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1000 Poemas Clásicos Que Debes Leer: Vol.1 (Golden Deer Classics)

1000 Poemas Clásicos Que Debes Leer: Vol.1 (Golden Deer Classics)

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1000 Poemas Clásicos Que Debes Leer: Vol.1 (Golden Deer Classics)

Longitud:
2128 páginas
22 horas
Publicado:
9 ene 2018
ISBN:
9782378980221
Formato:
Libro

Descripción

ÍNDICE

Adelardo López de Ayala
Alfonso Álvarez de Villasandino
Alfonso Onceno
Alfredo Espino
Álvaro de Luna
Ana María Chouhy Aguirre
Anastasio de Ochoa

VIII.Andrés Bello

IX.Ángel Saavedra, Duque de Rivas

X.Antón de Montoro

XI.Antonio de Villegas

XII.Abu Ahmad ben Hayyun
XIII.Adela Zamudio

XIV.Alfredo Placencia

XV.Almafuerte

XVI.Amado Nervo

XVII.Andrés Quintana Roo
XVIII.Ángel Ganivet

XIX.Antonio Machado

XX.Armando Chirveches

XXI.Alberto Lista

XXII.Alfonsina Storni

XXIII.Alfonso X el sabio

XXIV.Alonso de Ercilla Y Zúñiga
XXV.Antonio Hurtado de Mendoza
XXVI.Antonio Plaza Llamas
XXVII.Atenógenes Segale
XXVIII.Baltasar del Alcázar

XXIX.Bartolomé Torres Naharro
XXX.Bartolomé Leonardo de Argensola

XXXI.Ben Suhayd
XXXII.Bernardo de Balbuena

XXXIII.Bernardo López García
XXXIV.Butayna Bint Al-Mu´Tamid
XXXV.Carlos Augusto Salaverry

XXXVI.Carlos Guido y Spano

XXXVII.Carlos Pezoa Véliz

XXXVIII.Carlos Rivas Larrauri

XXXIX.Carolina Coronado
XL.César Vallejo

XLI.Clarinda

XLII.Concepción Arenal
XLIII.Concepción Estevarena

XLIV.Concha Urquiza

XLV.Costana
XLVI.Cristóbal Suárez de Figueroa
XLVII.Cristóbal de Castillejo
XLVIII.Delmira Agustini
XLIX.Demetrio Fábrega

L.Diego de Torres Villaroel
LI.Diego Hurtado de Mendoza

LII.Dolores Veintimilla de Galindo

LIII.Don Sem Tob de Carrión
LIV.Duque de Rivas

LV.Eduardo Marquina

LVI.Efrén Rebolledo

LVII.El Abencerraje
LVIII.Emilio Carrere
LIX.Enrique Díez-Canedo

LX.Enrique Fernández Granados

LXI.Enrique González Rojo

LXII.Epoca Colonial De Guatemala
LXIII.Esteban Echeverría
LXIV.Estanislao del Campo

LXV.Esteban Manuel de Villegas
LXVI.Eugenio Gerardo Lobo
LXVII.Evaristo Carriego

LXVIII.Fabio Fiallo

LXIX.Federico Barreto

LXX.Federico García Lorca

LXXI.Fernando Calderón

LXXII.Félix María de Samaniego

LXXIII.Fernando de Herrera

LXXIV.Fernando Villalón
LXXV.Florencia Pinar

LXXVI.Francisco A. de Icaza

LXXVII.Francisco Bocanegra
LXXVIII.Francisco de Aldana
Publicado:
9 ene 2018
ISBN:
9782378980221
Formato:
Libro

Sobre el autor


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1000 Poemas Clásicos Que Debes Leer - Adelardo López de Ayala

Casa

Parte I

Adelardo López de Ayala

Adelardo López de Ayala y Herrera (Guadalcanal, 1 de mayo de 1828 – Madrid, 30 de diciembre de 1879) fue un dramaturgo, académico y político español, adscrito al realismo literario. Miembro numerario de la Real Academia de la Lengua, ejerció varias veces como ministro de Ultramar, durante el Sexenio Democrático y la Restauración.

1.A unos pies

2.El sol y la noche

3.La cita

4.Mis deseos

5.Sin palabras

A unos pies

Me parecen tus pies, cuando diviso

que la falda traspasan y bordean,

dos niños que traviesos juguetean

en el mismo dintel del Paraíso.


Quiso el amor y mi fortuna quiso

que ellos el fiel de mi esperanza sean;

si aparecen, de pronto me recrean;

cuando se van, me afligen de improviso.


¡Oh, pies idolatrados; yo os imploro!

Y pues sabéis mover todo el palacio

por quien el alma enamorada gime,


traed a mi regazo mi tesoro

y yo os aliviaré por largo espacio

del dulcísimo peso que os oprime.

El sol y la noche

Encendido en sus propias llamaradas,

la sed devora al luminar del día,

y, eterno amante de la noche fría,

persigue sus espaldas enlutadas.

Ansioso de sus sombras regaladas,

en vano corre la abrasada vía;

que él mismo va poniendo el bien que ansía

donde nunca penetran sus miradas.

La dicha ausente, y el afán consigo,

arde y redobla su imposible instancia,

llevando en sus entrañas su enemigo...

¡Así corro con bárbara constancia,

y siempre encuentro mi ansiedad conmigo

y el bien ansiado a la mayor distancia!

La cita

¡Es ella..! Amor sus pasos encamina...

Siento el blando rumor de su vestido...

Cual cielo por el rayo dividido,

mi espíritu de pronto se ilumina.

Mil ansias, con la dicha repentina,

se agitan en mi pecho conmovido,

cual bullen los polluelos en el nido

cuando la tierna madre se avecina.

¡Mi bien! ¡Mi amor!: ¡Por la encendida y clara

mirada de tus ojos, con anhelo

penetra el alma, de tu ser avara..!

¡Ay!, ¡ni el ángel caído más consuelo

pudiera disfrutar, si penetrara

segunda vez en la región del cielo!

Mis deseos

Quisiera adivinarte los antojos,

y de súbito en ellos transformarme;

ser tu sueño, y callado apoderarme

de todos tus riquísimos despojos;

aire sutil que con tus labios rojos

tuvieras que beberme y respirarme;

quisiera ser tu alma, y asomarme

a las claras ventanas de tus ojos.

Quisiera ser la música que en calma

te adula el corazón: mas si constante

mi fe consigue la escondida palma,

ni aire sutil, ni sueño penetrante,

ni música de amor, ni ser tu alma,

nada es tan dulce como ser tu amante.

Sin palabras

Mil veces con palabras de dulzura

esta pasión comunicarte ansío;

mas, ¿qué palabras hallaré, bien mío,

que no haya profanado la impostura?


Penetre en ti callada mi ternura,

sin detenerse en el menor desvío,

como rayo de luna en claro río,

como aroma sutil en aura pura.


Ábreme el alma silenciosamente,

y déjame que inunde satisfecho

sus regiones, de amor y encanto llenas...


Fiel pensamiento, animaré tu mente;

afecto dulce, viviré en tu pecho;

llama suave, correré en tus venas.

Parte II

Alfonso Álvarez de Villasandino

Alfonso Álvarez de Villasandino (¿Villasandino?, Castilla, c.1340-1350 - c. 1424) fue un poeta castellano medieval. Fue básicamente un poeta de cancionero, es decir, un representante del tipo de poesía culta que había surgido bajo la influencia de la lírica trovadoresca provenzal, y la principal figura literaria junto con Pero Ferrús en la Corte del rey de Castilla Enrique II.

6.A los amores de una mora

7.Excelencias de la virgen

8.Señora, flor de Azucena

A los amores de una mora

Quien de linda se enamora,

atender deve perdón

en casso que sea mora.


El amor e la ventura

me ficieron ir mirar

muy graciosa criatura

de linaje de aguar;

quien fablare verdat pura,

bien puede decir que non

tiene talle de pastora.


Linda rosa muy suave

vi plantada en un vergel,

puesta so secreta llave

de la línea de Ismael:

maguer sea cossa grave,

con todo mi corazón

la rescibo por señora.


Mahomad el atrevido

ordenó que fuese tal,

de asseo noble, cumplido,

alvos pechos de cristal:

de alabastro muy bruñido

debié ser con gran razón

lo que cubre su alcandora.


Diole tanta fermosura

que non lo puedo decir;

cuantos miran su figura

todos la aman servir.

Con lindeza e apostura

vence a todas cuantas son

de alcuña donde mora.


No sé hombre tan guardado

que viese su resplandor

que non fuese conquistado

en un punto de su amor.

