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Una historia del mundo en diez capítulos y medio

Una historia del mundo en diez capítulos y medio

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Una historia del mundo en diez capítulos y medio

valoraciones:
4/5 (10 valoraciones)
Longitud:
410 página
7 horas
Publicado:
Jun 1, 1994
ISBN:
9788433938824
Formato:
Libro

Descripción

La historia del mundo que nos cuenta Julian Barnes comienza en el arca de Noé y termina en el Paraíso, y entretanto la cruzan navíos diversos: la balsa de la Medusa, que inspira la célebre pintura de Géricault; el Saint Louis, un barco de «condenados», que tras zarpar rumbo a La Habana con 937 judíos alemanes expulsados de cárceles y campos de concentración, recorrió medio mundo sin que ningún país aceptara su cargamento, por lo que tuvo que poner rumbo a Alemania; la frágil barca en la que se hace a la mar una australiana desesperada y quizá loca, convencida de que el mundo ha sido arrasado por la guerra atómica; y hasta la nave espacial de un astronauta que encuentra a Dios en los espacios -nunca mejor dicho que cada uno tiene el Dios que se merece- y acaba «redescubriendo» el arca de Noé en el monte Ararat, en uno de los irónicos equívocos con que Barnes obsequia a sus lectores. «Un libro quizá muy difícil de resumir, pero en absoluto difícil de leer. Serio e impertinente, fantástico y absolutamente realista, poético y satírico, enormemente inteligente y muy, muy divertido» (R. Irwing, The Listener). «Julian Barnes ha escrito un libro brillante, imaginativo, audaz, iconoclasta, original, y un verdadero placer para el lector. ¿Qué más podría pedir?» (Salman Rushdie).

Publicado:
Jun 1, 1994
ISBN:
9788433938824
Formato:
Libro

Sobre el autor

Julian Barnes (Leicester, 1946) se educó en Londres y Oxford. Está considerado como una de las mayores revelaciones de la narrativa inglesa de las últimas décadas. Entre muchos otros galardones, ha recibio el premio E.M. Forster de la American Academy of Arts and Letters, el William Shakespeare de la Fundación FvS de Hamburgo y es Chevalier de l'Ordre des Arts et des Lettres.


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Una historia del mundo en diez capítulos y medio - Julian Barnes

Índice

Portada

1. El polizón

2. Los visitantes

3. Las guerras de religión

4. La superviviente

5. Naufragio

6. La montaña

7. Tres historias sencillas

8. Río arriba

Paréntesis

9. El proyecto Ararat

10. El sueño

Nota del autor

Créditos

Notas

A Pat Kavanagh

1. El polizón

Pusieron a los behemots en la bodega junto con los rinocerontes, los hipopótamos y los elefantes. Fue una decisión sensata usarlos como lastre; pero ya podéis imaginaros el hedor. Y no había nadie que limpiara la mierda. Los hombres estaban sobrecargados con los turnos de alimentación, y sus mujeres, que debajo de sus llamaradas de perfume olían sin duda tan mal como nosotros, eran demasiado delicadas. Así que si queríamos que se hiciera algo de limpieza, teníamos que hacerla nosotros mismos. Cada pocos meses retiraban con un torno la gruesa escotilla de la cubierta de popa y dejaban entrar a las aves limpiadoras. Bueno, primero tenían que dejar salir el olor (y no había demasiados voluntarios para el trabajo del torno); luego seis u ocho de las aves menos quisquillosas revoloteaban cautelosamente alrededor de la escotilla durante aproximadamente un minuto antes de entrar. No recuerdo el nombre de todas –de hecho una de esas parejas ya no existe–, pero ya sabéis a qué clase de aves me refiero. ¿Habéis visto hipopótamos con la boca abierta mientras luminosos pajarillos picotean entre sus dientes como higienistas dentales enloquecidos? Imaginaos eso en una escala mayor y más sucia. No soy nada remilgado, pero hasta yo me estremecía ante la escena que se veía bajo cubierta: una hilera de monstruos bizcos a los que les están haciendo la manicura en una cloaca.

En el arca había una disciplina estricta; eso es lo primero que hay que dejar claro. No era como esas arcas de madera pintada con las que tal vez hayáis jugado de niños: todas la parejas felices mirando alegremente por encima de la barandilla desde la comodidad de sus bien fregadas celdillas. No os imaginéis un crucero por el Mediterráneo en el que jugáramos lánguidamente a la ruleta y todo el mundo se vistiera para la cena; en el arca sólo los pingüinos llevaban frac. Recordad: era una travesía larga y peligrosa, a pesar de que algunas de las reglas habían sido fijadas de antemano. Recordad también que teníamos a todo el reino animal a bordo: ¿habríais puesto a un leopardo a la distancia de un salto de un antílope? Ciertas medidas de seguridad eran inevitables y aceptamos cerraduras de doble clavija, inspecciones de las celdillas y un toque de queda nocturno. Pero, lamentablemente, también había castigos y celdas de aislamiento. Alguien de las alturas se obsesionó con la idea de obtener información, y ciertos viajeros aceptaron hacer de soplones. Lamento tener que informar que chivarse a las autoridades era a veces una práctica muy extendida. No era una reserva natural, aquella arca nuestra; a veces se parecía más a un buque prisión.

