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Sostenibilidad y ecoeficiencia en la empresa moderna

Sostenibilidad y ecoeficiencia en la empresa moderna


Sostenibilidad y ecoeficiencia en la empresa moderna

valoraciones:
2/5 (1 clasificación)
Longitud:
390 páginas
6 horas
Editorial:
Publicado:
29 oct 2017
ISBN:
9786124191916
Formato:
Libro

Descripción

Empresas de todo tipo en el mundo pierden mucho dinero debido a un uso ineficiente de recursos naturales, como la electricidad, el agua, los insumos y las materias primas.

Algunos gerentes subestiman los altos costos que puede generar la ausencia de una política ambiental —como multas, mala imagen corporativa, reducida competitividad, conflictos sociales, etcétera— y desaprovechan las oportunidades que ofrece la gestión de una empresa sostenible y ecoeficiente.

Otros gerentes tratan de impedir la creación de niveles de contaminación que sobrepasan los límites legalmente establecidos. Sin embargo, los buenos gerentes comprenden que hacer solo "lo necesario" para evitar problemas legales es una estrategia débil e insuficiente en un mundo cada vez más consciente de los problemas ambientales que nos rodean.

'Sostenibilidad y ecoeficiencia en la empresa moderna' es una obra dirigida a personas proactivas —gerentes, empresarios, emprendedores, empleados, etcétera—, a fin de alentarlas a comprender que el desarrollo de una estrategia ambiental como parte de la gerencia empresarial moderna puede generar grandes utilidades y beneficios.

Así, Stefan Austermühle demuestra cómo cualquier tipo de empresa puede incrementar sus utilidades y rentabilidad mediante inversión en la conservación del medio ambiente, mejorar su imagen empresarial, obteniendo ventajas corporativas, y crear un mejor mundo para nuestros hijos.
Editorial:
Publicado:
29 oct 2017
ISBN:
9786124191916
Formato:
Libro

Sobre el autor


Vista previa del libro

Sostenibilidad y ecoeficiencia en la empresa moderna - Stefan Austermühle

Capítulo 1. Sostenibilidad en un sistema cerrado

La palabra «sostenibilidad» en sus diferentes variaciones está en la boca de todo el mundo. Los economistas hablan de un «negocio sostenible» al referirse a una empresa que no tiene impacto negativo en el ambiente global, la sociedad o la economía. Es decir, una empresa cuyas actividades son amigables con el ambiente, de forma que aseguran que todos los procesos, productos y operaciones consideren los retos ambientales y que al mismo tiempo produzca un beneficio económico.

Algunos políticos hablan de un «desarrollo sostenible» y promueven con esto la idea de hacer compatible el crecimiento económico con la preservación ambiental y con la equidad social, mediante el aumento de la productividad. Los urbanistas hablan de la «sostenibilidad urbana» y se refieren a un desarrollo urbano que no degrade el entorno y proporcione calidad de vida a los ciudadanos.

Los conservacionistas también hablan de desarrollo sostenible. Algunos de ellos promueven la idea de crecimiento cero de la sociedad. Otros defienden la meta de un decrecimiento económico. Así podríamos continuar y encontrarnos con un caos babilónico de significados que se le atribuyen a esta palabra tan de moda, con elementos en común pero cada uno apuntando hacia otra idea.

Para definir el concepto de sostenibilidad es clave, primero, comprender el problema que tiene Max la oruga:

Max vivió en una planta en maceta. Definitivamente el ambiente de alrededor de esta maceta no le ofrece ningún modo de sobrevivir. La posición en la cual está la maceta no le ofrece ningún modo de escape para buscarse otra planta. Max vive entonces en un «sistema cerrado».

La frase «sistema cerrado» se ha desarrollado en la física y en la química y se refiere a un sistema físico (o químico) que no interacciona con otros agentes físicos (o químicos) situados fuera de él. Este sistema es entonces totalmente aislado del ambiente de alrededor. Estar enteramente aislado significa que este sistema cerrado no puede intercambiar ni materia ni tampoco energía con nada externo a él.

En la realidad, sin embargo, no existen estos sistemas perfectamente cerrados, con excepción del universo entero que probablemente podría ser considerado así. Normalmente nos encontramos con sistemas que no intercambian materia con el exterior, pero sí intercambian energía. Por ejemplo, una cultura de bacterias en una solución de nutrientes dentro de un frasco de vidrio es un sistema de estos: no existe intercambio de materia entre el interior y el exterior del frasco cerrado, pero sí existe intercambio de energía en forma de luz y calor.

