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La Rusia contemporánea y el mundo: Entre la rusofobia y la rusofilia
La Rusia contemporánea y el mundo: Entre la rusofobia y la rusofilia
La Rusia contemporánea y el mundo: Entre la rusofobia y la rusofilia
Libro electrónico239 páginas4 horas

La Rusia contemporánea y el mundo: Entre la rusofobia y la rusofilia

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Muchas de las disputas que suscita el panorama internacional en la actualidad se vinculan con Rusia. Bastará con recordar al respecto las polémicas suscitadas por lo sucedido en Ucrania en 2014 o por lo que ocurre hoy en Siria. Este libro aporta una introducción a la Rusia contemporánea, y en particular a sus relaciones externas. Lo hace desde la voluntad de sopesar cuáles son los efectos de dos anteojos ideológicos y emocionales: la rusofobia y la rusofilia. Y desde la convicción de que, habiendo motivos sobrados para cuestionar lo que se revela en el panorama interno ruso, la política exterior del país sólo puede entenderse si se identifican, del lado occidental, agresivas políticas que escapan a la disección del grueso de nuestros medios de comunicación.
IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento29 ene 2018
ISBN9788490974056
La Rusia contemporánea y el mundo: Entre la rusofobia y la rusofilia
Autor

Carlos Taibo

Ha sido durante treinta años profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Entre sus libros se cuentan En defensa del decrecimiento (2009), El decrecimiento explicado con sencillez (2011), Colapso. Capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo (2016), Ante el colapso. Por la autogestión y el apoyo mutuo (2019) y Decrecimiento: una propuesta razonada (2021)

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    La Rusia contemporánea y el mundo - Carlos Taibo

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    Política, economía y sociedad en la Rusia independiente

    Desde el momento de su independencia, en 1991, Rusia ha tenido tres presidentes. Si entre 1991 y el último día de 1999 el país fue dirigido por Borís Yeltsin, entre 2000 y 2008, y de nuevo a partir de 2012, la presidencia recayó en la figura de Vladímir Putin. La etapa que separó 2008 y 2012 aupó a la dirección del Kremlin a Dmitri Medvédev. Aunque perviven las discusiones sobre eventuales diferencias entre Putin y Medvédev, lo común es que se afirme, con criterio, que en los hechos ha sido el primero quien ha encabezado Rusia desde 2000. O, por decirlo de otra manera, lo habitual es que se sostenga que en los años de presidencia efectiva de Putin el poder ejecutivo recayó, ostentosamente, sobre su figura, en tanto en los de presidencia de Medvédev benefició ante todo al primer ministro, entonces el propio Putin.

    Agregaré dos observaciones introductorias más. La primera subraya que en la Rusia posterior a 1991 nunca ha perdido unas elecciones el presidente, o el candidato a presidente, respaldado por el partido del poder. La segunda llama la atención sobre un hecho fácil de palpar: Putin, que se ha beneficiado de una inevitable comparación con Yeltsin —un político alcoholizado, enfermizo y carente de energía—, ha sabido manejar con inteligencia los resortes que le han permitido mantener, durante varios lustros, cotas altas de popularidad.

    La cuestión nacional

    Rusia es hoy, formalmente, un estado federal integrado por algo menos de un centenar de repúblicas, regiones y ciudades. Si un 78 por ciento de los habitantes de la federación son rusos, el país acoge acaso 8 millones de inmigrantes sobre un total de 143 millones de pobladores repartidos, por añadidura, en 128 nacionalidades diferentes. Hay en Rusia, por otra parte, unos 20 millones de musulmanes, en su mayoría concentrados en las llanuras de los ríos Volga y Ural, y en el Cáucaso septentrional. El es­­tado que vio la luz en 1991 es más ruso de lo que lo era la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), en la me­­dida en que es ruso un porcentaje más alto de los habitantes que el que se registraba en aquélla. La contrapartida es que muchos rusos —tal vez unos 25 millones— quedaron fuera de las fronteras de la Federación actual.