Me doy cuenta de que los relatos difieren. Vuestra especie tiene una reiterada versión que aún encanta hasta a los escépticos, mientras que los animales tienen un compendio de mitos sentimentales. Pero claro, ellos no van a hacer zozobrar el barco, ¿verdad? No cuando han sido tratados como héroes, no cuando se ha convertido en una cuestión de orgullo el que todos y cada uno de ellos puedan alardear de que su árbol genealógico se remonta hasta el arca. Fueron elegidos, soportaron penalidades, sobrevivieron: es normal que adornen los episodios embarazosos, que tengan oportunos fallos de memoria. Pero yo no me siento obligado a eso. Nunca fui elegido En realidad, como a otras varias especies, no me eligieron deliberadamente. Fui un polizón; yo también sobreviví; escapé (desembarcar no fue más fácil que embarcar) y he prosperado. Estoy un poco apartado del resto de la sociedad animal, que todavía tiene sus reuniones nostálgicas; incluso hay un Club de Lobos de Mar para especies que nunca se marearon. Cuando recuerdo la travesía, no tengo ninguna sensación de estar obligado a nada; la gratitud no pone ningún churrete de vaselina en las lentes. De mi relato podéis fiaros.

Probablemente habréis comprendido que el «arca» no era un solo barco. Fue el nombre que le pusimos a toda la flotilla (difícilmente se habría podido meter a todo el reino animal en algo que sólo tenía trescientos codos de largo). ¿Que llovió cuarenta días y cuarenta noches? Bueno, naturalmente que no, eso no habría sido más que un verano inglés normal. No, llovió durante más o menos año y medio, según mis cálculos. ¿Y que las aguas cubrieron la tierra durante ciento cincuenta días? Engorden esa cifra hasta unos cuatro años. Y así, todo. Vuestra especie siempre ha sido una calamidad para las fechas. Yo lo atribuyo a vuestra curiosa obsesión por los múltiplos de siete.

Al principio el arca se componía de ocho buques: el galeón de Noé, que remolcaba el buque almacén, luego iban cuatro barcos ligeramente más pequeños, cada uno de ellos capitaneado por uno de los hijos de Noé, y detrás, a una prudente distancia (la familia era supersticiosa respecto a la enfermedad), el buque hospital. El octavo barco constituyó un breve misterio: una pequeña y veloz balandra con adornos de filigrana en madera de sándalo a lo largo de toda la popa, seguía un rumbo servilmente próximo al del arca de Cam. Si uno se ponía a sotavento a veces le tentaban extraños perfumes; en ocasiones, por la noche, cuando la tempestad amainaba, se oía una alegre música y risas agudas; ruidos que nos sorprendían, puesto que suponíamos que todas las esposas de todos los hijos de Noé estaban bien instaladas en sus propios barcos. Sin embargo, este perfumado y alegre barco no era muy robusto: se hundió en una repentina tormenta, y Cam estuvo pensativo durante varias semanas.

El buque almacén fue el siguiente que perdimos, en una noche sin estrellas cuando el viento había cesado y los vigías estaban adormilados. Por la mañana lo único que arrastraba el buque insignia de Noé era un pedazo de gruesa maroma que había sido roída por algo que tenía agudos incisivos y la capacidad de aferrarse a las cuerdas mojadas. Hubo graves recriminaciones por ese motivo, puedo asegurároslo; de hecho, es posible que ésta fuera la primera ocasión en que una especie desapareció arrojada por la borda. Poco después se perdió el buque hospital. Hubo murmuraciones en el sentido de que los dos sucesos estaban relacionados, que la esposa de Cam –a la que le faltaba un poco de serenidad– había decidido vengarse de los animales. Al parecer, la producción de mantas bordadas de toda su vida se había hundido con el buque almacén. Pero nunca se pudo probar nada.

No obstante, el peor desastre, con mucho, fue la pérdida de Varadi. Vosotros conocéis a Cam, a Sem y al otro, el del nombre que empieza con J; pero no habéis oído hablar de Varadi, ¿verdad? Era el más joven y el más fuerte de los hijos de Noé; lo cual, naturalmente, hacía que no fuera el más querido en el seno de la familia. También tenía sentido del humor, o por lo menos se reía mucho, lo cual suele ser prueba suficiente para vuestra especie. Sí, Varadi estaba siempre alegre. Se le podía ver pavoneándose por el alcázar con un loro en cada hombro; les daba afectuosas palmadas en las ancas a los cuadrúpedos, que respondían con un bramido de agradecimiento; y se decía que mandaba su arca de una forma mucho menos tiránica que los otros. Pero ya ven: una mañana, al despertarnos, descubrimos que el barco de Varadi había desaparecido del horizonte, llevándose consigo una quinta parte del reino animal. Creo que os habría gustado el simurg, con su cabeza plateada y su cola de pavo real; pero el ave que anidaba en el árbol de la ciencia no fue mejor seguro contra las olas que el ratón de agua moteado. Los hermanos mayores de Varadi lo atribuyeron a mala navegación; dijeron que Varadi había pasado demasiado tiempo confraternizando con las bestias; incluso llegaron a insinuar que tal vez Dios le había castigado por alguna oscura ofensa cometida cuando era un niño de ochenta y cinco años. Pero hubiera lo que hubiere detrás de la desaparición de Varadi, constituyó una grave pérdida para vuestra especie. Sus genes os habrían ayudado mucho.

