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Cristiano y Leo: La carrera para convertirse en el mejor jugador de todos los tiempos

Cristiano y Leo: La carrera para convertirse en el mejor jugador de todos los tiempos

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Cristiano y Leo: La carrera para convertirse en el mejor jugador de todos los tiempos

Longitud:
529 páginas
8 horas
Publicado:
14 jun 2018
ISBN:
9788494785122
Formato:
Libro

Descripción

Cristiano y Leo es el libro esencial para entender a estos dos grandes jugadores de la historia del fútbol.

Si preguntáis a cualquier aficionado al fútbol quién es mejor, Ronaldo o Messi, cada uno tendrá su propia opinión.

El fútbol es un deporte de equipo, pero, en esta última década, este juego ha sido testigo de una rivalidad sin precedentes entre los que la mayoría de la gente cree que son los dos mejores jugadores de la historia del fútbol: Cristiano y Leo. Esta es su historia definitiva, desde su niñez, chutando un balón, cada uno de ellos a un lado del mundo, hasta la era en la que entre los dos se han disputado como nunca se había visto antes el trono del mejor jugador del planeta.

Uno es una máquina de precisión física que destroza a los rivales a través de fuerza y determinación. El otro es el genio, capaz de jugar al fútbol como nunca antes se había visto.

Entre los dos han anotado más de mil goles, han ganado diez veces el Balón de Oro y han redefinido el fútbol moderno. Durante la última década han compartido el privilegio de ser nombrados mejor jugador del mundo y hay argumentos para debatir quién se merece el título del mejor de todos los tiempos.

Cristiano y Leo es el libro esencial para entender a estos dos grandes jugadores de la historia del fútbol.

Publicado:
14 jun 2018
ISBN:
9788494785122
Formato:
Libro

Sobre el autor

Jimmy Burns is a prize-winning author and journalist. Among his books are The Land that Lost its Heroes (winner of the Somerset Maugham prize for nonfiction), Barça: A People's Passion, Papa Spy, La Roja, Pope of Good Promise, and Cristiano & Leo. He lives in London with his wife and two daughters. www.jimmy-burns.com Twitter: @jimmy_burns


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Cristiano y Leo - Jimmy Burns

modernos.

1

Madeira (primera parte)

Según su perfil astrológico, el niño nace destinado a desafiar y superar el obstáculo de sus circunstancias inmediatas…

Le gusta estar solo y valora su independencia más que nada, pero también puede disfrutar siendo el centro de atención, lo cual llevará a otros a desconfiar de su arrogancia. En realidad, es un tipo honrado, aunque a veces temperamental.

El 5 de febrero de 1985, Dolores Aveiro, una mujer casada de treinta años y madre trabajadora de tres críos (un niño y dos niñas) dio a luz a su cuarto hijo.

En sus memorias, publicadas en portugués en 2015 con el título de Madre Coraje: vida, fuerza y fe de una luchadora, Dolores cuenta la historia dickensiana de sus orígenes. Nació en 1954 en la localidad pesquera de Caniçal, en la isla atlántica de Madeira. Tras morir su madre y ser abandonada por el padre, creció en un orfanato. En su primera juventud, sufrió y sobrevivió a la pobreza, la violencia doméstica y el cáncer.

A los diecinueve años se casó con Dinis. En los primeros años de matrimonio tuvieron tres hijos: Hugo, Elam y Katia. Cuando se quedó embarazada por cuarta vez, fue a ver a un médico para consultar si podía interrumpir el embarazo, pero este le aconsejó vehementemente que no lo hiciera. En aquella época, el aborto era ilegal en Portugal.

Dolores salió de la consulta profundamente abatida. Una vecina le recomendó una receta para abortar sin necesidad de asistencia médica. Consistía en beber cerveza negra hirviendo y correr hasta caer desmayada. Después de considerar el «remedio», la educación católica de Dolores y el consejo del doctor sobre el riesgo médico y legal al que se enfrentaría acabaron inclinando la balanza.

Cristiano Ronaldo Aveiro nació a las 10.20 de la mañana en el hospital Cruz de Carvalho en Funchal, capital costera de Madeira. Con sus cuatro kilos y sus cincuenta y dos centímetros de longitud, estaba por encima del tamaño medio. Según le dijo el ginecólogo a Dolores: «Viendo su tamaño, de mayor será futbolista».

