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El Sucio Color Del Viento

El Sucio Color Del Viento

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El Sucio Color Del Viento

Longitud:
528 páginas
8 horas
Editorial:
Publicado:
8 jul 2013
ISBN:
9781463360108
Formato:
Libro

Descripción

No todos los inmigrantes llegan a estados Unidos en busca del sueo americano. Muchos se ven forzados a dejar atrs sus races sin imaginar siquiera que al llegar a tierra extraa vivirn su peor pesadilla. Fernando Moreno, un exiliado michoacano desarraigado de su pueblo natal por la violencia y la injusticia, despierta un da vindose acusado de cometer uno de los crmenes ms abominables de que se tenga memoria en Nueva York. Lograr probar su inocencia mientras el pas entero clama pidiendo para l la pena de muerte?... tal vez no est solo en esa titnica lucha, pero solo un milagro podra ayudarlo a desenredar las redes en que lo tiene atrapado el destino. El Sucio Color del Viento es una historia impregnada de dolor, crueldad y muerte, pero tambin de amor, valenta y herosmo, y podra ser la historia de muchos inmigrantes mexicanos, vctimas de la discriminacin y la corrupcin, que terminan sus das sumndose a la lista de ejecuciones por sentencia de muerte en el vecino pas del norte.
Editorial:
Publicado:
8 jul 2013
ISBN:
9781463360108
Formato:
Libro

Sobre el autor

Soy originario de Durango, México. Tuve la suerte de nacer en un ambiente campirano apacible - eran los inicios de la TV comercial y no existían la mayoría de los medios de entretenimiento actuales -, en el cual había tiempo de sobra para leer y dejar volar la imaginación. Dos curiosas anécdotas acerca de mi inicio precoz en la lectura y la escritura, refieren que aprendí a leer a los cinco años, antes de ingresar a la escuela (no existía entonces el kínder o preescolar), y a los siete años no había en todo el plantel nadie capaz de superarme en los concursos escolares; en el terreno de la escritura, a los seis años escribí mi primera autobiografía, si bien me resultó traumático no ser tomado en serio y provocar las risas de los adultos al leer el relato biográfico de alguien que aún no había vivido lo suficiente para contar su historia. Más tarde, a los nueve o diez años, cayó en mis manos una novela de Julio Verne (Cinco Semanas en Globo) y desde ese momento me dediqué a ahorrar cuanto podía para comprar otra. Así llegué a leer la mayoría de sus obras y con ello mi imaginación dio un salto brutal en los albores de la adolescencia. Seguramente mis hermanas menores recuerdan que, habiendo heredado de mi padre una gran facilidad para el dibujo, en hojas de cuaderno elaboraba revistas de bolsillo, completamente ilustradas con historias ideadas por mí, y se las daba a leer en suscripción ficticia. Posteriormente, ya en plena adolescencia, junto a muchas otras obras de autores clásicos, leí las Narraciones Extraordinarias de Edgar Allan Poe y me causaron una profunda impresión, a tal grado que llegué a releerlas varias veces, como casi la totalidad de sus obras. En esa misma época tendría lugar otro encuentro fundamental con el tercero de quienes conforman la trilogía de mis autores preferidos, al leer Intriga en Bagdad de Ágatha Christie. Para entonces, iniciaba estudios a nivel profesional en la carrera de Ingeniería Civil, no obstante lo cual, me dediqué con gran entusiasmo a devorar cuanta obra suya llegaba a mis manos. Esos tres grandes genios han forjado de algún modo mi gusto y mi concepción literaria y hoy puedo decir que, de no haberlos leído, quizás no habría llegado a germinar en mi mente la semilla de la inspiración y la creatividad, requisito indispensable para pasar de la simple afición soportada en capacidades innatas, al decidido empeño por inventar mundos y realidades a base de horas y horas de arduo trabajo y constancia. “La Máscara del Dios Jaguar” es mi segunda novela de corte policiaco y, sin embargo, la primera que concibo desde su origen como novela negra. Lejos de mí la intención de enfrascarme en una definición semántica, hago esta distinción simplemente porque encuentro diferencias sustanciales entre ambas: en “El Sucio Color del Viento”, título de la primera, ocurren hechos criminales en el desarrollo de la trama, y si bien, dos de los personajes principales son agentes investigadores, el mayor peso de la historia radica en su trasfondo dramático. En cambio, en la obra que presento a ustedes a través de estas líneas, la trama completa gira en torno al hecho criminal y todo cuanto sucede en ella, obedece o se desarrolla alrededor del mismo. Mario Vargas Llosa escribió en sus Cartas a un Joven Novelista: “…toda novela es una mentira que se hace pasar por verdad, una creación cuyo poder de persuasión depende exclusivamente del empleo eficaz de una técnicas de ilusionismo y prestidigitación semejantes a las de los magos de los circos o teatros.” En sincronía con el cometido que magistralmente enuncia el laureado escritor peruano – y dejando por supuesto a juicio de los lectores el veredicto final de haber cumplido con él o no -, pongo a disposición de los amables lectores una ficción vestida de realidad (y no lo contrario) en la que los mexicanos quizás podríamos hallar similitudes con nuestra cotidianeidad, si bien, la historia no aborda condiciones privativas de un país o nación (el tiempo y el espa


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El Sucio Color Del Viento - Arturo Ayala Peralta

EL SUCIO COLOR DEL VIENTO

ARTURO AYALA PERALTA

Copyright © 2007, 2013 por Arturo Ayala Peralta.

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida o transmitida de cualquier forma o por cualquier medio, electrónico o mecánico, incluyendo fotocopia, grabación, o por cualquier sistema de almacenamiento y recuperación, sin permiso escrito del propietario del copyright.

Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto de la imaginación del autor o son usados de manera ficticia, y cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, acontecimientos, o lugares es pura coincidencia.

