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El antídoto que nos une

El antídoto que nos une

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El antídoto que nos une

valoraciones:
5/5 (1 clasificación)
Longitud:
631 página
11 horas
Editorial:
Publicado:
May 24, 2016
ISBN:
9788408154631
Formato:
Libro

Descripción

Después de dar por finalizada su relación con Morales, Carla continúa con su vida volcándose en el trabajo. Las semanas pasan y ella no tiene noticias del hombre que la abandonó sin darle ninguna explicación. Decidida a seguir adelante, hace lo posible por volver a ser la de siempre, pero para su sorpresa, Morales reaparece y se interpone de nuevo en su camino.

Antes de que pueda siquiera darse cuenta, ocurre lo inevitable y ambos retoman lo que dejaron. Si bien Carla conoce ahora mucho mejor a Morales, es muy consciente de que él apenas sabe nada de ella. En su empeño por esconderse en su coraza, Carla se muestra implacable con quien pretende descongelarla.

De lo que ninguno de los dos es consciente es de que una vez la verdad salga a la luz, no habrá vuelta atrás y ya no habrá lugar para los remordimientos.

La cicatriz que compartimos, continuación de este segundo volumen y final de la trilogía, verá la luz en julio de 2016.

Editorial:
Publicado:
May 24, 2016
ISBN:
9788408154631
Formato:
Libro

Sobre el autor

Irene Hall es el seudónimo de una ejecutiva de cuentas que reside en Madrid. La trilogía «Veneno», editada en digital por Zafiro ebooks y en papel por Universo de Letras (ambos del Grupo Planeta), ha sido un proyecto muy ambicioso para ella y, tras redactar Ni todas las mujeres quieren flores ni todos los héroes llevan capa y otros manuscritos aún por publicar, continúa escribiendo casi a tiempo completo. Encontrarás más información sobre la autora y su obra en: https://twitter.com/msirenehall y https://www.facebook.com/profile.php?id=100005166739237&fref=ts

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El antídoto que nos une - Irene Hall

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Amor animi arbitrio sumitur,

non ponitur.

Publio Siro

1

Me miro sin ver. No soy plenamente consciente de cómo me aliso el pelo frente al espejo. Mi cabeza no está en su sitio, hace días que flota a la deriva sin atisbar tierra. Los recuerdos de momentos mejores emborronan mi visión a punto de arrastrarme al llanto. Pero si he conseguido evitarlo hasta hoy, no voy a permitir que cambie de repente. Tengo que ser fuerte, tanto o más que él cuando dijo que no volvería a verme.

La dureza con que me echó aquel día de su vida sigue persiguiéndome en noches amargas, frías y solitarias. Es lo único que necesito para echarme atrás cada vez que siento la tentación de ir a su encuentro. Con eso basta para aplacar mis ansias de volver a verlo, oírlo y, por supuesto, tenerlo dentro.

Me gustaría decir que las cosas han vuelto a su cauce, que todo sigue su curso como si la historia nunca hubiera tenido lugar. Pero no es así, ni mucho menos. He perdido un pedacito de algo que ha cambiado mi existencia para siempre. La ha tornado vacua y gris.

Antes de volver a quemarme el pelo sin querer, apago el secador y abro la puerta del baño. Guardo los accesorios en el armarito pero un ruido me detiene en el acto.

Alguien está abriendo la puerta de mi piso.

Las llaves. Mis otras llaves. Nunca me las devolvió. Siempre las ha tenido él. Aunque quiera convencerme de lo contrario, sé que no puede ser nadie más. Estoy aturdida, embobada. Debería estar furiosa por su atrevimiento, tendría que salir hecha un ogro del baño pero en vez de eso, me quedo congelada mirando la pared del pasillo. Mi corazón se contrae repetidas veces al escuchar los pasos que vienen en mi dirección. Una sombra crece en el suelo hasta que su dueño se interpone en mi visión.

Abro la boca incapaz de emitir sonido alguno. Me cuesta respirar. Ha pasado mucho tiempo y, sin embargo, me afecta como si lo acabara de conocer. ¿Qué está haciendo aquí? ¿Qué pretende con esto? Este comportamiento está completamente fuera de lugar. No tiene ningún derecho a hacerme esto, a presentarse porque sí donde no lo han invitado. Está jugando conmigo, me lo advirtieron hace mucho y aun así, yo me dejo como el ser frágil y desgastado que soy.

No dice nada, permanece callado igual que yo y eso me tensa aún más. Su mechón rebelde oculta un ojo y me muestra otro encendido y verdísimo. No conozco el traje que lleva. Es gris oscuro y su corbata también. Con una lentitud que me angustia, avanza unos pasos hasta que sus dedos tiran del nudo de mi toalla y dejan que caiga al suelo dejándome aún más confundida que antes.

Tiemblo. No sé si de frío, de miedo o de impresión.

Su ojo recorre mi desnudez con parsimonia, seguro que recreándose en recuerdos salvajes y deliciosos. Inexplicablemente, siento la desesperada necesidad de peinar su mechón para contemplarlo en su totalidad, pero me abstengo con los brazos inmóviles a los lados. No seré yo quien dé ese paso.

Por suerte para mí, unos segundos después, son sus manos las que se posan a cada lado de mi cadera. Arden, me queman y, contra todas las fuerzas que he procurado reunir estos días, deseo fervientemente que me escalden el resto del cuerpo. Morales cierra los ojos y espira pesaroso.

—¿Por qué estás siempre tan fría?

«Porque tú también me dejaste huérfana. Me abandonaste y me convertiste en escarcha.»

—Soy un témpano —murmuro—. ¿No lo recuerdas?

