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El problema de Dios: Respuestas a los desafíos de un escéptico del cristianismo

El problema de Dios: Respuestas a los desafíos de un escéptico del cristianismo

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El problema de Dios: Respuestas a los desafíos de un escéptico del cristianismo

valoraciones:
4.5/5 (2 valoraciones)
Longitud:
330 páginas
5 horas
Editorial:
Publicado:
May 22, 2018
ISBN:
9780829768237
Formato:
Libro

Descripción

Este libro se enfrenta con los diez desafíos más difíciles y las críticas en contra del cristianismo contemporáneo, revelando por qué la fe cristiana y el creer en Dios es el sistema de creencias racional más convincente en la época moderna de escepticismo.

Este libro fue escrito por un escéptico que se convirtió en cristiano y luego en pastor, todo mientras exploraba las respuestas a las interrogantes más difíciles contra el cristianismo. Mark Clark creció en un hogar ateo, y vivió una época muy difícil durante el divorcio de sus padres, adquiriendo el síndrome de Tourette y trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) en sus años de adolescencia.

Tras la muerte de su padre, comenzó una búsqueda de la verdad a través de la ciencia, la filosofía y la historia, eventualmente encontró respuestas en el cristianismo. En una manera simpática y persuasiva, este libro responde a las diez preguntas acerca de Dios en la época actual, incluyendo:

• ¿Existe Dios?

• ¿Qué hacemos con la historia violenta del cristianismo?

• ¿Es Jesús otro mito?

• ¿Podemos confiar en la Biblia?

• ¿Por qué todavia debemos creer en el infierno?

El libro concluye con la aseveraciónmás audaz del cristianismo: ¿cómo debemos responder a la afirmación de que Jesús es Dios y el único camino de salvación?

Editorial:
Publicado:
May 22, 2018
ISBN:
9780829768237
Formato:
Libro

Sobre el autor

Mark Clark is the founding and teaching pastor of Village Church (www.thisisvillagechurch.com) a multi-site church of thousands and expanding globally online. He was listed as one of the "26 Leaders To Watch" by Outreach Magazine in 2017, and his sermons have millions of downloads per year from over 100 countries! He is also the author of The Problem of God (Zondervan, 2017), and The Problem of Jesus (Zondervan, 2021). Mark combines frank and challenging biblical preaching with real world application and apologetics to speak to both Christians and skeptics alike, confronting questions, doubts, and assumptions about Christianity.


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El problema de Dios - Mark Clark

CAPÍTULO 1

El problema de

LA CIENCIA

La pega de los razonamientos consiste en que trasladan la lucha al campo propio del Enemigo [. . .] El mero hecho de razonar despeja la mente del paciente, y, una vez despierta su razón, ¿quién puede prever el resultado?

C. S. LEWIS, CARTAS DEL DIABLO A SU SOBRINO

Con qué frecuencia prendemos el televisor y escuchamos al presentador decir: «Esta noche estaremos hablando de la fe contra la ciencia. Nuestro primer invitado es un exprofesor de la Universidad de Oxford, biólogo evolutivo y autor de libros de gran éxito de ventas. Él cree que la ciencia, no la fe, tiene las respuestas a todas las preguntas. Al otro lado tenemos a Joe Smith, quien hablará de la legitimidad de la fe y el cristianismo. Joe proporciona educación escolar a sus hijos en su casa, cree que Oprah es el anticristo y vive en un pantano».

Algo así reincide cada día en la televisión, los medios sociales e incluso las universidades por todo el mundo occidental. Joe y el profesor de Oxford representan las ampliamente acogidas caricaturas de los lados opuestos del debate entre la fe y la ciencia. Al cristianismo —y la fe en general— se le ve como ingenuo, simplista e incompatible con el razonamiento humano. Quizás tenga un lugar en una aislada esfera de la vida, pero la ciencia debe ocupar toda la vida. La ciencia se basa en la verdad y la evidencia, mientras que la fe se basa en las ilusiones y la leyenda. La ciencia es una búsqueda de evidencia objetiva que guía a la humanidad hacia adelante, mientras que la fe mira retrospectivamente a las enseñanzas antiguas, libros sagrados anticuados y conclusiones irracionales ante la abrumadora evidencia de lo opuesto.