En lo que a nosotros se refiere, el asunto de la travesía empezó cuando se nos invitó a presentarnos en un sitio determinado antes de una fecha determinada. Ésa fue la primera noticia que tuvimos del proyecto. No sabíamos nada del trasfondo político. La ira de Dios con su propia creación era una novedad para nosotros; nos vimos atrapados de grado o por fuerza. Nosotros no teníamos culpa de nada (no creeréis realmente esa historia de la serpiente, ¿verdad? No fue más que mala propaganda de Adán), y sin embargo las consecuencias fueron igualmente graves para nosotros: todas las especies aniquiladas salvo una pareja reproductora, y esa pareja enviada a alta mar a cargo de un viejo bribón con un problema de alcoholismo que estaba ya en su séptimo siglo de vida.

Así que se corrió la voz; pero, como es habitual, no nos dijeron la verdad. ¿Acaso imagináis que justo en las proximidades del palacio de Noé (oh; no era pobre, ese Noé, no) habitaba convenientemente un ejemplar de cada especie existente en la tierra? Vamos, vamos. No, tuvieron que hacer publicidad y luego seleccionar a la mejor pareja que se presentó. Como no querían provocar el pánico, anunciaron una competición para parejas –algo así como una mezcla de concurso de belleza, pruebas intelectuales y concurso del matrimonio ideal– y les dijeron a los concursantes que se presentaran ante la puerta de Noé antes de un mes determinado. Ya podéis imaginaros los problemas que hubo. Para empezar, no todo el mundo tiene un carácter competitivo, así que posiblemente acudieron sólo los más codiciosos. Los animales que no fueron lo bastante listos como para leer entre líneas, sencillamente pensaron que no les interesaba ganar un crucero de lujo para dos con todos los gastos pagados, muchas gracias. Además, Noé y su personal tampoco tuvieron en cuenta que algunas especies hibernan en cierta época del año; por no hablar del hecho más evidente de que unos animales viajan más despacio que otros. Había un animal particularmente perezoso, por ejemplo –una criatura exquisita, puedo dar fe de ello personalmente–, que apenas había bajado al pie de su árbol cuando fue aniquilado en la gran inundación de la venganza divina. ¿Cómo le llamáis a eso, selección natural? Yo lo llamaría incompetencia profesional.

La organización, francamente, fue desastrosa. Noé se atrasó en la construcción de las arcas (no ayudó mucho el que los artesanos se dieran cuenta de que no había suficientes literas para que les llevaran a ellos también), y debido a ello no se prestó la atención necesaria a la elección de los animales. Se aceptaba a la primera pareja normalmente presentable que llegaba, éste parecía ser el sistema; ciertamente no se hacía más que un muy somero examen del pedigrí. Y por supuesto, aunque decían que llevarían a dos animales de cada especie, a la hora de la verdad... A algunas especies sencillamente no las querían en la travesía. Ése fue nuestro caso; por eso tuvimos que embarcar como polizones. Y buen número de bestias con argumentos perfectamente legales y convincentes para ser consideradas una especie distinta vieron rechazadas sus demandas. No, ya tenemos dos de vosotros, les decían. ¿Qué diferencia suponen unos cuantos anillos más en la cola, o ese espeso copete a lo largo de tu espina dorsal? Ya te tenemos. Lo sentimos.

Hubo animales espléndidos que llegaron sin pareja y tuvieron que quedarse atrás; hubo familias que se negaron a separarse de su descendencia y prefirieron morir juntos; hubo exámenes médicos, a menudo de un carácter brutalmente desagradable; y durante toda la noche el aire fuera de la empalizada de Noé se llenaba con los lamentos de los rechazados. ¿Os imagináis el ambiente cuando al fin se supo por qué nos habían pedido que nos sometiésemos a esta farsa de competición? Hubo muchos celos y mala conducta, como podéis figuraros. Algunas de las especies más nobles sencillamente se volvieron al bosque, declinando el ofrecimiento de sobrevivir en las insultantes condiciones impuestas por Dios y Noé, prefiriendo la extinción y las olas. Se dijeron duras y envidiosas palabras respecto a los peces; los anfibios empezaron a adoptar un aire claramente presuntuoso; los pájaros practicaban para mantenerse en el aire el mayor tiempo posible. Ciertos tipos de monos fueron vistos a veces tratando de construirse toscas balsas. Una semana se produjo una misteriosa epidemia de intoxicación alimentaria en el Recinto de los Elegidos y para algunas de las especies menos robustas el proceso de selección tuvo que comenzar de nuevo.

Hubo momentos en los que Noé y sus hijos se pusieron bastante histéricos. ¿Que eso no encaja con vuestra versión de las cosas? ¿Que siempre os han hecho creer que Noé era sabio, recto y temeroso de Dios y yo lo he descrito como un bribón histérico con un problema de alcoholismo? Las dos opiniones no son enteramente incompatibles. Pongámoslo de esta manera: Noé era bastante calamitoso, pero tendríais que haber visto a los demás. A nosotros nos sorprendió bien poco que Dios decidiera borrar la pizarra; lo único extraño era que quisiera preservar algo de esta especie cuya creación no hablaba demasiado bien de su creador.

A veces Noé estaba casi al borde. El arca iba atrasada, a los artesanos había que fustigarlos, cientos de animales aterrorizados vivaqueaban cerca de su palacio y nadie sabía cuándo llegarían las lluvias. Dios ni siquiera quería darle una fecha para eso. Todas las mañanas mirábamos las nubes: ¿sería como siempre un viento del oeste el que traería la lluvia, o enviaría Dios su diluvio especial desde una dirección rara? Y a medida que el tiempo empeoraba lentamente, las posibilidades de revuelta aumentaban. Algunos de los rechazados querían tomar el arca y salvarse, otros querían destruirla por completo. Los animales con tendencias especulativas empezaron a proponer principios de selección distintos, basados en el tamaño de las bestias o en su utilidad en lugar de en el simple número; pero Noé se negó altivamente a negociar. Era un hombre que tenía sus pequeñas teorías y no le interesaban las de nadie más.

