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Cuando se encuentra el amor: Las flechas de cupido (1)

Cuando se encuentra el amor: Las flechas de cupido (1)

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Cuando se encuentra el amor: Las flechas de cupido (1)

valoraciones:
3/5 (1 clasificación)
Longitud:
161 páginas
3 horas
Publicado:
Mar 1, 2018
ISBN:
9788491707721
Formato:
Libro

Descripción

No todo el mundo va en busca de amor… pero, ¿y si el amor los anda buscando a ellos?

Bel Capriotti había decidido repentinamente casarse con Drew Wallace pero, según algunos rumores que circulaban por la ciudad, por culpa de su ex mujer, Drew no veía el matrimonio con demasiada ilusión. Aunque había otros rumores que afirmaban que había un bebé en camino.

Pero lo que todo el mundo se preguntaba era: ¿por qué de pronto Drew se había fijado en Bel, que llevaba toda la vida enamorada de él? ¿Habría conseguido Bel finalmente que Drew se enamorara de ella? ¿O estaba ocurriendo algo más...?

Publicado:
Mar 1, 2018
ISBN:
9788491707721
Formato:
Libro

Sobre el autor

Susan Meier spent most of her twenties thinking she was a job-hopper – until she began to write and realised everything that had come before was only research! One of eleven children, with twenty-four nieces and nephews and three kids of her own, Susan lives in Western Pennsylvania with her wonderful husband, Mike, her children, and two over-fed, well-cuddled cats, Sophie and Fluffy. You can visit Susan’s website at www.susanmeier.com


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Vista previa del libro

Cuando se encuentra el amor - Susan Meier

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2006 Linda Susan Meier

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Cuando se encuentra el amor, n.º 2113 - marzo 2018

Título original: Wishing and Hoping

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.:978-84-9170-772-1

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

Estoy embarazada.

Bel Capriotti se quedó en el porche de la casa de Drew Wallace, una granja al estilo colonial francés, cara a cara con el padre de su hijo. El cabello despeinado de Drew, moreno y brillante, sin el sombrero que solía cubrirlo, le daba un aspecto desarreglado y sexy, igual que la forma en que brillaban sus ojos oscuros. Pero así era él. Atractivo. Sexy. Y, entonces Bel lo supo, fuera de su alcance.

Los ruidos de los dos peones que se disponían a marcharse, pues ya había terminado la jornada, alertaron a Bel de su presencia y de que podían haber oído su conversación. Drew también se percató de ello, la tomó por el brazo para conducirla dentro de la casa y cerró la puerta de cristal tras ellos.

–Repítelo.

Bel alzó sus ojos para mirarlo a los ojos:

–Estoy embarazada.

–¡Oh, Dios! –fue todo lo que Drew dijo, antes de dejarse caer para sentarse en las escaleras. Su trasero golpeó la alfombra y sus botas chocaron contra el suelo de madera.

Bel no dijo nada, dándole tiempo a atar cabos y a recordar, como probablemente estaba haciendo, la noche en que se habían encontrado en una fiesta en Pittsburg, Pensilvania. Aquella vez, habían estado tan lejos de su hogar en Calhoun Corners, Virginia, que Drew se había sorprendido de encontrarse con alguien de su mismo pueblo. Siempre la había conocido como Isabella. Cuando su anfitrión se la había presentado como Bel, el sobrenombre que ella misma había escogido en sus años de carrera, y sin nombrar su apellido, no la había asociado con la vecinita gordinflona de cabello largo a quien no había visto desde que ella se había ido a la universidad hacía seis años.

Sin embargo, Bel había creído que la había reconocido, pues Drew no le había preguntado su apellido y se había puesto a coquetear con ella como si fuera el amor de su vida, algo con lo que ella había soñado durante sus años de instituto, en los que había estado perdidamente enamorada de Drew. Por eso, se había emocionado cuando él había aceptado la invitación de ir a su casa.

