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Trilogía Cinco Medicos del Cielo

Trilogía Cinco Medicos del Cielo

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Trilogía Cinco Medicos del Cielo

valoraciones:
3/5 (1 clasificación)
Longitud:
339 páginas
6 horas
Publicado:
28 ene 2019
ISBN:
9788494856242
Formato:
Libro

Descripción

En esta apasionante trilogía Sarabjit nos adentra en las profundidades de la historia de los círculos de Sanación Celestial con los Médicos del Cielo. Desde su propia experiencia Sarabjit nos cuenta los grandes misterios y las anectdotas ocurridas durante los ultimos 25 años.  


Nos cuenta cómo contactaron los Médicos del Cielo con ella y su esposo Devta, el aprendizaje que pasaorn y las pruebas que vivieron hasta llegar a ser grandes sanadores. Todo esto y mucho más vas a vivir leyendo esta magnífica exposición contada de primera mano.

Publicado:
28 ene 2019
ISBN:
9788494856242
Formato:
Libro

Sobre el autor


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Trilogía Cinco Medicos del Cielo - Sarabjit Kaur Khalsa

14

Cinco Médicos del Cielo

LA TRILOGÍA

por

Sarabjit Kaur Khalsa

Anillo de Luz Editorial

Cinco Médicos del Cielo, La Trilogía

Por Sarabjit Kaur Khalsa

Editado por Rocio Santamaria

Copyright © 2018 Anillo de Luz Editorial

ISBN 978-84-948562-4-2

www.anillodeluz.com

Arte en Portada por David Mateu, titulo:

Circulo de Sanación Celestial

www.DavidMateu.es

Gracias a todos aquellos que participaron en confección de este libro.

A Beatriz, mi amado marido, Rocio, Verónica, Noemí, Surjit, Vanessa

y todos aquellos que han apoyado el proyecto

de los Médicos del Cielo.

Prefacio

Estando en uno de los encuentros que se narran en este libro, me preguntaba tras el mismo si habría sido real lo vivido. La respuesta siempre es clara: realidad es lo que creemos porque lo creamos. Pero tras esta rápida cita, lo que queda, lo vivido por vívido y por encajar en todo el resto de la experiencia es sin duda real.

Lo interesante de este libro es que cuenta experiencias reales de personas normales, que simplemente en su día se atrevieron a vivir una aventura que iba surgiendo cotidianamente.

La aventura de Sanación de Sarabjit no es si no la introducción a una nueva era de experiencias en las que la realidad aparente se cae a trozos y no le queda más remedio que ceder el paso a nuestra verdadera naturaleza, la no aparente: el amor.

Agradezco enormemente el privilegio de escribir este mini prefacio, pero como decía aquel autor: si la obra no habla suficientemente por sí misma, huelga toda explicación.

Estimados lectores, tengan la seguridad de que esta aventura es infinita y está al alcance de la mano para cada cual que desee encontrar su realidad. No hay límites en la sanación como tampoco los hay en la vida. Recordad simplemente que lo único verdaderamente importante es ser feliz en cada momento.

Sat Nam , Devta Singh

1

San Diego, California 1970

Aún puedo recordar la penumbra, el humo y el olor a carne quemada. La tierra estaba devastada. Había incendios por todas partes. Yo vivía en una comunidad espiritual en las montañas de Nuevo México, EE.UU. cuando cayeron las bombas, varias bombas nucleares. Los muertos eran tantos que no se podían contar, sin embargo, ellos eran los afortunados. Los supervivientes estaban malheridos y se lamentaban desesperados. Los niños gritaban y corrían en busca de sus padres.

Yo no podía parar de llorar ¿Quién podía haber hecho tal cosa? ¡Dios mío! ¿Qué fue lo que pasó?.

Estaba claro que había sido un ataque global. Nosotros estábamos en las montañas y sólo sufrimos los efectos finales de la catástrofe pero fueron suficientes para crear una situación horrenda. La tierra a nuestro alrededor ardió durante tres días o lo que nosotros creímos que fueron tres días pues había tanto humo que no podíamos distinguir las noches de los días. Sólo veíamos oscuridad y el color amarillo rojizo de las llamas. Los que no murieron en la explosión, murieron en los incendios. Niños y adultos vagaban sin expresión en sus caras. Había mucha, demasiada gente herida y aunque yo intentaba ayudarles, era casi imposible porque no había médicos y los hospitales habían sido destruidos. El gobierno no enviaba servicios de emergencia.