Cuando la flotilla estaba casi terminada se hizo preciso protegerla veinticuatro horas al día. Hubo muchos intentos de viajar clandestinamente. Un día descubrieron a un artesano tratando de hacer un escondite entre los tablones inferiores del buque almacén. Y hubo escenas patéticas: un joven alce colgado de la borda del barco de Sem; pájaros bombardeando en picado la red protectora, y otras por el estilo. A los polizones, cuando se les detectaba, se les mataba inmediatamente; pero estos espectáculos públicos nunca bastaban para desanimar a los desesperados. Nuestra especie, me enorgullece decirlo, subió a bordo sin soborno ni violencia; pero también es verdad que no somos tan fáciles de detectar como un joven alce. ¿Cómo nos las arreglamos? Tuvimos un padre muy previsor. Mientras Noé y sus hijos cacheaban bruscamente a los animales a medida que subían por la pasarela, pasando ásperas manos por lanas sospechosamente espesas y llevando a cabo algunos de los primeros y menos higiénicos exámenes de próstata, nosotros ya habíamos pasado por delante de sus narices y estábamos a salvo en nuestras literas. Uno de los carpinteros del barco nos había llevado allí sin saberlo.

Durante dos días el viento sopló en todas direcciones simultáneamente y luego empezó a llover. El agua caía a chorros desde un cielo bilioso para purgar al mundo perverso. Grandes gotas estallaban en la cubierta como huevos de paloma. Los representantes seleccionados de cada especie fueron trasladados desde el Recinto de los Elegidos hasta las arcas que se les habían asignado. La escena parecía una boda masiva obligatoria. Luego atornillaron las escotillas y todos empezamos a acostumbrarnos a la oscuridad, el confinamiento y el hedor. Aunque esto no nos importó mucho al principio: estábamos demasiado eufóricos por nuestra salvación. La lluvia caía incesantemente, transformándose a veces en granizo y tamborileando sobre las tablas. A veces oíamos el estruendo del trueno y a menudo las lamentaciones de las bestias abandonadas. Pasado algún tiempo, estos gritos se hicieron menos frecuentes: supimos que las aguas habían empezado a subir.

Finalmente llegó el día que habíamos estado esperando. Al principio pensamos que podía ser un asalto enloquecido por parte de los últimos paquidermos supervivientes, que trataban de forzar la entrada al arca o, al menos, volcarla. Pero no, era que el barco se inclinaba de lado cuando el agua empezaba a levantarlo de su cuna. Ése fue el momento culminante de la travesía, si quieren mi opinión, ése fue el momento en que la fraternidad entre las bestias y la gratitud hacia el hombre corrieron como el vino en mesa de Noé. Después... pero tal vez los animales habían sido ingenuos al confiar en Noé y en su Dios para empezar.

Ya antes de que subieran las aguas había habido motivos de inquietud. Sé que vuestra especie tiende a despreciar a nuestro mundo, por considerarlo brutal, caníbal y falso (aunque bien podríais reconocer que esto nos acerca a vosotros en lugar de alejarnos). Pero entre nosotros siempre hubo, desde el principio, un sentimiento de igualdad. Oh, ciertamente nos comíamos los unos a los otros y todo eso; las especies más débiles sabían demasiado bien lo que podían esperar si se cruzaban en el camino de algo que fuera más grande y estuviera hambriento. Pero simplemente reconocíamos que así eran las cosas. El hecho de que un animal pudiera matar a otro no hacía al primer animal superior al segundo; únicamente le hacía más peligroso. Puede que éste sea un concepto que os cueste comprender, pero había un respeto mutuo entre nosotros. Comerse a otro animal no era motivo para despreciarlo, y ser comido no inspiraba a la víctima –o a la familia de la víctima– ninguna exagerada admiración por la especie que se lo había zampado.

Noé –o el Dios de Noé– cambió todo eso. Si vosotros tuvisteis una Caída, nosotros también. Pero a nosotros nos empujaron. Nos dimos cuenta de ello por primera vez cuando se estaba haciendo la selección para el Recinto de los Elegidos. Toda esa historia de dos de cada era verdad (y uno se daba cuenta de que tenía cierto sentido); pero ahí no se acababa el asunto. En el Recinto empezamos a notar que de ciertas especies se habían seleccionado no dos sino siete (una vez más, esa obsesión con los sietes). Al principio pensamos que los cinco de más serían reservas por si la primera pareja enfermaba. Pero luego, gradualmente, se reveló la verdad. Noé –o el Dios de Noé– había decretado que existían dos clases de bestias: las puras y las impuras. Los animales puros entraban en el arca de siete en siete; los impuros de dos en dos.

Hubo, como podéis suponeros, un profundo resentimiento al ver la división de la política animal de Dios. Hasta el punto de que al principio incluso los animales puros se sentían incómodos por el asunto; sabían que no habían hecho nada para merecer protección especial. Aunque ser «puro», como descubrieron rápidamente, era una suerte que tenía sus desventajas. Ser «puro» significaba que podían ser comidos. Daban la bienvenida a bordo a siete animales, pero cinco estaban destinados a la cocina. Era un curioso honor el que se les hacía. Pero por lo menos significaba que tenían los compartimentos más cómodos disponibles hasta el día de su sacrificio ritual.

