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Tu hijo es mío

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Tu hijo es mío

Longitud:
97 páginas
2 horas
Publicado:
Feb 14, 2017
ISBN:
9788491625162
Formato:
Libro

Descripción

Tu hijo es mío:
"—Oye, no tengo ayudante en el ambulatorio, bueno, diré el barracón... Si tú te prestas a hacerme de enfermera...
   —¿Cuánto me pagará?
   —Nada. Yo tampoco cobro.
Marta se le quedó mirando con los ojos muy abiertos.
   —¿Y por qué viene a este lugar si no le pagan?
   —Pues porque quiero.
   —Será rico y vendrá aquí a hacer la caridad...
   —No soy rico, pero tengo vocación de médico y la rutina de un hospital no me agrada aunque no tengo más remedio que aceptarla para comer... Observarás que no sólo eres tú la desgraciada."
Publicado:
Feb 14, 2017
ISBN:
9788491625162
Formato:
Libro

Sobre el autor

Corín Tellado es la autora más vendida en lengua española con 4.000 títulos publicados a lo largo de una carrera literaria de más de 56 años. Ha sido traducida a 27 idiomas y se considera la madre de la novela de amor. Además, bajo el seudónimo de Ada Miller, cuenta con varias novelas eróticas.Es la dama de la novela romántica por excelencia, hace de lo cotidiano una gran aventura en busca del amor, envuelve a sus protagonistas en situaciones de celos, temor y amistad, y consigue que vivan los mismos conflictos que sus lectores. La novela de amor alcanza su máxima expresión en las manos de esta incansable escritora. Sus novelas tratan de amor y desamor. Sus personajes son mujeres de hoy que viven historias románticas, pasiones, aventuras eróticas, matrimonios rotos... y luchan siempre por su felicidad. A lo largo de su dilatada carrera literaria, cincuenta y seis años desde que publicó su primera novela el 12 de octubre de 1946, Corín Tellado publicó unos 4.000 títulos, ha vendido más de 400.000.000 de ejemplares de sus novelas y ha sido traducida a varios idiomas. No en vano figura en el Libro Guiness de los Récords de 1994 (edición española) como la más vendida en lengua castellana. Mario Vargas Llosa opina: «La vasta producción de Corín Tellado quedará como muestra de un fenómeno sociocultural». Y eso es lo que no se puede negar a esta autora: su condición de fenómeno sociológico, más allá de sus modas, culturas y los momentos históricos que atraviesan sus numerosos lectores. Muchos factores son los que marcan la diferencia entre Corín Tellado y el resto de las «grandes damas» de la novela sentimental. Si Bárbara Cartland, Victoria Holt o Jude Deveraux afirman que les gusta la sociedad y que inventan historias románticas para poder vivir y sentir lo que atribuyen a sus protagonistas, el éxito de Corín Tellado reside en su facilidad para conseguir que sus lectoras y lectores se identifiquen con los personajes de su invención. Corín Tellado hace de lo cotidiano una gran aventura en busca del amor, envolviendo a sus protagonistas en situaciones de celos, temor y amistad. Las tramas de sus historias son desgarradoras, llenas de equívocos, y sus hombres y mujeres sienten pasiones: unas veces amor y otras odio; lo mismo son generosos que se dejan arrastrar por la codicia. En resumen: viven los mismos conflictos que sus lectores. Los argumentos de Corín Tellado nunca se desarrollan en escenarios románticos, exóticos o históricos, sino todo lo contrario: tienen lugar en una época contemporánea a la de la autora. En sus novelas reflejaba la realidad inmediata que la rodeaba. «Recuerdo que a José Luis Garci le hacía mucha gracia que mis protagonistas tuvieran coche, que mis mujeres condujesen en una época en que en España la costumbre todavía no estaba extendida.» Corín Tellado fue pionera, tanto en su forma de vivir como en la de enfocar su trabajo. Trabajadora infatigable, pues durante casi toda su vida escribió a diario, excepto en raras y muy puntuales ocasiones. No es de extrañar que las protagonistas de Corín Tellado dejaran muy pronto de preocuparse solo del amor, el marido, los hijos y el hogar. Llama la atención que las insufle de valor, coraje y valentía. Las mujeres que Corín Tellado dibuja no se amilanan ante las rupturas, aunque la mayor parte de sus novelas acaben en boda; exigencia y limitación del género que cultiva. La censura y el editor así lo marcaban. «Recuerdo una novela en que dejé al protagonista ciego. El editor me la devolvió con una carta en la que pedía: "¡Opéralo!". Y lo operé, claro. En cuanto a mi estilo, fue la censura quien lo perfiló. Algunas novelas venían con tantos subrayados que apenas quedaba letra en negro. Me enseñaron a insinuar, a sugerir más que a mostrar.» Naturalmente esto con el tiempo cambió, aunque el género continuara imponiendo su marchamo. En las últimas novelas de Corín, escritas para un público contemporáneo, se nota un nuevo aliento, más acorde a los tiempos. Tienen otra vitalidad, otro atrevimiento y la misma valentía de siempre.


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Tu hijo es mío - Corín Tellado

CAPITULO PRIMERO

—Te estoy oyendo, Fina, te estoy oyendo.

—Pues a mí me parece que no me oye o si me oye no me entiende, doctor.