No pude parar de llorar durante aquellos tres días, tres semanas o tres meses, totalmente desesperada. No sé el tiempo que pasó. Pero aquello era lo más horrible que había experimentado en mi vida.

No había forma de saber cómo estaba el resto del mundo ya que las radios y los televisores no recibían ninguna señal y era demasiado peligroso desplazarse en esos momentos. Había poca agua y los alimentos se agotaban.

Rezamos y rezamos para ser ayudados ¿Acaso Dios nos había abandonado?

Al cuarto día, o lo que yo creía que era el cuarto día, estaba sentada lamentándome de la situación cuando al levantar la mirada observé unas luces en el cielo.

- Son los militares que vienen a salvarnos exclamé. Pero, no, no eran aviones.

Al acercarse, vi que eran vehículos circulares que aterrizaban a pocos metros de donde estaba . ¿Será verdad? me pregunté.

Emergieron de estas naves circulares unos seres con forma humanoide, tan altos como yo. Vestían una especie de uniformes sin botones ni cremalleras. Sus cabellos eran más o menos largos y sus caras hermosas y asexuadas. Estaba muerta de miedo.

Primero, la destrucción del planeta y después una invasión extraterrestre. ¿Acaso existía Dios? pensé. Me escondí detrás de los arbustos como los conejos se esconden de los cazadores y observé todos los movimientos de aquellos seres, desde un lugar seguro.

Empezaron a montar carpas que utilizaban como hospitales y llevaban a los heridos allí. Al ver esto, mi curiosidad pudo más que el miedo. Salí de mi escondite y me acerqué a preguntarles qué estaban haciendo y de dónde procedían. Uno de ellos me miró, me cogió de la mano y no habló pero me transmitió imágenes mentales que me permitieron formular frases coherentes como si estuviera hablando con él dentro de mi mente. Los había enviado el Concilio Interplanetario para proveer servicios de emergencia al planeta Tierra. Estaban ayudando a un planeta hermano.

Entonces empecé a temblar y a llorar ¡Dios sí existía!. No estábamos solos en esta tragedia. Me ofrecí a ayudar.

Trabajamos noche y día con poco descanso y menos alimento. Recogíamos a los enfermos y heridos. ¡Muchos estaban muy quemados! Mis amigos interplanetarios les llevaban a las tiendas y les curaban pero no usaban instrumentos ni medicinas, sólo haces de luz y color de sus propias manos. Me quedé maravillada ante esta forma tan sofisticada de sanación. Los enfermos se curaban en muy poco tiempo. No había sangre, ni cirugía sobre la piel. El bienestar no era sólo del cuerpo sino también de la mente y del alma traumatizadas por la destrucción que habíamos vivido.

Yo estaba atónita ante aquellas curaciones pero después de una semana de trabajo ya no podía mantener mis ojos abiertos, ni seguir adelante a causa de la fatiga que había acumulado. La desesperación, el trabajo y el estrés me habían extenuado y ya no podía dar un paso más.

Percatándose de mi situación, uno de mis amigos interplanetarios me atrajo hacia él y me dio un abrazo. Me trasmitió que estaban agradecidos por mi ayuda y al colocar su mano sobre mi pecho sentí que mi corazón se llenaba de luz y de calor. Supe que me estaba sanando físicamente, al mismo tiempo que me trataba con gran amor y compasión.

Jamás olvidaré esa sensación de calidez, el color rojo y la expansión que experimenté en ese momento. Sentí tanta elevación, que mis pies no tocaban el suelo. Comprendí que también me curaba de traumas pasados y que me estaba abriendo la consciencia a una nueva vida, a una nueva forma de pensar.

… Y en ese momento, desperté de mi sueño empapada de sudor.

De pequeña soñaba con platillos voladores y seres de otros planetas. Era la época en que el hombre pisaba la Luna y se hacían miles de conjeturas sobre la existencia de vida en otros mundos. A mi me apasionaba todo aquello.

