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Seduciendo A Su Compañera: Compañeros de Zatari, Libro 1
Seduciendo A Su Compañera: Compañeros de Zatari, Libro 1
Seduciendo A Su Compañera: Compañeros de Zatari, Libro 1
Libro electrónico136 páginas2 horas

Seduciendo A Su Compañera: Compañeros de Zatari, Libro 1

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Información de este libro electrónico

A pesar de que Octavia queda completamente embelesada por el príncipe Markus de Delti desde el instante en que ve, ella se sorprende cuando el enorme y apuesto guerrero la toma cautiva y le informa que ella es su compañera predestinada, aquella que estará unida irrevocablemente a él por el resto de sus vidas.

Rápidamente, Markus deja claro que exigirá obediencia y sumisión por parte de su compañera y, cuando la bella y testaruda sacerdotisa de Zatari cuestione su honor, él no dudará en desnudar su trasero y azotarla violenta y exhaustivamente.

El humillante castigo deja a Octavia furiosa, aunque irremediablemente excitada, y a pesar de que eso la llena de vergüenza, pronto se encuentra a sí misma suplicándole a su compañero para que domine por completo a su cuerpo. Cuando Markus finalmente la reclama, su habilidosa y dominante forma de hacer el amor la satisface tan profundamente que resulta ser más de lo que ella hubiera creído posible, sin embargo, ¿abandonará ella a su propio pueblo y permanecerá al lado de Markus para siempre?
IdiomaEspañol
EditorialTydbyts Media
Fecha de lanzamiento3 ene 2019
ISBN9788829589012
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    Seduciendo A Su Compañera - Claire Conrad

    Seduciendo A Su Compañera

    Compañeros de Zatari, Libro 1

    Claire Conrad

    Índice

    Acerca de Seduciendo A Su Compañera

    Capítulo Uno

    Capítulo Dos

    Capítulo Tres

    Capítulo Cuatro

    Capítulo Cinco

    Capítulo Seis

    Capítulo Siete

    Capítulo Ocho

    Capítulo Nueve

    Capítulo Diez

    Capítulo Once

    Libros de Claire Conrad

    Autor biografía

    Books by Claire Conrad (English)

    Acerca de Seduciendo A Su Compañera

    A pesar de que Octavia queda completamente embelesada por el príncipe Markus de Delti desde el instante en que ve, ella se sorprende cuando el enorme y apuesto guerrero la toma cautiva y le informa que ella es su compañera predestinada, aquella que estará unida irrevocablemente a él por el resto de sus vidas.


    Rápidamente, Markus deja claro que exigirá obediencia y sumisión por parte de su compañera y, cuando la bella y testaruda sacerdotisa de Zatari cuestione su honor, él no dudará en desnudar su trasero y azotarla violenta y exhaustivamente.


    El humillante castigo deja a Octavia furiosa, aunque irremediablemente excitada, y a pesar de que eso la llena de vergüenza, pronto se encuentra a sí misma suplicándole a su compañero para que domine por completo a su cuerpo. Cuando Markus finalmente la reclama, su habilidosa y dominante forma de hacer el amor la satisface tan profundamente que resulta ser más de lo que ella hubiera creído posible, sin embargo, ¿abandonará ella a su propio pueblo y permanecerá al lado de Markus para siempre?

    Derechos de Autor © 2018 Tydbyts Media


    Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede reproducirse o transmitirse de ninguna forma o por ningún medio, ya sea electrónico o mecánico; incluidas fotocopias, grabaciones o cualquier sistema de almacenamiento automático de información sin el permiso escrito del editor.

    Publicado por Tydbyts Media

    Conrad, Claire

    Seduciendo A Su Compañera


    Diseño de Portada © 2018 por LJ Designs

    Este libro está dirigido sólo para adultos. Los azotes y otras actividades sexuales representadas en este libro son solo fantasías, dirigidas para adultos.

    Capítulo Uno

    Markus, Príncipe de Delti. Calabozo del Templo en el Planeta Zatari.