De vez en cuando la situación me parecía divertida y soltaba la risa del paria. Sin embargo, entre las especies que se tomaban a sí mismas en serio surgieron toda clase de complicados celos. Al cerdo no le importaba, puesto que tiene un carácter poco ambicioso socialmente; pero algunos de los otros animales se tomaron la noción de impureza como una ofensa personal. Y hay que decir que el sistema –por lo menos el sistema tal como lo entendía Noé– tenía poco sentido. ¿Qué tenían de especial los rumiantes de pata hendida?, se preguntaba uno. ¿Por qué habían de darles categoría de segunda clase al camello y al conejo? ¿Por qué establecer una división entre peces con escamas y peces sin escamas? El cisne, el pelícano, la garza real y la abubilla ¿no son acaso algunas de las especies más finas? Pues no se les concedió la divisa de pureza. ¿Por qué volverse contra el ratón y el lagarto –que ya tienen suficientes problemas, podría uno pensar– y minar todavía más su confianza en sí mismos? Si hubiésemos podido ver un destello de lógica en todo aquello..., si Noé nos lo hubiese explicado mejor... Pero lo único que hizo fue obedecer ciegamente. Noé, como os habrán dicho muchas veces, era un hombre temeroso de Dios; y dada la naturaleza de Dios, probablemente ésa era la conducta más segura. Pero si hubieseis visto la dolorosa vergüenza de la cigüeña, habríais comprendido que nada podría volver a ser lo mismo entre nosotros.

Además, había otra pequeña dificultad. Por una desafortunada casualidad, nuestra especie había conseguido pasar a bordo clandestinamente a siete de sus miembros. No sólo éramos polizones (cosa que a algunos les molestaba), no sólo éramos impuros (cosa que algunos habían empezado a despreciar), sino que también nos burlábamos de las especies puras y legales imitando su número sagrado. Decidimos rápidamente mentir respecto a cuántos éramos y nunca aparecíamos juntos en el mismo sitio. Descubrimos en qué partes del barco éramos bien recibidos y cuáles debíamos evitar.

Así que, como podéis ver, era un convoy desdichado desde el principio. Algunos de nosotros estábamos afligidos por los que habíamos dejado atrás; otros estaban resentidos por su condición; y otros, aunque en teoría favorecidos por el título de pureza, tenían un justificado miedo al horno. Y encima de todo eso, estaban Noé y su familia.

No sé cuál es la mejor manera de deciros esto, pero Noé no era una buena persona. Me doy cuenta de que la idea resulta embarazosa, puesto que todos descendéis de él, pero ésa es la verdad. Era un monstruo, un patriarca engreído que se pasaba la mitad del día arrastrándose ante su Dios y la otra mitad pagándola con nosotros. Tenía una vara de madera resinosa con la que..., bueno, algunos animales llevan las rayas todavía. Es asombroso lo que puede hacer el miedo. Me han dicho que entre los de vuestra especie un susto muy fuerte puede hacer que el cabello se vuelva blanco en cuestión de horas; en el arca los efectos del miedo eran aún más espectaculares. Por ejemplo, había un par de lagartos que sólo con oír el ruido de las sandalias de madera resinosa de Noé bajando por la escalera, cambiaban realmente de color. Lo vi yo mismo: su piel perdía su tono natural y se confundía con su entorno. Noé se detenía al pasar delante de su celdilla, preguntándose por un momento por qué estaba vacía, luego seguía su camino, y cuando el sonido de sus pasos se desvanecía los aterrorizados lagartos recobraban lentamente su color normal. Al parecer, a lo largo de los años posteriores al diluvio este truco ha resultado muy útil; pero todo empezó como una reacción incontrolable ante «el almirante».

Con los renos la cosa era aún más complicada. Siempre estaban nerviosos, pero no era únicamente por miedo a Noé, era algo más profundo. ¿Sabéis que algunos de nosotros los animales tenemos poderes de videncia? Incluso vosotros habéis conseguido daros cuenta de ello, después de milenios de estar en contacto con nuestras costumbres. «Oh, mira», decís, «las vacas están sentadas en el prado, eso quiere decir que va a llover.» Bueno, desde luego es todo mucho más sutil de lo que os podéis imaginar y la finalidad no es ciertamente servir de veleta barata para los humanos. Sea como sea..., los renos estaban alterados por algo más profundo que el miedo a Noé, más raro que los nervios de la tormenta; algo... a largo plazo. Sudaban en sus celdillas, relinchaban neuróticamente cuando hacía un calor opresivo; coceaban contra los tabiques de madera resinosa cuando no había ningún peligro evidente –ni tampoco un peligro posterior comprobado– y cuando Noé había estado, para lo que él era, realmente comedido en su conducta. Pero los renos intuían algo. Y era algo más allá de lo que sabíamos entonces. Era como si nos dijeran: ¿Creéis que esto es lo peor? No os hagáis ilusiones. Sin embargo, fuera lo que fuera, ni siquiera los renos podían especificar más. Algo distante, importante... a largo plazo.