Fecha de revisión: 06/29/2013

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449557

ÍNDICE

CAPITULO 1

CAPITULO 2

CAPITULO 3

CAPITULO 4

CAPITULO 5

CAPITULO 6

CAPITULO 7

CAPITULO 8

CAPITULO 9

CAPITULO 10

CAPITULO 11

CAPITULO 12

CAPITULO 13

CAPITULO 14

CAPITULO 15

CAPITULO 16

CAPITULO 17

CAPITULO 18

CAPITULO 19

CAPITULO 20

CAPITULO 21

CAPITULO 22

CAPITULO 23

CAPITULO 24

CAPITULO 25

Dedicatoria

A mi esposa Mary:

Por su amor, paciencia y comprensión,

factores fundamentales para alcanzar la meta.

A mis hijos Nelly Edith, Jaime Arturo, Irving Jesús y Cindy:

Por su aliento y apoyo en los momentos de desánimo.

CAPITULO 1

EN UN REFLEJO CONDICIONADO POR la rutina de muchos años, Charles McGee viró el volante del vehículo oficial para tomar rumbo hacia el sitio que tenía retratado en la mente: el puesto de hamburguesas de la calle 34.

Después examinó de reojo la expresión de su compañero. Aquel apenas si se inmutó, sin abandonar la actitud pensativa que había mantenido durante todo el trayecto.

- Animo Walter – le dio una palmada -, no ayuda mucho darle vueltas a las cosas en la cabeza.

Borelli no consiguió dar un tono trivial a su respuesta.

- Desearía poner freno a mis pensamientos de una vez por todas – dijo desapacible -, si tan solo supiera cómo hacerlo. No acabo de digerir este maldito asunto.

- Jamás me inmiscuyo en los asuntos personales de nadie, tú me conoces. Si hago una excepción es porque durante todos estos años hemos sido amigos y no solo compañeros. Eres de buena ley, como pocos, y me gustaría poder ayudarte en algo.

- Te agradezco la intención, pero no hay nadie capaz de hacerlo por ahora – el rostro demacrado del investigador dibujó una mueca que quiso ser sonrisa y de pronto pareció decidido a explayarse -. Alguna vez habrás escuchado el clásico: ¿por qué no has arreglado la cañería? o podrías dedicar el fin de semana a reparar el tejado o sino aquello de: la casa está convertida en muladar, necesita pintura y herrería nueva… los pretextos perfectos para iniciar una discusión sin sentido; soberanas tonterías que a veces son el arma favorita de las mujeres para echarte a perder una tarde de fútbol, una mañana ante el televisor para disfrutar de tu programa favorito, o, a fin de cuentas, para arruinarte la existencia. ¿Podrías creer que hasta eso extraño?

A pesar del tiempo transcurrido en diaria convivencia con su compañero, McGee pocas veces podía arrancarle una confidencia; eso le hizo comprender cuan difícil debía resultarle asimilar la situación personal que atravesaba. Al mismo tiempo intuyó que solo estaba necesitando un desahogo y decidió dar a la plática un tono menos formal.

- Es fácil entenderlo amigo – respondió -. Acabas de describir algo que vivo todos los días; no sé cómo me sentiría si alguna vez fuera diferente. En cuanto llego a casa y me cambio de ropa, deja de existir el agente McGee, azote de los malvados, a quien tanto teme el bajo mundo de Nueva York, y aparece el sumiso e indefenso Charlie, dispuesto a ponerse el mandil para tomar nota del cúmulo de tareas domésticas, que siempre parece interminable.

- ¡Ja, ja, ja!… seguramente así debe ser la verdadera vida de todos esos superhéroes de las historietas y las películas.

- Mejor que no lo sepan los rufianes con quienes debemos lidiar a diario en las calles.

- Muchas parejas viven diariamente los mismos problemas y ni siquiera se dan cuenta – el tono de Walter volvió a tornarse serio -, debe ser porque, de tan repetitivos, llegan a parecer normales. A lo mejor la razón de que caiga uno en crisis radica en el estado de ánimo. A veces estás de humor para aguantar cualquier idiotez y vas con tu mejor sonrisa a podar los árboles del jardín, y otras, te fastidia hasta escuchar alguna indirecta cuando te encuentras despatarrado tomando cerveza en tu sillón favorito, disfrutando un gran partido de béisbol.

- Tú si me comprendes amigo.

Borelli levantó el pulgar y dibujó una sonrisa forzada.

Ese fue apenas un indicio de que realmente se estaba esforzando por salir del mal momento. Luego se relajó un poco en el asiento y su semblante meditabundo apenas si reflejó el cúmulo de ideas que lo devoraba por dentro.

- Es increíble ver como pasan los años – continuó, en el mismo tono de introspección – y uno sigue creyendo que todo marcha bien. Te acostumbras a lidiar con tantas cosas ordinarias a diario, que de pronto no alcanzas a detectar cuando algo cambia.

- Una vez leí que la famosa incompatibilidad de caracteres, causa principal de la separación de muchas parejas, no es sino una lista de pequeños detalles, idénticos, ni más ni menos, a esos de los que hemos estado hablando.

- No lo dudo. Por estúpido que parezca, la gente no se separa porque le pongan el cuerno, por violencia o por alcoholismo. Hay más divorcios porque al marido no le gusta sacar a pasear al perro o se olvida de darle de comer al perico, increíble ¿no? – Borelli se acarició la barbilla pensativo y McGee leyó en sus ojos color marrón una secreta necesidad de hablar a fondo de aquello que lo inquietaba -. ¿Cómo pude no darme cuenta de que Greta estaba entrando en crisis?

El rostro de Charles lució más alargado al enarcar las cejas.

- Realmente es difícil – afirmó -. Las mujeres cambian su estado de ánimo de un momento a otro, aunque tal vez hayas notado cierta irritabilidad, algún cambio de carácter, no se…

- Creo conocer la razón principal de su inconformidad. De un tiempo para acá, no dejaba de culparme por no haber tratado al menos de averiguar las causas de que no pudiéramos procrear, cuando quizás estábamos a tiempo.

