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El médico del cannabis: Seis años tratando enfermos de esclerosis múltiple, Alzheimer, fibromialgia, glioblastoma multiforme, cáncer de mama, problemas de memoria, óseos, autismo, insomnio...
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El médico del cannabis: Seis años tratando enfermos de esclerosis múltiple, Alzheimer, fibromialgia, glioblastoma multiforme, cáncer de mama, problemas de memoria, óseos, autismo, insomnio...
Libro electrónico284 páginas6 horas

El médico del cannabis: Seis años tratando enfermos de esclerosis múltiple, Alzheimer, fibromialgia, glioblastoma multiforme, cáncer de mama, problemas de memoria, óseos, autismo, insomnio...

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Información de este libro electrónico

El cannabis medicinal se utiliza para aliviar los síntomas de numerosos problemas causados por enfermedades tales como esclerosis múltiple, fibromialgia, diversos tipos de tumores, epilepsia... En muchos casos sus resultados son espectaculares. El doctor Albert Estrada, uno de los escasos expertos del país en la materia, asegura que es un neuroprotector magnífico que a día de hoy no tiene competencia. Si la tiene en el dolor, o como antiinflamatorio, y debe mantenerse al margen de adolescentes, embarazadas y niños, salvo en casos extremos, como es la epilepsia refractaria.

La endocannabiología, así empieza a llamarse a esta especialidad médica, no solo alivia sino que ayuda a regenerar la minerlización ósea, y contribuye a mejorar la pérdida de memoria o las consecuencias de paradas cardíacas e hipoxias neonatales. Además, su concurso en los hospitales en enfermos paliativos, a los que se sobredosifica con opiáceos, puede salvar muchas vidas, como se demostró en un estudio realizado en Colorado (EE.UU.).

Estrada asegura que a medida que se vaya investigando con las distintas moléculas del cannabis se diseñarán fármacos que permitirán curar distintos tipos de cáncer, fundamentalmente de páncreas, piel y cerebro.

Un libro apasionante escrito tanto para la clase médica como para los enfermos.
IdiomaEspañol
EditorialEl Ángel
Fecha de lanzamiento24 oct 2018
ISBN9788494780455
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    El médico del cannabis - Albert Estrada

    Seis años tratando enfermos de esclerosis múltiple, Alzheimer, fibromialgia, glioblastoma multiforme, cáncer de mama, problemas de memoria, óseos, autismo, insomnio...

    Testimonios de pacientes

    Reservados todos los derechos

    © Albert Estrada, 2018

    © Editorial El Ángel, SL, 2018

    www.elangel.es

    info@elangel.es

    ISBN: 9788494780455

    Sumario

    No sabemos lo que contiene un porro

    El fabuloso CBD

    Así llegué a ser un médico especializado en cannabis

    Las plantas de cannabis

    El cannabis lleva 5000 años en el mercado terapéutico

    Es cuestión de la dosis a tomar

    El peligro del gas en los sistemas de extracción de los aceites

    Los problemas y ventajas de fumarlo

    Otras vías para el consumo de cannabis

    Más aspectos a tener en cuenta en la dosis

    Motivos para no consumir cannabis

    Los efectos antitumorales

    ¿Milagros?

    Pérdida de memoria

    Esclerosis múltiple

    Médicos y su relación con el cannabis

    ¿Qué está legalizado o ilegalizado en el cannabis?

    Conducir bajo los efectos del cannabis

    El CBD conquista las calles

    Interesantes estudios observacionales

    Hablemos de neuroprotección

    Así funciona el sistema endocannabinoide

    ¿Qué pasa si falla el sistema endocannabinoide?

