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Lash (El ángel roto #1)

Lash (El ángel roto #1)


Lash (El ángel roto #1)

valoraciones:
5/5 (8 valoraciones)
Longitud:
282 páginas
4 horas
Editorial:
Publicado:
23 may 2018
ISBN:
9781547531677
Formato:
Libro

Descripción

Un ángel rebelde. Un amor prohibido.

Las normas de un ángel son muy simples: obedecer a los arcángeles, no mostrarse ante los humanos y  nunca, jamás, enamorarse de ninguno de ellos.

Lash rompe con todo.

Unas décadas después de haber sido expulsado del Cielo y condenado a vivir en la Tierra por desafiar a los arcángeles, a Lash le ofrecen una última oportunidad para redimirse. Su misión: proteger a Naomi Duran, una atractiva chica, destrozada por la muerte de su padre. Sin embargo, la asignación no parece ser tan sencilla cuando se percata de que los arcángeles le ocultan información sobre Naomi y se niegan a devolverle sus poderes. Cuando una fuente inesperada le revela secretos ocultos durante siglos, su fe se ve alterada y empieza a dudar de aquellos que una vez fueron sus mejores aliados.

Decidido a evitar cualquier cosa que pudiera poner en peligro su oportunidad de regresar a casa, Lash se ve obligado a luchar contra el mayor obstáculo para ello: sus sentimientos por Naomi. Lash tendrá que elegir entre volver a casa o quedarse con un amor prohibido que no puede soportar perder.

Editorial:
Publicado:
23 may 2018
ISBN:
9781547531677
Formato:
Libro

Sobre el autor


Vista previa del libro

Lash (El ángel roto #1) - L.G. Castillo

1

Lash miró detenidamente el tablón de llegadas confundido; sus ojos color miel examinaron la lista de los vuelos que llegaban y salían del aeropuerto de Houston.

—1724. 1724 —murmuró. Los números de los vuelos y las ciudades se giraban conforme se iban produciendo cambios en las terminales de llegada. —Maldita sea. ¿Cómo se lee esta cosa?

Se pasó una mano por su cabello oscuro con frustración. Un serafín debería ser capaz de encontrar algo tan sencillo como la terminal de llegada de su encomienda.

Lash suspiró al ojear la información que la Arcángel Gabrielle, su superiora inmediata, le había proporcionado. Por suerte para él, le habían asignado al único arcángel que disfrutaba con su desgracia. Era capaz de darle la información del vuelo equivocado intencionadamente haciendo que se esforzara en el último momento para encontrar a su cargo.

—Javier Duran. Edad: ocho años. Vuelo 1724 que llegará a las 12:05 de la mañana —leyó. —Dio la vuelta a la tarjeta y contempló la fotografía del pequeño de piel color café con leche, mejillas regordetas y grandes ojos marrones.

—¿Dónde está tu avión, pequeño? —Levantó la vista de nuevo y el número 1724 apareció en la pantalla.

—Por fin. —Se fijó en el número de la puerta de desembarque y se abrió camino entre la alborotada multitud.

—¿Qué? No te oigo. —Una mujer joven gritaba en una cabina telefónica —. No, su avión no ha aterrizado aún. Debería estar aquí en unos...

La mujer colgó antes de terminar la frase y Lash se giró para mirar con curiosidad lo que había ocurrido. La mujer lo miró con los ojos entornados a través de sus gafas polarizadas color rosa.

Él retrocedió de un salto, sorprendido. Era como si ella pudiera verlo. La mayoría de los humanos no podían hacerlo cuando adquiría su forma de ángel, a excepción de los niños pequeños y los animales, pero incluso para ellos era raro. Cuando los adultos conseguían atisbarle, a menudo lo desestimaban pensando que era producto de su imaginación.

—Anita, ¿qué pasó? —preguntó una voz al otro lado de la cola—. ¿Qué ha ocurrido?

—Espera un momento, Gloria. —Anita se quitó las gafas y las limpió con su blusa de flores de poliéster.

Lash permaneció inmóvil esperando a ver si decía algo sobre su presencia. Anita se volvió a poner las gafas y sus ojos marrones se dirigieron de nuevo hacia él. Después de un momento, negó con la cabeza y volvió a dirigir su atención a la persona que la había llamado.

—No tiene importancia, pensaba que había visto algo.

Él exhaló. Ella no le había visto después de todo; o al menos, no más que el breve destello que otros afirman ver a veces.

