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Compendio de las vidas de los filósofos antiguos: Premium Ebook

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Compendio de las vidas de los filósofos antiguos: Premium Ebook

Longitud:
184 páginas
4 horas
Editorial:
Publicado:
Jan 21, 2019
ISBN:
9791029906619
Formato:
Libro

Descripción



La historia de la Filosofía es uno de los grandes espectáculos que nos ofrece la de las primeras épocas del género humano. En medio de la deplorable narración de los delirios, de las pasiones, de los crímenes de los hombres, se percibe un rayo de luz que nos recuerda la elevación de nuestro origen, cuando consideramos que el culto de la razón ha resistido a las vicisitudes de los tiempos, a las tinieblas de la ignorancia, y a la corrupción de las costumbres, y que mientras los extravíos más vergonzosos degradaban nuestra especie, nunca faltaron hombres ilustres que la ennobleciesen aplicando a la investigación de la verdad, todas las fuerzas del espíritu. (…) La obra presente bosqueja estos primeros trabajos, y da a conocer los hombres que los emprendieron. Está escrita con aquella sencillez conveniente al asunto, y que caracteriza los escritos didácticos del autor de Telémaco. El traductor ha aumentado considerablemente el artículo de Sócrates y el de Platón.

INDICE :

TALES
SOLÓN
PÍTACO
BÍAS
PERIANDRO
QUILÓN
CLEÓBULO
EPIMÉNIDES
ANACARSIS
PITÁGORAS
HERÁCLITO
ANAXÁGORAS
DEMÓCRITO
EMPÉDOCLES
SÓCRATES
PLATÓN
ANTÍSTENES
ARISTIPO
ARISTÓTELES
JENÓCRATES
DIÓGENES
CRATES
PIRRÓN
BIÓN
EPICURO
ZENÓN
 
Editorial:
Publicado:
Jan 21, 2019
ISBN:
9791029906619
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Compendio de las vidas de los filósofos antiguos - Fénelon

Compendio de las vidas de los filósofos antiguos

Fénelon

Traducido por

José Joaquin De Mora

Índice

Prólogo del traductor

TALES

SOLÓN

PÍTACO

BÍAS

PERIANDRO

QUILÓN

CLEÓBULO

EPIMÉNIDES

ANACARSIS

PITÁGORAS

HERÁCLITO

ANAXÁGORAS

DEMÓCRITO

EMPÉDOCLES

SÓCRATES

PLATÓN

ANTÍSTENES

ARISTIPO

ARISTÓTELES

JENÓCRATES

DIÓGENES

CRATES

PIRRÓN

BIÓN

EPICURO

ZENÓN

Prólogo del traductor

LA historia de la Filosofía es uno de los grandes espectáculos que nos ofrece la de las primeras épocas del género humano. En medio de la deplorable narración de los delirios, de las pasiones, de los crímenes de los hombres, se percibe un rayo de luz que nos recuerda la elevación de nuestro origen, cuando consideramos que el culto de la razón ha resistido a las vicisitudes de los tiempos, a las tinieblas de la ignorancia, y a la corrupción de las costumbres, y que mientras los extravíos más vergonzosos degradaban nuestra especie, nunca faltaron hombres ilustres que la ennobleciesen aplicando a la investigación de la verdad, todas las fuerzas del espíritu.

Obscura en sus principios, la Filosofía brotó de las lejanas regiones del Oriente, donde se mantuvo muchos siglos desconocida y aislada, hasta que los griegos la descubrieron y perfeccionaron. Sus progresos fueron debidos en gran parte al amor a las ciencias, que debía ser naturalmente la pasión dominante de un pueblo ingenioso, rico, activo, felizmente organizado, y aficionado a los goces intelectuales, así es que en Grecia, la Filosofía no era, como en las naciones modernas, una ocupación privada, sino una especie de magistratura, o sacerdocio; una profesión superior a todas las clases y a todas las instituciones, y los que la cultivaban eran mirados como órganos de la Divinidad, como intérpretes de la Naturaleza, como bienhechores del mundo. Los reyes asistían a sus lecciones, y solicitaban sus consejos; los pueblos les alzaban estatuas; los cuerpos políticos les pedían leyes, y los honores que se les tributaban eran más sinceros, más generales y más respetuosos, que los que solían arrancar el entusiasmo de la victoria, y el prestigio del poder.