Por haber tal gasajado

yo pornía en condición

la mi alma pecadora.

Excelencias de la virgen

Quien sabría nin diría

cuánta fué tu omildanza,

o María, puerta e vía

de salud e de holganza.

Fianza

tengo en ti, muy dulce flor,

que por ser tu servidor

habré de Dios perdonanza.


Noble rosa, hija e esposa

de Dios, e su madre dina,

amorosa es la tu prosa,

Ave, estela matutina.

Enclina

tus orejas de dulzor

oyendo a mí, pecador,

ayudándome festina.


Quien te apela maristela,

flor del ángel saludada,

sin cautela non recela

la tenebrosa morada.

Criada

fuiste limpia, sin error,

porque el alto Emperador

te nos dió por abogada.


Que parrías al Mexías

dijeron gentes discretas,

Jeremías e Isaías,

Daniel e otros profetas.

Poetas

te loan e loarán,

e los santos cantarán

por ti en gloria chanzonetas.

Señora, flor de Azucena

Señora, flor de azucena,

claro viso angelical,

vuestro amor me da gran pena.

Muchas en Extremadura

vos han gran envidia pura,

de cuantas han hermosura:

dubdo mucho si fue tal

en su tiempo Policena.


Fizo vos Dios delicada,

honesta, bien enseñada:

vuestra color matizada

más que rosa del rosal,

me tormenta e desordena.


Donaire, gracioso brío,

es todo vuestro atavío,

linda flor, deleite mío;

yo vos fui siempre leal

más que fue Paris a Elena.


Vuestra vista deleitosa

más que lirio nin que rosa

me conquista, pues non osa

mi corazón decir cuál

es quien así lo enajena.


Complida de noble aseo,

cuando vuestra imagen veo,

otro placer non desseo

sinon sofrir bien o mal,

andando en vuestra cadena.


Non me basta más mi seso,

pláceme ser vuestro preso;

señora, por ende beso

vuestras manos de cristal,

clara luna en mayo llena.

Parte III

Alfonso Onceno

Alfonso XI de Castilla, llamado «el Justiciero» (Salamanca, 13 de agosto de 1311 - Gibraltar, 26 de marzo de 1350), fue rey de Castilla,a​ bisnieto de Alfonso X «el Sabio».

Muerto su padre, Fernando IV, en 1312, se desarrollaron multitud de disputas entre varios aspirantes a ostentar la regencia, resueltas en 1313. Los infantes Juan, tío abuelo del rey, y Pedro, tío del rey, formaron regencia, y la tutela la asumió su madre Constanza y tras su muerte el 18 de noviembre de 1313, la asumió su abuela María de Molina. En 1319, como consecuencia de una campaña militar contra Granada, mueren los mencionados tutores don Juan y don Pedro, quedando María de Molina como única regente hasta su fallecimiento el 1 de julio de 1321. A partir del fallecimiento de los mencionados tutores en 1319, el infante Felipe —hijo de Sancho IV de Castilla y de María de Molina y hermano por tanto del fallecido infante Pedro— don Juan Manuel —tío segundo del rey por ser nieto de Fernando III— y Juan de Haro «el Tuerto» —hijo del fallecido tutor Juan y tío segundo del rey— dividieron el reino con motivo de sus aspiraciones a la regencia, mientras era saqueado por los moros y nobles levantiscos. Alfonso, una vez declarado mayor de edad en 1325, asumió el trono, consiguiendo durante su reinado el fortalecimiento del poder real, la resolución de los problemas del estrecho de Gibraltar y la conquista de Algeciras.

9.La gesta de Alcalá (fragmento)

10.Profecía de Merlín

La gesta de Alcalá (fragmento)

Yo bien vos provaré

sus fechos e la su vida.


De Alcalá fablaré,

en commo fue conquerida,

e si asanchar quisieren,

yo gelo sabré contar;

aquellos que lo sopieren

sienpre abrán de fablar.


Por dar honra a los cristianos,

este rey de grand bondat

ayuntó los castellanos

en Cordova, la çibdat.


Entró luego en su carrera,

el noble rey fizo entrada,

fizo tenblar la frontera

e el reyno de Granada.


Illora luego corrió,

Montefrío, otro tal,

sobre Alcalá se bolvió

este buen rey natural.


Vió Alcalá de Bençayde,

e miróla commo cuerdo,

Enbió por el alcayde,

don Abrahám, el guerdo.


De la villa se salió

este alcayde pagano,

con el noble rey se vió,

e fuele besar la mano.


Dixo: "Omillone, señor,

don Alfonso de Castiella,

commo aquel rey mejor,

que nunca sobió en siella,

rey muy bien aventurado,

qual otro non fue nasçido".


El rey fabló mesurado:

"Bien seades bos benido.

Por bos enbié, alcayde,

para saber una cosa,

beo Alcalá de Vençayde,

villa fuerte e muy fermosa;

bien se que non han paganos

tan buena billa sin falla,

non ha moros nin cristianos

que le puedan dar batalla...

Profecía de Merlín

Dixo: "El el león d�España

de sangre fará carnino

del lobo de la montaña

dentro en la fuente del vino."


Non quiso más declarar

Merlín el de gran saber:

yo quier paladinar

como puedan entender:


el león de la España

fue el buen rey, ciertamiente;

el lobo de la montaña

fue don Juan, el su pariente;


e el rey, quando era niño,

mató a don Juan el Tuerto;

Toro es la fuente del vino

a do don Johán fue muerto.

Parte IV

Alfredo Espino

Edgardo Alfredo Espino Najarro (Ahuachapán; 8 de enero de 1900-San Salvador; 24 de mayo de 1928),​ conocido como Alfredo Espino, fue un poeta salvadoreño.

Nació en el Departamento de Ahuachapán, zona occidental de El Salvador, el 8 de enero de 1900. Hijo de Enriqueta Najarro de Espino y Alfonso Espino, ambos profesores y poetas, creció en un hogar que respiraba poesía y amor al arte.

11.Árbol de fuego

12.Ascensión

13.Cañal en flor

14.Después de la lluvia

15.El nido

16.La muchachita pálida

17.La tórtola

18.Las manos de mi madre

19.Los potros

20.Quezaltepec

21.Un rancho y un lucero

Árbol de fuego

Son tan vivos los rubores

de tus flores, raro amigo,

que yo a tus flores les digo:

Corazones hechos flores.


Y a pensar a veces llego:

Si este árbol labios se hiciera...

¡ah, cuánto beso naciera

de tantos labios de fuego...!


Amigo: qué lindos trajes

te ha regalado el Señor;

te prefirió con su amor

vistiendo de celajes...


Qué bueno el cielo contigo,

árbol de la tierra mía...

Con el alma te bendigo,

porque me das tu poesía...


Bajo un jardín de celajes,

al verte estuve creyendo

que ya el sol se estaba hundiendo

adentro de tus ramajes.

Ascensión

¡Dos alas!... ¿Quién tuviera dos alas para el vuelo?

Esta tarde, en la cumbre, casi las he tenido.

Desde aquí veo el mar, tan azul, tan dormido,

que si no fuera un mar, ¡Bien sería otro cielo!...


Cumbres, divinas cumbres, excelsos miradores...

¡Que pequeños los hombres! No llegan los rumores

de allá abajo, del cieno; ni el grito horripilante

con que aúlla el deseo, ni el clamor desbordante

de las malas pasiones... Lo rastrero no sube:

ésta cumbre es el reino del pájaro y la nube...


Aquí he visto una cosa muy dulce y extraña,

como es la de haber visto llorando una montaña...

el agua brota lenta, y en su remanso brilla la luz;

un ternerito viene, y luego se arrodilla

al borde del estanque, y al doblar la testuz,

por beber agua limpia, bebe agua y bebe luz...


Y luego se oye un ruido por lomas y floresta,

como si una tormenta rodara por la cuesta:

animales que vienen con una fiebre extraña

a beberse las lágrimas que llora la montaña.


Va llegando la noche. Ya no se mira el mar.

Y que asco y que tristeza comenzar a bajar...


(¡Quién tuviera dos alas, dos alas para un vuelo!

Esta tarde, en la cumbre, casi las he tenido,

con el loco deseo de haberlas extendido

¡Sobre aquél mar dormido que parecía un cielo!)


Un río entre verdores se pierde a mis espaldas,

como un hilo de plata que enhebrara esmeraldas...

Cañal en flor

Eran mares los cañales

que yo contemplaba un día

(mi barca de fantasía

bogaba sobre esos mares).