    Los efectos del CBD y THC juntos

    Criterios a la hora de medicar

    Tomar CBD de manera preventiva

    Fármacos y cannabinoides sintéticos

    Perspectivas de futuro

    De las adicciones

    Tenemos que hablar de salvar vidas

    Las Asociaciones y su servicio terapéutico

    La importancia de los médicos

    Asociaciones que investigan

    Para no tener gastos de mil euros al mes en productos farmacológicos

    La Naturaleza tiende a buscar el 1-1, CBD-THC

    Los contaminantes

    Hablemos de costes

    Los circuitos del dolor

    Testimonios y confesiones de algunos de mis pacientes

    Buscando la semilla de la planta perfecta

    Lo confieso, soy médico, estoy especializado desde hace años en la aplicación del cannabis en la salud, pero nunca he consumido cannabis. A muchos del entorno del cannabis les sorprende saberlo y a ellos les digo que tampoco he consumido nunca Sintrom, ni opiáceos o Lyrica, por poner un par de ejemplos. Lo curioso es que mientras me he hartado de pautar Sintrom y a nadie le ha parecido nunca raro ni me ha dicho: ¿¡No has consumido Sintrom y sin embargo lo has pautado!?, en el ambiente del cannabis sí que me he encontrado con gente que me ha dicho: ¿Cómo te atreves a dar lecciones u opinar siquiera si nunca has consumido cannabis? Perdón, les respondo, creo que el papel del médico no es el de probar los fármacos que receta a sus pacientes sino el de conocer cómo actúan, sus posibilidades terapéuticas, su efecto en el organismo, etc. Además, en el caso particular del cannabis, los efectos son tan distintos de una persona a otra que tampoco serviría de nada que aportase mi anecdótica experiencia personal. Lo más relevante desde la perspectiva del médico son los efectos terapéuticos que pueda tener en una determinada enfermedad, no si te sientes más locuaz, más relajado o si te parece que el rojo brilla con más fuerza. Como muy bien explicó recientemente en una conferencia el Dr. Fernando Caudevila, en el segundo congreso Cannabmed, hablando del riesgo de aconsejar en base a la propia experiencia y no a la evidencia científica: Sí yo tuviera que aconsejar a los pacientes sobre el cannabis en base a cómo me sienta a mí, les tendría que decir que es una cosa horrorosa que sienta fatal, y no creo que eso fuese de mucha ayuda".

    A mi modo de ver, el médico ha evolucionado y debe evolucionar desde la perspectiva anterior que tenía la sociedad, muy paternalista, en la que el médico te decía lo que tenías que hacer y el paciente confiaba a ciegas en su sabiduría, a la actual situación, en la que el paciente está mucho mejor informado y el papel del médico se asemeja cada vez más al de un asesor técnico. Tiene que informar a los pacientes de cuáles son las posibilidades, de cuáles son las herramientas disponibles en función de las circunstancias, cuáles son las ventajas y las desventajas, los riesgos… y los pacientes deben decidir qué van a hacer en base a su propia escala de valores. Esta es una de las grandes ventajas que tiene el cannabis, que empodera a los pacientes. Los pacientes son los únicos que saben qué efectos les produce, tanto positivos como negativos, y qué importancia tienen para ellos cada uno de esos efectos. Por ejemplo, la misma somnolencia, que a un paciente le puede ir muy bien precisamente porque utiliza el cannabis para conciliar mejor el sueño y lograr un poco de descanso, a otro paciente puede ser lo que le impide tomarlo para aliviar el dolor durante el día. ¿Motivos? Puede tener que cuidar de su hija de tres años, y ver que eso no puede hacerlo bajo los efectos del cannabis, porque le deja medio dormido, por ejemplo. A un paciente con cáncer le puede venir bien el cannabis para recuperar el apetito mientras se somete a los ciclos de quimioterapia, y ayudarle a coger el peso y recuperar las fuerzas que ha perdido por culpa de su enfermedad. Sin embargo, para otro paciente, tomarlo puede ser un problema porque tiene sobrepeso y gramo que coge es peso que añade sobre la cadera, que le duele. Además, por supuesto, está la valoración personal que cada paciente haga sobre el asunto. Me he encontrado con pacientes que han rechazado el cannabis simplemente porque les daba risa y sentían que eso estaba afectando de algún modo a su identidad, que alteraba su normal percepción del mundo y les hacía comportarse y actuar de una manera que no reconocían como propia, que esa no era su naturaleza. No soy yo, recuerdo que me dijo el paciente. También he visto pacientes rechazar la cirugía o la quimioterapia porque consideraban que el sufrimiento al que se exponían no quedaba compensado por el pobre incremento en la supervivencia que la medicina les ofrecía, y nunca se me habría ocurrido meterme en una decisión tan personal y tan difícil. Ni yo mismo sé cómo reaccionaría si tuviera que enfrentarme a un cáncer. ¿Dejaría de tomar azúcar y me aferraría a cualquier tratamiento experimental del que pudiera oír hablar con tal de sobrevivir… o lo mandaría todo a la basura y me atiborraría de helado de chocolate? ¿Cómo puede nadie, médico o no, decirle a un paciente lo que tiene o no tiene que hacer en una situación así? Otra cosa es informar, con rigor y con el respaldo de la evidencia científica, para que el paciente pueda tomar la decisión que mejor encaje con sus deseos, pero la elección siempre debe quedar en sus manos.