Producto espontáneo de nuestras necesidades y propensiones, la Filosofía dio sus primeros pasos apenas la sociedad salió del círculo estrecho de las exigencias físicas. Los primeros visos de sociabilidad que sucedieron a las tinieblas de la vida salvaje, descubrieron un campo inmenso abierto a la curiosidad y a la investigación, y el hombre debió lanzarse en este piélago de misterios, con la misma incertidumbre, y vacilación que señala los pasos de la infancia. La muchedumbre de objetos que le rodeaban le reveló el secreto de sus relaciones con estos objetos. Este descubrimiento le condujo al de sus propias cualidades, y cuando tuvo la conciencia de su razón, de su libertad, de su preeminencia, era natural que el amor propio, móvil de todas sus acciones, excitase en su alma el enérgico deseo de conocer en que consistían esta razón, esta libertad, esta preeminencia, y las demás circunstancias que constituyen su ser. Así, pues, la base de la Filosofía es la misma idea cuya verdadera explicación seria lo más sublime de la Filosofía, el nosce te ipsum tan anhelado por la ciencia, como recomendado por la religión.

La sociedad observa el mismo orden que el individuo, porque es un agregado de individuos, cuya reunión no tuerce el giro de sus operaciones, ni cambia la naturaleza de sus deseos. El hombre recibe impresiones, y estas le enseñan que existe. Su ser es lo único que él ve en la multitud de seres que le rodean. Del mismo modo, en los enigmas que le presenta el Universo, no ve más que su propio enigma, y como se ama a sí mismo sobre todas las cosas, el primer objeto de su curiosidad, fue el objeto principal de su amor.

Paréceme que esta explicación es mucho más análoga a nuestra índole, y mucho más conforme a la historia, que la que ha dado un célebre escritor, historiador profundo y luminoso de las opiniones de los primeros sabios. La cuestión primera y fundamental de la filosofía, el eje de todos sus trabajos, es, según M.r De Gerando, la que tiene por objeto fijar los principios de los conocimientos humanos, es decir, la que examina cuál es la relación del espíritu humano con los objetos de sus conocimientos; cuáles los fundamentos del derecho que se atribuye de juzgarlos; cuál la extensión, la realidad, y la garantía legítima de estos mismos conocimientos. Aquí tenemos, pues, en lugar de una cuestión sencilla, cual debía convenir al primer ensayo de la razón, una serie de cuestiones complicadas que no pueden provenir sino del cultivo refinado de esta misma razón. El móvil que este escritor da a los elementos del saber parecen más propios de su madurez y perfección, y las cuestiones que atribuye a los primeros investigadores de la verdad, pasarían por grandes esfuerzos de sutileza en una academia de metafísicos. El programa de la Naturaleza debió estar escrito de otro modo que las frases de Licofrón.

Hablar de derechos y de garantías del saber a los que acumulaban los materiales en que este saber debía estribar, se me figura lo mismo que hablar de metopes y cintros, a los que forman a toda prisa una choza para ponerse al abrigo de la intemperie. Los derechos del entendimiento son sus facultades; su garantía es la convicción. El mismo derecho tenemos al raciocinio que al ejercicio de la vista y del olfato, y la misma garantía de nuestras ideas que de las impresiones que los órganos nos transmiten. Si antes de observar el curso de los planetas el hombre se hubiera entretenido en averiguar con que derecho hacía esta observación, adelantada estaría a la hora ésta la Astronomía. Problemas tan recónditos pueden llamarse el lujo de la ciencia, y el lujo no nace sino mucho tiempo después que las primeras necesidades están satisfechas.

Lo cierto es que el hombre tuvo necesidad de conocerse, y que de este conocimiento debió nacer el de sus relaciones con Dios, y con la Naturaleza, y lo cierto, es que estos tres puntos abrazaron toda la serie de las doctrinas filosóficas.

