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Las guerrillas del Llano

Las guerrillas del Llano


Las guerrillas del Llano

valoraciones:
5/5 (1 clasificación)
Longitud:
605 páginas
10 horas
Publicado:
7 abr 2018
ISBN:
9781370881840
Formato:
Libro

Descripción

Colombia ha padecido enfrentamientos armados civiles, desde el mismo nacimiento de la república cuando las élites criollas se dividieron entre centralistas y federalistas, y se lanzaron a una guerra fratricida, más conocida como el periodo de la Patria Boba, debido a que todavía la Nueva Granada no se había independizado totalmente de España.

La presencia del venezolano Simón Bolívar en territorio granadino articuló esfuerzos y logro unidad de pensamientos y acciones para la independencia de parte de las colonias españolas en Latinoamérica, pero al mismo tiempo se convirtió en caldo de cultiva para los enfrentamientos fratricidas entre liberales y conservadores.

Producto de estas divisiones, vinieron nuevas guerras civiles y cada una de ellas terminó con ajustes a las constituciones de turno, y las más grave de ellas con la pérdida del Istmo de Panamá en 1903, por traición de los dirigentes políticos de ese departamento y la ineptitud del presidente Marroquín y su congreso de la república.

No obstante el partido conservador continuó en el poder hasta 1930, cuando subió al poder el liberal Enrique Olaya Herrera, y las tensiones entre liberales y conservadores siguieron en dife-rentes regiones del país.

En 1948 fue asesinado en las calles de Bogotá el dirigente liberal Jorge Eliécer Gaitán, vio-lento suceso que motivó el resurgimiento de las guerrillas liberales, orientada y financiadas por los dirigentes nacionales de esa colectividad, a la par con el incremento de un periodo aciago de la historia de la república conocido como “La Violencia”

En la obra titulada Las Guerrillas del Llano, el autor Eduardo Franco Isaza, un rico hacen-dado liberal que hizo parte de las guerrillas liberales de la época 1948-1953, describe con lujo de detalles desde su óptica, como se desarrolló la rebelión armada contra el Estado, y la forma como las activas fuerzas revolucionarias fueron desarticuladas política y militarmente por el Estado colombiano, luego del golpe de Estado del general Gustavo Rojas Pinilla en 1953.

Leer esta obra es recorrer por los senderos de los orígenes de la historia de las guerrillas comunistas, algunas de ellas liberales cooptadas por el Partido Comunista Colombiano. Así mismo es conocer el punto de vista de las élites regionales agrícolas, acostumbradas hasta esa época a actuar como gamonales y dueños de la vida y del destino del campesinado.

Por razones académicas o políticas se puede estar en acuerdo o desacuerdo con algunos de los planteamientos del autor de este libro acerca de la violencia, pero lo cierto es que es una obra de obligatoria consulta dentro de los textos de su línea académica, pues es de los pocos documentos bien sustanciados que explican la visión de una de las partes en esa guerra tan cruel como inútil, entre los hijos de una misma nación.

Por su contenido este libro aporta luces a sociólogos, geopolitólogos, historiadores, analistas militares de las guerras de guerrillas y analistas del conflicto colombiano, pero además ilustra a lectores en general de la evolución política, social, militar y económica del país.

Esta rebelión liberal fue orientada desde Bogotá por Carlos Lleras Restrepo, presidente del Partido Liberal, mediante colectas para financiar el conflicto armado. Mientras tanto, los guerrilleros luchaban casi con las uñas –sin armas suficientes y en precarias condiciones de alimentación y salubridad– para contrarrestar los ataques del adversario que se replegaban en el amplio territorio bajo el ímpetu de los “chulavitas”, denominación proveniente de una vereda del municipio boyacense de Boavita, que se hizo célebre por salir de allí las hordas asesinas que causaron en el país innumerables estragos contra los campesinos liberales.

Este es un periodo de la historia colombiana al que le faltan muchas páginas por escribir, o publicar pues todavía quedan muchos documentos inéditos o sin la suficiente difusión respecto a estos hechos

Publicado:
7 abr 2018
ISBN:
9781370881840
Formato:
Libro

Sobre el autor

Eduardo Franco Isaza, nació en Sogamoso-Boyacá en 1920 en el seno de una prestigiosa familia y murió en Bogotá en 2009. Fue uno de los principales dirigentes guerrilleros del movimiento liberal que surgió en las llanuras de Casanare y Arauca Llano combatir contra el régimen conservador entre los años 1947 y 1953 cuando se produjo la mnistía del general Rojas Pinilla, pero Franco Iasaza se negó a aceptarla y por esta razón fue condenado a 24 años de cárcél, pero nunca pagó tal pena porque escapó hacia Venezuela donde tenía muchos contactos políticos, como ha sido usual con todos lo sgrupos guerrilleros a lo largo de la accidentada historia colombiana. todas las peripecias, angustias y horrores que representó aquella contienda histórica, una de las más demoledoras de Colombia.Duurante ese exilio escribió el libro Las guerrillas del Llano que fue prohibido por los gobiernos colombianos de la época.Franco Isaza vivió la misma época en la que fue famoso el guerrillero liberal Guadalupe Salcedo, y ambo shan sido considerados seguidores acérrimos de Jorge Eliécer Gaitán.


Vista previa del libro

Las guerrillas del Llano - Eduardo Franco Isaza

INDICE

Comentario inicial

Primera Parte

Capítulos I al XX

Segunda Parte

Capítulos I al XIX

COMENTARIO INICIAL

Colombia ha padecido enfrentamientos armados civiles, desde el mismo nacimiento de la república cuando las élites criollas se dividieron entre centralistas y federalistas, y se lanzaron a una guerra fratricida, más conocida como el periodo de la Patria Boba, debido a que todavía la Nueva Granada no se había independizado totalmente de España.

La presencia del venezolano Simón Bolívar en territorio granadino articuló esfuerzos y logro unidad de pensamientos y acciones para la independencia de parte de las colonias españolas en Latinoamérica, pero al mismo tiempo se convirtió en caldo de cultiva para los enfrentamientos fratricidas entre liberales y conservadores.

Producto de estas divisiones, vinieron nuevas guerras civiles y cada una de ellas terminó con ajustes a las constituciones de turno, y las más grave de ellas con la pérdida del Istmo de Panamá en 1903, por traición de los dirigentes políticos de ese departamento y la ineptitud del presidente Marroquín y su congreso de la república.

No obstante el partido conservador continuó en el poder hasta 1930, cuando subió al poder el liberal Enrique Olaya Herrera, y las tensiones entre liberales y conservadores siguieron en diferentes regiones del país.

