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Dejándose llevar
Dejándose llevar
Dejándose llevar
Libro electrónico400 páginas6 horas

Dejándose llevar

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Información de este libro electrónico

Dos hermanos, Eachann y Calum MacLachlan, no pueden ser más distintos uno del otro, son casi los únicos moradores de una isla donde la vida transcurre sin mayores cambios, cada uno en su soledad particular. Pero cuando Eachann se ve forzado a cuidar a sus propios hijos, decide tomar medidas extremas que involucran a dos mujeres.

Amy tiene todo el dinero que Georgina, una eterna luchadora y sobreviviente necesita, pero carece de todo lo demás. Ambas luchan de diferentes maneras para sobrellevar lo que el destino les trajo de la mano de Eachann.

Los cuatro aprenden valiosas lecciones no sólo entre ellos sino también de sí mismos y hasta de los revoltosos hijos de Eachann. Cómo se resolverán las vidas de todos ellos? Lograrán resolver sus diferencias?

Esta es una historia que por momentos es realmente dramática y en otros puede hacer reír hasta al más circunspecto de los lectores. 

IdiomaEspañol
EditorialBadPress
Fecha de lanzamiento2 feb 2019
ISBN9781547568949
Dejándose llevar
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Autor

Jill Barnett

Jill Barnett is an international bestselling author with over 8 million of her books in print. Her work has been published in 23 languages, audio, national and international book clubs, hardcover and large print editions, and has earned her a place on such bestseller lists as the New York Times, USA Today, the Washington Post, and Publishers Weekly. Look for her new historical series in 2016

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    Dejándose llevar - Jill Barnett

    Para las tablas de surf y Chevys del ´57 de Dewey Weber,

    Palm Springs en Pascuas

    Y el Boulevard Hawthorne,

    Aquellas peleas de comida en la cafetería

    Y sonrisas torcidas en clase de geometría;

    A las canciones de Los Beatles y las noches de Promoción,

    Esquiando el rostro de Heavenly

    Y todavía bailando el pisotón del surfer.

    A los autos veloces y las viejas estaciones de combustible;

    La excitación del primer pez espada

    Y el gozo de la paternidad;

    A las lágrimas y los toques,

    Ronquidos y bromas realmente malas.

    A un hombre que sabía cómo funcionaba todo

    Porque en algún momento de su vida

    Él debe haber tomado parte;

    El mismo hombre que todos esos años

    Me mostró lo que es el amor.

    JOHN CHRISTOPHER STADLER

    14 de Mayo, 1948 – 8 de Febrero, 1996

    Espero que haya bólidos en el Cielo, mi amor.

    Capítulo 1

    El cormorán común,

    Pone sus huevos en una bolsa de papel.

    La razón como sin duda verás

    Es mantener al relámpago fuera.

    Pero lo que esas aves distraídas

    Jamás han notado es que las manadas

    De osos errantes pueden venir con bollos

    Y robar las bolsas para contener las migas!

    -Anónimo

    En el último día claro en Agosto, siete grandes cormoranes negros volaron en formación sobre el Atlántico y descendieron sobre una roca en una apacible ensenada en la Isla Arrant. Eso no era particularmente inusual; los cormoranes eran aves marinas y las aves marinas aterrizaban sobre rocas todo el tiempo. Excepto que aquellos habían hecho lo mismo, a la misma hora del día, el verano entero. Cada mañana se posaban sobre esa roca y sólo se paraban allí con sus alas desplegadas, como si estuvieran secando su ropa. No se movían, aun cuando un cardumen de sabrosas sardinas nadaba por ahí; todo lo que hacían era observar, por horas, como si estuvieran esperando que pasara algo.  

    Si las aves hubieran sido cuervos, sus excentricidades podrían haber sido fácilmente explicadas. Los habitantes de Nueva Inglaterra sabían que el número de cuervos que se veían de una vez podía predecir el futuro:

    Uno para pena,

    Dos para alegría,

    Tres para una boda,

    Y cuatro para un nacimiento.

