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En la más alta torre

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En la más alta torre

valoraciones:
4/5 (1 clasificación)
Longitud:
255 páginas
5 horas
Publicado:
Mar 15, 2018
ISBN:
9788491708629
Formato:
Libro

Descripción

El rencor y las ansias de venganza se desvanecen con la fuerza del amor.
Manuel Ángel Segarra ha nacido en un barrio obrero, ha pasado por la cárcel y ha sido capaz de construir un imperio empresarial que dirige desde la Torre Espacio, una de las cuatro torres del Parque Empresarial creado en el Barrio de La Paz en Madrid. Sin embargo, no olvida a los que le pusieron la zancadilla en sus comienzos. Cuando descubre que Marta Sánchez de Prada, una de las culpables de que él acabara entre rejas, es empleada en su compañía, decide que ha llegado el momento de hacer justicia.
Marta Sánchez de Prada ha entrado a trabajar en la multinacional Segarrax falseando su curriculum. Cuando Mángel Segarra, el dueño de la empresa, le proponga que finja ser su novia para evitar el despido, aceptará sin saber que el mayor objetivo del empresario es vengarse de ella por un hecho del pasado.
Publicado:
Mar 15, 2018
ISBN:
9788491708629
Formato:
Libro

Sobre el autor


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En la más alta torre - Marisa Ayesta

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2018 María Luisa Ayesta Fernández-Pacheco

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

En la más alta torre, n.º 188 - marzo 2018

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com y Fotolia.

I.S.B.N.: 978-84-9170-862-9

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Dedicatoria

Prólogo

Primera parte

Capítulo uno

Capítulo dos

Capítulo tres

Capítulo cuatro

Capítulo cinco

Capítulo seis

Capítulo siete

Capítulo ocho

Capítulo nueve

Capítulo diez

Segunda parte

Capítulo once

Capítulo doce

Capítulo trece

Capítulo catorce

Capítulo quince

Capítulo dieciséis

Capítulo diecisiete

Capítulo dieciocho

Capítulo diecinueve

Capítulo veinte

Epílogo

Agradecimientos

Si te ha gustado este libro…

A Zulima,

mi prima y hermana, porque siempre estás ahí;

y a su marido, Luis, por quien tantos veranos

he metido un camisón bonito para El Velo

y una cerveza en la nevera de Ruidera.

Prólogo

–En este mundo hay mucho que se puede hacer rompiendo las reglas, chico. Déjame que te lo explique. Tú me ves ahora aquí, pero no tengo nada que ver con el resto de los presos y ¿sabes por qué? Porque yo sé algo que ellos no saben y es por qué estoy aquí. Yo he dejado que me encerraran porque ya sabía de antemano que podía pasar y aun sabiéndolo, seguí haciendo lo que debía para conseguir llenarme los bolsillos y ¿sabes por qué? Porque cuando salga de aquí voy a seguir teniendo los bolsillos llenos y eso, al final, es lo único que importa. El dinero. ¿Que dicen que la felicidad no se compra con dinero? Eso son fanfarronadas de gente que siempre lo ha tenido. ¡Y encima de tenerlo no saben ser felices!

»Vístete un buen traje, cómprate un buen coche e invítales a un buen whisky en una lujosa casa y se olvidarán de que has estado en Soto del Real. Y si todo lo acompañas con unas cuantas mujeres de buena sociedad, los tendrás en el bote.

»Mi mujer es de muy buena familia. De esas de arraigo. Con título nobiliario y todo. ¿Sabes por qué acabamos juntos? Porque les engañé a todos. Te pones a hablar como ellos, como si tuvieras una patata en la boca, nunca dices nada inoportuno a ninguno, sino al contrario, los haces sentir bien, les ríes las gracias, y se olvidan de que no eres como ellos. Les enseñas los fajos de billetes –discretamente, eso sí, que de dinero no se habla expresamente–, y son tuyos, ellos y sus mujeres. Y una vez que tienes a la mujer correcta al lado: cenas, actos sociales… incluso al rey he tenido yo comiendo en mi mano.