Confrontar el mito

La dicotomía entre la fe y la ciencia, no obstante, es errónea. Ha sido creada por una cultura que solo piensa en el ámbito de declaraciones cortas y extremos, en vez de molestarse en investigar el lugar donde la verdad generalmente se encuentra: en los puntos comunes, en este caso, de la fe y la ciencia operando juntos en vez de las opciones exclusivistas que se nos presentan una y otra vez, en las que ambos se excluyen mutuamente. Este es un mito cultural escrito y predicado por una de las estructuras intelectuales más poderosas y difundidas que jamás haya conocido el mundo —el secularismo. El secularismo enseña que debido a que no hay Dios ni una realidad espiritual en el universo más allá de lo que podamos examinar (naturalismo), las creencias en tales ideas deben ponerse al margen de la vida y el discurso público. Los secularistas creen que los desarrollos modernos de la ciencia y la tecnología han comprobado rotundamente que las creencias religiosas son falsas, y que ahora pueden ser descartadas.

El secularismo ha ejercido una influencia filosófica en la cultura occidental desde su ascenso durante la Ilustración (1600—1800 a. d.). Su estilo moderno lo representan de manera muy popular pensadores como Richard Dawkins, Sam Harris y el difunto Christopher Hitchens. Ellos argumentan que la ciencia y la evolución naturalista han brindado suficiente evidencia como para deducir conclusiones ateas a todas nuestras preguntas fundamentales —las de orígenes, significado, moralidad y destino. Además, ellos afirman que la gente que no se somete a una perspectiva puramente naturalista es primitiva e irracional. «La fe es como una enfermedad mental», ha dicho Richard Dawkins, «un gran escape, la excusa para evadir la necesidad de pensar y evaluar la evidencia».² Sam Harris está de acuerdo, diciendo: «Nosotros tenemos un nombre para la gente que tiene muchas creencias para las cuales no hay justificación racional. Cuando sus creencias son extremadamente comunes, nosotros la llamamos religiosa. De lo contrario, probablemente se le llamaría loca, delirante, o psicótica».³

Fíjese en la dicotomía: la ciencia trata del pensamiento, la evidencia y la justificación racional, mientras que el cristianismo y la fe en general consisten en evadir la evidencia y aferrarse a lo que no es racional. Pero ¿y si el secularismo y el naturalismo son los puntos de vista que son anticuados? ¿Y si los mundos de la fe y el razonamiento no se oponen entre sí para nada, sino que en realidad se corresponden mutuamente en una simetría hermosa y transformadora de vidas que interpreta sensatamente la evidencia, incluso más que las explicaciones ateas? Eso es precisamente lo que he llegado a ver después de años de investigación. El razonamiento y el estudio de la ciencia, la historia y la filosofía me han dirigido a la fe cristiana, y lejos de una cosmovisión moderna, secular y atea. He llegado a ver que el cristianismo no es una cosmovisión menos racional («espiritual» contra «lógica»), sino una más racional.

El efecto Plantinga

Tal conclusión no solo es mía, sino que es la experiencia de muchos en las disciplinas académicas de la ciencia, filosofía y otras así, lo cual es una historia que no oímos con mucha frecuencia. Por ejemplo, hace unos años, Quentin Smith deploró la forma en que los cristianos estaban haciéndose cargo de departamentos de filosofía en las universidades de los Estados Unidos, y advirtió a sus colegas «que el campo de la filosofía está siendo desecularizado»,⁴ un movimiento que surgió mayormente debido a la obra de un hombre —Alvin Plantinga, un teísta (uno que cree en Dios) y un cristiano que es considerado por muchos como el filósofo más grande que existe.⁵ Plantinga argumenta a favor de la existencia de Dios a un nivel tan alto y convincente que Smith dice: «En filosofía, se convirtió, casi de la noche a la mañana, académicamente respetable argumentar a favor del teísmo».⁶