Aunque entonces esta cultura de bacterias no representa un sistema cerrado según la definición exacta, en la práctica podemos estudiarlo como si fuera un sistema cerrado con un grado de aproximación muy bueno o casi perfecto. Por razones prácticas nos hemos acostumbrado en la ciencia física a considerar sistemas abiertos a aquellos que pueden intercambiar materia y energía con el exterior, mientras que un sistema cerrado es uno que no puede intercambiar materia con el exterior, pero sí intercambiar energía en cierto modo. La maceta de Max, por lo tanto, es un sistema cerrado. La planta puede recibir energía (luz) desde afuera para crecer, pero como no hay un intercambio de materia (hojas) Max debe sobrevivir con los recursos que tiene en este sistema (la maceta).

Cada hoja de la planta en la maceta es el símbolo equivalente a un recurso natural. La respuesta de Max, al agotamiento del primer recurso natural (la primera hoja), era buscarse otro. Esto funcionó un tiempo, pero Max no tomó en cuenta que la cantidad de recursos (el número de hojas) era limitada y que al agotarlos no le quedaría nada. Aunque los recursos en su sistema cerrado en principio eran renovables (la planta recibió energía de afuera para producir nuevas hojas), la regeneración de estos recursos (el crecimiento de nuevas hojas) era tan lento que Max no pudo sobrevivir a este tiempo de espera. Entonces, al haber agotado todos los recursos en su maceta y toda vez que era imposible para él llegar a otra maceta, la única opción que le quedaba era morir.

¿Qué tiene que ver la historia de Max con nosotros?

Si pudiéramos ver al planeta Tierra desde el universo, rápidamente nos daríamos cuenta de que nuestro planeta es un sistema cerrado. Vivimos en una maceta gigante (gigante sí, pero sigue siendo una maceta). Nuestro planeta recibe energía desde afuera (desde el sol), pero no hay intercambio de materia (aparte de algunos cometas que caen cada par de millones de años y eliminan gran parte de la vida terrestre).

Nuestro sistema solar es como el balcón en el noveno piso de un edificio. En este sistema solar no hay otra maceta a la cual podamos mudarnos (tomando en cuenta que nos encontramos tecnológicamente lejos de estar listos de visitar a los hombres en Marte). Y tratar de llegar a otro sistema solar es imposible todavía. Es poco probable que llegase una civilización extraterrestre más desarrollada con buenas intenciones a nuestro rescate y tampoco podríamos todavía crear naves espaciales para empezar mil años de búsqueda de nuevos espacios de vida en caso de que se nos agoten los recursos naturales.

Seguimos entonces viviendo este sueño venturoso en el cine, pero empezamos a enfrentar la realidad. Por el momento nos hallamos en la misma situación que Max, la oruga: vivimos en un sistema cerrado con una cantidad de recursos bastante limitados y, si no tenemos en cuenta esto y continuamos agotando un recurso después del otro, en algún momento nos quedará solo la misma solución final que le quedó a Max.

Durante toda la historia humana percibimos a la Tierra como un ambiente con recursos infinitos. Esto debido a que fuimos pocos habitantes en una tierra con poca tecnología, en la cual cruzar un océano o un continente demoraba meses, un lugar donde nuestra sociedad primero se basó en la caza de animales y después en la agricultura. Pero, en realidad, el hombre se comportó desde sus comienzos como Max, la oruga, agotando un recurso y continuando con el próximo.

La extinción de varias especies de grandes mamíferos en América del Norte durante los últimos 20 mil años se debió a la incursión de cazadores que migraron desde el estrecho de Bering hacia América del Sur. En Europa, el hombre a partir de la última era de hielo llevó a varias especies, por ejemplo, el mamut, a la extinción. Especies como el alce (Alces alces), el ur (Bos primigenius)², el bisonte europeo (Bonasus bonasus), el caballo silvestre (Equus caballus ferus), el oso pardo (Ursus arctos), el lobo (Canis lupus) y el lince (Lynx lynx) fueron la presa de los cazadores del Neolítico hace cuatro mil años, los cuales redujeron estas especies drásticamente, hasta que finalmente se extinguieron como el ur en 1627. Otras especies ejemplares extinguidas por el hombre en los siglos XVII y XX son el dodo (Raphus cucullatus), el quagga (Equus quagga), el lobo japonés (Canis hodophilax), el manatí de Steller (Hydromalis cynocephalus) y el guacamayo de Cuba (Ara tricolor), por solo mencionar algunas de los cientos de especies eliminadas³.