»Y no, no me mires así. Cuando salga otra vez, los volveré a tener doblegados ante mí. Un par de gracias, un par de cenas con caviar y todos habremos olvidado que todos los fajos de billetes que he hecho han sido robando a los demás, incluso a ellos.

»En esta vida, hijo mío, ganarse a la gente es bastante fácil si no eres imbécil. Lo difícil es hacer mucho dinero. Pero para eso, te voy a enseñar yo. Y cuando vuelvas a estar fuera y llegues a lo más alto, te acordarás de mí y sabrás que estás ahí arriba, codeándote con políticos y bancarios gracias a mí. No te olvides, hijo. Te voy a dar la receta que muy pocos saben sobre cómo plantar un árbol que dé frutos de dinero.

»Hay más gente que se ha dado cuenta, pero no todos tienen las agallas de llevarlo a cabo. No todos lo desean tanto como tú y como yo, chico. A ti, como a mí, se nos nota en la mirada. Tú lo conseguirás. Porque esta vida, contrariamente a lo que la gente piensa, es muy justa y te da aquello que de verdad, de verdad quieres. Y, si no te lo ha dado, es porque no lo querías demasiado.

»Cuando salgas de esta cárcel, se van a cumplir todos tus sueños de grandeza. Escúchame. Y ya me dirás si te han servido de algo o no mis consejos. Pronto nos veremos tú y yo las caras en algún restaurante caro y no hará falta ni que me des las gracias. He visto en ti que eres como yo, como un hijo mío, un alma gemela.

»Escúchame. Presta atención.

Primera parte

Mantén cerca a tus amigos, pero aún más cerca a tus enemigos.

Sun Tzu, 500 a. C.

Capítulo uno

En el barrio de La Paz de la capital de España, las cuatro torres se alzaban con su majestuosa mezcla de acero y cristal, impertérritas ante el voluminoso tráfico madrileño de las ocho y media de la mañana e indiferentes a la velocidad de pensamientos que bullían en la siempre activa mente del dueño de uno de ellas, Manuel Ángel Segarra, quien en esos momentos entraba en la Torre Espacio desde el Paseo de la Castellana como pasajero de un sedán de color azul oscuro. El presidente y creador de Segarrax, la primera empresa española en el ranking de facturación, con más de ochenta millones de euros en ingresos y una plantilla de más de doscientos cincuenta mil trabajadores directos en todo el mundo, sin apenas saborear el café en sus manos y ajeno a la comodidad y al lujo de los asientos de piel posteriores del Mercedes que conducía un chófer, echaba una rápida ojeada a los movimientos de la bolsa en su iPad y bendecía, como ningún otro español podía hacerlo, la crisis económica de la que no se terminaba de salir, que le facilitaba de tal modo su trabajo y el éxito de su día a día. Se dijo con mezquino buen humor, sin apenas notar el ardiente y fuerte líquido pasar por su boca, que cuando uno hace dinero a base de quiebras de otras empresas, no hay nada mejor que la famosa desaceleración.

Despreciando la entrada al parking comunitario del rascacielos, el conductor se desvió con destreza hacia un lateral que le condujo a la plaza de aparcamiento privado para el presidente, justo frente al ascensor de cristal que sube diariamente a Manuel Ángel Segarra a la última planta, la cincuenta y seis, donde se encuentran su despacho y sus dependencias privadas.

Segarra caminó por su propiedad con seguridad y aplomo, emanando confianza en sí mismo. El espejo del elevador, que asciende por la fachada dinámica, le ofreció una vertiginosa visión de la céntrica parte de la ciudad mientras mostraba su reflejo de cuerpo entero. Con espíritu crítico evaluó Manuel Ángel su rostro. Aunque había procurado alejarse lo máximo posible de la imagen paterna evitando la raya en medio y cortándose meticulosamente el pelo siempre al estilo militar, no podía eludir reconocer en sus ojos los de su progenitor, así como en los rasgos duros y afilados de la nariz y la irónica mueca en los labios. ¿Dejaría alguna vez de verse en él?, se preguntó una vez más, tal y como llevaba haciendo desde adolescente.