Esta tendencia solo es una de una plétora de ejemplos, incluyendo muchas que están ocurriendo en los campos de la historia y la ciencia, donde los muros que habían separado la fe de la razón se están derrumbando. Y esta resurgencia de la credibilidad del teísmo no está sucediendo como producto de la ignorancia ingenua, sino como el derivado directo del razonamiento y la exploración inteligente de máximos pensadores en sus campos respectivos. Tanto así, de hecho, que el sentimiento de muchos ahora refleja no una burla del cristianismo como la de Dawkins sino lo opuesto —una burla de los mal informados principios del ateísmo. El filósofo David Bentley Hart capta bien este cambio fundamental, diciendo: «Yo no considero al verdadero ateísmo filosófico una posición válida o incluso convincente; de hecho, lo veo como un punto de vista fundamentalmente irracional de la realidad, que solo puede sustentarse mediante la trágica ausencia de la curiosidad o una fervorosa voluntad resuelta en creer lo absurdo»,⁷ concluyendo que el ateísmo «debe ser considerado como una superstición».⁸

El mito de la iglesia contra la ciencia

En contra de la narrativa popular de nuestra época que plantea que la fe y la iglesia, en particular, están en contra de la ciencia; la realidad es que la iglesia jamás ha sido su enemiga, y cualquier desacuerdo entre ambos, lo cual, por supuesto ha existido a veces, ha sido gravemente exagerado. Cuando los ateos hablan de la «persecución» que ejerce la iglesia sobre los científicos, por ejemplo, cuentan historias de gente que fue quemada en la hoguera por teorías científicas que reemplazan a Dios. Hablan acerca de Galileo, Copérnico, y Giordano Bruno que fueron torturados por tener puntos de vista «heliocéntricos» del universo. Son dramas emocionantes, pero falsos. El historiador David Lindberg, hablando de la era medioeval en la que sucedieron estas supuestas persecuciones, escribe: «No hubo ninguna guerra entre la ciencia y la iglesia».⁹ Los historiadores están de acuerdo con que la historia que pone a la ciencia en contra de la religión es un invento del siglo xix.¹⁰ La iglesia no persiguió a Copérnico o Bruno o Galileo por sus teorías científicas. Como historiador, Thomas Kuhn indica: «Bruno no fue ejecutado por Copernicanismo sino por una serie de herejías teológicas centradas en su concepto de la trinidad».¹¹ Una realidad horripilante pero no está basada en el conflicto entre la religión y la ciencia.

De hecho, Galileo fue un amigo de la iglesia la mayor parte de su vida, un católico devoto. En 1616 llegó a Roma y se reunió con el papa muchas veces. Conforme avanzó el tiempo, criticó más a la iglesia y sus puntos de vista. La iglesia sí persiguió a Galileo por un tiempo, exigiendo que retractase algunos de sus conceptos heliocéntricos, pero nunca se le acusó de herejía ni se le puso en un calabozo, o se le torturó, como lo indica lo que se ha convertido en mitología popular entre los escépticos. Él fue sentenciado a arresto domiciliario y luego se le puso en libertad bajo la custodia del arzobispo de Siena, quien lo alojó por cinco meses en su palacio. Galileo después regresó a su villa en Florencia, y continuó su obra científica e incluso publicó antes de morir de causas naturales en 1642.¹² La imagen tradicional de Galileo como mártir de la libertad intelectual es errónea. Cualquier persecución que él enfrentó representa una «anomalía» como escribe el historiador Thomas Lessl, una pausa momentánea en la que de otro modo era una relación armoniosa que había existido entre el cristianismo y la ciencia. En verdad no hay otro ejemplo en la historia de la iglesia católica en la que se condenase una teoría científica».¹³

Otro ejemplo moderno de este revisionismo histórico por parte de los escépticos es la historia de la iglesia medioeval que creía que la Biblia enseñaba que la tierra era plana, y luego reaccionaba con indignación cuando llegó la ciencia y probó que la Biblia estaba equivocada. Esto simplemente no es cierto. Desde la época de los antiguos griegos, la gente sabía que la tierra era redonda. Observaban que el casco de un barco que salía de la costa desaparecía antes que la punta del mástil, y veían el reflejo de la tierra en la luna durante un eclipse.¹⁴ Sabían que la tierra era redonda. El llamado conflicto de la tierra plana es simplemente parte de la propaganda del siglo xix. Así que, el profesor de Oxford, Alister McGrath concluye correctamente, «La idea que la ciencia y la religión están en conflicto perpetuo ya no lo toma en serio ningún historiador importante de la ciencia [. . .] Uno de los últimos bastiones que quedan del ateísmo que sobrevive solo a nivel popular —concretamente, el mito que una ciencia atea y basada en hechos está permanentemente en guerra con una religión basada en la fe».¹⁵

