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De la Revolución a la industrialización
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Libro electrónico589 páginas8 horas

De la Revolución a la industrialización

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Se analiza aquí el tránsito de la economía mexicana, que pasó de ser agraria y rural para convertirse en industrial y urbana.

Los autores estudian las características del proceso de industrialización, tratando de poner en evidencia las claves que expliquen por qué, a pesar del crecimiento acelerado y la relativa modernización, el país no logra salir del atraso.

El análisis está apoyado en abundante información estadística y va del porfiriato hasta el arranque del llamado desarrollo estabilizador, pasando por el periodo revolucionario, la reconstrucción de los años veinte, la crisis mundial de 1929-33, el cardenismo, la segunda guerra mundial y la posguerra con la paradójica modernidad industrial que esas décadas trajeron al país.
IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento14 nov 2018
ISBN9786070254383
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    De la Revolución a la industrialización - Sergio De La Peña

    Índice de contenido

    Presentación
    Recordando a Sergio
    Introducción
    Propuestas e interrogantes
    Las interpretaciones
    Crecimiento y desarrollo. Un debate inconcluso
    Los ritmos de la economía de 1910 a 1952. Periodos, ciclos y tendencias
    1913-1916
    1916-1926
    1927-1932
    1933-1940
    1940-1952
    La economía porfiriana. Alcances y límites
    El modelo primario-exportador
    Mercado interno y participación del estado. Las reglas del juego
    Infraestructura física y social
    ¿Cuál fue el resultado económico de la construcción de los ferrocarriles?
    Mercado de tierras
    Mercado de capitales
    Diversificación económica y profundización de la división social del trabajo
    La política económica. Hacienda federal y deuda pública
    La economía en la Revolución armada (1910-1916)
    Primera etapa revolucionaria. 1910 a febrero de 1913
    Segunda etapa revolucionaria. eFebrero de 1913 a 1916
    La confrontación entre las fuerzas revolucionarias y el fracaso de la convención
    El dominio constitucionalista y los desafíos económicos
    Estabilización monetaria
    Consecuencias económicas de la lucha armada
    Reconstrucción espontánea y crisis (1917- 1932)
    El gobierno de Carranza. Precariedad económica, nacionalismo y represión
    Los sonorenses y el ascenso de la burguesía revolucionaria
    Los campesinos y la reforma agraria
    Relaciones laborales. Sindicatos y estado
    Presiones del exterior
    Finanzas y banca. Nuevas funciones del estado
    La crisis política, social y económica
    La Revolución económica, social y política (1933-1938)
    Estado y economía
    Reforma agraria, campesinos y estado
    Estado y relaciones laborales. Consolidación de la relación corporativa
    Industria, banca y empresarios
    Nacionalismo económico y redefinición de las relaciones con el exterior
    Consolidación de la reorganización estatal
    Guerra y restructuración (1939-1952)
    Algunas reflexiones sobre el carácter de la industria y la sustitución de importaciones
    Desempeño económico en los cuarenta
    La guerra y negociaciones con Estados Unidos
    Participación del estado. Capacidad productiva, infraestructura y fomento
    Producción y mercado interno
    Reorientación del agro
    industrialización trunca, fomento y proteccionismo
    Distribución del ingreso y relaciones laborales
    Presiones externas y política económica
    A manera de conclusiones
    Anexo estadístico
    Bibliografía
    Aviso legal

    Presentación

    LOS 13 TOMOS DE ESTA OBRA conforman una historia económica de las poblaciones que han habitado lo que hoy es el territorio de la república mexicana. Comienza con la llegada del hombre y termina en el año 2000, pero la mayor parte del texto está dedicado a los cinco siglos que comprenden el periodo colonial y las épocas moderna y contemporánea del México independiente.

    Es una narración y una descripción de los diferentes modos en que los pobladores de esta región se han organizado para producir, distribuir y consumir bienes y servicios, una historia muy larga y accidentada que cubre más de 20 000 años y cuyos sujetos sociales son la banda, la tribu, las civilizaciones tributarias, la compleja sociedad colonial y, finalmente, la nación soberana que se configuró en el siglo XIX y que ha llegado a su plena madurez sólo en el XX.

    En su elaboración participaron 16 autores; cada uno escribió su texto de acuerdo con sus propios criterios y su visión del tema que le correspondió desarrollar. Sin embargo, hubo un intenso trabajo colectivo de intercambio de ideas, opiniones y materiales que acabó reflejándose en ciertos enfoques comunes. En múltiples reuniones se discutieron guiones, manuscritos iniciales y textos finales. Temas como la periodización, las fuentes, la relación entre análisis y narración fueron objeto de largas discusiones.

    La obra se inspira en los principios de la economía política que considera que las relaciones económicas, sociales, políticas y culturales forman un todo inseparable y que el objetivo de la historia económica es captar la forma en que estas relaciones se entretejen en el desarrollo económico, que es el objeto de su estudio. La Historia económica de México se propuso sintetizar los resultados de infinidad de investigaciones particulares especializadas y ofrecer al lector una visión coherente de conjunto, basada en el conocimiento actual de los temas abordados. Esperamos que todos los interesados en la historia económica, pero especialmente los estudiantes de economía e historia, encuentren en ella tanto una obra de consulta como un marco de referencia y una fuente de inspiración teórica para nuevos estudios.