En escasos segundos, las puertas se abrieron ante un enorme vestíbulo de brillantes suelos de mármol blanco, alfombras persas y plantas de interior que recibían de lleno la luz y el cielo resplandeciente del espacio abierto que producían las paredes de cristal. Estas, gracias a los modernos avances, permitían el paso máximo de la luz sin que llegara a molestar ni siquiera en las horas y días más calurosos del año debido a una filtración radial que realizaba el material con que estaban hechas.

Inmune y acostumbrado al despliegue de elegancia y lujo que se brindaba ante él, Segarra se dirigió con paso firme hasta su despacho, un espacio de más de cincuenta metros cuadrados dividido en dos ambientes: el de su mesa escritorio y el de una sala de estar. En dos habitaciones contiguas había un pequeño apartamento con cocina americana y dormitorio por si Manuel Ángel decidía pasar la noche en la oficina y una sala de juntas a la que también se entraba desde el vestíbulo.

Mecánicamente, se deshizo de la elegante chaqueta de su traje hecho a medida por un prestigioso modisto inglés, pulsó el comunicador con su secretaria mientras ocupaba la silla giratoria de piel marrón frente a su mesa.

–Ya estoy aquí –anunció, y cortó la comunicación sin reparos y sin terminar de escuchar el cortés saludo de su empleada.

Tal y como esperaba, el informe de Sarprise se hallaba preparado ante él. Con la emoción de la caza que siempre le despertaban las nuevas adquisiciones, se dispuso a leerlo y a desentrañar los puntos débiles de su inminente presa. No solo la experiencia, sino un innato don que había desarrollado desde niño para los números, el trapicheo y los negocios, aparte de un profundo conocimiento del mundo financiero y bursátil actual, le permitieron trazar rápidamente el plan a seguir.

Después de dos horas interrumpidas por alguna que otra llamada y sabiendo que tenía una cita a media mañana, se cambió en el dormitorio, con ropa deportiva, y se encaminó al gimnasio.

Había diseñado el interior del edificio, junto con los arquitectos y los decoradores de interiores, un asesor personal y sus directores de recursos humanos, basándose en una idea muy americana y plagiando la estructura empresarial de Google. Así, había conseguido integrar en el espacio físico del trabajo, otros ambientes, tales como gimnasio, guardería, restaurante, jardines, sala de ideas, capilla, biblioteca, sala de exposiciones, supermercado… y él era el primero en aprovechar esas facilidades.

De nuevo por el ascensor particular, se dirigió a una de las primeras plantas donde además del gimnasio había dos pistas de pádel, una de tenis, una sala de entrenamiento, un ring de boxeo y una plantilla más o menos modesta de entrenadores y preparadores. Pocas veces Segarra hacía deporte con sus empleados. Al igual que para todo lo demás, también allí tenía sus propias dependencias, a las que se sumaban una sauna y un jacuzzi.

Como una mula de carga, dio comienzo exhaustivo a ejercicios de pesas y su rutina de entrenamiento durante más de dos horas, como solía hacer a diario. Se dio una ducha rápida con agua fría y se dirigió, sin que nada denotase en su apostura que acababa de estar forzando sus músculos al máximo, de vuelta al trabajo. Fue una vez en el ascensor, al girarse para encarar la puerta que empezaba a cerrarse, cuando la vio. No importaron los casi quince años pasados. Ni por un momento dudó que era ella.

Vestía un traje chaqueta en color azul azafata y reía mientras escuchaba una conversación entre la mujer y el hombre que la acompañaban. En un gesto que desencadenó toda una fila de tiernos recuerdos en Manuel Ángel, la joven se recogió el pelo, castaño, detrás de la oreja. Las puertas se cerraron ante la mirada estupefacta del dueño de la torre. ¿Qué hacía ella aquí y cómo era posible que él no lo supiera?

Todavía en estado de shock, se sentó ante su escritorio. Descolgó el auricular de su teléfono y marcó una sola tecla.

