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Éramos cuatro

Éramos cuatro


Éramos cuatro

valoraciones:
5/5 (2 valoraciones)
Longitud:
119 páginas
1 hora
Publicado:
29 jun 2018
ISBN:
9780463170908
Formato:
Libro

Descripción

Adolfo Calero Orozo (1889-1980), uno de los primeros maestros normalistas egresados de la institución que para esos fines establecieron en Nicaragua los hermanos cristianos de La Salle a inicios del siglo XX.
Humanistas y creador literario, incursionando en casi todos los géneros: prosa narrativa, crónica, poesía lírica y teatro. En este último –teatro– consignamos las siguientes: La falda pantalón, Fechas en blanco (sainete), La viudita (monólogo), y El entierro de Juan García (tragedia nicaragüense en un acto), que reunió en un solo tomo titulado 4 obras de teatro (1972). Sus primeros cuentos aparecieron publicados en Recortes varios (1926), que incluía verso y prosa y después publicaría diversos cuetos reunidos en varios tomos, entre ellos Cuentos Pinoleros, Cuentos nicaragüenses, Cuentos de aquí nomás y otros. La obra narrativa que lo consagra como escritor es la novela Sangre Santa.
Éramos cuatro es una novela estilo biografía, narrativa de la época, conteniendo en su desarrollo un canto ético a la bondad, amistad y solidaridad. En la misma se narra vivamente la importancia de la formación y de valores los cuales no son patrimonio de una determinada clase social, ni edad, ni formación, sino que su universalidad lo hacen garante de lo humano en las civilizaciones. Su estilo es cuidadoso y creativo, maneja el suspenso y las moralejas oportunas.

Publicado:
29 jun 2018
ISBN:
9780463170908
Formato:
Libro

Sobre el autor


Vista previa del libro

Éramos cuatro - Adolfo Calero Orozco

Adolfo Calero Orozco

Éramos cuatro

El Autor se presenta:

Brocha gorda

Valgan estos renglones a modo de pintura

trazada a brocha gorda de mi humana envoltura:

un sujeto corriente, por común y cabal,

de los que van y vienen sin nada de especial;

antes alto que bajo, la contextura bien,

el pelo muy escaso, muy canoso también;

rostro amistoso, tez harta de viento y sol

con un si-es-si-es indígena y un si-es-no-es español;

la frente amplia y erguida, siempre en alto, eso sí,

y tengo por sabido que dice bien de mí;

es tesoro de pobres ese tipo de orgullo,

vana gloria de humildes contentos con lo suyo;

ojos cafés, pequeños, observadores y

muy aptos al reflejo de lo que pase en mí;

nariz en su lugar, ni pródiga ni avara;

una nariz cualquiera propia para mi cara;

boca grande y golosa de abuelos niquiranos,

—tan golosa que sobra gula para iris manos;

barbilla con hoyuelo, partida en la mitad,

—cuando mozo el hoyuelo fue mi debilidad

y hubo tiempos en que tusa jovial amiga mía

convirtiera el hoyuelo en ávida alcancía

donde guardar sus besos con amante porfía,

(amigos, perdonadme que esté solo y me ría),

para volver por ellos, con los saldos en blanco,

quien libra cheques contra su propio banco;

y dos pobres orejas que oyen, quieran o no,

igual si habla el discreto que sí el necio sonó.