Quizá el ejemplo más claro sea la caza de ballenas. Las estadísticas internacionales de captura de ballenas demuestran claramente cómo primero se agotó la población de ballenas jorobadas, que las llevó casi a la extinción, después se continuó la captura principalmente de la ballena azul hasta su colapso, y así siguió la secuencia a la ballena aleta y a la ballena sei, hasta que llegó a la ballena más pequeña de todas, la ballena minke, la cual quedaba para cazar, cuando las especies más grandes ya estaban agotadas.

Gráfico 1.1. Historia de la caza de ballenas

Fuente: Ministerio de Ambiente de Japón 1995.

Sin embargo, por siglos hemos pensado que el mundo es grande y sus recursos naturales son inagotables. Nuestra visión del mundo cambió indiscutiblemente cuando en 1961 el cosmonauta Yuri Gagarin resultó ser la primera persona en salir al espacio en toda la Historia⁴. Durante el programa Apolo (1961-1975), 11 misiones tripuladas y 22 misiones no tripuladas al espacio⁵ confirmaron esta nueva visión del planeta, lo que dejó en claro para todos que la Tierra es nada más que una pequeña bolita dentro de un universo inmenso. Y definitivamente nuestro planeta no es infinito, sino al revés. Nuestro planeta es preocupantemente pequeño y con recursos y espacios finitos.

No es ninguna casualidad que pocos años después de este brusco cambio de visión aparezcan las primeras publicaciones acerca de la necesidad de un dramático cambio de paradigmas⁶. Fue justamente en 1972, cerrando la primera década de exploración espacial, cuando el Club de Roma (un conjunto de científicos, economistas, políticos, jefes de Estado, e incluso asociaciones internacionales) publicó el informe «Los límites del crecimiento».

El título del documento en sí refleja el cambio de paradigma y confirma desde el primer momento que sí vivimos en un mundo en el cual no puede haber un crecimiento económico infinito, sino en el cual el hecho de que haya recursos limitados define que también el crecimiento económico llegará a un límite. El informe, por primera vez, reemplazó la euforia de crecimiento después de la Segunda Guerra Mundial con un escenario negativo, dramático y oscuro: basado en simulaciones del crecimiento humano, la búsqueda del crecimiento económico durante el siglo XXI resultará en una drástica reducción de la población a causa de la contaminación, la pérdida de tierras cultivables y la escasez de recursos energéticos.

El mensaje del informe es muy simple: si eres uno de diez invitados en un cumpleaños, entonces hay una porción de torta deliciosa y grande para cada uno. Pero si el dueño de la torta invita cada vez a más amigos, cada uno tendrá una porción de torta más pequeña. Algunos se molestarán y se comerán más torta de la que les corresponde, por lo cual los otros tendrán aún menos. Pero al final la cantidad de invitados no dejaría a nadie contento con la pequeña porción que hay para cada uno. Imaginémonos que Max, la oruga, tuviera que compartir su maceta cada vez con más hermanos: su fin hubiera llegado más rápido.

Paralelamente a este informe, el 16 de junio de 1972 se realizó la primera Cumbre de la Tierra de las Naciones Unidas, en Estocolmo, en que se manifestó por primera vez a nivel mundial la preocupación por la problemática ambiental global. Nos demoramos 15 años y varias conferencias internacionales más analizando el gran problema en el cual nos encontrábamos envueltos, hasta que hallamos una solución diferente a la de Max, la oruga: en 1987, el informe Brundtland, «Nuestro futuro común», elaborado por la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo, formaliza por primera vez el concepto de «desarrollo sostenible»:

«Desarrollo sostenible es un desarrollo que satisface las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las generaciones del futuro para atender sus propias necesidades» (World Comission On Environment and Development 1987).

En otras palabras: para ser sostenible debemos desarrollarnos de una forma que no agote los recursos naturales que requieren las generaciones futuras para vivir, por lo menos con la misma calidad de vida que nosotros.