–Marta Sánchez de Prada, ¿desde cuándo trabaja con nosotros?, ¿en qué puesto?, ¿quién la contrató?

Nuevamente, no esperó contestación. Dio por hecho que antes de una hora tendría la información y colgó.

Acudiendo a la fuerza de voluntad que le caracterizaba, procuró estudiar sus informes. No tardó ni diez minutos en darse cuenta de que no estaba leyendo lo que tenía delante. Con un resoplido, se llevó el dedo índice y el pulgar al puente de la nariz y, admitiendo su derrota, dejó caer la cabeza entre los brazos y, mientras se golpeaba la frente contra el tablero de la mesa, se mesó los cabellos con tanta desesperación que parecía desear arrancárselos.

Los números nunca se le habían dado bien, para qué engañarse. Siempre le habían tirado más las letras. Y ahora estaba allí, fingiendo que entendía qué era lo que tenía que hacer con todas esas columnas de cifras, por no hablar de que la pantalla de su ordenador mostraba la misma infernal columna en una de esas inentendibles, ilegibles y absurdas hojas de Excel que le daba pánico tocar por temor a alterar una sola coma de un sólo céntimo.

Se dijo que era tan buen momento como cualquier otro para confesar a su jefa la verdad. ¿No habían congeniado mucho en los últimos seis meses? ¿No le había dicho María Teresa, el mismo día que le había dado la buena noticia de que le renovaban el contrato, que le recordaba a su hija? ¿No se habían intercambiado regalos de Navidad y alguna que otra confidencia?

Infundiéndose de valor, Marta Sánchez de Prada, ignorante de la curiosidad que había despertado en la planta cincuenta y seis, carraspeó para aclararse la garganta y lanzó un furtivo vistazo en dirección a su superiora. En ese mismo momento, la vio atender el teléfono e inmediatamente mirar en su dirección.

Mierda, pensó Marta, y fingió seguir estudiando las cifras. El corazón se le aceleró a un ritmo loco. ¿La habían pillado? ¿Alguien le estaba diciendo a María Teresa que ella era una incompetente, o peor, una impostora?

No hubo tiempo de dejar seguir corriendo su imaginación con suposiciones. En el momento en que su jefa colgó, se levantó de su asiento y la llamó, dirigiéndose hacia ella.

Marta estaba acostumbrada a mirar a la gente levantando la barbilla, pues apenas llegaba al metro sesenta de estatura, pero sentada desde su silla, la imponente figura de María Teresa con su peinado de peluquería, su austera silueta vestida con sobrias prendas conservadoras y su mirada perspicaz le parecieron más intimidantes que nada antes.

–¿Ocurre algo? –preguntó temblorosa mientras trataba de levantarse de la silla dudando si las piernas la sostendrían.

–Cielo –la sonrisa de María Teresa tranquilizó de un plumazo los temores de la joven –, estoy muy orgullosa de ti. ¡Te han ascendido!

–¿A mí? –preguntó Marta sinceramente asombrada.

Como una madre orgullosa de su polluelo, su jefa le sonrió con una amplia y luminosa mirada de triunfo.

–Eran los de Recursos Humanos. Te han destinado a Presidencia, en la última planta –añadió como colofón. La mirada de susto de su pupila solo le provocó más risa, y tocándole tranquilizadoramente en el hombro, le explicó: –No creo que veas ni de lejos a alguien de la Junta Directiva, por no hablar del presidente, cielo. Será como esto. Trabajarás para una de sus secretarias.

–Pero estoy muy bien aquí contigo –consiguió balbucear torpemente Marta.

–Y oírtelo decir me llena de placer, pero tienes que pensar que todavía eres joven y tienes que aprovechar las posibilidades que te brinda la vida. Es una oportunidad para mejorar y para ascender en tu trayectoria profesional. Aunque no creo que te den un aumento de sueldo, sin duda tendrás más responsabilidad y aprenderás mucho más que aquí conmigo. –Y como si acabara de ocurrírsele, siguió–: Tengo algunas antiguas compañeras trabajando por allí arriba. Haré unas llamadas para hacer que te reciban bien.

