, and so I will give this read 3.5 stars. c:
  • (5/5)
    A thrilling, roaring ride into the life and times of William S. Burroughs. This book effectually makes you understand the drug culture at the time and shows some of Burroughs' most intimate moments in dealing with junk and the law. It is a manifesto in itself as well as a description, carefully knitted, of the lifestyles of heroin addicts- tinged with his own real-life experiences. This is GREAT Burroughs- his work at his finest.4.5 stars- FULLY earned.