Morales sacude la cabeza despejando su vista y sostiene mi cara entre sus manos. Me dejo guiar hasta sus labios pero no puedo evitar hacer esto sin un resquicio de lucidez. Antes de que pueda preguntar nada, me manda callar suavemente a un suspiro de mi boca.

—No hables —susurra—. No digas nada, no digamos nada.

Sus labios me persiguen ardientes y yo me echo hacia atrás. No puedo hacerlo sin más. No podemos volver a las andadas como si presentarse en mi casa por sorpresa fuera algo natural e incluso agradable. Nuestra relación ha cambiado, ya no queda nada y por eso me esfuerzo en hacérselo entender. Pero no parece querer entrar en razón.

—Por favor, Carla —suplica a través de dos ranuras aceitunadas—. Lo necesito, te necesito.

Su confesión rompe el muro que nos separaba como una detonación. Salta por los aires, al igual que todos mis sentidos cuando me besa manso pero exigente. Al encontrar mi lengua junto a la suya, me convierto en un animal. Un felino hambriento desde hace semanas que encuentra un oasis en el desierto.

Mis dedos se pierden en su cabello y tiran de él enardecidos. Morales gime inundando mi paladar y mi sexo, el cual vierte fluidos evaporándome. Sus brazos me suben a la encimera abriéndome de piernas para él. Entre los dos y sin dejar de mezclar nuestras salivas, nos deshacemos de su chaqueta, de su corbata, de su camisa y después de sus pantalones. Morales restriega su duro miembro contra mi vagina a través de su ropa interior. Me separo de su rostro para inspirar. Jadeo. El roce es portentoso pero sé que lo es mucho más cuando lo tengo dentro. No puedo esperar y él tampoco.

Morales se baja los calzoncillos. Su pene, largo e hinchado, se interpone entre nosotros. Sin demora, lo envuelvo con una mano para acercarlo a mi entrada. Lo he echado tanto de menos. Al igual que su sonrisa. Esa que me vuelve loca en tantos sentidos distintos. Pero hoy no sonríe, tampoco está serio, no podría adivinar sus pensamientos. Es un hombre hermético. De lo único de lo que estoy segura es de que sé a lo que ha venido. Y a pesar de que deseo con toda el alma que me folle, me abrace y me duerma en sus brazos, intuyo que sólo va a follarme.

Poco a poco, lento y mezclando su mirada con la mía, Morales se abre paso en mi interior, arrancándome un grito placentero. El tacto es deleitoso, y el acople, soberbio. Al colmarme entera, me besa apasionado y la saca para metérmela de un golpe abrasador. El empujón me estrella contra el espejo y a ése le siguen varios más. ¡Sí! Así, fuerte, muy fuerte. Cada empellón es más bestia que el anterior, justo como a mí me gusta.

Sus manos tiran de mi melena alzándome el rostro. Sus dientes muerden mi cuello. Chillo. Veo las estrellas cada vez que me empotra contra el espejo. Se va a romper, me va a cubrir con una lluvia de cristales, pero no me importa con tal de que no vuelva a separarse de mí.

Lo abrazo volviéndome fuego en cuestión de segundos. Morales entra y sale cada vez más rápido y más loco hasta que creo que saltan chispas entre nuestros genitales. El bombeo me enciende al igual que lo hacen sus jadeos junto a mi oído. Me aviva, me exalta. Siento como si mi piel vibrara con su incesante bamboleo.

De cualquier forma, es algo insustituible. Nunca habrá nada como esto, como él. Lo he sabido siempre y aunque me he ceñido al pensamiento contrario, ahora tengo clarísimo que jamás me sentiré tan llena como con él.

Me ha convertido en una adicta. El anhelo de sentir su eyaculación en mi interior con cada sacudida me obliga a apretar la mandíbula en tensión. Clavo mis uñas en su espalda desnuda. Me duele todo, me hace daño, el espejo no se va a romper. Soy yo quien se va a resquebrajar. Su polla da mis músculos de sí. Ceden por una impetuosidad sin medida.

—¿Esto es lo que necesitas? —voceo jadeante.

Morales me lanza una dentellada en el lóbulo. Grito de nuevo.

—¡Sí! —ruge—. ¡A ti! ¡Te necesito a ti!

Una corriente se precipita por todo mi ser. Me zarandea elevándome a una cima celestial. El clímax se apodera de mí. Siento que vuelo demasiado alto.

No puedo más.

Me incinero.

2

Despierto abriendo los ojos de golpe. Mi pulso está desbocado pero noto cómo se va serenando gradualmente. La cabeza me da vueltas. Tengo los labios secos, me los humedezco con la lengua aunque casi no tengo saliva. El pijama está pegado a mi piel, completamente sudado. Sin pensar, me palpo entre los muslos. Estoy empapada y totalmente deshidratada.

Me llevo las manos a la cara, restriego mi piel hasta que creo marcarla de surcos. Es bochornoso. No comprendo cómo me puede estar pasando esto. No sé qué es más raro, que me corra en sueños pensando en él o la mirada vidriosa que me lanza el trol desde la mesita de noche.

Cuando me lo encontré en el bolso aquel fatídico lunes no supe si echarme a llorar o tirarlo a la basura. Se me debió de caer de las manos en cuanto Morales comenzó a hablar en su despacho. Pensé que habría chocado contra la mesa pero no fue así.

He decidido quedármelo, aunque me extraña que ya hayan pasado casi dos semanas y a Morales no se le haya ocurrido reclamármelo. No pensará ni por asomo que lo tengo yo. Ojalá lo supiera y entrara de aquí a un segundo por la puerta de mi habitación. Así mis sueños se harían realidad.