    Pero estas aves no eran cuervos. Eran cormoranes, los cuervos del mar. Los locales decían que éstos eran los pájaros más molestos que hubieran volado los cielos de Maine porque, las más de las veces, ellos les arruinaban la captura a los pescadores y a los árboles de la isla. Si alguien en tierra hubiera sabido de las aves posándose en esa roca, probablemente habrían dicho que era sólo los parecidos se atraen. La isla, al parecer, tenía tan mala reputación como esos pájaros.

    Desde la costa, en un día claro, cuando las aguas estaban en calma y verde-azuladas, si echabas un vistazo rápido a la Isla Arrant, se veía como si fuera un orgulloso castillo medieval construido sobre un elevado peñón. Pero cuando cambiaba el clima, la isla lo hacía también, porque parecía ser sólo una misteriosa nube azul flotando en el horizonte.

    A veces cuando los vientos provenían del sur, las salientes alrededor de la isla se quebraban duras y peligrosas; la espuma del mar rociaba el rocoso promontorio. Pero siempre la isla se erigía  rígida e inflexible, ajena a los modos del viento y los mares, como una pétrea faz que debe esconder secretos.

    Eran a unas escasas siete leguas de la escarpada costa de Maine, donde enormes estancias veraniegas y complejos elegantes estaban costa debajo de las chozas de los pescadores y los atracaderos gastados por el mar que poblaban la entrada de Kennebec. La isla estaba a solo una corta navegación con buen clima para las elegantes goletas construidas en los astilleros de Bath y no lejos de donde los botes de pesca perseguían bacalaos, caballa, y enormes cardúmenes de arenques plateados, los cuales, cuando las luna estaba en el cenit, hacían que el agua centelleara como si la Vía Láctea hubiera caído justo en el medio del océano.

    Aun así, con la bulliciosa costa a unos pasos, había solitud en la isla, una sensación de aislamiento. No solo porque la rodeara el agua, sino porque era casi como si la Isla Arrant fuera otro mundo, escondido, hasta que la niebla se levantaba y veías con una segunda mirada que realmente existía.

    La isla había sido por mucho tiempo objeto de rumores. Los niños de los pescadores se reunían alrededor de fogatas invernales y cuentos viejos de los Escoceses salvajes que vivieron allí, hombres que no eran reales, según decían, pero en vez de fantasmas de aquellos que habían perecido tiempo atrás en el Páramo Culloden, espectros que huían a través del Atlántico a un pedazo de tierra escarpado, frío, y áspero que era como su amada Escocia.

    Otros llamaban esos escoceses locos a los MacLachlans que poseían la isla que desaparecía. Y los niños crecían temerosos de las noches de luna llena, convencidos de que a menos que colocaran una pluma pálida de un frailecillo debajo de sus almohadas, un MacLachlan loco podría irrumpir con un caballo blanco con su crin flameando y llevárselos de sus camas tibias!

    Cuando el viento arreciaba y volaba las tejas de las chozas de los Pescadores, se decía que un MacLachlan estaba afuera cabalgando esa noche, incitando al viento. Algunas noches los sauces gemían por el mismo viento, un sonido exactamente igual a alguien llorando. Las madres envolvían a sus niños debajo de cálidas colchas de lana y les aseguraban que no había nadie por allí. El ruido era solamente de un túnel de viento formado por las ramas de los árboles.

    Pero la imaginación de los niños se desataba tan salvajemente como el viento en esos sauces. Ellos apretujaban sus cabezas y entrelazaban sus brazos apretadamente unos a otros mientras susurraban que el sonido eran llantos, llantos de alguna pobre alma que había sido un caballo blanco MacLachlan que venía atronando desde la niebla.

    Por lo tanto en ese verano el comportamiento extraño de esos molestos pájaros negros pasó desapercibido. Ya habían demasiadas historias que contar, material de pesadillas y sueños, oscuros y fieros cuentos sobre Escoceses salvajes que cabalgarían sobre corceles blancos y te llevarían.

    Capítulo 2

    Me pregunto si tal vez yo podría

    Repentinamente veo a un caballero brillante

    Serpenteando su camino de azul a verde

    Exactamente como debería haber sido

    Hace tantos, tantos años atrás...