    La mayoría de mis pacientes, sin embargo, suelen considerar que con la que les ha caído encima un poco de felicidad y bienestar en sus vidas, aunque no tenga un origen natural, sino químico, es una licencia que pueden permitirse, y no le hacen muchos ascos a las risas del cannabis. Sinceramente, yo también creo que se lo han ganado.

    Así pues, y dejando a un lado que determinados pacientes tengan que cuidar de familiares, tengan que trabajar, o lo que sea, en general, para la mayoría de las personas es más importante que alivie el dolor. Incluso, si llegara el caso, no les importa quedarse medio dormidos y tener ocasión de descansar. Al fin y al cabo, ninguna de estas decisiones se toma de por vida. Un determinado fin de semana puedes no tomar nada, porque habéis decidido hacer una escapada en familia y tienes que conducir, y el siguiente puedes pasártelo apalancado en el sofá, sin enterarte de la película que estás viento… pero sin sentir tampoco ese dolor que nunca te da tregua.

    No sabemos lo que contiene un porro

    Vivimos en la era de la información y en el caso de la medicina la vía del conocimiento siempre ha sido la del aprendizaje. En la facultad, a los médicos nos enseñan, entre otras muchas cosas, a formarnos y a mantenernos actualizados. La medicina es, por fortuna, un campo lleno de avances científicos. Cuando sale un nuevo fármaco al mercado no nos retiran el título de licenciados y nos obligan a todos los facultativos a regresar a las aulas, tenemos las herramientas para evaluar la evidencia científica a medida que se publica e incorporar esos nuevos avances a nuestro arsenal. Y eso fue lo que hice. Es cuestión de buscar y de leer. Me mueve a la risa cuando me pintan cuadros como el de que las farmacéuticas lo controlan todo, porque los estudios científicos que hay, están ahí, están publicados y nadie los puede ocultar ni desacreditar.

    Hay que advertir a los que se acercan por vez primera al mundo del cannabis que de esta planta y sus propiedades sabemos mucho porque conocemos su existencia y posibilidades desde hace 5.000 años. Esto nos permite saber que no te puedes matar con una sobredosis de cannabis, y eso que a lo largo de la historia se han hecho auténticas barbaridades con el cannabis. En tiempos de Luis XIV se llegaban a tomar bolas de hachís del tamaño de una nuez, y nunca jamás se ha producido una sola muerte que se haya podido atribuir a una sobredosis cannabica.

    La absoluta falta de riesgo de muerte por sobredosis no es lo único que tenemos claro. Sus efectos secundarios son de sobra conocidos y no cabe esperar grandes sorpresas al respecto; dicho conocimiento está avalado por el uso de la planta durante milenios, de modo que hay cosas que sabemos con total seguridad. Eso es algo que no siempre podemos decir de la mayor parte de fármacos disponibles en nuestro arsenal terapéutico. Por más que lleven, por decir algo, más de una década en el mercado. Por más controles que hayan pasado, por más estudios que se hayan hecho con voluntarios sanos y grupos de pacientes, no podemos garantizarles el perfil de seguridad que nos ofrece una sustancia que lleva 5000 años con nosotros. Y por eso necesitamos disponer de agencias que se responsabilicen de vigilar los fármacos que se comercializan y de emitir las oportunas alertas sanitarias en caso de que se descubra algún riesgo o efecto secundario desconocido.

    En realidad, el cannabis presenta dos grandes ventajas. La primera es que es seguro. La segunda es que lo sabemos con certeza.