- ¿Nunca trataron de indagar a fondo las causas del problema?

- Es una falla compartida en realidad. No nos propusimos tratar de resolverlo de común acuerdo, a lo mejor porque los dos teníamos temor de quedar en mala posición con el diagnóstico.

- ¿Entonces afectó su relación el no haber tenido hijos?

- Por lo menos fue el origen de nuestros problemas – se frotó la nuca con gesto de cansancio -. Greta siempre renegó de ser la mujer de un policía, hablaba de ello con menosprecio, y sin embargo, dudo de que hubiese sido más feliz si yo fuera doctor o abogado. Para mí, la causa de tanta insatisfacción estaba en su interior y nunca tuvo el valor para buscarla… si, eso creo, y por mi parte, me acostumbre a verla en esa condición, no supe darle ayuda sicológica o apoyo moral. Sencillamente la descuidé.

La conversación tomó un compás de espera y los agentes permanecieron un rato abstraídos, con la vista clavada al frente, observando sin mucho interés el conglomerado de luces nocturnas a lo largo del trayecto.

- ¿Sabes que empiezo a cansarme de toda esta rutina? – el rostro de Walter Borelli se tornaba más agrio por momentos - De pronto tengo la impresión de haber echado mi vida por una cloaca.

- Hablas como si fueras un anciano y apenas tienes treinta y cinco años. La vida empieza a los cuarenta, ¿no lo crees?

- Eso es filosofía barata y no me sirve de consuelo. He estado en esto desde los veinticinco años y ni siquiera puedo estar ahora detrás de un escritorio dando ordenes. Si, a pesar de las altas y bajas de la vida, mi carrera ha sido de una regularidad pasmosa… ¿o debo decir mediocridad?

- Tranquilo amigo, estás en uno de esos días en que todo se ve negativo, es mejor…

- Greta me lo repetía todo el tiempo – lo interrumpió - y aunque solo era otro de sus pretextos favoritos para amargarme la existencia, he llegado a tomarlo como una cruda verdad – se mesó los cabellos castaños, casi entrecanos, con creciente ansiedad; McGee no pudo encontrar argumentos para rebatirlo -. Nunca he sido un tipo oportunista en busca de ascensos, simplemente he tomado en serio mi trabajo, y en este momento no se si ha valido la pena entregarme tanto a cumplir con él. Tal vez estoy pagando el precio de esa entrega, y no dejo de preguntarme: ¿a cambio de qué?… sigo siendo un subordinado.

- Ya es suficiente Walter – Charles McGee adoptó una expresión de seriedad al momento de tocar el hombro de su compañero -. Nada ganas con denigrarte a ti mismo por el hecho de estar pasando por una mala situación. Eres un buen elemento y, más allá de eso, una excelente persona, eso no podría cambiarlo ningún puesto burocrático; piénsalo y verás que el hecho de sentirse en paz con la propia conciencia también tiene un gran valor. Además, desde que ingresé al Departamento de Policía tú has sido para mi el modelo a seguir, no me decepciones… ¿o acaso te haría sentir mejor estar más arriba por ser un maldito lambiscón?

Su acompañante no acertó a replicar y Charles intentó cerrar la puerta a cualquier exabrupto.

Fiel a su costumbre, detuvo la unidad haciendo rechinar los frenos frente al Kim’s Hamburguer. Accionó enseguida el switch de encendido para apagar el motor y, con una palmada en el hombro, manifestó una vez más su solidaridad.

- Tienes apenas ocho días enfrentando una situación distinta, más tampoco puedes pensar que va a ser definitiva; tal vez tu mujer solo estaba necesitando un descanso, una evasión, no sé… probablemente regresará cuando haya recapacitado.

- No – replicó con firmeza -. En su carta asegura que se va para siempre y debo hacerme a la idea, cuanto antes mejor; la conozco, es demasiado obstinada y aún cuando algún día se convenciera de haber cometido un error, su terquedad y su orgullo no le permitirían reconocerlo. Antes que regresar doblegada y vencida, preferiría hundirse en sus equivocaciones, podría apostarlo.

- Entonces no hay nada que hacer contra eso. Iba a sugerirte que la buscaras, a lo mejor…

- No, no la buscaré – dijo determinado -, sería perder el tiempo y ensanchar más la brecha entre nosotros. Ella tomó la decisión de marcharse y estoy obligado a respetarla.

- Solo necesitas darle tiempo al tiempo – creyó estar ganando terreno y redobló su ofensiva -. El hecho de que ella no esté, no te hace ser mejor ni peor de lo que eras. Te has ganado el reconocimiento a pulso y eres un oficial destacado en el Departamento. Yo aún estoy en pañales comparado contigo y sé lo difícil que es conseguirlo. Sencillamente, nadie está exento de caer en crisis y más en nuestro caso – alzó las cejas, dibujando su gesto más típico -, no tenemos un oficio sencillo, pero dime quién lo tiene.

- Oficial McGee – Walter adoptó una expresión resignada -, no te digo Charlie porque los villanos podrían llegar a conocer tu identidad secreta, gracias por escucharme. Y ahora, acabemos con un buen par de hamburguesas dobles; supongo que para eso paraste aquí.

- Esta vez no me quedaré con el antojo, así es que a la carga.

Cuando descendieron del vehículo, no se había ahuyentado del todo la tensión reflejada en el rostro del alicaído Borelli. Su acompañante iba un paso atrás y movió la cabeza mirando al suelo; aquella escalada era solo un pretexto para hacerle compañía por un rato más, y lamentó no tener la elocuencia necesaria para ayudarlo a recobrar el ánimo.

- Hola Kim – saludó Walter.

- Buenas noches amigos, en un minuto estarán listas sus hamburguesas.

