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Talentos ocultos: La genialidad no tiene color. La fuerza

Talentos ocultos: La genialidad no tiene color. La fuerza

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Talentos ocultos: La genialidad no tiene color. La fuerza

valoraciones:
3/5 (4 valoraciones)
Longitud:
480 páginas
11 horas
Editorial:
Publicado:
24 ene 2017
ISBN:
9780718092382
Formato:
Libro

Descripción

Esta es la verdadera historia, nunca antes contada, de las mujeres afroamericanas de la NASA expertas en matemáticas, que desempeñaron un papel crucial en el programa espacial de Estados Unidos, y cuyas contribuciones han permanecido anónimas… hasta ahora.

La fenomenal historia de mujeres matemáticas afroamericanas de la NASA en la vanguardia del movimiento feminista y de derechos civiles, cuyos cálculos impulsaron uno de los mayores logros espaciales de Estados Unidos. Ahora una gran película protagonizada por Taraji P. Henson, Octavia Spencer, Janelle Monae, Kirsten Dunst, y Kevin Costner.

Antes de que John Glenn girara en órbita alrededor de la Tierra, o Neil Armstrong caminara en la luna, un grupo de mujeres profesionales en el área de las matemáticas conocidas como «computadoras humanas» usaron lápices, reglas de cálculo, máquinas de sumar para escribir las ecuaciones base para el lanzamiento de cohetes y astronautas al espacio. Entre ellas se encuentran un grupo de mujeres afroamericanas excepcionalmente talentosas, algunas de las mentes más brillantes de su generación. Originalmente relegadas a enseñar matemáticas en escuelas públicas segregadas del sur, fueron llamadas a servir durante la escasez laboral de la Segunda Guerra Mundial, cuando la industria aeronáutica de Estados Unidos se encontraba en extrema necesidad de alguien con conocimientos.

Repentinamente, estas profesionales tenían acceso a un empleo digno de sus habilidades y respondieron al llamado del Tío Sam, se mudaron a Hampton, Virginia, y al fascinante mundo del Laboratorio Aeronáutico Langley Memorial. A pesar de que las leyes Jim Crow de Virginia les obligaba a estar separadas de sus homólogos blancos, el grupo de mujeres afroamericanas «Computadoras del oeste» ayudó a Estados Unidos a alcanzar una de las metas más deseadas: una victoria decisiva sobre la Unión Soviética durante la Guerra Fría, y el dominio completo de los cielos.

Iniciando en la Segunda Guerra Mundial y hasta la Guerra Fría, el Movimiento de los derechos civiles y la carrera espacial, Figuras ocultas entrelaza las historias de Dorothy Vaughan, Mary Jackson, Katherine Johnson y Christine Darden, cuatro mujeres afroamericanas que participaron en algunos de los mayores éxitos de la NASA. Es la crónica de sus carreras a lo largo de casi tres décadas en las que enfrentaron desafíos, alianzas y utilizaron su intelecto para cambiar sus vidas y el futuro de su país.

Now major motion picture starring Golden Globe–winner Taraji P. Henson and Academy Award–winners Octavia Spencer and Kevin Costner.

Set against the backdrop of the Jim Crow South and the civil rights movement, the never-before-told true story of NASA’s African-American female mathematicians who played a crucial role in America’s space program—and whose contributions have been unheralded, until now.

 

Editorial:
Publicado:
24 ene 2017
ISBN:
9780718092382
Formato:
Libro

Sobre el autor

Margot Lee Shetterly grew up in Hampton, Virginia, where she knew many of the women in her book Hidden Figures. She is an Alfred P. Sloan Foundation Fellow and the recipient of a Virginia Foundation for the Humanities grant for her research on women in computing. She lives in Charlottesville, Virginia.


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Vista previa del libro

Talentos ocultos - Margot Lee Shetterly

© 2017 por HaperCollins Español

Publicado por HarperCollins Español, Estados Unidos de América.

Título en inglés: Hidden Figures

© 2016 por Margot Lee Shetterly

Publicado por William Morrow, un sello de HarperCollins Publishers.

Todos los derechos reservados. Ninguna porción de este libro podrá ser reproducida, almacenada en algún sistema de recuperación, o transmitida en cualquier forma o por cualquier medio —mecánicos, fotocopias, grabación u otro— excepto por citas breves en revistas impresas, sin la autorización previa por escrito de la editorial.

Cualquier dirección de Internet, número de teléfono, información sobre empresas o productos reflejados en este libro se consideran como un recurso y no pretenden tener carácter promocional ni implicar un respaldo de HarperCollins; HarperCollins no garantiza la existencia, el contenido o servicios de estos sitios, números de teléfono, empresas o productos, más allá de la vida de este libro.

Editora en Jefe: Graciela Lelli

Diseño interior: MT Color & Diseño, S. L.

Actualmente una superproducción de Twentieth Century Fox.