Para seguir pintando con un trozo más fiel

he de tirar la brocha y coger un pincel:

creo en Dios y en la Virgen, en los ángeles y en

la Bienaventuranza como supremo bien;

creo en liras, paletas, cinceles y laúdes;

creo en las dos Españas de preclaras virtudes;

tengo fe en Don Quijote, en las Eulalias y en

los cisnes enigmáticos que tanto amó Rubén;

creo en el firmamento y el sol y las estrellas,

en las aves, las flores y las mujeres bellas;

creo en los huracanes, en el fuego, en el agua,

y sueño en el futuro feliz de Nicaragua;

con respecto a mis años, vencidos los cincuenta

decidí que era tiempo de no llevar más cuenta;

podría decir de ellos que son carga ligera,

que su mayor estrago me lo han hecho por fuera

y que han sido benignos, y tan benignos son

que me hirieron el hígado, pero no el corazón:

todavía me encienden ilusiones y ensueños

y todavía espero mañanas halagüeños;

la vida me ha brindado múltiples regocijos;

mis abuelos, mis padres, mis hermanas, mis hijos,

amigos generosos, rumbos por cielo y mar,

ocasión de codeo con ínclitas figuras

y horas inolvidables de vinos y locuras

entre poetas y ...herejas, ahijadas del azar;

el Amor —con mayúscula—, también vivió a mi vera;

ella fue dulce y buena, mujer y compañera,

con destellos de estrellas, con perfume de rosas,

espejo de virtudes y dechado de esposas;

de tan linda y tan blanca su tránsito fue breve:

se evaporó temprano, cual tul copo de nieve.

Y al llegar al recuerdo que yo más reverencio,

punto final: mi canto se asila en el silencio.

[Tomado de Correrías Líricas, Edit. Tradición

México, D.F., 1974]

ÉRAMOS CUATRO...

Nosotros

Éramos cuatro. Cuatro jóvenes maestros de escuela, todos animosos, honestos, bienintencionados para con nuestros alumnos y más o menos conscientes de la elevación y nobleza de nuestra misión y de que en nuestras manos teníamos el futuro de muchos hombres, de muchas familias, de la patria misma en parte.

Alfredo Báez tendría unos veinte años, era segoviano, daba clases en una escuela de religiosos y vivía solo en el nuevo Barrio Marcial de Managua, en un cuarto de alquiler; comía en una pensión donde pagaba seis córdobas mensuales, de los dieciocho que eran su sueldo. Tenía aficiones musicales y buena voz para el canto, su instrumento predilecto era la guitarra y decía que desde muy niño había empezado a rascarla porque le venía de casta ser músico y tener buen oído, por línea materna. Su familia era muy pobre, tenía papá y mamá, dos tíos que vivían en Managua y varias hermanas mujeres, de las cuales la mayor era Directora de la escuelita de su pueblo, allá en Palacagüina. Su fisonomía era agradable, su conversación interesante aun cuando generalmente discurría sobre asuntos frívolos. Reconocidamente afortunado con las mujeres, le faltaban dedos en las manos para contar las que manifiestamente hacían de su parte todo lo posible para ganarse su preferencia y esto nos constaba a todos los otros tres, como que en más de una ocasión vimos a algunas de ellas hasta pasar por la acera de la casa en que él vivía, así, como por casualidad, pero echando hacia el interior de su pieza una inquisidora mirada.

Otra cosa que Alfredo tenía, casi siempre, eran apuros de dinero, circunstancia ésta que le había permitido desarrollar una sorprendente facilidad para salir de ellos.