En 1948 fue asesinado en las calles de Bogotá el dirigente liberal Jorge Eliécer Gaitán, violento suceso que motivó el resurgimiento de las guerrillas liberales, orientada y financiadas por los dirigentes nacionales de esa colectividad, a la par con el incremento de un periodo aciago de la historia de la república, conocido como La Violencia

En la obra titulada Las Guerrillas del Llano, el autor Eduardo Franco Isaza, un rico hacendado liberal que hizo parte de las guerrillas liberales de la época 1947-1953, describe con lujo de detalles desde su óptica, como se desarrolló la rebelión armada contra el Estado, y la forma como las activas fuerzas revolucionarias fueron desarticuladas política y militarmente por el Estado colombiano, luego del golpe de Estado del general Gustavo Rojas Pinilla en 1953.

Leer esta obra es recorrer por los senderos de los orígenes de la historia de las guerrillas comunistas, algunas de ellas liberales cooptadas por el Partido Comunista Colombiano. Así mismo es conocer el punto de vista de las élites regionales agrícolas, acostumbradas hasta esa época a actuar como gamonales y dueños de la vida y del destino del campesinado.

Por razones académicas o políticas se puede estar en acuerdo o desacuerdo con algunos de los planteamientos del autor de este libro acerca de la violencia, pero lo cierto es que es una obra de obligatoria consulta dentro de los textos de su línea académica, pues es de los pocos documentos bien sustanciados que explican la visión de una de las partes en esa guerra tan cruel como inútil, entre los hijos de una misma nación.

Por su contenido este libro aporta luces a sociólogos, geopolitólogos, historiadores, analistas militares de las guerras de guerrillas y analistas del conflicto colombiano, pero además ilustra a lectores en general de la evolución política, social, militar y económica del país, durante los últimos 70 años.

Desde el punto de vista literario esta es una obra de tinte costumbrista, pues el autor transcribe literalmente conversaciones entre llaneros colombianos, con las contracciones idiomáticas, los dichos y la franqueza abierta de los moradores de esa región, que de manera sencilla recorren las extensas sabanas sobre sus briosos corceles, comen carne asada y yuca, cantan al son de la música regional en las cálidas noches de luna llena y son cuna de la independencia colombiana de España.

El llanero puro transita a campo abierto. Y lo único que está sobre él es su sombrero.

Leer Las Guerrillas del Llano es navegar por el pasado sobre tierras de promisión y entender con claridad meridiana, las causas y razones argumentadas por quienes se levantaron en armas contra la institucionalidad colombiana entre 1947 y 1953, forzados por las persecuciones políticas y la intención subversiva de los dirigentes políticos avarientos del poder para si mismos, cuyo acceso era denegado por el partido conservador.

Así y con muchos datos sin publicar todavía, es y ha sido la historia política de Colombia.

PRIMERA PARTE

CAPITULO I

Dentro de un enorme latifundio, en el corazón de la montaña, está la salina de Chámeza, aldea perdida de Boyacá. Los cascos de las mulas hicieron el fragoso camino de hormigas por donde mis parientes, desde tiempos inmemoriales, despacharon sal para los hatos del Llano, para Miraflores, para todo el oriente de Boyacá.

La derriba de los montes, los trabajos en los hornos de saturación y la fabricación de lozas hicieron de Chámeza una pequeña y animada concentración de gentes, todas al servicio de una empresa que era propiedad absoluta de uno de mis tíos, quien dirigía los negocios desde Bogotá, y desde allí manejaba sus cuatrocientas mulas y sus cien trabajadores.

Cualquier día vino a menos la empresa. Una peste se llevó casi toda la brigada, y eso ocurría cuando las carreteras y los aviones empezaron a llevar a los Llanos, a menor precio, la sal de Zipaquirá, que hizo bajar verticalmente la de Chámeza, al paso que mi tío envejecía y no podía superar las nuevas circunstancias. Muchos peones de la empresa se fueron a las montañas y fundaron sus conucos en las mismas tierras en donde habían trabajado por generaciones para el amo.

Ese es el momento en que un amigo y yo hacemos sociedad con mi tío para tratar de revivir el I pequeño imperio decadente, a través del brío de nuestra juventud, los nuevos créditos y operaciones bancarias que para el efecto conseguimos. Pensábamos aumentar la producción y buscar mercados, rescatar las tierras ocupadas por los campesinos y eliminar el municipio, para convertirlo en un corregimiento, dentro del cual la hacienda fuera autónoma y poderosa. Tal era la mentalidad de las gentes de mi sangre y de mi clase.

Nací en Sogamoso, de una familia orgullosa. Estudié en el Colegio de Boyacá (Tunja), y pasé una juventud más o menos turbulenta entre la virtud y el vicio, la opulencia y el hambre, que consumieron, los mejores años de mi vida. Siempre soñando, siempre en espera de una oportunidad.

Una mañana, en La Vega, nuestra casa, llegó el administrador, agitado y descompuesto, con la noticia de que desde la noche anterior estaban en el lugar los ''chulavitas". Así llamábamos a la policía del millonario Ospina Pérez, una invasión de crimen que se extendió por toda la República. ¡Los chulavitas! Era extraño, porque ya habían pasado las elecciones y todos los votos de Chámeza habían sido para el godo.

No podía ser de otro modo, porque en vísperas del día de las votaciones el alcalde del pueblo había hecho concurrir al vecindario, para que bajo juramento y multa de cincuenta pesos se obligara a votar por Laureano Gómez, el candidato oficial de Ospina. El negociante y el energúmeno andaban todavía cogidos del brazo.

Unos pobres campesinos liberales que no quisieron someterse a la consigna fueron apaleados y encarcelados. De algunos lugares sombríos de Boyacá movilizaron patrullas de godos, que maltrataban y encarcelaban a las gentes. Los peores venían de las breñas de Boavita y Chulavita, de modo que esta última vereda se ganó el horrendo honor de dar su nombre a la horda.

Como la hacienda necesitaba de los perseguidos, yo me vi precisado a intervenir en su favor una y otra vez. Y a muchos les aconsejé que votaran por Gómez, que se sometieran, que tascaran el freno. Pero su honra-da conciencia de campesinos se rebelaba a pecar contra el Partido.

Sin embargo, venían a pedir consejos y ayuda espiritual al sobrino del hombre que los había esclavizado y que, a costa de su trabajo y sus penas, había holgado alegremente en la capital. Aquello era grotesco. Más fue lo que me hizo comprender súbitamente la realidad de la caída del Partido. De ese Partido que nada les había dado, pero que lo llevaban en el alma. El Partido Liberal.