ISBN: 978-0-71809-274-0

Epub Edition January 2017 ISBN 9780718092382

Impreso en Estados Unidos de América

17  18  19  20    DCI    6  5  4  3  2  1

A mis padres, Margaret G. Lee y Robert B. Lee III, y a todas las mujeres del NACA y de la NASA que ofrecieron su hombro para seguir avanzando

CONTENIDO

Nota de la autora

Prólogo

1. Una puerta se abre

2. Movilización

3. El pasado es un prólogo

4. La Doble V

5. Destino manifiesto

6. Pájaros de guerra

7. Mientras dure

8. Las que siguen hacia delante

9. Rompiendo barreras

10. La vida junto al mar

11. La regla del área

12. Casualidad

13. Turbulencias

14. Ángulo de ataque

15. Joven, negra y con talento

16. Un día puede marcar la diferencia

17. El espacio exterior

18. A velocidad predeterminada

19. Comportamiento modélico

20. Grados de libertad

21. Después del pasado, el futuro

22. América es para todos

23. Donde nadie ha podido llegar

Photos

Epílogo

Agradecimientos

Notas

Bibliografía

Guía de lectura de grupo

Acerca de la autora

NOTA DE LA AUTORA

«Negro», «De color», «Indio», «Chicas». Aunque a algunos lectores el lenguaje de Talentos ocultos pueda resultarles discordante en la actualidad, he intentado mantenerme fiel a la época y a las voces de los individuos representados en esta historia.

PRÓLOGO

La señora Land trabajó como computista en Langley», dijo mi padre mientras giraba a la derecha para salir del aparcamiento de la Primera Iglesia Bautista de Hampton, Virginia.

Mi marido y yo visitamos a mis padres poco después de la Navidad de 2010, cuando disfrutábamos de unos pocos días lejos del trabajo y de nuestra vida en México. Nos pasearon por el pueblo en su furgoneta verde de veinte años de antigüedad, con mi padre al volante y mi madre en el asiento del copiloto, y Aran y yo sentados atrás como si fuéramos hermanos. Mi padre, sociable como siempre, nos ofrecía una serie de comentarios que iban desde las últimas noticias sobre amigos y vecinos con los que nos habíamos encontrado por el pueblo hasta la previsión meteorológica, pasando por elaborados discursos sobre física, resaltando su última investigación como estudiante de doctorado de sesenta y seis años en la Universidad de Hampton. Disfrutaba mostrándole a mi marido, nacido y criado en Maine, nuestro pequeño rincón del mundo y, ya de paso, reavivando mi conexión con la vida local y la historia de la zona.

Durante el tiempo que estuvimos allí, yo pasaba las tardes con mi madre yendo al cine del pueblo, mientras que Aran seguía a mi padre y a sus amigos a ver los partidos de fútbol de la Universidad Estatal de Norfolk. Tomábamos hamburguesas de pescado en antros cercanos a Buckroe Beach, visitamos la colección de arte de los nativos americanos propiedad del Museo de la Universidad de Hampton y recorríamos las tiendas de antigüedades del pueblo.

A los dieciocho años, cuando me marché a la universidad, veía mi pueblo como una plataforma de lanzamiento hacia una vida en entornos más cosmopolitas, como un lugar del que proceder más que un lugar en el que estar. Pero los años y los kilómetros lejos de casa jamás atenuaron la manera en que mi pueblo definió mi identidad y, cuantos más lugares exploraba y más gente conocía lejos de Hampton, más significativo se volvió para mí mi estatus de hija del pueblo.

Aquel día, después de la iglesia, pasamos un rato charlando con la maravillosa señora Land, que había sido una de mis profesoras favoritas de la escuela parroquial. Kathaleen Land, una matemática jubilada de la NASA, seguía viviendo sola a pesar de tener más de noventa años y jamás dejaba de asistir un domingo a la iglesia. Nos despedimos de ella y nos subimos a la furgoneta para ir a tomar el almuerzo en familia. «Muchas mujeres de por aquí, blancas y negras, trabajaban como computistas», continuó mi padre, mirando a Aran por el espejo retrovisor, pero dirigiéndose a ambos. «Kathryn Peddrew, Ophelia Taylor, Sue Wilder —dijo y enumeró algunos nombres más—. Y Katherine Johnson, que calculaba las ventanas de lanzamiento para los primeros astronautas».

Aquel relato despertó recuerdos de hacía décadas, de algún día maravilloso que yo pasaba sin ir a clase en la oficina de mi padre en el Centro de Investigaciones de la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio situado en Langley. Yo iba en el asiento delantero de nuestro Pontiac de 1970, mi hermano, Ben y mi hermana Lauren iban detrás mientras nuestro padre recorría el trayecto de veinte minutos desde nuestra casa, cruzaba el puente de Virgil I. Grissom, atravesaba el bulevar Mercury y llegaba al camino que conducía hacia la puerta de la NASA. Mi padre mostraba su placa y accedíamos hasta un terreno de calles perfectamente paralelas repletas de un extremo al otro de edificios de dos plantas de ladrillo rojo. Solo el gigantesco complejo de túneles de viento hipersónico —una esfera plateada de treinta metros que se alzaba sobre cuatro globos plateados de dieciocho metros— daba fe del admirable trabajo que tenía lugar en aquellas instalaciones de aspecto, por lo demás, anodino.