Tanto por parte materna como paterna, Ronaldo descendía de isleños de raíces portuguesas, aunque un biógrafo anterior, Guillem Balagué, ha sugerido que tal vez tenga sangre de esclavos de raza negra o mestiza en sus venas. Una bisabuela paterna, Isabel Risa Piedade, nació en Praia, capital de la colonia lusa de Cabo Verde, frente a las costas de África Occidental.

El matrimonio Aveiro se vio marcado por el hecho de que Dinis era alcohólico desde antes del nacimiento de Ronaldo: fue matándose lentamente mientras intentaba conservar cualquier tipo de trabajo. Esto obligaba a Dolores a pasar largos periodos de tiempo trabajando lejos de sus hijos. En su ausencia, Cristiano, el menor de la familia, quedaba en manos de su hermana mayor, Katia. Ella le llevaba al colegio y le traía de vuelta a casa al acabar las clases para ayudarle con los deberes.

Los nombres que la madre de Cristiano Ronaldo eligió para él cuentan su propia historia: el primero es un reconocimiento de su fe; el segundo como homenaje al presidente estadounidense, Ronald Reagan.

Reagan era un muchacho de clase obrera de Illinois que trabajó de comentarista deportivo y actor hasta que su meteórico ascenso en la política sindical le llevó a ser elegido gobernador de California. Posteriormente llegó a ser el hombre más poderoso del mundo.

Reagan acababa de ser investido en enero de 1985 para su segundo mandato como presidente tras una victoria aplastante; se disponía a hacer historia contribuyendo a la ruptura de la Unión Soviética. En el fondo, Dolores Aveiro también anhelaba un cuento de mendigo a millonario, una historia que transformara la miseria en la que se había sumido su vida matrimonial en algo que mereciese la pena.


El 25 de abril de 1974, Dolores Aveiro estaba en Francia, trabajando, cuando Portugal se liberó de varias décadas de dictadura de derechas gracias a un golpe militar popular apenas sangriento apoyado por los comunistas. Se lo conoció como la Revolución de los Claveles, por la inolvidable imagen de soldados con esas flores en el cañón de sus armas, claveles que colocaban allí los civiles que apoyaban el levantamiento.

En 1985, año del nacimiento de Cristiano, el poder del partido comunista prosoviético y de la izquierda radical en general ya se habían disipado en el país luso. En su apuesta por adherirse a la Unión Europea, al igual que la España posfranquista, Portugal se había convertido en un Estado políticamente moderado.

Madeira era históricamente más conservadora que la parte continental del país por el predominio de terratenientes ausentes e intereses comerciales extranjeros, principalmente británicos. Localmente estaba gobernada por políticos de centro-derecha y tradicionalmente católicos, liderados por los integrantes del anticomunista Partido Social Demócrata (PSD).

Los llamamientos revolucionarios a crear una Portugal donde se erradicara la pobreza y todos los hombres y mujeres fueran como nacieron (o sea, iguales) habían resultado ilusorios. Con ellos desaparecieron las esperanzas de Dolores de que la familia Aveiro emulara a Ronald Reagan y algún día alcanzara la cima del poder presidencial.

Sin embargo, en un giro de la fortuna, el destino del cuarto hijo de Dolores Aveiro quedó decidido cuando su padre, a menudo ausente, dispuso que fuera padrino del recién nacido su amigo Fernando Sousa. En 1985, Sousa era capitán del club de fútbol local, el Andorinha, donde Dinis trabajaba de utillero no oficial cuando no intentaba hacer horas como jardinero municipal cerca del bar principal del barrio.

A diferencia de su amigo Dinis, Sousa gozaba de buena salud y disfrutaba de su trabajo deportivo amateur a tiempo parcial. De hecho, la distinta disposición de estos dos hombres se remontaba a otro giro del destino. Fernando se zafó de una experiencia que resultó traumática para Dinis: una historia que descubrí en mi segunda visita a Madeira, en 2016. A esa historia vuelvo ahora, pues sin ella no se puede empezar a comprender la naturaleza redentora de la vida de Cristiano Ronaldo.


Una tarde de noviembre de 2016, me condujeron por una colina escarpada hasta un barrio residencial modesto y tranquilo en Funchal. Mi destino no estaba lejos de Quinta de Falcão, un antiguo barrio pobre cuyas chabolas habían sido transformadas en viviendas sociales de ladrillo y madera vistos. Allí pasó su infancia Cristiano Ronaldo, en un bungaló de tres habitaciones.

