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El secreto del mago: La saga del hechicero

El secreto del mago: La saga del hechicero

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El secreto del mago: La saga del hechicero

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1/5 (1 clasificación)
Longitud:
319 páginas
15 horas
Editorial:
Publicado:
1 feb 2019
ISBN:
9781547567355
Formato:
Libro

Descripción

Ayden Dracre, el hijo pequeño de una familia  de hechiceros famosos, está satisfecho con sus estudios mágicos hasta que Merlín deja Caldaca para romper su maldición. Mientras espera el regreso de Merlín, Ayden comete un error que le lleva a cuestionarse su magia.

Pronto descubre que tanto su tía como Merlín están en peligro, y para salvarlos, Ayden se ve a obligado a ir más allá. Con dos enemigos poderosos y una presencia oscura acechándole, Ayden deberá tener mucho cuidado en quién fiarse. Mientras tanto, Merlín debe confiar en Ayden cuando su pasado regresa para amenazar su futuro.

Editorial:
Publicado:
1 feb 2019
ISBN:
9781547567355
Formato:
Libro

Sobre el autor


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El secreto del mago - Rain Oxford

El secreto del mago

La saga del hechicero - Libro 2

Rain Oxford

Traducido por Isabel Mª Garrido Bayano

El secreto del mago

Escrito por Rain Oxford

Copyright © 2019 Rain Oxford

Todos los derechos reservados

Distribuido por Babelcube, Inc.

www.babelcube.com

Traducido por Isabel Mª Garrido Bayano

Babelcube Books y Babelcube son marcas registradas de Babelcube Inc.

Sommaire

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Epílogo

Sobre la autora

Parte 1

Ayden

Capítulo 1

Mide una buena pizca de sulfato de zinc —instruyó Merlín.

Vertí una pequeña cantidad de polvo blanco en la palma. Merlín me había enseñado a medir utilizando las líneas de la mano. Sin embargo, debía tener cuidado porque algunos de los ingredientes que tenía Magnus eran peligrosos al tacto. Confié en que Merlín no me engañara.

—¿Así?

Muy bien.

Dejé el frasco y eché el polvo en la olla pequeña. Merlín y yo estábamos en una de las tres habitaciones mágicas de Magnus. Esta era la favorita de Merlín porque estaba bien abastecida con todo lo que iba a necesitar.

El suelo y la pared eran de piedra. En la pared que daba hacia el sur había una gran chimenea, una ventana alta cubría casi toda la pared norte, una estantería ocupaba la pared este entera, y la puerta de madera pesada estaba en la pared oeste. La gran mesa redonda del centro de la habitación estaba llena de ingredientes y herramientas, entre las que se incluían libros, botellas y hornillos. Había objetos similares en las estanterías sujetas por unos ganchos en las paredes, y colgaban candelabros de techo sobre la mesa. En la esquina suroeste había un árbol pequeño, en cuyas ramas solía dormir una serpiente negra. No me preocupaba la serpiente, excepto cuando se acababan los suministros de veneno de Magnus y tenía que encargarme de conseguir más. Odiaba los quehaceres del hogar.

Merlín me hacía apuntar en el grimorio la magia que me enseñaba, sobre todo hechizos de su mundo. Normalmente, el lobo decía que tenía que confiar en la magia para que funcionara. En este caso, no creí que pudiera.

Después, vierte la botella de agua.

Vacié una de las dos botellas de cristal con agua de manantial en la olla y encendí un fuego pequeño debajo.

Ahora, añade unos trozos de zinc.

Cogí otro frasco y saqué agitándolo unos pocos trozos de chatarra en la palma antes de añadirlos a la olla y volver a poner el frasco en la estantería. Esperaba que Merlín me dijera que pronunciara un conjuro, concentrara mi mente o usara la varita.

Deja caer con cuidado la moneda de cobre y asegúrate de que el cobre esté encima del zinc.

