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Cerdos & Porteños: (1984-1987)

Cerdos & Porteños: (1984-1987)

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Cerdos & Porteños: (1984-1987)

Longitud:
133 páginas
1 hora
Editorial:
Publicado:
May 30, 2014
ISBN:
9789873616129
Formato:
Libro

Descripción

"No sé qué serán hoy, pero en algún momento fueron 'periodismo'. Estas notas que me dieron alimento hace casi treinta años, escritas en una máquina Olivetti a las apuradas para llegar al cierre y pasar la factura antes de que la inflación me devorase el importe a cobrar, tienen todo el descuido de la actualidad, aunque no de cualquier actualidad, sino de una en la cual podía practicarse, dentro de un par de pequeñas pero influyentes publicaciones, un periodismo bastante independiente de los grandes medios y el Estado, y donde incluso un humilde colaborador freelance podía escribir con alto grado de autonomía ante el patrón, director o editor en jefe. Si la nostalgia no me engaña, a excepción de títulos, copetes y algunas erratas, estos textos fueron publicados tal cual los escribí y envié a las redacciones de 'El Porteño' y de 'Cerdos & Peces' a mediados de los 80".
Osvaldo Baigorria
Editorial:
Publicado:
May 30, 2014
ISBN:
9789873616129
Formato:
Libro

Sobre el autor


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Cerdos & Porteños - Osvaldo Baigorria

Índice

Cubierta

Portadilla

Introducción

Yippies y yuppies

Feminismo y pornografía

Después de los punks

El deseo de un cuerpo repulsivo

El espacio de la orgía

Ahí viene la plaga

Perforando la belleza

Los anarquistas van al convento

Cómo inventar un país (y engañar a todo el mundo)

El verano del amor (1967-1987)

Metafísica del asco

La droga es Río

Sobre el autor

Créditos

Otros títulos de Blatt & Ríos

Introducción

No sé qué serán hoy, pero en algún momento fueron periodismo. Estas notas que me dieron alimento hace casi treinta años, escritas en una máquina Olivetti a las apuradas para llegar al cierre y pasar la factura antes de que la inflación me devorase el importe a cobrar, tienen todo el descuido de la actualidad, aunque no de cualquier actualidad, sino de una en la cual podía practicarse, dentro de un par de pequeñas pero influyentes publicaciones, un periodismo bastante independiente de los grandes medios y el Estado, y donde incluso un humilde colaborador free-lance podía escribir con alto grado de autonomía ante el patrón, director o editor en jefe. Si la nostalgia no me engaña, a excepción de títulos, copetes y algunas erratas, estos textos fueron publicados tal cual los escribí y envié a las redacciones de El Porteño y de Cerdos & Peces a mediados de los 80.

Algunos de ellos son de los primeros que publiqué en Argentina después de once años de ausencia y de ocho de vivir en una comunidad rural en los bosques y montañas de la Columbia Británica del Canadá. Todo empezó luego de la derrota de Malvinas y el llamado a elecciones que prenunciaron el fin de la dictadura militar. Néstor Perlongher, que vivía en Brasil y fue uno de los primeros en enterarse de mis planes de regreso, me informó por carta que había "una revista, El Porteño, que vale la pena, se puede colaborar. Me pasó datos de la redacción (Cochabamba 726, teléfono 26-0634), agregando que allí trabajaba un tipo muy interesante, que dirige lo que era un suplemento y ahora se independizó, llamada Cerdos y Peces, dirigida a los minoritarios (gays, feministas, presos, etc.). Pero es un poco chanta, no te contesta, te planta. A mí me prometió nombrarme corresponsal en Brasil mas siquiera me manda la revista". El nombre de la persona en cuestión lo reservó para otra carta, de septiembre del 84, cuando yo tenía casi un pie en el avión. Ahí me informó que esta última publicación había vuelto a ser suplemento en las páginas interiores de El Porteño. Escribió: "hay una contra reunida en torno a la revista Cerdos y Peces, que la cerraron por sobrecarga de procesos penales, cuyo ex director, Enrique Symns (un tipo bárbaro, tenés que conocerlo), aún soporta".

Bueno, con estas recomendaciones cruzadas me dirigí hasta aquella dirección de la calle Cochabamba a un par de semanas de mi regreso a Buenos Aires. Pregunté por Symns, que figuraba como Secretario de Redacción junto a María Eugenia Estenssoro, de parte de Perlongher. Sin llamada previa por teléfono, como casi todos los que caían por allí en esos días. La revista aún recibía amenazas telefónicas y anuncios de bombas, en su mayor parte falsas alarmas, pero en menor parte, efectivas: un año antes, en setiembre del 83, un explosivo había llevado a la casi destrucción del edificio, después de que el número de agosto publicara un informe periodístico –quizá el primero en Argentina– sobre Niños desaparecidos.

El Porteño, fundada por Gabriel Levinas, había publicado su primer número en enero del 82, con la cuestión aborigen (la cuestión del exterminio) como tema de tapa, con una investigación sobre el Impenetrable y los atropellos a los qom, entonces llamados tobas, tema que siguió ocupando a Levinas a lo largo de los años. El nombre de la publicación es atribuido a Jorge Di Paola, quien fue secretario de redacción en la primera etapa, junto a Miguel Briante como director. La marca y sus marcas: nuevo periodismo, crónicas, investigaciones que aprovechaban o forzaban el corrimiento de los límites de la apertura política. Como me había advertido Perlongher, y al contrario de España o de Brasil, donde las expresiones destape y desbunde remitían a soltar zonas del cuerpo cubiertas por la censura, la llamada primavera democrática fue apenas visible en las costumbres argentinas. La policía continuaba haciendo razzias por uso de drogas u orientación sexual, entraba a las discotecas para llevarse decenas de personas a la vez, había declaraciones públicas de condena a una pornografía casi inexistente, se agitaban los fantasmas militares que amenazaban volver ante el supuesto libertinaje… En ese contexto, El Porteño introdujo temas que articulaban las revelaciones y denuncias sobre las atrocidades de la última dictadura con las novedades de un campo cultural que recién estaba rompiendo el cascarón de la censura y el autoritarismo, aunque los seguiría llevando en el núcleo, la yema; un campo en el que emergían las nuevas tendencias y costumbres reprimidas en los 70.

