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Conde de Grayson: El Club De Los Condes Picaros

Conde de Grayson: El Club De Los Condes Picaros

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Conde de Grayson: El Club De Los Condes Picaros

valoraciones:
4.5/5 (4 valoraciones)
Longitud:
89 páginas
1 hora
Publicado:
17 mar 2021
ISBN:
9781547541010
Formato:
Libro

Descripción

Damien Archer, conde de Grayson, y lady Charlotte Lawson son totalmente opuestos. Él tiene cabello y ojos oscuros, ella es rubia de ojos azules. La piel de alabastro de Charlotte contrasta con la piel bronceada de Damien. Con su 1.80 de estatura. Damien es alto, mientras ella tiene poco más de 1.50 m. Además, el talante alegre de ella contrasta con la naturaleza taciturna de él. Pero lo más molesto es la tendencia de Damien a ignorar las reglas de la sociedad, mentras ella las sigue todas, sin falta.

Damien no desea nada más que pasar su tiempo de parranda, bebiendo y apostado, mientras para Charlotte todo transcurre entre tés, bailes y musicales. Una verdadera dama y un decidido vividor. Cuando sus caminos se cruzan, todo hace suponer que irán en direcciones opuestas, pero parece que no pueden evitarse. Las pasiones se encienden, y ambos quedan expuestos al riesgo. Se arriesgan a perder sus reputaciones, y más importante, sus corazones.

Publicado:
17 mar 2021
ISBN:
9781547541010
Formato:
Libro

Sobre el autor

USA Today Bestselling, Amazon All Star author Amanda Mariel dreams of days gone by when life moved at a slower pace. She enjoys taking pen to paper and exploring historical time periods through her imagination and the written word. When she is not writing she can be found reading, crocheting, traveling, practicing her photography skills, or spending time with her family.


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Tammy, ¡gracias por invitarme a ser parte del Wicked Earls’s Club! Siempre valoraré tu amistad y camaradería.

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Capítulo Uno

Damien Archer, conde de Grayson, se reclinó en un sillón de cuero con una copa de brandy firmemente sujeta en la mano. El Wicked Earls’ Club rebosaba de clientes esa tarde, y Damien estaba complacido de estar ahí. Con los años, el club se había convertido en un segundo hogar para él. Pasaba numerosas horas en la seguridad de sus muros, apostando y departiendo con mujeres y alcohol. No quería imaginar cómo sería la vida sin su club.

No puedo creer que otro haya entregado su llave voluntariamente. Damien sacudió la cabeza. Parecía que un conde tras otro había desaparecido de esos muros en los últimos meses.

Benton, que estaba sentado frente a Damien, dio vueltas a su licor en su vaso. ¿Quién crees que será el siguiente?.

Mientras no sea yo, me importa un cuerno. Davenport bebió un trago de su whisky y estiró las piernas delante de él mientras se reclinaba en el sillón al frente de Damien.

Demasiados condes habían dejado el club últimamente, Sussex, Westcliff y Basingstoke, entre otros. Los había mordido el amor y luego eligieron casarse. La consecuencia era que debían entregar sus insignias y llaves y dejar el club —para siempre.

Damien nunca hubiera optado por eso. Secundo eso, Davenport, dijo Damien. Es más, si alguna vez soy tan estúpido como para considerarlo, por favor, llévenme al bosque y denme un tiro de una vez.

Benton abrió los ojos un instante y luego soltó una risita. No querrías que cumpliéramos ese deseo si realmente te enamoraras.

¡Jamás me enamoraré!. Damien vació su copa, luego pidió con señas que la volvieran a llenar.

¿Qué sabes del amor?, preguntó Davenport a Benton.

Solamente que hace que un hombre pierda todos los sentidos. Benton echó un vistazo al enorme ventanal. Es difícil de creer que una falda cualquiera creara tanto caos, pero lo vemos una y otra vez.

Damien sacudió la cabeza y se paró. Con demasiada frecuencia para mi gusto.

¿A dónde vas?, preguntó Davenport, con una ceja levantada.

No querrías saberlo. Damien se alejó y los dejó intrigados. Hubiera podido decirles que iba a casa, pero ¿por qué decepcionarlos? Seguramente esperaban algo muy diferente, como una casa de mala reputación, una amante o apuestas. La verdad es que se iría a hacer algo loco y temerario si no estuviera tan cansado.

Contuvo un bostezo al salir del Wicked Earls’ Club. Había pasado la noche anterior de juerga con Edgemore. Luego, tras dormir unas cuantas horas, fue al club. Ahora se daba cuenta de que necesitaba dormir más. Tal vez luego de una siesta encontraría más diversión donde participar.

Luego de dar instrucciones a su conductor, Damien se acomodó en el acolchado asiento del carruaje y permitió que sus ojos se cerraran. Poco después, el carruaje se abrió paso a empujones y tomó el largo recorrido a su mansión de Mayfair. Se enderezó, ajustó su abrigo cuando el transporte se detuvo.

No perdió tiempo con la intención del carruaje de llegar a la puerta y, más importante, a su cama. A medio camino, el sonido de cascos llamó su atención. Damien miró hacia el camino de grava y dejó salir un suspiro de alivio.

Dos mujeres montadas de blanco se acercaron a él.

¿Quién cuernos eran y qué querían?

Damien miró a las jinetes, intentando descifrar sus rasgos. Se centró en la que iba adelante. Cuando la tuvo a la vista, todo el aire salió de sus pulmones como si alguien lo hubiera golpeado en el estómago. Se olvidó de la acompañante cuando la incredulidad y el golpe cayó sobre él —y lo sacudió hasta la médula.

Lady Charlotte Lawson —rubios rizos se balanceaban mientras su pequeño cuerpo iba cómodamente sentado en su montura. Hubiera apostado que sus ojos azules destellaban con alegría, pero no pudo estar seguro pues no los veía. De todas las mujeres que podían ir a su entrada, era ella —su Charlotte.

No, ya no. Había dejado de serlo hacía años. ¿Por qué estaba ahí? ¿A él le importaba?

Charlotte jaló las riendas, fue más lento hasta hacer que el caballo se detuviera. Tenía la esperanza de encontrarte acá. Sonrió encantadoramente, con los ojos destellando, tal como se los había imaginado.

Ella se movió en su silla y lo inmovilizó bajo su mirada. No te quedes ahí parado, Damien. Ven, ayúdame a bajar. Debo hablar contigo de inmediato.

Momentáneamente incapaz de hablar o moverse, se arriesgó a mirar a la otra jinete. La hermana de Charlotte, lady Elizabeth, o más bien, lady Oxford pues se había casado, había retrocedido varios metros detrás de Charlotte.

Bien, dijo Charlotte, con la voz llena de impaciencia.

Damien respiró profundamente a medida que se acercó, sosteniéndole la

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