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Solo diez días
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Libro electrónico210 páginas3 horas

Solo diez días

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Información de este libro electrónico

Seis chicas atrapadas en una isla desierta, luchando para sobrevivir, con la naturaleza... y unas contra otras. ¿Y dónde demonios están los equipos de rescate? 

IdiomaEspañol
EditorialBadPress
Fecha de lanzamiento6 sept 2018
ISBN9781547545155
Solo diez días
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    Solo diez días - M.P. Anderfeldt

    Solo diez días

    M.P. Anderfeldt

    ––––––––

    Noche

    Ni rastro de la película, comprobó Midori. Había contado con que toda su vida pasaría de nuevo ante sus ojos como una película, pero seguramente era una falsa creencia. Estaba claro.

    A su lado, Nina gritaba algo incomprensible y se aferraba a su brazo. A la vista de las circunstancias, no le podía tomar a mal que estuviera clavándole sus largas uñas en el antebrazo a Midori, así que renunció a hacérselo notar. De todas formas no le apetecía decir nada y prefirió mirar hacia el exterior. El mar se veía completamente negro por debajo de ellas.

    Soy una gaviota lanzándose en picado hacia el mar. Me sumerjo cabeza abajo en las olas. ¿Estará frío? Claro que sí. El mar siempre está frío, excepto en las estrechas franjas donde la gente se reúne por miles a tumbarse al sol y adentrarse unos metros en el extraño elemento. Chapotean estúpidamente y se dedican a cultivar sus cánceres de piel en la playa.

    Estará frío y oscuro y silencioso. Hola mar. Estaba temblando.

    Hubo una sacudida y los se pusieron a gritar cuando el aparato empezó a perder altura. Midori sintió el descenso desagradablemente en la vejiga. Como en la montaña rusa, pensó. Odio las montañas rusas.

    A pesar del griterío, ¿o era gracias a ello? escuchó cómo alguien murmuraba algo monótono. ¿Una oración? ¿Quién de aquí es religioso? Le habría gustado girarse para comprobarlo, pero el avión daba tales sacudidas que tenía que prestar toda su atención a no golpearse la cabeza una y otra vez con el cristal de la ventanilla. O contra Nina, que no dejaba de gritar histérica.

    Ahora una foto, pensó. Le habría encantado levantarse, habría sacado su iPhone de penúltima generación y sacado una foto de todos. Para ver cómo reacciona cada uno en una situación así, tiene que ser súper interesante. Con una foto así se podría incluso ganar un premio.

    Bueno, en realidad ahora debería pensar en mis padres, reflexionó arrugando la frente. Pues eso, que os vaya bien. Vuestra Midori.

    PD: Gracias por tu antiguo iPhone, papá.

    El choque fue tan fuerte que lanzó su cabeza hacia delante y el cinturón cortó la inercia dolorosamente en la pelvis. Se dobló como una navaja, su cara chocó violentamente en el respaldo del asiento de delante, mientras algo tiraba con fuerza de sus pies hacia delante.  Se oía romperse el plástico con fuertes chasquidos y chirriar el metal desgarrándose. Llovían trozos de plástico y un sinnúmero de pequeños objetos volaban hacia delante para chocar contra la pared de la cabina del piloto. Durante un breve instante se hizo la calma. Casi reinaba un estado de paz y se mecían en el agua. Alguien gemía.

    Un poco decepcionada, Midori se preguntó si aquello había sido todo. ¿O era eso lo que esperaba? Se acordaba del montón de  folletos con montones advertencias de seguridad en montones de vuelos. En el apartado «Amerizaje» se veía un avión en el agua del que salía un tobogán hinchable amarillo. Había que quitarse los zapatos de tacón antes de utilizarlo y los chalecos salvavidas solamente debían hincharse cuando ya se estaba fuera del aparato. Cuando todavía era pequeña, Midori siempre había soñado con que hubiera un amerizaje de emergencia y poder utilizar aquel largo tobogán.

    Bueno, en cualquier caso, allí no había ningún tobogán. Y que el avión permaneciera flotando en el agua como en los gráficos le parecía bastante dudoso.