Durante mi infancia yo tuve un sueño recurrente, un ovni aterrizaba en el jardín de mi casa y un ser medio serpiente, medio humano salía del platillo y jugaba conmigo. Mientras jugábamos, me hablaba. Sabía que me estaba dando clases pero al despertar del sueño no podía recordar lo que me enseñaba. Cuando llegué a la pubertad, ya no volví a soñar con alienígenas hasta la noche de la pesadilla de la catástrofe y los extraterrestres salvadores. Este sueño fue diferente a todos los anteriores, porque a pesar de ser tan joven sabía que había sido una experiencia real.

Le conté el sueño a mi madre y ella me dijo con una sonrisa, que era muy interesante y yo lo archivé en mi memoria por muchos, muchos años.

Sin embargo, fue una premonición del futuro que me esperaba y ahora lo estoy contando porque al acercarnos a la Era de Acuario muchas personas tendrán este tipo de experiencias y no sabrán cómo interpretarlas. Escribo este libro para ayudar a aquellos que han vivido o puedan vivir experiencias similares para que puedan asimilar lo que les sucede.

2

San Diego, California 1971

Un año después, mi familia estaba cargando el coche a las cinco de la mañana para irnos de vacaciones. En un momento en que me quedé sola en la acera, vi a un hombre que se acercaba a mí. Digo que era un hombre porque no tenía pechos, pero su cabello era largo y rubio y sus facciones hermosas y suaves. Vestía un uniforme ceñido al cuerpo con una insignia en el pecho, arriba a la izquierda o la derecha, no me acuerdo. Calzaba unas botas que formaban parte del uniforme.

Sonreía mientras se acercaba. Yo me preguntaba quién podría estar caminando por la calle a esa hora de la madrugada, con ese aspecto tan fresco. Sin embargo, no sentí miedo. En ese momento, oí que alguien salía de mi casa, era mi madre con más maletas. Por un segundo la miré y volví a mirar al hombre pero ¡él había desaparecido! Era imposible desaparecer sin dejar rastro tan rápidamente! Podía haber descartado el incidente como un sueño o una ilusión, pero mi madre lo había visto también. No fue hasta años después que nos dimos cuenta de lo que había sucedido.

3

San Diego, California 1972-74

Durante los años del instituto, mientras las chicas de mi edad estaban chifladas por la moda, tenían novios, se maquillaban, tomaban drogas y querían ser animadoras del equipo, yo hacia kárate, yoga y estaba enganchada a la espiritualidad. Fue una etapa muy difícil para mí, porque no me sentía como las demás.

Mi madre frecuentaba una iglesia de médiums o lo que ahora llamaríamos de canalizadores. Era iglesia y escuela a la vez. Los domingos había un oficio religioso durante el cual los mediums entraban en trance y por sus bocas hablaba Jesús Cristo, la Virgen María y otros personajes bíblicos. Básicamente, diríamos que era Jesús hablando directamente si creías que esto es posible. Recuerdo que los mediums se vestían con túnicas blancas y se sentaban en sillas delante de un altar enorme cubierto de flores. Además, el altar exhibía fotos de Jesús, Elías, las Vírgenes y una foto de un santo llamado Roque Rojas además de fotos de personas que necesitaban ser sanadas.

Recuerdo vívidamente el perfume que emanaban las flores, el incienso y el agua bendita con que se rociaban y que compartían con los demás generosamente. La sensación era como estar en una catedral pero sin su arquitectura lujosa ni los ornamentos de oro. Este pequeño local estaba situado en un barrio pobre de San Diego llamado Logan Heights.

Los canalizadores, cinco a la vez, se sentaban frente a la pequeña congregación y todos empezábamos a cantar himnos hasta que ellos entraban en trance. Era todo un espectáculo ver como perdían la consciencia. Sus cuerpos, como sin vida eran tomados por otros seres que actuaban, miraban y gestionaban a través de ellos. Tanto era así que uno podía interactuar con los espíritus y hacerles preguntas. Éstos daban consejos y lecciones a la gente de la congregación. En aquellas sesiones mi madre buscaba guía espiritual y recibía ayuda y bálsamo para su alma cuando tenía problemas o su mente se llenaba de dudas.