No puedo negar las ganas que tengo de volver a sentirlo como en el pasado, pero he de ser madura y consecuente con mis actos. Lo que hicimos no estuvo bien y alguien tenía que pararlo. Sin embargo, sigo sin entender por qué ocurrió de un modo tan improvisto. No lo supe ver. Me he preguntado varias veces si tiene algo que ver con mi físico. Sé que me he descuidado últimamente. He estado dejando de prestarme atención, lo admito. Con él estuve a punto de conseguirlo del todo.

Parece ridículo, pero es la verdad, y la primera en asombrarse soy yo misma. Puede que su constante adoración por mi cuerpo tenga algo que ver, no lo sé. A su lado llegué a sentirme libre de luto y de culpa, una sensación absurda que podría haberse vuelto infinita, pero no lo sé, y ya nunca lo sabré.

Cojo el trol y jugueteo con su pelo fosforito. El móvil marca las 6.14. Demasiado pronto para levantarme y acudir a la oficina, pero no tengo nada más que hacer excepto refugiarme en mi trabajo. A eso me dedico a diario y así es mi vida desde hace días.

Vicky nos ha mandado un e-mail muy entusiasmada. Su estado de ánimo rezuma por cada una de sus palabras. Quizá tenga algo que ver con su reciente historia con Víctor. Después de la discusión que tuvieron en Moma, volvieron a quedar. Y tras esa quedada, hubo otra y otra… Así hasta que se han hecho casi inseparables. Según lo que nos cuenta, Víctor es un hombre atento, dulce y detallista. Ha «teletransportado» a Vicky a un mundo de color de rosa del que no quiere apearse. Y no es para menos, parece que por fin ha encontrado a su querido príncipe azul.

En el correo nos adelanta los detalles de nuestra habitual excursión de chicas a la casa que tienen sus padres en la sierra de Guadarrama. Hubiéramos ido este fin de semana puesto que es puente, pero sus padres ya habían quedado allí con unos amigos de la familia. Hasta el próximo viernes no podremos ir. Tengo ganas de ese plan en el que salimos a esquiar, montamos fiestas caseras y tenemos un poco de aventura juntas. Aunque reconozco que no me importaría cambiarlo por un buen meneo como con el que he soñado esta noche.

Miro el reloj de la pantalla del ordenador. Manu tiene que estar esperándome en la cocina. Me quito las gafas, cojo mi paquetito de té rojo y voy a su encuentro. Todavía tengo tiempo antes de ir a recoger a Sandra para nuestra próxima visita.

Manu mastica un sándwich sentado, en solitario, sobre uno de los taburetes. Al verme, sonríe levantando la cabeza a modo de saludo. Pongo a hervir agua en silencio, pero su mirada persistente me incomoda ligeramente. No sé qué le ronda la cabeza, pero tiene esa estúpida sonrisa pintada en la cara desde que me ha visto entrar.

Al sentarme al otro lado de la barra, preparo una bolsita eludiendo sus ojos como buenamente puedo.

—¿No tienes nada que contarme?

Le dedico una mirada interrogante. No sé de qué me habla.

—Ya sabes, sobre tu amante secreto.

Creo que me encojo literalmente hasta que las piernas me cuelgan del taburete como a Pulgarcita. Me siento tan aterida que no acierto ni a pestañear. No es posible que me esté pasando esto justo después de que todo haya terminado. La suerte nunca me había rehuido de una forma tan insolente.

Al ver que no acierto a decir nada, Manu prosigue en tono burlón.

—Hablé con Eva sobre aquel día. No sabía nada.

—¿Qué día? ¿Qué te estás inventando?

—No me invento nada, fuiste tú la que dijo que estaba con Eva en aquel bar de Nuevos Ministerios.

Ay, no. Tenía la esperanza de que eso hubiera quedado zanjado.

Es cierto, aquella tarde estaba tomándome un café con Morales cuando me contó cómo murió su madre. Al irse al baño, Manu apareció con un amigo y tuve que inventarme la excusa de que estaba con Eva para que se fuera. Por desgracia, eso lo envalentonó y salió corriendo en su busca. Por supuesto, nunca la encontró, pero como estaban a malas, tampoco esperaba que tuviera la oportunidad de hablar de aquello con ella.

No obstante, ahora estos dos también están bastante bien. No se ven tan a menudo como Víctor y Vicky, se lo están tomando con calma. Teniendo en cuenta cómo lo ha tratado Eva desde hace meses, es lógico que no quiera precipitarse. No pienso que vaya a hacerle daño, al menos queriendo. Pero mientras se sigan respetando mutuamente y no haya desplantes de por medio, no pienso meterme. Creo que la bondad de Manu puede hacerle mucho bien a Eva y es obvio que él está loco por ella.

—Ahora ya sé por qué estás tan distraída últimamente —continúa mientras me levanto para verter el agua en mi taza.

—Siento haberte mentido —confieso sincera y avergonzada.

Manu hace un gesto restándole importancia.

—Flipé un poco pero no pasa nada. ¿Por qué no quieres que lo conozca?

¡Ay! Casi me quemo con el agua. No sabe quién es. Esto es aún más sorprendente. Me giro en redondo.

—¿Es de la oficina?

—¿Quién? —pregunto riendo.

—Es verdad, sois todo tías.

Se rasca la mejilla pensativo y al cabo de unos segundos, abre unos ojos brillantes de excitación.

—Espera… ¿eres bollera?

Lo que me faltaba. Resoplo volviendo a mi sitio.

—¡Claro! —exclama golpeándose la frente—. ¿Cómo no me he dado cuenta? Carla, tranquila, no tienes por qué…

—¡Cállate! —interrumpo—. ¡Es un hombre!

Un friki-maromo-parleño-farlopero.

—¿Entonces? Dímelo, anda.

—¿Eva no te ha dicho nada?

Me sorprende que después de averiguar la historia del bar no haya indagado más sobre el asunto. Si mi amiga quiere comenzar su relación sin mentiras, no sé hasta dónde le habrá contado.