—Dame la información de nuevo. Necesito escribirla. —Anita rebuscó en su bolso y sacó un trozo de papel. Unos envoltorios de caramelos y chicles cayeron sobre la moqueta junto a un bolígrafo negro. —¿Dónde está mi bolígrafo? No encuentro nada en este bolso.

—Rézale una oración a San Antonio.

—Buena idea. —Anita cerró los ojos—. San Antonio, San Antonio. Por favor, ven aquí. He perdido algo y no lo puedo encontrar. Ayúdame a encontrar mi bolígrafo para poder apuntar la información que Gloria me debería haber dado esta mañana antes de que mi hijo de ocho años subiera solo al avión. Y mientras estás en ello, ¿puedes pedirle al Señor que perdone a Gloria por su falta de memoria? Tiene que soportar a mi ex marido y solo el Señor sabe lo inútil que es ese hombre, especialmente cuando se tiene que lavar su ropa interior.

—Esa oración es suficiente —dijo Gloria bruscamente desde el otro lado de la cola.

Él sonrió entre dientes. No había ningún San Antonio; al menos no en el aeropuerto. Cogió el bolígrafo y lo dejó sobre el borde de la repisa de la cabina.

Anita se estremeció. —Dios mío, he sentido un escalofrío. Hace frío aquí. Deberían... —Sus ojos se ampliaron al divisar el bolígrafo—. ¿Cómo habrá llegado hasta ahí?

Anita se giró y él se quedó inmóvil. Estaban nariz con nariz; tan cerca que él pudo oler su aliento mentolado y ver una mancha de pintalabios en uno de sus incisivos. Ella cerró los ojos y sonrió. —Gracias, San Antonio. Estoy bendecida.

Lash parpadeó asombrado. Hacía mucho tiempo que no se topaba con un ser humano como ella. Un halo de paz rodeaba a la diminuta mujer de pelo oscuro, como si supiera que estaban cuidando de ella.

Él miró el reloj y dejó a Anita hablando con Gloria. Estaba previsto que el avión del niño aterrizara pronto. Mientras se apresuraba por el pasillo, se preguntaba si su encargo era el niño de Anita.

Cuando llegó a la puerta, miró a través del ventanal la pista vacía donde el avión debería estar. Sin embargo, en su lugar estaba Jeremy, su mejor amigo. Iba vestido impecablemente. En vez del arcángel de la muerte, parecía más bien un modelo como los de la portada de la revista GQ. Su cabello dorado, peinado hacia atrás, brillaba bajo el sol de Texas. Lash encontraba muy extraño que se preocupara tanto por su apariencia, teniendo en cuenta que raramente aparecía en su forma humana. La mayoría de la gente solamente le conocía por su nombre angelical, Jeremiel, y cuando se le aparecía a alguien era porque se estaba muriendo. Jeremy, al igual que Lash, había decidido modernizar su nombre hacía unos años atrás. Lástima que no hubiera hecho lo mismo con su vestimenta. En comparación con Jeremy, Lash parecía un perpetuo adolescente rebelde, que prefería llevar vaqueros rasgados y camisetas entalladas.

Lash se preguntaba por qué Jeremy no le había mencionado nada sobre un encargo en Houston la noche anterior mientras jugaban al póquer. Desde que empezaron a jugar hacía unas décadas, esta era la primera vez que Lash ganaba y lo pasaron muy bien fumando y bebiendo whisky. No fue hasta el momento en el que Gabrielle apareció para dar la asignación a Lah, cuando Jeremy se quedó atípicamente tranquilo. Parecía extrañamente molesto cuando le pidió a Lash que aceptara un pagaré de sus ganancias, aunque en ese momento a este no se le ocurría cuándo iba a poder necesitarlo. Gabrielle también parecía estar de un humor de perros. Tal vez debería haber reconsiderado lo de lanzarle una nube de humo directamente a la cara. Probablemente a ella no le gustó nada.

Estaba a punto de unirse a Jeremy en la pista cuando Gabrielle se manifestó. Susurró algo al oído de Jeremy y la perenne sonrisa de este se congeló. Lo que fuera que le dijese, no debía ser nada bueno.

Siguió la mirada de Jeremy y levantó la vista al cielo despejado. A lo lejos vio una mota diminuta e instintivamente supo que era el vuelo 1724. Lash miró a Jeremy y se preguntó si su encargo tenía que ver con alguien del mismo vuelo.

Jeremy hizo un gesto de aprobación a Gabrielle y desapareció al instante. A Lash se le encogió el estómago de temor cuando Gabrielle levantó los brazos y comenzó a girar sus delgadas manos en círculos. Los árboles que rodeaban el aeropuerto se balancearon al recoger el viento y unas oscuras nubes empezaron a formarse.