    La obra introduce un enfoque doble que se propone abordar, a la vez, el estudio de los sistemas económicos que caracterizan cada etapa del desarrollo y la evolución de algunas ramas de la economía, con sus particularidades a lo largo de los últimos cinco siglos. Este enfoque está sustentado en la hipótesis de que el desarrollo de la economía es, al mismo tiempo, desigual y combinado. De que si bien las partes dependen del todo, tienen también una dinámica propia; que los tiempos del sistema no siempre coinciden con los de sus componentes.

    Los primeros seis volúmenes describen la evolución de los sistemas económicos de cada periodo. El primero está dedicado a la historia antigua y el segundo a la época colonial. El tercero cubre el siglo XIX y los siguientes tres el siglo XX, examinando la Revolución mexicana y sus efectos: la industrialización orientada por el proyecto desarrollista y la integración de México al proceso de globalización, dominado por las ideas del neoliberalismo.

    Los siete textos siguientes cubren los temas de la población, el desarrollo regional, el uso de los recursos del subsuelo, la agricultura, la industria, la tecnología, así como los transportes y las comunicaciones a lo largo de cinco siglos, cada uno con sus rasgos distintivos.

    Este proyecto pudo realizarse gracias al auspicio de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y al soporte financiero del Programa de Apoyo a Proyectos Institucionales para el Mejoramiento de la Enseñanza (PAPIME). Agradecemos al licenciado Juan Pablo Arroyo Ortiz, entonces director de la Facultad de Economía, su apoyo y participación entusiasta; asimismo dejamos constancia de nuestro reconocimiento al doctor Roberto I. Escalante Semerena, actual director de dicha Facultad, por su interés en la publicación de esta obra. Esta edición no hubiera sido posible sin la iniciativa y la perseverancia de Rogelio Carvajal, editor de Océano, y su eficiente equipo de trabajo. Y no podía faltar nuestra gratitud más sincera al maestro Ignacio Solares Bernal, coordinador de Difusión Cultural, y al maestro Hernán Lara Zavala, titular de la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la UNAM y a sus colaboradores, por su asistencia, siempre amistosa y eficaz, para la presente publicación.

    México, 3 de noviembre de 2003

    ENRIQUE SEMO

    Recordando a Sergio

    AGRADEZCO AL DOCTOR ENRIQUE SEMO y a la doctora Jussara Texeira, compañera de Sergio de la Peña, su confianza al encargarme la ampliación del manuscrito que para esta obra: Historia económica de México dejara el investigador emérito. En esta tarea conté con el valioso apoyo de Martha Patricia Ascencio, quien me auxilió en la recolección bibliográfica, captura y procesamiento de la información, así como en las revisiones del manuscrito. Esta versión incorpora el texto de Sergio de la Peña, las sugerencias de dos dictámenes, las propuestas y líneas de investigación abiertas en recientes publicaciones, por lo que el libro que se publica aumentó considerablemente su extensión.

    Deseo aprovechar este espacio para compartir con el lector algunos de los rasgos del pensamiento de Sergio de la Peña presentes en este trabajo. Como intelectual comprometido con el cambio social, su pensamiento humanista lo llevó a reflexionar sobre las potencialidades y opciones de cambio del hombre actual. ¿Cuál era el sentido de los cambios? Es una pregunta recurrente en sus investigaciones; la respuesta casi siempre deriva de un análisis sistemático y riguroso de las transformaciones del capitalismo contemporáneo, muy especialmente de sus modalidades en América Latina y en México. La manera en que vio el cambio se alimentó de una doble dimensión temporal: el corto y el largo plazos. Para él la visión de largo plazo se nutre de la vida cotidiana, a través de la inteligente integración del análisis de estructura con el de coyuntura. Evaluaba los cambios, analizaba las grandes tendencias del desarrollo, con el monitoreo diario de la economía, la política y las réplicas sociales.

    Siempre alerta, con una actitud dubitativa, tratando de entender, de valorar lo nuevo, de explicar los cambios económicos y sociales, su mirada aguda, su cuestionamiento de la realidad aparente, le permitieron deslindar las fronteras de lo trascendente y lo trivial. La necesidad de ir de lo inmediato a las grandes tendencias y de éstas regresar a la vida cotidiana se aprecia en la combinación —y fusión, por qué no— del trabajo del periodista con el de historiador. Ahí encontró Sergio la solución para tratar de entender los sucesos de coyuntura y su impacto en las transformaciones estructurales. En este sentido es importante recordar cómo en 1996, cuando se hizo cargo del Círculo de Coyuntura de la División de Estudios de Posgrado, explicitó que los estudios de coyuntura eran la oportunidad para valorar el alcance estructural de los cambios que se estaban produciendo en México, América Latina y el mundo. Sugirió que, a partir del análisis de los cambios, nos replanteáramos problemas fundamentalmente teóricos: ¿podía funcionar en el largo plazo una economía sin mercado, como en el viejo proyecto socialista?; ¿qué funciones y problemas podía resolver el mercado y cuáles debían ser resueltos por el Estado y sus instituciones, es decir, por estructuras reguladoras fuera del ámbito de la circulación mercantil?