–Muchas gracias. –Procuró hacer caso omiso de cómo su conciencia le gritaba que a mayor altura, más grande sería la caída. Se recordó que necesitaba el sueldo y que, como siempre había hecho a lo largo de su vida, se aferraría a las cosas buenas mientras estas le dejaran.

Fue un alivio comprobar que no se ocuparía de un solo número. Para eso estaba el Departamento de Contabilidad, le explicó Claudia de Juana, la coordinadora del secretariado de la Junta Directiva. Obedecería órdenes directas de esta mujer, aún más bajita que ella, pero con un aire de competencia y capacidad difícil de imitar. Su mesa, con un ordenador último modelo de pantalla plana, estaba situada en una enorme sala donde había siete mesas más.

Marta miró maravillada por los amplios ventanales el Madrid de afuera y apartó a un lado sus negros pensamientos sobre el 11 S y las posibilidades de que algo remotamente parecido pudiera pasar en ese edificio.

Sabía, porque así lo habían publicado los medios de comunicación, que cuando todavía estaba sin terminar de construirse esa torre, se había producido un aparatoso incendio en la parte de atrás de las plantas cuarenta y dos y cuarenta y tres y que, gracias al buen hacer de los arquitectos y constructores, el fuego no había conseguido dañar la estructura del edificio, ganándose con ello la admiración de los profesionales y del público en general.

Pero apartando los malos augurios de su cabeza, dedicó la mañana a ir poniéndose al día con su labor. Su procesador, en red con el de Claudia, mostraba la agenda diaria del señor presidente y todo un calendario de citas y reuniones a lo largo de los meses, así como sus vacaciones, idas y venidas, salidas, actos sociales en horario laboral, dietario profesional y personal, sus hábitos de desayuno (café solo bien cargado preparado en la cafetera exprés de su despacho), también un desayuno de reuniones, sus horas de gimnasio, sus horas de pádel, actos de empresas, reuniones con los trabajadores, cuaderno de metas y proyectos… y un largo etcétera que, para una mente despierta como la de Marta y habituada al trabajo duro y a la organización no suponía aparentemente ningún problema controlar. A lo largo de los dos primeros días, pensó que el trabajo le venía como anillo al dedo y en el transcurso de ellos, la sombra del señor presidente no fue más que el hombre invisible al otro lado del despacho continuo donde se encontraba su secretaria personal, con la que apenas coincidió.

Hasta que se le informó de que debía servir un tentempié en la sala de reuniones cercana ya la hora de salir.

Armada con una bandeja delicadamente preparada con los refrescos solicitados (que la propia Claudia le había facilitado y ayudado a disponer), así como una fuente llena de riquísimas tartaletas y canapés, dio un ligero golpe con los nudillos a la puerta de roble y entró sin esperar señal, tal y como le habían enseñado. No fue hasta el momento de depositar la bandeja en una mesita auxiliar a la izquierda del señor presidente que se dio cuenta de que este la miraba. Intrigada, levantó ella también sus ojos hacia él y sintió que el corazón se le salía por la boca. Estuvo a punto de volcar uno de los vasos por no poner atención ante el indiscreto temblor de las manos. Fue él quien la salvó, cogiéndolo con gesto ágil y casual y, tal y como hizo tantos años atrás, le guiñó un ojo, le sonrió y se dirigió hacia sus invitados hablando de porcentajes y gastos sobre los que Marta no entendió absolutamente nada.

Terminó de servir con su cerebro trabajando a toda velocidad. ¿Cómo no se había molestado nunca en saber quién era el dueño de Segarrax? Claro que, ¿qué le importaba a ella? Solo quería un trabajo, ¿por qué se iba a molestar en saber quién había creado la empresa? Y ¿cómo iba ella a imaginar que aquel chico de su infancia era uno de los empresarios más relevantes del panorama español? Siempre que pensaba en el señor presidente se imaginaba un sesentero casi setentero

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