Mi guía era João Marquês de Freitas, fiscal retirado e influyente aficionado y socio del Sporting Clube de Portugal, tradicionalmente conocido como Sporting de Lisboa. Fue en esta entidad, por supuesto, donde Cristiano comenzó su carrera profesional.

Por ahora, el papel de Freitas en nuestra historia está en su servicio como coronel del ejército durante principios de los años setenta, la última época de presencia colonial portuguesa en África, en un prolongado esfuerzo por aferrarse a sus colonias de Angola, Mozambique y Guinea Portuguesa, después de que movimientos independentistas cobraran fuerza en los años sesenta.

Al igual que muchas antiguas potencias coloniales, los portugueses han asimilado con retraso la verdad sobre aquellas guerras, pero la prolongada reticencia a discutir o examinar los malos tiempos del pasado contribuyó al abandono de sus veteranos de guerra. Como decía Barry Hatton, autor de The Portuguese: «Alrededor de nueve mil soldados murieron y al menos doce mil resultaron heridos en el campo de batalla africano. Como en muchos ejércitos, los vitorearon al partir, pero a su regreso fueron olvidados».

Estaba pensando en ello cuando mi amigo Freitas se ofreció a presentarme a antiguos compañeros del ejército en un club de veteranos de guerra. Se encontraba en un almacén de munición del siglo XIX rehabilitado que daba sobre la bahía de Funchal. Más que un depósito de armas, este edificio redondo de gruesa piedra y los terrenos a su alrededor parecían una surrealista hacienda latinoamericana, de esas en las que uno esperaría que entrase o saliera el Zorro, o que se escondiera un narcotraficante de nuestros días.

Dentro del edificio principal había un salón grande y decorado con sencillez, con vigas de madera en el techo y paredes cubiertas con escenas de heroicas hazañas militares.

Como muchas otras zonas de Madeira, el club había sido renovado con generosos fondos de la Unión Europa. Como respuesta tardía del gobierno a las necesidades de miles de veteranos que, tras sobrevivir a la campaña militar, volvieron a la vida civil físicamente heridos o psicológicamente dañados, cuando no ambas cosas, y que habían sido olvidados por la sociedad en general.

Aquellos que combatieron en las guerras coloniales de Portugal estaban destinados a sufrir mucho después de terminar la contienda, igual que los estadounidenses que lucharon en el sudeste asiático. Padecieron una asistencia médica y psicológica deficientes.

«Estar en la guerra significaba esquivar la muerte por poco después de ver a tu camarada morir de un disparo o volar por los aires, o matar a otro ser humano porque era el enemigo. Regresar, para algunos, era sentirse abandonado por la sociedad que creían estar defendiendo, y vivir acuciado por pesadillas que volvían, una y otra vez, cuando menos lo esperabas», me dijo Freitas.

En ese momento, el secretario de la asociación de veteranos, el teniente coronel retirado Teixeira de Sousa, sacó una pequeña ficha: «Dinis Aveiro. Batallón Número 4910, Compañía Número 3. Alistado, julio, 1974. Angola», leyó.

Los veteranos supervivientes y sus familias recuerdan los meses finales de las últimas guerras coloniales portuguesas como una experiencia terrible, empeorada por el gradual deterioro de la disciplina y la moral. Gida, una mujer de sesenta años, se acordaba de que su difunto hermano mayor luchó con Dinis Aveiro en África. Su hermano le habló del día en que vio a cuatro de sus compañeros más cercanos saltar por los aires por un proyectil de mortero mientras patrullaban: «Su reacción fue soltar el rifle y huir lo más deprisa que pudo. Corrió y corrió hasta caer del cansancio. Más tarde le encontraron otros soldados portugueses. Cuando volvió al continente, cada vez que descorchaban una botella u oía el golpe de un cubierto sobre el plato, se metía debajo de la mesa. Murió sin recuperarse de su crisis mental».

Otros soldados contrajeron malaria, lo que les impedía moverse o les hacía temblar entre accesos de calor y frío, mientras les dominaba la fiebre. Una generación de estudiantes y jóvenes trabajadores portugueses fue llamada a filas, la mayoría contra su voluntad. Cuando no estaban patrullando o escoltando camiones por caminos plagados de minas, jugaban a las cartas, escuchaban música rock o fumaban marihuana.