Y comprendí el dolor de un pueblo al que le matan sus caudillos, sus verdaderos conductores. Aquellas gentes chamezanas, hombres y mujeres, elaboradores y loceros, arrieros y contratistas, hablaban del Partido Liberal, de Gaitán, de Gustavo Jiménez. Presentían el despojo y ya sentían sobre sus vidas el ultraje. Si nada habían recibido del partido, por lo menos tenían una esperanza, que ahora se desvanecía bajo el garrote y en las cárceles.

—¿Qué hacemos, don Eduardo?

¡Pero qué podía decir el sobrino del amo! Aconsejar mansedumbre y pedir que no se ofreciera resistencia. Y, por supuesto, votar por Laureano Gómez. Una mujer exclamó:

—Bueno, que vote el viejo, pero que mis hijos no se empuerquen.

Todos fueron a las urnas como un rebaño, y no hubo multas ni aporreados. Lo que hubo fueron 800 votos conservadores. ¡Viva Cristo Rey! ¡Muera Echandía! ¡Viva Laureano Gómez! Ya Gaitán había muerto, asesinado por Juan Roa Sierra, y ya habían gritado en las calles de Tunja: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Juan Roa Sierra!

Después… aguardiente para consolar a los vencidos y para celebrar la victoria. Yo bebí de ése aguardiente, con cierta amargura, aunque la hacienda se beneficiaba con aquella paz de esclavos. Dentro del tumulto, aturdido por el alcohol y el guarapo, a un hombre se le escapó su grito ancestral, inolvidable, cálido: ¡Viva el Partido Liberal!

—El grito fue coreado por doscientas voces varoniles, aguardentosas y salvajes, que recorrió las montañas como un alud, y quizá lo oyeron los hijos que no se empuercaron. Más, ¿para qué? La noche se tragó el tumulto y los godos ganaron las elecciones.

—Pero... ¿a qué viene ahora la policía?

—Son dieciséis y el comandante...

Fusiles y revólveres, fachas espantables, lengua soez, borrachera permanente. Hoy o mañana —pensé— me encontraré con ellos. Mejor de una vez, y me fui derecho a la tienducha donde, soñolientos y hediondos, se encontraban mis futuros amigos. Un conservador prominente me los presentó. Yo sería amigo de todos, hicieran lo que hicieran, porque la hacienda necesitaba una política de entendimiento, o de apaciguamiento.

Esta fuerza, bien manejada, daría óptimos resultados. Y bien que los dio. A partir de aquel día las botellas de ron, los chistes obscenos y los billetes deslizados hicieron las delicias de mis amigos chulavitas, que muy pronto la emprendieron de veras contra los colonos.

Es decir, contra los campesinos que habían desforestado y desbravado parcelas de montañas y habían sembrado en ellas su maíz y su fríjol, a la sombra de un frágil rancho de bahareque. Mi socio conservador liquidó con increíble rapidez un enjambre de diminutas posesiones, que zumbaban en torno de su conciencia de hacendado. Los frutos fueron decomisados y las vacas compradas al precio que mi socio quiso fijar.

Con estos sistemas, a la vuelta de pocos meses, la hacienda volvería a ser poderosa. Todos los días, en la plaza, novilla asada y cántaros de chicha y guarapo, dignos ágapes para tan gratos visitantes. Los dueños del pueblo nos refocilábamos y los campesinos pagaban el gasto. Con tributos de gallinas, yuca, huevos y hermosas novillas, mantenían alejada la plaga de sus parcelas.

Un día vi en el campo a una muchacha como de diecisiete años, que lloraba porque su padre se estaba llevando al pueblo lo único de que ella era dueña: una vaquilla. El padre, con la faz mustia, tiraba de la cuerda arrastrando a la indómita bestia. Iba a entregarla, porque había que impedir la visita.

La terrible visita de la policía, que cuando viniera sería para tomar no una, sino más vaquillas, y para dejar el deshonor y el ultraje en ese humilde rancho, como acababa de pasar en la vereda de Tegüíta. Mejor correr al pueblo con el presente, el tributo voluntario de todos los días. Al compás de los, cascos de mi caballo, recorrió mi corazón todos los caminos de aquel pueblo martirizado. ¿De qué parte estaba yo? ¿Acaso de parte del chulavita? ¿No defendía el chulavita los intereses de la hacienda, es decir, mis intereses?

Y sentí por primera vez el deseo de luchar. Era uno de aquellos momentos en que todos los liberales de Colombia llegábamos a sentir todo el peso de la tiranía que estaba aniquilando al país. Yo había sido hasta allí uno de los que aspiraban a llenarse los bolsillos con el dolor de la doncella que perdía su vaquilla. Ahora, como los demás, vi el monstruo que avanzaba de las veredas hacia las aldeas, y de éstas a las ciudades, hasta no dejar un sitio en donde pudiera el liberalismo recostar sus huesos doloridos.

Con tales sentimientos, de regreso crucé el portalón empedrado de La Vega y sentí de nuevo el familiar olor de enjalmas nuevas y de caña dulce, picada bajo los naranjos para racionar las mulas. Estaba allí un policía joven de veintidós años, que ayudaba descuidadamente a retorcer un lazo de fique. Manso y alegre, departía con el arriero que apretaba con su mano callosa la otra extremidad del cordel.

Preparaban los aperos para la partida del trotacaminos, a la madrugada siguiente. Eran dos hermanos boyacenses. El arriero de Miraflores y el policía de Soatá. He aquí —pensé— a nuestro pueblo trabajador. ¡Si lo dejaran tranquilo y no lo envenenaran con las consignas que sólo interesan a los de arriba!

Me acerqué a los hombres que me saludaron con una sonrisa bonachona. El policía le hablaba al arriero de cómo él, también había arreado muías. Más que tirar, acariciaba con sus manos la retorcida madeja de fique.

La tarde se acercaba, trayendo un vaho de flores y resinas que aventaba hasta nosotros la ardiente brisa llanera por el cañón de la hondonada. Por allí subía también el recuerdo de mis años mozos y el de las vacaciones en el hato de mi padre. Era diciembre. Yo tenía veintinueve años. Estaba libre y solo. Cualquier camino que escogiera me vendría igual.

*****

Pasaban los días, repitiéndose siempre la monótona jornada de faenas y sudores, el mismo trote de las mulas en las piedras redondas, y el mismo lejano mugir de las vacas. En la guarnición habían quedado cinco policías. Los otros se largaron. Medíamos nuestra vida con cuentas de policía más o policía menos.