El jardín del cristianismo

El cristianismo no está en guerra con la ciencia. Ahora, los historiadores reconocen que «lo que actualmente llamamos ciencia moderna fue [en realidad] concebida, nació y floreció en la matriz del teísmo cristiano»¹⁶ mismo. La teología cristiana fue el jardín del cual surgió la ciencia moderna porque presentó un mundo con forma, complejidad y diseño definido. El cristianismo nos reta a experimentar con lo que vemos, creyendo que hay orden y uniformidad en el universo. Ninguna otra cosmovisión, filosofía, o religión del mundo antiguo ofrecía la singular perspectiva que ofrecía el cristianismo. Por eso la ciencia moderna no surgió antes del siglo xvii. La mentalidad filosófica fundamental en muchas culturas inhibió el progreso hacia una perspectiva científica:

El animismo deifica la naturaleza y declara que hay un dios en los árboles, el agua, y las rocas. Tal cosmovisión inhibió la investigación científica porque uno no puede sujetar a objetos deificados al análisis objetivo.

El budismo dice que el universo mismo es una ilusión; por lo tanto, no sirve de nada hacer ningún tipo de investigación científica porque todas sus conclusiones también van a ser una ilusión.

Las religiones politeístas explican eventos citando acciones de los dioses; por lo tanto, es inútil realizar una investigación. No es necesario preguntar por qué el agua burbujea en el océano porque la respuesta es metafísica: Poseidón la está agitando.

Aunque varias civilizaciones grandiosas del mundo antiguo (Mesopotamia, India, China, Egipto, Grecia, Roma) desarrollaron algunos avances tecnológicos importantes, estas sociedades carecían el marco filosófico necesario para dar origen a la empresa experimental conocida como ciencia moderna.¹⁷ El cristianismo ofreció una cantidad de variables fundamentales que preparó el trabajo preliminar para la investigación científica. Kenneth Richard Samples cita diez de esas variables:

(1) El universo físico es una realidad definida y objetiva, (2) las leyes de la naturaleza demuestran orden, patrones y regularidad, (3) las leyes de la naturaleza son uniformes a través de todo el universo físico, (4) el universo físico es comprensible, (5) el mundo es bueno, valioso, y digno de ser estudiado cuidadosamente, (6) debido a que el mundo no es divino y por lo tanto no es un objeto propio de ser adorado, puede ser un objeto de estudio racional, (7) los seres humanos poseen la capacidad de descubrir la inteligibilidad del universo, (8) el libre albedrío del Creador hace que sea necesario el método empírico, (9) Dios promueve, incluso impulsa, a la ciencia por medio de su imperativo a los seres humanos para que ejerzan dominio sobre la naturaleza, y (10) las virtudes intelectuales esenciales para llevar a cabo la empresa científica son parte de la ley moral de Dios.¹⁸

De todo esto, la ciencia aprovechó el mandato bíblico para usar el razonamiento para explorar e investigar.

En contraste, considere el judaísmo y el islam. Ellos son, mayormente, cosmovisiones que enfatizan no tanto el razonamiento sino la jurisprudencia, el estudio y la interpretación de la ley: en el caso de ellos, el estudio de la Torá, la Mishná y el Corán. Esa es la riqueza de su historia. Pero la historia del cristianismo está en la teología y la filosofía. Los héroes del cristianismo occidental son personas que escribieron y enseñaron doctrina y credos: el apóstol Pablo, Tomás de Aquino, Agustín, Juan Calvino y Jonathan Edwards. La imagen popular de los cristianos como asustados de la ciencia y del pensamiento profundo simplemente jamás ha sido cierta. De hecho, la universidad en sí es un invento cristiano del siglo xii. Harvard, Princeton, Yale, Dartmouth y Brown todos ellos empezaron como instituciones cristianas.¹⁹ El análisis literario y detalladamente científico no solo ha sido un énfasis del cristianismo desde su inicio, sino que el cristianismo tuvo parte en su nacimiento.

