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El embrujo del Páramo de Hawke

El embrujo del Páramo de Hawke

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El embrujo del Páramo de Hawke

valoraciones:
5/5 (1 clasificación)
Longitud:
315 páginas
7 horas
Editorial:
Publicado:
Dec 18, 2018
ISBN:
9781547561735
Formato:
Libro

Descripción

El Londres victoriano muestra poca misericordia, cuando por divorcio deja a Anne Kinelly en la indigencia siendo abandonada por su esposo. Anne logra evitar su futuro sombrío gracias a las acciones misericordiosas de su abogado, que por golpe de suerte, encuentra una casa olvidada y dejada en sucesión por las generaciones anteriores. Los desolados páramos de Yorkshire serán su hogar mientras intenta revivir una casa abandonada, donde el viento susurra en los alféizares de las ventanas.

En poco tiempo, Anne descubre que las advertencias que le hacen los vecinos pueden ser más que supersticiones. Anne, a medida que se le revela la historia brutal de la casa y de su fundador Richard Hawke, descubre que pueden haber más entidades en la casa que solo ella y su doncella.

Editorial:
Publicado:
Dec 18, 2018
ISBN:
9781547561735
Formato:
Libro

Sobre el autor


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El embrujo del Páramo de Hawke - Camille Oster

Capítulo 1


Londres, 1873.

Anne Kinelly estaba de pie en el banquillo de los acusados junto al juez; ¿o era un púlpito? No, seguramente, no se llamaba así. Se escucharon susurros en toda la sala mientras ella permanecía allí, tratando de mantenerse fuerte. Tal vez su apellido ya no era Kinelly. Su esposo se sentó al otro lado de la sala de audiencias evitando mirarla a los ojos. Sus labios estaban rígidos y tensos, su pelo estaba esmeradamente peinado.

Los ojos de todos estaban puestos en ella, juzgándola como indecente y anormal. Stanford vivía con su amante, pero ella era la acusada de adulterio. Nunca había cometido adulterio, pero un hombre, que apenas ella conocía, fue cómplice de las acusaciones de Stanford, y le dijo al mundo lo seductora que había sido con sus insinuaciones.

Su ruina era completa.

Se había alojado en una pensión, pero sus escasas provisiones se estaban agotando. Su esposo le había interrumpido su asignación de dinero y no tenía medios para mantenerse en el futuro.

Damas y caballeros elegantemente vestidos susurraban entre ellos, algunos de ellos se divertían con su desgracia, otros parecían tristes. No había vuelta atrás. Ella era tratada como una leprosa, temían el contagio de sus astucias, de su falta de carácter, o de cualquier otra falta que obligó a su esposo a dar este paso tan drástico.

En verdad, él quería casarse de nuevo, su amante se había cansado de estar escondida, y mucho menos sabiendo que su riqueza y posición podían disfrutarlas juntos en Londres. Anne sería arrastrada por el polvo del pasado, para ser olvidada e ignorada. Una solterona solitaria era ahora su única compañía, una niña hosca que no estaba contenta con todas estas circunstancias que también negativamente la afectaban a ella.

Quizás, si ya no se llamaba Kinelly, podría volver a utilizar su apellido de soltera; Sands. Al menos sus padres no estaban vivos para ser deshonrados por toda esta fatídica situación. Podría ahorrarles eso, al menos.

El juez golpeó el martillo finalizando así el divorcio. Está hecho. El murmullo se hizo más fuerte y Anne pudo sentir la desaprobación que emanaba del público quemándole la piel. La gente comenzó a irse, pero aún quedaban preguntas sin respuesta. Stanford fue el primero en irse, ignorando las preguntas. A él no le importaba; no le había importado desde hace muchos años, solo la veía como una molestia que arruinaba su hogar. Harry, su hijo, había sido lo único que tenían en común, pero su desaprobación era tan profunda como la de su padre. Ella no lo había visto durante meses desde que regresó a Oxford para continuar con su educación. Pensar en el joven alto y desgarbado le transmitió una sensación cálida a su corazón helado y maltratado, pero sus cartas ahora volvían sin abrir, y eso probablemente la había herido más que cualquier otra cosa en toda esta locura.