El cañal no se enguirnalda

como los mares, de espumas;

sus flores más bien son plumas

sobre espadas de esmeralda...


Los vientos-niños perversos-

bajan desde las montañas,

y se oyen entre las cañas

como deshojando versos...


Mientras el hombre es infiel,

tan buenos son los cañales,

porque teniendo puñales,

se dejan robar la miel...


Y que triste la molienda

aunque vuela por la hacienda

de la alegría el tropel,

porque destrozan entrañas

los trapiches y las cañas...

¡Vierten lagrimas de miel!

Después de la lluvia

Por las floridas barrancas

Pasó anoche el aguacero

Y amaneció el limonero

Llorando estrellitas blancas.


Andan perdidos cencerros

Entre frescos yerbazales,

Y pasan las invernales

Neblinas, borrando cerros.

El nido

Es porque un pajarito de la montaña ha hecho,

en el hueco de un árbol, su nido matinal,

que el árbol amanece con música en el pecho,

como que si tuviera corazón musical.


Si el dulce pajarito por entre el hueco asoma,

para beber rocío, para beber aroma,

el árbol de la sierra me da la sensación

de que se le ha salido, cantando, el corazón.

La muchachita pálida

Aquella muchachita pálida que vivía

pidiendo una limosna, de mesón en mesón,

en el umbral la hallaron al despuntar el día,

con las manitas yertas y mudo el corazón.


Nadie sabe quien era ni de donde venía

su risa era una mueca de la desilusión.

Y estaba el sello amargo de la melancolía

perpetuado en dos hondas ojeras de carbón.


En las carnes humanas dejo el hambre sus rastros...

La miraron las nubes, lo supieron los astros...

El cielo llovió estrellas en la paz del suburbio


Nadie sabe quien era la muchachita pálida...

Entre tanto �en la noche, la noche triste y cálida�

arrastrando luceros sigue el arroyo turbio...

La tórtola

¡Cucú, cucú! ¿Estás gimiendo,

tórtola del arrozal?

¡Mirá que me estás haciendo

con tu cantar, mucho mal!


¡Cucú, cucú! EL caserío

se va llenando de calma,

¡y un naranjo y una palma

se están besando en el río...!


Cantarito que te llenas

con el agua del riachuelo:

¡Qué bello es mirar el cielo

bajo las tardes serenas!


Lirio del campo, morena

que hueles a leche y rosas:

¡Cómo el alma es tan dichosa

cuando la vida es serena...!


Entre sonrosadas galas

la tarde se va durmiendo.

Tórtola que está gimiendo:

¡Si eres madrigal con alas!

Las manos de mi madre

Manos las de mi madre, tan acariciadoras,

tan de seda, tan de ella, blancas y bienhechoras.

¡Sólo ellas son las santas, sólo ellas son las que aman,

las que todo prodigan y nada me reclaman!

¡Las que por aliviarme de dudas y querellas,

me sacan las espinas y se las clavan en ellas!


Para el ardor ingrato de recónditas penas,

no hay como la frescura de esas dos azucenas.

¡Ellas cuando la vida deja mis flores mustias

son dos milagros blancos apaciguando angustias!

Y cuando del destino me acosan las maldades,

son dos alas de paz sobre mis tempestades.


Ellas son las celestes; las milagrosas, ellas,

porque hacen que en mi sombra me florezcan estrellas.

Para el dolor, caricias; para el pesar, unción;

¡Son las únicas manos que tienen corazón!

(Rosal de rosas blancas de tersuras eternas:

aprended de blancuras en las manos maternas).


Yo que llevo en el alma las dudas escondidas,

cuando tengo las alas de la ilusión caídas,

¡Las manos maternales aquí en mi pecho son

como dos alas quietas sobre mi corazón!

¡Las manos de mi madre saben borrar tristezas!

¡Las manos de mi madre perfuman con terneza!

Los potros

Ya se acercan los potros; raudamente precisa

el grupo sus contornos de estética salvaje;

entre el pálido rosa del lánguido paisaje

corren desenfrenados, a la par de la brisa.


Los potros ya se acercan: mas lo hacen tan aprisa,

que parece volaran sobre el quieto paraje;

desplázanse los cascos en fantástico viaje

atrás dejando chozas de silueta imprecisa.


Huracanadamente por los llanos nativos,

van devorando leguas los potros fugitivos,

por burlar los afanes de inútil seguimiento;


como una sombra alada pasan ante nosotros,

y los recios gañanes, en fuga tras los potros,

describen con los lazos rúbricas en el viento...

Quezaltepec

La noche fue dantesca... En medio del mutismo

rompió de pronto el retumbar de un trueno...

Tropel de potros que rompiera el freno

y se lanzara, indómito, al abismo...


Un pálido fulgor de cataclismo,

al cielo que antes se mostró sereno,

siniestramente iluminó de lleno,

como si el cielo se incendiara él mismo...


Entre mil convulsiones de montaña

se abrió la roja y palpitante entraña

en esa amarga noche de penuria...


Y desde el cráter en la abierta herida

brotó la ardiente lava enfurecida

como un boa incendiando de lujuria.

Un rancho y un lucero

Un día �¡primero Dios!�

has de quererme un poquito.

Yo levantaré el ranchito

en que vivamos los dos.


¿Que más pedir? Con tu amor,

mi rancho, un árbol, un perro,

y enfrente el cielo y el cerro

y el cafetalito en flor...


Y entre aroma de saúcos,

un zenzontle que cantará

y una poza que copiará

pajaritos y bejucos.


Lo que los pobres queremos,

lo que los pobres amamos,

eso que tanto adoramos

porque es lo que no tenemos...


Con sólo eso, vida mía;

con sólo eso:

con mi verso, con tu beso,

lo demás nos sobraría...


Porque no hay nada mejor

que un monte, un rancho, un lucero,

cuando se tiene un Te quiero

y huele a sendas en flor...

Parte V

Álvaro de Luna

Álvaro de Luna (Cañete, Cuenca, c. 1390-Valladolid, 2 de junio de 1453), fue un noble castellano de la casa de Luna que llegó a ser condestable de Castilla, maestre de la Orden de Santiago y valido del rey Juan II de Castilla. Está enterrado en la capilla de Santiago, en la girola de la catedral de Toledo.

22.Canciones (I)

23.Canciones (II)

24.Canción (III)

Canciones (I)

Si Dios, nuestro Salvador,

ovier de tomar amiga,

fuera mi competidor.


Aun se m´antoxa, senyor,

si esta tema tomaras,

que justas e quebrar varas

hicieras por su amor.


Si fueras mantenedor,

contigo me las pagara,

e non te alzara la vara,

por ser mi competidor.

Canciones (II)

Porque de llorar

et de suspirar

ya non cesaré,

pues que por loar

a quien fuy amar,

ya nunca cobré.


Lo que deseé

et desearé

ya más todavía.

Aunque cierto sé

que menos habré

que en el primer día.


De quien su porfia

me quita alegría,

después que la vi.

Que ya más querría

morir algún día

que bevir ansí.


Mas pues presumí

que desque nascí

por ti padecer,

pues gran mal sofrí

reciba de ti

agora placer.

Canción (III)

Mi persona siempre fue

et assí será toda ora,

servidor de una senyora

la qual yo nunca diré.


Ya de Dios fue ordenado,

quando me fizo nacer,

que fuesse luego ofrecer

mi servicio a vos de grado.


Tomat, senyora, cuidado

de mí, que soy todo vuestro,

pues que me fallaste presto

al tiempo que no diré.

Parte VI

Ana María Chouhy Aguirre

Ana María Chouhy Aguirre (1918-1945), poeta argentina,se inscribió en las corrientes neorrománticas de principios de siglo. 

En su corta vida gozó de fama por su activismo político, y su denuncia de las corrupciones intelectuales y sociales. 

Era temida por sus ácidas críticas aparecidas en Verde Memoria, revista que editó junto al escritor Juan Rodolfo Wilcock entre 1942 y 1944. 

25.Soneto de la muerte

Soneto de la muerte

Oh, no, espera un poco, hermosa muerte,

quiero vivir, tu cabellera oscura

roza mi piel intacta con dulzura

mi cuerpo casi tuyo, siempre inerte.


Cruel ansia de vivir, sostenme fuerte,

me llama quedamente la espesura

de un follaje sin luz. Oh todo apura,

oh demasiado amor, voy a perderte.


Giro en extraños círculos llorando,

abandono la tierra despertando

ardientes coros, nubes delicadas.