El Edificio 1236, el destino diario de mi padre, albergaba un bizantino complejo de cubículos grises perfumados con los olores adultos del café y del humo del tabaco. Sus compañeros ingenieros, con su estilo descuidado y sus modales distraídos, me parecían bichos raros. A los niños nos daban pilas de papel continuo para ordenadores, impresas por una cara con crípticas series de números, mientras que la otra cara suponía un lienzo en blanco para crear obras maestras con las ceras de colores. En muchos de esos cubículos había mujeres; respondían al teléfono o escribían a máquina, pero también realizaban marcas jeroglíficas en diapositivas transparentes y hablaban con mi padre y los demás hombres de la oficina sobre las pilas de documentos que abarrotaban sus escritorios. El hecho de que muchas de ellas fueran afroamericanas, de que muchas tuvieran la edad de mi abuela, me resultó algo completamente normal: habiendo crecido en Hampton, la cara de la ciencia era morena como la mía.

Mi padre entró en Langley en 1964 como estudiante en prácticas y se jubiló en 2004 como climatólogo respetado internacionalmente. Cinco de los siete hermanos de mi padre se ganaron la vida como ingenieros o tecnólogos, y algunos de sus mejores amigos —David Woods, Elijah Kent, Weldon Staton— se forjaron exitosas carreras en Langley como ingenieros. Nuestro vecino de al lado impartía Física en la Universidad de Hampton. En nuestra iglesia abundaban los matemáticos. Los expertos supersónicos ocupaban cargos de liderazgo en la hermandad de mi madre, y los ingenieros eléctricos formaban parte de la junta directiva de las asociaciones de alumnos de la universidad de mis padres. Charles Foxx, el marido de mi tía Julia, era hijo de Ruth Bates Harris, una funcionaria pública y feroz defensora de los derechos de las mujeres y de las minorías; en 1974, la NASA la nombró administradora auxiliar adjunta, la mujer con el cargo más alto de toda la agencia. En la comunidad había sin duda profesores de inglés negros, como mi madre, así como médicos y dentistas negros, mecánicos negros, conserjes negros, zapateros, organizadores de bodas, agentes inmobiliarios, enterradores y varios abogados negros, además de un puñado de vendedoras negras de Mary Kay. Sin embargo, de niña, yo conocía a tantos afroamericanos que se dedicaban a la ciencia, a las matemáticas y a la ingeniería que pensaba que aquello era lo que hacían los negros en general.

Mi padre, que creció durante la segregación, experimentó otra realidad. «Hazte profesor de educación física», le dijo mi abuelo en 1962 a su hijo de dieciocho años, que estaba empeñado en estudiar ingeniería eléctrica en la Facultad Estatal de Norfolk, históricamente negra.

En aquella época, los afroamericanos con estudios y sentido común solían buscar trabajo en la enseñanza o en correos. Pero mi padre, que construyó su primer cohete en clase de Tecnología en el instituto, después del lanzamiento del Sputnik en 1957, desafió a mi abuelo y se lanzó al camino de la ingeniería. Claro, el temor de mi abuelo a que a un hombre negro le resultase difícil abrirse paso en la ingeniería no era infundado. En 1970, solo un 1% de los ingenieros estadounidenses era negro; número que ascendió a un 2% en 1984. Aun así, el gobierno federal era el mejor empleador de afroamericanos dentro del campo de la ciencia y la tecnología: en 1984, 8,4% de los ingenieros de la NASA eran negros.

Los empleados afroamericanos de la NASA aprendieron a adaptarse al mundo de la ingeniería de la agencia espacial, y, a cambio, sus éxitos permitieron a sus hijos acceso hasta entonces inimaginable a la sociedad estadounidense. Al crecer con amigos blancos y asistir a escuelas integradas, muchas veces daba por sentado aquel trabajo de fondo que habían hecho por nosotros.

Cada día veía a mi padre ponerse un traje y salir de casa para conducir esos veinte minutos hasta el Edificio 1236, exigiéndose a sí mismo el máximo para poder dar el máximo al programa espacial y a su familia. Trabajando en Langley, mi padre se aseguró de que mi familia perteneciera a la clase media acomodada, y Langley se convirtió en uno de los referentes de nuestra vida social. Todos los veranos, mis hermanos y yo ahorrábamos nuestra paga para comprar billetes para montar en poni durante la feria anual de la NASA. Año tras año le entregaba mi lista de regalos de Navidad al Papá Noel de la NASA durante la fiesta navideña infantil de Langley. Durante años, Ben, Lauren y mi hermana pequeña, Jocelyn, que aún era un bebé, nos sentábamos en las gradas del Edificio de Actividades de Langley los jueves por la noche y animábamos a mi padre y a los Stars, su equipo de la «NBA» (NASA Basketball Association). Yo fui un producto de la NASA como lo fue el aterrizaje en la Luna.