Eso era los domingos, el resto de la semana se impartían clases de sanación energética y mediumnidad. Realmente, enseñaban a la gente a entrar en trance y a ser tomadas por un espíritu. Yo frecuentaba estas sesiones pues la parte de la meditación me gustaba mucho. Mi madre estaba muy contenta de que yo participara en lo que le interesaba a ella. Sin embargo, no me relacionaba mucho con la comunidad porque que todos eran mayores y, además, ver a la gente entrar en trance me daba miedo, pero lo que se decía en el trance, eso sí que me interesaba mucho.

En una ocasión hubo un oficio especial en el que me bautizaron y me dijeron que en un futuro próximo sería un pilar de fortaleza y viajaría a lejanas tierras a enseñar a la gente cómo amar a Dios. En ese momento tenía diecisiete siete años y no tenía ninguna intención de dejar el hogar de mis padres donde me sentía segura. Creía que viviría mis años de universidad en casa, y que después encontraría un trabajo, pero que seguiría viviendo con ellos.

Me sentía feliz y a salvo allí. No podía imaginarme viviendo fuera de la mejor ciudad de toda América. Entonces dudé de la veracidad de lo que canalizaban. No alcancé a ver que, efectivamente, ese era mi destino, pero ¡cómo lo iba a pensar a esa edad!

4

San Diego, California 1978

Acababa de terminar la universidad y ¡estaba lista para comerme al mundo! Mi vida de estudiante estuvo marcada por el yoga. Y aunque había estudiado una carrera, lo que realmente quería hacer era dedicarme a su estudio y a su práctica. Desde pequeña había leído muchos libros sobre yoga y yoguis y cuando tenía catorce años le supliqué a mi madre que me dejara ir a la India para vivir en una cueva en el Himalaya y dedicarme a la meditación. Ella me dijo – ¡NO! Tienes que acabar tus estudios primero.

Así que cuando finalicé mis estudios universitarios, mi deseo fue concedido, ¡a medias! Mi padre me autorizó a experimentar la vida yóguica en un entorno comunitario, lo que se llama un ashram y me fui a vivir a Washington, D. C.

No era la India, pero era lo mejor a lo que podía aspirar entonces. Son los mejores recuerdos de mi vida, viviendo como siempre había anhelado vivir. Nos despertábamos a las tres de la mañana, nos duchábamos con agua fría y comenzábamos nuestras prácticas espirituales en comunidad. Aquello era el éxtasis.

Las horas previas al amanecer siempre han tenido un especial significado para mí. Es un tiempo de conexión y de comunión conmigo misma. Esta convivencia duró seis meses y fue la mejor experiencia que había vivido, hasta entonces. Aprendí a convivir en una comunidad, a trabajar duramente, a ser rápida, a ser disciplinada, a tener una vida espiritual, a trabajar por poco dinero y a sobrevivir con menos. Fue un periodo muy enriquecedor.

Durante esos seis meses trabajé en un restaurante vegetariano limpiando y cortando cebollas. Un día mi jefe me preguntó si hablaba español y le dije que sí. Entonces me preguntó si quería ir a Barcelona para ayudar a la comunidad yóguica de allí. Sin pensarlo dos veces le dije que sí, puesto que no quería pasar el resto de mis días cortando cebollas y lagrimeando cada mañana en el sótano de aquel restaurante. España era un país lejano y no conocía a nadie, pero ¡era joven, libre y quería experimentar la vida!

5

Barcelona, España 1979

En la primavera de 1979 aterricé en Barcelona creyendo que iba a encontrar una aldea al lado del mar y que la gente viviría en casas de paja. Los americanos piensan que son los únicos seres civilizados en el mundo, o por lo menos así era yo entonces,

Para mi sorpresa, Barcelona era una cuidad cosmopolita y muy sofisticada aunque con veinte años de atraso en el tiempo debido a la dictadura de Franco. Cuando escribí a casa, le conté a mi familia que todo en Barcelona era en miniatura, coches pequeños, pisos pequeños, frigoríficos pequeños y hasta la gente era bajita en comparación con la media de Estados Unidos.