Cerdos & Peces fue un largo paso más allá pero no sólo eso. El nombre, según la leyenda fundante, apareció cuando Levinas, que en cada tapa de la revista mostraba hexagramas del I Ching, se reunió con Symns para consultar el oráculo chino y ambos tiraron los dados hasta que completaron las seis líneas del hexagrama 61: Chung Fu, la Verdad Interior. Que dice (según la traducción de Richard Wilhelm): Verdad interior. Cerdos y peces. ¡Ventura! Es propicio cruzar las grandes aguas. En la explicación del dictamen, el I Ching sentencia: Los cerdos y los peces son los animales menos espirituales y por lo tanto los más difíciles en ser influidos. Cuando uno se halla frente a personas tan indómitas… todo el secreto del éxito consiste en encontrar el camino adecuado para dar con el acceso a su ánimo.

O sea: un programa de rebeldía en la granja. Un desafío al lector porteño progresista o de izquierda democrática que aplaudía los avances de la institucionalización posdictadura, que condenaba al genocidio militar y simpatizaba con la consigna aparición con vida de los detenidos-secuestrados hacía tan pocos años antes. Cerdos & Peces salió a forzar los límites del tímido destape cultural y sexual argentino de una manera extrema. Ninguna otra publicación llegó a reivindicar tan explícitamente a las drogas ilegales (no sólo la marihuana o la cocaína, sino las más pesadas: que los pibes puedan picarse heroína en plena calle Corrientes, si les da la gana, sin que nadie los moleste, palabra de Symns), a la cultura rock cuando todavía era contracultura (por ejemplo, Los Redonditos de Ricota antes de la muerte de Walter Bulacio), a los grupos minoritarios (no sólo indígenas, travestis, prostitutas sino también locos, fetichistas y amantes de menores, en esos años llamados paidófilos en vez de pedo). Ya en el primer número, abril del 84, el editorial firmado por Symns, titulado Sacarse las etiquetas, cuestionaba los rótulos con los que se marcaba a las experiencias que salían a la luz del día posdictatorial: No son delincuentes… No son punks… No son locos o enfermos mentales… No son perversos o inmorales. El editorial era un llamamiento a sacarse las caretas, a sincerar la vida, a salir del armario.

En cuanto a los procesos penales aludidos por Perlongher en su carta, el mayor fue el que se inició al tercer número de la revista, julio de 1984, secuestrado a causa de un título de tapa que decía Apología del delito y que en su interior presentaba una nota traducida de la revista canadiense Body Politics: Hombres que aman a muchachos que aman a hombres. La nota estaba ilustrada con la foto de una nena desnuda de ocho años cuyos labios vaginales se hallaban perfectamente a la vista. Allí, según denuncia de un señor de apellido Allegri ante el juez Eduardo Sabattini, un homosexual a través de un interrogatorio cuenta sus aberrantes experiencias sexuales con un menor de siete años. Además, se publica una fotografía de una nena menor de alrededor de cinco años, desnuda, posando con todo el aspecto de una prostituta consumada. Tras el episodio, Levinas prefirió bajar el nivel de provocación y en el cuarto número mandó a imprenta una imagen de tapa con el dibujo de una mujer dentro de una bañadera que tuvo escasas ventas. Antes del quinto, directamente cerró la revista y dejó a Cerdos & Peces de nuevo como suplemento dentro del interior de El Porteño.

Pasó el tiempo, la sala 4ta. de la Cámara Correccional dictó en agosto de 1985 un fallo absolutorio de la publicación, quebrando así la tradición de censura editorial respecto a un tema tabú como era (y es) el desnudo infantil. Cerdos & Peces volvió a salir a los kioskos en octubre de 1986, con la misma foto de aquella nena pero ahora en la tapa (diríase redoblando la apuesta; en el mismo número salió una entrevista al juez Eugenio Zaffaroni titulada Cómo escaparse de la cárcel). La modelo tendría no cinco sino seis años en el momento de captar la imagen y resultó ser hija del fotógrafo, según Symns, quien solía contar que la muchacha, ya adulta, había colgado un póster con su foto de niña en una pared de su propia casa.

De modo que no era un periodismo progre, ni tampoco uno de tipo psicobolche. El de Gabriel Levinas parecía acercarse más al primero, porque tendía a respetar el juego de las reglas de la democracia, siempre incentivando o aprovechando los mecanismos de mayor libertad política para ejercer las clásicas funciones de denuncia, esclarecimiento, demitificación y revelación de verdades ocultas por el poder. El de Enrique Symns, en cambio, era una provocación a la normalidad, un bombardeo constante a la conciencia ciudadana formateada por los medios masivos, a lo que él llamaría el periodismo jurisprudente, aquella mentalidad de una vida social en la que no hay éxtasis, imperfección, accidente o extravío.

Entre aquellos dos polos busqué mi justo medio, aunque al comienzo me fascinaba más la transgresión

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