    Algo crujió, el suelo se inclinaba hacia delante cada vez más. Se hundían. No, estaban ya bajo el agua, avanzando hacia las profundidades. Midori se sentía desorientada. El golpe contra el asiento de delante le había dejado K.O.

    Cuando sintió el agua helada en los pies, volvió a tomar conciencia de la situación. Automáticamente soltó su cinturón. Miró a su alrededor. Nina tenía la parte superior del cuerpo inclinada hacia delante y no se movía. El pelo rubio le colgaba revuelto delante de la cara. Midori levantó con las dos manos la cara de Nina y la miró. Tenía los ojos cerrados. Sin señales de vida. ¿Estaba muerta o inconsciente? No podía estar muerta, ¿no?

    Encontró la hebilla del cinturón de Nina y la soltó, de repente estaba todo lleno de agua por todas partes. La corriente tiró de Midori hacia atrás, alzándola hacia el exterior del avión. La cola debía haberse roto. Se convirtió en un juguete de la corriente, pronto dejó de tener claro dónde estaba arriba y abajo.

    Entonces vio cómo el fuselaje todavía iluminado se hundía en la profundidad. ¿Cuándo se apagarán las luces? ¿Cómo era en la película Titanic? A su alrededor todo eran burbujas, entonces todo se volvió negro y Midori estaba flotando en la oscuridad del mar. Sola en el silencio.

    Recordó cuando una vez fue en bicicleta sin luces por la noche. Pedaleando todo lo rápido que podía a toda velocidad por las calles. Feas farolas curvas pasaban a su lado zumbando y la iluminaban por un instante, entonces volvía a sumergirse en la noche. Entonces cerró los ojos y se imaginó que se volvía una con la oscuridad, simplemente se disolvía en ella.

    Soy una Medusa. No necesito ojos. No hay nada. El mundo termina donde acaban mis tentáculos. Cerró los ojos, intentando disfrutar el estar flotando. No se movía, intentó disfrutar del frío. Abrió la boca y se imaginó como se escapaba el calor de su cuerpo. Notó cómo perdía un zapato, que se deslizaba de su pie. Justo así se deslizaría la vida fuera de su cuerpo. Sin más. Así de sencillo.

    Sin previo aviso notó como un nudo en su estómago. Quería toser y no podía. Pataleó y movió los brazos violentamente. Jadeando llegó a la superficie. Aspiró el aire con ansiedad, tosió y escupió agua de mar. Había pasado, el momento perfecto se había ido. Toda la belleza había desaparecido.

    Tenía agua en el oído, pero escuchó a alguien que llamaba a gritos. Mantuvo un momento la cabeza inclinada con la esperanza de que el agua escurriera fuera del oído y miró a su alrededor.

    A la pálida luz de las estrellas reconoció formas indefinidas flotando a su alrededor. Restos del naufragio, pensó, qué dramático. Sólo la palabra sonaba a misterio y a romanticismo.

    Vio ante su ojo interior el reportaje en el telediario. Se vería un plano desde un helicóptero, hombres con lanchas neumáticas fueraborda de color naranja peinando las aguas grises. Se vería un buceador que se lanza al agua de espaldas. En la barra del margen inferior de la pantalla se leería el nombre del reportero. ¿Se mostrarían imágenes de padres llorando? Probablemente no en el telediario, quizás en algún canal privado.

    Ya está todo visto mil veces. Suspiró. Nada nuevo bajo el sol. O bajo las estrellas.

    Las olas no eran muy altas, pero todo estaba muy oscuro. No pudo encontrar la luna en el cielo y las estrellas daban poca luz. Era difícil así encontrar a otros pasajeros nadando. Hasta entonces no se había dado cuenta del frío que tenía. Midori intentó agarrarse a un resto flotante del avión bastante grande, pero debía pesar demasiado y en cuanto intentaba subirse encima se hundía. Lo soltó y giró lentamente en el agua sobre su propio eje para orientarse. En uno de los lados el horizonte parecía más oscuro y no se veían estrellas. Quizás había una isla allí. O una nube, pensó y sonrió. ¿Me puedes salvar, nube? Simplemente se montaría encima de la nube, como Heidi en el inicio de la serie de dibujos animados.