Cogí las pinzas, recogí la moneda con ellas y la puse en la olla. Mientras esperábamos, Merlín me pidió que cogiera la placa del hornillo, que era una roca plana, redonda y pequeña en un soporte de metal que servía para calentar las cosas. Esto era uno de los inventos de Merlín. Seguí sus instrucciones y encendí fuego bajo el hornillo para que se calentara.

Saca la moneda de la olla, sumérgela en el agua para enjuagarla y después ponla en la placa.

Pinzas en mano, saqué la moneda y me quedé boquiabierto.

—¡Es plata!

Ya te lo dije.

—¡Pero no he utilizado ni la varita ni el bastón! —la sumergí en el agua como dijo y apagué el fuego de la olla. Observé cómo la moneda de plata se convertía lentamente de nuevo en cobre—. No está funcionando.

Paciencia, joven hechicero. Va según el plan. Sácala ya de la placa y mantenla en el agua para que se enfríe.

Así hice, aunque fui escéptico. Después, para mi asombro, la moneda se convirtió en oro al enfriarse.

—¡Guau! La magia de tu mundo es mucho más poderosa que la mía. ¿Es oro de verdad o se trata de una ilusión?

Esto es ciencia. Alquimia, por así decirlo, no es ilusión ni hechicería. Sin embargo, es temporal.

*      *      *

Me gustaría decir que era un mago o incluso un hechicero. La cuestión es que no sabía lo que era. Era el séptimo hijo de una familia de hechiceros infames, conocidos por su crueldad y sus poderes malévolos. Por desgracia, siempre fui una vergüenza para la familia, no importaba lo mucho que intentara utilizar la magia para sembrar el caos y la destrucción, solo hacía magia blanca.

En mi mundo, los magos solo utilizaban la magia de la luz, mientras que los hechiceros solo utilizaban magia oscura. Se respetaba a ambos pos sus talentos y ambos tenían un objetivo en la vida. Parecía que estaba destinado a ser un marginado, pues los magos y los hechiceros no podían intercambiar sus papeles.

Cuando descubrí que mi madre planeaba matarme, me fui de casa para probar mi valía. Iba a derrotar al mago más poderoso de toda la tierra: Magnus. Poco tiempo más tarde, liberé a Merlín accidentalmente de una prisión mágica llamada syrus. Era un mago de otro mundo, pero su magia no era estrictamente de la luz. No obstante, estaba bajo una maldición. Se le forzó a adoptar la forma de un lobo y se le despojó de sus poderes. Cuando supo sobre mi misión, pensó que Magnus podía romper su maldición, así que prometió enseñarme a ser un hechicero malvado si accedía a ayudarle.

Me llené de esperanza, pero, aunque me guiara en el camino, no podía herir a las personas. Aún tras conseguir el bastón de hechicero, la energía siniestra solo ayudaba a la gente. Hasta que encontré a mi tía no supe por qué era así. Al ser el séptimo hijo tenía poderes únicos, pero esta magia no era ni buena ni mala.

Tras terminar salvando a Magnus y desterrar a mis hermanos malvados, me di finalmente por vencido en ser algo que no era. No estaba hecho para ser cruel. Por desgracia, eso no me hacía ser un mago.

No me importó durante tres meses. Viví con Magnus y disfruté de su magnífica biblioteca. Aprendí nuevos hechizos y pociones y los practiqué con la ayuda de Magnus y Merlín. También pude hacer hechicería siempre y cuando fuera solo durante el entrenamiento. Después de practicar mucho, confiaba en poder matar hasta la piedra más siniestra.

*      *      *

No estaba preparado para que cambiaran las cosas, pero Merlín sí.

—¿Te vas? —pregunté.

No, no me voy. Solo voy a estar fuera unos días para eliminar la maldición.

Dejé el libro y me puse de pie. Merlín y yo estábamos en la biblioteca. Cuando entró pensé que me iba a enseñar un nuevo hechizo, pero me dijo que hiciera un portal a otro mundo.

—Vale, deja que coja la bolsa.