    Tal vez yo podría. Nunca se sabe.

    —A. A. Milne

    ––––––––

    Para Amelia Emerson, era uno de esos días esplendorosos cuando el cielo se veía como el interior de un gran cuenco azul, del tipo de loza que la cocinera usaba para mezclar la más de pan todos los sábados a la mañana. Aun las nubes jugaban a su favor, porque atravesaban el cuenco azul del cielo con finas líneas blancas de blanquecina harina. 

    Amy giró su rostro hacia la tibieza del sol de Agosto y cerró los ojos. A la vista de su mente se imaginaba a Dios de pie en los cielos sobre ella vestido en un traje blanco y un delantal, Su largo cabello gris recogido bajo una límpida cofia cocinera de lino mientras Él volcaba el cielo al revés para darle a aquellos en la tierra el regalo de un día perfecto.

    En Junio había habido un cielo de cuenco azul, justo como ahora, cuando William de Pysters la había llevado en canoa por el Rio Kennebunk. Mientras su canoa se movía silenciosamente sobre las aguas cristalinas, las flores del maple rojo flotaban a la deriva a su lado como una alfombra de terciopelo rojo ante una reina. Aquel día había estado tan cerca de ser un día perfecto como ella podía recordar; unas pocas sonrisas, un poco de conversación y un dulce beso más tarde, y Amy dejó la canoa con su mano sobre la fuerte mano de William, la misma mano que posó una suave flor roja detrás de su oreja y el anillo de compromiso con esmeralda en su dedo.

    Era extraño cómo la vida de una podía cambiar. Sus padres habían muerto hacía tres años y eso era el por qué ella había pasado sus veranos en Maine. Uno de sus albaceas había sugerido que el aire de mar podría ayudarle, y los otros habían concordado rápidamente.

    La camarilla veraniega provenía de varios lugares—Boston, Philadelphia, New York, remolques adinerados de buena sociedad, todos veraneando en Maine, donde los arándanos eran dulces y suculentos, donde las suaves brisas marinas hacían fácil y libre el vivir, donde navegaban y socializaban en un mundo idílico de ellos, uno de sangre azul y dinero.

    Amelia Emerson tenía dinero, montones y montones de dinero. Suficiente dinero como para que su nombre fuera ubicado muy alto en Beach´s—un registro social que enlistaba el monto y origen de cada fortuna yanqui. Suficiente dinero como para abrir las puertas sagradas que enclaustraban a lo más cercano que América tenía a la aristocracia. Suficiente dinero como para que Amy recibiera todas las invitaciones con marca de agua con nombres como Cabot y Livingston, Dearborn y Winthrop, las familias ricas desde siempre. Ella iba a sus fiestas, aun cuando se daba cuenta que no era realmente bienvenida, en cambio era una paria porque su familia había tenido la audacia de ganarse sus millones en vez de heredar esa fortuna de algún bisabuelo que había dejado el viejo país un par de cientos de años atrás antes de venir a América y comer maíz moteado con los Indios.

    Ella aún no entendía cómo la riqueza que había sido ganada gracias al trabajo duro e ingenio podía ser considerada de menor valor social que el dinero que había estado pudriéndose en una cuenta o en bonos, o en vastas extensiones de tierras por los últimos cien años o más. El concepto de dinero viejo versus dinero nuevo escapaba a su entendimiento.

    Pero Amy entendía muy poco de la gente. Ella había sido muy apegada a sus padres, quienes la habían mantenido a salvo y resguardada dentro de su pequeña familia donde ella se sabía amada.

    Como si fuera ayer ella todavía podía recordar la imagen de su padre con sus piernas largas torcidas en ángulos extraños mientras que se sentaba en una diminuta silla blanca con pensamientos pintados en los posa brazos. Él había sido un hombre muy alto, pero era capaz de balancear una taza china en miniatura y su plato sobre sus rodillas protuberantes mientras comía sándwiches de pepino con su meñique en el aire.

    Él le había enseñado a apreciar la belleza en los árboles y flores, en el llamado de un ave y en la brillantez de un cielo de verano. Él tenía un fuerte sentido de lo que estaba bien y mal y de lo que era importante para él.