—¿Ella lo sabe?

Tenía que haber cerrado el pico. Es verdad que estoy distraída, mis facultades mentales no están en su mejor momento, soy consciente.

Manu sonríe como el gato de Cheshire ruborizándome.

—Se lo pienso sonsacar.

Muy bien. En ese caso a mí me toca chantajearla con unos buenos Jimmy Choo para que se cosa la boca con este tema.

Estoy nerviosa. Hace años que no veo a Patrick. Su exposición es mañana pero lleva en Madrid desde este mediodía. Se conoce que se ha pasado la tarde preparándola para evitar imprevistos. Me ha mandado un mensaje cuando ha aterrizado y otro hace un rato indicándome que estaba de camino.

He preparado la cena, ya está la mesa puesta. He estado un buen rato cocinando la tortilla de patatas con cebolla que tanto le gusta. O que, al menos, antes le gustaba. Espero no haber perdido facultades con ella, buena pinta sí que tiene. Hace tiempo que no me entretenía en cocinar algo así, pero la visita lo vale.

Suena el interfono. Pulso el botón de abrir sin preguntar, por la hora ya debe de ser él. Dejo caer mi trenza por la espalda y me aliso la blusa sobre los vaqueros. Unos segundos después, abro la puerta de mi piso.

Chérie!

Sonrío. Patrick se lanza a mis brazos y me levanta por los aires sacándome un gritito de sorpresa. Tras protestar entre risas, me suelta y arrastra una maleta, una mochila, una especie de maletín de madera y una carpeta porta-lienzos. Parece más una mudanza que un viaje fugaz.

—¡Estás preciosa!

Casi no puede terminar la frase. Patrick tropieza al entrar en el salón, pero llego a tiempo de evitar un desastre. Le ayudo como puedo descargando todos sus bultos en el sofá.

Merci. Tú también estás muy guapo.

Patrick tiene el cabello pelirrojo cobrizo, ojos castaños vivaces y veo que se ha dejado barba fina. Se quita la chaqueta y descubre unos brazos bajo un jersey azul celeste algo más inflados de lo que recordaba.

—No es verdad, estoy destrozado.

En ese caso, lo sabe disimular porque tiene muy buen aspecto.

—¿Todo bien en la galería?

—Sí —confirma soltando los brazos en gesto cansado—. Todo a punto, aunque me pasaré un par de horas antes para asegurarme.

—Tienes que estar hambriento, sentémonos a cenar.

Asiente agradecido.

—¿Cómo te va todo? ¿Dónde dijiste que estabas trabajando?

Patrick y yo nos sentamos a la mesa y empezamos a charlar. La tortilla le ha sorprendido, no la esperaba. La devora hambriento, relajado y gustoso. Hablamos durante toda la cena para ponernos al día, uno frente al otro.

Después de contarle mis historias, Patrick me explica que terminó su carrera de Bellas Artes y después se ha dedicado a hacer cuadros por encargo. Tiene un pequeño taller en Bruselas en el que trabaja en sus propias creaciones y en las que le encargan. Por fin ha conseguido ahorrar lo suficiente para organizar un tour por algunas capitales de Europa en las que exponer sus cuadros, así como realizar una pequeña campaña publicitaria en el sector. Ha expuesto varias veces en distintas ciudades de Bélgica y Francia y admite haber vendido más cuadros de los que imaginaba. Por eso se ha animado a lanzarse a un mercado mayor.

En lo personal, actualmente está soltero. Estuvo un tiempo saliendo con una de sus modelos, algo que me suena, pero se terminó hace unos meses cuando ella se mudó a Estados Unidos para continuar su carrera de forma profesional.

—Es la historia de mi vida —suspira—. La distancia siempre se interpone entre mis chicas y yo.

Meneo la cabeza mientras le doy un sorbo al rooibos que he preparado.

—No te quejes, tienes que tener un buen tirón entre las mujeres siendo artista consumado como eres.

—Sí —contesta medio sonriendo—, pero a veces es muy frío. También echo de menos salir a cenar con una mujer bonita.

No sé si eso va con segundas. Los modos de seducción de Patrick eran algo patosos, pero en su día me enternecían el corazón. Si éste es uno de ellos, creo que hoy me parecen más simpáticos que sugerentes.

Es curioso el modo en que el paso del tiempo puede transformar el amor en simple y sincero cariño. Supongo que el hecho de que termináramos de mutuo acuerdo tiene mucho que ver. No creo que los finales desagradables puedan lograr algo parecido. Me pregunto si existen relaciones que puedan marcar a alguien tan profundamente, hasta el punto de reencontrarse años después y avivar las llamas como si nunca se hubieran apagado.

—Hablando de cenas y mujeres bonitas, me gustaría invitarte a cenar el viernes por la noche. —No estaba muy equivocada—. El sábado he quedado con una pareja que quiere que les pinte y no sé a qué hora volveré.

Eso me extraña, sólo se dedica al desnudo artístico pero siempre femenino.

—¿Una pareja? ¿Ahora también pintas a hombres?

—Son dos mujeres —contesta risueño.

—Ah. —Se queja de vicio—. El viernes he quedado con Eva y con Vicky, y con otra chica que no conoces pero puedes venirte si quieres.

Magnifique!

Seguro que a ellas no les importa. Un poco de compañía masculina no nos viene mal de vez en cuando.

Patrick pasea sus ojos curiosos por el salón dejando de prestarme atención. Ensancha su sonrisa desconcertándome.

—¿Qué pasa?

—Este piso me trae muchos recuerdos.

Yo también esbozo un amago de sonrisa. Sí que lo pasamos bien entre estas cuatro paredes. Era mucho más cómodo que su cuartucho del colegio mayor. Aquí cenábamos, estudiábamos, me pintaba y terminábamos entre las sábanas.