Barcelona fue el primer sitio donde me consideraron una maestra de yoga y allí tuve la oportunidad de conocer a una sanadora famosa. Cada tarde su salón se llenaba de pacientes e incluso otros esperaban su turno, abajo en la calle, donde vivía. Un alumno mío me llevó a conocerla. Esperé tranquila mi turno, cuando ella se asomó a la puerta, me miró y me dijo:

-Yo te conozco. .

-A menos que hayas estado en Estados Unidos, no creo que nos conozcamos, le respondí.

Yo, por lo menos, no la conocía. Entonces empezó a describir la casa de mis padres, su cocina, y a ellos mismos. Sorprendida, le pregunté cómo sabía esas cosas y me dijo que le habían anunciado mi visita. Me dijo que los extraterrestres, porque ella sanaba gracias a la ayuda de extraterrestres, le habían enseñado una foto mía y le habían explicado que yo le iba a enseñar a vivir una vida sin desgaste energético y que le ayudaría a sanar sin agotarse.

Me quedé maravillada y así empezó nuestra amistad. Nunca vi a los extraterrestres con los que sanaba pero una vez estando juntas, si observé una nave que ella señalaba, tenía la forma de un cigarro.

Le enseñé a vivir de una forma correcta y a cuidar su energía para que no se desgastara tanto en las sesiones de sanación. Ella fue una gran compañía para mí, en un país extranjero, y pude estar cerca, aunque no tanto, como yo hubiera deseado, de los extraterrestres que siempre me habían fascinado.

6

Madrid, España 1992

Hacía ya tres años que mi Maestro espiritual me había enviado a Madrid para divulgar las enseñanzas de los antiguos maestros y a preparar el tránsito a la Era de Acuario. Después de muchos años de sobrevivir con una economía bastante precaria, por fin vivía cómodamente. Mi casa era un palacete en el centro de la ciudad, propiedad de una marquesa. Mis vecinos eran la élite de Madrid. Tenía buenos ingresos como profesora de yoga y mi prometido tenía un empleo bueno y seguro. En el plano material estaba muy bien establecida, cuando Mimí y los Cinco Médicos del Cielo llegaron a mi vida.

Conocí a Mimí en diciembre de 1992 y al mes siguiente empecé a trabajar con ella. Mimí me puso en contacto con otra dimensión. Así fue cómo la conocí.

Un día recibí una llamada de una asociación cultural de la sierra de Madrid solicitando un profesor de yoga. Les dije que podía enviarles un profesor para que fuera a darles clases pero insistieron en que tenía que ser yo la profesora. Alegué que no podría desplazarme todas las semanas a un sitio tan alejado y al final llegamos a al acuerdo de impartir un curso intensivo de fin de semana.

Fui a la asociación cultural para ultimar detalles. Allí fue donde por primera vez me crucé con ella. El encuentro aún permanece fresco en mi memoria. Entró en el bar del centro cultural, vestida con pantalones de montar y botas de esquiar. Era una mujer de mediana edad, con algo de sobrepeso, rubia teñida, el personaje más curioso que yo había vista en mi vida, pero su sonrisa me conquistó. Su vida había sido la típica de una niña mimada de la clase bien española de la época, que al crecer se convirtió en la mujer estereotipo de la misma. Abrigos de visón, esquí cada invierno, marido guapo y adinerado. Así vivió hasta los cuarenta años cuando empezó a recibir mensajes del más allá y todo su mundo se derrumbó.

Sufrió tal impacto mental que tuvo que ser ingresada en un hospital psiquiátrico para descubrir que no estaba loca, y que sólo tenía un don. El don para comunicar con lo divino.

Planificamos el programa y en seguida se organizó el curso. Cuando terminaron las clases, una señora se quejó de dolor en la espalda. Como tenía una lesión física, la práctica de yoga le había agravado el problema Mi prometido se ofreció a darle un tratamiento de sanación. Mimí nos contó que ellos también eran sanadores en formación y después me confesó todo. Tenía que contactar conmigo para darme un mensaje.

Ella era una médium o lo que ahora se conoce como canalizadora. Me dijo que había recibido un mensaje del más allá para contactar conmigo. Ellos le dijeron que comprara una revista de las de Nueva Era y buscase en los anuncios, hasta que llegó al mío y le dijeron: - Son ellos.