Entreabriendo portales luminosos,

olvidando las cosas adoradas

entre espacios azules, misteriosos.

Parte VII

Anastasio de Ochoa

El poeta mexicano y sacerdote católico Anastasio María de Ochoa y Acuña nació en Huichapan el domingo 27 de abril de 1783 –hijo de Ignacio Alejandro de Ochoa y de Ursula Sotero de Acuña, ambos españoles de nacimiento– y falleció en la ciudad de México, del cólera, el 4 de septiembre de 1833. Estudió en el Colegio de San Ildefonso, y por los años de 1810 o 1811 fue admitido en la Arcadia Mexicana,escribiendo en ese diario algunas anacreónticas y odas amorosas, y traducciones del latín, del francés y del italiano. En 1813 decidió recibir las órdenes sagradas, estudiando en el Seminario Conciliar de México, donde se ordenó como presbítero en diciembre de 1816, cumplidos ya los 34 años de edad. De 1817 a 1827 fue cura en Querétaro. Su obra poética, en dos volúmenes, se publicó en Nueva York en 1828, bajo el título Poesías de un mexicano.

26.No sé nada

27.Silvia en el prado

No sé nada

¿Con una tinta que venden

exquisita en el Portal,

dizque se curan de su mal,

los que de cisnes se ofenden,

y que ser cuervos pretende

con presunción extremada?


�No sé nada.


¿Dizque es el gasto crecido,

que hacen hombres y mujeres

en perfumes y alfileres;

y de la coqueta, ha habido

mil quejas, porque ha subido

el precio de la pomada?


�No sé nada.


¿Y del Parnaso una espía

dizque avisó que en el Diario

se encontró más de un plagiario

que lucirse pretendía

con lo ajeno que cogía,

siempre la boca callada?


�No sé nada.

Silvia en el prado

Cuando Silvia al prado

sale a divertir,

el campo se alegra

al verla salir.


Jilguerillo hermoso,

bello Colorín,

dulce Filomena,

desde un alhelí

le cantan la salva

con pico sutil,

juzgándola Aurora

al verla salir.


El prado se cubre

de hermoso matiz,

sus cálices abren

florecillas mil,

y el albo pie besan

la rosa y jazmín

a mi pastorcilla

al verla salir.


Si son tan dichosos

que van por allí,

los mis corderillos

van a recibir,

y triscan alegres

indicando así

el gozo que tienen

al verla salir.


Al mismo Amor niño

una tarde vi,

que el arco y las flechas

arrojó de sí,

y se fue corriendo

con mi bien a unir,

creyéndola Venus

al verla salir.

Parte VIII

Andrés Bello

Andrés de Jesús María y José Bello López (Caracas, 29 de noviembre de 1781-Santiago, 15 de octubre de 1865) fue un polímata venezolano-chileno. Fue a la vez filósofo, poeta, traductor, filólogo, ensayista, educador, político y diplomático. Considerado como uno de los humanistas más importantes de América, contribuyó en innumerables campos del conocimiento.

En Caracas, fue maestro por un corto periodo de Simón Bolívar y participó en el proceso que llevó a la independencia venezolana. Como parte del bando revolucionario integró, conjuntamente con Luis López Méndez y Simón Bolívar, la primera misión diplomática a Londres, donde residió entre 1810 y 1829.

28.A la nave

29.A Moisés

30.Alocución a la poesía (fragmento)

31.El anauco

32.El cóndor y el poeta

33.La oración por todos

34.Las ovejas

35.Miserere

36.Rubia

A la nave

¿Qué nuevas esperanzas

al mar te llevan? Torna,

torna, atrevida nave,

a la nativa costa.


Aún ves de la pasada

tormenta mil memorias,

¿y ya a correr fortuna

segunda vez te arrojas?


Sembrada está de sirtes

aleves tu derrota,

do tarde los peligros

avisará la sonda.


¡Ah! Vuelve, que aún es tiempo,

mientras el mar las conchas

de la ribera halaga

con apacibles olas.


Presto erizando cerros

vendrá a batir las rocas,

y náufragas reliquias

hará a Neptuno alfombra.


De flámulas de seda

la presumida pompa

no arredra los insultos

de tempestad sonora.


¿Qué valen contra el Euro,

tirano de las ondas,

las barras y leones

de tu dorada popa?


¿Qué tu nombre, famoso

en reinos de la aurora,

y donde al sol recibe

su cristalina alcoba?


Ayer por estas aguas,

segura de sí propia,

desafiaba al viento

otra arrogante proa;


Y ya, padrón infausto

que al navegante asombra,

en un desnudo escollo

está cubierta de ovas.


¡Qué! ¿No me oyes? ¿El rumbo

no tuerces? ¿Orgullosa

descoges nuevas velas,

y sin pavor te engolfas?


¿No ves, ¡oh malhadada!

que ya el cielo se entolda,

y las nubes bramando

relámpagos abortan?


¿No ves la espuma cana,

que hinchada se alborota,

ni el vendaval te asusta,

que silba en las maromas?


¡Vuelve, objeto querido

de mi inquietud ansiosa;

vuelve a la amiga playa,

antes que el sol se esconda!

A Moisés

¿Qué son las fuentes en que el oro brilla,

y el mármol de colores,

a par del Nilo, y de esta verde orilla

esmaltada de flores?


No es tan grato el incienso que consume

en el altar la llama,

como entre los aromos el perfume

que el céfiro derrama.


Ni en el festín real me gozo tanto,

como en oír la orquesta

alada, que, esparciendo dulce canto,

anima la floresta.


¿Véis cuál se pinta en la corriente clara

el puro azul del cielo?

El cinto desatadme, y la tïara,

y el importuno velo.

¿Véis en aquel remanso trasparente

zabullirse la garza?

Las ropas deponed; y al blando ambiente,

el cabello se esparza.

Alocución a la poesía (fragmento)

Divina poesía,

tú, de la soledad habitadora,

a consultar tus cantos enseñada

con el silencio de la selva umbría;

tú, a quien la verde gruta fue morada,

y el eco de los montes compañía;

tiempo es que dejes ya la culta Europa,

que tu nativa rustiquez desama,

y dirijas el vuelo adonde te abre

el mundo de Colón su grande escena.

También propicio allí respeta el cielo

la simple verde rama

con que al valor coronas;

también allí la florecida vega,

el bosque enmarañado, el sesgo río,

colores mil a tus pinceles brinda;

y céfiro revuelto entre las rosas;

y fúlgidas estrellas

tachonan la carroza de la noche;

y el Rey del cielo, entre cortinas bellas

de nacaradas nubes, se levanta,

y la avecilla en no aprendidos tonos

con dulce pico endechas de amor canta.


¿Qué a ti, silvestre ninfa, son las pompas

de dorados alcázares reales?

¿A tributar también irás con ellos,

en medio de la turba cortesana,

el torpe incienso de servil lisonja?

No tal te vieron tus más bellos días

cuando en la infancia de la gente humana,

maestra de los pueblos y los reyes,

cantaste al mundo las primeras leyes.

No te detenga, ¡oh diosa!,

esta región de luz y de miseria,

en donde tu ambiciosa

rival Filosofía,

que la virtud a cálculo somete,

de los mortales te ha usurpado el culto;

donde la coronada hidra amenaza

traer de nuevo al pensamiento esclavo

la antigua noche de barbarie y crimen;

donde la libertad, vano delirio,

fe la servilidad, grandeza el fasto,

la corrupción cultura se apellida:

descuelga de la encina carcomida

tu dulce lira de oro, con que un tiempo

los prados y las flores, el susurro

de la floresta opaca, el apacible

murmurar del arroyo transparente,

las gracias atractivas

de natura inocente

a los hombres cantaste embelesados;

y sobre el vasto Atlántico tendiendo

las vigorosas alas, a otro cielo,

a otro mundo, a otras gentes te encamina,

do viste aún su primitivo traje

la tierra, al hombre sometida apenas;

y las riquezas de los climas todos,

América, del sol joven esposa,

del antiguo océano hija postrera

en su seno feraz cría y esmera.

El anauco

Irrite la codicia

por rumbos ignorados

a la sonante Tetis

y bramadores austros;

el pino que habitaba

del Betis fortunado

las márgenes amenas

vestidas de amaranto,

impunemente admire

los deliciosos campos

del Ganges caudaloso,

de aromas coronado.


Tú, verde y apacible

ribera del Anauco,

para mí más alegre,

que los bosques idalios

y las vegas hermosas

de la plácida Pafos,

resonarás continuo

con mis humildes cantos;

y cuando ya mi sombra

sobre el funesto barco

visite del Erebo

los valles solitarios,

en tus umbrías selvas

y retirados antros

erraré cual un día,

tal vez abandonando

la silenciosa margen

de los estigios lagos.