    Las cadenas martillaban la pared mientras yo tiraba de ellas y luchaba con los anchos grilletes que rodeaban mis muñecas. El metal ligero laceraba mi piel y la sangre cubría las palmas de mis manos debido a mis esfuerzos. Apuntalando mi cuerpo con mis pies, tiré con fuerza de las cadenas. Los músculos de mi pecho se tensaron, deseando contra toda esperanza que los pernos en las paredes detrás de mí se soltaran.

    Lo último que recuerdo es haber entrado al territorio Zatari buscando a mi desaparecida hermana. Ahora aquí estaba, en una sala de siembra, con el pene endurecido con mi cuerpo embravecido por el uso de químicos y desnudo como el resto de estos tontos. Tontos que tenían sus ejes, tan duros como la roca, en el fondo de la garganta de una mujer dispuesta a todo. Ellos ni siquiera estaban encadenados como yo. Ellos estaban completamente felices de ser utilizados para que tomaran su semilla.

    No, en lugar de tener una noche de placer como la que estos hombres soportarían gustosamente, yo estaba bastante seguro de que estas perras me matarían apenas descubrieran quién era yo. Yo no era un semental que se había ofrecido voluntariamente para ser ordeñado por una vagina.

    La inyección de Fier que ellas me habían colocado fue suficiente tortura. Ella corría a través de mi torrente sanguíneo, haciendo que mi pene se endureciera tanto como una roca y mi pulso se acelerara. El sudor goteaba de mis sienes mientras yo luchaba por cavilar, por razonar y mantener el control, aun cuando en lo único en lo que podía pensar era en coger y en meter mi pene en la primera vagina resbaladiza que estuviera disponible.

    Cerré los ojos, reacio a soportar la imagen de tantas mujeres desnudas, con sus senos al aire y sus bocas abiertas mientras complacían a los demás hombres en esta pequeña habitación. Los estridentes gemidos de los hombres y las caderas agitándose eran una distracción que yo no necesitaba. Tampoco quería ser testigo del brillo que dejaban su húmedas bocas al chupar las varas de esos hombres. Yo deseaba sentir el húmedo calor de la boca de una mujer, la fuerte succión de sus labios mientras pasaba su lengua sobre la cresta roma de mi abultado eje.

    Desafortunadamente, la Poción Fier no había sido utilizada para preparar mi cuerpo para una noche de sexo. No solo estaba destinada a mantener mi pene duro y preparado para una vagina ansiosa. La inyección tenía otros efectos. La droga mantenía suprimido mi poder para leer e influenciar en las mentes de aquellos que estaban a mi alrededor y, sin ese poder, yo no podría escapar.

    Aun así, yo compartía el fervor que aumentaba en los cuerpos de esos hombres. La necesidad de coger, y de hacerlo muy duro, para acabar una y otra vez en el interior de una caliente y húmeda vagina. Instintivamente, mis caderas se sacudían y el líquido preseminal comenzó a salir de mí, goteando en el piso a mis pies.

    —Cuidado mis amores. No los dejen acabar. Necesitamos su semilla para la ceremonia.

    Las palabras me sobresaltaron y abrí los ojos para ver a una anciana sacerdotisa Zatari caminar por la habitación y dándole instrucciones a las diez mujeres que chupaban y acariciaban los miembros de los otros hombres. La anciana llevaba puesta un vestido negro y zapatillas negras. Ella era alta, como todas las mujeres guerreras del Templo, pero su cabello era plateado por la edad. Sus agudos ojos azules no mostraron ningún deseo mientras ella miraba a las mujeres arrodilladas. No, sus ojos en realidad se posaron en mí y se llenaron de un frío cálculo.

    Esperando que la Poción Fier se hubiera evaporado de mi sistema, intenté recobrar mi poder, abrí el lugar más profundo en mi interior desde donde el alma del planeta me llenaba de energía, con conocimiento, y no encontré nada. Su poción estaba funcionando. Con una dosis lo suficientemente alta, yo moriría. Pero eso no era lo que ellas deseaban. No, la anciana que caminaba en dirección hacia mí me quería vacío, sin control, sin fuerzas y ​​sin la voluntad de oponer resistencia.