Nadie le habló cuando ella bajó lentamente y caminó hacia las grandes puertas en la parte posterior de la sala del tribunal. Ella no era nadie ahora, era solo una persona sin importancia. Los hombres no eran educados, incluso uno de ellos chocó con ella sin disculparse. Frotándose el brazo dolorido, caminó a través de la enorme sala y salió a las calles sintiéndose aturdida.

La pobreza implacable se alzaba ante ella. Ni siquiera se le había asignado una pequeña anualidad. Las lágrimas le escocían en los ojos mientras miraba a los vendedores ambulantes a lo largo de la calle gritando a los transeúntes y empujando sus mercancías. Ella necesitaba conseguir algún medio de sustento o terminaría en el asilo de indigentes. El mundo como ella lo conocía se le había derrumbado, pero la ciudad a su alrededor se ocupaba de sus asuntos sin darse cuenta de ello.

Stanford probablemente se había convencido a sí mismo de que ella era la culpable, porque él quería que fuera cierto, aliviando así su propia responsabilidad y culpa. Nunca había sido un hombre generoso, pero ella había hecho todo lo posible por amarlo durante todos esos años, y eso era lo último que él quería de ella, él solo quería su ausencia.

Sosteniendo cerca de sí su bolso de mano, caminó por las calles cada vez más escabrosas y oscuras. Odiaba vivir en esa parte de la ciudad, pero no podía permitirse otra cosa. Mejor era estirar los pocos centavos que tenía, que gastarlos de una vez en Mayfair. La desesperación volvió a invadirla, pero el abandono de Harry le dolía aún más.

Las divorciadas tendían a no vivir mucho y ella entendía por qué. Ahora enfrentaba una gran incertidumbre y tenía poca aptitud para superarla. Solo había esperado ser una esposa, y nunca volvería a serlo. Ella no tenía destrezas provechosas, pero tal vez podría coser algo. Este era un trabajo mal pagado y probablemente no sería suficiente para sobrevivir. Su desgracia la mantenía fuera de cualquier profesión honorable, como ser acompañante o institutriz. Todo parecía imposible.

—Te ves perdida, amor —dijo sonriendo un hombre sucio. Sus negros dientes podridos y su hedor la asquearon. Ella era lo suficientemente inteligente como para saber que la ayuda no estaba disponible en esta ciudad, y que este hombre probablemente estaba buscando robar las pocas monedas que a ella le quedaban.

—No lo estoy —dijo ella tan severamente como pudo.

—¿Estás segura de que no puedo ayudarte?

—Vete. Hay un policía a la vuelta de la esquina de la que acabo de venir.

Los ojos del hombre se entrecerraron y por un momento pareció inseguro sobre qué hacer, pero el miedo a la ley finalmente ganó y se escabulló.

Tendría que estar pendiente de que él no la siguiera y la acosara en un callejón oscuro, después de haberla elegido como víctima de sus actos deshonestos. Tal vez no debería mostrar lo abatida que se sentía, atrayendo de ese modo a cualquiera dispuesto a molestar a los débiles y perdidos. Enderezando su postura, caminó a un ritmo más rápido, pero todavía estaba muy lejos de sus horribles y pequeñas habitaciones que olían a col hervida.

*

Anne estaba sentada en el recibidor de su nuevo alojamiento, donde Lisle dormía por la noche junto al único dormitorio. No había cocina, por lo que todas sus provisiones tenían que comprarlas en la calle de abajo. Cada día, su pequeño puño de monedas disminuía, y llegaría el día en que no podría pagar el alojamiento.

¿Qué opciones tenía ella? Tendría que enviar una carta a Stanford, o tal vez incluso a Harry, pidiendo ayuda. Sintiendo el picor de las lágrimas y la congestión de su nariz, pellizcó su puente para evitar llorar una vez más.