La turba dolorida

de los pueblos cercanos

evocará mis manes

con lastimero llanto;

y ante la triste tumba,

de funerales ramos

vestida, y olorosa

con perfumes indianos,

dirá llorando Filis:

«Aquí descansa Fabio» .


¡Mil veces venturoso!

Pero, tú, desdichado,

por bárbaras naciones

lejos del clima patrio

débilmente vaciles

al peso de los años.

Devoren tu cadáver

los canes sanguinarios

que apacienta Caribdis

en sus rudos peñascos;

ni aplaque tus cenizas

con ayes lastimados

la pérfida consorte

ceñida de otros brazos.

El cóndor y el poeta

Diálogo

POETA

-Escucha, amigo Cóndor, mi exorcismo;

obedece a la voz del mago Mitre,

que ha convertido en trípode el pupitre;

apréstate a una espléndida misión.


CÓNDOR

-¡Poeta audaz, que de mi aéreo nido

en el silencio lóbrego derramas

cántico misterioso! ¿a qué me llamas?

Yo sostengo de Chile el paladión.


POETA

-No importa; es caso urgente, es una empresa

digna de ti, de tu encumbrado vuelo,

y de tus uñas; subirás al cielo,

escalarás la vasta esfera azul.


CÓNDOR

-¿Y qué será del paladión en tanto,

cuya custodia la nación me fía?


POETA

-Puedes encomendarlo por un día

a las fieles pezuñas del Huemul.


CÓNDOR

Pero el camino del Olimpo ignoro.


POETA

-Mientes; tú hurtaste al cielo, ave altanera,

en pro de nuestros padres, la primera

chispa de libertad que en Chile ardió.


CÓNDOR

-¡Falaz leyenda! ¡Apócrifa patraña!

Robaba entonces yo por valle y cumbre,

según mi antigua natural costumbre;

monarca de los buitres era yo.

Años después, llamáronme, y conmigo

vino esa pobre, tímida alimaña,

de los andinos valles ermitaña;

y, el paladión nos dieron a guardar.

Mal concertada yunta, que, algún día,

recordando los hábitos de marras,

estuve a punto de esgrimir las garras,

y atroz huemulicidio ejecutar.


POETA

-¡Oh mente de los hombres adivina!

¡Oh inspiración profética! No sabes,

alado monstruo, espanto de las aves,

el oculto misterio de esa unión.


¡Junto a la mansa paz, atroz instinto

de pillaje y de sangre! ¡Incauto el uno,

audaz el otro en tentador ayuno,

y de la Patria en medio el paladión!


Tremendo porvenir, yo te adivino,

pero no tiemblo. Es fuerza te abras paso

de la ilustrada Europa al rudo ocaso;

está en el libro del destino así.


Sus últimos destellos da la antorcha

que el hijo de Japeto trajo al mundo;

suceda al viejo faro moribundo

joven tizón, ardiente, baladí.


CÓNDOR

-No sé, poeta, interpretar enigmas;

no entiendo de tizones ni de faro.

Deja los circunloquios, y habla claro.

¿De qué se trata? Explícate una vez.


POETA

-De aquel fuego sagrado que trajiste

¿niégaslo en vano? a un ínclito caudillo,

apenas queda agonizante brillo;

nos viene encima infausta lobreguez.

Renovarlo es preciso.


CÓNDOR

-¿Cómo?


POETA

-Debes

seguir del sol la luminosa huella,

sorprenderle, robarle una centella,

metértela en los ojos, y escapar.


CÓNDOR

-Muy bien; me guardo el fuego en las pupilas,

cual si fueran volcánicas cavernas.

¿Y qué haré luego de mis dos linternas?


POETA

-Quiero a Chile con ellas incendiar.


CÓNDOR

-¿Incendiarlo? ¿Estás loco? ¿De eso tratas?


POETA

-Incendiarlo pretendo en patriotismo;

abrasarlo, molondro, no es lo mismo;

quiero hacer una inmensa fundición.

Quiero llamas que cundan pavorosas,

descomunales llamas, llamas grandes,

que derritan la nieve de los Andes

y la de tanto helado corazón.


¿Abrasar? ¡Linda flema! -¿Es tiempo ahora

de contentarse con mezquinas brasas

que den pálida luz, chispas escasas,

como para el abrigo de un desván?

No, señor; vasto incendio, llamas, llamas,

que unas sobre las otras se encaramen,

y levantando rojas crestas bramen,

y les sirva de fuelle un huracán.


Despacha, pues; arranca; desarrolla

el raudo vuelo; tiende el ala grave,

como la parda vela de la nave

cuando silba en la jarcia el vendaval.

Vuela, vuela, plumífero pirata;

recuerda tu nativa felonía;

asalta de improviso al rey del día

en su carroza de oro y de cristal.


CÓNDOR

-Ya te obedezco, y tiendo como mandas,

el ala; aunque eso de tenderla un ave

no ligera ni leve, sino grave,

para tanto volar no es lo mejor.

Y si de más a más tenderla debo,

como la parda vela el navegante

cuando oye la tormenta resonante

que amenazando silba, peor que peor.


Que no despliega entonces el velamen,

antes amaina el cauto marinero,

y aguanta a palo seco el choque fiero,

si salvar piensa al mísero bajel.

Así lo vi mil veces, revolando

entre las nubes negras, cuando hinchaba

la Mar del Sur sus ondas, y bregaba

contra la tempestad el timonel.


POETA

-No lo entiendes: la nave del Estado

es la que yo pintaba; y la maniobra

a que apelamos hoy, cuando zozobra,

no es amainar, estúpido ladrón.


CÓNDOR

-¿Pues qué ha de hacer entonces el piloto?


POETA

-Según doctrina de moderna escuela,

debe correr fortuna a toda vela,

sin bitácora, sonda, ni timón.

Si tú leyeras, avechucho idiota,

gacetas nacionales y extranjeras,

la ignorancia en que vives conocieras;

todo ha cambiado entre los hombres ya.


Altos descubrimientos reservados

tuvo el destino al siglo diecinueve;

hoy en cualquiera charco un niño bebe

más que en un hondo río su papá.

¡Oh siglo de los siglos! ¡Cual machacas

es tu almirez decrépitas ideas!


¡Qué de fantasmagorías coloreas

en el vapor del vino y del café!

¡No era lástima ver encandilarse

los hombres estudiándose a sí mismos;

y tras mil embrollados silogismos,

salir con sólo sé que nada sé!


¡Ea, pues! ¡A la empresa! Bate el ala,

y apercibe también las corvas uñas,

y guárdate de mí si refunfuñas,

lobo rapaz, injerto de avestruz.


CÓNDOR

¿volando? -Ama aún el buitre robador su nido;

Chile, a traerte voy, no la centella

que incendiando devora, sino aquella

que da calor vital y hermosa luz.

La oración por todos

I

Ve a rezar, hija mía. Ya es la hora

de la conciencia y del pensar profundo:

cesó el trabajo afanador y al mundo

la sombra va a colgar su pabellón.

Sacude el polvo el árbol del camino,

al soplo de la noche; y en el suelto

manto de la sutil neblina envuelto,

se ve temblar el viejo torreón.

¡Mira su ruedo de cambiante nácar

el occidente más y más angosta;

y enciende sobre el cerro de la costa

el astro de la tarde su fanal.

Para la pobre cena aderezado,

brilla el albergue rústico; y la tarda

vuelta del labrador la esposa aguarda

con su tierna familia en el umbral.

Brota del seno de la azul esfera

uno tras otro fúlgido diamante;

y ya apenas de un carro vacilante

se oye a distancia el desigual rumor.

Todo se hunde en la sombra; el monte, el valle,

y la iglesia, y la choza, y la alquería;

y a los destellos últimos del día,

se orienta en el desierto el viajador.

Naturaleza toda gime: el viento

en la arboleda, el pájaro en el nido,

y la oveja en su trémulo balido,

y el arroyuelo en su correr fugaz.

El día es para el mal y los afanes.

¡He aquí la noche plácida y serena!

El hombre, tras la cuita y la faena,

quiere descanso y oración y paz.

Sonó en la torre la señal: los niños

conversan los niños

conversan con espíritus alados;

y los ojos al cielo levantados,

invocan de rodillas al Señor.

Las manos juntas, y los pies desnudos,

fe en el pecho, alegría en el semblante,

con una misma voz, a un mismo instante,

al Padre Universal piden amor.