Ya sabes lo que dijo Dessa, Ayden.

—Que la maldición se romperá el día que muera. Eso puede significar muchas cosas. Quizás Dessa se equivoque, puedo ayudarte.

No te voy a poner en peligro. Esta es mi maldición y solo yo debo arreglar este error.

—¿Error? ¿Quieres decir enamorarte de una mujer? ¡No hiciste nada malo!

No te he contado todo. Envíame a mi mundo y, cuando se rompa la maldición, volveré y continuaré enseñándote.

—Si es tan peligroso viajar entre mundos, debería ir contigo. No puedes usar magia.

Sé cómo sobrevivir sin magia. Confía en mí. Volveré antes de que me eches de menos. Ahora, haz lo que te he pedido.

Quería discutir, pero confié en él.

—Vale.

Debería haber sabido que Merlín se inquietaría y volvería a su mundo. Quería intentar romper la maldición yo mismo, pero una vidente llamada Dessa le advirtió que se rompería el día que yo muriera. No dijo cómo moriría, así que Merlín quería asegurarse de que estuviera lo más lejos posible y seguro en el castillo cuando ocurriera.

Así es cómo terminé haciendo un portal a Merlín en una de las habitaciones mágicas. Apenas utilizábamos esta porque no estaba bien abastecida, pero tenía un espacio abierto grande en el medio. No había mesa ni chimenea, solo una estantería, un candelabro y una ventana. Tenía que limpiar el suelo todos los días porque Merlín hacía que practicara repetidas veces el dibujo de la base de un portal.

Todos los portales tenían el mismo diseño básico de un pentagrama dentro de un círculo, con otro círculo un poco más grande alrededor. Merlín me hizo repetir el pentagrama y los círculos una y otra vez hasta que conseguí hacerlo perfecto antes de enseñarme los sigilos que necesitaba para viajar a otros mundos.

No me llevó mucho tiempo dibujar la base y después pinté los sigilos que Merlín me envió directamente a la mente. Hace poco pudo enviarme imágenes y lo utilizaba a menudo para usarlas en las clases.

Pinta bien —dijo Merlín.

—¿Crees de verdad que tengo poder suficiente para hacer esto? ¿Qué pasa si meto la pata?

Entonces seguramente moriré. Así que no la metas.

—Quizás debería llamar a Magnus.

¿Por qué siempre creo yo más en ti que tú mismo? Pide su ayuda si lo deseas, pero hazlo rápido. Tengo prisa por eliminar esta maldición.

Envié a uno de mis hermanos a otro mundo, pero fue en mitad de una batalla.

—Solo tengo que verter magia dentro, ¿no? Dijiste que los sigilos determinaban dónde abrir los portales.

Quizás sería mejor que lo hiciera Magnus. Los sigilos determinan dónde se abre el portal. Sin embargo, no poseen ningún poder. Piensa como una fórmula matemática en la que…

¿Una qué? —interrumpí.

Se sentó sobre las patas de atrás.

Los símbolos son una cerradura de combinación. Tu magia es…

—No, acabo de perderme otra vez.

Suspiró.

Confía en mí, joven hechicero. Tu magia no determina el lugar, pero los símbolos son inútiles sin ella. Si no los utilizas bien, me puedo quedar atrapado entre mundos o quedar hecho pedazos.

—Pero… ¿qué hay de mis hermanos? ¿Qué pasa si no lo hice bien cuando los envié fuera?

Lo hiciste bien. Eres un verdadero enigma de Caldaca.

—¿Qué significa eso?

He estado en mundos donde se teme a la magia, mundos donde no hay magia y mundos donde se practica de forma abierta, pero no me encontré nunca un mundo como el tuyo. En otros mundos, aquellos que practicamos la magia la pueden usar para bien o para mal. Sin embargo, la gente de Caldaca solo puede utilizar una rama. Por lo tanto, los hechiceros no pueden viajar entre mundos, tienen que emplear viajeros. Por esto es tan raro el poder que tienes, no está limitado.