A primera vista, esto suena coherente para todos, y seguramente todos los lectores de este libro lo aprueban, pero muy poca gente realmente percibe a primera vista la visión utopista inherente en esta frase y comprenden la radicalidad⁷ de ella, el cambio fundamental que exige la frase a nuestra sociedad y a los sistemas económicos mundiales, lo que resulta en un dramático cambio de la vida para todos y cada uno.

En nuestro mundo existen dos tipos de recursos naturales: recursos renovables y no renovables:

Los recursos renovables pueden ser:

a. Recursos orgánicos que se regeneran en tiempos prácticos y razonables (menos de cincuenta años) para crear industrias que aprovechen estos recursos de manera sostenible (por ejemplo, madera: un bosque se tala y reforesta para nuevamente ser talado; peces: se capturan algunos, el resto se reproduce y nuevamente se capturan algunos).

b. Recursos inorgánicos que permanentemente entran al sistema terrestre desde afuera (luz) o que se generan de forma permanente (vientos y corrientes que se autogeneran debido a diferencias de temperaturas locales) y que no son agotables.

Los recursos naturales no renovables pueden ser:

a. Recursos inorgánicos que existen en una cantidad limitada (el monto de hierro, la cantidad de agua potable, etcétera).

b. Recursos orgánicos cuyos tiempos de regeneración son tan extensos para la especie humana, que —después de haber agotado el recurso— es imposible esperar hasta que se regeneren (por ejemplo, el petróleo y el carbón que han sido formados en procesos geológicos durante millones de años a base de restos de organismos muertos). En este caso, el tiempo de regeneración es tan largo que en la práctica estos recursos son finitos—es decir, una vez agotados en el presente no es posible regenerarlos en un tiempo razonable—.

Querer llegar a sostenibilidad en el uso de recursos no renovables es imposible. En este momento, nuestra sociedad está construida principalmente sobre un solo recurso no renovable: el petróleo y sus derivados. Básicamente toda nuestra movilidad por aire, mar y tierra depende casi al 100 por ciento del petróleo, y una creciente cantidad de productos desde muebles a bolígrafos, celulares, computadoras hasta la ropa consisten en gran porcentaje de plásticos, derivados del petróleo.

Vivimos entonces en la era del petróleo, una era que recién empezó en la década de 1960, hace apenas cincuenta años, y que ya se acerca a su máxima expresión en poco tiempo (con el tope de la producción anual de petróleo prevista para algún momento dentro de los próximos veinte a treinta años), para después reducirse y enfrentarnos a cambios tecnológicos grandes. Con probablemente menos de cien años de duración, la era del petróleo será realmente temporal. Como gran parte de nuestro uso del petróleo es quemarlo y con esto reducirlo a energía y dióxido de carbono (CO2), toda esta cantidad es irrecuperable. Con respecto a los plásticos, no llegamos a altos porcentajes de reciclaje y, definitivamente, está desapareciendo el recurso.

En relación con los recursos renovables no estamos todavía aprovechando los recursos inorgánicos renovables (luz, viento, corrientes, etcétera) de manera significante. Esto de hecho cambiará en las próximas décadas, porque ahí es donde podríamos reemplazar al petróleo y cubrir nuestras necesidades energéticas de forma sostenible.

Lo que nos está causando los principales problemas es la sostenibilidad de los recursos orgánicos renovables. La naturaleza solo es capaz de regenerar una cierta cantidad de un recurso renovable por unidad de tiempo. Nosotros consumimos los recursos renovables más rápido de lo que la naturaleza puede regenerarlos. Es obvio que no solo importa qué tipo de recurso usamos y qué cantidad, sino también la velocidad con la cual lo usamos. Para medir si nuestro uso de los recursos es sostenible o no, tenemos que comparar entre ellos los siguientes dos valores:

a. La huella ecológica, la cual mide cuánta área bioproductiva (sea esta área marina o terrestre) requiere una población para producir los recursos renovables que necesita de una manera sostenible más el área requerida para absorber la basura y el desagüe producidos⁸.

b. La biocapacidad, la cual mide la producción biológica natural disponible en un área definida⁹. Para medir la biocapacidad del planeta se usa la hectárea global (global hectare (gha)). Una hectárea global corresponde al promedio de las biocapacidades de todo tipo de áreas productivas del planeta¹⁰. Para calcularlo se divide la suma final de las biocapacidades de las diferentes partes del planeta entre la cantidad de hectáreas de la superficie terrestre, resultando en la biocapacidad de una hectárea promedio.