—¿Quieres mirar en torno? —continuaba limpiando una herida supurosa—. ¿No ves que estoy cargado de trabajo? Están en la antesala más de veinte enfermos esperando y tú ahí dándome la lata. Te he dicho muchas veces que trabajo en este barracón acondicionado para ambulatorio y sólo visito casos muy graves, de modo que lo lógico es que el que se sostenga sobre las piernas que venga aquí. Además, tú sabes, Fina, que hay montones de personas perezosas y sin estar enfermos se hacen para dar guerra.

—Esta vez no, doctor. Lo están comentando ahí fuera. Se trata de una mujer que no sale de su chabola desde que falleció su madre.

Daniel Múgica continuaba limpiando el pozo de infección de aquella herida.

—Dame vendas esterilizadas, Fina —pidó impaciente.

La mujer que hacía de enfermera obedeció refunfuñando.

—Le digo que no exagero. Hace un mes de eso y vive en la miseria y si no ha salido ni para comprar, pues ya me dirá usted.

Daniel asió la gasa esterilizada con unas pinzas y la colocó en la herida abierta.

El enfermo estaba tendido en una cama que a Daniel le costó lo suyo arrancar al Municipio.

Menos mal que no se quejaba.

Era un hombre entrado en años que padecía úlceras exteriores, las cuales, por lo que veía Daniel, se hacían cada vez más profundas. Al paso que iba tendría que enviarlo al hospital de la Seguridad Social.

—Puede irse —le ordenó cuando vendó la herida—. Venga dentro de tres días.

—Sí, doctor.

Daniel llevó el dorso de la mano a la frente.

—Fina, que pase el siguiente.

La mujer que hacía de enfermera fue a abrir la boca, pero Daniel con acento cansado le atajó:

—Me lo dices después. Llevo aquí tres horas sin parar y se me antoja que esta mañana no voy a comer si tengo que atender a todos los que esperan fuera.

Fina dudó, pero al fin se acercó a la puerta y llamó al siguiente.

Entró una mujer anciana apoyada en un bastón.

Tenía un lunar en la cara que a Daniel no le gustaba nada.

—¿No usó el volante que le di el otro día, señora? —preguntó impaciente—. Le envié a un especialista si mal no recuerdo.

—Salir de la barriada me cuesta dinero y tiempo —explicó la anciana—. No creo además que este lunar sea tan malo.

—Pero le pedí una radiografía. ¿Lo ha olvidado?

—No, doctor, pero...

—Sí, ya me lo ha dicho, salir de la barriada le cuesta dinero y tiempo —metió la mano en el bolsillo y extrajo un billete—. Tenga, vaya a donde le dije y vuelva con la radiografía.

—Pero...

—Haga lo que le digo, por favor. No me obligue a perder tiempo.

Lo decía roncamente y con acento infinitamente cansado.

Lo estaba mucho.

A veces pensaba si Sonia no tendría razón. Y su padre y sus amigos.

Pero no.

El quería hacer aquello y lo hacía.

—Acompáñala, Fina, y que pase otro —y aún gritó para hacerse oír por la anciana que salía apoyada en el bastón—: Haga lo que le digo. En este ambulatorio montado por purísima casualidad en esta barriada no tenemos elementos para hacer una radiografía.

La anciana salió por fin y seguidamente entró una mujer bastante joven embarazada.

—Tiéndela ahí, Fina —ordenó Daniel—, pero antes quítale la ropa y que se ponga una bata blanca.

El se retiró a un lado fumando un cigarrillo.

Miró en torno con cierto desaliento.

Cuando regresó de Alemania de hacer el doctorado su padre le esperaba con ansiedad, pero su dimensión de la vida o la visión de aquélla, distaba mucho de parecerse a la de su padre.

Sacudió la cabeza y sus ojos azules vagaron por el consultorio. Una mesa, una vitrina llena de cachivaches útiles, una mesa al fondo, un sillón y nada más. Una de las mesas era una especie de camilla y la otra de escritorio y sobre aquél un recetario, unos bolígrafos dentro de una especie de vaso de cuero, una carpeta y un archivador bastante grande.

—Ya está, doctor —dijo Fina.

Daniel dejó de mirar y de fumar, se fue a poner los guantes de goma y empezó a explorar a la enferma.

—Supongo que usted no tendrá Seguridad Social.

—Pues no. Mi marido es eventual... Trabaja donde puede.

* * *

Daniel no se sorprendió demasiado.

En aquella barriada llena de chabolas diseminadas llena de chiquillos sucios y harapientos, mujeres desgreñadas y hombres tirados al sol, no había armonía en el diario trabajo.

A él le costó lo suyo que el Ayuntamiento le levantara aquel barracón. Y no se diga nada la indignación de su padre y la ira de Sonia.

Bueno, todo fuera por amor al arte.

—¿Cuántas veces la miró un médico?

—Nunca. No tenemos dinero para pagarle.

—Y tendrá usted media docena de hijos, ¿no?

—Diez, señor.

—Para eso andáis ligeros.

—¿Decía, doctor?

—Nada... Que después de dar a luz diez veces, no creo que yo le haga mucha falta. Ande, baje de ahí y que Fina le extraiga sangre y usted recoja la orina en un recipiente limpio, ¿entendido? Limpio.

—Sí, doctor.

Fina ayudaba a

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