- A la mía ponle queso doble, sin aguacate.

- ¿La suya igual que siempre, oficial McGee?

El aludido asintió con un movimiento de cabeza y, mientras el diminuto oriental trabajaba afanosamente para atender el pedido, los recién llegados se instalaron en un extremo del mostrador.

Una mujer de facciones finas y ojos rasgados se acercó diligentemente hasta ellos.

- ¿Qué van a tomar?

- Lo de siempre, señora Yung.

- ¿Será verdad que las mujeres orientales son tan sumisas como dicen? – en la pregunta de Walter, su compañero advirtió el curso de sus pensamientos.

- Aquí viene el experto – Charles se volvió hacia el dueño del negocio -. Oye Kim, ¿qué nos puedes decir al respecto? ¿Es cierto que en tu tierra todas las mujeres son dóciles y obedientes?

- Fantasías del mundo occidental, amigos… encontrar una mujer así, en China y en todo el mundo, es como jugar a la lotería.

- En lo que a ti concierne, pareces muy dominante, y tu esposa todo lo contrario.

- El negocio y el hogar son terrenos diferentes. Aquí yo soy quien administra y por lo tanto, quien manda; en casa no podría decir lo mismo.

- ¡Ja, ja, ja!… no cabe duda, igual que en todas partes.

En ese momento llegó hasta sus oídos un inconfundible rumor de carreras y gritos, evidente presagio de problemas en una de las calles laterales.

- ¡Maldita sea! – vociferó McGee cuando el primer bocado aún no terminaba de deslizarse por su garganta -. El día que pueda tener una cena como la gente decente mandaré decir una misa… algún maldito bastardo siempre adivina el momento preciso para empezar a chupar la sangre, y por lo visto, hoy tampoco podremos espantar el hambre antes de ir a dormir.

- Espera – lo atajó Walter, de camino al vehículo -, iré yo; esto no me quitará ni tres minutos.

- No somos patrulleros y yo no pensaba mover mi trasero de aquí hasta terminar con este delicioso manjar… ¡maldición!… pero eso tendrá que esperar. Ahora estoy contigo.

- No es necesario – gritó el otro con la mano en la portezuela -, lo resuelvo en un santiamén.

En dos zancadas Borelli había llegado hasta el vehículo. Cuando su compañero reaccionó, casi atragantándose con los restos del último bocado, comprendió que no le daría alcance, y se limitó a escuchar el chirriar de las llantas ante el violento arrancón.

Un hombre venía a toda carrera por la bocacalle.

Al ver aparecer el vehículo con la torreta encendida, se aproximó sin perder un instante.

- Un tipo… me acaba de… asaltar – señaló al otro extremo de la calle, respirando entrecortadamente -… se fue por aquél callejón.

Walter se hallaba siempre dispuesto a intervenir en ese tipo de situaciones casi cotidianas en Nueva York. En cuestión de segundos se enfiló en la dirección indicada. Era una calle estrecha, conectada a un oscuro callejón en su extremo opuesto.

El agente descendió del vehículo y recorrió unos cincuenta metros, escudriñando atentamente todos los recovecos, hasta ver coronado su empeño.

- ¡Sal con las manos en alto! – gritó.

El bulto confuso que pretendía ocultarse entre las sombras de un zaguán, adquirió forma humana bajo la luz de la linterna. El solitario ladrón salió titubeante, obedeciendo la orden.

- N-no dispare, estoy desarmado – balbuceó.

- Por hoy se acabaron tus correrías, amigo.

Se encontraban separados apenas unos metros y el agente se acercó despacio hasta aquél tipo de elevada estatura, echando mano a las esposas.

- ¡Juro por ésta que no soy un ladrón! – el hombre se llevó una mano a los labios, haciendo la señal de la cruz; su acento al pronunciar la frase en español fue desesperado - Mi esposa está enferma y no encuentro trabajo… solo quería resolver las necesidades más urgentes.

- ¿Y yo soy caperucita roja, no? – a pesar de su ironía, Borelli percibió la sinceridad en la voz de aquél individuo y le alumbró el rostro, llevado por la curiosidad.

- Mi familia está pasando hambre y me necesita – clamó el tipo con voz quebrada -; no se qué va a ser de ellos si no vuelvo a casa esta noche… mire…

- ¡Alto! – gritó el policía al verlo llevarse una mano al bolsillo –. Ten cuidado con tus movimientos o me obligarás a dispararte.

- Mire – la agitó en lo alto -: le devuelvo la cartera, pero déjeme ir, por lo que más quiera.

Walter percibió la desesperación del sujeto; había visto retratada en su gesto esa emoción tan conocida para él en los últimos días e involuntariamente se dejó llevar por esa analogía.

Una serie de confusos pensamientos nublaron su mente.

Sin darse cuenta bajó el arma y en fracción de segundos revivió en la imaginación muchos felices momentos junto a Greta, esos a los que tanto le costaba renunciar, hasta el terrible momento de llegar a casa y encontrar su carta de despedida. Ese instante de vacilación sin poder detener el curso de sus pensamientos se prolongaba demasiado. Reaccionó hasta que el tipo le lanzó la cartera al rostro y se echó a correr. Blasfemando enfurecido, el representante de la ley aferró su pistola y la apuntó hacia la confusa silueta que velozmente se perdía en la oscuridad.

- ¡Alto!… ¡Alto o disparo!

Sus gritos levantaron eco en la callejuela, más no lograron impedir la huida. Una gran confusión mental lo aturdía, obligándolo a permanecer estático, sabiendo que no sería capaz de balear por la espalda a un hombre desarmado, y tampoco hizo el intento de ir tras él o de abordar el coche para perseguirlo.

- ¿Qué pasó Walter? – preguntó McGee; había llegado hasta el sitio como una exhalación - Escuché que gritabas.