La puerta, con bisagras que llevaban años sin haber visto el aceite, se abrió detrás de ella.

—Hay una carta para usted, señorita.

Incluso Lisle fue mal intencionada al señalar su disminuida estatura social. Sin duda, pronto perdería a Lisle, quien preferiría una gran casa para vivir y trabajar, en lugar de estar aquí con un bebé con cólicos en el piso de arriba, y golpes constantes mientras la gente subía y bajaba las escaleras justo afuera de sus habitaciones.

Pero había una carta, la primera comunicación que había tenido desde el divorcio. Ella notó el sello del señor Charterham, su abogado, un hombre desacreditado y con desaprobación que su esposo había contratado para representarla en el divorcio. Sin duda, para desilusión de Stanford, una mujer no podía divorciarse sin alguna forma de representación.

Rompiendo el sello, vio la solicitud de que ella fuera a verlo. No dijo nada más. Atravesar la ciudad hasta las oficinas de Charterham era una tarea onerosa, parecía casi insuperable, pero no tenía nada más que hacer, aparte de pasar otro día mirando el papel tapiz dañado y descolorido. Quizás esta misiva llegara incluso con alguna esperanza. Tal vez Stanford estaba, en su nivel más profundo, admitiendo que orquestó su desaparición y finalmente sintió algo de culpa, lo suficiente como para mantenerla fuera del temido asilo para indigentes.

—Necesitaré mi abrigo —dijo Anne.

—¿Va a salir de la casa hoy? —dijo Lisle, de una manera demasiado atrevida para una sirvienta, su consideración hacia su respetabilidad había cambiado, y ahora apenas había contenido la burla en su voz.

—Parece que sí —dijo Anne, más por el simple hecho de hablar que por tener cualquier interés real en hablar de sus asuntos con Lisle.

Anne colocó su sombrero en el espejo roto junto a la puerta y aceptó el abrigo con el que Lisle la ayudó. Ella lo abrochó y notó en su torso, que el abrigo le quedaba más grande que hacía unas semanas. La incertidumbre y la angustia habían ahuyentado su apetito, no ayudado por la insípida y dudosa comida que compraban en la calle.

Tan triste como estaba, esta misiva de su abogado era la única débil esperanza que tenía en su horizonte. Seguramente no la llamaría a su oficina sin ningún motivo. Tal vez Stanford había decidido enviar algunos de sus efectos personales, los cuales ella podría vender. Cualquier cosa era necesaria en este momento, aunque solo fuera para evitar que se hundiera en el oscuro abismo en que amenazaba sumergirse, a menos que ella se fortaleciera.

Las calles eran un revuelo de actividad, carruajes y caballos, carretas y personas. Los verduleros ambulantes estaban en todos los espacios disponibles promocionando sus productos, mientras el humo negro del carbón los envolvía.

Anne pasó junto a una cafetería y el aroma hizo que se le crisparan las entrañas por el deseo, pero se negó a desviar las monedas a tales placeres. ¿Volvería a tomar una taza de café? ¿Perdería todos los pequeños placeres de la vida? A los treinta y cuatro años de edad, tal vez nunca probaría otra vez la dulzura de los pasteles o el sabor del buen vino.

Ella caminó por la calle Fleet, en la que no faltó que una carreta rasgara su chaqueta. En general, tenía suerte de estar viva, pero una rasgadura no la ayudó. Es probable que esta ropa le dure mucho tiempo. Una vez más, sintió ganas de darse la vuelta y escabullirse de regreso a sus habitaciones para encerrarse en su interior, pero la esperanza estaba al final de este viaje y necesitaba eso más de lo que necesitaba esconderse.

Las oficinas del señor Charterham estaban subiendo unas escaleras, por un vestíbulo oscuro revestido de pesada caoba, hasta llegar a una puerta con su nombre en letras doradas.

Un empleado estaba sentado en un escritorio, garabateando en un gran tomo.