    A veces, cuando caminaba con Amy, él sacudía su cabeza oscura y decía que nunca entendería cómo alguien podría mirar un capullo de rosa, un maple rojo cambiando de color, o escuchar el canto de un estornino en la mañana y no creer que había un Dios. Él ponía esa mirada maravillada cuando las miraba a ella  y a su madre, como si no pudiera creer que fueran reales.

    La madre de Amy la hacía sentir completa y confortable. Ella tenía un truco para saber el momento exacto en que Amy necesitaba un abrazo, un consejo, o simplemente un toque suave o una mano reconfortante. Ella sabía con un rápido vistazo cuando Amy estaba febril. Nunca tenía ni siquiera que ponerle una mano o sus labios en la frente.

    Amy había perdido la cuenta de cuantas veces de repente se daba cuenta que tenía hambre, y se daba vuelta sólo para encontrar a su madre de pie en la habitación con un cuenco de frutas o un plato de masitas para el té. Su madre iría a la habitación de Amy con algún pretexto momentos antes de que el agotamiento la abatiera. En un santiamén Amy tenía un camisón puesto y estaba arropada en una acogedora cama tibia mientras que su madre atenuaba las lámparas y decía buenas noches en una voz tan suave y sedante como si viniera directamente desde el Cielo.

    Cuando apenas tenía siete años, ella y su madre habían visto una muñeca con un ajuar exquisito en la vidriera de F. A. O. Schwarz. Amy podía recordarse parada en puntas de pie para poder ver en ese comercio.

    Su aliento había empañado la vidriera porque tenía la nariz presionada contra el gélido vidrio, pero su madre se había inclinado con una mirada divertida en el rostro, y había limpiado el vaho con su pañuelo bueno de encaje sólo para que Amy pudiera seguir mirando ese escaparate. Debieron haber permanecido allí por al menos media hora con la nieve cayendo sobre su bufanda de piel y abrigo de cuello de terciopelo. Pero su madre nunca la apuró para irse, sólo había dejado que Amy mirara.

    En Navidad ese año Amy abrió caja tras caja de ropa para muñecas, no aquellas de la vidriera de la  juguetería, sino vestidos de terciopelo con orillas de brocado, sombreros miniatura con moños y plumas, inclusive pequeños bolsos con cordones de seda bordados, todos duplicados exactos de la ropa de la muñeca y todo cosido a mano por su madre.

    Sus padres podrían haber simplemente comprado las prendas en el negocio- su padre era exitoso aun entonces—pero no lo habían hecho. Su madre había pasado horas haciendo esas prendas para la muñeca de Amy, lo que las hacía más valiosas para Amy que todo el dinero en todos los bancos de Manhattan. Cada perla, cada listón y pliegue había sido cosido con el amor de una madre.

    Así de maravillosos y joviales como habían sido esos años de tiernos recuerdos, sus padres habían cometido un error: nunca la habían expuesto a otro mundo más allá del que habían creado para ella—un lugar donde era amada y protegida, donde se le enseñaba bondad y amor y consideración, valores que nada tenían que ver con el dinero.

    Su niñez había sido un mundo especial que se centraba alrededor de su familia, un mundo que repentinamente, en un instante trágico, no existía más. Porque en el momento en que sus padres murieron, el único mundo que ella había conocido, también murió.

    Amy fue puesta en las manos prácticas de sus albaceas testamentarios quienes eran realmente extraños. Su padre podría haber confiado en ellos, pero para ella eran sólo hombres de ley quienes no podían entender lo que era  ser una mujer joven y súbitamente quedarse completamente sola en el mundo. Así que ellos la habían despachado hacia Maine cada junio.

    Callada, tímida, y fuera de lugar era como se sentía cuando estaba en un grupo grande, especialmente el grupo social que cada verano se escapaba del calor de las atestadas ciudades del Este hacia la libertad de la fresca línea costera de Maine. Para ellos, los valores eran activos de negocios y el costo de algo; su sello distintivo y valor monetario. El prestigio estaba en el nombre, ya sea que fuera de una antigua familia respetable o de un vestido Worth.