- No fue nada – respondió lacónicamente –, oí ruidos, creí ver a alguien… y solo se trataba de gatos o perros husmeando entre la basura. No pude atrapar al ladrón, solo hallé esto.

Su compañero se inclinó a tomar el pequeño rectángulo que alumbraba en el piso y, mientras intentaba normalizar el ritmo de su respiración, Borelli paseó la vista por los alrededores en actitud de alerta, procurando esconder la turbación que experimentaba.

- Debe ser la cartera robada – dijo -… ¿estás seguro de que el ladrón no anda cerca?

- No, ya revisé y no hay un alma en toda la calle, ese infeliz ya debe estar muy lejos.

- Como carterista resultó un incompetente. Tuvo tiempo para sacar todo el dinero y está bastante abultada, ¿por qué la dejaría? – soltó un silbido al examinar el fajo de billetes en su interior - Gracias a ello, esta faena no ha sido un completo fracaso.

Cuando emprendieron el camino de regreso por la oscura calle, McGee se preguntó si acaso continuaba la lucha interior de su compañero, al advertir su actitud tensa y meditabunda.

- El ladrón se volvió de humo – dijo al entregar el hallazgo a su dueño -, pero hallamos esto.

Al encontrarse bajo la luz de los arbotantes cercanos, el hombre de aspecto distinguido procedió a examinar el interior con movimientos nerviosos.

- ¡Gracias a Dios! – exclamó aliviado - Parece que está todo el dinero… veamos – hizo un recuento más o menos apresurado y luego volvió a sonreír ampliamente -. Si… si acaso faltan un par de billetes, no es nada, comparado con lo que pude haber perdido.

- ¿Y se puede saber qué hacía por una calle como esa cargando tanto dinero?

Borelli esbozó un gesto de desaprobación mientras el hombre limpiaba el sudor de su frente con expresión relajada.

- Mi negocio está a dos calles de aquí – explicó -. Después de cerrar salí en el auto y tuve una falla mecánica; entonces decidí regresar caminando a llamar por teléfono. Los malvivientes deben olfatear el dinero, pues justamente cuando rogaba por no tener un mal encuentro, una voz me amenazó por detrás al cruzar cerca del callejón.

- ¿Podría identificar al asaltante? – preguntó McGee - Tal vez debería ir a la Delegación a presentar denuncia.

- ¿Y armar todo un lío para recuperar cien dólares, o algo así?… no, no es necesario; además, no le vi la cara al asaltante en ningún momento. Puso algo en mi espalda y amenazó con matarme si trataba de voltear, luego revisó mis bolsillos, siempre colocado detrás de mi. Cuando sacó la cartera y echó a correr, hice lo propio, gritando en demanda de auxilio. He tenido una gran suerte al encontrarlos tan providencialmente y, por cierto, permítanme darles una buena propina… de no haber sido por ustedes, pude haber sufrido una gran pérdida. Mañana debo hacer un depósito a uno de mis principales proveedores y no quiero ni pensar en todos los problemas que me hubiera acarreado el no poder hacerlo.

- Bueno – Charles carraspeó ligeramente -, solo hicimos nuestro trabajo.

- Nos basta con la satisfacción de haberle servido – dijo Walter, en tono firme -, no necesitamos recompensa alguna.

- ¿En serio? – exclamó el hombre, incrédulo - Un ciudadano agradecido puede también…

- Si no hay algo más que podamos hacer por usted – lo atajó con aspereza - va a perdonar que nos retiremos, hemos tenido una larga jornada.

- Está bien muchachos – cedió al fin, sin abandonar su amplia sonrisa, estrechándoles la mano con efusividad -. Nunca olvidaré este día y mucho menos la gran honradez que han demostrado. Cosas como ésta hacen que uno vuelva a creer en las instituciones. Los felicito sinceramente.

- ¡Maldición Walter! – exclamó McGee, una vez a bordo del automóvil - ¿Hay alguna cláusula en el reglamento que impida a un agente investigador recibir propinas de los ciudadanos?

- No importa si está escrito o no, pedir y recibir dinero no son sino dos maneras distintas de practicar la corrupción.

- Pues en el fondo no estoy del todo convencido de que se tratara de algo incorrecto – insistió, con aire de broma disfrazado.

- Llevamos algunos años juntos en este oficio, Charles, y por lo visto, todavía no me conoces lo suficiente. ¿Sabes que mi desmedido apego a las normas le resultaba irritante a Greta, e incluso a mi mismo en ocasiones?

- Si no estás conforme con eso, podrías hacer el intento de tomar una actitud menos radical. Y justo acabas de perder una oportunidad a la medida para poner en práctica ese cambio.

- Tal vez no – replicó con gesto enigmático y su acompañante volvió la cara para mirarlo con extrañeza -… es la primera vez que dejo escapar a un delincuente.

- ¿Qué estás diciendo?

- Eso precisamente. Lo tenía encañonado y a mi merced para colocarle las esposas; tuve un momento de distracción o confusión, no se cómo llamarlo, y el ladrón lo aprovechó para escapar.

- No puedo creerlo – hubo reproche e incredulidad en el acento de McGee -. A menos que hayas tenido la intención de dejarlo ir, es difícil aceptar una distracción en esas circunstancias.

- A lo mejor así fue – concedió sin mayor reflexión -. Tal vez al escuchar su discurso dudé en aprehenderlo y de manera inconsciente propicié su escape.

- ¿Por qué lo hiciste? No puedo entenderlo.

- Armó todo un drama – Borelli aprovechó la luz roja de un semáforo para rememorar la escena -; juró que no era un asaltante, dijo no tener trabajo y que su esposa estaba enferma.

- Escuchamos esa basura todos los días, hasta cuando atrapamos a los peores criminales. Todos dicen ser almas de Dios y gritan a los cuatro vientos que jamás han matado una mosca, ¿cómo pudiste creerle Walter?