—Estoy cansado, chérie, pero mañana quiero pintarte tras la inauguración.

Al escuchar eso no puedo evitar tensarme.

—¿Todavía sigues con ese tema?

—¿No quieres?

Me levanto para recoger nuestras tazas y limpiar la mesa.

—Sabes que no me importa, pero igual prefieres pintar a mujeres más jóvenes.

—Tonterías —protesta—. Ya te dije que quería hacer un díptico con uno de tus cuadros de la universidad.

Es que eso es lo que menos gracia me hace de todo.

—¿Y por qué no haces uno nuevo, sin más, en vez de compararlo con nada del pasado?

Al no escucharle, me doy la vuelta para observar su reacción. Está impasible, y de brazos y piernas cruzados sobre la silla.

—Porque el artista soy yo y yo decido lo que quiero pintar.

Hombres. Continúo mi tarea despreocupada.

—Pues fíjate tú qué problema, me niego y punto.

—No me saques las uñas —replica malhumorado—. Y no seas tan crítica contigo misma, chérie; ése debería ser yo.

Lo sé. Él me enseñó que la modelo debe limitarse a posar y no preocuparse por el resultado final. Ése no es su cometido, prácticamente no es de su incumbencia. Pero en mi caso, eso es algo imposible. Es inevitable que me ponga nerviosa y más si voy a ver sobre el lienzo el irremediable paso del tiempo en mis carnes. Igual lo mejor es ni verlo. Eso debería ayudar.

—Pensé que con los años habrías dejado de ser tan pudorosa con tu cuerpo.

Suelto la loza en el fregadero y le encaro fulminándolo con la mirada.

—No soy pudorosa.

Ya no. Incomprensiblemente, alguien se encargó de quitarme el pudor de golpe. Confieso que sigo odiándome, pero ya no me resulta tan vergonzoso exponer mi cuerpo al otro. Aunque no estoy tan segura de si sólo me pasa con él o de verdad puedo dejar de serlo de cara al resto del mundo.

Patrick levanta una ceja escéptico.

—Te digo que no lo soy —aseguro—. Mañana te lo pienso demostrar.

Vuelve a sonreír. Estupendo, ya ha conseguido lo que quería.

Merci, chérie. Estoy deseando que llegue mañana.

Mientras termino de recoger y de limpiarlo todo, oigo que Patrick se da una ducha rápida. Me cruzo con él enfundado en una de mis toallas a la cintura. Sigue siendo de piel pálida, como yo, pero tenía razón cuando pensaba que ha aumentado su masa muscular. No demasiado pero sí lo suficiente como para volver la vista si te lo cruzaras en la orilla de la playa.

Tras cepillarme los dientes, le doy un beso casto en la mejilla mientras rebusca en las prendas de su maleta.

—Me voy a dormir, yo también estoy cansada. He puesto las sábanas en el sofá, no hay que hacer nada. Sólo tienes que abrirlo.

Patrick se incorpora lentamente sin dejar de mirar al sofá. Yo también lo miro. No está tan mal, no es tan desagradable, mi propio primo me lo dijo cuando vino hace semanas.

—¿Patrick?

Mi voz corta el encantamiento. Sacude la cabeza medio sonriendo.

—Sí, sí, está bien. Gracias.

—Que descanses —le deseo antes de cerrar la puerta de mi habitación.

«Lo siento, querido amigo, pero no tengo humor para lo que buscas. Al menos, contigo no. Hoy por hoy, no.»

3

Ha sido un día de mucho trabajo. Estamos a punto de cerrar el año y se nos acumulan las visitas, los planes y las hojas Excel de columnas con números interminables. Sandra está de un humor de perros. Nos falta un pequeño empujón para llegar a la cuota y está tan nerviosa y tan tensa que salta a la mínima. Yo procuro tomármelo con calma, no quiero que el trabajo me ahogue, aunque tampoco tengo gran cosa con la que entretenerme y admito que cuando llego a casa, sigo trabajando. Este fin de semana volveré a sumergirme en mi portátil mientras que el resto de los días los dedico a hacer visitas sin parar.

Hoy me daré un respiro para acudir a la inauguración de Patrick. He pasado por casa para arreglarme y embutirme en un vestido verde oscuro, de escote cruzado, de Antonio Miró. Tiene manga corta y falda recta por encima de las rodillas. Estaba escondido entre las decenas de vestidos de mi armario y me ha encantado recuperarlo.

Al salir del taxi en la calle Velarde, me topo con Carmen. Está esperándonos junto a la entrada del espacio. Hay un corrillo de gente fuera fumando y a través de los cristales también se ven otros grupos dando vueltas. O Patrick se está haciendo famoso de verdad, o sabe publicitarse muy bien.

—Qué puntual —señalo una vez que intercambiamos un par de besos.

—Sí, me acabo de bajar del coche. Me ha traído Raúl.

Claro, eso nunca cambia. Ni siquiera el hecho de haberle puesto una señora cornamenta con mi primo lo hace.

Cuando le dije a Carmen que no se lo dijera, se lo tomó demasiado al pie de la letra. No sólo no se lo dijo, sino que no lo dejó como esperábamos todas. Tiene que ser por miedo, no se me ocurre otra razón. Sé por sus escasos comentarios que la relación se ha enfriado por su parte, pero no hace ni el más mínimo intento de sugerir darse un tiempo o una ruptura definitiva. Yo ya no abro la boca con el tema. Me agota.

—¿Cómo estás?

Sorprendida por la pregunta, contesto:

—Bien, ¿por qué?

Carmen pone mala cara.

—Ni con el mejor corrector te quitas esas ojeras de encima.

Es verdad que me he echado corrector. Capas y capas de maquillaje para intentar disimular mi penoso aspecto, pero veo que no da los resultados esperados.