Parecía que ya no harían más comisiones al campo y por eso los campesinos respiraban. Ya no tenían que llevar la vaquilla al sacrificio. Chámeza había recuperado su calma aldeana. En los hornos burbujeaba día y noche, el aguasal. Era preciso aprovechar el verano y los buenos caminos, hacer los desmontes y limpiar los potreros, acarrear los materiales y cerrar los contratos. Esa era la vida buena de La Vega.

Pero una mañana empezaron a suceder las cosas nuevas. El antiguo alcalde, que ahora era sastre, se pasaba el día tocando el violín en su casa. Cuando me vio pasar dejó la música y se acercó a decirme con voz cautelosa y ademán conspirativo:

—Mande traer cerveza y le cuento una cosa…

—¿Qué pasa?

El hombre baja de la ventana, da rápidamente la vuelta y asoma a hurtadillas por el portón. Me hace entrar mientras mando por la cerveza, y, cuando llega ésta, despachamos las primeras botellas. Ni aun así quería hablarme, hasta que, por fin, haciendo bocina con las manos, me sopló en el oído:

—Hace días llegó a la Alcaldía un oficio cerrado en el que se informa que ha estallado una revolución en los Llanos. No le puedo decir más.

—¿Qué pasa?

—¿Por eso se fue la policía? —No sé. No le puedo decir una palabra más.

—¿Pero es cierta esa noticia?

Y mil preguntas más, sin respuesta. Muchas botellas quedaron vacías. Todo aquello parecía absurdo. ¿Una revolución en los Llanos?

Gustavo Jiménez había sido asesinado a bala en pleno salón de la Cámara, en el Capitolio Nacional, por Amadeo Rodríguez, un general del Ejército, godo y sectario. Esto lo supe en Sabana Grande, un pintoresco pueblito levantado sobre una meseta a orillas del río Upía. Y Sabana Grande pereció también. Pocos días después de pasar yo por allí y recibir la terrible información, 70 policías y una horda de godos del otro lado atacaron esta pacífica aldea sin motivo, ni provocación, ni piedad. Hubo una pequeña resistencia, unos murieron y los otros huyeron.

Pero el pueblo cayó, como tantas otras aldeas de Colombia cuyo martirio yo ignoraba hasta entonces, y fue metódicamente incendiado. Esas gentes se replegaron quizás hacia el Llano, quizás esos hombres estuvieran en la revolución de que me habló el exalcalde que tocaba el violín todo el día. Eran conocidos míos. ¿Cuáles serían los muertos? ¿Mis primos, que tenían una finca allí cerca, dónde estarían?

Gustavo Jiménez, compañero de mi niñez, con quien cambié mis primeros puños de los trece años y con quien jugábamos a las guerrillas por los lugares más abruptos de nuestra tierras sogamoseñas, el Chato Jiménez estaba muerto. Un día, siendo él, representante a la cámara, en un ágape que teníamos en el hotel de la Laguna de Tota, me increpó mi indolencia frente a los problemas de nuestro pueblo.

Se exaltó contra la complacencia de nuestra clase ante el huracán que se venía encima. Aún recuerdo aquel momento. El Chato era presidente del Directorio Liberal de Boyacá, había comprendido la tragedia que se avecinaba y se aprestaba a la lucha. Eso sí, a la lucha de estilo civilista a que se había entregado el Partido Liberal, tapando con parágrafos e incisos los huecos que hacían las balas del godo. Tal vez le prometí entrar en la pelea. Tel vez esa promesa fue como un juramento.

Ahora, a horcajadas en mi silla vaquera, mirando por encima de las orejas de una muía, entreveía la ocasión de cumplir esa promesa. Una pasión incontenible se había encendido en mí. Y mientras iba meciéndome al suave trote de la cabalgadura, soñé situaciones difíciles y salidas heroicas, hice una carrera militar con derrotas y triunfos. Y así, soñando, llegué a Recetor. De allí viajé a Sogamoso y más tarde a Bogotá.

En la capital todo parecía normal y ante el frío del ambiente y de las gentes, me pareció que mis propósitos de lucha se ponían ridículos. Sin embargo, en medio de las fiestas navideñas recogí muchos rumores. Había una corriente de fondo debajo de la frívola apariencia de tranquilidad. Empezaba a descubrirse la profunda inquietud.

La rabia impotente y el temor sordo que dejó el 9 de abril. Ya no había grupos altaneros ni manifestaciones, sólo se escuchaba un rumor subterráneo; un ambiente de conspiración se percibía en las calles, en los hogares, en las oficinas.

Bogotá se hinchaba día a día con las gentes de provincia que llegaban sin cesar. Familias acomodadas y familias en la miseria; unas aún con salud y esperanza, las más sin una cosa ni la otra. Todas huyendo de la violencia desencadenada por la suave mano del millonario Ospina Pérez, el hombre que tumbó millares de colombianos entre avemarías y sonrisas.

Por lo demás, aquí veía yo en toda su pesada realidad el conflicto político de las altas esferas.

El vocero del conservatismo y del gobierno, El Siglo, vomitaba todos los días amenazas e insultos contra todos sus verdaderos o imaginarios enemigos; hasta las humildes víctimas campesinas que habían caído al golpe de la bala chulavitera, en los más apartados rincones del país, eran objeto de odio y de diatriba en esa hoja delirante.

Todos los días les rezaba un responso de infamia. El Tiempo, la gran tribuna liberal, apenas sí podía escurrir de vez en cuando alguna in-formación sobre incendios y masacres, que levantaban ligeramente el velo sobre el horror que estaba viviendo el país.

Las directivas liberales, atónitas ante las situaciones que creaba el gobierno, estaban mudas para el pueblo. Sólo flotaba una esperanza, al pensarse en el Ejército.

Una rara esperanza que se componía de conjeturas. El capitán Alfredo Silva, comandante de la base aérea de Apiay, cerca de Villavicencio, en la boca del Llano, se había apoderado de esta plaza en una acción revolucionaria que, según se decía, había ocasionado 64 bajas. Y se agregaba que en torno de este oficial centenares de civiles se habían lanzado a la revuelta en la Intendencia del Meta.

Se hablaba también de un Elíseo Velásquez, no identificado como militar o civil, que había tomado a Puerto López después de aniquilar una considerable guarnición de chulavitas. Estas noticias carecían de detalles, pero estaban ciertamente confirmadas, y el eterno optimismo de los liberales urdía en torno de ellas sus ilusiones, convenciéndose de que los altos jefes del partido tenían la mano metida en todo eso con tan fina habilidad que no se dejaba ver el hilo de la trama.