—Ah, señora Kinelly —dijo con una sonrisa sin humor—, por favor tome asiento.

Ella lo hizo, sin molestarse en corregirlo sobre su estado civil. ¿Qué importaba? Tal vez lo hizo a propósito para no destacar su abyecta reducción de estado civil. Era una amabilidad de su parte, aunque solo fuera por eso. La amabilidad era algo que últimamente ella raramente había visto.

Se abrieron otras puertas y apareció el señor Charterham.

—Señorita Sands, por favor entre.

Charterham no se tomó tantas molestias por preservar su estado civil. Ella sonrió con fuerza y se levantó, esperando que Charterham no esperara el pago por esta visita, ya que en este momento sería tan devastador para ella como el divorcio. Era gracioso cómo cosas tan pequeñas representaran el desastre.

—Por favor tome asiento —dijo el señor Charterham y regresó a su silla. Los documentos estaban esparcidos sobre su escritorio. La silla crujió cuando se sentó y ahora a ella la molestó esa situación. Ella nunca se había sentido cómoda en su presencia—. No es nada bueno lo que le ha pasado, y he sentido lástima por su situación.

—Gracias —dijo ella, sin saber a dónde iba todo eso.

—Entonces, pensé que vería qué se puede hacer por usted —dijo más animado, recogiendo unas gafas y poniéndoselas. Él tomó una hoja de papel—, y hemos tenido cierto éxito.

Anne parpadeó, con la esperanza en aumento.

—De hecho, le hemos encontrado una casa.

—Una casa —repitió Anne sin aliento.

—Una casa señorial incluso, pero no se emocione. Es vieja y está desocupada. No estoy seguro de que sea apta para vivir.

—Donde estoy ahora no está lejos de esa condición —admitió en un raro espectáculo de honestidad sobre lo pobre que era su situación.

El señor Charterham sonrió indulgentemente.

—Ha sido cedida por una de sus tías abuelas, pero nadie la ha querido, así que ha estado allí desde entonces. La ubicación es igualmente desolada, me temo. Yorkshire. Pero es algo.

Una casa. Ella tenía una casa, intocable por Stanford, quien había tomado todo lo demás. Este fue un golpe de suerte que ella apenas podía creer.

Charterham buscó un sobre que mostraba signos de polvo y manchas. Él lo abrió.

—Y aquí está la llave, al parecer, ha estado esperando a que alguien viniera a reclamarla. Sacó una llave de hierro negra. Era grande y pesada, obra de una época pasada. Anne la tomó y sintió la frialdad del metal filtrarse en su mano. La esperanza estaba en su mano. Una casa, y ella podría cultivar vegetales, tal vez hasta criar ganado. Ella no se moriría de hambre, y el espectro del asilo para indigentes se desvaneció.

—No sé cómo agradecerle, señor Charterham —dijo de nuevo con lágrimas picándole la nariz, pero esta vez de alegría.

—Simplemente estoy contento de que esto haya sucedido. No me gusta ver a las mujeres en circunstancias tan desgraciadas. Nos refleja pobremente como sociedad, es lo que pienso. Estoy contento. Deseo la mejor de las suertes para su futuro.

Tal vez el señor Charterham fue una de las pocas personas que conoció que no creía en el estigma asociado al divorcio. Ella no era en realidad una persona diferente a la de hace una semana, pero él se había tomado el tiempo y el esfuerzo para ayudarla, y ahora ella tenía un futuro gracias a este hombre.

Una vez más, ella se lo agradeció encarecidamente, despidiéndose como una persona mucho más segura, con la llave aún apretada en la mano. Esta casa era suya y nadie podría quitársela. Ahora incluso tenía un lugar donde Harry podría ir a visitarla si elegía volver a reconocerla, pero como tenía sólo diecisiete años, otras preocupaciones ocupaban su mente.