- El tipo dijo algo en español y se notaba desesperado, como si realmente estuviera pasando por una difícil situación; aunque al principio traté de hacer oídos sordos, pensando en discursos semejantes, algo me dijo que no mentía. De pronto lo vi como si se tratara de un animal acorralado y mis reacciones se volvieron torpes.

McGee se alzó de hombros, sin abandonar del todo su resquemor.

- En fin, ya no tiene remedio. Sin embargo, no eches en saco roto lo que voy a decirte: una falta de concentración en el ambiente peligroso en que nos movemos puede resultar fatal y deberías analizar la causa. Te considero un tipo cerebral y frío en cuestión de trabajo y así debes seguir siendo; es arriesgado dejarse llevar por las emociones, aún reconociendo que no te faltan motivos.

- ¿Ves cómo si soy capaz de desentenderme un momento de la honradez y del sentido de responsabilidad que a veces me parecen una carga pesada de llevar?

- Lo peor de todo es que no has obtenido el menor provecho cuando decidiste dejar esa carga a un lado… y menos aún cuando volviste a echártela en la espalda.

- Cuestión de enfoques. ¿Tan pronto olvidaste tu frase de hace un momento: estar en paz con la propia conciencia también tiene un gran valor? – sonrió con sarcasmo -. No me considero corrupto por haber dejado escapar a ese tipo, puesto que no recibí nada a cambio, simplemente, no fui capaz de hacer oídos sordos a una voz interior y tal vez no me equivoqué del todo… si no, ¿cómo explicas que teniendo al alcance de la mano más de tres mil dólares, el ladrón solamente haya tomado, si acaso, cien?… hubiera tardado menos en vaciarla por completo y llevarse todo el botín.

- ¿Tratas de hacerme creer que se comportó con honradez? – hizo un aspaviento de desacuerdo total - Eso es ridículo, da lo mismo robar cien dólares que robar mil, sigue siendo un delito

- No justifico la acción, solo trato de entenderla. Además, nunca pensé en dejarlo ir, sencillamente me distraje en el peor momento. Por loco y estúpido que parezca, así fue.

- Entonces soy yo quien está rematadamente loco porque no entiendo nada… ¿ladrones honrados y policías que desprecian recompensas?… esto no debe estar pasando; haz el favor de pellizcarme para poder despertar.

- Bueno, basta de alegatos – en un instante, Borelli pisó el pedal del freno y se dio la vuelta hacia el otro lado del camellón -. Si no mal recuerdo, aún no he cenado y mi estómago empieza a protestar, así es que volvamos a donde Kim.

McGee se encogió de hombros.

Hizo una mueca de resignación y movió en círculos el índice sobre su sien derecha.

En ese momento una conocida voz en tono apremiante resonó en el radio receptor del vehículo.

- ¡Llamando a todas las unidades en el área de Central Park!

- Ahí vienen de nuevo – dijo McGee tratando de atajar el movimiento de su compañero -. ¿No podríamos terminar la cena y luego irnos a descansar, como habíamos planeado?

Walter levantó el transmisor con gesto de desaprobación.

- Reportan una emergencia en esta zona – dijo -… no podemos hacer oídos sordos.

- Como quieras – Charles resopló con fastidio -, por lo visto te quedarás sin cenar.

- Aquí el oficial Borelli cerca del rumbo… ¿qué ocurre Williams?

- Un 10-40 en la calle 57… reportan revuelo, así es que sería bueno si pudieran apoyar.

- No estamos muy lejos, vamos para allá.

En cuestión de minutos arribaron al lugar indicado.

La agitación y el tumulto en la calle eran evidencias claras de que algo anormal sucedía.

- ¡A un lado señores! – gritó Charles agitando los brazos, en cuanto hubo puesto pie en tierra -… abran paso a la autoridad.

Al llegar al centro de aquél remolino humano, mientras su compañero procuraba organizar a los agentes presentes para controlar la situación, Walter se topó de lleno con una escena que lo cimbró de pies a cabeza: dos cuerpos, convertidos en masa sanguinolienta, se hallaban sobre el pavimento. La sangre se heló en sus venas al observar impensadamente lo que había quedado de aquella mujer y su pequeño hijo. Sin decir palabra se dio la vuelta, sintiéndose incapaz de disimular su perturbación.

- Deben haber caído de ese edificio – dijo un hombre que se encontraba al frente de los curiosos, señalando hacia las alturas.

- ¿Quién es usted? – lo interrogó Charles.

- Tengo un local comercial aquí enfrente – el hombre temblaba visiblemente y su voz sonaba alterada -. Estaba en la puerta fumando un cigarro, cuando de pronto escuché un grito de auxilio allá arriba – señaló hacia el edificio, al otro lado de la calle -… alcancé a ver el momento preciso en que la señora pareció trastabillar en la rejilla donde inicia la escalera de emergencia.

- Eso es importante – el oficial sacó una libreta y empezó a hacer anotaciones -. ¿Qué escuchó decir a la víctima?

- No pronunció palabra alguna, fue más bien un grito de espanto, al tiempo de empezar a caer. Podría jurar que alguien la empujó, alcancé a ver la sombra de una persona retirarse con rapidez hacia adentro de la terraza… ¡Dios!… ¡se hicieron pedazos en el pavimento!

- Yo vivo un piso abajo – dijo una mujer entre los curiosos -. Tal vez fue su esposo quien la empujó… se rumora entre los vecinos que ese mal hombre la maltrataba.

- ¡Retírense por favor señores! – exclamó un oficial agitando las manos entre los empujones de la gente -. Vuelvan a sus casas, no hay nada qué hacer aquí.

En ese momento, varias patrullas arribaron al lugar y de inmediato sus tripulantes se presentaron ante el oficial de más alto rango. En cuestión de minutos, la zona quedó acordonada y cada cual se dispuso a realizar su parte, dentro de aquél guión de sobra conocido. Mientras giraba instrucciones a diestra y siniestra, Charles McGee había advertido a su compañero en actitud hermética, muy ajena a su estilo, y cuando lo vio abrirse paso entre los demás, como buscando apartarse de aquél caos, su asombro fue mayúsculo.