Estas se ramificaron en lo sucesivo, y se ensancharon poco a poco hasta señalar, sino los límites del saber, a lo menos los cuadros en que debía encerrarse, y los filósofos griegos no dejaron, en esta parte, trabajo alguno a sus sucesores. En efecto ¿qué opinión ha salido a luz en los siglos modernos que no pertenezca a alguna de las grandes escuelas de la antigüedad, que no reproduzca alguno de sus principios, que no se clasifique en algunas de sus vastas distribuciones? Desde el renacimiento de las luces hasta nuestros días, no se descubre una teoría, un sistema que no se halle indicado a lo menos en la época que medió desde Sócrates hasta la emigración de la Filosofía a Egipto y a Roma. Los que se han aplicado exclusivamente al conocimiento del hombre, y han despreciado como inútil y superfluo todo otro estudio, no han hecho más que seguir la senda que el Escepticismo les dejó trazada; los que no ven en el Universo sino las combinaciones de la materia, y no conocen otras relaciones que las sensibles, por más que hayan dicho que el cerebro es una entraña, y el pensamiento una secreción, no han ido más lejos que Epicuro; los que se han elevado a las sublimes regiones del idealismo, deben a Platón este descubrimiento, los que han seguido por guías la observación y la clasificación, han edificado sobre las bases de Aristóteles; por último, los que han desconfiado de las fuerzas del espíritu, y han erigido la duda en arbitro de la sabiduría, no se han atrevido a tanto como Pirrón. En éste círculo se encierran todos los hombres, todas las sectas, todas las escuelas posteriores: Tomas de Aquino y Condillac; Rogero Bacon y Malebranche; Erasmo y Locke; Hobbes y Cabanis; los nominales y los materialistas; los Escotistas y los Cartesianos; Azaïs con sus compensaciones, Kant con sus tinieblas, y Gall con sus protuberancias.

Lejos de mí la temeraria intención de rebajar el mérito distinguidísimo de los genios de primer orden, a cuyas ingeniosas y profundas tareas deben las ciencias el lustre con que brillan; más la gratitud a que son acreedores no debe ahogar en nosotros la admiración que reclaman los que los han precedido. Sin despreciar en manera alguna el valor de los descubrimientos modernos, debemos un tributo de respeto y gratitud a los primeros que procuraron alzar el velo que cubre los arcanos de la Naturaleza. Porque la ciencia en su origen no fue una vana acumulación de teorías imaginarias, ni tuvo por móvil el vano empeño de adivinar sin descubrir, de sistematizar sin examinar; ni se crea tampoco que el camino de la observación fue desconocido a los hombres hasta que lo reveló, como un hallazgo peregrinó, un Canciller de Inglaterra. ¿Como pudieron los Caldeos, sí no fue por medio de la observación, fijar las verdades esenciales de la Astronomía? ¿No conocieron la necesidad de la observación, Aristóteles, que examinó y describió cuantos objetos naturales pudo haber a las manos, Alejandro que le prodigó los medios de enriquecer sus colecciones, y los filósofos que gastaron cuanto poseían en producciones, máquinas y experiencias? La observación de las obras de la creación se perdió totalmente cuando los puros raudales de la Filosofía antigua se mezclaron y confundieron en el cenagal del Escolasticismo; cuando el cultivo del entendimiento se redujo al estudio de una ciencia tenebrosa y absurda; cuyos objetos estaban fuera del alcance de los sentidos; y cuyos resultados no podían tener otra sanción que el sofisma; cuando el saber se aisló en una clase de hombres, interesados en perpetuar la ignorancia, y en esclavizar el entendimiento. Pero las primeras ráfagas de luz que aparecieron después de esta época, no hicieron más que descubrir un sendero trillado por los primeros filósofos, y la razón al recobrar sus derechos, halló parados todos los instrumentos que podían facilitarle su ejercicio.

La obra presente bosqueja estos primeros trabajos, y da a conocer los hombres que los emprendieron. Está escrita con aquella sencillez conveniente al asunto, y que caracteriza los escritos didácticos del autor de Telémaco. El traductor ha aumentado considerablemente el artículo de Sócrates y el de Platón.

TALES

Nació en el primer año de la Olimpiada 35;

glorió en la 58 de edad de 92 años.