    En este momento, además de con todo ese bagaje empírico y experimental contamos también con información científica muy específica acerca de las características bioquímicas de algunas de las principales moléculas con actividad biológica de la planta. Conocemos sus vías metabólicas y el modo en que se producen algunos de sus efectos sobre las funciones celulares. Se trata de información muy detallada porque la experimentación a nivel de laboratorio siempre es más fácil de llevar a cabo que los estudios clínicos en humanos, o a nivel poblacional. Disponemos de bastante información pre-clínica obtenida a partir de la experimentación en cultivos celulares, animales de experimentación, etc. Pero sigue existiendo un inmenso vacío que hay que salvar para poder traducir todo eso a la práctica clínica diaria. Sabemos a través de qué receptores celulares actúa el cannabis, sabemos que ruta bioquímica se inhibe o potencia y que enzimas están implicados en ello..., pero cuando llega el momento de decirle a un paciente qué dosis de cannabis tiene que tomar o con qué frecuencia..., ahí vamos perdidos. Nos faltan estudios. Hay una falta de información muy importante.

    En cierto modo, mientras que otras sustancias utilizadas en medicina son como un libro que estamos leyendo y del que vamos por la mitad, con el cannabis tenemos un libro del que hemos leído el final y también el principio, pero al que le faltan las páginas del medio. A veces eso es mejor, y a veces es peor, pero en todo caso la manera de abordar el uso del cannabis en el contexto terapéutico es diferente a la que podemos adoptar normalmente con los fármacos convencionales.

    ¿Por qué motivos hemos acabado con un libro entre manos al que le faltan tantas páginas? Diría que hay varios factores fundamentales, como la situación de ilegalidad del cannabis, que dificulta la realización de cualquier estudio. No se trata solo de las dificultades que puedan tenerse para conseguir la sustancia o para poder administrarla a voluntarios sanos, a nivel de los estudios poblacionales tenemos también un problema por la falta de homogeneización del producto. Es decir, cuando hablamos de un cigarrillo, en Europa al menos, nos referimos a un producto que tiene un contenido determinado de nicotina, de tabaco, etc. Cinco cigarrillos son cinco cigarrillos, sea aquí o en Alemania; y lo mismo pasa con el Paracetamol o con un snack de chocolate. Podemos comparar el consumo entre distintas poblaciones, saber si aquí se vende más Coca-Cola o más cerveza que en Irlanda... Sin embargo, cuando hablamos de cannabis, cuando hablamos de un porro no sabemos de qué estamos hablando porque cada persona los fabrica de una forma distinta. Unos lo mezclan con tabaco, otros no, algunos le ponen mucha cantidad mientras que otros utilizan solo una pizca… Incluso el tamaño del porro puede ser muy distinto.

    Además, en el cannabis intervienen muchos otros factores cuya variabilidad es imposible de conocer y controlar. Las distintas plantas tienen unas diferencias muy altas en relación al contenido y a la proporción de los distintos cannabinoides que contienen, y eso varía incluso con la misma planta en función de la cosecha, igual que ocurre con el vino. Todos sabemos que las añadas son distintas. Como se sabe que el café arábico no es igual que el colombiano. En el caso del cannabis, las diferencias se parecen más a la disparidad que existe entre bebidas alcohólicas que entre distintos caldos. Una cerveza, una copa de vino y una botella de güisqui no contienen las mismas sustancias, aunque las tres lleven alcohol, y, por supuesto, no contienen la misma cantidad de alcohol. El Delta-9 tetrahidrocannabinol, más conocido por sus siglas THC, es el principal componente psicoactivo del cannabis, el que nos coloca, para entendernos coloquialmente. Conocer su concentración en las distintas plantas sería equivalente a determinar el porcentaje de alcohol para las distintas bebidas espirituosas. Hay vinos con un 11 por ciento de volumen de alcohol, otros con un 14 por ciento, cervezas 0,0 y licores de absenta que alcanzan el 50 por ciento, o incluso más. En el caso del cannabis puedes encontrar plantas con un dos por ciento de THC y otras con un 40 por ciento de concentración. Estas últimas, debo decir, son bastante excepcionales. Normalmente las de mayor potencia que podemos encontrar no alcanzan el 30 por ciento y lo normal en la mayoría de asociaciones cannabicas y clubs de fumadores es encontrar variedades en torno al 10 por ciento, aunque, como estoy intentando explicar, no hay manera humana de contrastar estos datos al tratarse de un mercado eminentemente clandestino. En resumen, es muy difícil hacer estudios comparativos adecuados porque cuando hablamos de fumarnos un porro, en realidad no tenemos ni idea de qué entendemos por un porro.