—Pensé que solo significaba que tengo magia neutral.

Ese es el caso, toda la magia es neutral. Es la persona la que tiene el límite, no la magia. Tú y tu tía no estáis limitados, lo que seguramente explica el por qué no sois malvados inherentemente como vuestra familia. Por desgracia, por mucho que desees lo contrario, significa que no podéis cambiar. La gente de tu mundo no puede cambiar.

—No es algo agradable.

No, no lo es. Quizás solo soy negativo porque he pasado mucho tiempo sin magia. Mi idea es que tú eres lo único que se interpone en tu camino.

—¿Qué quieres decir?

Oh, cielos. No te preocupes. Coge el bastón y te mostraré cómo activar el portal.

Cerré las botellas de pintura, salí de la habitación y subí por las escaleras. Mi habitación estaba en la primera puerta a la derecha al llegar arriba de las escaleras del ala este. El castillo era enorme y bastante solitario teniendo en cuenta que solo estábamos Merlín, Magnus y yo. Había tantas habitaciones desocupadas que parecía ridículo, pero no se lo dije al poderoso mago porque sabía el por qué estaban vacías.

Mi habitación era fastuosa, con una cama enorme, muebles elegantes y una chimenea grande. Las mantas, de color azul oscuro, eran lo más suave que había tocado. El baúl a los pies de la cama, el armario y el escritorio de la ventana estaban hechos de la misma madera oscura con detalles dorados. Tenía una bañera profunda en la esquina este con una mampara de seda azul y dorada. El bastón estaba apoyado en el armario, lo cogí y volví a la habitación mágica.

Merlín esperaba pacientemente, igual que cuando salí.

—¿Estás seguro de que no puedo ir contigo?

Me destrozaría si de alguna manera causase tu muerte. Como no sabemos lo que vio Dessa, tu seguridad va primero.

—Debería haberte contado más.

La adivinación es la habilidad mística más peligrosa que hay, así que confía en que tu amiga sepa cuándo hablar y cuándo mantenerse en silencio —entró en el círculo—. Puedes hacerlo, Ayden. Confía en ti de una vez.

Asentí y me arrodillé ante el círculo.

—Háblame a través de él —antes de que pudiera, escuché un susurro espeluznante y miré al syrus que estaba en la balda intermedia de la estantería.

—¿Por qué hace eso?

La quimera está intentando persuadirnos para que la liberemos. Si escapara, mataría indudablemente a su rescatador. Aclara tu mente —hice tal y como me dijo—. Mira dentro del portal e imagina que puedes ver el cielo a través de él. Visualiza la oscuridad llena de estrellas brillantes. Al hacerlo, libera tu magia en ella.

Imaginé el cielo negro oscuro y las estrellas dentro del círculo exterior del suelo de piedra. Al hacerlo, la pintura se resaltó.

¿Ves que los sigilos y líneas son más brillantes?

—Sí.

Muy bien. Ordena las estrellas en líneas en el espacio oscuro del portal.

Me sobresalté mientras hacía lo que me dijo, pues mi energía se desvaneció de inmediato. Es como si el portal se hubiera abierto de golpe en aquella oscuridad como un agujero. Entonces, el portal empezó con fuerza a tirar de mi magia. Solo estaba drenando mi poder, pero sentí inmediatamente su efecto en el cuerpo. Empecé a sudar y a respirar con dificultad, como si hubiera estado corriendo. Hasta mis músculos sentían la tensión.

Las líneas y los sigilos brillantes empezaron a hacerse todavía más brillantes hasta que dolía mirarlos.

—Cuídate —dije mientras se desvanecía.

*      *      *

Un mes más tarde

—¡Algo va mal! ¡Ha estado fuera demasiado tiempo!

Magnus suspiró.

—Te lo dije, Ayden, te informaré en cuanto sepa algo.

—No me vale. ¡Tendría que haber vuelto ya!

