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Zigmunt Bauman. Modernidad y globalización

Zigmunt Bauman. Modernidad y globalización


Zigmunt Bauman. Modernidad y globalización

valoraciones:
4.5/5 (3 valoraciones)
Longitud:
127 páginas
2 horas
Publicado:
Dec 5, 2018
ISBN:
9789876994552
Formato:
Libro

Descripción

Recientemente fallecido, el sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman ha sido y es uno de los más influyentes intelectuales de nuestro tiempo. En este libro repasa algunas etapas fundamentales de su itinerario teórico, aportando valiosas coordenadas para comprender mejor las transformaciones que embistieron contra las tradicionales cartografías políticas y culturales de la sociedad en la que vivimos. Apasionado y riguroso como era su costumbre, nos convoca a reflexionar sobre las nuevas formas de soberanía política, los peligros del "comunitarismo", la relación entre individuo y sociedad, las diversas manifestaciones de la globalización, el pasaje del Estado social al Estado penal, la importancia del laboratorio político de Europa y el sentido mismo de la modernidad. Y subraya la idea de que la sociología es “un permanente interrogante sobre la experiencia común”, un instrumento todavía indispensable para hallar las preguntas justas con las cuales “llegar a descubrir con la mayor proximidad posible las aún ocultas posibilidades humanas”.
Publicado:
Dec 5, 2018
ISBN:
9789876994552
Formato:
Libro

Sobre el autor


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Zigmunt Bauman. Modernidad y globalización - Giuliano Battiston

bibliográficas

Introducción

Por Guiliano Battiston

Es difícil juzgar la realidad en la que vivimos, individualizar en ella las tendencias más significativas, distinguir lo que es relevante de lo que es simplemente superficial, comprender su sentido. De hecho, al hacerlo, nos arriesgamos a quedar demasiado adheridos a nosotros mismos o, al contrario, a caer en la ilusión de que podemos prescindir de la influencia que inevitablemente ejercemos sobre la realidad. Aunque los sociólogos lo saben, los remedios que ofrecen suelen ser ineficaces: para evitar permanecer envueltos en un subjetivismo demasiado evidente, algunos creen que es suficiente con adoptar una visión macroscópica, a vuelo de pájaro, y que de este modo es posible transparentar la realidad a los ojos propios y ajenos. En cambio, otros más perspicaces reconocen que no es posible observar desde afuera el mundo circunstante, entonces traducen esta percepción en una cesión resignada a la heterogeneidad de cada uno de los fenómenos sociales, a los que se limitan a catalogar de modo didascálico y protocolar.

Zygmunt Bauman, sociólogo sui generis, no pertenece ni a la primera ni a la segunda de estas categorías. Esto es así porque ha hecho de la observación inquieta y de la continua oscilación entre lo particular y lo general, entre los aspectos circunstanciales de la vida y las líneas de tendencia en las que se sitúan, el código distintivo de un largo recorrido de anatomista de la sociedad contemporánea. Pero, sobre todo, porque parte de la convicción de que el arraigo en el presente no solo no perjudica la actividad del observador sino que, al contrario, constituye una de las condiciones necesarias para que su trabajo no se limite al simple ejercicio de descripción o compilación.

En esta entrevista, el autor de La posmodernidad y sus descontentos vuelve a reflexionar, ofreciendo nuevas claves de lectura, sobre las transformaciones en los sistemas políticos y las estructuras sociales tradicionales con el paso a la Modernidad líquida. Considera que la sociología efectivamente aún debe nutrirse de su ambición por explicar la realidad. Pero solamente podrá hacerlo si renuncia a cualquier tendencia apodíctica y se entrega, antes que al rigor de un método epistemológico, a una fuerte tensión ética: de la dependencia exclusiva al método solo puede nacer un incierto balbuceo académico, frágil frente a la ambivalencia de lo real, y áfono frente a los preocupados e insistentes interrogantes de los habitantes de La sociedad sitiada. En cambio, de la tensión ética —una tensión nacida de la adhesión al presente y de la preocupación responsable por el futuro— puede surgir aquella urgencia de justicia que nos impide quedarnos quietos.

Esto nos invita, por un lado, a poner en evidencia los engaños de quienes levantan potentes muros en torno a las aún ocultas posibilidades humanas y, por otro lado, a reconocer el carácter provisorio, incierto, revocable y contingente del orden social; un orden que los custodios de la simple existencia presentan como necesario e inalterable. Se trata, sostiene Bauman, de un reconocimiento que puede llevarnos tanto a tirar la toalla como a actuar, pero que al menos garantiza la ocasión de ejercer nuestra libertad como seres humanos y ciudadanos, porque para operar en el mundo (en vez de ser manipulados por él) es necesario conocer cómo opera el mundo.

En las páginas siguientes, el sociólogo polaco se interroga, entre otras cosas, sobre las nuevas formas de la soberanía política, los peligros del comunitarismo, la relación entre individuo y sociedad, las diferentes manifestaciones de la globalización, el pasaje del Estado social al Estado penal, las formas de seducción del poder, la importancia del laboratorio político de Europa, el gobierno de Barack Obama y el rol mismo de la sociología. Temas evidentemente diferentes entre sí, pero que convergen en un único núcleo que nuevamente refleja la intención de conocer el estado de las cosas para luego individualizar los instrumentos que permitan cambiar aquel estado o las cosas mismas.

Por tanto, en sus respuestas, Bauman nos exhorta a proteger nuestro bien común más valioso —la sociedad en la que vivimos— del analfabetismo ético-cultural de los que nos enseñan que cualquier cosa que se alcance en la vida solamente se puede obtener a pesar de la sociedad, y no gracias a ella.