Elías Ruiz era de Nancimí, Rivas, de natural un tanto taciturno y amante del silencio; tenía veintidós años, trabajaba en una escuela municipal por dieciséis córdobas al mes y vivía en el mismo local; ganaba unos pesos más, ocasionalmente, haciendo de amanuense con un abogado rivense que le daba preferencia precisamente por eso, porque eran un tanto paisanos, y también porque Elías nunca le reclamaba más dinero del que su paisano picapleitos quería buenamente reconocerle por el trabajo que hacía. Dónde comía Elías fue cosa que nosotros, sus compañeros, nunca pudimos saberlo a ciencia cierta, pues su falta de elocuencia y cierta tendencia a la hurañía lo mantenía expuesto a que las comideras o casas de huéspedes lo despidieran al menor asomo de rezago en sus pagos, y como tales rezagos eran cosa frecuente tratándose de escuelas municipales, Elías iba y venía de la mesa de una hostería a la de otra, o a alguna de las nuestras, porque teníamos sabido que si él se presentaba en mi casa o donde Toño a eso de las doce y media del día, había que ofrecerle un tentempié, aunque él asegurara que ya había almorzado, porque era muy probable que algún nuevo rezago de la Tesorería Municipal había ocasionado un nuevo despido del último comedero; y Elías alguna vez había declarado ya, en forma muy confidencial, que él podía pasarse un día y aún varios, sin desayunarse, o sin la comida de la noche, pero que la falta del meridiano almuerzo le ocasionaba fuertes dolores de cabeza y una penosa angustia que se prolongaba por horas y horas. Muy poco hablaba él de su gente o de su pueblo o de su infancia. Su devoción principal era los libros y se preciaba de haber devuelto siempre a sus dueños todos los que le habían dado prestados. Otra cosa que Elías tenía era cierta propensión a la tuberculosis, como podía verse por su pecho mal desarrollado, sus espaldas de niño, la conformación nudosa de los dedos de sus manos y una cierta expresión de profundidad húmeda en sus ojos, enmarcados por ojeras azuladas de características muy variables.

El tercero del cuarteto era Antonio Parrales, alias Toño; sin esfuerzo confesaba ser el más bruto de los cuatro pero era también el más gordo y el más feliz, porque casi nunca tenía problemas que resolver y cuando alguno se presentaba él lo daba por resuelto con volverle las espaldas dejando que las cosas siguieran su curso por ellas mismas. Sus padres eran finqueros caraceños y mensualmente le remesaban algún dinero más provisiones variadas y abundantes; vivía en casa de unas tías donde no pagaba nada por la manutención ni por el cuido de sus ropas y ahí mismo había una hija de casa que se desvivía por adivinar a Toño el pensamiento para complacerlo, a pesar de que no siempre los pensamientos de Toño fueron castos, según eventualmente quedó comprobado. En relación con esta devoción de la muchacha, Toño contaba cosas que lo hacían reír a uno, pero después lo dejaban compadeciéndola a ella o envidiándolo a él.

Y yo, managüense, que tenía a mi cargo el segundo grado de primaria en la misma escuela del gobierno en que Toño corría con el primero. Mis años en aquellos días, cuando la asociación de nosotros cuatro empezó a ser frecuente, eran veinte, pero yo creía entonces que mi buen juicio y mi experiencia me daban derecho a tenerme por más viejo. Ahora prefiero pensar lo contrario: que estoy más joven de lo que indican las altas cifras de mis años.

Como Toño y yo veníamos de distintos colegios, no nos conocimos hasta que llegamos a la escuela donde ambos trabajaríamos. Recuerdo que fue durante el primer recreo del primer día de clases; estábamos ambos en las gradas de la puerta que daba al patio más grande del modesto edificio. Me acerqué un poco a él:

— ¿Usted es don Antonio Parrales?

— Yo soy Antonio Parrales, contestó él tendiéndome su mano y sonriente agregó: —¿Usted es don Ricardo Solís?

— Ricardo Solís, servidor, —dije yo estrechándosela y tratando de corresponder su cordial actitud.

— ¿Usted viene de la Normal de aquí?

— De allí vengo, soy lasallista, pero me gradué hace dos años. Este será mi tercer año de servicio. Acabo de bachillerarme... También en el Pedagógico.

— ¿En esta misma escuela trabajó esos dos años?

— En esta misma, ¿y usted?

— Yo me bachilleré en el Central, en febrero pasado. Estoy empezando a enseñar. Creo que me va a gustar, aunque no soy maestro graduado.

— Ojalá le guste. Es pesadito; es duro, pero tiene sus compensaciones. Con mis treinta y cinco muchachos de este año, yo he tenido ya ciento veintitrés alumnos. El primer año trabajé en el Infantil. A cuarenta y cuatro

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