Los demás, comprensiblemente, estábamos mucho más preocupados por el corto plazo. Los animales enfermos, por ejemplo, eran siempre tratados despiadadamente. Esto no es un buque hospital, nos decían constantemente las autoridades; no podía haber enfermedades, ni verdaderas ni fingidas. Lo cual no parecía justo ni realista. Pero uno se guardaba muy mucho de decir que estaba enfermo. Un poco de sarna y te tiraban por la borda antes de que pudieras sacar la lengua para que te la examinaran. ¿Y qué creéis que le sucedía a la mitad más sana? ¿Para qué sirve el cincuenta por ciento de una pareja reproductora? Noé no era, ciertamente, un sentimental que animase al compañero apenado a vivir hasta que le llegase su hora.

Digámoslo de otra forma: ¿qué diablos creéis que comían Noé y su familia en el arca? Nos comían a nosotros, claro está. Quiero decir, si miráis a vuestro alrededor al reino animal hoy en día, no creeréis que nunca hubo más que esto, ¿verdad? ¿Un montón de bestias que tienen más o menos el mismo aspecto, luego un hueco y otro montón de bestias más o menos con el mismo aspecto? Ya sé que tenéis una teoría para explicarlo –algo acerca de la relación con el medio y las capacidades heredadas o una cosa así–, pero hay una explicación mucho más simple para los desconcertantes saltos en el espectro de la creación. Una quinta parte de las especies de la tierra se hundieron con Varadi, y las demás que faltan se las comieron Noé y los suyos. Así fue. Había un par de chorlitos árticos, por ejemplo, unos pájaros muy bonitos. Cuando subieron a bordo su plumaje era de un pardo azulado con manchas. Unos meses después empezaron a mudar la pluma. Esto era completamente normal. A medida que se les caían las plumas de verano, su plumaje de invierno de un blanco puro empezó a hacerse visible.

Por supuesto no estábamos en latitudes árticas y por lo tanto esto era técnicamente innecesario; pero no se puede detener a la naturaleza, ¿verdad? Tampoco se podía detener a Noé. En cuanto vio que los chorlitos se estaban volviendo blancos, llegó a la conclusión de que estaban enfermos y, con tierna consideración por la salud del resto del barco, mandó que se los cocinaran acompañados de unas algas. Era un ignorante en muchos aspectos y desde luego no era un ornitólogo. Le hicimos llegar una petición y le explicamos algunas cosas relativas a la muda y otras cuestiones. Al fin pareció entenderlo. Pero el chorlito ártico ya se había extinguido.

Por supuesto, la cosa no paró ahí. En lo que a Noé y su familia se refería, no éramos más que una cafetería flotante. Los puros y los impuros eran lo mismo para ellos en el arca; primero el almuerzo, luego la devoción, ésa era la regla. No podéis imaginaros de cuánta riqueza de vida animal os privó Noé. O, mejor dicho, sí podéis, porque eso es precisamente lo que hacéis: imaginarla. Todas esas míticas bestias que vuestros poetas soñaron en siglos pasados: suponéis que se las inventaban a sabiendas o que eran descripciones alarmistas de animales entrevistos en el bosque después de un almuerzo de caza demasiado abundante, ¿no es cierto? Me temo que la explicación es más sencilla: Noé y su tribu se los zamparon. Al principio de la travesía, como ya he dicho, había una pareja de behemots en la bodega. Yo no los vi muy bien, pero me han dicho que eran unas bestias impresionantes. Sin embargo, Cam, Sem o el que tenía un nombre que empezaba con J propusieron en el consejo de familia que teniendo al elefante y al hipopótamo podían pasarse muy bien sin el behemot; y además –el argumento combinaba pragmatismo y principio– dos cadáveres tan grandes podrían mantener a la familia durante meses.

Naturalmente, la cosa no salió así. A las pocas semanas hubo quejas porque les daban behemot para cenar todas las noches, así que –únicamente por cambiar la dieta– se sacrificaron otras especies. De vez en cuando había gestos de culpabilidad en relación con la economía doméstica, pero puedo aseguraros que al final del viaje quedaba gran cantidad de behemot en salmuera.

La salamandra siguió el mismo camino. La verdadera salamandra, quiero decir, no el anodino animal al que seguís llamando con ese nombre; nuestra salamandra vivía en el fuego. Era una bestia única, de eso no hay duda; sin embargo, Cam y Sem o el otro se empeñaban en decir que en un barco de madera el riesgo era demasiado grande, así que las dos salamandras y los dos fuegos gemelos que las albergaban fueron eliminados. También el carbunclo fue eliminado, debido a una ridícula historia que había oído la mujer de Cam, según la cual el carbunclo tenía una piedra preciosa dentro del cráneo. Siempre le gustó vestir, a la mujer de Cam. Así que cogieron a uno de los carbunclos y le cortaron la cabeza; partieron el cráneo y no encontraron nada. Puede que la piedra preciosa se encuentre en la cabeza de la hembra, sugirió la mujer de Cam. Así que abrieron también el otro, con el mismo resultado negativo.

Os hago la siguiente sugerencia sin mucha seguridad; sin embargo creo que debo decirlo. A veces sospechábamos que existía una especie de sistema detrás de todos esos asesinatos. Ciertamente había más exterminio del que era estrictamente necesario para fines nutritivos, mucho más. Y al mismo tiempo algunas de las especies a las que mataban tenían muy poca carne. Lo que es más, las gaviotas nos informaban a veces de que habían visto tirar por la popa cadáveres de animales con gran cantidad de carne en perfectas condiciones pegada al hueso. Empezamos a sospechar que Noé y su tribu la tenían tomada con ciertos animales simplemente por ser como eran. El basilisco, por ejemplo, fue tirado por la borda muy pronto. Es cierto que no era muy agradable de ver, pero creo que es mi deber dejar constancia de que había muy poco que comer debajo de aquellas escamas y que ciertamente el ave no estaba enferma.