    Todos parecían siempre muy diferentes de ella, tan correctos y ubicados, complementarios, como una sala de estar decorada con suave y sutil perfección. Entre ellos ella se sentía obvia, una estridente muestra de rojo en un salón repleto de rosados suaves.

    Aun así, algo mágico sucedió después de su paseo en canoa a través de flores brillantes en un lindo día de junio. Era casi como si Amy fuera una parte de alguien. Comenzó, un poquito cada vez, a sentirse completa de nuevo. En su corazón y en su cabeza ella creía que tendría el poder del nombre de los De Pysters  detrás suyo en vez del estigma burgués del dinero nuevo. Ella no sería más el rojo llamativo. Por William, el maravilloso y fuerte William, Amy pronto sería un rosado suave, el mismo color sutil de todos los demás.

    Para ella, eran días como éste último sábado de agosto que desencadenaban esos eventos especiales únicos, eventos que le cambiarían la vida a una para siempre. En un día como hoy los sueños de Amy se habían hecho realidad.

    Así que fue con cierta reticencia que giró su rostro alejándolo de la tibieza de la luz solar y miró hacia mar abierto, verdiazul y calmo. A la distancia, la isla que estaba más al norte  se perfilaba contra el cielo azul como flores de aciano. Por sólo un instante la escarpada isla se veía como el castillo de un cuento de hadas, alto, gris y majestuoso. Ella podía imaginar caballeros en corceles blancos cabalgando por la isla en busca de dragones para matar por el corazón de una dama.

    Como sea, los únicos dragones en la vida de Amy eran las libélulas con alas de encaje que zumbaban a su alrededor. Entraban y salían del viento de agosto, luego se abalanzaban colina abajo hacia el bosquecillo de arbustos de arándanos silvestres. Ella los siguió pasando los rosales que se entrelazaban en la espesura, espantando las abejas que merodeaban delante de ella como partículas brillantes.

    En el alto sauce cercano cuyos frágiles troncos estaban repletos de hiedras colgantes, ella escuchó el canto lírico de un estornino y azulejos índigo volaron de rama en rama, sus plumas brillantes fundiéndose con aquel maravilloso cielo. 

    Tarareando su propia tonada, ella se arrodilló al lado de esos grandes arbustos donde los arándanos silvestres estaban tan maduros y cargados de jugo que uno podría tocarlos con la punta del dedo y  caerían justo en la palma de la mano. Ella hurgó un par de racimos de bayas.

    Como perlas cayendo de una hebra, los arándanos con su piel escarchada y oscura cayeron en cascada en su mano. Permanecieron allí por sólo un segundo antes que ella se rindiera y se los metiera en la boca, masticando hasta que sus mejillas se inflaron como un ratón que había encontrado el budín de Navidad.

    Estaba hambrienta porque, en su prisa por ir a recoger bayas, apuro que había sido necesario para que los otros no tuvieran oportunidad de dejarla atrás, ella no había comido ni un bocado de desayuno.

    Sus rodillas hundiéndose en el suave suelo marrón, ella recogió más bayas y las dejó rodar de su palma hacia una canasta de mimbre que yacía próxima a sus zapatos y medias olvidados. En pocos minutos, la canasta estaba medio llena y Amy había escarbado en el matorral, los dedos de sus pies descalzos y lodosos eran lo único que se veía debajo de los arbustos. 

    Voces masculinas y el sonido crujiente de botas sobre la grava ahogaron el canto del estornino y el leve zumbido de las libélulas y abejas. Amy se paralizó al sonido de esa risa, insegura de si debería decir algo o sólo permanecer quieta. A través de las hojas de los arbustos, no podía ver otra cosa que un par de pantalones.

    Dudo que algo pueda ser tan malo, Drew. Ni siquiera yo tengo el estómago para semejante sacrificio.

    Jonathan Winthrop tenía una voz aguda y muy distintiva que ella inmediatamente reconoció y Drew era Andrew Beale. Ambos eran amigos de su William. Ella escuchó calladamente mientras contaba las piernas a través de las hojas. Había seis hombres.