Y luego dormirán; y en leda tropa,

sobre su cuna volarán ensueños,

ensueños de oro, diáfanos, risueños,

visiones que imitar no osó el pincel.

Y ya sobre la tersa frente posan,

ya beben el aliento a las bermejas

bocas, como lo chupan las abejas

a la fresca azucena y al clavel.

Como para dormirse, bajo el ala

esconde su cabeza la avecilla,

tal la niñez en su oración sencilla

adormece su mente virginal.

¡Oh dulce devoción que reza y ríe!

¡De natural piedad primer aviso!

¡Fragancia de la flor del paraíso!

¡Preludio del concierto celestial!


II


Ve a rezar, hija mía. Y ante todo,

ruega a Dios por tu madre: por aquella

que te dio el ser, y la mitad más bella

de su existencia ha vinculado en él;

que en su seno hospedó tu joven alma,

de una llama celeste desprendida;

y haciendo dos porciones de la vida,

tomó el acíbar y te dio la miel.

Ruega después por mí, más que tu madre

lo necesito yo... Sencilla, buena,

modesta como tú, sufre la pena,

y devora en silencio su dolor.

A muchos compasión, a nadie envidia,

la vi tener en mi fortuna escasa.

Como sobre el cristal la sombra, pasa

sobre su alma el ejemplo corruptor.

No le son conocidos...¡ni lo sean

a ti jamás! ... los frívolos azares

de la vana fortuna, los pesares

ceñudos que anticipan la vejez;

de oculto oprobio el torcedor, la espina

que punza a la conciencia delincuente,

la honda fiebre del alma, que la frente

tiñe con enfermiza palidez.

Mas yo la vida por mi mal conozco,

conozco el mundo, y sé su alevosía;

y tal vez de mi boca oirás un día

lo que valen las dichas que nos da.

Y sabrás lo que guarda a los que rifan

riquezas y poder, la urna aleatoria,

y que tal vez la senda que a la gloria

guiar parece, a la miseria va.

Viviendo, su pureza empaña el alma,

y cada instante alguna culpa nueva

arrastra en la corriente que la lleva

con rápido descenso al ataúd.

La tentación seduce; el juicio engaña;

en los zarzales del camino, deja

alguna cosa cada cual: la oveja

su blanca lana, el hombre su virtud.

Ve, hija mía, a rezar por mí, al cielo

pocas palabras dirigir te baste;

"Piedad, Señor, al hombre que criaste;

eres Grandeza; eres Bondad; ¡perdón!

Y Dios te oirá que cuál del ara santa

sube el humo a la cúpula eminente,

sube del pecho cándido, inocente,

al trono del Eterno la oración.

Todo tiende a su fin: a la luz pura

del sol, la planta; el cervatillo atado,

a cervatillo atado,

a la libre montaña; el desterrado,

al caro suelo que lo vio nacer;

y la abejilla en el frondoso valle,

de los nuevos tomillos al aroma;

y la oración en alas de paloma

a la morada del Supremo Ser.

Cuando por mí se eleva a Dios tu ruego,

soy como el fatigado peregrino,

que su carga a la orilla del camino

deposita y se sienta a respirar;

porque de tu plegaria el dulce canto

alivia el peso a mi existencia amarga,

y quita de mis hombros esta carga,

que me agobia de culpa y de pesar.

Ruega por mí, y alcánzame que vea,

en esta noche de pavor, el vuelo

de un ángel compasivo, que del cielo

traiga a mis ojos la perdida luz.

Y pura finalmente, como el mármol

que se lava en el templo cada día,

arda en sagrado fuego el alma mía,

como arde el incensario ante la cruz.


III


Ruega, hija, por tus hermanos,

los que contigo crecieron,

y en un mismo seno exprimieron,

y un mismo techo abrigó.

Ni por los que te amen sólo

el favor del cielo implores;

por justos y pecadores,

Cristo en la cruz expiró.

Ruega por el orgulloso

que ufano se pavonea,

y en su dorada librea,

funda insensata altivez;

y por el mendigo humilde

que sufre el ceño mezquino

de los que beben el vino

porque le dejen la hez.

Por el que de torpes vicios

sumido en profundo cieno,

hace aullar el canto obsceno

de nocturna bacanal.

Y por la velada virgen

que en su solitario lecho

con la mano hiriendo el pecho,

reza el himno sepulcral.

Por el hombre sin entrañas,

en cuyo pecho no vibra

una simpática fibra

al pesar y a la aflicción.

Que no da sustento al hambre,

ni a la desnudez vestido,

ni da la mano al caído,

ni da a la injuria perdón.

Por el que en mirar se goza

su puñal de sangre rojo,

buscando el rico despojo,

o la venganza cruel.

Y por el que en vil libelo

destroza una fama pura,

y en la aleve mordedura

escupe asquerosa hiel.

Por el que surca animoso

la mar de peligros, llena;

por el que arrastra cadena,

y por su duro señor.

Por la razón que leyendo,

en el gran libro, vigila;

por la razón que vacila:

por la que abraza el error.

Acuérdate en fin, de todos

los que penan y trabajan;

y de todos los que viajan

por esa vida mortal.

Acuérdate aun del malvado

que a Dios blasfemando irrita.

La oración es infinita:

nada agota su caudal.


IV


¡Hija! reza también por los que cubre

la soporosa piedra de la tumba,

profunda sima adonde se derrumba

la turba de los hombres mil a mil:

abismo en que se mezcla polvo a polvo,

y pueblo a pueblo; cual se ve a la hoja

de que el añoso bosque Abril despoja,

mezclar


la suya otro y otro Abril.

Arrodilla, arrodíllate en la tierra

donde segada en flor yace mi Lola,

coronada de angélica aureola;

do helado duerme cuanto fue mortal;

donde cautivas almas piden preces

que las restauren a su ser primero,

y purguen las reliquias del grosero

vaso, que las contuvo, terrenal.

¡Hija! cuando tú duermes, te sonríes,

y cien apariciones peregrinas,

sacuden retozando tus cortinas:

travieso enjambre, alegre, volador.

Y otra vez a la luz abres los ojos,

al mismo tiempo que la aurora hermosa

abre también sus párpados de rosa,

y da a la tierra el deseado albor.

¡Pero esas pobres almas!...¡si supieras

que sueño duermen!... su almohada es fría;

duro su lecho; angélica armonía

no regocija nunca su prisión.

No es reposo el sopor que las abruma;

para su noche no hay albor temprano;

y la conciencia, velador gusano,

les roe inexorable el corazón.

Una plegaria, un solo acento tuyo,

hará que gocen pasajero alivio,

y de que luz celeste un rayo tibio

logre a su oscura estancia penetrar;

que el atormentador remordimiento

una tregua a sus víctimas conceda,

y del aire, y el agua, y la arboleda,

oigan el apacible susurrar.

Cuando en el campo con pavor secreto

la sombra ves, que de los cielos baja,

la nieve que las cumbres amortaja,

y del ocaso el tinte carmesí:

en las quejas de aura y de la fuente

¿no te parece que una voz retiña?

una doliente retiña?

una doliente voz que dice: "Niña,

cuándo tú reces, ¿rezarás por mí?"

Es la voz de las almas. A los muertos

que oraciones alcanzan, no escarnece

el rebelado arcángel, y florece

sobre su tumba perennal tapiz.

Más ¡ay! los que yacen olvidados

cubren perpetuo horror, hierbas extrañas

ciegan su sepultura; a sus entrañas

¡árbol funesto enreda la raíz!

Y yo también, (no dista mucho el día)

huésped seré de la morada oscura,

y el ruego invocaré de un alma pura,

que a mi largo penar consuelo dé.

Y dulce entonces me será que vengas,

y para mí la eterna paz implores,

y en la desnuda loza esparzas flores,

simple tributo de amorosa fe.

¿Perdonarás a mi enemiga estrella,

si disipadas fueron una a una

las que mecieron tu mullida cuna

esperanzas de alegre porvenir?

Sí, le perdonarás; y mi memoria

te arrancará una lágrima, un suspiro

que llegue hasta mi lóbrego retiro,

y haga mi helado polvo rebullir.

Las ovejas

«¿Líbranos de la fiera tiranía

de los humanos, Jove omnipotente

¡una oveja decía,

entregando el vellón a la tijera?

que en nuestra pobre gente

hace el pastor más daño

en la semana, que en el mes o el año

la garra de los tigres nos hiciera.


