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Escúchame (Un puñado de esperanzas 2 - Entrega 4): Un puñado de esperanzas 2

Escúchame (Un puñado de esperanzas 2 - Entrega 4): Un puñado de esperanzas 2

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Escúchame (Un puñado de esperanzas 2 - Entrega 4): Un puñado de esperanzas 2

Longitud:
107 página
1 hora
Publicado:
Feb 21, 2019
ISBN:
9788413075495
Formato:
Libro

Descripción

4ª entrega de Un puñado de esperanzas II. Sigue apasionándote con la historia de Frank y Mark
Nuevamente, solo la esperanza les dará a Mark y Frank las fuerzas necesarias para poder enfrentarse a la adversidad cuando él se ve obligado a viajar hasta Cork, Irlanda, la tierra de su abuelo. Su prima Fiona, una Gallagher, le acogerá en su casa mientras Mark aguarda noticias de Nueva York, amando a Frank en la distancia.
Publicado:
Feb 21, 2019
ISBN:
9788413075495
Formato:
Libro

Sobre el autor


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Escúchame (Un puñado de esperanzas 2 - Entrega 4) - Irene Mendoza

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2019 Irene Mendoza Gascón

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Escúchame, n.º 221 - febrero 2019

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com.

I.S.B.N.: 978-84-1307-549-5

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Segunda parte

Cita

Capítulo 29 The Blower’s Daughter

Capítulo 30 Love Reign O’er Me

Capítulo 31 Un bel dì vedremo, María Callas (Madame Butterfly, G. Puccini)

Capítulo 32 Out of Tears

Capítulo 33 All Of The Stars

Capítulo 34 E lucevan le stelle

Capítulo 35 Fairytale of New York

Capítulo 36 Con te partiró

Capítulo 37 What Are You Doing New Year’s Eve?

Capítulo 38 Let’s stay together

Capítulo 39 Chasing Cars

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Segunda parte

Si tuviese yo las telas bordadas del cielo,

recamadas con luz dorada y plateada,

las telas azules y las tenues y las oscuras

de la noche y la luz y la media luz,

extendería las telas bajo tus pies:

Pero, siendo pobre, solo tengo mis sueños;

he extendido mis sueños bajo tus pies;

pisa suavemente, pues pisas mis sueños.

Él desea las telas del cielo, W.B. YEATS

Capítulo 29

The Blower’s Daughter

Ella me dijo «Je t’aime», yo le dije «Te amo», nos despedimos con solo un «Hasta pronto, amor» y un beso inmenso, nada más.

Frank se fue primero, en un taxi, de nuevo con aquel traje de princesa pero sin peinar, con la sombra de ojos corrida, sonrojada por culpa de nuestro último polvo, hermosísima. Antes había llamado a su amiga Olivia para acordar una coartada creíble con ella, para regresar a su «cárcel», la había llamado ella, a casa de Patricia Van der Veen, en el Upper East Side.

Yo me fui después. Cerré el loft tras echar un último vistazo al ya desangelado habitáculo casi desprovisto de muebles, solo con la cama deshecha, aún caliente por nuestra culpa.

La dejé así, con las sábanas arrugadas y húmedas, con los restos de nuestros fluidos, sin borrar las huellas de aquella noche tan sublime y dolorosa. Respiré hondo, aguantándome el dolor, cogí mi mochila, me la puse al hombro y me fui.

Pocket me llevó al aeropuerto. Mi amigo esperó hasta que tuve que embarcar y eso me hizo mucho más fácil subir a aquel odioso cacharro que encima me había costado mis últimos dólares.

—¿Y por qué has cogido un vuelo tan caro, tío? —preguntó Pocket.

—Porque son más seguros. Las líneas de bajo coste no me inspiran la confianza suficiente para cruzarme todo el océano hasta el otro lado del mundo —rezongué.

—¡Joder, pero al menos haber volado en primera!

—¡No me llegaba!

Pocket me miró y los dos nos echamos a reír.

—Toma esto, tío —dijo mi amigo metiéndome unos cuantos billetes en la mano.

—¡No, ni hablar! —repliqué, intentando devolvérselos.

—¡Cógelos! Tú me has ayudado a mi muchas veces. ¿Somos hermanos, no?

Asentí y los dos nos fundimos en un fuerte abrazo.

—Cuídamelas mucho, hermano, cuida a mi Frank y a Charlotte —le pedí dándole unas cariñosas palmadas en la espalda.

—Claro, colega. Sabes que lo haré.

Subí al dichoso avión y me fui de Nueva York con el estómago encogido de miedo y de tristeza, realizando el camino contrario que mi bisabuelo había hecho a finales de los años 20 del siglo pasado y que mi abuelo repitió en su busca.

Pero estaba demasiado agotado como mantenerme despierto las cinco horas de vuelo transoceánico y, en cuanto me senté en el asiento, me quedé dormido como un tronco.

Soñé con Frank vestida con aquel vestido plateado que ya jamás me quitaría de la cabeza. La vi corriendo por una campiña verde como Maureen O’Hara en El hombre tranquilo. Después de aquella paranoia me desperté adormilado.

Desde la ventana del avión, los rayos de sol se colaban entre los recovecos de una densa masa de nubes blancas algodonosas. No sé cuánto tiempo estuve mirando aquellas nubes como hipnotizado. De pronto, la espesa nubosidad se fue disolviendo hasta convertirse en retazos blanquecinos que dejaban una estela y, al deshacerse, permitían entrever la isla.

Eire, como decía mi abuelo, con su verdor infinito.

«Vuelvo a Irlanda, la bella Irlanda, abuelo. La isla esmeralda», pensé con melancolía.

La revista que ofrecía la aerolínea durante el vuelo publicitaba la vieja Irlanda como la tierra de los eternos días de lluvia, del whisky, de la gente sencilla, James Joyce, Yeats, la música y los pubs.

Mi vuelo me dejaba en el aeropuerto Shannon, cercano a Limerick, en la costa oeste, y desde allí me dirigí en autobús hacia el sureste, al condado de Cork, de donde provenían los Gallagher.

Durante mi viaje pude apreciar aquel terreno insular de praderas suaves salpicadas de ovejas y bosques vírgenes. Un paisaje que se funde con las abruptas y escarpadas costas, salvajes promontorios y ensenadas sobre los que se posan pequeños pueblos de pescadores.

También pude apreciar el rigor del húmedo clima atlántico, contemplando los continuos chaparrones que, intermitentemente, daban paso al débil sol del mayo irlandés.

«No me extraña que esté todo tan verde», pensé añorando ya el soleado y cálido Nueva York que acababa de dejar atrás.

Un rayo de sol se apiadó de mí y apareció entre las nubes grises cargadas de agua, dando paso a un espléndido arco iris que parecía el de aquel duende de la olla de oro que decía mi abuelo.

La maravillosa canción de Damien Rice, The Blower’s Daughter, me acompañó parte del trayecto.

La información que había podido encontrar acerca de Cork, capital del condado del mismo nombre, presentaba una ciudad muy antigua, la segunda ciudad más poblada del país, detrás de Dublín, y la tercera de aquella anciana isla, dividida pero nunca rota.

Aunque, vistas algunas fotografías del lugar, para un neoyorquino como yo, Cork más bien era un pueblo.

Cork, en irlandés Corcaigh, tiene dos significados: «corcho» en inglés y en gaélico, derivado de corcach, «marisma, pantano». Apodada «La ciudad rebelde», está construida sobre los fangos del río Lee, que la rodea y por un corto tramo se bifurca en dos canales, creando una isla en la que se levanta el centro de la ciudad. El

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