Pero algo positivo estaba creciendo en Colombia. El baluarte liberal del Cocuy, al norte de Boyacá, después de ser masacrado por la policía, estaba en armas. En el Tolima, en el Huila, en el Valle, en Antioquia, poblaciones enteras, desesperadas, se habían echado al monte. Era el comienzo de las guerrillas.

En la propia Bogotá se multiplicaban los atentados de la policía y se comentaban constantes atropellos en los barrios apartados, en donde menudeaban los disparos fatales. En la Ciudad Universitaria habían sido golpeados y encadenados algunos estudiantes por la famosa Popel, como llamaba humorísticamente la calle bogotana a la policía política.

Nada sorprendía después del 9 de abril y el dolor y la angustia que se escondían en multitud de casas no podían llegar al oído de un fugaz viajero como yo. Era la consolidación de la violencia.

En adelante, iba a trabarse la lucha a muerte entre las guerrillas del pueblo liberal y la violencia del gobierno conservador.

CAPITULO II

Había llegado mi momento. En Bogotá averigüé cuanto deseaba saber y, celoso de mi secreto, organicé mi regreso a Chámeza, de donde partiría directamente al Llano. En el fondo temía que me faltara decisión para llevar a cabo mi propósito. No se me ocultaba qué iba a decidir de mi vida. En Sogamoso paré unos días para adelantar mis pesquisas. ¿Existía realmente la revolución en el Llano? ¿Se mantendría firme, tendría dura-ción? Y... ¿tenía armas?

En eso llegaron a Sogamoso unos tíos míos, que venían aterrados interrumpiendo las labores del hato. Habían tomado uno de los aviones que servían las múltiples líneas del Llano, volando de hato en hato.

Esta red aérea peculiar, con la que habían resuelto las empresas colombianas el problema de las comunicaciones en las inmensas distancias de la llanura, siguió funcionando durante muchos meses después del estallido de las guerrillas, y de ella nos servimos clandestinamente los guerrilleros hasta que la tercera persecución acabó con ella.

Mis angustiados tíos hablaban y no acababan de la catástrofe que se cernía sobre sus tierras y sobre sus ganados. Gentes forasteras alzadas andaban saqueando las haciendas y robándose los caballos. Y lo peor de todo era que las peonadas se juntaban a los bandidos.

—Con la ayuda de nuestros caballiceros y de nuestros baquianos nada les quedará oculto.

—Esto es la ruina del Llano.

—Se perderán todos nuestros caballos. Son unos ladrones.

—¿Son unos ladrones? ¿Pero cómo fue que una madrina de treinta caballos nos fue devuelta, a los tres días de tomada, en el hato de Santa Ana?

—¿Será la revolución?

Ladrones o revolución, de toda suerte les iba en ello la ruina. Y tendrían que contar con el gobierno. Pero si el gobierno tomaba cartas en el asunto, peor les iría. ¿Qué hacer?

Seguramente les hablé con cariño de esa gente que tantos temores les causaba, o afirmé categóricamente que aquello era la revolución, porque uno de mis tíos me espetó a boca de jarro esta pregunta:

—¿Tú, Eduardo, entrarías en la revolución?

—Sí… si es la revolución.

—¿Y crees tú que con un sombrero de tapia pisada y unos pantalones de manta Samacá se puede hacer hoy, como antes una revolución?

—Sí —repuse—

Si el pueblo lucha honradamente no necesita sino de corazón; lo demás vendrá por añadidura. Si todos nos pusiéramos al frente, las pérdidas no serían mayores y el triunfo vendría más pronto. Las vacilaciones son la que pierden al Partido. El pueblo lo siente así, porque se acostumbró al método afirmativo de Gaitán, y no ha podido entender la actitud pasiva de Alberto Lleras y de Echandía... aquello de: ¿y el poder para qué?.

En esos momentos mi tía, mi buena y bondadosa tía, se empeñaba rabiosamente en llamar por teléfono a Bogotá, en solicitud del doctor Carlos Lleras Restrepo Quería preguntarle si había autorizado la revuelta en los Llanos, y decía: —Si eso es verdad, no hay más remedio que ayudar. Así era la gente liberal.

Si la Dirección Nacional del Liberalismo no apoyaba el movimiento del pueblo, éste se haría porque sí. Porque era el único medio de sobrevivir. Este fue mi argumento y fue el de ochenta o cien rnil liberales que se lanzaron a la revuelta desordenada y heroica en todos los rincones de la patria. Y así empezó mi aventura. Una aventura en la que tenía que dar de mí mismo mucho más de cuanto esperaba.

En estos primeros días cada hora requería una decisión. Mi espíritu oscilaba entre el ímpetu y la cautela. Todas mis potencias intelectuales trabajaban al tiempo, y nunca me sentí tan dentro de mí mismo como entonces. Al salir de Sogamoso iba pensando que sería en Chámeza donde adoptara la resolución definitiva. En Chámeza, la aldea perdida.

Pero los ojos de una hermosa morena me entretuvieron en Recetor y sin saberlo decidieron de mi suerte; porque me demoraron el tiempo justo para que llegara mi decisión. Esta vino, en efecto, en la ancha y cariñosa figura del Pote Carlos Rodríguez.

Veinte años, salud de hierro, inteligencia despejada y hatos en el Llano. He allí los linderos del Pote. No siguió la carrera universitaria por amor a los potros y a las matas de monte.

Tenía parientes en Recetor y había venido a darles una vuelta. Nos encontramos en casa del rico hacendado comarcano Rafael Salamanca.

Estaba achispado de cerveza, en compañía de un pariente suyo que venía de vacaciones. Entablamos conversación de viejos amigos, cerveza va, cerveza viene. El tema no podía ser otro. Al Pote lo atraía la revolución como un imán, y sabía cosas acerca del movimiento.

Me contó sobre la organización y la disciplina de las fuerzas rebeldes, y en su entusiasmo, declaró que había visto unos mensajeros, muy bien armados, que venían del lejano comando.

—Estamos perdiendo el tiempo, chico.

—¿Y qué podemos hacer nosotros allá? Nosotros no somos gentes de armas tomar. Tú eres rico y tienes un gran porvenir. ¿Qué vas a hacer tú, y qué voy a hacer yo en la revolución?... Terminar de golpe en la cárcel o con el cuero agujereado. El liberalismo es inepto para rehacerse con la lucha armada y no tiene directivos combatientes. Eso no, Pote... Mejor lárgate de estas tierras mientras pasa el calor, a ver si cuando vuelvas está todo tranquilo. Así me eché yo mismo un largo discurso, tratando por última vez de disuadirme.

A la mañana siguiente me presenté al Pote con la muía ensillada, y le señalé dos caminos: el de Chámeza y el del Llano.