Vengan, padre común de los vivientes,

los veranos ardientes;

venga el invierno frío,

y danos por albergue el bosque umbrío,

dejándonos vivir independientes,

donde jamás oigamos la zampoña

aborrecida, que nos da la roña,

ni veamos armado

del maldito cayado

al hombre destructor que nos maltrata,

y nos trasquila, y ciento a ciento mata.


Suelta la liebre pace

de lo que gusta, y va donde le place,

sin zagal, sin redil y sin cencerro;

y las tristes ovejas ¡duro caso!

si hemos de dar un paso,

tenemos que pedir licencia al perro.


Viste y abriga al hombre nuestra lana;

el carnero es su vianda cuotidiana;

y cuando airado envías a la tierra,

por sus delitos, hambre, peste o guerra,

¿quién ha visto que corra sangre humana?

en tus altares? No: la oveja sola

para aplacar tu cólera se inmola.


Él lo peca, y nosotras lo pagamos.

¿Y es razón que sujetas al gobierno

de esta malvada raza, Dios eterno,

para siempre vivamos?

¿Qué te costaba darnos, si ordenabas

que fuésemos esclavas,

menos crüeles amos?

Que matanza a matanza y robo a robo,

harto más fiera es el pastor que el lobo» .


Mientras que así se queja

la sin ventura oveja

la monda piel fregándose en la grama,

y el vulgo de inocentes baladores

¡vivan los lobos! clama

y ¡mueran los pastores!

y en súbito rebato

cunde el pronunciamiento de hato en hato

el senado ovejuno

«¡ah!» dice, «todo es uno».

Miserere

¡Piedad, piedad, Dios mío!

¡Que tu misericordia me socorra!

Según la muchedumbre

de tus clemencias, mis delitos borra.


De mis iniquidades

lávame más y más; mi depravado

corazón quede limpio

de la horrorosa mancha del pecado.


Porque, Señor, conozco

toda la fealdad de mi delito,

y mi conciencia propia

me acusa y contra mí levanta el grito.


Pequé contra Ti solo;

a tu vista obré mal; para que brille

tu justicia, y vencido,

el que te juzgue tiemble y se arrodille.


Objeto de tus iras

nací, de iniquidades mancillado,

y en el materno seno

cubrió mi ser la sombra del pecado.


En la verdad te gozas

y para más rubor y más afrenta,

tesoros me mostraste

de oculta celestial sabiduría.


Pero con el hisopo

me rociarán, y ni una mancha leve

tendré ya; lavárasme,

y quedaré más blanco que la nieve.


Sonarán tus acentos

de consuelo y de paz en mis oídos,

y celeste alegría

conmoverá mis huesos.


Aparta, pues, aparta

tu faz, ¡oh, Dios!, de mi maldad horrenda

rastro de culpa por tu enojo encienda.


En mis entrañas cría

un corazón que con ardiente afecto

te busque; un alma pura,

enamorada de lo justo y recto.


De tu dulce presencia,

en que al lloroso pecador recibes,

no me arrojes airado

ni de tu santa inspiración me prives.


Restáurame en tu gracia,

que es del alma salud, vida y contento;

y al débil pecho infunde

de un ánimo real el noble aliento:

haré que el hombre injusto

de su razón conozca el extravío;

le mostraré tu senda,

y a tu ley santa volverá al impío.


Mas líbrame de sangre,

¡mi Dios, mi Salvador! ¡Inmensa fuente

de piedad! Y mi lengua

loará tu justicia eternamente.


Desatarás mis labios,

si santo un pecador que llora alcanza,

y gozosa a las gentes

anunciará mi lengua tu alabanza.


Que si víctima fueran

gratas a Ti, las inmolará luego;

pero no es sacrificio

que te deleita el que consume el fuego.


Un corazón doliente

es la expiación que a tu justicia agrada:

la víctima que aceptas

es un alma contrita y humillada.


Vuelve a Sión tu benigno

rostro primero y tu piedad amante

y sus muros humilde

Jerusalén, Señor, al fin levante.


Y de puras ofrendas

se colmarán tus aras y propicio

recibirás un día

el grande inmaculado sacrificio.

Rubia

¿Sabes, rubia, qué gracia solicito

cuando de ofrendas cubro los altares?

No ricos muebles, no soberbios lares,

ni una mesa que adule al apetito.


De Aragua a las orillas un distrito

que me tribute fáciles manjares,

do vecino a mis rústicos hogares

entre peñascos corra un arroyito.


Para acogerme en el calor estivo,

que tenga una arboleda también quiero,

do crezca junto al sauce el coco altivo.


¡Felice yo si en este albergue muero;

y al exhalar mi aliento fugitivo,

sello en tus labios el adiós postrero!

Parte IX

Ángel Saavedra, Duque de Rivas

Ángel de Saavedra y Ramírez de Baquedano (Córdoba, 10 de marzo de 1791 – Madrid, 22 de junio de 1865), III duque de Rivas y grande de España, fue un dramaturgo, poeta, historiador, pintor y estadista español, que hoy goza de notoriedad por su drama romántico Don Álvaro o la fuerza del sino (1835). Fue embajador en Nápoles y en París, vicepresidente del Senado y del Estamento de Próceres, ministro de la Gobernación y de Marina, presidente del Consejo de Ministros (durante solo dos días de 1854), presidente del Consejo de Estado y director de las Reales Academias de la Lengua y de la Historia.

37.Con once heridas mortales

38.El faro de Malta

39.La antigualla de Sevilla

Con once heridas mortales

Con once heridas mortales,

hecha pedazos la espada,

el caballero sin aliento

y perdida la batalla,


manchado de sangre y polvo,

en noche oscura y nublada,

en Ontígola vencido

y deshecha mi esperanza,


casi en brazos de la muerte

el laso potro aguijaba

sobre cadáveres yertos

y armaduras destrozadas.


Y por una oculta senda

que el Cielo me depara,

entre sustos y congojas

llegar logré a Villacañas.


La hermosísima Filena,

de mi desastre apiadada,

me ofreció su hogar, su lecho

y consuelo a mis desgracias.


Registróme las heridas,

y con manos delicadas

me limpió el polvo y la sangre

que en negro raudal manaban.


Curábame las heridas,

y mayores me las daba;

curábame el cuerpo,

me las causaba en el alma.


Yo, no pudiendo sufrir

el fuego en que me abrazaba,

díjele; "Hermosa Filena,

basta de curarme, basta.


"Más crueles son tus ojos

que las polonesas lanzas:

ellas hirieron mi cuerpo

y ellos el alma me abrasan.


"Tuve contra Marte aliento

en las sangrientas batallas,

y contra el rapaz Cupido

el aliento ahora me falta.


"Deja esa cura, Filena;

déjala, que más me agrabas;

deja la cura del cuerpo,

atiende a curarme el alma

El faro de Malta

Envuelve al mundo extenso triste noche,

ronco huracán y borrascosas nubes

confunden y tinieblas impalpables

el cielo, el mar, la tierra:


Y tú invisible te alzas, en tu frente

ostentando de fuego una corona,

cual rey del caos, que refleja y arde

con luz de paz y vida.


En vano ronco el mar alza sus montes

y revienta a tus pies, do rebramante

creciendo en blanca espuma, esconde y borra

el abrigo del puesto:


Tú, con lengua de fuego, aquí está, dices,

sin voz hablando al timido piloto,

que como a un numen bienhechor te adora,

y en ti los ojos clava.


Tiende apacible noche el manto rico,

que céfiro amoroso desenrolla,

recamado de estrellas y luceros;

por él rueda la luna.


Y entonces tú, de niebla vaporosa

vestido, dejas ver en fórmulas vagas

tu cuerpo colosal, y tu diadema

arde al par de los astros.


Duerme tranquilo el mar, pérfido esconde

rocas aleves, áridos escollos;

falso señuelo son, lejanas lumbres

engañan a las naves.


Mas tú, cuyo esplendor todo lo ofusca;

tú, cuya innoble posición indica

el trono de un monarca, eres su norte,

les adviertes su engaño.


Así de la razón arde la antorcha,

en medio del furor de las pasiones

o de aleves halagos de fortuna,

a los ojos del alma.


Desque refugio de la airada suerte

en esta escasa sierra que presides,

y grato albergue el cielo bondoso

me concedió propicio,


ni una voz solo a mis pesares busco

dulce olvido del dueño entre los brazos,

sin saludarte, y sin tornar los ojos

a tu espléndida frente.