Lash apoyó las palmas de sus manos contra el cristal. ¿Qué estaba haciendo? Apretó los dientes preguntándose si ella estaba tratando de hacerle el trabajo más difícil intencionadamente. Le habían dicho que tenía que vigilar a Javier y asegurarse de que llegaba sano y salvo junto a su madre, pero Gabrielle prácticamente había olvidado decirle que el niño estaría en peligro... o que el peligro sería ella misma.

Lash observó como ella continuaba manipulando el viento y las nubes.

—Parece que se acerca una tormenta —dijo una mujer que estaba sentada en la fila de asientos que había detrás de él.

—Así es el clima de Texas —dijo el hombre que estaba junto a ella—. Lo mismo te levantas y está soleado, que al momento se desata el infierno.

Un fuerte estruendo causado por un trueno hizo que los cristales vibraran bajo las manos de Lash. Se alejó cuando una oleada de granizo empezó a golpear el suelo.

—Señor, ten piedad —dijo la mujer llevándose una mano al pecho—. Ese ha sido fuerte. —Miró por la ventana—. Espero que pase pronto. No me gustaría quedarme atrapada aquí a causa de la tormenta.

Fue entonces cuando Lash supo por qué Gabrielle y Jeremy estaban allí y por qué le habían asignado ese encargo. No todos los pasajeros del vuelo 1724 iban a llegar vivos a Houston.

Cerró los ojos y se proyectó dentro del avión. Cuando los abrió estaba en el pasillo junto a una niña muy guapa. Su cabello era rubio claro y lo llevaba pillado detrás de las orejas, destacando así sus brillantes ojos azules. No tendría más de doce años; sin embargo, había algo en ella que la hacía parecer muy madura para su edad.

Lash miró por la ventana la oscura niebla que rodeaba el avión. Todos los pasajeros que había a su alrededor murmuraban inquietos al mirar hacia afuera. Estaban asustados.

El sonido de un llanto proveniente del asiento de detrás de la niña llamó su atención y dio un paso hacia él. En el asiento había un niño pequeño a quien casi no le llegaban los pies al suelo. Javier.

—Mamá, está asustado —dijo la niña—. ¿Puedo sentarme con él?

La mujer, una réplica mayor de la niña, dio un trago a su cóctel con nerviosismo. —No, no es seguro. —El avión dio una sacudida y su bebida cayó al suelo, salpicando el líquido color ámbar en su traje blanco de lino. El color de su rostro menguó mientras se agarraba al reposabrazos. —Dios mío.

La niña se inclinó hacia el pasillo para volverse a mirar al niño que estaba sentado detrás de ella. —Pero está solo.

—Haz lo que te digo o tendré que contárselo a tu padre cuando lleguemos a casa —dijo la mujer de malas formas mientras se limpiaba los pantalones con una servilleta —. La azafata se ocupará de él.

Lash vio a la niña parpadear rápidamente; le tocó la fibra sensible verla secarse las lágrimas. Ella puso una mirada de determinación antes de girar su atención al niño de atrás.

—No pasa nada. Shhh, no llores. Pronto aterrizaremos —le dijo—. ¿Cómo te llamas?

El pequeño levantó la mirada. Sus ojos marrones enmarcados por largas pestañas se quedaron fijos en los de ella. Una hilera de lágrimas recorría sus regordetas mejillas. —Ja... Javier. —Él resolló y se limpió la nariz con la manga de la camisa.

—Hola, Javier. Soy Jane.

El avión descendió levantando a Javier de su asiento durante un instante antes de volver a caer en él de un golpe. Sollozó.

Lash se arrodilló junto a él y le envió una oleada de calma, esperando que el niño pudiera sentir su presencia.

Javier respiró con dificultad como si estuviera intentando calmarse. Una pálida mano se extendió hacia él.

—Estarás bien, Javier. No te preocupes. Te cogeré la mano hasta que aterricemos. ¿Vale?

Javier miró a Jane. Sus rizos negros se movían de arriba abajo al asentir con la cabeza.

Lash sintió dolor cuando Javier alcanzó su mano y se la colocó en la de Jane. Hacía mucho tiempo que no veía a alguien actuar de una forma tan desinteresada. Echó un vistazo por el avión esperando ver a Jeremy. Al no estar él allí tal vez había esperanza para la niña y los demás.

El avión tembló violentamente y los auxiliares de vuelo corrieron por los pasillos ordenando a los pasajeros que se abrocharan los cinturones. Después se apresuraron a colocarse en sus asientos y abrochar sus propios cinturones.