    Es una mejor, mucho mejor cosa lo que haces....por todo ese dinero, citó uno de ellos, y los hombres se rieron de nuevo. 

    Preferiría exiliarme a mí mismo allá en Isla Arrant con la banda de escoceses locos que engancharme con ésa.

    Las faldas a cuadros nunca han sido tu mejor atuendo, Drew. Hubo más risas. Y tu familia no necesita esos millones.

    Aún si los necesitaran, dudo que me convirtiera en el cordero del sacrificio.

    Tú lo harías. Si necesitaras el dinero tan seriamente como William.

    Amy se paralizó al momento que entendió que estaban hablando de ella. Contuvo el aliento y escuchó.

    Cuándo el cordero del sacrificio, o debería decir carnero, va al matadero?

    Hubo más risas. En algún momento en Diciembre.

    Diciembre. Alguien se rio. Diciembre es la perdición y devastación de los De Pysters.

    Di eso seis veces rápidamente.

    Amy se sentó y podía sentir su interior encogerse, como si sus esperanzas y felicidad hubieran sido absorbidas de ella hasta que no había nada más que un ser vacío. Los hombres se rieron nuevamente e hicieron un juego de palabras sobre ese último insulto. Ella se ruborizó avergonzada.

    Ya saben lo que dicen, te puedes casar con una mujer por dinero y sexo y aun así tener amor... Gasta su dinero, usa su cuerpo, y ama cada minuto de ello!

    Con cada risotada, cada broma que continuó, sus mejillas le ardían cada vez más, sus ojos le quemaban con humillación. Ella se sentó escondida allí, llorando silenciosamente mientras escuchaba a los amigos de William burlándose de ella. Estas eran personas que no se detenían a observar a un ave volar, ver un atardecer, u oler una rosa. Ropas de muñeca cosidas a mano no servirían para ellos. Las cosas necesitaban una etiqueta de precio caro o un nombre.

    Amy no tenía el nombre correcto, sólo dinero suficiente para cubrir cualquier etiqueta de precio que ellos pudieran encontrar. Era casi como que allí en los matorrales de arándanos ella había cambiado de ser una persona a no ser ni siquiera la mitad de una persona, o una mala persona, sino algo mucho peor: una cuenta bancaria.

    Cerró los ojos y, por lo que pareció ser la milésima vez en los tres años pasados, ella deseó que sus padres estuvieran vivos. Deseó que su madre estuviera allí con su pañuelo de encaje, no para limpiar el vaho de una vidriera, sino para limpiar las lágrimas que ella no podía detener.

    Deseó poder sentir los brazos de su madre rodeándola, solo una vez más, sólo esta vez, para hacerla sentir completa, como una persona de nuevo. Deseó que su padre estuviera vivo para poder ver en sus ojos y ver  que para alguien, ella era especial. Deseó estar en cualquier lado menos allí, y deseó tener el brazo fuerte de William para sostenerse.

    Cuando los hombres dejaron de reírse, ella abrió los ojos y miró la borrosa expansión de arándanos a su alrededor. Se dio cuenta de que ella realmente no quería que William, el único hombre al que ella le había importado, escuchara las bromas de sus amigos y sus risas. No podía soportar que él viera la vergüenza que ella estaba sintiendo. Vergüenza que no sabía cómo sobrellevar, vergüenza que tenía porque ella no había nacido con el nombre correcto.

    Unos pocos momentos más de bromas crueles e hirientes y los hombres se fueron camino abajo hacia la casa Cabot, donde una comida al fresco sería servida en los formales jardines de rosas de Chassy Cabot antes que todos se fueran para asistir al último evento del verano, la gala anual en la Finca Bayard.

    Amy salió de los arbustos y se puso de pie lentamente, sin importarle que las hojas, tierra, y arándanos aplastados se aferraban a su cabello rubio y a los ribetes de su falda de seda, o que el lodo se escurría entre los dedos de sus pies descalzos. Una profunda voz masculina volvió hacia ella—algo acerca de merecer una medalla al valor por el sacrificio.