Pero, ante todo, bebían mucha cerveza local que, a diferencia de las bebidas no alcohólicas, nunca escaseaba. También era una bebida fundamental, porque el agua no solía ser potable y solo se usaba para lavar y cocinar.

Hay una foto de Dinis Aveiro durante su época en África. Está sentado sobre el motor de un coche con su amigo Alberto Martins. El corpulento Martins, con pelo largo y gafas de sol, lleva una camisa de cuello ancho y pantalones de campana. Por su parte, Dinis lleva el pelo corto y luce atuendo militar. Es más delgado y mira a la cámara con ojos hundidos, sin sonreír, apretando los labios y con el torso aún más tenso que la cara.

«Los soldados jóvenes que estaban en África empezaron a beber mucho —me dijo el teniente coronel De Sousa—. A veces era por aburrimiento, pero sobre todo por miedo, como vía de escape, como negación de una existencia que no podían sobrellevar. Fue en África donde esos soldados se hicieron alcohólicos. Los que volvieron a Madeira eran especialmente propensos a la adicción porque la isla (que aún era muy pobre en los años setenta) había transformado sus viñedos para el consumo doméstico y para la exportación. Cuando volvieron de la guerra, había mucha bebida disponible, y poco trabajo.»

«Nos dijeron que debíamos mantener la paz, pero nos veíamos atrapados en tiroteos entre facciones rivales, o haciendo de bomberos, tratando de apagar un incendio cuando otro empezaba delante de nuestras narices», recordaba otro veterano, Fernando Luis, cuyo hermano también estuvo en la misma compañía que Dinis Aveiro.

Tras volver a la vida civil, Luis hizo de árbitro en la liga regional de fútbol. De las veces en las que se cruzó con el padre de Cristiano Ronaldo, una permanece más viva que cualquier otra en su recuerdo.

Fue antes de un partido. Luis estaba poniéndose el uniforme de árbitro, en unos vestuarios atestados y pobremente equipados que el Andorinha compartía con el equipo visitante, cuando oyeron unos golpes frenéticos en la puerta y una voz ronca que gritaba: «¡Dejad pasar a la gente! ¡Todo el mundo quiere ver este partido! ¡Dejadles entrar!».

Era Dinis Aveiro, borracho perdido, como de costumbre.

El comportamiento cada vez más irracional y torturado de Aveiro pesó sobre su matrimonio y le distanció de los pocos amigos que tenía desde la infancia, de los que hizo antes de la guerra y durante el conflicto. Y aunque la sede del club del Andorinha fue una especie de segunda casa para él durante un tiempo, acabó desperdiciando todo el respeto que pudiera tener la gente del club por él, más allá del hecho de que alguno le considera indirectamente responsable de poner a Cristiano Ronaldo en el camino del éxito.

Si Ronaldo no ha sido capaz de menospreciar a su padre, es porque debe su motivación y su ambición al deseo de compensar los fracasos de Dinis. Desde pequeño, se propuso no solo vencer a sus demonios, sino sacar fuerza de su lucha contra ellos.


El alto campanario de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe se yergue en la ladera sobre el vecindario de San Antonio y el barrio pobre de Quinta de Falcão, donde creció Cristiano. Los iconos más venerados de la iglesia son un san Antonio local, la Inmaculada Concepción, Nuestra Señora del Cristo Crucificado y, por último, aunque no menos importante, Cristiano Ronaldo, que fue bautizado allí.

Fernando Sousa, su padrino, que se libró de hacer el servicio militar, nunca olvidará la expresión de desesperación rayana en la ira en el rostro del párroco local cuando él y su amigo Dinis, que iba medio borracho, llegaron media hora tarde al bautizo de Cristiano. Habían pasado la tarde a unos treinta kilómetros de allí, en el partido del Andorinha contra su rival, el Ribera Brava: Sousa era capitán del equipo, y Dinis ayudaba como utilero…, cuando no se iba a los vestuarios a rellenar su botella de vino de cosecha.

Muchos años después, Sousa intentaba quitar hierro al hecho de que el padre del bebé y él casi arruinaran la ceremonia. Un cura con menos paciencia habría declarado el bautizo nulo. En vez de achacarlo a la borrachera de Dinis, Sousa lo atribuía al mal estado de la carretera de montaña que tenían que coger para llegar a Funchal: «El partido terminó un poco más tarde de lo que pensábamos, no calculamos bien el tiempo que tardaríamos. Gracias a Dios, el párroco era un tipo paciente, pero, sobre todo, era aficionado del Andorinha, así que al final nuestra excusa tuvo su bendición».