Capítulo 2


El tren se detuvo en la estación de destino y Anne se levantó, excusándose a sí misma y a Lisle, mientras pasaba la falda por las rodillas del hombre sentado frente a ellas. Tomando la manilla, abrió la puerta del vagón y sacó su paraguas. Había comenzado a llover y no habían podido apreciar el paisaje durante la última hora más o menos, pero finalmente, había aire fresco.

Un portero llegó y descargó sus baúles corriendo bajo la lluvia, mientras ellas se retiraban hacia el pequeño edificio pizarra de la estación. Los pasajeros se embarcaron, y los maquinistas ferroviarios corrieron a llenar la locomotora con agua. El vapor blanco los envolvió, luego comenzaron a escucharse los profundos y pesados chirridos del tren que avanzaba de nuevo, y la columna de vapor era transportada por el viento. El tintineo de los vagones se escuchó cuando el tren ganó velocidad, luego se desvaneció dejando un zumbido en el oído de Anne con la ausencia del ruido.

—Bienvenido a la estación de Goathland —dijo el viejo portero, el agua goteaba de su gorra—. Soy David Canning.

—Señorita Sands —dijo Anne asintiendo—¿Podría decirnos cómo conseguir algún transporte para nosotros y para nuestros baúles?

—Claro que puedo, señorita —dijo el hombre—. ¿A dónde irán?

—Señorío de Hawke —dijo teniendo que hablar en voz alta por la creciente lluvia.

El hombre parpadeó y no dijo nada por un momento, solo la miró.

—¿Sabe dónde es?

—Lo sé —dijo al fin—. Está en un camino cerca de la granja de los Turner.

—Oh —dijo Anne encantada de saber que había algunas personas cerca. Por un momento temió que fuera totalmente desolado, a juzgar por la expresión en blanco de la cara del señor Canning.

—Necesitamos cruzar el puente por allá —dijo señalando una estructura en arco que se extendía sobre las vías hacia el otro lado—.  Jonah —llamó volteando hacia el edificio de la estación, y salió un chico apresurado en ponerse la gorra. Agarraron los baúles y caminaron hacia el frente—. Tengan cuidado, el piso mojado puede estar resbaloso.

Anne se agarró a la barandilla y comenzó a cruzar el puente, viendo un río que corría no muy lejos. Más allá era difícil ver algo bajo la lluvia. La calidez dentro del carruaje se disipó, y comenzó a sentir el frío húmedo subiendo por su faldón.

Aparte de la estación, no había mucho en Goathland: una tienda, un salón de té y un pub, y algunas casas de la gente que vivía en este pueblo.

—Veré si Tom puede llevarla —dijo el señor Canning—. El vicario tiene un carruaje que podría prestarlo mientras sopla el viento. Hay un salón de té aquí, si desea un refrigerio.

—Podríamos comprar algunas provisiones —dijo Anne señalando la tienda.

El señor Canning se tocó la gorra y se alejó, echando una última mirada hacia atrás. Lisle se sentía mal bajo la lluvia sosteniendo su abrigo sobre su cabeza, apresurándose mientras caminaban hacia la tienda. Sonó una campana cuando se abrió la puerta, y vio a un hombre de pie detrás del mostrador, con un delantal blanco y el bigote bien arreglado, que las observó impasible mientras se acercaban. Anne sonrió, pero el hombre no le devolvió la sonrisa; en cambio, su mirada se desplazó por su capa de satén azul marino. Hasta el momento, las personas que había visto por aquí vestían lana gris, por lo que su ropa podía identificarla como extraña a estos lugares. Su acento londinense también lo hacía.

—Un poco de harina, ¿cinco libras. Miró a su alrededor y vio un poco de jamón debajo de una tela—. Y una libra de jamón. ¿Tiene semillas?

—¿Qué tipo de semillas? ─Su voz era ronca con un fuerte acento de Yorkshire.

—¿Guisantes? —dijo Anne animadamente—, cebollas, semillas de vegetales de jardín de cocina.