De hecho, cuando nos pusimos a reflexionar sobre ello después del suceso, comenzamos a discernir una pauta, y esa pauta empezaba con el basilisco. Nunca habéis visto uno, naturalmente. Pero si os describo un gallo con cuatro patas y una cola de serpiente y os digo que tenía una mirada muy desagradable, que ponía unos huevos deformes y que luego contrataba a un sapo para que se los incubase, comprenderéis que no era la bestia más atractiva del arca. No obstante, tenía sus derechos como todo el mundo, ¿no? Después del basilisco le tocó el turno al grifón; después del grifón, a la esfinge; después de la esfinge, al hipogrifo. ¿Tal vez pensabais que eran todos extravagantes fantasías? Pues nada de eso. ¿Y sabéis lo que tenían en común? Todos eran híbridos. Pensamos que era Sem –aunque bien podía haber sido el propio Noé– el que tenía esa manía con la pureza de las especies. Absurda, por supuesto; y como nos decíamos los unos a los otros, bastaba con mirar a Noé y a su mujer, o a los tres hijos y a sus tres mujeres, para darse cuenta del revoltijo genético que iba a ser la raza humana. Así que ¿por qué empezar a ponerse exigentes respecto a los híbridos?

Pero lo más penoso fue lo del unicornio. Ese asunto nos tuvo deprimidos durante meses. Por supuesto, hubo los acostumbrados rumores sórdidos –que la mujer de Cam había hecho un uso innoble de su cuerno– y la acostumbrada campaña de difamación póstuma por parte