    Otro gran problema que tiene el cannabis es que es liposoluble. Eso quiere decir que se disuelve en las grasas, y eso dificulta mucho su manejo en el laboratorio, donde normalmente trabajamos con productos hidrosolubles, o lo que es lo mismo, que se disuelven en el agua. Esta característica ha hecho que se tardara mucho más tiempo en obtener resultados en los laboratorios y que el estudio del cannabis sea más complicado y más costoso.

    Aún hay otro problema, y es que el cannabis no ofrece las mismas perspectivas de rendimiento económico que ofrece el desarrollo de otros productos farmacológicos. Desde el punto de vista de los negocios, hacer dinero con el cannabis no resulta demasiado atractivo para la industria farmacéutica. Eso es un problema, pero en realidad no debería serlo. Permitidme que os explique por qué lo veo así. En el primer congreso de Cannabmed, que se celebró en la Universidad Autónoma de Barcelona y al que acudieron representantes de diversos grupos políticos, se habló de la regulación y de la legalización del cannabis, y una representante política dijo que se necesitaban todavía más estudios científicos y que la industria farmacéutica no quería financiarlos porque no iban a ganar dinero con ello. Ese argumento pareció dejar a todo el mundo convencido y resignado. No había nada que hacer, por culpa de las farmacéuticas. Hay que aclarar que el ambiente era el de gente mayoritariamente hostil hacia la industria farmacéutica. Muchos usuarios de cannabis, sobre todo aquellas personas que lo hacen por motivos terapéuticos, no alcanzan a comprender cómo otros fármacos mucho más dañinos se recetan alegremente mientras que a la única sustancia que les proporciona cierto alivio se le ponen una serie de trabas desde la administración que a cualquier persona con dos dedos de frente le parecerían injustificables. Estos pacientes atribuyen a los intereses ocultos y a la influencia de las farmacéuticas la situación actual en la que se encuentra la planta, y las ven como el gran enemigo en la sombra. Así que levanté la mano y dije que se estaba haciendo una desviación de responsabilidades, porque la industria farmacéutica es un negocio y tiene todo el derecho a invertir en la investigación de los productos que considere que le van reportar beneficios. A esa industria no se le puede exigir que gaste su dinero en estudios sobre el cannabis, como no se le puede exigir que pague las autopistas. Pero los políticos, añadí en mi intervención, sí tenéis la obligación de invertir el dinero de todos en aquello que beneficie a la sociedad, aunque no dé beneficios. Si desde la administración pública consideráis que no hay suficientes estudios, suficiente evidencia, pues tendréis que hacerlos y tendréis que pagarlos. Que las farmacéuticas no lo hagan no justifica que una familia no pueda beneficiarse del uso del cannabis porque no le es rentable a la industria farmacéutica. Tengamos en cuenta que hay bastantes farmacéuticas que ya están trabajando con el cannabis. Como GW Pharmaceuticals, que puso en el mercado el fármaco Sativex, y otras compañías que tienen previsto lanzar pronto productos de derivados del cannabis.

    El fabuloso CBD

    Me gustaría explicar lo que creo que va a ocurrir con el cannabis, pero antes debo advertir lo mal que funciona el mundo, desgraciadamente. A este respecto hay una anécdota muy curiosa, de cuando los ayatolás tomaron el control de Irán y Estados Unidos movió toda su maquinaria política para forzar que ningún país aliado vendiera armas a Irán. Pues bien, solo hubo dos países que no atendieron está petición: Uno fue la antigua Unión Soviética, algo que no resultó una sorpresa para nadie. El otro país vendedor de armas a Teherán, en cambio, más inesperado, fueron los propios Estados Unidos.

    Estados Unidos ha hecho esto siempre, o algo parecido, y lo seguirá haciendo. Norteamérica, con su influencia, mantiene ahora ilegalizado el cannabis en diferentes países, pero él ya lo ha legalizado para uso terapéutico e incluso para uso lúdico en muchos de sus estados. La nación que tras el evidente fracaso de la Ley Seca designó al cannabis de forma arbitraria como la nueva droga a perseguir y demonizar, está ahora preparándose para meterse de lleno en el mercado mundial de cannabis. Están haciendo los experimentos sociológicos que consideran que tienen que hacer y en los países donde consideran seguro hacerlos, fundamentalmente en Latinoamérica, que muchas veces tratan como si fuese su patio de juegos. Es más que probable que junto con Israel, su principal aliado, y otro de los países donde ya se ha legalizado el uso médico del cannabis, tengan ya diseñado un programa de desarrollo de la industria basada en el cannabis. Cuando tengan la industria afianzada, la tecnología desarrollada, cuando se vean, en definitiva, en posición de dominar cómodamente el mercado, entonces no solo permitirán que se legalice en todo el mundo, serán los principales impulsores del cambio. Por supuesto, eso no ocurrirá hasta que no tengan la certeza de que ningún competidor pueda hacerles sombra en este nuevo y pujante mercado. Esa, creo, es la hoja de ruta que nos tienen marcada.