    Se dio vuelta rápidamente, aturdida y sin poder creerlo, y vio el cabello rizado oscuro y las amplias espaldas de William De Pysters, el único hombre que Amy había creído que se interesaba por ella. Sintió como si estuviera teniendo uno de esos horribles momentos de lucidez justo antes de caer, el momento en que la revelación de lo que está sucediendo te abofetea en el rostro.

    Se le contrajo la garganta, como si hubiera estado cubierta con grasa fría. Inspiró profundamente así no haría algo tonto como tener un ataque de sollozos que no pudiera controlar. Se cubrió la boca con la mano mientras miraba a los hombres que continuaban caminando por el sendero bordeado de árboles hacia el amplio césped verde más allá.

    Muy dentro de su pecho, su corazón simplemente parecía morir. Su mundo, su mundo lleno de pequeños deseos, el que en realidad no existía, una vez más habían llegado a un súbito final.

    Porque era la voz de William la que ella había oído, declarando que se merecía una medalla. Así que lo miró desde atrás mientras él se paraba en medio del grupo de sus crueles amigos. Él todavía era tan alto como siempre había sido. Aun lucía igual de fuerte parado allí a la luz del sol.

    Ella había pensado que él era el hombre que mataría a sus dragones. Pero mientras levantaba su mentón y tragaba el nudo en la garganta como si fuera su corazón, ella vio la verdad: era su William quien reía más fuerte.

    Capítulo 3

    ––––––––

    La vida es como el budín.

    Lleva ambos la sal

    Y el azúcar

    Para hacer uno bueno.

    —Antiguo proverbio inglés.

    Había agujeros en el tapizado. Georgina Bayard tomó un almohadón bordado que alguna vez había pertenecido a María Antonieta y lo arrojó al sofá para que cubriera los lugares gastados. Al otro lado de la sala, un reloj alto repicaba la hora. Ella giró y miró al reloj. Nueve horas más. Escamoteó un rollito de miel de la mesa de desayuno y lo comió mientras caminaba frente a las amplias puertas francesas que daban a los jardines.

    Engulló el ultimo bocado y miró afuera al horizonte donde hoy el cielo se unía a un calmo mar Atlántico. Pero Georgina sabía que el mar era tan volátil como la suerte de su hermano. Un día las aguas estaban tranquilas como un espejo, inamovibles, como si el océano nunca pudiera rugir y escupir y romper tan fuerte contra la rocosa línea costera de Maine que los pescadores locales llamaban aulladoras.

    Se le trepaban a uno, esas tormentas aulladoras, justo después de días como éste, días perfectos. Días tranquilos. Días que lo arrullaban a uno en un sentimiento de bienestar y paz, como si todo estuviera bien en el mundo y nunca pudiera haber algo diferente. Pero aquellos que conocían la costa, quienes habían pasado tanto tiempo en Maine como ella, sabían que el final del verano como cualquier otra estación podía ser cambiante.  

    Si había una cosa que Georgina Bayard entendía, era que la vida era cambiante. Sólo los tontos creían en el destino y en la suerte. Su hermano había sido el más tonto de todos, persiguiendo sus sueños sólo para terminar muerto y quebrado, dejándole nada más que una hilera de malas inversiones, un negocio con pilas de deudas, una mansión en Boston, y una casa de verano que ella amaba, ambos con enormes hipotecas que ella no podía pagar.

    Terminó otros tres bollitos dulces, mordiendo y masticando nerviosamente, mordiendo y masticando, y no saboreando nada. Hastiada, se desplomó en una silla cercana y miró afuera de la ventana donde la vista era estropeada por ese feo macizo gris de isla, el lugar que los locales decían que estaba repleto de fantasmas de escoceses locos a quienes les habían quitado sus hogares.

    Escoceses locos... oh, ciertamente. Ella rio. Como si alguien pudiera creer esa tontería. Pero mientras que estaba sentada allí, se dio cuenta que tenía algo en común con esos escoceses locos. Ella estaba a punto de perder su casa.

    Echó su cabeza atrás para aflojar la tensión en el cuello. Su abuela siempre lo había hecho, dejar su cabeza pendiendo hacia

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