—Elija uno —le dije— que es para irme solo o acompañado.

Se alteró levemente pero, en seguida, con una amplia sonrisa señaló el camino que ambos amábamos, el del Llano. Con una mirada de camaradería nos transmitimos nuestros mutuos pensamientos. Y marchamos inmediatamente. Yo tenía siete pesos en el bolsillo y un revólver 38 con trece cartuchos. Ah, también llevábamos un par de corazones y un anhelo, quizás el de conquistar la gloria, quizás el de vengar al pueblo colombiano.

Al paso de las mulas fuimos dejando atrás la cordillera en busca del Llano, que, como un mar de verdura se dilataba en el gran golfo de la cuenca del Cusiana. Ya no había vacilaciones en mi espíritu. Nos embargaba, por el contrario, la felicidad inaudita. ¿Qué iba a ser de nosotros?

Nuestro primer encuentro de caballeros andantes fue un campamento de ingenieros, en donde solicitamos con desenfado comida y lecho. Talvez ya estábamos haciendo un poco el bandolero. Claro está que nos dieron comida abundante y buenos catres. Y, además, mucha conversación, en la que abundaban burlas y críticas de la revuelta.

Pero, cuando confesamos nuestros planes y pusimos sobre la mesa nuestros argumentos, todo cambió. Un momento después nos estaban mostrando propaganda clandestina. Ingenieros, capataces y peones suponían que nosotros llevábamos alguna misión secreta, y nosotros dejamos que lo creyeran así. Todos ellos eran liberales, o se hicieron tomar como tales. Con personajes como nosotros.

Quijotes perdidos en las llanuras sin escuderos ni dulcineas, se iba tejiendo la tela de uno de los mitos de que vivimos en esta época trágica de Colombia. El mito del Supremo Comando Liberal que hacía llegar sus órdenes por misteriosos caminos a todos los rincones de la tierra poblada y de las selvas. ¡Cómo son de importantes los mitos en la vida!

Llegando a Sevilla, sobre el río Únete, encontramos de manos a boca un policía, armado de fusil. Al Pote le relampaguearon los ojos, pero yo le hice comprender, también con miradas, que aquello de atacar y desarmar a un solo hombre era un error táctico imperdonable. Saludamos al chulavita y seguimos. El Pote llevaba el revólver encaletado (oculto bajo la camisa y el cinto). Unos pasos después, no pudo callar más:

—¿A qué vinimos?

—Tras de un puesto de policía.

Y penetramos en el lugar con gesto descuidado. Luego nos metimos en una tienda conocida, a cuyo propietario le habían matado un hermano y, mientras nos remojábamos el gaznate, le dimos al hombre instrucciones que debía cumplir al pie de la letra y dentro del mayor sigilo. Dos días más estuvimos por allí predicando la revolución entre los vaqueros y gentes del vecindario, y llegamos por fin a La Pistola, el hato del Pote. Tomamos ropa limpia y remuda de cabalgaduras, visitamos el personal y nos fuimos en busca de los amos blancos. Queríamos pulsar la opinión de todos.

En el hato de Garzón nos reunimos con un buen grupo de vecinos de los ríos Charte, Únete y Cusiana, gente despierta, calculadora y maliciosa que venía con la intención de visitar el pueblo de Maní, donde dizque había llegado un grupo de revolucionarios, de los que tomaron parte en el asalto a Puerto López. Y efectivamente, allí estaban los héroes. Era una mesnada de pobres diablos, sin una aguja en el cinto, pero con tres días de borrachera a costa de los mirones. No eran llaneros. Constituían un muestrario de fachas y de charlatanes.

El Pote y yo saltamos a la palestra y los increpamos fuertemente. ¿Era aquello la revolución? Y en lo sucesivo —fue la advertencia general— ningún vecino se movería de su hato, fundo o conuco sin el consentimiento de persona seria y conocida. Sin pensarlo, ya estábamos dando órdenes.

¿Dónde estaría la revolución de que tanto se hablaba en el interior? Si los rebeldes eran como aquellos pobres diablos que encontramos en Maní, de fijo que resultaríamos pacificadores. Regresamos al hato Garzón haciendo guasa de las sandeces que decían los borrachos en son de rebeldes. Pensábamos que quizás fueran rezagos de las fuerzas victoriosas de Eliseo Velásquez.

Más, echaban pestes contra éste, porque los había dejado tirados en el Meta y decían improperios contra el hombre que se había convertido en una bandera en Colombia. Lo acusaban de estúpido y loco. A nosotros sólo nos importaba saber por aquellos sujetos, de viva voz, si realmente había sucedido lo de Villavicencio y Puerto López y, además, de otros lugares de que apenas ahora teníamos noticia: Cabuyaro y Remolinos.

Nos complacía, claro está, que aún en medio de sus insultos, esos aventureros nos dieran testimonio de la existencia en carne y hueso del Loco Velásquez. Loco sería, pero un loco genial que mataba chulavitas. Le perdonaríamos todos sus defectos; ¿Para eso no éramos liberales? Fuimos, por tanto, los primeros defensores de Velázquez, cuya fama crecía cuanto era más desconocida su personalidad, como era desconocida aún la de sus futuros, terribles vengadores. ¿En dónde estaría luchando ahora?

Lo importante era combatir, combatir. La época de la prudencia había pasado. Cuando los sabios liberales hablaban sobre el derecho y la organización política, aparecía un solo chulavita y de un disparo de revólver liquidaba la junta de sabios y caía un baluarte liberal. La violencia no se podría liquidar sino con violencia, qué diablos. ¡Viva la revolución, mueran los chulavitas! Así, insensiblemente, se desató por toda la llanura una ola de guerra, desde Villavicencio hasta Arauca, desde el Meta hasta el Vichada. Con el nombre de Eliseo Velásquez se prendió esa candelada.

Con el Pote Rodríguez tomamos rumbo a Yopal. Era un próspero pueblo al pie de la serranía, cabecera del Llano en la extensión del río Cravo. Trochando por los altos bancos de la sabana fuimos planeando una secreta doble tarea: primero ir a Bogotá a entendernos con la Dirección Liberal; segundo, buscar en los Llanos a Eliseo Velásquez donde se hallara. De la primera diligencia se encargó el Pote y yo de la segunda. Nos encontraríamos antes de un mes en sitio determinado.