    Se aclaró la garganta. »Voy nadando a la isla. ¿Se viene alguien conmigo?«, preguntó gritando todo lo alto que pudo.

    Un grito inarticulado fue la respuesta. Midori puso los ojos en blanco. Genial, ¿a quién tenemos aquí? »¡El último, nena!«, gritó y dio un par de palmadas en el agua con la mano abierta.

    »¡Ayuda!«, gritó una voz aterrorizada.

    Con un par de enérgicas brazadas Midori nadó en la dirección desde la que se había escuchado el grito. »Vale, vale, sólo era una broma.«

    »¿Midori? ¿¿¿Midori???« La voz se quebró enseguida.

    »Yo también me alegro de verte, Hannah.« Los dientes de Midori castañeteaban, pero estaba decidida a no dejar que se le notara. »¿Has visto a alguien más chapoteando por aquí?«

    »No. Estoy yo... todo ha sido... de repente...«

    »Entonces nos largamos de aquí, ¿no?«

    »Pero, ¿adónde? « la voz de Hannah sonaba histérica.

    »Allí delante hay una isla«, respondió Midori. Quizás sólo es una nube, añadió para sus adentros, pero decidió que era preferible no decirlo en voz alta.

    »¿Dónde está Nina?«, preguntó Hannah.

    »No lo sé«, respondió Midori con seriedad. Tampoco tengo ni idea de dónde están todas las demás. »Pero tenemos que salir de aquí. El agua está fría y no quiero que me empiecen a dar calambres.«

    »Pero no podemos...«

    Midori se admiró por la actitud altruista de Hannah. Estaba claramente aterrorizada y con seguridad en peor forma física que ella, y sin embargo pensaba en su mejor amiga. El ganador de este año de la medalla póstuma al mayor altruismo y a la menor inteligencia posibles es... ¡Hannah! Gran aplauso.

    »Tenemos que hacerlo, Hannah. Tenemos...«

    En silencio, Midori empezó a nadar alejándose de allí volviéndose a mirar hacia Hannah a cada par de brazadas. Hannah apenas parecía capaz de mantener la boca fuera del agua y Midori notó también que el frío empezaba a paralizar sus músculos. Mierda, qué frío tengo. No vamos a aguantar así mucho tiempo. 

    »¿Habrá tiburones aquí?«

    Oh, Hannah, pensó Midori, estamos a punto de ahogarnos y el tiburón blanco es lo único que se te pasa por la cabeza. »Ahora están durmiendo. Los tiburones solamente están activos durante el día.«

    »Ah.« Hannah pareció tranquilizada. Parecía que se la había colado. Pero Midori no podía mentirse a sí misma. Miró hacia abajo con inquietud. ¿Qué profundidad tendría el agua? ¿Habría realmente tiburones allí? ¿Se estaría deslizando un tiburón martillo de seis metros de largo en ese momento por debajo de ellas y las miraría hambriento hacia arriba? ¿O habría otros animales marinos aún peores... calamares con tentáculos gigantes y ojos fríos que las arrastrarían hacia las profundidades?

    Después de un rato Midori escuchó la rompiente y vio los bordes de las olas blancos de espuma. La orilla ya no podía estar lejos. Alzó la mirada. Gran parte del cielo se veía completamente negra, la isla debía ser bastante alta. Quizás era la isla volcánica a la que se dirigían.

    »No lo voy a conseguir...«, gimió Hannah castañeteando con los dientes.

    »Claro que sí, lo vas a conseguir.« No había sonado muy convincente. Es difícil dar una impresión optimista cuando una misma está completamente agotada.

    Midori había leído alguna vez que la gente que se estaba ahogando ya no podía hablar porque estaban demasiado ocupados intentando mantenerse a flote. Para eso necesitaban toda su energía. Por eso tampoco movían mucho los brazos, como se veía siempre en la televisión, sino que simplemente se hundían poco a poco. Una última mirada y desaparecían en silencio hacia las profundidades.

    Midori suspiró. »Haz el muerto. Voy a tirar de ti durante un rato.«

    Propuesta para mi epitafio: Aquí yace Midori. Era demasiado buena para este mundo.