—Tengo mucho lío en la ofi.

—¿Sigues sin saber nada de él?

Directa el grano, no se corta un pelo.

Niego con la cabeza.

—Quizá deberías coger unos días de vacaciones para despejarte y distraerte de verdad —sugiere.

—No es el mejor momento, ya te he dicho que tengo mucho lío —admito—. Además, no exageres, no es para tanto.

—Ya…

—Es verdad —protesto indignada—. Lo único que me preocupa ahora mismo es no volver a tener un sexo tan bueno como el que tenía con él.

Varias cabezas del grupo de al lado se vuelven en nuestra dirección. Lo he debido de decir demasiado alto. Carmen me agarra del brazo y nos retira a una esquina.

—¿Tan sensacional era? —pregunta ceñuda.

Con la expresión de mi cara basta para que sepa que digo la verdad.

—Era… ¡bah! —Qué más le da—. Es una tontería.

—No, cuéntamelo.

Su curiosidad me anima a abrirme.

—Era como si venerara mi cuerpo. Como si adorara cada centímetro de mí. Me hacía sentir muy… muy…

—Querida.

—Deseada —corrijo.

Fue su trato en cada polvo el que me tenía hechizada sin remedio. Al esfumarse de un día para otro, siento como si volviera a ser la de siempre, sin ningún tipo de cualidad especial.

—Si de verdad era así, no entiendo por qué te ha dejado.

Un grito cercano me libra de darle más vueltas al asunto.

—¡Guapísimas!

Vicky, seguida de Eva, se aproxima a zancadas para fundirnos en un abrazo efusivo. Con la cabeza atrapada sobre su hombro, logro ver un gesto resignado de Eva que me hace sonreír. A todas nos parece cómico el humor que gasta Vicky últimamente comparado con la sequía que arrastraba desde hacía meses. El sexo o el amor, ya sea lo uno o lo otro, nos lleva a comportamientos imprevisibles sin quererlo.

Me alejo un poco de los grititos de Vicky para saludar a Eva y entrar en la galería cogidas del brazo.

—¿Cómo va todo? ¿Alguna nueva entrevista?

Ella niega con la cabeza.

—Todo lo que me ofrecen es basura.

—¿Lo dices por el sueldo?

—No, por el tipo de trabajo —contesta resoplando mientras nos hacemos hueco entre la gente—. Parece que lo hacen para humillarme todavía más.

Desde que Eva se hizo aún más famosa por su idilio con el marqués, ha recibido varias ofertas de trabajo, a cada cual más variopinta. Desde Call TV a la teletienda, pasando por ser imagen de productos absurdos y conducir un consultorio de sexo. Eso sin considerar el par de reality para los que la han llamado para participar, algo que ella ni nombra porque no lo considera un trabajo.

Manu le da ánimos a su manera y me consta que ha hecho circular su currículum entre sus amistades, aunque no es muy necesario. Todo el mundo conoce ya a Eva, pero no por lo que ella quisiera.

Observamos varios cuadros de mujeres sensuales en actitud natural y desenfadada. Patrick hace muy bien su trabajo. Son obras muy hermosas, cargadas de erotismo y belleza realista. Las pinta tal y como son, no adhiere o quita nada. Eso siempre me ha llamado la atención. Nunca ha querido buscar la perfección en sus cuadros, algo que me repetía en el pasado constantemente al notar mi turbación por estar desnuda ante él.

Echo un vistazo a nuestro alrededor, pero con tanta gente me es imposible localizarlo.

—Estoy ampliando horizontes —dice Eva retomando la conversación.

—¿Horizontes?

—Sí, he empezado a mandar mi currículum fuera de España. Reino Unido y Alemania principalmente, pero no descarto Estados Unidos.

Nos paramos y la miro de hito en hito.

—¿Te irías?

—¿Por qué no? Viendo el panorama que me espera aquí…

—No te puedes ir.

Eva intenta ocultar una sonrisa.

—Carla, si no me queda más remedio, lo haré.

—¿Y no te va a dar pena dejar todo lo que tienes aquí? Nosotras, tu familia, Manu…

Ahora la que me observa sorprendida es ella.

—Manu tiene que entenderlo. De todos vosotros, si no lo hiciera, sería quien más me decepcionaría.

Me da que ése no va a ser el mejor camino para los dos.

—No creo que él esté dispuesto a dejar que te vayas sin más después de lo que le ha costado atarte en corto.

—Ah, no, amiga —replica abriendo mucho los ojos—. No me tiene atada en corto. Cada uno hace con su vida lo que quiere.

Estoy anonadada.

—No me digas que os habéis propuesto ser una especie de pareja liberal.

Asiente levantando el mentón.

—¡Pero si eso no es ni ser pareja ni ser nada! —Antes de dejar que conteste continúo hablando—. Además, no tiene pinta de ser el estilo de relación que quiere Manu.

—Pues cuando yo lo propuse, no se quejó.

—Claro que no, está completamente ciego contigo.

—Cariño…

—No le hagas daño, Eva —interrumpo muy seria—. Te lo advertí, esto no…

—Cállate de una vez. —Lo hago completamente desconcertada—. Deja de meterte. No sabes nada de lo que hablamos entre nosotros. Es lo mejor para los dos.

—¿Cómo puedes decir eso?

—Es justo lo que necesito, no estoy en un buen momento, ¿no lo ves? —Sí, ya lo sé. Agacho la cabeza sin saber ni qué decir—. A él también le vendrá bien, tiene que desengancharse un poco. Tú no lo entiendes.

—¡Carla!

Me giro para encontrarme con Vicky dando saltos para llegar hasta nosotras.

—Carla, ¡corre! Ven conmigo ahora mismo —ordena arrastrándome por la sala del brazo.

—¿Qué pasa?