Hubo un fuerte estruendo seguido de un chirrido del metal rasgándose. Los gritos inundaron la cabina y las mascarillas amarillas de oxígeno cayeron del techo.

Jane soltó la mano de Javier durante un momento para ponerse la mascarilla y él se puso a llorar. Lash se inclinó y le susurró: —No tengas miedo. Estoy aquí por ti.

Javier continuó gritando mientras Lash flotaba sobre él. Echó una ojeada a Jane, cuyas manos temblorosas estaban poniéndose la mascarilla amarilla sobre su cara. Cuando terminó, se apoyó contra el respaldo y estiró su mano hacia Javier. —Ponte la mascarilla —gritó ella.

Javier agarró su mano y la miró con una cara inexpresiva.

Jane le miró fijamente a los ojos y señaló al plástico flotante amarillo. —Póntela.

Javier asintió y se colocó la máscara sobre la cara frenéticamente. Se produjo una fuerte explosión.

Los gritos fueron tragados tan pronto como empezaron. Los ojos de Javier se ensancharon y Jane se giró para ver lo que él estaba mirando. Dio un agudo chillido. Unos destellos naranjas y rojos se reflejaban en la mascarilla de Javier y Lash se puso tenso. El calor daba contra su espalda y se giró preparado para luchar contra lo que fuera que venía a hacer daño al niño. Casi se le sale el estómago por la boca cuando una ola de llamas rodó por el pasillo hacia ellos.

Las pisadas de Lash resonaron en la Sala de las ofrendas, una inmensa habitación donde los arcángeles exhibían las ofrendas que los humanos le habían ofrecido al Cielo durante el transcurso de los siglos. Sus muros estaban forrados de pinturas y esculturas. Se detuvo delante de un gran mueble de madera de caoba y se quedó mirando una diminuta estatuilla; una imagen de Gabrielle que estaba al otro lado de la vitrina. Sus brillantes ojos se oscurecieron al sacarla y al pasar las manos sobre la delicada piedra. Le arrancó la cabeza y la apretó entre sus dedos hasta convertirla en polvo. Volvió a colocar la estatuilla en centro del estante y sonrió con satisfacción a sabiendas de que Gabrielle se pondría hecha una furia cuando la viera.

Se giró cuando la gran puerta de roble chirrió al abrirse. El arcángel Raphael entró en la sala posando sus solemnes ojos azules sobre Lash conforme se iba acercando hasta él.

—Lahash. —Su voz estaba llena de decepción.

No era la primera vez que Raphael acompañaba a Lash a la Sala de la justicia, el lugar donde los ángeles eran sancionados por sus malas acciones y eran juzgados como merecedores o no merecedores de estar en el Cielo. A Lash nunca le había preocupado ser considerado un no merecedor; eso es algo que Raphael siempre supo.

Al ojear la figurilla decapitada, Raphael frunció los labios pero no hizo ningún comentario al respecto. —Michael te recibirá en cuanto termine de interrogar a Gabrielle.

—Es Lash —masculló para sí mismo. Odiaba que le llamaran por su nombre celestial, pero Raphael, anticuado en sus formas e inflexible en lo que a mantener las tradiciones se refiere, insistía en hacerlo.

Raphael se pasó una mano por las ondas rubias de su cabellera con frustración. No aceptó la observación, pero Lash sabía que le había escuchado perfectamente. Algunas de las ventajas de ser un ángel eran vista, oído y fuerza amplificados; lo de volar era una bonificación añadida.

—¿Por qué lo hiciste, Lahash? —Gabrielle te dio instrucciones específicas—. Lo único que tenías que hacer era seguirlas.

¿Qué respuesta podía dar a su mentor, el único que siempre lo defendía cuando decidía hacer las cosas a su manera? Deseaba poder contarle la verdad a Raphael. Cuando Gabrielle le ordenó salvar al niño, se sintió feliz de hacerlo. Durante años, había estado ayudando a personas que habían tirado sus vidas por la borda con frívolas ocupaciones; así que pensaba que al menos con un niño, siempre habría esperanza. Había algo en los niños, en sus mentes abiertas y sus puros corazones, muy diferente de los hastiados y egoístas adultos con los que se topaba. Salvar al niño fue fácil; sin embargo, dejar a la niña de cabello rubio a su suerte, no lo fue en absoluto.

—Gabrielle cometió un error. Debió haber pasado por alto que otra joven iba en el avión, así que pensé en qué daño podría hacer salvándolos a los dos.