    Sergio de la Peña no era un economista sino un científico social. Encontraba parciales e insuficientes las visiones doctrinarias, por eso cultivó y promovió el pensamiento crítico interdisciplinario, consideró indisociable la unidad de economía, política e historia y sostuvo siempre la convicción de que lo económico no se entiende sin lo social y lo político. Sostuvo que lo contemporáneo era un espacio abierto al cambio, no predeterminado, en donde incide la acción de los seres humanos y el presente es percibido como un espacio de incertidumbre. Tal vez por su obsesión de conferirle al movimiento de la historia el doble carácter, de resultado de tendencias de largo y corto plazo, veía que ésta discurre entre esas prisiones de la larga duración, de las que hablaba Braudel, y los procesos vivos que se realizan aquí y ahora, en el espacio del ejercicio de la libertad y acción individual y colectiva. Esta concepción se expresó en sus trabajos históricos, como lo muestran sus colaboraciones en México, un pueblo en la historia, Historia de la clase obrera en México, Historia de la cuestión agraria mexicana y en el proyecto Ciclos y tendencias en el México del siglo XX que sostenía con James Wilkie, y en la preparación de este volumen para la Historia económica de México coordinada por Enrique Semo.

    La forma narrativa de la historia, en los trabajos de Sergio de la Peña, coincide con el análisis de coyuntura que se va estructurando conforme se despliegan las acciones de los actores sociales. Esa perspectiva analítica contrasta con el enfoque estructural que utilizó cuando estudió los modos de producción en México y América Latina y su integración al sistema mundial, como puede verse en El antidesarrollo de América Latina y en La formación del capitalismo en México. Tal vez sus viajes a la historia, la lectura de los debates historiográficos y el advertir que las opiniones sobre la marcha de la economía cambian rápidamente, convencieron a Sergio de que muy poco resistía al paso del tiempo, que las conclusiones de cualquier investigación eran siempre provisionales como la historia misma. Confiaba en darle vida a la historia sin abandonar los principios epistemológicos de la concepción marxista.

    Debemos ensayar una historia estructural viva y en cierto modo incierta; tal vez debemos comenzar por eliminar en la narración los conceptos y las categorías, es decir, en lugar de hablar de la lucha de clases hablemos de cómo se lleva a cabo, cómo la viven los obreros y sus sindicatos, los políticos y los empresarios, con nombres y apellidos, narrar las acciones de las personas que hacen la historia y no las categorías con que las analizamos.

    Es justo recordar que Sergio de la Peña no sólo mantuvo una actitud crítica e incorruptible ante las posiciones oficiales, sino también frente a los análisis que se cultivaban en las organizaciones de izquierda y universidades; ello incluía por supuesto al marxismo ortodoxo. Con el pensamiento crítico mantuvo una actitud especialmente exigente. Si tuviéramos que definir el pensamiento de Sergio de la Peña diríamos que es un marxista creativo, va de la realidad a la teoría y viceversa, en ese ir y venir de lo abstracto a lo concreto, Sergio no encuentra impedimentos para incorporar y reflexionar desde los aportes de otras corrientes de pensamiento —diferentes del marxismo— que le permitan entender la realidad. En particular, sus escritos muestran un profundo conocimiento y asimilación de la teoría del desarrollo, del pensamiento estructuralista y dependendista. Frente a esos y otros desarrollos teóricos, mantuvo siempre una actitud intelectual abierta, que lo hacía figurar como heterodoxo, al punto que algunas veces aparecía como provocativo porque en sus análisis nos presentaba, lisa y llanamente, la evidencia que contradecía las opiniones en boga. Por ello, para algunos, la producción de Sergio de la Peña apareció como ecléctica.

    Al no exigirle a nadie pensar de una forma determinada, Sergio de la Peña cultivó vínculos con la llamada izquierda radical, con autores del pensamiento estructuralista, incluso en los años en que el debate ideológico era apasionado y él era un militante destacado del Partido Comunista Mexicano (PCM). Su nombre figuró en los comités editoriales de revistas de diversa orientación ideológica tanto en México como en América Latina, y sus artículos fueron publicados en ellas. Sin lugar a dudas su pensamiento fue siempre crítico frente a las propuestas dominantes. Si en su actitud personal era un ejemplo de tolerancia, tan escasa y necesaria en nuestros días, su actitud intelectual abierta lo prodigó de amigos y lo comprometió con los más disímbolos proyectos académicos e iniciativas del pensamiento crítico. En los análisis que sobre la economía disemina incansablemente en periódicos, revistas y libros, destaca su estilo lírico y su empeño en traducir las categorías teóricas, en plantear todas las implicaciones de su uso en el análisis de la realidad. Otro rasgo característico de sus trabajos es la crítica a la insularidad que caracteriza a buena parte del pensamiento mexicano, lo que le estimuló a desarrollar la historia y el análisis comparado. Su cultura e inquietud intelectual le permitieron ubicar el desempeño nacional, referirlo, ponderarlo y compararlo con otras realidades, próximas y diferentes. Sus análisis de la economía mexicana están situados en perspectiva latinoamericana y mundial, lo que le permitía evaluar con mayor agudeza el sentido de los cambios.