    Contuve mi odio y la observé con unos ojos que yo sabía que estarían tan fríos y vacíos como los suyos. Esta mujer había subestimado seriamente a su enemigo. Estas mujeres, arrodillas, preparando los miembros de esos hombres para reproducirse, eran guerreras del templo Zatari. Por las armas que ellas llevaban y las túnicas blancas sobre las que se arrodillaban, supuse yo había sido capturado y llevado al Templo de la Ley.

    —Suéltame —demandé, completamente expectante a que ella se negara.

    —No lo creo. Aún no hemos terminado contigo.

    La anciana arqueó una ceja mirando hacia mí y lenta y deliberadamente inspeccionó mi forma desnuda, tomándose su tiempo para estudiar al abultado pene que sobresalía de entre mis piernas. Con cada segundo que pasaba, mi odio hacia ella crecía. Los cinco templos Zatari habían estado en guerra con mi gente, el pueblo Delti, desde mucho antes de mi nacimiento y, probablemente, estarían en guerra con ellos mucho tiempo después de mi muerte. Ambos bandos torturaban y mataban rutinariamente a cualquier enemigo que tuviera la mala suerte de ser visto ingresando ilegalmente a sus territorios. El día de hoy, ese intruso, era yo.

    —¿Qué es lo que quieres de mí? No me ofreceré como voluntario para ser un criador.

    Estas mujeres necesitan las ceremonias de cría porque ellas adoptaron el estilo de vida de las míticas sociedades Amazónicas, las legendarias mujeres que habían caminado el planeta Delti mucho antes de que Guerra de Plagas la destruyera. Ellas culparon a la mitad masculina de la raza de toda la guerra, del genocidio y las plagas, de la contaminación y la devastación del planeta que había destruido durante miles de años a la cultura humana. Eso no implicaba que yo no estuviera de acuerdo, ¿pero una sociedad sin hombres? No podía comprender por qué alguna mujer no desearía tener a una mano firme para guiarla, para protegerla y poseerla hasta la sumisión. Las mujeres siempre encontraban placer bajo mis manos. ¿Por qué estas mujeres se negarían a sí mismas a disfrutar del placer de ser sometidas mientras que un miembro duro las llena desde atrás?

    —No necesitamos tu aprobación para tomar tu semilla.

    Mi abdomen se contrajo de ira y las cadenas se sacudieron ante mi irritación.

    —¿Romperías el tratado, después de cientos de años de paz?

    Mi pueblo, mi padre, gobernaban la otra mitad del mundo. Una sociedad donde se había logrado la paz con el planeta y el poder antiguo que ofrecía había despertado nuevamente. Éramos fuertes de mente. Estábamos conectados al alma de la madre, al planeta mismo. Podíamos leer las mentes de los demás, comunicarnos telepáticamente, crear ilusiones o ver a través de las mentiras creadas por otros, influenciar pensamientos e identificar a nuestras Compañeras Predestinadas...

    Una joven y núbil mujer que vestía una traslucida túnica blanca entró a la habitación y caminó hasta detenerse frente a mí. Su cabello era largo y caía casi a la altura de su cintura. Sus ojos oscuros combinaban con su cabello negro y ella dejó caer su vestimenta revelando unos senos redondos y unas caderas bien contorneadas.

    —¿Es este, Lady Hathra? —ella se dirigió a la anciana, pero pasó las manos por mi pecho y haciéndome anhelar un mayor contacto piel a piel, a pesar de que el desprecio inundaba mi mente con el deseo de matar a la anciana que estaba parada detrás de ella.

    —Si. Dale un baño. Asegúrate de que esté preparado. La Suma Sacerdotisa en persona debería criarlo esta noche.

    —Sí, mi señora.

    La mujer se tomó su tiempo para mirarme y yo apreté los dientes para evitar suplicar por alivio mientras la anciana vestida de negro se

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