Disfruta de millones de libros electrónicos, audiolibros, revistas y más con una prueba gratuita

A solo $11.99/mes después de la prueba. Puedes cancelar cuando quieras.

El mercader de Venecia
El mercader de Venecia
El mercader de Venecia
Libro electrónico135 páginas2 horas

El mercader de Venecia

Calificación: 4 de 5 estrellas

4/5

()

Información de este libro electrónico

Escrita entre los años 1596 y 1598, "El mercader de Venecia" es una de las más famosas y mejores obras de William Shakespeare.

Basanio, noble veneciano que ha malgastado su caudal, está muy enamorado de Porcia, pero que necesita dinero para impresionar a su familia y conseguir que le concedan el permiso para el compromiso. Basanio tiene que recurrir a su amigo Antonio, un rico mercader de Venecia, pero tampoco dispone del dinero que requiere Basanio. Por eso, Antonio decide pedir prestado el dinero a un usurero judío Shylock, y para el pago de dicha deuda ofrece como garantía una libra de su carne más cercana al corazón...

William Shakespeare nos introduce con "El mercader de Venecia" en aspectos históricos, culturales y sociales de la Inglaterra de la época: la discriminación racial hacia los judíos, la sospechosa legalidad de algunas acciones humanas, la venganza y el perdón, la represión religiosa, la diferencia entre las clases sociales. Los dos motivos principales del argumento, el del préstamo hecho por un judío a un cristiano por una libra de carne, y el de una elección entre objetos de aparentemente distinto valor, son antiguos y recurrentes.
IdiomaEspañol
EditorialE-BOOKARAMA
Fecha de lanzamiento5 sept 2022
ISBN9788827582619
Leer la vista previa
Autor

William Shakespeare

William Shakespeare was an English poet, playwright, and actor. He is widely regarded as the greatest dramatist in the English language. Shakespeare is often called England’s national poet and the “Bard of Avon.”  

Relacionado con El mercader de Venecia

Libros relacionados

Artículos relacionados

Comentarios para El mercader de Venecia

Calificación: 4 de 5 estrellas
4/5

8 clasificaciones0 comentarios

¿Qué te pareció?

Toca para calificar

    Vista previa del libro

    El mercader de Venecia - William Shakespeare

    William Shakespeare

    El mercader de Venecia

    Tabla de contenidos

    EL MERCADER DE VENECIA

    Dramatis personae

    ACTO PRIMERO

    Escena I

    Escena II

    Escena III

    ACTO SEGUNDO

    Escena I

    Escena II

    Escena III

    Escena IV

    Escena V

    Escena VI

    Escena VII

    Escena VIII

    Escena IX

    ACTO TERCERO

    Escena I

    Escena II

    Escena III

    Escena IV

    Escena V

    ACTO CUARTO

    Escena I

    Escena II

    ACTO QUINTO

    Escena I

    EL MERCADER DE VENECIA

    William Shakespeare

    Dramatis personae

    A NTONIO, mercader de Venecia

    B ASANIO, amigo suyo y pretendiente de Porcia

    L EONARDO, criado de Basanio

    G RACIANO, amigo de Antonio y Basanio

    S ALERIO, amigo de Antonio y Basanio

    S OLANIO, amigo de Antonio y Basanio

    L ORENZO, amigo de Antonio y Basanio

    S HYLOCK, judío

    Y ÉSICA, su hija

    T ÚBAL, judío

    L ANZAROTE Gobo, gracioso

    El viejo G OBO, padre de Lanzarote

    P ORCIA, dama de Bélmont

    N ERISA, su dama de compañía

    B ALTASAR, criado de Porcia

    E STEBAN, criado de Porcia

    E L P RÍNCIPE DE M ARRUECOS, pretendiente de Porcia

    E L P RÍNCIPE DE A RAGÓN, pretendiente de Porcia

    E L D UX de Venecia

    Senadores de Venecia, funcionarios del Tribunal, carcelero, criados y acompañamiento

    ACTO PRIMERO

    Escena I

    Entran A NTONIO, S ALERIO y S OLANIO.

    A NTONIO

    La verdad, no sé por qué estoy tan triste.

    Me cansa esta tristeza, os cansa a vosotros;

    pero cómo me ha dado o venido,

    en qué consiste, de dónde salió,

    lo ignoro.

    Y tan torpe me vuelve este desánimo

    que me cuesta trabajo conocerme.

    S ALERIO

    El océano te agita el pensamiento:

    allá tus galeones de espléndido velamen,

    cual señores y ricos ciudadanos de las aguas,

    o bien como carrozas de la mar,

    descuellan sobre el pobre barquichuelo

    que se inclina, les hace reverencia,

    cuando pasan volando con sus alas de tela.