Así pues, el fútbol definió el momento y el modo en que Cristiano Ronaldo entró a formar parte de la Iglesia católica, así como su destino. Allí, en aquel templo de piedra blanca y madera oscura, mientras esperaba de pie con su hijo pequeño en brazos, Dolores asumió definitivamente que no podía depender de su marido para el bienestar de su bebé.

Esperaba con cierta agitación mi primer encuentro con el padrino de Cristiano Ronaldo. Aunque el jugador puso su carrera en manos del agente Jorge Mendes cuando aún era muy joven, parte de mí se preguntaba si Sousa todavía se consideraba una especie de padrino de la familia.

Resultó que Sousa no era ni un don Vito Corleone ni un Luca Brasi, sino un pensionista bastante afable aunque algo engreído que llegó tarde a nuestra reunión en un coche pequeño. Achacó el retraso a que el hotel donde me alojaba no le dejaba aparcar porque no era cliente, a pesar de que los propietarios eran socios de Ronaldo, su ahijado.

Aunque decía haber estado en Madrid dos veces en los últimos años para ver jugar a Ronaldo, Sousa parecía haber perdido el contacto regular con él. Ahora bien, desempeñó un papel importante en los años formativos de la vida de su ahijado: aquellos primeros años de penurias y traumas familiares donde nunca hubo abusos como tales, pero que tenían cierta apariencia redentora que nadie en la isla de Madeira estaba dispuesto a discutir.

«Cuando naces pobre, un juguete, cualquier juguete está impregnado de magia», escribí en La Mano de Dios, mi biografía de Diego Armando Maradona. El Pelusa recibió su primera pelota a los tres años de las manos de su tío Cirilo. En la casa de los Aveiro en la Quinta de Falcão, no había teléfonos móviles, videoconsolas, tabletas ni perritos robot con reconocimiento de voz. Pero sí había un balón de fútbol, el que Sousa le compró a su ahijado después de que este tuviera un berrinche al ver que le habían regalado un coche de juguete.


Desde pequeño, Cristiano demostró una ardiente ambición por ser el mejor, a pesar de saber que lo tenía todo en contra, especialmente por la lejanía y el estatus de forastero de la isla donde nació.

En este sentido, es interesante tener en cuenta la alargada sombra de Eusébio da Silva Ferreira, internacional portugués nacido en Mozambique, y considerado uno de los mejores jugadores del siglo XX. Eusébio, tal y como se le conocía popularmente, abandonó su Mozambique natal cuando aún era colonia portuguesa para mudarse a Lisboa, donde jugó con el Benfica y la selección lusa. Delantero de enorme calidad, Eusébio poseía una derecha tremendamente eficaz, una gran técnica y una potencia explosiva que dejaba atrás a sus defensores con facilidad. También brillaba en el regate y en los balones por alto. Era un atleta soberbio, elegante y poderoso en la carrera.

Más cercana a África que a la Europa continental, y escala natural para los viajeros que atravesaban el Atlántico, la isla de Madeira siempre ha luchado con su identidad. Durante siglos fue un puerto de escala comercial; por ello su población era bastante diversa y cosmopolita para ser un lugar tan remoto. Sin embargo, ese comercio solo enriquecía a unos pocos. Desde el siglo XVII, se había abierto en la isla una profunda brecha entre ricos y pobres. Los colonos extranjeros y los terratenientes portugueses construyeron residencias palaciegas con grandes jardines bien cuidados, llenos de plantas y flores exóticas, que contrastaban con las rudimentarias chozas de los barrios más pobres o, posteriormente, con los bungalós de los obreros y los pisos de protección oficial, como la casa donde vivía la familia de Ronaldo.

El éxito de Cristiano ha puesto la isla en el mapa para las nuevas generaciones. El orgullo que allí sienten por él no es solamente como ciudadano de Madeira, sino como portugués. Forma parte de la autoestima de la isla y de la nación, en una Portugal que ha vivido gran parte de su historia considerándose a sí misma uno de los países más débiles de

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Cristiano y Leo

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Reseñas de lectores

  • (4/5)
    Historia de dos de los mejores futbolistas de la historia