No fue hasta después de que hubieran hecho el amor que el malentendido había salido a la luz. Al descubrir que se trataba de Isabella Capriotti y no de una chica cualquiera que trabajaba en una agencia de publicidad en Pittsburg, Drew se había puesto furioso. Había pensado que ella debió darse cuenta de que no la había reconocido, aunque sólo fuera porque él nunca tendría una aventura de una noche con la hija del hombre que lo había ayudado a levantar su negocio de cría de caballos. Y, por si aquello fuera poco, de haberlo sabido tampoco se habría acostado con una mujer doce años menor que él.

Bel lo había observado en silencio, pensando que aquel hombre no entendía nada de amor. No tenía problemas en irse a la cama con una extraña, pero se había enfadado por hacerlo con ella, porque la conocía.

Bel tenía su orgullo. Drew había hecho el amor con ella creyendo que era otra persona. No podía, ni siquiera remotamente, fantasear con que el hombre de sus sueños la amaba. Además, la forma en que la había reprendido la había hecho sentir furiosa. Era una adulta. Tenía una casa y un trabajo. El banco le había considerado lo bastante responsable como para concederle una hipoteca. No había merecido que la tratara como a una niña pequeña.

Eso había sido exactamente lo que le había dicho antes de pedirle que se fuera. Tras verlo salir por la puerta aquella noche, había creído que nunca más volvería a encontrárselo.

Sabía que no le iba a gustar que estuviera embarazada y estaba allí para asegurarle que no tenía por qué hacerse cargo. Aunque fuera doce años más joven, era una mujer trabajadora de veinticinco años y ganaba el salario suficiente para ocuparse de un niño. Estaba preparada para ser mamá. Él era libre para elegir hasta qué punto quería o no involucrarse con el bebé.

–No te preocupes. Lo tengo todo controlado.

–¿Y yo qué? ¿No pinto nada?

–Por supuesto, quiero que te involucres en la vida de nuestro bebé pero no quiero presionarte. Puedes hacer lo que tú quieras.

Drew la miró boquiabierto:

–¿Ésa es tu idea de tenerlo todo bajo control? ¿Darme la opción de hacer lo que yo quiera?

–¡No! –exclamó Bel, molesta por cómo él había tergiversado sus palabras–. Tengo un trabajo y casa propia…

–No estoy hablando de dinero sino de cosas más personales. Un bebé debe llevar el apellido de su padre.

Las palabras de Drew le recordaron a los comentarios que solía hacer su padre cuando se enteraba de que alguna mujer iba a tener un niño sola. Bel pensó que, tal vez, ésa era la razón por la que las mujeres no salían con hombres mucho mayores que ellas.

–Por lo que a mí respecta, lo primero que debemos hacer es casarnos.

Bel sintió que su corazón le daba un brinco, al imaginar la posibilidad de casarse con el hombre del que había estado enamorada desde los catorce años. Pero sabía que no quería casarse con ella. Y no creía querer casarse con él tampoco. No, después de la forma en que Drew había reaccionado la noche que habían hecho el amor. No, gracias.

–No he venido a obligarte a que te cases conmigo. El bebé puede llevar tu apellido sin más. No importa si estamos casados o no…

–Tal vez a ti no te importa pero a mí sí y apuesto lo que quieras a que a tu padre también –le espetó Drew y, tras una pausa, exclamó–: ¡Maldita sea! Hay una razón para casarnos de más peso que darle mi apellido al bebé.

Bel lo miró intrigada:

–¿Y esa razón es…?

–La campaña de reelección de tu padre se vería afectada.

–¿De veras? –preguntó Bel, dudándolo. Su padre había sido alcalde de Calhoun Corners desde que ella tenía seis años. Nunca nadie había votado en su contra.

–Por primera vez en casi veinte años, tu padre tiene un oponente: Auggie Malloy. Su campaña entera está basada en que tu padre tuvo un ataque al corazón el año pasado. Todo el mundo sabe que toma píldoras para evitar el estrés y Auggie dice que está demasiado enfermo como para ser alcalde. Y Mark Fegan está de acuerdo –explicó Drew, refiriéndose al editor del diario de Calhoun Corners–. En sus editoriales, apoya a Auggie.