Nos solicita también que rechacemos las recetas de los que quieren reducir los espacios públicos a enclaves y que recuperemos, en cambio, la fe en la eficacia del discurso público y en su capacidad de promover una acción colectiva para refundar el ágora.

Pero, sobre todo, encontraremos la esperanza de que estas respuestas puedan provocar nuevas preguntas: después de todo, escribe el avezado sociólogo europeo en En busca de la política, ninguna sociedad que olvide el arte de formularse preguntas o que permita que este arte caiga en desuso puede anhelar encontrar respuestas a los problemas que la inquietan, naturalmente no antes de que sea demasiado tarde y que las respuestas, aunque correctas, se hayan vuelto irrelevantes.

Capítulo 1

Modernidad líquida y globalización

Profesor Bauman, para caracterizar la fase actual de la modernidad se han empleado diversas definiciones: segunda modernidad, modernidad reflexiva, posmodernidad, tardo-modernidad, por mencionar solo aquellas que circulan con mayor frecuencia en el debate académico. Por su parte, usted ha sugerido que la sociedad de comienzos del siglo XXI no es menos moderna que aquella de comienzos del siglo XX, sino moderna en un sentido diferente, y para describir esta diferencia recurrió al acertado concepto de modernidad líquida. ¿Por qué decidió adoptar esta metáfora después de haber usado durante algún tiempo la categoría de posmodernidad?

Renuncié a describir la condición presente como posmoderna por dos razones principales. En primer lugar, porque se trata de un término meramente negativo (la condición en la que nos encontramos aquí y ahora se ubica en el margen extremo de la modernidad) que no nos ayuda a comprender las características propias de la condición que siguió después. En segundo lugar, porque erróneamente sugiere la idea de que la era de la modernidad ha concluido. Por la misma razón encontré insatisfactorio el concepto de segunda modernidad.

Contra la tardo-modernidad, mi argumento es el siguiente: ¿cómo hacemos para reconocer que es tardía?. Podemos hablar de antigüedad tardía o de medioevo tardío solo a partir de una prolongada distancia retrospectiva, gracias al conocimiento de los acontecimientos posteriores; y a menos que uno sea un profeta (cosa que yo no soy), no es posible establecer legítimamente, desde el interior de una determinada condición, que tal condición es tardía.

¿Y en cuanto a la modernidad reflexiva? Bueno, existen importantes argumentos que defienden la idea de que nuestra condición es experta en sofocar y reprimir la reflexión (en palabras de Cornelius Castoriadis, vivimos en una sociedad que ha dejado de cuestionarse a sí misma). Desde mi perspectiva, la modernidad es entonces un estado de modernización permanente, obsesiva y compulsiva.

Según esta definición todavía somos modernos, quizá más que nunca. De hecho, esta moderna obsesión/compulsión alcanza la plena madurez en la fase líquida de la modernidad. Retrospectivamente, el primer estadio de la modernidad, la fase clásica, aparece por lo tanto como una condición a medias, que revela plenamente sus potencialidades maduras en la fase líquida. ¿Por qué líquida? En su fase clásica (que en sentido retrospectivo podemos llamar, en oposición al estadio actual, sólida) la modernidad ya tenía que ver con la disolución de los sólidos (las tradiciones, los vínculos, las estructuras rígidas, la rutina arraigada, las relaciones duraderas, las normas heredadas, etcétera), pero estaba impulsada por la intención de sustituirlos por otros mejores: por sólidos que fueran aún más sólidos y que, moldeados por la razón para perdurar, dejaran de ser vulnerables y no requirieran ulteriores mejoras. En síntesis, que fueran perfectos. La modernidad líquida prosigue este trabajo de disolución, pero no permite que aquello que fue disuelto se enfríe, se congele o se endurezca, consolidándose. Estructuras, normas, vínculos, se encuentran ahora en un permanente estado fluido.

Además del evidente rigor analítico, en sus libros se destaca cierta atención a la dimensión divulgativa, y no es casualidad que, para dar precisión a los análisis teóricos, con frecuencia haga referencia a metáforas muy convincentes. Para describir el pasaje de la modernidad sólida a la líquida, usted sostuvo por ejemplo que la fase actual de la modernidad es comparable a la actitud del cazador. ¿Cuáles son las principales características de esta fase y en qué términos se diferencia de las precedentes?

En Legisladores e intérpretes: sobre la modernidad, la posmodernidad y los intelectuales (Bauman, 1997), un libro escrito ya hace muchos años, sugería que antes de la llegada de la modernidad, la actitud principal del hombre hacia el mundo era la del guardabosque. El guardabosque no pretende cambiar el mundo; más bien, convencido de que cada cosa es fruto de la creación divina y que la naturaleza sabe cuidarse a sí misma de la mejor manera, tiene como única tarea la de impedir y prevenir la intervención criminal del hombre, asegurándose de que siga siendo capaz de defenderse a sí misma. En cambio, en la modernidad sólida la actitud dominante es la del jardinero, aquel que tiene en mente un proyecto ideal para intervenir sobre la realidad y la naturaleza. El hecho de que antes de actuar ya tenga en mente un proyecto significa que algunas plantas que corren el riesgo de convertirse en malezas son eliminadas, mientras que otras son sembradas y cultivadas con cuidado.

La diferencia fundamental entre el guardabosque y el jardinero reside en que, mientras el jardinero cree que sin él, sin su plan ni sus acciones, sobrevendría el caos, y que establecer el orden es su responsabilidad, el guardabosque considera que el orden ya se encuentra en las cosas y que su única tarea es defenderlo de los intrusos. Sin embargo, ambos coinciden en considerar a la

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