Todos tienen fe

¿Pero no es la fe una creencia ciega? ¿No es algo que la gente religiosa tiene en contraste con el resto de la humanidad, digamos los ateos o agnósticos, que creen en hechos y evidencia? No en absoluto. Todos, aun el ateo más convencido, tienen una posición de fe. Todos creen en algo y hacen suposiciones acerca de la realidad que no se pueden comprobar aun por medio de la ciencia. Uno podría decir: «Yo no creo en Dios. Yo sigo donde nos guíe la ciencia y la historia, objetivamente, sin una agenda predeterminada. No tengo fe en nada». Esa persona no está siendo sincera consigo misma. Todo lo que creemos está filtrado por una rejilla, o cosmovisión, que se ha adoptado a través del tiempo (construida mediante miles de variables: dónde y cuándo nacimos, nuestra familia, nuestra educación, los medios, etc.). Frecuentemente estamos desapercibidos de estas suposiciones, pero debemos ver que todas ellas son, hasta cierto punto, conclusiones basadas en la fe en lugar de creencias adoptadas por medio de la prueba empírica.

Por ejemplo, recientemente leí una historia acerca de una enfermera que era seguidora de Jesús. Los doctores con quienes ella trabajaba eran firmes en considerar que el hospital era un lugar puramente secular —en otras palabras, no había lugar para que la «fe» jugase un papel en el cuidado de los pacientes. Una noche el personal estaba hablando acerca de un paciente que estaba bajo respiración artificial. Al debatir si había que quitársela o no, un doctor le dijo a otro: «Bueno, por lo menos sabemos que si lo hacemos él ya no va a sufrir». Todos en el grupo asintieron como gesto de estar de acuerdo. Pero la enfermera se preguntó: ¿Cómo saben esto? Esa creencia (la idea que la persona ya no iba a sufrir una vez que estuviese muerta) de por sí es una declaración metafísica acerca de cómo es la vida después de la muerte. El grupo de doctores estaba hablando desde una posición de fe para la cual no tenía ninguna prueba. ¿Cómo sabían que esta persona no iba a sufrir más de lo que estaba sufriendo ahora? Ellos creían esto de todo corazón, pero en base de qué evidencia. Es una posición de fe. Todos tienen una.

El problema es que muchos de nosotros no podemos ver las conclusiones cotidianas que deducimos sin prueba alguna. Muchos de nosotros tampoco podemos ver nuestra propia ceguera. Por ejemplo, el biólogo de la Universidad de Harvard, Richard Lewontin escribió un artículo publicado en el New York Review of Books en el que admitió que él y los científicos con quienes trabajaba preferían explicaciones naturalistas y ateas de todo lo que estudiaban, lo cual en sí no es una sorpresa. Pero lo que escribió después fue revelador: el motivo por el cual él prefiere tales explicaciones, dijo, es porque él y la comunidad científica «tienen un compromiso previo [. . .] con el materialismo. No es que los métodos e instituciones de la ciencia de algún modo nos obligan a aceptar una explicación material del mundo invisible, sino que, al contrario, somos forzados por nuestra adhesión a priori a las causas materiales [. . .] No podemos permitir que se ponga un Pie Divino en la puerta».²⁰ Lo que Lewontin está admitiendo aquí es asombroso. Lo que impulsa su ciencia no son los hechos sino la filosofía.²¹ La posición de su fe predetermina su ciencia, no al revés. Así es como muchos viven en nuestro mundo moderno, la mayoría sin siquiera saberlo o pensar en ello.