–¿Bromeas? Seguro que él es el culpable del estrés que hace que a mi padre le duela el pecho.

–Y que parezca demasiado débil como para ser alcalde. Aun así, las elecciones no son asunto nuestro. Nuestro problema es que tu padre ya sufre bastante estrés y sólo Dios sabe cómo reaccionaría cuando le dijéramos que te quedaste embarazada porque nos acostamos una noche y que no vamos a casarnos porque no nos conocemos.

Bel se sentó un escalón más abajo que él. No había pensado en contarle a su padre las circunstancias en las que se había quedado embarazada pero entendía lo que Drew decía. Con toda la presión que sufría su padre, la noticia podía enojarlo, empujarlo al límite y… prefería no pensarlo.

–¿Y si no se lo contamos hasta después de las elecciones?

–Faltan seis meses para eso. ¿No vas a aparecer por aquí ni una vez en seis meses? ¿Y crees que el estrés de las elecciones cederá cuando llegue el mismo día de votar? ¿O después? Por lo menos, la situación será aún más estresante y sería más probable que le diera un ataque al corazón. Es mejor decírselo cuanto antes.

Mientras Bel trataba de pensarlo, Drew se levantó para recorrer el recibidor, provocando un estruendo sobre el suelo de madera con cada pisada de sus botas. De pronto, se volvió para mirarla. Era un caluroso día de junio y llevaba sólo sus vaqueros y una camiseta ajustada a su pecho y anchas espaldas. Sus penetrantes ojos marrones parecían capaces de atravesarla con la mirada. Era tan atractivo que casi dolía mirarlo. Ella tragó saliva.

–No tiene por qué ser complicado. Si le decimos a tu padre que hemos estado saliendo en secreto y que estás embarazada, por lo que vamos a casarnos, todos lo creerán. Y no tenemos que casarnos de veras. Tú trabajas en Pittsburg. Yo vivo en Virginia. No tenemos ni siquiera que vernos más que unos cuantos fines de semana, para que la situación sea creíble. Podemos divorciarnos cuando nazca el niño y seguro que a todos les parecerá normal. Todos dirán que, al vivir separados, el matrimonio estaba abocado al fracaso desde el principio.

Lo que decía tenía sentido. Podían simular estar casados, sin tener que vivir juntos a causa de su trabajo. Además, el hecho de verse poco sería una buena explicación para su divorcio. Era la mejor manera de ocultar las malas noticias y dar a conocer la parte buena. Sus padres no tenían nietos. Una boda y un bebé en aquellos momentos podían tener un efecto calmante sobre ellos. Al menos, seguro que los haría felices.

–Bien. Nos casaremos.

–Bien.

El recibidor se quedó en silencio. Durante unos segundos, permanecieron mirándose el uno al otro. Bel se dio cuenta de que iba a casarse con el chico del que había estado enamorada desde la primera vez que lo vio, cuando tenía catorce años. Por desgracia, la boda no se parecería en nada a como ella la había soñado. Y, aún peor, Drew Wallace no tenía nada que ver con el príncipe azul de sus fantasías adolescentes. De hecho, era más bien lo opuesto al caballero dulce y sincero que ella había imaginado.

Drew se giró y alcanzó su sombrero de un perchero en la pared:

–Vamos a decírselo a tus padres.

–¿Ahora?

–Si no lo hacemos ahora, ambos flaquearemos. O trataremos de desdecirnos. Confía en mí. Cuando se trata de situaciones feas como ésta, sé muy bien cómo salir de ellas.

Un escalofrío de sospecha recorrió a Bel. No era tan ingenua como para pensar que un hombre tan atractivo y sexy como Drew había llegado a los treinta y seis años sin tener relaciones con otras mujeres. Quizá, muchas. Pero nunca lo había imaginado en la necesidad de «salir de una situación». Además, ni siquiera se había parado a pensar hasta entonces que él podía

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