Cuando la huella ecológica de una población en un área definida es más grande que la biocapacidad de la misma área, entonces resulta un déficit en la contabilidad de los recursos renovables. Si este déficit se limita a un país, entonces sería posible equilibrarlo mediante un país en el cual la biocapacidad es mayor que la huella ecológica. Pero si observamos la relación entre huella ecológica y biocapacidad a nivel del planeta como sistema cerrado y este resulta ser deficitario, entonces claramente estamos pasándonos sobre los límites de sostenibilidad definida por la biocapacidad del planeta. Esto necesariamente resulta en el deterioro de los sistemas naturales productivos de la tierra que son la base para nuestra existencia.

En el año 2004, la biocapacidad de la tierra era de 11.400 millones de hectáreas globales de terreno bioproductivo, lo cual corresponde aproximadamente al 25 por ciento de la superficie del planeta y se distribuye en 2.300 millones de hectáreas de agua marina, ríos y lagos, 1.500 millones de hectáreas de tierra agrícola, 3.500 de hectáreas de tierra pastoral, 3.800 millones de hectáreas de bosques, así como 200 millones de hectáreas de terreno urbanizado y con infraestructura (residencial, industrial, comercial, recreacional, minas, servicios públicos, transporte y comunicaciones)¹¹.

«En un estudio reciente el área biológicamente productiva de la Tierra fue de aproximadamente 11.200 millones de hectáreas o de 1,8 hectáreas globales por persona en el año 2002 (asumiendo que ninguna capacidad está reservada para especies silvestres). Para el mismo año, la demanda de la humanidad sobre la biosfera, siendo esta su huella ecológica global, fue de 13.700 millones de hectáreas globales, lo que significa 2,2 hectáreas globales por persona. Por lo que para el año 2002 la huella ecológica de la humanidad sobrepasó la biocapacidad global en 0,4 hectáreas globales por persona, siendo esto el 23 por ciento.

Este resultado indica que la economía humana sobrepasa la capacidad ecológica: los stocks¹² ecológicos del planeta se usan a mayor velocidad que la capacidad de regeneración de la naturaleza. Esto significa que estamos reduciendo el suministro futuro de recursos ecológicos, actuando de una manera que crea el riesgo de un colapso ambiental» (Schaefer 2006: 7-8).

En otras palabras, vivimos del capital natural en nuestra cuenta bancaria planetaria en vez de vivir de los intereses. El capital natural es un stock (una cantidad de un recurso natural) que produce un flujo de servicios naturales, así como recursos naturales tangibles (los intereses). Esto incluye energía solar, tierra, minerales e hidrocarburos, agua, seres vivos, así como los servicios provistos mediante la interacción de todos estos elementos dentro de un sistema ecológico.

Entonces sostenibilidad es un desarrollo que solo vive de los intereses del capital natural sin reducir este capital. El crecimiento de esta economía está limitado por la cantidad de intereses generados por los recursos renovables. Un desarrollo sostenible es aquel en el cual nuestra huella ecológica no es mayor que la biocapacidad del planeta.

En el presente estamos lejos de cumplir con estas dos condiciones de sostenibilidad. En consecuencia, nuestro planeta se encuentra en un proceso dramático de deterioro, que puede poner en riesgo nuestra sobrevivencia como especie si no llegamos a cumplir con las condiciones de sostenibilidad.

Por ejemplo, nuestro capital natural consiste en un stock de cien peces dentro de una laguna, la cual es nuestro sistema cerrado. Asumimos que cada año mueren naturalmente diez peces. Para mantener el stock en cien peces tendrían que nacer anualmente diez peces (10 por ciento), pero en nuestro ejemplo nacen 25 peces (25 por ciento. Esto significa que la población crece desde el año 1 hacia el año 2 en 15 peces (nuestros intereses naturales) a un stock total de 115 peces (100 – 10 + 25 = 115), siendo esto el capital natural base sobre el cual se generarían los intereses de 15 por ciento para el año tres (115 – 11,5 + 28,75 = 132,25 = 132). Nuestro capital natural crece. Sin embargo, el crecimiento de este stock no será ilimitado porque la laguna solo tiene suficiente alimento para una cierta cantidad de peces. Cuando crece el stock el alimento disponible per cápita se reduce. Los peces mal alimentados tendrán menos éxito reproductivo y la tasa de reproducción se reduce a un nivel menor que la tasa de mortalidad natural. En consecuencia, la población disminuye lentamente.