La chispa de curiosidad pronto se convirtió en un fuego que me devoraba. Freía a mi padre a preguntas sobre sus primeros días en Langley a mediados de los sesenta, preguntas que nunca antes había hecho. Al domingo siguiente interrogué a la señora Land sobre la primera época de la sala de computación de Langley, cuando parte de la responsabilidad de su trabajo consistía en saber qué cuarto de baño estaba reservado a los empleados «de color». Y menos de una semana más tarde estaba sentada en el sofá del salón de Katherine Johnson, bajo una bandera americana que había estado en la Luna, escuchando a una mujer de noventa y tres años con una memoria mejor que la mía hablar de los autobuses segregados, de los años de enseñanza mientras criaba a su familia y calculaba la trayectoria del viaje espacial de John Glenn. Escuché las historias de Christine Darden sobre los largos años que pasó como analista de datos, esperando que le llegara la oportunidad de demostrar que era ingeniera.

Incluso como profesional en un mundo integrado, yo había sido la única mujer negra en demasiadas salas de reuniones y de conferencias como para poder imaginarme el descaro necesario para que una mujer afroamericana en un entorno de trabajo del sur segregado les dijera a sus jefes que estaba segura de que sus cálculos llevarían al hombre a la Luna. El camino de esas mujeres marcó el rumbo del mío; sumergirme en sus historias me ayudó a comprender la mía.

Aunque la historia hubiese comenzado y terminado con las cinco primeras mujeres negras que fueron a trabajar al lado oeste segregado de Langley en mayo de 1943 —las mujeres que después fueron conocidas como «computistas del oeste»—, yo me habría dedicado de igual forma a registrar los hechos y las circunstancias de sus vidas. Al igual que las islas —lugares aislados con una biodiversidad rica y única— son relevantes para los ecosistemas de todas partes, también lo es estudiar a gente aparentemente aislada o ignorada, y los acontecimientos del pasado tienen conexiones inimaginables con el presente. La idea de que la NASA contratara a mujeres negras para trabajar como matemáticas en el sur durante la época de la segregación desafía nuestras expectativas y gran parte de lo que creemos que sabemos sobre la historia de Estados Unidos. Es un gran relato, y solo eso hace que merezca la pena ser contado.

Cuando empecé a documentarme para este libro, compartí detalles de lo que había descubierto con expertos en la historia de la agencia espacial. Alentaban lo que consideraban una valiosísima adición al cúmulo del conocimiento, aunque algunos cuestionaban la magnitud de la historia.

¿De cuántas mujeres estamos hablando? ¿Cinco o seis?

Yo había conocido a más de esas en Hampton cuando era pequeña, pero incluso a mí me sorprendía lo mucho que crecían las cifras. Esas mujeres aparecían en fotos y guías telefónicas, en fuentes normales e inusuales. La mención a un trabajo en Langley que aparecía en un anuncio de compromiso matrimonial en el Norfolk Journal and Guide. Un puñado de nombres que dio la hija de una de las computistas del oeste. Una circular de 1951 del jefe de personal de Langley en la que aparecía el número y el estatus de las empleadas negras, y en la que inesperadamente se hacía referencia a una mujer negra que era «científica investigadora del GS-9». Descubrí un documento de personal de 1945 que describía un hervidero de actividad matemática en una oficina de un edificio nuevo del lado oeste de Langley, donde trabajaban veinticinco mujeres negras haciendo cálculos durante veinticuatro horas, supervisadas por tres supervisores negros que ofrecían sus informes a dos computistas jefas blancas. Incluso mientras escribo las últimas palabras de este libro, sigo haciendo números. Puedo poner nombre a casi cincuenta mujeres negras que trabajaron como computistas, matemáticas, ingenieras o científicas en el Laboratorio Aeronáutico de Langley entre 1943 y 1980, y mi intuición me dice que podría sacar otros veinte nombres más de los archivos con un poco de documentación adicional.

Y, aunque las mujeres negras son las más ocultas de todos los matemáticos que trabajaron en el NACA, el Comité Asesor Nacional de Aeronáutica, y después en la NASA, no estaban solas en la oscuridad: las mujeres blancas que constituyeron la mayor parte de la mano de obra en la computación durante los años no han sido reconocidas por su contribución al éxito de la agencia a largo plazo. Virginia Biggins se ocupó de la sección de Langley para el periódico Daily Press y cubrió el programa espacial que empezó en 1958. «Todos decían, Es un científico, es un ingeniero y siempre era un hombre», dijo en 1990 durante un congreso sobre los computistas de Langley. Nunca llegó a conocer a ninguna de esas mujeres. «Di por hecho que eran todas secretarias», dijo. Cinco mujeres blancas se unieron a la primera sala de computación de Langley en 1935 y, en 1946, cuatrocientas «chicas» ya habían sido entrenadas como soldados de infantería aeronáutica. La historiadora Beverly Golemba, en un estudio de 1994, estimó que Langley había contratado a «varios cientos» de mujeres como computistas. En el tramo final de la documentación para Talentos ocultos, me doy cuenta de que ese número podría superar el millar.