Después me atrajo a la asociación de la sierra con la excusa de dar clases de yoga.

- ¡Qué listos son!, pensé: Lo tenían todo planificado. Cuando me dijo que tendríamos que trabajar juntos, no podía imaginar cómo sería esto pues ellos tenían su sistema de sanación y yo el mío.

Le dije que tendría que pensarlo todo muy bien primero. Pense, Un mensaje del más allá, una señora con ese peinado...uummm. Era todo muy raro para mí. Era verdad que tenía que pensarlo, pero después decidí dejarlo en el olvido.

Pasaron unas semanas y Mimí se presentó en mi casa e insistió en que teníamos que trabajar juntas. Le respondí que no entendía cómo podía ser esto y le sugerí que preguntara a sus contactos. Me llevó a una habitación y empezó a canalizar.

Mis Guías o mis Ángeles de la Guarda o lo que se les quiera llamar me hablaron a través de ella. Lo primero que me dijeron fue que ¡no podía dejar la sanación! ¿Cómo sabían ellos, que solo hacía unas semanas, que había decidido renunciar si no lo había comentado a nadie?. Aún así me resistí.

Insistieron en que debía confiar en esta mujer y compartir mi misión con ella. Yo pensaba que había algo oculto detrás de su mensaje, y entonces ellos argumentaron que la prueba de que todo era verdad iba a ser que mi cuerpo sería sanado por las manos de Mimí.

Por esa época yo había sufrido varias intervenciones quirúrgicas, en la rodilla, en los ovarios y alguna otra. Tenía una hernia discal en las lumbares, inflamación crónica en el tercio restante de mi único ovario, además de estar desarrollando una artrosis en los huesos. Era un cuadro bastante degenerativo para tener sólo treinta y cinco años.

Les pregunté quiénes eran y me contestaron que eran mis antiguos compañeros, los Templarios.

-¿Templarios?, exclamé – ¿Quiénes son los Templarios?

Entonces continuaron, hablando de unos votos rotos y de unas relaciones interrumpidas. Explicaron que mis huesos estaban débiles por las desilusiones emocionales que había sufrido. Yo estaba de acuerdo con ese diagnóstico.

No era la primera vez que el más allá me había hablado. Me acordé de cuando tenía diecisiete años y frecuentaba la Iglesia en la que mi madre aprendió a sanar. Los canalizadores de esa iglesia entraban en trance y sus cuerpos tenían convulsiones hasta perder la consciencia. Fue entonces cuando decidí que esa vía no era para mí. Mimí no era tan espectacular, simplemente cerraba los ojos, cogía lápiz y papel y empezaba a escribir los mensajes. Después ella fue refinando su técnica.

Yo no podía creer todo lo que estaba escuchando, incluso rechazaba a los mediums porque la mayoría de ellos no eran personas de admirar. Sin embargo, pensé que por lo menos ella podía intentar ayudarme. Mimí puso sus manos sobre mi espalda y verdaderamente no sentí nada especial. Se fue a casa y todo había terminado.

En mi clase de yoga de la mañana siguiente, empecé a prepararme antes de que llegaran los alumnos. Había empezado a estirar mi cuerpo cuando me di cuenta de que no necesitaba hacerlo. Y lo hacía cada día porque mis vértebras siempre estaban mal y me generaban mucha incomodidad, pero esa mañana me di cuenta de que ¡no me sentía así! Yo no era consciente de lo que sufría mi espalda y de cómo tenía que hacerla crujir para sentirme bien. Sí que había funcionado la sanación que me había hecho Mimí¡Yupi! ¡Qué fuerte!

Durante muchos años había estudiado junto a mi prometido las artes sanadoras y, en ese momento, estaba en plena crisis. Había decidido dejarlo todo y dedicarme a actividades más fructíferas. Habían sido cuatro años estudiando y practicando con el espacio sagrado de los sanadores místicos lo que me llevó a la frustración y al fracaso en mis intentos de sanar.

Tiempo atrás, me habían extirpado milagrosamente una hernia discal, usando esta técnica

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