    Sergio de la Peña fue un latinoamericanista en el pleno sentido de la palabra. No sólo porque parte de sus investigaciones se dedicaron al análisis histórico de las causas del subdesarrollo, sino porque fue un agudo y permanente observador de la angustiosa evolución política de América Latina. La crisis de los años setenta del siglo XX lo llevaron a concentrar sus reflexiones en las implicaciones del agotamiento del modelo de sustitución de importaciones, en las transformaciones que sufría el Estado a raíz de las dictaduras militares, así como el estudio del nuevo perfil y alcance de la tristemente célebre actitud imperialista de Estados Unidos. En este sentido, es importante destacar que los trabajos de Sergio muestran una profunda preocupación por los cambios sociopolíticos, particularmente en cuanto se refieren a los valores, por ejemplo, en la revaloración de la democracia. Llamó poderosamente su atención la emergencia de la sociedad civil aún bajo las dictaduras militares, hecho que vio claramente manifiesto en los plebiscitos que perdieron éstas, cuando aún gobernaban en Chile y Uruguay, así como en el fuerte viento democrático que comenzaba a soplar, en parte como producto de la movilización social y por el cambio que Estados Unidos mostraba hacia las dictaduras latinoamericanas, coincidiendo ambas tendencias en la necesidad de impulsar o restaurar la democracia. ¿Qué características tendría este proceso, cuáles serían sus actores y contenidos? Éstas y otras interrogantes le dieron la oportunidad de impulsar un seminario sobre el tema en la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Economía de la UNAM, de la cual era su coordinador.

    La caída del socialismo realmente existente, en Europa Oriental, fue otro hecho histórico que Sergio de la Peña analizó desde una perspectiva estructural o de largo plazo. Él decía que el derrumbe permitió que el marxismo abandonara los palacios presidenciales, es decir, dejó de ser una ideología, para recuperar su carácter de pensamiento crítico y científico. Aun antes de la caída de Gorbachov, advirtió, entre otras cosas, que el problema no consistía en agregarle democracia y mercado a un socialismo de Estado, cosa que los socialistas conservadores sabotearían hasta acabar con su propia obra, sino que era necesario repensar todos los conceptos, crear una nueva idea de orden social alternativo.

    En este sentido, uno de los trabajos más interesantes de Sergio de la Peña es China: ¿La vía capitalista al socialismo?, que recoge sus impresiones del viaje que realizó a ese país. Cuando lo sometió a discusión en el Círculo de Coyuntura de la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) hizo la broma, con esa ironía y humor que le caracterizaron, que tenía duda de si poner el título como interrogante pues también podía leerse a la inversa, es decir: China: la vía socialista al capitalismo. En este texto puso en práctica la metodología con la que trabajaba; evaluó la historia convertida en presente y la experiencia fue una fuente de aprendizaje aplicable a otras regiones. ¿Cuánto Estado, cuánto mercado se requieren para el desarrollo de la sociedad?; ¿los objetivos y aspiraciones de cambio de una China en transformación, eran compatibles con sus históricos límites económicos y sociales?; y sobre los propósitos y objetivos en disputa, ¿pueden ser efímeros o, por lo contrario, persistir y acentuarse? Su respuesta apuntó en dos sentidos: depende de la correlación de fuerzas interna y mundial que actuarán en una u otra dirección y de la definición de socialismo que se quiere... el socialismo chino que resulte, si tal es la opción, se parecerá poco a la experiencia maoísta o a cualquier otra y, de encaminarse abiertamente al capitalismo, tendrá características chinas insoslayables. Como siempre, concluye con un presente incierto abierto al cambio y a la acción individual y colectiva.

    En este trabajo, que ahora ponemos a su consideración, también se cuestionan algunas ideas que se han convertido en clásicas a fuerza de su repetición. Por ejemplo, la idea de que la industrialización arrancó a partir de 1940 como un programa deliberado de gobierno. Como se podrá apreciar sostenemos la idea de que la industria tuvo su primer impulso en el porfiriato, a partir de 1940 se convierte en el sector más dinámico de crecimiento, pero no llegó a convertirse en un programa deliberado de gobierno —no obstante las declaraciones— pues hizo falta un programa de mediano plazo que articulara y diera coherencia a la política económica para que la industrialización se convirtiera en una estrategia que guiara el crecimiento. Si bien en este trabajo se presenta una síntesis histórica no dejan de estar presentes algunos temas que el modelo actual a puesto en el centro, por ejemplo, la participación del Estado y el tema de la inflación. Al respecto sostenemos que todas las modalidades de crecimiento que se han registrado en la historia de México han requerido de un amplia intervención del Estado, lo que ha cambiado son las modalidades de participación. En relación con la inflación creemos que se trata de un fenómeno con tendencias seculares que se registra en épocas de auge y de depresión, cuando existe déficit y superávit presupuestad cuando existen alzas salariales y en periodos de reducción de los salarios reales, por lo que los análisis monetaristas que pretenden encontrar la causalidad de la inflación en el déficit gubernamental o en incrementos salariales (por encima de la productividad) no brindan una explicación cabal de dicho fenómeno. Por último se podrá constatar que la economía es influida de múltiples maneras por los procesos políticos y sociales al punto que éstos pueden marcar los ciclos de auge o depresión como sucedió con la economía mexicana durante la Revolución.

    Finalmente, por encima de muchas otras características personales, quiero destacar la vocación magisterial de Sergio de la Peña; orientador entusiasta que entregó generosamente su tiempo y conocimiento, su actitud intelectual abierta y dubitativa frente a la realidad aparente e ideologías dominantes son un ejemplo del buen investigador; su compromiso con un mundo mejor se tradujo en su vida cotidiana, en la participación basada en la reflexión crítica que inducía en el aula, en la promoción de talleres, seminarios con estudiantes y colegas, en fin en todos los espacios donde pudiera prosperar con el único propósito de crear un mundo más habitable, más democrático, más tolerante, más solidario, más humano. Ése es su legado.