Para una autora novel sin experiencia como historiadora, escribir sobre un tema que básicamente no aparece en los libros de Historia resultaba todo un desafío. Soy consciente de la disonancia cognitiva que provoca la frase «mujeres negras matemáticas en la NASA». Desde el principio, supe que tendría que aplicar el mismo tipo de razonamiento analítico a mi investigación que esas mujeres aplicaban a las suyas. Porque, por excitante que resultara descubrir nombre tras nombre, el primer paso era averiguar quiénes eran. El verdadero desafío era documentar su trabajo. Más aún que el sorprendente número de mujeres negras y blancas que se ocultaban en una profesión conocida universalmente por pertenecer a los varones blancos, el trabajo que dejaron a sus espaldas fue toda una revelación.

Estuvo Dorothy Hoover, que trabajó para Robert T. Jones en 1946 y publicó una investigación teórica sobre sus famosas alas delta en forma de triángulo en 1951. Estuvo también Dorothy Vaughan, que trabajó con las «computistas del este» blancas para escribir un libro de texto sobre métodos algebraicos para las máquinas de cálculo que eran sus compañeras constantes. Estuvo Mary Jackson, que defendió su análisis frente a John Becker, uno de los aerodinamistas más reputados del mundo. Y tenemos a Katherine Coleman Goble Johnson, que describió la trayectoria orbital del vuelo de John Glenn; los cálculos de su asombroso informe de 1959 eran tan elegantes y precisos como una sinfonía. Estaba también Marge Hannah, la computista blanca que fue la primera jefa de las mujeres negras y que coescribió un informe con Sam Katzoff, que se convirtió en el científico jefe del laboratorio. Estuvo Doris Cohen, la primera autora del NACA, que les abrió el camino a todas ellas con su primer informe de investigación en 1941.

Mi investigación se volvió más una obsesión; seguía cualquier rastro si eso significaba encontrar a una de estas computistas. Estaba decidida a demostrar su existencia y su talento de manera que nunca volviesen a perderse en la historia. A medida que las fotos, los informes, las ecuaciones y los relatos familiares se convertían en personas reales, a medida que las mujeres se convertían en mis compañeras y volvían a la juventud o a la vida, comencé a desear para ellas algo más que documentar simplemente su existencia. Lo que deseaba era que tuvieran el relato grandioso que merecían, la clase de historia americana que pertenece a los hermanos Wright y a los astronautas, a Alexander Hamilton y a Martin Luther King hijo. No contado como una historia diferente, sino como parte de la historia que todos conocemos. No al margen, sino en el centro, como protagonistas del drama. Y no solo porque sean negras, o porque sean mujeres, sino porque forman parte de la epopeya estadounidense.

Hoy, mi pueblo —la aldea que en 1962 fue apodada «Pueblo espacial de EE. UU.»— se parece a cualquier ciudad suburbana en una América moderna e hiperconectada. Gente de todas las razas y nacionalidades se mezcla en las playas de Hampton y en las estaciones de autobús, los carteles de SOLO BLANCOS forman parte del pasado y han quedado relegados al museo de historia local y al recuerdo de los supervivientes de la revolución por los derechos civiles. El bulevar Mercury ya no evoca imágenes de la misión epónima que lanzó a los primeros americanos más allá de la atmósfera, y día a día Virgil Grissom va alejándose del puente que lleva su nombre. Un programa espacial recortado y décadas de reveses gubernamentales han sacudido con fuerza a la región; hoy en día, una universitaria ambiciosa a la que le gusten los números podría aspirar a un puesto en alguna pequeña empresa de Silicon Valley o entrar en una de las muchas empresas tecnológicas que conquistan el NASDAQ desde las afueras de Washington, D.C.

Pero antes de que un ordenador se convirtiera en un objeto inanimado, y antes de que Mission Control aterrizara en Houston; antes de que el Sputnik cambiara el rumbo de la historia y antes de que el NACA se convirtiera en la NASA; antes de que el caso del Tribunal Supremo Brown contra la Junta Educativa de Topeka estableciera que «separado» no es lo mismo que «igual», y antes de que la poesía del discurso de «He tenido un sueño», de Martin Luther King hijo, resonara por los rincones del Lincoln Memorial, las computistas del oeste de Langley ayudaron a Estados Unidos a dominar el campo de la aeronáutica, la investigación espacial y la tecnología informática, haciéndose un hueco como matemáticas que además eran negras, matemáticas negras que además eran mujeres. Para un grupo de mujeres afroamericanas, diligentemente preparadas para una carrera en matemáticas y ansiosas por jugar en las grandes ligas, Hampton, Virginia, debía de parecer el centro del universo.