    Hay muchas personas que han montado su Asociación de cannabis y que creen que por el hecho de estar ahí desde el principio podrán abrirse un hueco en esa industria, pero me temo que ese circo lo disfrutará el Dinero, con mayúsculas. Creo que fue Siemens la empresa que se pasó de las telecomunicaciones a la industria farmacéutica de la noche a la mañana. ¿Habéis visto algún teléfono móvil de la marca Siemens últimamente? Esta compañía abandonó la telefonía para dedicarse a la fabricación de maquinaria hospitalaria, desde los aparatos de análisis clínicos de los laboratorios hasta las lámparas de quirófano, pasando por el sistema de aire acondicionado, y mañana pueden trabajar en la industria aeronáutica si consideran que les renta más. Las grandes compañías pueden moverse así, tienen el capital y lo invierten donde hay negocio. Por lo tanto, en el momento que la industria cannabica sea legal, la industria farmacéutica, o quien sea, llegará y se apropiará de ella. Cultivar tomates es legal, pero ¿de dónde saca la mayoría de gente los tomates?, ¿de su propio huerto o del supermercado? ¿Quién cultiva y proporciona los tomates a Mercadona? ¿Un centenar de pequeñas cooperativas agrícolas? No, son las grandes industrias, eso también está controlado. Mercadona no compra a los huertos urbanos, ni a los campesinos. Hay una industria detrás de eso que es la que produce los tomates. Lo repito, por si no ha quedado claro: La ilegalidad del cannabis es la que mantiene a las grandes industrias fuera del mercado y cuando se legalice los que quedarán fuera del mercado serán los pequeños cultivadores. Podrán plantar su propia marihuana sin miedo a que la policía entre en sus casas y se la decomise, eso sí, pero no podrán entrar a competir en el negocio del cannabis. Por mucho que me duela, me temo que los pobres seguirán siendo pobres y los ricos, ricos. En este juego, los dados están trucados y todo el mundo lo sabe, como cantaba Leonard Cohen.

    Podríamos decir que hay dos industrias, presentes y futuras, en el mundo del cannabis: la lúdica y la terapéutica, muy desarrollada esta última en Estados Unidos, como dije. Los americanos pueden comprar o vender sus productos, elaborarlos, exportarlos, investigar sobre ellos, promocionarlos mediante campañas de marketing... También me atrevería a decir que hay dos industrias farmacéuticas: la del THC y la del CBD, que es, con diferencia, la más extendida. No hace falta cruzar el océano para darse cuenta. Aquí mismo, en España, ya se están abriendo tiendas que solo venden productos basados en el CBD: cremas, aceites, chicles…

    El CBD, siglas con las que nos referimos al Cannabidiol, se ha expandido como producto farmacéutico, aunque se esconde detrás de la etiqueta de complemento alimentario, evitándose así pasar los controles y la aprobación de Farmacia, donde las restricciones son muchísimo más altas. No sé mucho de geopolítica ni de grandes asuntos económicos, pero tengo la sensación de qué todo esto que menciono no preocupa a la industria farmacéutica, o a las industrias que quieran meterse en este mercado en el futuro, quizás también porque aún no se está moviendo muchísimo dinero, solo muchas expectativas. Por lo que tengo entendido, y vuelvo a confesarme lego en materia de derecho y legislación, la fiscalización del THC juega un papel trascendental a la hora de explicar cómo se estructuran estos permisos y licencias. Básicamente, el gobierno puede prohibir el cannabis, pero no todas las moléculas presentes en la planta de cannabis. Eso les llevaría, por ejemplo, a tener que prohibir la clorofila, que puede encontrarse

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