—No hubo ningún error —dijo Raphael.

—La niña merecía morir. Tú no eres quien decide. Ya lo sabes.

—Sí, sí, el Jefe es quien toma las decisiones. —Hizo un gesto con la mano a Raphael y se sentó en uno de los sofás de piel que había en el centro de la sala. Él intentaba completar sus encargos, pero últimamente le había resultado más difícil aceptarlos, incluso aunque sabía que Michael y Gabrielle recibían las instrucciones directamente de Dios.

Raphael se sentó frente a él y se inclinó hacia delante. —Lahash, te preocupas profundamente por los humanos y eso es lo que te hace ser un gran serafín. Pero debes aprender a controlarte. No puedes tomar decisiones sin pararte a pensar en ello detenidamente.

—Sé lo que hago. —Lash se hundió en el cuero blanco y se retrepó entrelazando las manos detrás de la cabeza—. No estoy de acuerdo con algunas de las decisiones que toman por aquí.

—Eres joven. Crecerás y aprenderás que las decisiones que tomamos están basadas en mucho más que en lo que tenemos delante de nuestros ojos. —La voz de Raphael se tornó seria—. Toda acción tiene unas consecuencias que deben ser tenidas en cuenta.

—¡Vamos! Es una niña pequeña. —Levantó las manos dándose por vencido—. Le di una oportunidad para crecer y vivir su vida. ¿Qué hay de malo en ello?

—Más de lo que te imaginas.

El semblante de Lash se volvió serio. —Deberías haberla visto, Raphael. Había una bondad en ella que no había visto en nadie durante mucho tiempo.

—Estoy seguro de ello. Pero no tienes ningún conocimiento de en lo que puede llegar a convertirse. —Raphael se reclinó con una mirada distante—. Hubo un tiempo en el que yo también seguía a mi corazón. Osé a desafiar a Michael y a los demás. —Bajó la mirada y una expresión de tristeza apareció en su rostro—. Lo hice y pagué un alto precio por ello.

Lash había visto aquella expresión alguna que otra vez y se preguntaba qué era lo que le habría ocurrido a Raphael para causarle tal aflicción. Deseaba poder recordar la primera vez que lo vio pero, por alguna razón, tenía una laguna en su memoria. Todo lo que podía recordar era que una mañana despertó con Raphael sentado a su lado.

Cuando Raphael se puso en pie y caminó hacia la puerta, Lash le siguió y le golpeó en el hombro de broma. —Oye, no te preocupes. Conseguiré una amonestación como la última vez.

Raphael negó con la cabeza. —Algún día tu rebeldía te pasará factura.

Él sonrió. —No será hoy. Estoy seguro de ello.

Mientras caminaban por el pasillo, un ángel alto y delgado se acercó a ellos. Unas ondas de cabello rubio enmarcaban su rostro enfurruñado. —Michael está listo para verte.

Lash sonrió con desdén. —Bien, buenos días para ti también, Gabrielle.

Gabrielle entrecerró sus felinos ojos verdes. —¿Acaso no entiendes la repercusión de tus actos? ¿O es que sencillamente no te importa?

Estaba a punto de contestar cuando Raphael se puso frente a él. —No contestes. Gabrielle, creo que sería mejor que tenga esta conversación con Michael. ¿No crees?

Sus ojos se suavizaron al mirar a Raphael y después se volvió fría. —Esta vez no puedes protegerle. —Se giró hacia Lash mirándolo con aversión—. ¿Para qué te molestas? —Se dio la vuelta y caminó hacia la Sala de la justicia.

Una vez en la puerta, ella se echó a un lado y se quedó junto a Raphael. Mientras Lash entraba, este le guiñó un ojo intentando esconder su creciente preocupación. Qué extraño. Nunca antes se había preocupado; ninguna de las veces en las que se había metido en problemas. Pero algo ahora era distinto.

—No te preocupes, Raphael. Saldré de esta —dijo Lash. ¿Qué era lo peor que podrían hacerle?

2

Treinta y cinco años después

Naomi Duran apagó su moto y se sentó un momento a observar a los niños del barrio que jugaban al baloncesto. Tres niños corrían por la calle mientras un par de niñas permanecían en la acera advirtiéndoles de los coches que pasaban. Se desabrochó el casco y se rió entre dientes.

No podía creer que finalmente se hubiera graduado en la universidad.

Hacía ya mucho tiempo que ya no era aquella niña que siempre estaba bajo el cuidado de su primo Chuy

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Lo que piensa la gente sobre Lash (El ángel roto #1)

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