    Alguna vez comentamos con Sergio la profunda paradoja de la vida: el hombre se acerca a la sabiduría que lo capacita para disfrutar de la vida conforme se acerca a la muerte. En cambio Sergio como excepción que confirma la regla, daba clases de cómo disfrutar la vida, quizá por ello, la muerte enamorada se lo llevó en plenitud... Lo extrañamos, nos hace falta su alegría, su sonrisa, su calidez, su ¡hola corazón!... Pero su capacidad de análisis, su optimismo y su esperanza nos obligan a emular su lucha por un mundo mejor.

    México, junio de 2006

    TERESA AGUIRRE

    Introducción

    ¹,²

    PROPUESTAS E INTERROGANTES

    EN ESTE vOLUMEN SE PRETENDE DAR cuenta de las grandes trasformaciones que registró la economía de México en el periodo 1910-1952. Se trata de un periodo de intensos cambios, en el que la fisonomía del país se trasformó de una predominantemente rural a otra preeminentemente urbana. Esto se expresa en el desplazamiento de la primacía del sector agrario y minero por el industrial, como eje dinámico del crecimiento, y en la reorientación de la producción del mercado externo al interno. No obstante este consenso, existen diferencias al tratar de definir ¿en qué m omento la industria se convierte en el eje dominante de la reproducción económica?, y ¿cómo incidió la Revolución de 1910 en la reorientación del crecimiento?

    También se trata de una época en la que el liberalismo decimonónico entra en crisis cambiando la concepción del papel que debía desempeñar el Estado. Gana legitimidad la idea de que era necesaria una mayor participación directa del Estado en la economía y en la redistribución del ingreso, así como en la gestión de la reproducción económica. Por ello es necesario destacar qué particularidades asume la intervención del Estado antes y después de la Revolución, cuáles son sus nuevos roles y funciones y qué instituciones emergen expresando la nueva jerarquía de valores y la nueva correlación de fuerzas, qué rupturas y continuidades registran los actores económicos y sus formas de participación económica y política.

    Si bien los campesinos y los obreros fueron actores centrales en la Revolución y consiguieron impulsar algunos cambios, no lograron sin embargo generar un nuevo orden social. El modelo de crecimiento que emerge es en gran parte un producto híbrido, lo que hace conveniente esclarecer cuáles fuerzas económicas y sociales emergen como agentes del cambio y cuáles lo frenan, qué perspectivas, proyectos y visión del futuro tenían los actores sobre el potencial de desarrollo del país y cómo lograron incidir o no en las transformaciones. Éstas son algunas de las interrogantes a las que trataremos de dar respuesta.

    A diferencia de otros enfoques consideramos que algunas de las tendencias heredadas del porfiriato no son modificadas, pese a lo intenso del proceso revolucionario, como la tendencia a la expansión del capitalismo — modernización—, acompañada de una profunda desigualdad en la distribución del ingreso que persiste, no obstante que en este periodo de la historia nacional se registra una mayor redistribución, tanto por la reforma agraria, como por el incremento de los salarios reales. El sistema político aunque se modifica de manera sustantiva para otorgar representación legal e institucional a obreros y campesinos, no adquiere características plenamente democráticas. Por el contrario persiste un sistema autoritario de partido único (o dominante, como es llamado por algunos autores) sin competencia, ni alternancia. La Constitución de 1917 recogió las principales demandas de campesinos y obreros, pero en los hechos, durante mucho tiempo, fue letra muerta. Otro aspecto que persiste del porfiriato es el entrelazamiento entre las elites económicas y políticas, de forma que cambian los actores pero no las prácticas.

    A pesar de las continuidades, la tónica de la época es de cambio. La vía de desarrollo capitalista impulsada en el porfiriato, basada en la exportación de minerales y materias primas agropecuarias, fue reorientada para dar paso a un modelo de crecimiento basado en la industrialización y dirigido al mercado interno. La hacienda, célula de producción en el porfiriato, fue transformada en su base, no sólo porque el reparto agrario en el cardenismo alcanzó cerca de 50% de la tierra cultivable —trasformadas en tierras ejidales— sino también porque el peonaje acasillado y temporal, endeudado o no, tendió a desaparecer. Ello no significa que el latifundio no se haya reconstituido en los años cincuenta y sesenta, pero la hacienda con todos sus roles económicos, sociales y políticos dejó de ser la unidad de producción central en el agro. En resumen, el México de los cincuenta ya era muy diferente al de 1910, la oligarquía terrateniente había dejado de ser la elite dominante, el papel del capital extranjero fue redefinido y condicionado, en tanto que el nacionalismo económico era considerado esencial para el desarrollo del país y se asignaba al Estado la tarea de defender el espacio económico nacional como parte de la soberanía.

    En este periodo surgen nuevas tendencias y actores que encontrarán su plena expresión en las décadas posteriores a la Revolución. Uno de los nuevos agentes económicos es la burguesía como clase independiente de comerciantes y terratenientes, la cual tiene correspondencia en el aumento y consolidación de la clase obrera que se diferencia de los campesinos y artesanos. Otro, quizá uno de los más importantes, es el Estado, que adquiere nuevas funciones, destacando su participación como agente económico directo. Un nuevo marco institucional rige las relaciones económicas, sociales y políticas.