    S OLANIO

    Créeme: teniendo tal comercio por los mares,

    allá estarían mis sentidos, navegando

    con todos mis afanes. Estaría arrancando hierba

    para conocer los vientos, buscando

    en los mapas puertos, bahías y radas.

    Y, temiendo lo que hiciera peligrar

    mis mercancías, por fuerza estaría triste.

    S ALERIO

    El soplo con que enfrío la sopa

    me haría tiritar si pensara en el daño

    que causa una galerna en alta mar.

    Viendo caer la arena del reloj

    pensaría en bancos y bajíos, y vería

    embarrancado a mi rico San Andrés,

    inclinando su mástil bajo el casco

    por besar su tumba. Y al ir a la iglesia

    y ver el sagrado edificio de piedra,

    ¿cómo no pensar en rocas peligrosas,

    que, con tocar de costado mi noble bajel,

    dispersarían las especias por las aguas

    vistiendo la mar brava con mis sedas,

    y, en suma, de tanto tener

    no tendría nada? ¿Cómo puedo

    pensar en todo esto sin pensar

    que estaría triste si ocurriera?

    Vamos, vamos: sé que Antonio está triste

    pensando en sus mercancías.

    A NTONIO

    No, de veras. En esto soy afortunado.

    No he fiado mi comercio a un solo barco

    ni a un mismo lugar; ni he dejado

    mi hacienda a los azares de este año.

    Así que las mercancías no me inquietan.

    S OLANIO

    Entonces estás enamorado.

    A NTONIO

    ¡Quita, hombre!

    S OLANIO

    Enamorado tampoco… Entonces estás triste

    porque no estás alegre. Podías estar

    saltando y brincando, y decir que estás alegre

    porque no estás triste. ¡Por Jano bifronte!

    La naturaleza produce tipos raros:

    hay unos que, con ojos entornados,

    se ríen como loros al oír la gaita,

    y otros con cara de vinagre, incapaces

    de esbozar una sonrisa, aunque Néstor

    nos jure que la broma era graciosa.

    Entran B ASANIO, L ORENZO y G RACIANO.

    Aquí llega Basanio, tu nobilísimo pariente,

    con Graciano y Lorenzo. Adiós.

    Te dejamos en mejor compañía.

    S ALERIO

    Hubiera seguido hasta alegrarte,

    mas se me han adelantado amigos mejores.

    A NTONIO

    Tú eres buen amigo para mí.

    Mas veo que tus asuntos te reclaman

    y aprovechas la ocasión para marcharte.

    S ALERIO

    Buenos días, señores.

    B ASANIO

    Caballeros, ¿cuándo reiremos? ¿Eh?

    Os veo muy distantes. ¿Cómo es eso?

    S ALERIO

    Concertaremos nuestros ocios con los tuyos.

    Salen S ALERIO y S OLANIO.

    L ORENZO

    Signor Basanio, puesto que has hallado

    a Antonio te dejamos, mas recuerda

    que nos vemos a la hora de la cena.

    B ASANIO

    No faltaré.

    G RACIANO

    Signor Antonio, no tienes buena cara.

    Te tomas el mundo muy en serio,

    y lo pierde quien tan caro lo compra.

    Te digo que te veo muy cambiado.

    A NTONIO

    Graciano, el mundo para mí no es más que eso:

    un teatro donde todos tenemos un papel,

    y el mío es triste.

    G RACIANO

    Déjame ser el bufón. Que vengan las arrugas

    con risas y alegría, y que el hígado

    me arda con el vino antes que helarme

    el corazón con quejidos que matan.

    ¿Por qué ha de estar quien siente hervir la sangre

    igual que su abuelo tallado en alabastro,

    dormir estando en vela y pillar la ictericia

    de puro mal humor? Atiéndeme, Antonio,

    que te aprecio, y es mi afecto el que te habla:

    hay hombres cuya cara se espesa

    y recubre como el agua estancada,

    y que guardan un silencio incorregible

    con el fin de revestirse de una fama

    de prudencia, gravedad y hondo pensamiento,

    cual si fueran a decir: «Soy Don Oráculo,

    y no se oiga una mosca cuando hable».

    Querido Antonio, sé que a algunos de ellos

    los reputan de sabios porque callan,

    y seguro que si hablaran, se atraerían

    los insultos de sus semejantes, que por ello

    irían al fuego eterno. Seguiré en otra ocasión.

    No quieras pescar el pececillo de la fama

    con un cebo melancólico.— Vamos, Lorenzo.—

    Queda con Dios. Después de cenar

    acabaré el sermón.

    L ORENZO

    Os veremos a la hora de la cena.—

    Yo debo de ser uno de esos sabios mudos,

    que Graciano no me deja hablar.

    G RACIANO

    Pues como sigas conmigo otros dos años

    no conocerás el sonido de tu voz.

    ¿Disfrutas la vista previa?
    Página 1 de 1