En Yopal había un cabo y tres soldados del Ejército y el pueblo estaba tranquilo. Pero se esperaba algo... Muchos salían a interrogarnos, pero nosotros sabíamos tanto como ellos; noticias vagas y rumores. Por la noche un muchacho nos informó en secreto sobre el lugar donde se encontraba Eliseo Velásquez: cerca a Corozal, en los montes del río Casanare. El mismo muchacho se comprometió a viajar conmigo en avión hasta allá. El Pote debía tomar otro camino, para viajar separadamente a su misión.

En el aeropuerto me sorprendió la llegada de un capitán de caballería con un piquete de tropas. Era amigo mío y lo abordé. Venía a reclutar gente para el servicio militar. Nos despedimos y a los pocos momentos me vi volando sobre la llanura averanada de Enero, rumbo a Corozal. Observé las regiones montañosas, la magnitud de los montes sobre los cauces de los ríos y todas las cosas que pudieran ser interesantes para un guerrillero. ¡Yo sería un guerrillero! Y estaba convencido de que esta clase de lucha era la más conveniente para el Llano. A fuerzas regulares había que hostigarlas con pequeñas guerrillas, aunque esta opinión parecía descabellada a muchos estrategas de la revolución.

Pasamos sobre el río Pauto que se arrastra en gigantescos ochos, cruzando una llanura densamente boscosa hasta el Meta, al que caen paralelamente todos los ríos de esta región. El Pauto es rico en habitantes, ganaderías y cultivos. Como los vuelos del Llano van de sitio en sitio, tocamos en Trinidad, pueblo de ferias de caballos, de fiestas, toros y juego de dados. Las grandes peonadas compuestas por vaqueros de los hatos de Guanapalo, Pauto y Guachiría iban todos los años a consignar sus jornales en las cantinas de Trinidad, a apostar a las espuelas de los gallos y las muelas de Santa Polonia. Ramón Pérez y los Oropezas se bebieron 40.000 cabezas de Matepalma, Pipo Reyes por poco liquida el hato del Tigre, y así, durante mucho tiempo, algunos locos, no muy contados, han sabido arruinar a sus familias cantando la copla llanera. El llanero trabaja a caballo y gusta de gastarla toda, reír, beber, cantar y bailar, y volver a trabajar, como un culto a la vida libre y ligera.

El avión Douglas de la Avianca silencia sus ronquidos y se planta frente a una caseta. La gente sale a curiosear. Hay soldados del ejército sin cascos, campechanos y a la bartola. Tienen por comandante a un teniente condiscípulo mío que me saluda alegremente, bosteza y me dice que está harto, esperando que pronto se lo lleven de allí. Dos o tres prostitutas del interior, pintorrejeadas y sudorosas, observan a los hombres.

Del vientre del aparato salen unos bultos y entran unos pasajeros. Mi acompañante, con quien fingimos que yo voy a Corozal en busca de los Delgados para un negocio ganadero, se acerca y me dice:

—Aquel de sombrero alón, alto y fornido, es Januario Rodríguez, comandante revolucionario.

Lo saludo significativamente mientras pregunto por lo bajo a mi baquiano cómo, siendo revolucionario, se hallaba así mano a mano con el ejército. Ilusiones, ilusiones…

Nuevo aterrizaje en Moreno, la tierra de los tísicos, según fama. Se me anunció que debía esperar hasta el día siguiente para llegar a Corozal, pues el avión por alguna circunstancia no debía tocar entonces allí. Me aproximé con mi baquiano a la caseta clásica de todos los campos aéreos de la llanura, que son oficina, bodega, cantina y caballeriza. El sol reverberante y un ligero mareo me hicieron sentar sobre un bulto de café. Había soldados con fusiles deslumbrantes. Sudaban. En otra parte una mujer cocinaba en una olla negra.

—El pueblo queda allá lejos, en aquella meseta —me dijo la mujer. Pedí agua que me fue servida en un pequeño vaso, por tres veces. Quería más, pero la mujer, recelosa, murmuró:

—Van treinta. —¿Treinta qué? —Treinta centavos...

—Entonces, compléteme los cincuenta.

Zumbó un avión pequeño y aterrizó. Saltaron dos militares; uno erguido, de paso duro, como en marcha, casco y traje de soldado. Tomaba el oficio en serio, como un sargento recién ascendido. El otro, el piloto, se acercó rengueando. Pensé que estaba herido.

Tronó otro aparato, un Douglas, que desembuchó un grupo de oficiales, los cuales se acercaron rápido a la caseta. Uno me conocía, porque también éramos con-discípulos y charlamos:

—¿Qué haces aquí, Franco?

—Hola, mi viejo Calderón… Haciendo negocios de novillos.

Me presentó a todo el grupo: Ovalle, Pedroza, Matallana... El sargentón era el teniente Matallana, que se puso a acosarme a preguntas con Pedroza. Buscaban a las claras mi identidad. Sospechaban. Por fortuna intervino mi amigo Calderón, que dijo en son de mofa:

—Dejen el delirio de persecución… Yo conozco a Eduardo.

Los otros me miraban de reojo. Yo sabía que recientemente la revolución había detenido la ganadería en aquellos sectores de Ariporo y Casanare, y, como el más inocente, les pregunté:

—¿No es peligroso ganadear por aquí?

—¿Por qué? —repuso Matallana.

—Porque, según dicen en Sogamoso, dizque hay gentes alzadas por estos lados.

—No hay peligro —terció Pedroza— hace pocos días los dispersamos con dos o tres bombas.

Y señaló el pequeño avión AT-6.

—Son unos pobres majaderos sin cuidado —prosiguió— Casi sabemos de antemano cuanto van a hacer. Si usted quiere, le podemos dar una escolta para su ganado.

Crucé casual y fugazmente una mirada con un oficial joven, alto y delgado, que se encontraba a espaldas de Pedroza. Me guiñó un ojo. ¿Qué me quería decir? Me quedé viendo un chispero. Le hice luego un masaje al de la pierna magullada. Según dijo, había sufrido un golpe jugando fútbol en la base aérea de Apiay. Con esta noticia quedé enterado de que lo del capitán Silva, en Villavicencio, estaba liquidado hacía tiempo.

Por donde vino se volvió a ir esa gente, y yo me quedé a solas con mi baquiano, buscando cómo pasar la noche. Subimos al pueblo, un sitio abandonado y medio en cenizas. Unas viejas cruzaban por la plaza enmalezada como almas en pena. Paredes amarillas y carcomidas, columnas raquíticas de ladrillos que se dolían del olvido humano. Quizás floreció este pueblo, como muchos otros, en los tiempos de los españoles. Así lo decían las viejas paredes, la vetusta iglesia misional y los lienzos de tapia pisada. Ahora eso era un escombro.