    »Gracias.«

    El agua salada hacía flotar bastante fácil, así que Hannah no se hundía aunque casi no hiciera ningún movimiento. Midori no sabía bien de dónde agarrar a Hannah. Por un momento pensó si sujetarla del pelo, pero al final rodeó con la mano por debajo de su cabeza para tirar de la barbilla.

    Midori estaba en bastante buena forma física, pero tampoco era una nadadora experimentada así que pronto estaba sin aliento y tenía la sensación de que no se movían en absoluto del sitio. Tomó un respiro e inclinó la cabeza hacia atrás. Las estrellas lucían como piedras preciosas, increíblemente lejos, gélidas y bellísimas. Nunca antes las había visto brillar así. Se sentía sola. Aquí estoy, un punto minúsculo en un mar tenebroso, en una pequeña bola en el espacio infinito. ¿Qué diferencia hay si el pequeño punto se hunde en el mar oscuro y nunca vuelve a salir a la superficie?

    Mientras movía las piernas en el sitio notó arena bajo sus pies y se puso de pie. Genial, agua poco profunda, la playa perfecta para bañarse en familia, pensó y continuó andando lentamente. Hannah simplemente se dejaba arrastrar en el agua.

    »¡¿Midori?!«, reaccionó Hannah de nuevo con pánico en la voz. Empezó a chapotear nerviosamente con brazos y piernas.

    »A partir de aquí podemos seguir andando«, le gritó Midori. Llegando a aguas cada vez menos profundas se sintió increíblemente pesada. Le dolían todos y cada uno de sus músculos. No necesitó girarse para saber que a Hannah le pasaba exactamente lo mismo.

    Soy una tortuga marina en tierra. Poco a poco estoy aquí, despacio y sin prisa. Ahora pondré en un momento mis huevos en la arena y entonces moriré. Quizás vuelva al mar, ni idea de qué es lo que suelen hacer las tortugas. 

    Alcanzaron la orilla y se tumbaron muertas de cansancio directamente en la playa. Aunque la arena estaba helada, las chicas se durmieron prácticamente al momento.

    Menos 3 años, 4 meses

    Paula era una víctima nata. Solamente llevaba medio año en la clase, y aunque se esforzaba un montón, solamente tenía que abrir la boca y todo el mundo reconocía de inmediato que era de Sajonia. Solo su dialecto lapredisponía al victimismo. Además llevaba unas gafas de montura anticuada y cuando se reía, balaba de una forma curiosa.

    Midori se acordaba de cómo su profesor les había presentado a Paula, la nueva compañera de clase, y ella se había quedado alí de pie delante de todos, mirando al suelo con la cara roja como un tomate, mirando al suelo y Midori se había preguntado cuándo iban a empezar a empañársele por dentro los cristales de las gafas. El profesor la mandó a una plaza libre, sola en la última fila.

    En las siguientes semanas no se oyó mucho de Paula. Nunca se ofrecía a responder y cuando un profesor preguntaba casi nunca sabía nada y se limitaba a hojear nerviosamente su libro. Naturalmente, en estos casos volvía a ponerse colorada como un tomate.

    A veces daba respuestas tan absurdas a las preguntas de los profesores que toda la clase estallaba en carcajadas. Con el tiempo, todos contaban con una respuesta divertida, así que se hacía el silencio enseguida que sonaba su nombre. Todos se giraban espectantes hacia ella, nadie quería perderse la siguiente respuesta.

    No, Paula no era la típica persona que querrías tener como amiga. Por lo menos si querías seguir teniendo una reputación mínimamente cool.

    A Midori le parecía una putada que machacaran a alguien por su origen. Una vez fue a la escuela primaria en Japón durante dos semanas y a pesar de su acento alemán y aunque prácticamente era incapaz de seguir la conversación cuando se hablaba de música o series de anime, nunca se burló nadie de ella. Quizás por eso tenía un poco de mala conciencia con Paula.

    En algún momento, cuando las burlas de los demás se volvían cada vez peores, decidió acercarse a Paula. Más tarde se preguntaba por qué lo había hecho y llegó a la conclusión de que simplemente había sido amable. Amable y tonta.

    La ocasión de ayudar a Paula llegó

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