Más allá de eso, sin embargo, los filósofos señalan la contradicción de toda la premisa de la ciencia puramente naturalista como filosofía, contendiendo correctamente que la suposición que podemos creer solo lo que se puede probar por métodos científicos debe abandonarse porque esa convicción en sí no la puede probar la ciencia. «La fe que exhibieron los positivistas en la ciencia natural», argumenta el filósofo Nicholas Wolterstorff, «no procedió de una manera científica»,²² así que ¿no debería dudarse de ella? El hecho de este asunto es que todos tenemos una posición de fe, una interpretación de la realidad que no tiene una prueba definitiva. Esta posición de fe existe para que nos ayude a todos nosotros a enmarcar la realidad y dar significado a la vida —a contestar nuestras preguntas más profundas en cuanto a identidad, ambiente, orígenes y propósito. En su libro Cosmovisión cristiana, Brian Walsh y J. Richard Middleton señala esto, diciendo que todos tienen una cosmovisión, lo reconozcan o no, y que es la forma en que contestamos cuatro preguntas básicas:

(1) ¿Quién soy yo? O bien, ¿cuál es la naturaleza, la tarea y el propósito de los seres humanos? (2) ¿Dónde estoy? O bien, ¿cuál es la naturaleza del mundo y del universo en el que vivo? (3) ¿Qué está mal? O bien, ¿cuál es el problema básico u obstáculo que me impide lograr mi realización? En otras palabras, ¿cómo entiendo el mal? Y (4) ¿Cuál es el remedio? O bien, ¿cómo es posible franquear este obstáculo para mi realización? En otras palabras, ¿cómo encuentro salvación?²³

Todos hemos respondido estas preguntas, aun si muchos no podemos señalar con exactitud las influencias que se juntaron para moldear nuestras creencias. Cada elaboración de la realidad contesta estas preguntas de manera distinta (compare cómo un ateo las contestaría con la manera en que un budista lo haría, por ejemplo), pero nunca, dicen Walsh y Middleton, las respuestas son «simplemente una visión de la vida. [Sino] siempre una visión para la vida también».²⁴ Y ahí es dónde se complica la cosa. Si contestamos estas grandes preguntas mirando la última parte primero, en contraste con la primera parte, podríamos influenciar en la clase de verdad que permitimos.

Otras creencias

El escepticismo es en sí un conjunto de creencias cerradas y dogmáticas, un compromiso con un estilo de vida de constante duda. Al escoger no comprometerse con ninguna creencia acerca de las cosas espirituales o supremas, a los escépticos piensan que están teniendo una mentalidad abierta, pero no ven la ironía inherente de que no comprometerse con un conjunto de creencias acerca de asuntos espirituales es en sí una decisión a comprometerse con un conjunto de creencias sobre asuntos espirituales.²⁵ El problema es que la gente, a menudo, carece estar consciente de reconocer esta contradicción. El secularismo es un conjunto de doctrinas y creencias diferentes al teísmo, creencias que no han sido comprobadas ni corroboradas lo suficiente como para que sean enseñadas como la única o exclusiva manera de pensar como ser humano. Algunos pensadores van al extremo de creer, como una vez escribió Sam Harris, que «El ateísmo no es una filosofía; ni siquiera es una visión del mundo; es un rechazo a desmentir lo obvio».²⁶ Yo he hallado esta perspectiva miles de veces al hablar con ateos y agnósticos en mi vida y he hecho todo lo posible por señalar lo ingenuo y ciego que esto es.

En su libro The Reason for God (La razón de la existencia de Dios), Timothy Keller señala que las dudas son simplemente un conjunto de creencias distintas. «No se puede dudar de la Creencia A», escribió él, «si no es desde la posición de fe de la Creencia B».²⁷ Fíjese, por ejemplo, la duda escéptica de que Jesucristo realmente resucitó de entre los muertos. ¿Por qué la gente rechaza esto? Porque ya tiene una creencia anterior de que cuando muere la gente, no regresa de entre los muertos. Esto refleja el pensamiento que surgió de la Ilustración en el siglo xvii, y continúa siendo el libreto que la mayoría de nosotros leemos desde el nacimiento hasta la muerte en el mundo occidental. Pero una creencia en lo definitivo de la muerte y una creencia de que nada puede desafiar las leyes de la naturaleza son conclusiones no demostrables.