La vida se derramó por la llanura, la tierra serrana se cansó y el comercio se retiró de aquellas rutas escarpadas de Támara y de Socha, por donde un día cruzó Bolívar con los llaneros de Colombia y de Venezuela. Lo poco que quedaba había sido arrasado por los chulavitas en meses anteriores. Las gentes del arruinado pueblito hicieron el campo de aterrizaje a culatazo limpio y murieron de sol, de sed y de hambre.

Pero los hombres del Llano, que habían aprendido a leer en la escuela pública de Moreno, fueron y liquidaron a los policías que los humillaban y despojaban como en Chámeza y en todo el país. De allí procedió el arrasamiento que se extiende por toda la ruta de Ten, Manare, La Aguada y Moreno y todo el vecindario.

Los chulavitas de Támara irrumpieron segando vidas, incendiando conucos, arreando bestias y vacas. Por eso estaba medio quemado el viejo pueblo de Moreno, y las casas que se salvaron del fuego, abandonadas. Las huellas de Ospina Pérez no dejaron de chafar ningún rincón de la tierra colombiana.

CAPITULO III

—¿En dónde nos quedaremos esta noche? —pregunté al baquiano.

—En la casa cural, que es la más segura.

Una mujer vieja y flaca nos alojó en la pieza del señor cura, el que hacía mucho tiempo que no aparecía por allí. La pobre anciana, entre refunfuño y refunfuño, nos acomoda y nos sirve chocolate y huevos fritos. Seguramente, la guarnición del ejército que está allí acantonada, con cuarenta hombres, la aprovisiona. Se queja de la soledad del lugar y de cómo se está cayendo la iglesia.

—Si el señor cura no viene, esto se acaba.

Antes de recogernos salimos por las calles empedradas. Una medialuna amarillenta brillaba en el cielo. Después de andar varias cuadras vimos una puerta abierta, iluminada con un cabo de vela. Era una tienducha desocupada con alto mostrador de tapia. Un viejo huesudo y ahumado, que estaba sentado como una momia sobre un cajón vacío, nos sonríe desde adentro.

—¿Qué hace usted aquí?

—Vender…

—¿Vender qué?

—Aguardiente. Vale diez pesos la botella. ¿Compra?

—Sí.

Y sacó una botella con la marca de las rentas de Boyacá. Era tarde. El viejo bebía en un vaso y nosotros a pico de botella. Entonces le dije:

—Cuénteme cosas.

En eso acertó a pasar un hombre relativamente joven, a quien el viejo invitó a seguir. Era uno de los que estaban callados, en el campo de aterrizaje esa tarde. Tenía interés en despachar un cargamento de café al día siguiente y largarse para Arauca. ¿Sería de la revolución?

—No. Yo no me meto en vainas...

El viejo, animado por los aguardientes que llevaba entre pecho y espalda, empezó a charlar con voz cansada y ronca:

—Los muchachos de ahora no aguantan Yo era de los de mi general Uribe. Entonces sí se peleaba a machete limpio todos los días, con un solo golpecito al día, si se topaba qué comer, y eche pa´lante, porque los godos

no vagaban. Ahora se asustan porque miran un rancho ardido y quieren mucho el carapacho. ¡La guerra quiere sangre, amiguitos, y las mujeres paren en el camino!

—Viejo vagabundo —le dijo el hombre del café—, preste otra botella.

El viejo estiró el brazo huesudo por detrás de la tarima, sacó el litro y dijo:

—Son diez pesos: no lo olviden, cachifos.

Le dimos cuerda al viejo, que siguió hablando, recordando aventuras y ensartando mentiras. Me dijo sentenciosamente.

—El burro tira para donde le conviene...

Toqué entonces el tema de la revolución frente a la violencia chulavita, trayendo a cuento- cuanto yo sabía de atropellos y de crímenes.

—Si el Llano no se defiende, será arrasado.

—¿Y para qué carajo se pelea —interrumpió enérgicamente el hombre del café—, si lo dejan a uno metido, como le pasó a Mariano? —¿Quién es Mariano?

—¡Mariano Luna, señor! Que se hizo matar aquí abajo, en Bebederos, como un pendejo, y no pasó nada. ¡Un hombre como Mariano Luna, bien bragao y bueno pa lante! No es que uno sea cobarde, como dice este viejo. Antes que todo esto se acabara, cuando llegaron los chulavitas y empezaron las vainas, que fueron muchas y muy seguidas, los muchachos se levantaron y se arrochelaron en Caño Chiquito, para recibir instrucción militar. Una punta de esos mozos, vecinos de aquí, atendiendo las quejas de las gentes de Moreno y de La Aguada, se les puso al corte a los fusiles chulavitas, que ya se estaban haciendo baquianos para las fundaciones de abajo. Mariano era el comandante como de cincuenta hombres, armados con las escopetas y revólveres que hay por aquí. Sólo el Mariano cargaba fusil y buen parque.

Bueno, la cosa era que habían salido unos treinta policías de aquí pa bajo, tirando como pal Canuare, pero no se sabía fijo, aunque las huellas ya se las habían topao. Parecía que la plaga esa andaba mañosa… Tres días pa arriba y pa abajo los pobres muchachos, y no topaban nada. Hasta que una mañana por poco los cogen dormidos en Bebederos, al lado abajito del Paso Real.

El centinela que había puesto Mariano en todo el paso del río Moise, una vez seguro de que los chulavitas venían por la pica del otro lado del

río, los miró cayendo a la playa y corrió a la casa en donde dormían todos, y mientras avisaban y se despertaban y hacían consejo y tomaban alguna determinación, salió a la sabana limpia, por detrás de una mata, la primera patrulla de chulavitas, camino adelante, sin llegar a la casa, que estaba a unos quinientos metros.

Era curioso: tres días los llaneros bregando detrás de la presa, y en el momento de atacar vacilan. No llevan plan. Es la inexperiencia. Lo único que los conduce es la rabia. Tendremos que hacer una larga y dura escuela.

—Por fin Mariano Luna, impaciente y de vergüenza, dijo: a lo que venimos, vamos, manada de flojos. ¿Quién se quiere hacer matar conmigo? Tomó el fusil y saltó la empalizada. Le siguieron corriendo cuatro mozos, porque el hombre se deslizaba rápido como un tigre, con ojos y oídos bien avispados. Ya empezaba a clarear. Se detuvo un momento, escuchando.

Se le reunieron los cuatro muchachos. Frente a la pica encontraron el rastro fresquito, ya por la sabana afuera. ¡Estas juellas van pa mi casa! ¡Allá están mi mujer y mi hijo! Y corrió detrás

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Lo que piensa la gente sobre Las guerrillas del Llano

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