No contesta. Se limita a hacer hueco entre la gente para bajar la escalera hasta un piso inferior y meternos en otra sala. Estoy intrigada, no entiendo lo que ocurre pero mi confusión da paso al asombro en cuanto nos detenemos frente a un nuevo cuadro.

En mitad de la estancia hay una pintura de considerable tamaño con una mujer, obviamente desnuda, de pie, dando la espalda, tocando el violín y con el larguísimo cabello negro alborotado al viento. Cualquier persona que forme parte de mi círculo se daría cuenta al instante de que esa mujer soy yo.

Acalorada, me abanico disimuladamente con la mano rezando para que nadie note el modo en que me late el corazón. Una cosa es ser retratada en la intimidad y otra muy distinta que un montón de desconocidos examinen tu cuerpo como Dios te trajo al mundo, albergando todas las opiniones posibles. Me tranquilizo convenciéndome de que los que me rodean valoran el trabajo del artista y no a la modelo, así como que no me habrán reconocido porque lo que llevo hoy es un moño y no una larga trenza hasta el culo.

Me fijo en otros cuadros de la sala y observo que no soy la única que oculta el rostro. Habrá más gente que preferirá mantenerse en el anonimato. No es de extrañar, la sensación que tengo es de estar demasiado expuesta y vulnerable.

—¿Te gusta, chérie?

Giro la cabeza. Patrick también observa el cuadro con las manos a la espalda. Se ha vestido con una camiseta con dibujos verdes, una chaqueta de traje y unos vaqueros oscuros. Está muy guapo con esa mezcla de arreglado pero informal. Sonrío volviendo al cuadro.

—Todavía recuerdo cómo se me ponía la piel de gallina con aquel ventilador.

—Yo también. No podía hacerlo de otra forma, pero llegué a pensar que cogerías un resfriado, y eso que era primavera.

—¿Es éste el cuadro que quieres usar para hacer el díptico?

—No, no. Quiero aquel en el que te sentabas sobre la cama de perfil. ¿Sabes de cuál te hablo?

Fueron muchas pinturas, intento hacer memoria.

—Sí, aquel en el que también tenías el violín pero se veía el contorno del pecho. Estabas de rodillas en tu cama y tocabas una melodía que me obligó a parar la obra no sé cuántas veces. Tardé lo indecible en terminarlo. —Pone mala cara al ver la mía—. No me digas que no te acuerdas, ¿tan mal amante soy?

—Oye, chato, que estamos aquí mismo —oigo decir a Vicky.

Patrick se aparta para abrir los brazos emocionado.

Mes femmes! No os había reconocido, ¡estáis espectaculares!

Vicky y Eva se dejan abrazar por el belga entre risas y arrumacos cariñosos.

—Patrick, ella es Carmen, una buena amiga. —La presento viendo que se mantiene en un segundo plano.

Ambos se dan un par de besos.

—Que sepas que tus cuadros me tienen embobada, son preciosos —confiesa ella.

Patrick se dispone a decir algo pero Eva se lo impide.

—Has echado bíceps, ¿eh? —bromea palpándole un brazo—. ¿Tanta competencia tienes en el mundo del artisteo?

—Tengo que cuidarme si pretendo estar a la altura de las bellezas que pinto —sonríe burlón.

—¿Es verdad eso de que quieres volver a pintar a Carla? —pregunta Vicky.

—En efecto, aunque no la veo muy convencida.

—¡Píntame a mí! —se adelanta Eva—. Yo también quiero uno de ésos; la has dejado preciosa, Patrick.

—La he dejado tal y como es —responde guiñándome un ojo al que yo contesto meneando la cabeza.

—Lo digo en serio, ¿podrías hacerme uno? —Pero se alarma de pronto—. ¿O no doy la talla?

Patrick se ríe a carcajadas.

—¡Claro que sí, querida Eva! Pero en este viaje no voy a tener tiempo. Cuando vuelva, prometo llamarte. Dame tu número, no sé si lo tengo.

Menudo picaflor está hecho. No pierde el tiempo.

Carmen se acerca a mí retirándonos un poco del grupo.

—Aprovecha, esto es lo que te hace falta.

—¿El qué?

—Otro.

Desconcertada por su sinceridad, observo a Patrick de reojo. Sí, es indudable que me sigue resultando sexy, pero lo que sentía hace años por él ha quedado en el olvido. No tiene sentido retomarlo para enamorarme con el paso del tiempo. Ni siquiera estoy segura de que lo consiguiera.

—Patrick sólo va a estar aquí hasta el domingo.

—¿Y? Que te quiten lo bailao —sonríe encogiéndose de hombros.

Es posible. Podría intentarlo pero no sé si me pone como antes. Es más, ¿alguna vez me ha puesto tanto como Morales? ¿Me ha vuelto tan tonta como lo consiguió él? Desde luego, éste es un partido más sano que él. Pero no, no puedo hacerme estas preguntas; estoy cayendo en la trampa que siempre he temido y en la que nunca he querido caer. Me niego a pensar que ningún hombre volverá a hacerme vibrar como lo hizo Morales. Carmen está en lo cierto, no puede ser para tanto.

En ese momento, llega una chica joven y coloca un pequeño cartel bajo mi cuerpo desnudo. Mi corazón bombea con fuerza cuando leo «vendido».

Rápidamente, camino hasta Patrick para sujetarle del hombro y que mire lo mismo que yo.

—¿Quién ha sido?

Mi ex ensancha su sonrisa ilusionado sin apartar sus ojos del cartel.

—Qué pasada, Carla —se asombra Vicky mirando por todas partes—. Es el primero de toda la sala que se vende.

—Patrick, ¿quién ha sido?

Pestañea volviendo a la tierra.

—No lo sé, ¿cómo lo voy a saber si estoy aquí contigo?