Si pescamos de una manera ignorante a los procesos naturales, solo para satisfacer nuestra necesidad de pescar cada año 25 peces, entonces el gráfico nos muestra claramente que podríamos pescar 25 peces por año durante seis años. En el año siete solo podríamos pescar 12 peces (la totalidad del capital que queda en nuestra cuenta bancaria natural). Y en el año ocho estaríamos enfrentando la situación de haber extinguido los peces de la laguna. Nunca más podríamos pescar ahí.

Asumimos entonces que estamos conscientes del peligro y tratamos de manejar el stock restringiendo la pesca a 25 por ciento (lo cual es la tasa de reproducción del año 1 (25 peces). En este modelo lamentablemente no tomamos en cuenta que, aparte de nuestra pesca, también existe una mortalidad natural adicional (10 por ciento). El resultado es una pesca no sostenible. Cada año reducimos nuestro capital y con esto también los intereses. Nuestro rendimiento de pesca ya a partir del año siete es menor que el rendimiento de una pesca sostenible y sigue reduciéndose año a año igual como nuestro capital natural (la cantidad de peces en la laguna). En 25 años de pesca con este modelo de manejo reducimos nuestro capital de cien peces a solo 14. La cuota anual de pesca es cada año menor y llega a solo cuatro peces en el año 25. Si seguimos así, es solo una cuestión de tiempo la extinción de los peces en la laguna.

Solo en el modelo de pesca sostenible, en el cual solo aprovechamos de los intereses anuales (15 peces), mantenemos el mismo éxito pesquero sobre un tiempo infinito. Esto significa que nos debemos adaptar desde el comienzo a la idea de que el crecimiento de nuestra pesca está limitado a 15 peces (en vez de 25 que queríamos pescar), pero ya a partir del año siete tenemos una mejor captura anual que en los otros dos escenarios.

Gráfico 1.2. Escenarios de pesca

Elaboración propia.

Capítulo 2. La situación ecológica y económica a nivel mundial

El presente capítulo tiene como meta analizar a mayor detalle el peligro que representa promover el crecimiento económico como único indicador de calidad de vida, sin tomar en cuenta que vivimos en un sistema cerrado. Para ello, describiremos solo algunos de los indicadores ecológicos y socioeconómicos más importantes.

Asimismo, es un objetivo de este capítulo crear conciencia de que todos estamos conectados con los desarrollos y problemas globales. La discusión de estos problemas globales podría ser percibida por algunos lectores como demasiado frustrante, o los problemas como demasiado grandes y alejados de nuestra influencia personal. Por esto se presentan regularmente ideas de cómo empresas sostenibles con acciones a nivel local podrían apoyar a solucionar estos problemas, igualmente estas ideas representarán solo una primera lluvia de ideas sin querer ser recetas completas. Existe un gran potencial para las empresas en desarrollar más y mejores ideas.

2.1. EL CRECIMIENTO DE LA POBLACIÓN HUMANA

El crecimiento de la población humana es el principal problema por resolver para garantizar sostenibilidad en el planeta. De hecho, nunca antes en la historia de la especie humana nos enfrentamos a una situación como la presente.

La especie humana necesitó 250 mil años para crecer a una población de mil millones de individuos. En el gráfico 2.1 se pueden apreciar los últimos 12 mil años de este desarrollo, así como un dramático cambio: en los últimos 200 años una mejor nutrición, más acceso a mejores servicios de salud, una mayor higiene y las vacunaciones masivas resultaron en un crecimiento poblacional fuera de control.

De 1804 a 1927, solo 123 años después de haber llegado a mil millones, la población humana se duplicó. En solo sesenta años más la población humana se incrementó de 2 mil millones a 5 mil millones de individuos, en 1987, y solo 12 años después, en 1999, la población pasó los 6 mil millones¹³.

La población humana en el momento de la impresión de este libro está estimada en más de 7 mil millones de personas¹⁴. Cada segundo que pasa, mientras que usted lee estas frases, nuestra población se incrementa en tres personas más¹⁵.

Durante 200 mil años los pocos humanos que habitaban la Tierra consideraban que el planeta era infinito. Sus más largos viajes que duraron semanas y meses corresponden hoy día a pocas horas en carro o avión. Percibieron un mundo lleno de recursos, y sus ciudades más grandes serían apenas pueblos pequeños para el hombre moderno.

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