- ¿Qué pasa Walter? – le preguntó, en cuanto consiguió llegar hasta él, aún más asombrado al encontrarlo vomitando en un sitio apartado - ¿Te sientes mal?

- No podría sentirme bien después de haber visto esos cuerpos hechos pedazos.

- Lo entiendo, pero…

- Siento decepcionarte – lo interrumpió con el gesto descompuesto -, no tengo tanta sangre fría como aparento.

- Vamos, ¿quién habla de eso? Es natural que…

Un rumor de gritos y carreras llegó de pronto a sus oídos y le impidió terminar la frase; con toda presteza, Charles se dio la vuelta para dirigirse a averiguar la causa del revuelo. Sin perder tiempo, interceptó al primero de los uniformados que encontró al paso.

- Unos vecinos vinieron a informar que el esposo de la mujer muerta está en el departamento – explicó -. Según dicen, el tipo la maltrataba y sospechan que pudo haberla arrojado desde la terraza; en este momento va un grupo de compañeros al interior del edificio para detenerlo.

- Walter, ¿ya te sientes mejor? – había ido a su encuentro y casi lo empujó por delante suyo, sin esperar respuesta -… debemos dirigir la detención del sospechoso, vamos ahora mismo.

Con todas las precauciones de rutina, un grupo de agentes hacía su entrada al edificio. De inmediato se colocaron al frente.

- Es en el tercer piso, departamento 319 – dijo el uniformado que marchaba a la cabeza.

Un largo pasillo apareció ante los ojos de la partida de agentes al salir de la escalera.

Mientras Borelli centraba su atención en una figura femenina apostada ante una puerta en el fondo del corredor, otra puerta se abrió violentamente para dar paso a un hombre alto y moreno, de aspecto típicamente latino.

- ¡¡Alto!! – gritó McGee a pleno pulmón.

El hombre cortó al instante la carrera que había intentado emprender y parpadeó con una extraña expresión de azoro y angustia, al hallarse ante media docena de pistolas apuntándole.

- ¡Cuidado! – gritó Borelli a su vez, mirando de nuevo a la chica en el final del corredor, mientras aquella trataba de abrir la puerta con movimientos nerviosos - ¡No disparen! ¡Hay gente en el fondo del pasillo!

Con toda sangre fría y el factor sorpresa a su favor, McGee se había abalanzado sobre el sospechoso, poniéndolo de espaldas a la pared. A pesar de su corpulencia, el hombretón no se resistió en el primer momento. Salió de su estupor hasta sentirse inmovilizado por las esposas y verse arrastrado por los representantes de la ley; entonces comenzó a forcejear rabiosamente.

- ¡Suéltenme! – gritó - ¡Quiero ir con mi familia!

Mientras dos hombres trataban de controlar al detenido y McGee le recitaba sus derechos, Borelli volvió a mirar hacia el fondo del pasillo, esta vez desierto. Luego echó a andar y, abriéndose paso entre el grupo, se adelantó a alcanzar las escaleras.

- ¡¡Yo los maté!! – chilló el detenido con acento gutural - ¡Soy un asesino!

Los estridentes gritos de aquél individuo crisparon aún más los alterados nervios de Walter y trató de no prestarle oídos. Seguía experimentando nauseas y una extraña mezcla de emociones que recrudecieron su malestar interior.

La operación había requerido unos cuantos minutos.

Poco más tarde solo quedaban en el sitio los peritos examinando los rastros de sangre sobre el pavimento y los oficiales pudieron reunirse de nuevo en el vehículo que compartían.

- A fin de cuentas el operativo fue un éxito – McGee resopló aliviado -: llegamos a tiempo de impedir la huida del asesino.

- Cada día entiendo menos lo que está pasando con este perro mundo – la expresión indignada de Walter reflejó claramente su estado de ánimo -. Ese mal nacido debería ser incinerado en público para escarmiento, así nunca más se repetirían casos como éste.

- Debe estar loco de remate: primero grita su culpa a voz en cuello, luego hace la pantomima de estar sufriendo una crisis nerviosa y, para rematar su actuación, finge un desmayo.

El otro se revolvió en el asiento con inquietud.

Mc Gee percibió su ansiedad y comprendió que seguía debatiéndose en sus conflictos internos.

- Finalmente todo salió bien – dijo con cautela, consciente de que las recriminaciones no eran lo indicado en ese momento -. Ha sido en verdad una rara noche: recuperamos un botín y capturamos a un presunto homicida… ¿qué sigue ahora?

- Espero que solamente ver las agujas del reloj en el trayecto a casa, tiempo suficiente para confirmar una decisión importante.

- ¿De qué hablas?

- Voy a pedir una licencia por tiempo indefinido – señaló tajante -. Cada vez estoy más harto de lidiar con tanta mierda todos los días y necesito buscar nuevos horizontes.

- ¿Te has vuelto loco? ¿A estas alturas del partido?

-¿Ves con cuanta facilidad acabas contradiciéndote? – Borelli sonrió irónico - ¿Y eso de que la vida empieza a los cuarenta?…

- Olvídalo – Charles suavizó el tono de pesimismo que inconscientemente había utilizado -. Honestamente, esto no sería igual sin ti y a lo mejor hablo por puro egoísmo, no me hagas caso.

- Lo ocurrido esta rara noche ha servido para hacerme pensar que necesito probar otros aires, ¿entiendes? He sido detective por vocación y me he esforzado por hacer las cosas de la mejor manera, pero el ciclo se ha prolongado demasiado y un reflejo de ello es la falta de convicción que he demostrado esta noche. Por tanto, prefiero cambiar el rumbo antes de arruinarlo todo.