    La fortaleza y centralidad que adquirió el Estado durante el cardenismo estuvo estrechamente ligada a la promesa de equidad. La redistribución de recursos en esos años —reforma agraria y apoyo a las demandas de los obreros— que se expresó como objetivo estatal y producto de la Revolución, alcanzó entonces su punto culminante cerrando con ello el ciclo de revoluciones burguesas. Pero esta experiencia quedaría en la memoria colectiva por mucho tiempo más... Los objetivos de un sexenio se confundieron con los del nuevo régimen. En nombre del nacionalismo económico y la equidad, el Estado adquiría nuevamente legitimidad.

    La Constitución de 1917 incorpora por primera vez algunos derechos sociales como el derecho a la tierra por parte de comunidades y pueblos, al trabajo libre, a la educación, salud y vivienda digna. El sistema político abre espacios institucionales a la participación de las masas aunque ésta nunca llegó a ser independiente. Destaca el papel de campesinos y obreros que en 1938 sellan su relación corporativa con el Estado a través de la incorporación de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y la Confederación Nacional Campesina (CNC) en el Partido de la Revolución Mexicana (PRM). La falta de independencia de las nuevas organizaciones, unida a la reproducción de relaciones tradicionales en su interior —una estructura jerárquica, caudillista, basada en lealtades, relaciones patriarcales y patrimoniales— dieron continuidad a las bases estructurales del autoritarismo. De hecho la modernización del Estado, con la incorporación de las masas en el partido, obtuvo mayor legitimidad y control, lo que se expresó en la estabilidad del Estado mexicano a lo largo del siglo XX, al mismo tiempo que fortalecía sus rasgos autoritarios.

    En los últimos decenios se ha destacado el papel de las leyes e instituciones en el desarrollo del país —obstaculizando o propiciando el crecimiento— y en la evaluación de la intervención estatal. Se ha señalado como causa del atraso el que las leyes e instituciones no logren consolidarse como la base de las relaciones cotidianas, redundando en una fragilidad del Estado de derecho. Se destacan como obstáculos el que las reglas del juego sean discrecionales, poco transparentes y den lugar a grandes espacios para la corrupción, generando una estructura de costos de transacción diferenciados; derechos de propiedad relativamente arbitrarios, adquiridos con frecuencia por relaciones personales más que institucionales. Por ejemplo, las buenas relaciones con las elites políticas han sido fuente de riqueza, y han fortalecido relaciones políticas clientelares, en detrimento de la consolidación de la ciudadanía. Sin negar el efecto pernicioso que esta debilidad de las instituciones formales tiene en el desempeño económico, tendríamos que preguntarnos ¿cuál es el origen social de estos comportamientos y de la fortaleza de las instituciones informales?; ¿por qué en México y en América Latina el capitalismo no logra consolidar las instituciones occidentales que facilitaron su origen y reproducción en parte del mundo desarrollado, con su correlato en un predominio del Estado de derecho? Si las instituciones son un producto social y expresan una jerarquía valorativa, ¿cuáles son las raíces sociales y los valores en que se sustenta esa fragilidad institucional y cómo ha afectado el desempeño económico de nuestro país?

    LAS INTERPRETACIONES

    La Revolución mexicana es uno de los procesos más estudiados en el siglo XX, quizá cada generación ha realizado una lectura particular de ella. En una primera etapa es reconstruida a través de los testimonios de sus protagonistas, en estas obras se continúa de manera literaria la lucha que se realizó con las armas, recuento de vivencias, recuerdos...; basada más en la memoria que en documentos, es siempre una perspectiva parcial. Por ello Alvaro Matute denomina a esta etapa historiográfica como la Revolución recordada.³ En efecto, la Revolución es villista, zapatista, carrancista, etcétera. Sus autores destacan las hazañas e ideales de los caudillos y les asignan la representación de los valores, esperanzas e ideales sociales, vuelven al caudillo y a la fracción en que se militó o a la que se critica en símbolo de lo bueno y lo malo, atribuyéndole o retirándole el apoyo popular. La Revolución pertenece a cada fracción, a cada caudillo, a los protagonistas visibles.⁴

    En un segundo momento, que la mayoría de los autores ubican en la década de los años veinte, la Revolución es inventada, mitificada por el Estado que la requiere como factor de legitimación; entonces se une lo que estaba disperso, las fracciones revolucionarias forman parte de una sola y única Revolución que da identidad a los mexicanos pues redime de los sufrimientos pasados y augura un futuro prometedor pleno de justicia e igualdad. Para crear ese futuro se plantea como necesaria la participación constructiva de todos los mexicanos revolucionarios, es decir de todos los que actúan de buena fe, de todos los que están dispuestos a crear la verdadera nación para el bienestar de todos, la conciliación, la unidad nacional, la construcción conjunta en armonía de la patria soñada. Esta idea de la Revolución se transforma en pilar ideológico del Estado, le otorga legitimidad y lo convierte en el protagonista central en la construcción de una nueva época.

    La recreación de la Revolución hecha bajo esta perspectiva se realiza algunas veces por encargo del gobierno, como cuando Alvaro Obregón a través de José Vasconcelos ofrece los muros públicos para que los grandes pintores del m omento: José Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, plasmen y den una visión gráfica al pueblo de lo que ha sido la Revolución como hazaña popular, lucha liberadora y redentora de la población. Otras veces se mezcla la convicción de cambio con las expectativas que ha despertado y se le atribuye la realización de transformaciones aunque éstas sólo sean promesas.