—Detrás, en la parte de atrás —dijo sin moverse para ayudar, y Anne se acercó, su falda estaba goteando sobre el suelo polvoriento.

Los paquetes de papel contenían semillas y ella escogió variedades diferentes. Las verduras no eran algo que había cultivado antes. Las flores habían sido su interés y afición, pero sus necesidades ahora eran diferentes, particularmente si ella comenzaba a vivir muy lejos de otras personas. Excepto de estos, solo estaban los Turner, con los cuales esperaba llegar a tener un buen trato.

La disposición del hombre no mejoró, y Anne se sintió muy a disgusto mientras estaba en su tienda. Pagó y llevó los paquetes afuera, esperando otra vez debajo de una entrada cubierta, a que los ayudaran a llegar a su destino. El señor Canning vió que era problemático conseguir el transporte, no sabía qué hacer, pero al poco tiempo llegó un hombre, con un abrigo y un sombrero empapados, conduciendo un modesto carruaje en el que realmente solo le quedaba puesto para una persona. Tuvieron que apretarse, el vidrio ovalado en la parte trasera estaba opacado por la humedad.

Lisle se durmió, pero Anne observó que el paisaje cambió volviéndose cada vez más desolado. Todo lo sentía mojado, incluida su ropa, y la enfrió, incluso cuando en el interior del carruaje hacía un calor pegajoso.

Pasaron por algunas casas de campo, pero estas eran pocas y distantes. Comprobando el reloj de su bolso, que había pertenecido a su marido antes de comprar uno más fino, observó que habían viajado dos horas. No sería una tarea fácil volver al ferrocarril, o tal vez incluso ir a la tienda de provisiones. Tendrían que aprender a ser autosuficientes, al menos por ahora.

El conductor no dijo una palabra en todo el camino, el caballo avanzaba a un ritmo parejo por la estrecha carretera de grava. La lluvia se detenía y comenzaba de nuevo, pero era uniformemente gris.

A pesar del mal tiempo, Anne tenía su corazón lleno de esperanza. Considerando su situación, tuvo la suerte de tener eso. Es posible que no haya mucha gente en los páramos, pero el conocimiento de su condición de divorciada llegaría hasta allí, desde ahora hasta el día en que falleciera. Ella solo tendría que acostumbrarse a una vida más solitaria, sin duda llena de trabajo desde el amanecer hasta el anochecer, y en lo inmediato, estaría ocupada en sembrar el jardín de cocina. Si nadie había vivido en esta casa desde hace tiempo probablemente estaría cubierta de maleza, tal vez incluso irreconocible.

En verdad, no tenía idea de que le esperaba. Era un señorío, por lo que era más grande que una casa de campo. Probablemente construido con la misma piedra gris que cualquier otro edificio de esa zona. Con suerte, tenía un techo. Si fuera una ruina, las cosas serían infinitamente más difíciles, pero si tuviera que aprender a techar, lo haría. Ella no tenía más opción.

Eventualmente, el carruaje se desvió hacia un camino más pequeño; una senda, era tal vez una mejor descripción, que iba serpenteando y subiendo hasta una colina. Dos finas orugas de piedra guiaban el camino. No había señales de que hubiera habido ningún tipo de vehículos en el sendero, y aparte de las piedras colocadas, no había nada que indicara que se trataba de un camino.

El carruaje era inestable y se inclinaba torpemente en algunos lugares. Incluso Lisle no pudo dormir en la travesía y se aferraba fuertemente a las manijas. El caballo se esforzó por llevarlos por el terreno desigual de la senda.

Al doblar la colina, vieron la casa a lo lejos. Tres pisos, con techo. Anne dio un suspiro de alivio. El techo al menos estaba allí y parecía estar intacto. Ventanas intercalaban la piedra gris, con algunos paneles faltantes. Un par de dependencias estaban a un lado, pero la naturaleza había reclamado el patio. Un abedul había crecido al lado de las escaleras que conducían a la entrada principal.

El carruaje atravesó la gravilla alrededor

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