- Todos hemos tenido desatenciones o malos momentos alguna vez por causa de conflictos personales. Tú estás confundiendo un estado de ánimo pasajero con una crisis permanente, aunque tal vez sea un acierto pensar en un descanso. A lo mejor solo estás necesitando desintoxicarte un poco del ambiente tan denso en el que debemos respirar todos los días.

- Me alegra que lo entiendas – por primera vez en esa noche, el rostro de Walter Borelli se iluminó con una abierta sonrisa al tender la mano a su compañero -. Gracias por escucharme, amigo.

McGee correspondió al apretón de manos con gesto emocionado. Luego accionó la llave del encendido y enfiló la patrulla a través de la amplia avenida que tenía al frente.

CAPITULO 2

CON LA LUZ DEL NUEVO día, la ciudad más grande del mundo se convulsionó para revivir como un monstruo dormido.

El frenético ir y venir de sus desaforados habitantes volvió a congestionar cada una de las calles. Gente de todas las ideologías y de todas las razas, caminando codo a codo y compartiendo un mismo frenesí, se apresuró como todos los días a recuperar su pequeño territorio en la inmensidad de la gran urbe. Negros, blancos, latinos, asiáticos, todos como una mole humana hicieron su aparición para ocupar el espacio vital del que cada cual se siente dueño en el interior de cada rascacielos, de cada centro comercial, de cada estanquillo y hasta de cada sitio en la banqueta.

Pocas cosas hay en la selva de asfalto capaces de atraer la atención de aquél enjambre humano acostumbrado a lidiar en todo tiempo con sus propios grandes problemas. Sin embargo, esa fría mañana de noviembre, primer presagio del crudo invierno que estaba por llegar, varios millares de ojos fueron a posarse en los titulares de los diarios y en las crónicas de los noticieros en la televisión, mientras otros tantos pares de oídos daban fe de la reseña en las estaciones de radio, en su trayecto a través de las arterias del tráfico citadino.

Muchos parecieron olvidar un instante su eterna prisa para seguir con gran atención la reseña de la tragedia hasta en los rincones más escondidos de aquella inmensidad.

- Anoche hubo gran conmoción en la calle 57, lado Oeste de Central Park, en pleno corazón de Manhattan – dijo con voz clara y modulada la conductora del noticiero radiofónico -. El reloj marcaba las veinte horas con cinco minutos cuando un vecino dio la voz de alarma: Andrea Jones y su hijo de apenas tres años de edad, habían caído por la escalera de servicio de su departamento, ubicado en el tercer piso del edificio. Los agentes del Departamento de Policía llegaron a tiempo y por medio de un eficaz operativo lograron detener a Fernando Moreno, un inmigrante de origen mexicano, quien se presume pudo haberlos arrojado por la terraza. Este lamentable caso ha despertado indignación y se debe tomar como una voz de alerta. Día con día, los juzgados reciben innumerables denuncias por maltrato físico al interior de las familias, muchas de las cuales son causa de lesiones permanentes y desembocan en procesos penales, e incluso llegan a provocar la muerte de las víctimas. Parejas enfrascadas en relaciones enfermizas de toda una vida desfilan a diario en los tribunales y deberían movernos a reflexionar en que algo está pasando, más allá de la sola complejidad de las relaciones humanas. Tal vez los estudiosos en la materia logren algún día discernir por qué la intolerancia y la violencia han llegado a convertirse en una forma de vida hasta en el seno de la célula más sensible de nuestra sociedad: la familia. En fin, retomando el objetivo primordial de esta emisión, solamente podemos preguntarnos: ¿es Fernando Moreno un moderno Otelo incapaz de controlar esa locura pasional llamada celos? ¿Es ese mezquino sentimiento, casi siempre enmascarado tras la apariencia de amor, el que lo llevó a cometer el crimen más aberrante de que se tenga memoria?… tal vez nunca lleguemos a saber las respuestas con absoluta certeza, porque sencillamente no puede haber razón alguna para proceder de manera tan brutal. Para concluir la nota, vamos a enlazarnos con una de nuestras reporteras en el Departamento de Policía… adelante Joanna.

- Gracias. Está con nosotros el comandante Ronald O’Connor, Jefe de la Sección de Patrullaje de Manhattan Centro, en cuya jurisdicción ocurrieron los hechos que hemos reseñado… señor, me decía usted que por ahora Fernando Moreno no será presentado ante los medios, ¿podría repetirme cuáles son las razones de ello?

- El detenido ha sido trasladado bajo custodia al área médica, al parecer se encuentra bajo los efectos de un shock nervioso.

- ¿Se halla inconsciente? ¿Qué dicen los médicos?

- Lo están evaluando, sin resultados positivos todavía. Obviamente, en esas condiciones no ha podido rendir declaración.

- Ha trascendido que al momento de su detención el sujeto se llamó a si mismo asesino, adjudicándose la culpabilidad de esas muertes, ¿eso podría ser tomado como una confesión?

- No puedo asegurarlo, tendría que determinarlo la agencia encargada de impartir justicia. Por ahora, es preciso esperar a que el sujeto se recupere y pueda rendir su declaración formal… esa será la ocasión de ratificarlo.

- ¿No será llevado a juicio pronto?

- Repito: eso compete a otras instancias y su estado de shock lo inhabilita por ahora; ojalá no sea demasiado larga la espera."

Cuando el noticiero dio por concluida la exposición de lo ocurrido para pasar a otro asunto, bastó oprimir un botón del control remoto para que en muchos lugares la pantalla del televisor quedara a oscuras. En otros, las imágenes de alguna cruda ficción no muy lejana de la realidad, pasaron a ocupar el rectángulo luminoso.

En todo caso, las vicisitudes propias de cada cual y sus necesidades cotidianas, como parte de la gran comedia humana, demandaron dar vuelta a la página y cerrar ese capitulo.

Walter Borelli despertó sintiendo un cansancio inexplicable.

Por un momento tuvo la

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