    A través de la Secretaría de Educación Pública, creada en 1921, la escuela (en particular las escuelas rurales) se convirtió en la institución que debía difundir la concepción de la Revolución como iniciadora de una nueva etapa en la historia de México. Mary Kay Vaughan al analizar las relaciones entre maestros, campesinos, escuelas y la política cultural del Estado, destaca cómo se impuso en los años treinta un nuevo currículo que promovía una cultura inclusiva, populista y nacionalista basada en la multietnicidad de México y que definía a obreros y campesinos como creadores y beneficiarios de la Revolución de 1910.⁵ El maestro rural, como bien destaca Alan Knight, jugó un papel central: el Estado se centró en la educación rural, que funcionaría al lado del programa de reforma agraria [...] el maestro rural sería el agente de vanguardia del Estado laico, de la República única e indivisible.⁶ Otro aspecto que se exaltó como símbolo de unidad nacional fue la consideración del indígena como elemento constitutivo originario de la nación; en Manuel Gamio el indigenismo encuentra nuevos horizontes, en Vasconcelos es uno de los polos generadores de la raza criolla. Para el mejor conocimiento de los indígenas se funda la Escuela y el Instituto Nacional de Antropología e Historia, se realizan congresos indigenistas e investigadores van a la búsqueda y estudio de restos y sitios arqueológicos. En fin, la Revolución empieza a ser mitificada para ser creadora de identidad colectiva.

    Ya en esta época algunos escritores con una perspectiva más académica, aunque igualmente comprometida, observan, narran y realizan las primeras caracterizaciones de la Revolución, destacan entre otros: Andrés Molina Enríquez y Frank Tannenbaum, quienes consideran que la Revolución es eminentemente agraria; para Jesús Silva Herzog es antifeudal, nacionalista y popular. Luis Cabrera en su Balance de la Revolución, veinte años después de 1910,⁷ luego de plantear las promesas incumplidas de la Revolución y sin llegar a una caracterización unívoca concluía afirmando: No puede haber libertad política sin igualdad económica y social; pero tampoco puede haber bienestar económico y social sin libertades.

    Todos los estudios de esta etapa filtran el ambiente intangible generado por la Revolución: odisea libertaria, cargada de esperanzas. Grito desesperado de las masas y apuesta llena de esperanzas en un futuro mejor (Múgica). La Revolución armada impacta profundamente la conciencia social. La destrucción como secuela vuelve urgente y necesario pensar y crear alternativas viables. Podría pensarse que luego de proclamada la nueva Constitución en 1917 se cerraba o culminaba una etapa que marcaría el nuevo rumbo de la nación, pero no es así, el debate ideológico y político duraría por lo menos hasta 1940.

    A mediados de los años cuarenta empiezan a aparecer las obras académicas de la Revolución realizadas por historiadores, abogados transformados en historiadores o autodidactas con afición por la historia. La Revolución empieza a ser rescatada de la versión oficial José C. Valadés inició una magna obra que arranca en el porfiriato y culmina en la Revolución, publicada en 13 tomos. A principios de los cincuenta Daniel Cosío Villegas anunciaba otra magna obra: La Historia moderna de México (publicada a lo largo de 17 años 1955-1972), hecha por un equipo de historiadores, con el rigor de quien posee el oficio, la obra fue escrita por los primeros alumnos de los transterrados españoles, ya con sede en El Colegio de México. A la Historia moderna debía seguir la Historia de la Revolución mexicana, bajo la coordinación de don Luis González, proyectada en 23 tomos, y comprendería el estudio de la historia de 1910 a 1960. En la presentación de la obra se plantea su objetivo:

    Se hizo con el cuádruple propósito de entender, que no exaltar ni deslucir, a los forjadores del México contemporáneo; narrar verídicamente las acciones económicas, políticas y sociales e intelectuales más típicas, influyentes y duraderas de nuestro pasado inmediato; definir cada una de las etapas de ese pasado y ubicar la gesta revolucionaria de México en el conjunto de las revoluciones del siglo XX y en la larga serie de las revoluciones mexicanas.

    A la par de estas obras algunos intelectuales críticos empiezan a rescatar la Revolución del Estado en un doble sentido: porque la convierten en objeto de conocimiento y porque desmitifican el uso ideológico que de ella hace el gobierno. Jesús Silva Herzog, Narciso Bassols, José Iturriaga, Daniel Cosío Villegas y José Colín, a principios de los cuarenta, se cuestionan sobre el fin de la Revolución como proceso histórico y perciben que en los cuarenta ha entrado en crisis. Para 1943 don Jesús plantea que la Revolución va cuesta abajo, y en 1947 considera que es un un hecho histórico. En contraste el discurso oficial seguiría hablando de la Revolución como un proceso en marcha y vivo por lo menos hasta 1982.