Es interesante, muchos eruditos no cristianos creen en milagros tales como la resurrección son posibles gracias a ciertos descubrimientos científicos recientes. Por ejemplo, la ciencia de quántum ha demostrado que algunos aspectos de la física Newtoniana, los cuales han informado a las suposiciones naturalistas por años, son fundamentalmente erróneos. Resulta que el universo es mucho más complejo (y conectado) de lo que creíamos. La ciencia misma ha evolucionado y sobrepasado las evidencias observadas de Newton y Darwin. Se ha demostrado que la objeción hacia la actividad sobrenatural viene «de una aplicación rígida de la definición de la realidad de la cosmovisión moderna [. . .] [la cual] no es sino una de un gran número de mapas de la realidad construidas por los humanos [. . .] impresionante debido al grado de control que nos ha dado; pero no es más mapa absoluto de la realidad que cualquiera de los mapas anteriores».²⁸ Nuevos acontecimientos en la ciencia muestran que las viejas interpretaciones están mal informadas. Tan solo esto debería hacer que cualquier escéptico sea cuidadoso al hacer declaraciones dogmáticas acerca de la imposibilidad de los milagros. Concluir que los milagros no pueden ocurrir no es un punto de vista neutral. Como indicó el erudito del Nuevo Testamento Craig Keener: «Descartar aun hacer preguntas acerca de la actividad divina no es neutral, sino [. . .] un acto de hegemonía cultural».²⁹ En otras palabras, es una creencia aceptada que recibió información por parte de poderosas instituciones occidentales que dan forma a la manera en que pensamos todos los días.

Todos debemos admitir que tenemos compromisos de fe y que todos somos personas de fe. La verdadera pregunta es: ¿Cuál es el contenido de creencias? Y de esta: ¿En qué se basa ese contenido? Y finalmente: ¿Es la posición de mi fe la más válida si yo fuera a examinar cuidadosamente toda la mejor evidencia disponible?

La evolución y nuestras facultades cognitivas

Hablo con mucha gente que dice: «La razón por la cual rechazo el cristianismo es porque yo ya creo en la evolución», pero no puede explicar inmediatamente por qué han adoptado tal marco de referencia, o posición de fe, a pesar de carecer de abundante evidencia que den apoyo a algunos de sus principios centrales (una primera causa, la explicación de la existencia del ojo humano, el problema de la explosión cámbrica,³⁰ eslabones perdidos en el registro fósil, etc.). Por ejemplo, el notable paleontólogo de Harvard y ateo, Stephen Jay Gould admite: «La extrema rareza de las formas de transición en el registro fósil persiste como el secreto comercial de la paleontología. Los árboles evolucionistas que adornan nuestros libros de texto tienen datos solo en las puntas de sus ramas; el resto es inferencia».³¹ Él admite que el registro fósil no muestra especies que se transforman gradualmente de una clase a otra, sino que cada clase aparece inmediata y completamente formada.

Se ha escrito bastante acerca de estos agujeros en la teoría evolucionista, lo cual debería ocasionar que colectivamente seamos por lo menos cautelosos antes de aceptar la visión del mundo a ciegas y con carta blanca. El propio Darwin citó los agujeros como «las dificultades más aparentes y graves para aceptar la teoría».³² Todo esto bien documentado y legítimo, sin embargo, hay otro punto débil fundamental en la teoría evolucionista que vale la pena explorar, lo cual es inmediatamente pertinente a nuestro estudio y que a menudo no se discute en debates populares y viene de la esfera de la filosofía. Las explicaciones de la vida y los orígenes que excluyen a Dios por mucho tiempo se han frustrado al tratar de explicar de dónde y por qué ciertos desarrollos cognitivcognitivos se originaron en los seres humanos. Por ejemplo, ¿cómo las criaturas «con las capacidades evolutivas físicas y cognitivcognitivas de humanos contemporáneos llegan a crear el inmenso campo de conocimiento científico que ahora existe, incluyendo la propia teoría evolucionista.³ Nosotros usamos nuestro cerebro, por supuesto (nuestras facultades cognitivcognitivas y el pensamiento racional). Y este es el reto de la evolución, porque si la evolución es verdad, todo, incluyendo nuestras mentes (y lo que ellas concluyen) requiere una explicación naturalista. Y eso es un problema.

La

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