CAPÍTULO 1

Una puerta se abre

Melvin Butler, el jefe de personal del Laboratorio Aeronáutico de Langley Memorial, tenía un problema, cuya naturaleza quedó clara en un telegrama de mayo de 1943 enviado al jefe de operaciones de campo del servicio civil. Este establecimiento necesita urgentemente unos 100 físicos y matemáticos en prácticas, 100 computistas adjuntos, 75 aprendices de laboratorio, 125 becarios auxiliares, 50 taquígrafos y mecanógrafos, exclamaba la misiva. Cada mañana a las siete en punto, Butler y su equipo se ponían en marcha, enviaban la furgoneta del laboratorio a la estación de tren, a la de autobús y a la terminal del ferri para recoger a los hombres y mujeres —muchas mujeres, cada vez más mujeres— que habían viajado hasta aquella franja de tierra solitaria en la costa de Virginia. El vehículo llevaba a los empleados hasta la puerta del Edificio de Servicio del laboratorio, situado en las instalaciones de Langley. Arriba, el personal de Butler les ayudaba con el protocolo del primer día: formularios, fotos y el juramento de la oficina: «Apoyaré y defenderé la Constitución de Estados Unidos contra todo enemigo, extranjero o local […] con la ayuda de Dios».

Una vez instalados, los nuevos empleados civiles se dispersaban para ocupar sus puestos en uno de los cada vez más numerosos edificios de investigación del centro, en los que ya no cabía ni un alfiler. En cuanto Sherwood Butler, el jefe de compras del laboratorio, colocaba el último ladrillo en un nuevo edificio, su hermano Melvin comenzaba a llenarlo con nuevos empleados. Armarios y pasillos, almacenes y talleres hacían las veces de oficinas. A alguien se le ocurrió la brillante idea de colocar juntos dos escritorios y poner en medio un asiento reclinable para poder así meter a tres trabajadores en un espacio diseñado para dos. En los cuatro años transcurridos desde que las tropas de Hitler ocuparan Polonia —dado que los intereses estadounidenses y la guerra europea convergieron en un conflicto que lo consumió todo—, los quinientos y pico empleados del laboratorio al final de la década iban camino de mil quinientos. Aun así, la insaciable máquina de guerra se los tragaba enteros y seguía hambrienta.

Las oficinas del Edificio de Administración daban al aeródromo en forma de media luna. Solo el flujo de personas vestidas de civiles camino del laboratorio, el puesto de control más antiguo del Comité Asesor Nacional de Aeronáutica (NACA), distinguía los edificios bajos de ladrillo pertenecientes a la agencia de los otros edificios idénticos empleados por las tropas aéreas del Ejército de Estados Unidos. Ambas instalaciones habían crecido juntas: la base aérea, entregada a desarrollar el poder aéreo militar de Estados Unidos; el laboratorio, como agencia civil encargada de avanzar en el entendimiento científico de la aeronáutica y difundir sus hallazgos a la industria militar y privada. Desde el principio, el ejército había permitido al laboratorio operar en las instalaciones del aeródromo. La estrecha relación con los miembros del ejército de aire servía para recordar a los ingenieros que cada experimento que realizaran tendría implicaciones en el mundo real.

El hangar doble —dos edificios contiguos de treinta y tres metros de largo cada uno— había sido cubierto con pintura de camuflaje en 1942 para engañar a los ojos enemigos en busca de objetivos, y su interior sombrío y cavernoso protegía a las máquinas y a sus ingenieros de los elementos. Hombres vestidos con overol de lona, a veces en grupos, se movían en furgonetas y en jeeps de un avión a otro, se detenían para inspeccionarlos como si fueran insectos polinizando, los supervisaban, les ponían gasolina, reemplazaban algunas partes, se fundían con ellos y los llevaban hacia el cielo. La música de los motores de los aviones y las hélices girando en las diferentes fases del despegue, el vuelo y el aterrizaje sonaba desde antes del amanecer hasta el anochecer. El sonido de cada máquina era tan único para sus responsables como el llanto de un bebé para su madre. Por debajo de las notas tenores de los motores sonaba el rugido grave de los túneles de viento del laboratorio, que proyectaban sus huracanes artificiales hacia los aviones, partes de aviones, aviones a escala, aviones a tamaño real.

Dos años antes, cuando se atisbaban las nubes de tormenta, el presidente Roosevelt desafió a la nación para que aumentara su producción de aviones hasta cincuenta mil al año. Parecía una tarea imposible para una industria que hasta 1938 solo proporcionaba al Cuerpo Aéreo del Ejército noventa aviones al mes. Ahora, la industria aeronáutica de Estados Unidos era un milagro de la producción y había sobrepasado el objetivo de Roosevelt en más de la mitad. Se había convertido en la mayor industria del mundo, la más productiva, la más sofisticada, tres veces mejor que la de los alemanes y casi cinco veces mejor que la japonesa. Los hechos eran evidentes para todos los contendientes: la conquista final llegaría del cielo.

Para los chicos del Cuerpo Aéreo, los aviones eran mecanismos para transportar tropas y suministros a las zonas de combate, alas armadas para perseguir a los enemigos, plataformas de lanzamiento aéreas desde las que dejar caer bombas capaces de hundir barcos. Revisaban sus vehículos exhaustivamente antes del vuelo. Los mecánicos se remangaban y agudizaban la vista; un pistón roto, un arnés de seguridad que no se cerraba de forma adecuada, un piloto defectuoso en el panel del tanque de combustible, cualquiera de esas cosas podía costar vidas. Pero, incluso antes de que el avión respondiera a las caricias diestras del piloto, su naturaleza, su ADN —desde la forma de las alas hasta la cubierta del motor— había sido manipulado, refinado, transformado, deconstruido y recombinado por los ingenieros de al lado.