—Los magos son personas solitarias. Estoy seguro de que ha roto la maldición y está aprovechando la oportunidad para utilizar su magia todo lo que pueda y más.

—¡No sin decírmelo! ¡Algo va mal!

—Merlín es todavía más viejo que yo, sabe cómo defenderse.

La energía se aceleró en mi interior y apenas tuve tiempo suficiente para sacar la varita del bolsillo antes de que la punta se encendiera. Le prendió fuego a mis pantalones la última vez que me alteré, que fue en la cena de la noche anterior. Me levanté, aparté el plato del desayuno y salí hecho una furia de la habitación. No podía comer cuando estaba tan alterado. A mitad de camino hacia mi habitación, cambié de dirección y salí.

Merlín había estado demasiado tiempo fuera. La despreocupación de Magnus respecto a la vida de Merlín solo empeoraba las cosas. Nadie más podía escuchar a Merlín, así que tenía que hablar por él. Magnus no le conocía tanto como yo. Para el viejo mago, Merlín solo era un simple lobo.

Quería ir tras Merlín, pero Magnus se negaba a ayudar, insistiendo en que no duraría ni un día en otro mundo. No me gustaba su opinión. No era un hechicero decente, pero sobreviví la tortura de mis hermanos durante años y dudaba de la existencia de algo más peligroso que mi familia.

Capítulo 2

Metí los pies en el agua cálida de un arroyo transparente. Después de discutir con Magnus sobre Merlín durante los últimos tres días, necesitaba alejarme de él. Hasta la biblioteca estaba perdiendo su paz, pues había leído todos los libros que estaban en mi idioma.

Magnus y Merlín me dijeron que solo estaba seguro dentro del recinto del castillo, pero no me gustaba estar encerrado. Aunque el viejo mago tenía hechizos para avisarle si alguien intentaba colarse en el castillo, las protecciones no le alertaban cuando salía. Era fácil saltar por el muro de piedra. La primera vez que salí del castillo solo, que fue a los pocos días de mi estancia, encontré un arroyo tranquilo en mitad del bosque. Desde aquel momento, una de mis actividades favoritas era visitar el riachuelo y practicar la magia que me apeteciera.

Después de unirnos a Magnus, Merlín me enseñó tanto magia de la luz como de la oscuridad, pero estaba ansioso por prepararme para una pelea contra mi madre. No creía que fuera posible. Esperaba que al derrotar a Magnus mi madre se sintiera orgullosa y cambiase de parecer sobre mi asesinato. Tras aliarme con Magnus en contra de mis hermanos, no tenía más remedio. Cuando mi madre viniera a por mí, no sería una amenaza de la que despreocuparse. De hecho, esperaba que me torturaran antes de que me mataran, y no me salvaría la magia blanca.

Merlín sugirió que diéramos un golpe preventivo, con el cual no estuve para nada de acuerdo. No la entendía tanto como yo. Aunque fuese muy conocida en mi tierra, normalmente enviaba a sus hijos para que hicieran lo que ella les mandara, así que en verdad era mucho más poderosa de lo que la gente pensaba.

Estando sentado en la hierba con los pies en el agua, sacudí la varita alrededor de forma aleatoria. Quería practicar el hechizo de protección que me enseñó Magnus, pero me enfadé de nuevo. No me gustaba ser incapaz de ayudar a Merlín.

Aparté la varita a un lado y empecé a soltar los botones de la camisa. Era el día perfecto para nadar. Sentí un movimiento a mi lado antes de que una mancha naranja y peluda se llevara la varita. Me giré a tiempo para ver a un zorro pequeño desaparecer en el bosque con la varita en la boca. Me puse en pie y corrí detrás de él. La varita era peligrosa en las manos equivocadas.

Lamentablemente, no estaba acostumbrado a estar descalzo en el exterior y no tuve tiempo de ponerme las botas, así que no pude seguir el ritmo del zorro. Por lo tanto, me sorprendió cuando el zorro se paró antes de desaparecer y esperó a que casi le alcanzara. En ese momento, salía corriendo de nuevo antes de que pudiera recuperar la varita. O estaba jugando conmigo o me estaba llevando a algún lugar.