    Intentaré encarar una descripción de los datos principales que dan cuenta del tratamiento de la cuestión nacional en la Rusia contemporánea. El primero bien puede ser el que subraya que, luego de los flujos de carácter descentralizador que ganaron terreno en la URSS en los años de la perestroika gorbachoviana, la apuesta de los sucesivos presidentes rusos lo ha sido en provecho de políticas de franca recentralización. En el caso de Yeltsin asumieron formas varias. Una fue la designación de figuras personales hipercontroladoras que, encargadas de garantizar que las leyes de repúblicas y regiones se ajustasen puntillosamente a la legislación federal común, en los hechos se emplazaron por encima de los presidentes elegidos por la población. Otra de las manifestaciones del fenómeno recuerda que, al amparo de la Constitución que cobró vigor en diciembre de 1993, Yeltsin obvió las numerosas concesiones que había realizado con anterioridad a repúblicas y regiones para, de la mano del nuevo texto legal, propiciar una vez más flujos claramente recentralizadores. Importa remarcar, con todo, que en su esfuerzo Yeltsin no salió bien parado: fueron muchas las repúblicas y regiones que resistieron como gato panza arriba ante las imposiciones del Kremlin, con lo cual se abrió camino, en los hechos, una suerte de equilibrio homeostático que hizo que el panorama resultante no fuese tan delicado como el que se habría derivado de una aplicación puntillosa de las normas legales instituidas por el Kremlin.

    El equilibrio, bien que relativo, que acabo de mencionar no era, de cualquier modo, el producto de un acuerdo político entre las partes, sino la consecuencia de las capacidades materiales de unos y otros, de tal manera que estaba servida una conclusión: de cambiar esas capacidades, era sencillo que las tensiones se disparasen. Sobre el papel, el cambio en cuestión se verificó al amparo del acceso de Putin a la presidencia del país, en 2000. El nuevo presidente sacó adelante dos proyectos delicados. Si el primero atendió al propósito de cancelar el principio de elección popular de los responsables de repúblicas y regiones —una apuesta que obligaba a poner en duda que el sistema resultante siguiese siendo un estado federal—, el segundo abocó en la configuración de siete instancias que, por encima de unas y otras, debían recabar para sí el grueso de las atribuciones en materia de poder de decisión. Merced a estas instancias, se esperaba que las repúblicas y las regiones más disolutas perdieran capacidades y se vieran sometidas a una férula superior. Para que nada faltase, y en el primer momento, Putin colocó en cabeza de cinco de las siete instancias recién creadas a generales del ejército, circunstancia que no podía por menos que otorgar un claro marchamo militar-autoritario al proyecto correspondiente. Obligado parece concluir, sin embargo, que el nuevo presidente naufragó donde lo había hecho su antecesor: pese a la apariencia de fortaleza que ha acompañado de siempre a sus políticas, siguieron siendo muchas las repúblicas y las regiones que resistieron, y resisten, ante las imposiciones del centro federal. Ello ha sido así por mucho que sea cierto que, en los últimos años, la aplicación de numerosas medidas de recorte en el gasto social ha quedado a menudo en manos, intencionadamente, de las autoridades republicanas y regionales, y ha facilitado su descrédito. Muchos gobiernos de repúblicas y regiones se han visto afectados gravemente por los recortes presupuestarios, de tal manera que con frecuencia ha sucedido que las iras de la población han recaído sobre ellos, y no sobre el poder central en Moscú.

    Rescataré, aun así, una segunda dimensión importante del debate que me atrae: la del peso ingente que el nacionalismo de estado ruso tiene en la determinación de las posiciones de la mayoría abrumadora de las fuerzas políticas. Ello es así aun cuando sea cierto, en paralelo, que el término nacionalismo ruso oculta una enorme dis­­paridad de perspectivas en las que se mezclan eslavófilos y occidentalistas, estatalistas y gentes hostiles a la institución estado, partidarios de unas u otras lógicas imperiales y gentes recelosas de estas últimas, creyentes adscritos a la Iglesia ortodoxa autocéfala y personas por completo carentes de convicciones religiosas, y, en suma, nostálgicos de lo que significó la Unión Soviética y críticos empedernidos de lo que la URSS supuso. Esta diversidad de opciones se revela también en el ámbito de las percepciones relativas a cuál debe ser el espacio de despliegue propio de la nación rusa, de tal manera que si hay quienes piensan que Rusia es un pequeño país europeo, hay quienes agregan la superficie asiática de la Federación de estas horas, quienes reclaman el concurso de los territorios de Ucrania y Bielorrusia, quienes mencionan los nombres de las repúblicas del Báltico, del Cáucaso y del Asia central, quienes no han acabado de asumir que los estados del viejo bloque soviético de alianzas han buscado un camino definitivamente independiente o quienes, más aún, mantienen unas u otras reivindicaciones sobre Irán, Afga­­nistán, Pakistán o la India. No se olvide al respecto de esto último que Karl Haushofer se refirió en su momento a un eventual reparto de tierras entre las cuatro grandes potencias de su tiempo —Alemania, Japón, Estados Unidos y Rusia—, en virtud del cual a esta última le corresponderían el Asia central y el subcontinente

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