Mucho antes de que las fábricas de aviones comenzaran a producir una de sus máquinas voladoras recientemente diseñadas, enviaban un prototipo al laboratorio de Langley para que revisaran y mejoraran el diseño. Casi todos los modelos de aviones de alto rendimiento producidos por Estados Unidos viajaban hasta el laboratorio para una puesta a punto: los ingenieros colocaban los aviones en los túneles de viento, tomaban nota de cualquier superficie que alterase el paso del aire, fuselajes abombados, geometría desigual en las alas. Como cualquier médico de cabecera prudente y meticuloso, examinaban cada aspecto del aire que pasaba por el avión y tomaban nota de cualquier detalle fundamental. Los pilotos de pruebas del NACA, a veces con un ingeniero como copiloto, realizaban un vuelo con el avión. ¿Giraba inesperadamente? ¿Se detenía? ¿Resultaba difícil de manejar? ¿Se resistía al piloto como un carrito de la compra con una rueda defectuosa? Los ingenieros sometían a los aviones a pruebas, anotaban y analizaban los números, recomendaban mejoras, a veces mínimas, a veces significativas. Incluso la más pequeña mejora en velocidad y eficiencia podía marcar la diferencia que a largo plazo decantara la balanza de la guerra en favor de los aliados.

«¡La victoria mediante la potencia aérea!», les insistía a sus empleados Henry Reid, ingeniero al frente del laboratorio de Langley, y la consigna servía para recordarles la importancia del avión para el resultado de la guerra. «¡La victoria mediante la potencia aérea!», se repetían los empleados del NACA los unos a los otros, poniendo atención a cualquier punto decimal, revisando ecuaciones diferenciales y tablas de distribución de presión hasta que les dolían los ojos. En la batalla de la investigación, la victoria sería suya.

A no ser, claro, que Melvin Butler no lograse abastecer de mentes despiertas aquella operación con tres turnos diarios durante seis días a la semana. Una cosa eran los ingenieros, pero cada ingeniero necesitaba el apoyo de otros: artesanos que construyeran las maquetas de los aviones que probaban en los túneles, mecánicos que mantuvieran los túneles y cerebritos veloces capaces de procesar aquella riada numérica que salía de la investigación. Elevación y arrastre, fricción y flujo. ¿Qué era un avión sino un montón de física? Y la física, claro está, significaba matemáticas, y eso implicaba matemáticos. Y, desde mediados de la década anterior, los matemáticos solían ser mujeres. La primera sala de computación de mujeres de Langley, fundada en 1935, había causado un auténtico revuelo entre los hombres del laboratorio. ¿Cómo podía la mente de una mujer procesar algo tan riguroso y preciso como las matemáticas? ¡Invertir quinientos dólares en una máquina calculadora para que la utilizara una chica! La idea sonaba ridícula. Pero las «chicas» resultaron ser buenas, muy buenas, mejores incluso que muchos de los ingenieros, como tuvieron que admitir a regañadientes los propios hombres. Dado que solo un puñado de chicas se ganaron el título de «matemática» —una denominación profesional que las situaba al mismo nivel que los empleados varones—, el hecho de que casi todas las computistas fueran consideradas «no profesionales» con sueldos inferiores supuso un impulso para el balance presupuestario del laboratorio.

Pero, en 1943, resultaba más difícil encontrar chicas. Virginia Tucker, la computista jefe de Langley, recorrió la Costa Este en busca de alumnas con capacidades analíticas o mecánicas, con la esperanza de encontrar universitarias que llenaran los cientos de puestos disponibles como computistas, ayudantes, maquetistas, ayudantes de laboratorio y, sí, incluso matemáticas. Reclutó lo que parecían ser clases enteras de licenciadas en matemáticas de la Universidad de Greensboro para mujeres, su alma mater de Carolina del Norte, y examinó escuelas de Virginia como Sweetbriar, en Lynchburg, y la Universidad Estatal de Educación de Farmville.

Melvin Butler presionó todo lo que pudo a la Comisión del Servicio Civil de Estados Unidos y a la Comisión de Personal Laboral de Guerra para que el laboratorio fuese su máxima prioridad debido al escaso número de candidatos cualificados. Escribió anuncios para el periódico local, el Daily Press: «¡Reduzca sus tareas del hogar! Las mujeres que no teman remangarse y realizar trabajos antes limitados a los hombres deben ponerse en contacto con el Laboratorio aeronáutico de Langley», decía uno de los anuncios. El departamento de personal publicó fervientes llamamientos, en «Air Scoop», el boletín informativo de los empleados: «¿Hay miembros en su familia u otras personas que conozca que querrían ayudar a ganar la supremacía del aire? ¿Tiene amigos, de cualquier sexo, dispuestos a realizar un trabajo importante para ganar y acortar la guerra?», Dado que los hombres eran absorbidos por el ejército y las mujeres ya estaban muy demandadas por las empresas, el mercado laboral se encontraba tan exhausto como los propios trabajadores de la guerra.