Tales de Mileto traía su origen de Fenicia y descendía de Cadmo, hijo de Agenor. La indignación de sus padres contra los tiranos que oprimían a los hombres de bien los obligó a salir de su patria y a establecerse en Mileto, ciudad de Jonia, donde Tales nació en el primer año de la Olimpiada 35. Él fue el primero que mereció el glorioso título de sabio, y el autor de la filosofía llamada Jónica, aludiendo al país en que por primera vez se dio a conocer.

Pasó algún tiempo en la magistratura y después de haber ejercido sus principales empleos con distinción, se separó de los negocios públicos, movido por el deseo de conocer los secretos de la naturaleza. Pasó a Egipto donde florecían entonces las ciencias; empleó muchos años en conversar con los sacerdotes, que eran los doctores del país; se instruyó en los misterios de aquella religión y se aplicó especialmente a la Geometría y a la Astronomía. No se sujetó a ningún maestro, y si se exceptúa lo que aprendió en su trato con los sacerdotes durante su viaje, sólo a sus experiencias y a sus profundas meditaciones debió los bellos conocimientos con que enriqueció la Filosofía.

Tales tenía mucha elevación en sus ideas; hablaba poco y meditaba mucho. No hacia caso de su interés particular y se dedicaba con celo a promover el de la República. Juvenal hablando de los que opinan que la venganza es más apetecible que la misma vida, dice que esta opinión es muy diferente de la de Crispo y de la suavidad de Tales.

At vindicta bonum vitâ jucundius ipsa:

Chrysippus non dicit idem, nec mite Thaletis

Ingenium...

Cuando Tales regresó a Mileto vivió en gran soledad y solo pensó en contemplar las cosas celestes. El amor de la sabiduría le alejó de los cuidados del matrimonio, haciéndole preferir la tranquilidad del celibato. A la edad de veinte y tres años, su madre Cleobulina le instó para que aceptase un partido ventajoso que se presentaba, «La juventud, respondió Tales, no es tiempo de casarse. En la vejez, ya es demasiado tarde, y el hombre que está entre las dos edades, no tiene tiempo de escoger mujer». Algunos dicen que en los últimos años de su vida se casó con una egipcia, autora de muchos buenos escritos.

Un día en que unos pescadores de la isla de Co habían echado la red al agua, pasaron por allí ciertos habitantes de Mileto y les compraron todo lo que la red contuviese antes de sacarla. Admitida la proposición, sacaron la red y en ella venía una trípode de oro macizo, arrojada al mar, según la opinión común, y en aquel mismo sitio, por Helena cuando volvía del sitio de Troya, en cumplimiento de cierto oráculo de que se había acordado. De resultas de este acaecimiento se suscitó una disputa entre los extranjeros y los pescadores sobre a quien correspondía la trípode. Los pueblos respectivos tomaron parte en la contienda, abogando cada cual por sus compatriotas. La guerra iba a estallar entre los diferentes partidos, cuando se pusieron de acuerdo en someter la cuestión al oráculo de Delfos. Este respondió que se diese la trípode al primero de los sabios. Tales fue el primero a quien se presentó la trípode; la remitió a Bías, y Bías por modestia la envió a otro. De este pasó de mano en mano a Solón el cual dijo que «nadie era más sabio que un Dios». La trípode fue llevada a Delfos y consagrada a Apolo. Algunos jóvenes de Mileto reconvenían un día a Tales acerca de la inutilidad de su ciencia, puesto que no le servia para salir de la indigencia en que se hallaba. Tales quiso darles a entender que si los sabios no acumulan riquezas es solo por el desprecio con que las miran, siéndoles muy fácil adquirir los bienes de que no hacen caso. Con este objeto y habiendo previsto, según dicen, por sus observaciones astronómicas que aquel año seria sumamente fecundo, compró todo el fruto de los olivos de los alrededores de Mileto antes de la cosecha. Esta fue abundantísima y muy considerable por consiguiente la ganancia del filósofo; más éste convocó a todos los mercaderes y comerciantes de Mileto y les distribuyó sus provechos.

Tales daba gracias a los dioses por tres

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