Como no había podido explorar mucho por la preocupación de Magnus, no conocía la zona y estaba completamente perdido. El zorro sabía perfectamente adónde iba y esquivaba los árboles y las rocas con facilidad. Yo, por otro lado, logré rasparme las rodillas y darme golpes en los dedos de los pies con todo lo que encontraba en el camino.

Me faltaba el aliento cuando escuché el murmullo del agua delante de nosotros. El zorro estaba corriendo hacia un río. «Conoce estos bosques, debe estar yendo hacia una madriguera escondida o algo parecido». Pero no. Al salir del bosque, vi un río ancho en mitad del claro a los pies de la montaña. El zorro corrió directo hacia él.

—¡Para! ¡Nadie puede saltar tanto! —grité. Solo quería avisar a la criatura, sin embargo, la magia de mi interior llamó a la varita, que parpadeó con luz roja en la boca del ladrón. De repente, el zorro tropezó y cayó rodando.

Me quedé aterrorizado, no hizo ningún ademán para parar de rodar por el saliente y hacia el agua. No dudé en saltar detrás de él. Sabía nadar, pero el torrente era más violento de lo que estaba acostumbrado. Por suerte, no llevaba la túnica de hechicero, habría sido imposible. Nadé con la corriente hacia el zorro, el cual se dejaba llevar sin tener que esforzarse por respirar.

El flujo era tan rápido y duro que apenas podía ver. Finalmente, y sin esperármelo, atrapé al pequeño zorro, pero me di cuenta de por qué no se movía. ¡Era mi culpa! Mi magia le había congelado y no podía nadar.

Lo sostuve contra el pecho y mantuve su cabeza por encima del agua. Estaba quieto como una piedra. Quería recuperar la varita, pero le habría roto los dientes, y un zorro necesitaba dientes. Ahí fue cuando oí la cascada. Luché por ver más allá de las olas y, por supuesto, nos dirigíamos hacia una caída. Nadé hasta tierra firme con toda mi fuerza y velocidad.

Aunque no estábamos tan lejos, la corriente nos empujaba al centro, y no podía nadar bien con una sola mano. Mantener la cabeza del zorro por encima de la superficie era imposible. Me concentré en la varita que llevaba en la boca e imaginé que salíamos flotando del agua. Había hecho levitar un enorme barco pirata, así que esto debería ser fácil.

No lo fue. Di todo lo que tenía, pero caí bajo la superficie del agua.

Y entonces, de repente, el suelo desapareció y empezamos a caer. No tuve tiempo de lanzar un hechizo o preocuparme de que me mataran las rocas de abajo. Todo lo que podía hacer era cerrar los ojos, agarrar al zorro y esperar. «Protégenos».

Después de un momento, el rugido de la cascada tembló a través de mi cuerpo, pero estaba vivo. Además, no me estaba ahogando. Al principio entreabrí los ojos, y luego los abrí completamente cuando vi lo que estaba sucediendo. Estaba flotando sobre el río dentro de una enorme burbuja. El agua rompía contra la burbuja y no podía pasar. Era un escudo protectir, pero los que Magnus me había enseñado no podían proteger contra los elementos. La única persona que conocía que era lo suficientemente poderosa para hacer esto era mi madre.

Mientras la burbuja flotaba lentamente hacia la orilla, miré a mi alrededor, pero no había nadie a la vista, y era mi propia varita la que brillaba con luz azul brillante. Sin querer había creado una protección más fuerte que cualquier otra que me habían enseñado.

Cuando luchaban, los hechiceros usaban la magia para atacar a sus enemigos, mientras que los magos la usaban para defenderse. Ninguno de los dos tipos era superior; era solo una combinación de motivación y experiencia lo que hacía a una persona más poderosa que otra. Así, teóricamente podría aprender

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