Surgió entonces una esperanza gracias al problema de otro hombre. A. Philip Randolph, presidente del mayor sindicato negro del país, exigió a Roosevelt que ofreciera puestos de trabajos de guerra lucrativos a los solicitantes negros, y en el verano de 1941 amenazó con llevar a cien mil negros a la capital de la nación para protestar si el presidente rechazaba su petición. «¿Quién diablos es ese tal Randolph?», preguntó Joseph Rauh, ayudante del presidente. Roosevelt solo parpadeó.

Asa Philip Randolph, un «hombre negro alto y elegante con una dicción propia de Shakespeare y la mirada de un águila», íntimo amigo de Eleanor Roosevelt, dirigía la Hermandad de los Botones de Coches Cama, que contaba con 35 000 miembros. Los botones atendían a los pasajeros en los trenes segregados del país y soportaban a diario prejuicios y humillaciones por parte de los blancos. De todos modos, esos trabajos eran muy codiciados en la comunidad negra porque proporcionaban cierta estabilidad económica y estatus social. Convencido de que los derechos civiles iban intrínsecamente unidos a los derechos económicos, Randolph luchó incansablemente para que los estadounidenses negros se beneficiaran de manera justa de la riqueza del país que ellos mismos habían ayudado a construir. Veinte años más tarde, Randolph se dirigía a una multitud en Washington y después cedería la palabra a un joven y carismático pastor de Atlanta llamado Martin Luther King.

Las generaciones posteriores asociarían el movimiento de liberación negro con el nombre de King, pero en 1941, cuando Estados Unidos orientaba todos los aspectos de su sociedad hacia la guerra por segunda vez en menos de treinta años, fueron la visión a largo plazo de Randolph y el fantasma de una manifestación que nunca llegó a producirse los que abrieron la puerta que había estado cerrada como la caja fuerte de un banco desde que terminase la Reconstrucción. Con dos simples firmas —Orden Ejecutiva 8802, que prohibía la segregación en la industria de defensa, y la Orden Ejecutiva 9346, que creó el Comité de Prácticas de Empleo Justo para supervisar el Proyecto Nacional de Inclusión Económica—, Roosevelt dio la bienvenida a una nueva fuente de mano de obra para que participara en el ajustado proceso de producción.

Casi dos años después del ultimátum de Randolph, cuando las peticiones de personal del laboratorio llegaron al servicio civil, las solicitudes de candidatas negras cualificadas comenzaron a filtrarse en el Edificio de Servicio de Langley, y los encargados de personal del laboratorio empezaron a tomarlas en consideración. Se aconsejaba no poner foto en la solicitud. Ese requisito, instaurado bajo la administración de Woodrow Wilson, fue eliminado cuando la administración Roosevelt intentó acabar con la discriminación en las prácticas de contratación. Pero las alma mater de las solicitantes enseñaron sus cartas: la Universidad Estatal de Virginia Occidental, la Escuela de Agricultura de Arkansas, el Instituto Hampton, al otro lado del pueblo; todas ellas escuelas negras. En las solicitudes no se mencionaba nada salvo la cualificación para el trabajo. En todo caso, parecían tener más experiencia que las candidatas blancas, con muchos años de experiencia como maestras y con licenciaturas en matemáticas y ciencias.

Melvin Butler sabía que necesitarían un espacio aparte. Después tendrían que designar a alguien que dirigiera al nuevo grupo, una chica —blanca, por supuesto— con experiencia, alguien cuya disposición favoreciera la sensibilidad de la tarea. El Edificio de Almacén, un espacio recién estrenado en el lado oeste del laboratorio, una parte de las instalaciones que aún distaba mucho de parecer un espacio de trabajo, podría ser el lugar indicado. El grupo de su hermano Sherwood ya se había trasladado allí, al igual que algunos empleados del departamento de personal. Con la presión constante por probar los aviones que esperaban en el hangar, los ingenieros agradecerían la ayuda adicional. Muchos de los ellos eran del norte, relativamente indiferentes al asunto de la raza, pero devotos en lo referente al talento para las matemáticas.

El propio Melvin Butler era de Portsmouth, al otro lado de la bahía. No le costaba imaginar lo que pensarían algunos de sus compañeros virginianos de la idea de integrar a mujeres negras en las oficinas de Langley, de los «ven-aquí» (como llamaban los virginianos a los recién llegados al estado) y de sus extrañas costumbres. Siempre había habido empleados negros en el laboratorio: conserjes, personal de cafetería, ayudantes de mecánica, encargados de mantenimiento. Pero algo muy distinto era abrir la puerta a negros que serían iguales a ellos en el terreno laboral.

Butler actuó con discreción: nada de anuncios en el Daily Press, ni fanfarria en el Air Scoop. Pero también procedió con determinación: nada que proclamara la

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