¡Cuantos, ay, desde el seno de los mares

al par los tomarán!...Tras larga ausencia

unos, que vuelven a su patria amada,

a sus hijos y esposa.


otros, prófugos, pobres, perseguidos,

que asilo buscan, cual busqué, lejano,

y a quienes que lo hallaron tu luz dice

hospitalaria estrella.


Arde, y sirve de norte a los bajeles

que de mi patria, aunque de tarde en tarde,

me traen nuevas amargas y renglones

con lágrimas escritos.


Cuando la vez primera deslumbraste

mis afligidos ojos, ¡cuál mi pecho,

destrozado y hundido en amargura,

palpitó venturoso!


Del Lacio moribundo de las riberas

huyendo inhospitables, contrastado

del viento y mar entre ásperos bajíos,

vi tu lumbre divina.


Viéronla como yo los marineros

y, olvidando los votos y plegarias

que en las sordas tinieblas se perdían,

Malta!!! Malta!!!, gritaron;


y fuiste a nuestros ojos la aureola

que orla la frente de la santa imagen

en quien busca afanoso peregrino

la salud y el consuelo.


Jamás te olvidaré, jamás...Tan solo

trocara tu esplendor, sin olvidarlo,

rey de la noche, y de tu excelsa cumbre

la benéfica llama.


Por la llama y los fúlgidos destellos

que lanza, reflejando al sol naciente,

el arcángel dorado que corona

de Córdoba la torre.

La antigualla de Sevilla

Al Excmo. Sr. D. Mauel Cepero.


Romance primero


EL CANDIL


Más ha de quinientos años,

en una torcida calle,

que, de Sevilla en el centro,

da paso a otras principales,


cerca de la media noche,

cuando la ciudad más grande

es de un grande cementerio

en silencio y paz imagen,


de dos desnudas espadas

que trababan un combate,

turbó el repentino encuentro

las tinieblas impalpables.


El crujir de los aceros

sonó por breves instantes,

lanzando azules centellas,

meteoro de desastres.


Y al gemido : �¡ Dios me valga!�

�¡Muerto soy!� y al golpe grave

de un cuerpo que a tierra, vino,

el silencio y paz renacen.


Al punto una ventanilla

de un pobre casuco abren,

y de tendones y huesos,

sin jugo, como sin carne,


una mano y brazo asoman,

que sostienen por el aire

un candil, cuyas destellos

dan luz súbita a la calle.


En pos un rostro aparece

de gomia o bruja espantable,

a que otra marchita mano

o cubre o da sombra en parte.


Ser dijérase la muerte

que salía a apoderarse

de aquella víctima humana

que acababan de inmolarle,


o de la, eterna justicia,

de cuyas miradas nadie

consigue ocultar un crimen,

el testigo formidable,


pues a la llama mezquina,

con el ambiente ondeante,

que dando luz roja al muro

dibujaba desiguales


los tejados y azoteas

sobre el obscuro celaje,

dando fantásticas formas

a esquinas y bocacalles,


se vio en medio del arroyo,

cubierto de lodo y sangre,

el negro bulto tendido

de un traspasado cadáver.


Y de pie a su frente un hombre,

vestido negro ropaje,

con una espada en la mano,

roja hasta los gavilanes.


El cual en el mismo punto,

sorprendido de encontrarse

bañada de luz, esconde

la faz en su embozo, y parte,


aunque no como el culpado

que se fuga por salvarse,

sino como el que inocente

mueve tranquilo el pie y grave.


Al andar, sus choquezuelas

formaban ruido notable,

como el que forman los dados

al confundirse y mezclarse.


Rumor de poca importancia

en la escena lamentable,

mas de tan mágico efecto,

y de un influjo tan grande


en la vieja, que asomaba

el rostro y luz a la calle,

que, cual si oyera el silbido

de venenosa ceraste,


o crujir las negras alas

del precipitado arcángel,

grita en espantoso aullido,

�¡Virgen de los Reyes, valme!�


Suelta el candil, que en las piedras

se apaga y aceite esparce,

y cerrando la ventana

de un golpe, que la deshace,


bajo su mísero lecho

corre a tientas a ocultarse,

tan acongojada y yerta,

que apenas sus pulsos laten,


por sorda y ciega haber sido

aquellos breves instantes,

la mitad diera gustosa

de sus días miserables,


y hubiera dado los días

de amor y dulces afanes

de su juventud, y dado

las caricias de sus padres,


Los encantos de la cuna,

y... en fin, hasta lo que nadie

enajena, la esperanza,

bien solo de los mortales:


Pues lo que ha visto la abruma,

Y la. aterra lo que sabe,

Que hay vistas que son peligros

Y aciertos que muerte valen.


Romance segundo


EL JUEZ


Las cuatro esferas doradas,

que ensartadas en un perno,

obra colosal de moros

con resaltos y letreros,


de la torre de Sevilla

eran remate soberbio,

do el gallardo Giraldillo

hoy marea el mudable viento


(esferas que pocos años

después derrumbó en el suelo

un terremoto) brillaban

del sol matutino al fuego,


cuando en una sala estrecha

del antiguo Alcázar regio,

que entonces reedificaban

tal cual hoy mismo lo vemos,


en un sillón de respaldo

sentado está el Rey Don Pedro,

joven de gallardo talle,

mas de semblante severo.


A reverente distancia,

una rodilla en el suelo,

vestido de negra toga,

blanca barba, albo cabello,


y con la vara de Alcalde

rendida. al poder supremo,

Martín Fernández Cerón

era emblema del respeto.


Y estas palabras de entrambos

recogió el dorado techo,

y la tradición guardólas

para que hoy suenen de nuevo:


R.� ¿Conque en medio de Sevilla

amaneció un hombre muerto,

y no venís a decirme

que está ya el matador preso?


A.� Señor, desde antes del alba,

en que el cadáver sangriento

recogí, varias pesquisas

inútilmente se han hecho.


R.� Más pronta justicia, alcalde,

ha de haber donde yo reino,

y a sus vigilantes ojos

nada ha de estar encubierto,


A.� Tal vez, señor, los judíos,

tal vez los moros, sospecho...

R � ¿Y os vais tras de las sospechas

cuando hay un testigo, y bueno?


"¿No me habéis, Alcalde, dicho,

que un candil se halló en el suelo

cerca del cadáver?... Basta,

que el candil os diga el reo.�


A.� Un candil no tiene lengua.

R,� Pero tiénela su dueño.

y a moverla se le obliga

con las cuerdas del tormento.


"Y ¡vive Dios! que esta noche

ha de estar en aquel puesto

o vuestra cabeza,, Alcalde,

o la cabeza del reo.


El Rey, temblando de ira,

del sillón se alzó de presto,

y el juez alzóse de tierra

temblando también de miedo.


Y haciendo una reverencia,

y otra después, y otra luego,

salióse a ahorcar a Sevilla,

para salvarse, resuelto.


Síguele el Rey con los ojos,

que estuvieran en su puesto

de un basilisco en la frente,

según eran de siniestros;


y de satánica risa,

dando la expresión al gesto,

salió detrás del Alcalde

a pasos largos y lentos.


Por el corredor estuvo

en las alcándaras, viendo

azores y jerifaltes,

y dándoles agua y cebo.


Y con uno sobre el puño

salió a dirigir él mesmo

las obras de aquel palacio,

en que muestra gran empeño.


Y vio poner las portadas

de cincelados maderos,

y él mismo dictó las letras

que aun hoy notamos en ellos.


Después habló largo rato,

a solas y con secreto,

a un su privado, Juan Diente,

diestrísimo ballestero,


señalándole un retrato,

busto de piedra mal hecho,

que con corta semejanza

labró un peregrino griego.


Fue a Triana, vió las naves

y marítimos aprestos;

de Santa Ana entró en la iglesia

y oró brevísimo tiempo;


comió en la Torre de1 Oro,

a las tablas jugó luego

con Martín Gil de Alburquerque;

a caballo dio un paseo.


Y cuando el sol descendía,

dejando esmaltado el cielo

de rosa, morado y oro,

con nubes de grana y fuego,


tornó al Alcázar, vistióse

sayo pardo, manto negro,

tomó un birrete sin plumas

y un estoque de Toledo,


y bajando a 1os jardines

por un postigo secreto,

do Juan Diente le esperaba

entre murtas encubierto,


salió solo, y esto dijo

con recato al ballestero:

"Antes de la media noche

todo esté cual dicho tengo."


Cerró el postigo por fuera,

y en el laberinto ciego

de las calles de Sevilla

desapareció entre el pueblo.


Romance tercero


LA CABEZA


Al tiempo que en el ocaso

su eterna llama sepulta

el sol, y tierras y

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