    En los años sesenta y setenta una nueva generación de historiadores, entre los que destacan algunos de izquierda, ofrecen un nuevo examen de la Revolución de 1910; sus alcances, posibilidades y límites. En una situación nacional que apuntaba a una crisis de importantes dimensiones en lo económico y político sobre todo después del movimiento de 1968. Dos obras resumen las reflexiones que se hacían en ese momento. La compilada por Stanley Ross se cuestiona si ¿Ha muerto la Revolución mexicana?⁹ Publicada originalmente en 1966, tuvo una segunda edición en español corregida y aumentada en 1979. Las 30 opiniones que se recogen en el libro responden a distintas inquietudes, sus participantes van de académicos a políticos, incluidos Adolfo López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría y José López Portillo; viejos y nuevos revolucionarios que en conjunto ofrecen un balance de la etapa posrevolucionaria bajo la interrogante central de si los problemas nacionales económicos, políticos y sociales podían ser resueltos en el marco programático e ideológico de la Revolución mexicana y con las instituciones que a partir de ella se habían generado incluyendo por supuesto al partido oficial (Partido Revolucionario Institucional, PRI). Las reflexiones de Jesús Silva Herzog, José Colín y Daniel Cosío Villegas aglutinadas en el subtítulo de Los sepultureros daban por canceladas las opciones de desarrollo en los marcos ideológicos de la Revolución, en tanto que Los viejos y nuevos revolucionarios, así como los autores agrupados en el Balance proponían profundizar las reformas en uno u otro aspecto.

    La otra obra, Interpretaciones de la Revolución mexicana,¹⁰ reúne los ensayos de interpretación realizados por un grupo de intelectuales de izquierda; tal vez siguiendo la trayectoria iniciada por José Revueltas cuestionan la ideología estatista de la Revolución mexicana, se interrogan sobre su naturaleza y el carácter del Estado que de ella emergió, sus posibilidades de transformación y límites; sobre la trayectoria de los regímenes posrevolucionarios se preguntan en especial si éstos conservan algún impulso transformador para sortear la crisis y si dentro de los principios de la Revolución mexicana se podían encontrar nuevas soluciones a problemas estructurales como la falta de democracia, o bien, se había agotado el impulso de cambio en las elites gobernantes y había que definir qué sectores tenían la capacidad para impulsar la transformación de la sociedad.

    Es innegable el sentido político que adquiere este rexamen de la Revolución; sin lugar a dudas se percibe la influencia de la Revolución cubana —que evoluciona al socialismo— en algunos ensayos, pues existe cierto voluntarismo revolucionario, y es que la actualización de la Revolución como vía para el cambio influyó en esa época a todo el pensamiento crítico. Pero las evaluaciones que se realizan también tienen su origen en los síntomas de agotamiento que mostraba el crecimiento industrial basado en la sustitución de importaciones, en la profundización de la desigualdad, así como en la exacerbación de rasgos autoritarios que adquirió el sistema político y que se expresaron violentamente en 1968. No obstante las diferentes interpretaciones, a los autores los aglutina su oposición a la interpretación oficial que plantea la Revolución como un proceso continuo, vivo, presente en todos los regímenes posrevolucionarios, con capacidad de transformarse y transformar a la sociedad en beneficio de las mayorías.

    Desde esta perspectiva, los autores cuestionaban al Estado y al régimen antidemocrático posrevolucionario, destacaron el carácter conservador de las elites dirigentes, del partido oficial: PRI, y del Estado, así como el rol mitificante y unificador que había jugado la ideología oficial de la Revolución mexicana. La izquierda de esos años consideraba como tarea esencial para la democratización del país la recuperación de la autonomía e independencia de las masas —política e ideológica, a través de la independencia sindical y organización autónoma de los campesinos, al margen del PRI y del Estado— a fin de que pudieran convertirse en sujetos de nuevas transformaciones. En esa época se debatió sobre al naturaleza de los cambios, si podían realizarse por una vía reformista o si sería necesaria una nueva Revolución; el papel de las organizaciones, movimientos, partidos, vanguardias y alianzas. En la elaboración de alternativas se creaban puentes entre las tendencias y corrientes ideológicas y políticas presentes en la Revolución de 1910 —agrarista, nacionalista, democrática, liberal radical y socialista— y las que alimentarían los proyectos futuros.

    Manfred Kosok, Ene Hobsbawm, John Masón Hart y Enrique Semo, entre otros, subrayan que la Revolución mexicana se ubica en un ciclo de revoluciones iniciado en 1905, y por tanto comparte algunas características con las Revoluciones rusa, china, iraní, turca y persa.¹¹ Entre otros aspectos comunes que presentan estas revoluciones — que constituyen un ciclo mundial— es que se trata de países periféricos y no centrales —como había previsto Marx— son países predominantemente agrarios y no industriales, donde la burguesía propiamente dicha es incipiente, la clase obrera más desarrollada por la participación del capital extranjero y todas estas naciones han contado históricamente con la presencia de un Estado altamente burocratizado, autoritario y con fuerte peso sobre la sociedad.

    En los años ochenta aparecieron nuevas síntesis sobre la Revolución mexicana, casi todas realizadas por investigadores extranjeros, entre 1984 y 1987 se publicaron las obras de Hans Werner Tobler, Die Mexikanische Revolution (1984),¹² de François-Xavier Guerra, Le Mexique, de l'ancien régime á la révolution (1984),¹³de Alan Knight, The Mexican Revolution (1986),¹⁴ de John Tutino, From Insurrection to Revolution in México 1750- 1940,¹⁵ y de John Masón Hart, Revolutionary México;¹⁶ como en otros momentos, estas obras tampoco coincidieron en el carácter de la Revolución

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