—Pregúntalo, vamos, pregúntaselo a la chica.

Frunce el ceño en mi dirección.

—No tengo por qué decírtelo, ya lo sabes.

Por supuesto que lo sé, pero dada la relación que nos une creo que puedo extralimitarme y tener el derecho a saberlo.

Pongo mi mejor cara de perrillo triste y finjo un puchero que causa el efecto deseado. Patrick suspira suavizando el gesto.

—Ahora vuelvo.

Se esfuma entre la gente, pero yo no consigo quitarme los nervios de encima.

—¿Y bien? ¿Qué se siente? —pregunta Eva guasona—. Alguien se la va a cascar mirándote colgada sobre la pared de un salón.

—Eva, por favor —mascullo rojísima.

—¿Qué? ¡Es verdad! Es como un calendario de Playboy en la cabina de un camionero, pero en fino.

Varias horas después, tras ducharme y secarme en el baño, me ato un batín de seda antes de entrar en mi habitación. Patrick está esperándome para comenzar a retratarme de nuevo. Confieso que he intentado eludirlo aduciendo el cansancio que debe tener tras la exitosa inauguración, pero no ha servido de nada. Prácticamente me ha metido en la ducha a empujones para que me diera prisa. No voy a librarme de ésta.

Al entrar en mi cuarto, veo que el artista se encuentra contando lapiceros y carboncillos sentado en una silla frente a un lienzo. Lo tiene colocado en un caballete de madera desplegado que antes era un maletín portátil. Con esto es con lo que trabajará por Europa. Al verme, levanta la vista y me hace un gesto para que me acomode sobre la cama. El violín y el arco ya se encuentran sobre las sábanas. Hemos escogido las mismas de seda rojo sangre que usábamos antiguamente para sus obras.

Todo lo confiada que puedo, me desanudo el batín y lo dejo caer al suelo. Sin poder evitarlo, le doy la espalda para arrodillarme sobre el colchón temblando ligeramente. Me hago con mi instrumento para tranquilizarme, es algo que siempre ayuda, aunque ahora no vaya a tocar nada. Tenerlo entre las manos me calma y, repentinamente, recuerdo que también lo hacía hace años en esta misma postura.

Las manos de Patrick me sobresaltan.

—Tranquila, chérie. Voy a colocarte.

Asiento mientras sus dedos se posan en mi cadera y me gira sobre las sábanas. Me voltea los hombros y retira parte del pelo de la cara. Lo deja caer por la espalda y aparta un poco a la altura del culo. Su tacto es delicado y atento, pero decidido. Igual que siempre.

—Levanta un poco más los brazos. Así. En la composición anterior estabas cabizbaja, ahora quiero lo contrario, d’accord?

Vuelvo a asentir, pero esto va a ser más difícil de lo que pensaba. Antes estaba acostumbrada a posar, pero al principio me costó lo mío. Horas con la misma postura, con pocos descansos y con los músculos entumecidos y dormidos. Esto me va a pasar factura como si saliera de una clase de spinning. Patrick tenía poca paciencia, no creo que se haya vuelto mucho más comprensivo con los años.

—Más, mira a esa esquina. Eso es.

Coloca mi mano a la altura deseada del arco con delicadeza y finalmente me suelta. Trago concentrando mis cinco sentidos en mantenerme como me ha dejado lo mejor posible. Un minuto después, siento el desnivel del colchón y lo oigo sentarse en la silla.

—Recuerda la cara. No quiero que se vea.

—Silencio, chérie. No hables —ordena en voz baja, pero añade apaciguándome—. Lo sé.

Comienza a trabajar.

4

Mis músculos empiezan a tiritar a punto de descontrolarse. No puedo sostener por mucho más tiempo el arco entre mis manos sin evitar que caiga. Hace rato que se me ha dormido el culo y me hormiguean los brazos. Estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano por no moverme, pero no puedo más. He perdido la noción del tiempo y Patrick continúa garabateando sin parar.

—¿Podemos hacer un descanso? —pregunto con la boca seca.

Oigo cómo deja de arrastrar el lápiz por el lienzo.

—¿Ya? No me aguantas nada.

—Se me había olvidado lo pesado que es esto —protesto a riesgo de que se me escurra la barbilla sobre la mentonera.

—No me queda mucho, sé profesional.

Yo no me dedico a esto, lo hago por hacerle un favor. Que no se pase ni un pelo.

—Patrick, me voy a romper.

Su resoplido me indica que cederá de algún modo.

—Tócame algo.

Giro la cabeza por primera vez. Siento como si el cuello fuera a chirriar desoxidándose.

—¿Ahora?

Patrick asiente volviendo al dibujo.

—Así te mueves un poco y puedo seguir trabajando.

Resignada, cojo aire y reúno fuerzas para no dejarme caer sobre la cama en vez de ponerme a rasgar cuerdas. Reflexiono sobre qué tocar y unos segundos después, relajo mi cuerpo entonando el tema principal de Feliz Navidad Mr. Lawrence,¹ de Sakamoto.

A Patrick le gustaban el cine y la música asiática. Sus peticiones siempre estaban relacionadas con el tema y aprendí varias piezas gracias a sus insistencias. Algunas se me han quedado grabadas en la memoria, y otras, como ésta, las he seguido tocando porque siempre me parecieron hermosas. Sé que le gustará el detalle. Es un modo de agradecerle que me dé cuartelillo.

Abstraída, me concentro en la música poniendo mi cuerpo a trabajar y sin darme tiempo a pensar en las agujetas que tendré mañana. Pero antes de que pueda terminar la canción, abro los ojos al sentir un hundimiento a mi lado y unos dedos que acarician mi costado. Confundo las notas

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Lo que piensa la gente sobre El antídoto que nos une

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