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Reseñas

Lo que piensa la gente sobre Una historia del mundo en diez capítulos y medio

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Reseñas de lectores

  • (3/5)
    The 10 and a half chapters of short stories that make up this novel are written to entertain and bye and large they do, if the reader can get past the first story which I found to be just plain crass. The Stowaway is a re-telling of of the story of Noah’s Ark from a humorous practical perspective, the jokes or really one extended joke are relentless and thirty three pages later I feared for the rest of the book. It does however serve to introduce one of the major themes that run through the book and that is the myth of storytelling. This is picked up and taken to the extreme in the chapter entitled ‘Shipwreck’ which is a deconstruction of Théodore Géricault’s painting “The Raft of the Medusa” (there is a reproduction of the painting enclosed in the book so that readers will not find themselves all at sea) - Oh my God I am beginning to sound like Barnes. Chapter seven starts off like this:“I was a normal eighteen-year-old: shuttered, self conscious, untravelled and sneering; violently educated, socially crass, emotionally blurting.”I immediately thought that if I was still this eighteen year old person then I might have found this book wonderfully enriching, but as I am not I don’t. The novel was published in 1989 and has been hailed as a post-modern approach to the history of the world as a reflection of the human condition. I enjoyed some of the stories and appreciated some of the clever witty writing, but only when the crassness was not too overwhelming. Barnes references the story of Noah’s ark in every one of his stories I think, although I could not bring myself to search through the half chapter entitled Parenthesis (I had a feeling it was called Possession until I checked the contents list) to check this out. A mixed bag then that has amused and entertained many readers, but it didn’t do much for me especially as I knew where Mount Ararat was having seen it for myself. Three starsPS I have got [Flaubert’s Parrot] on my shelf to read and I have a feeling I know exactly what it is going to be like, perhaps I can forget it is there.
  • (4/5)
    This book explores life and love through the ages, beginning with Noah's ark and ending with a futuristic look at death. And yes, it does have 10.5 chapters. It's not a single story but a look at life through various time periods, styles, and focal points. Yet, it hangs together with enough links to be satisfying as a novel...more than a set of inter-related stories. Each chapter is very different from the others...almost like enjoying a multi-course meal. Mr. Barnes is a great writer and this book made me think.
  • (5/5)
    What a fun and thought-provoking read! Julian Barnes gives us a "history of the world" via short stories and even non-fiction, which can be read separately but which also have some recurring themes: the woodworm, animals, the Biblical story of Noah, the clean and the unclean, and more. It's an exercise for the author in many different writing styles, and he pulls each off beautifully. Love this book!
  • (4/5)
    I'm in two minds about this book. Whilst it is beautifully written, well observed and hilarious in parts, there were some bits that I found really dull. The breadth of Barnes' scope is astonishing and the stories are cleverly linked, but I found The Survivor and The Mountain rather weak.
  • (4/5)
    For whatever reason, I like my fiction to cohere in predictable ways; oftentimes when that doesn’t happen, I leave a reading experience feeling less than satisfied. Chalk it up to being weaned on something other than the so-called “postmodern” novel. In several ways, “A History of the World in 10 ½ Chapters” complicates my expectations. It can feel more like a series of short stories than a traditional novel – however, one cannot avoid the interconnectedness they share. The chapters do span the scope of what we call human history, from a re-telling of the story of Noah’s Ark from the perspective of a stowaway woodworm to a chapter clearly based on the 1985 PLF hijacking of the MS Achille Lauro. A playful jokiness reminiscent of Nabokov and concomitant preoccupation with the mythic (resembling Borges) informs the way in which the chapters speak to and resonate with one another; in “The Wars of Religion,” a Bishop sits down on this throne during a service in church, and immediately falls down due woodworm infestation. Church officials decide to bring suit for the slow, careful, destruction of the Bishop’s seat. Against whom do they file suit? The woodworms, of course. Even for fiction, this sounds twee and jokey, but it works in a most convincing way.I think it works so well because these pieces do hang together as something more than a series of stories, and many of them provide fascinating things to think about. “Parenthesis” (which might be the half-chapter of the title) provides an almost essayistic analysis of love which I find didn’t at all detract from the novel’s progress. It’s told through the voice of a man laying next to a woman, desperate to fall asleep but unable to stop meditating on the power and mystery of human love. It quietly informs other chapters without letting Barnes’ authorial voice get in the way.Another entire chapter is dedicated to a fictionalized account of Gericault’s rendering of perhaps his most-recognized painting, “The Raft of the Medusa.” Incorporating the “real life” (we quickly learn how perfunctory such labels are) accounts on which the painting is based, Barnes adeptly shows how Gericault selected details carefully, leaves others out, and made still others up, in order for the painting to ring true to the viewer. This immediately raises important questions about history and any mode of representation, more generally. How is history possible if we recognize it only as a true account of past events? Is the historian always a writer? Or, to put matters more explicitly, is she always a novelist? Another theme that echoes throughout the novel is that of religion and its mystifying effects. Read without care, this can seem a harsh treatment of religion and the religious mindset. Noah is identified by the stowaway woodworm as a vicious drunk, the Catholic officials who try the woodworm for eating the Bishop’s throne come off as a little maniacal, and the last chapter coyly pokes fun at common ideas of Heaven. “Project Ararat” takes up a former astronaut who has had a religious conversion, and now has put his and his wife’s lives on hold to find Noah’s Ark. Despite coming from a conservative, Christian town, the locals have their reservations. The chapter ends with him having raised enough money to go on his mission. He finds the Ark, collects samples, and quickly returns home to have them tested. The tests show that they are no more than a couple hundred years old. This doesn’t matter, though. He is already planning his second mission next year, even more determined to find Noah’s remains. It’s not God that works in mysterious ways. It’s the human mind. That’s Barnes’ point.Rarely do I find works of fiction so self-referential simultaneously so appealing. Barnes might be telling us about Noah’s Ark and Mount Ararat, but he’s telling us about very human, all too human, forces. Love, the weird preoccupations that perennially concern us, ideas – they’re all here, and not in the heavy-handed way we’re probably only too familiar with. This book is playful, and serious without taking itself too seriously, which gives it a coy sort of charm that’s nearly impossible to dislike.
  • (4/5)
    When I read the first two chapters of this book I was blown away. The first is absolutely hysterical, and the second begins that way, but leaves you staring at the book in disbelief, unsure what to make of what just happened. I couldn't wait to read the rest, but I have to say that I was a little disappointed.
    While each story is very clever, and the connections that run through the book are fun to find, I found myself getting a little bored. The chapter titled "The Mountain" seemed to go on for much too long, and wasn't as witty as the others.
    Nonetheless, I think this one is definitely worth reading. Even if it does become a bit slow in places, I can't argue with the mastery of Barnes in connecting all of these seemingly unconnected chapters, and in his ability to really make you think about the world around you.
  • (4/5)
    Reread after 20 years. The cleverness of tying together a short story collection with a theme of woodworm and Noah's Ark is less impressive this time round. The anomalous story, “Parenthesis”, on the nature of love, seemed the most honest, though the linked accounts of the wreck of the Medusa and Géricault's painting of it I found engrossing, reminding me of the best of Flaubert's Parrot.
  • (5/5)
    An extremely entertaining read that gives you a lot to think about. I love Julian Barnes!!!
  • (5/5)
    Gordon Bennett what a read!. This offering by Julian Barnes published 1989 defies being put into any particular genre. It's not a novel and it’s not strictly a collection of short stories in so much as each chapter is dependent to some degree on each of the chapters before it. No chronological order either as the reader jumps like a time traveller through the ages.I have reached a stage in my reading where I am wanting to get more from a book than an enjoyable read. I want to connect with the text in a more meaningful way. I want to read critically. I want to read the author as well as the written words.This book was for me a lesson in literary theory - Postmodernism. Of course I am only just beginning to understand where studying literature will take me but with this one I really did take more of an active role in the reading process. It's a book for raising questions, something that made me think a lot about all kinds of things. Many of the questions I have had floating about in my mind for some time. Thoughts about life, what it is to be human and how we as humans connect with our world and each other.So what's it all about? Well do not try to figure it out and expect answers or any eureka moments because I do believe doing so would be a mistake and will affect your enjoyment of some brilliant story-telling. For me it is a reflection of life on earth as a human race since life began ( more or less ) and essentially summed up that means a bloody mess with a few bits that seem to be connected somehow throughout the history of time.I took this extract from the book which I think sums up what I am trying to say about it from Chapter 8 - Upstream which is in an epistolary form - ooh get me picking up the literature lingo already:" .... it's about the sort of conflict running through human life in every time and every civilisation. Discipline v Permissiveness. Sticking to the letter of the law v sticking to its spirit. Means and ends. Doing the right thing for the wrong reason v doing the wrong thing for the right reason.This all makes it sound pretty heavy but it is far from it. It's funny, quirky, moving, thought-provoking, thrilling and utterly gripping. This is the first book I have read that I really wanted to savour and take my time over. It's the first book I have read that I have actually shouted out to when Mr Barnes playfully teases us with a ' forgotten' name in the first chapter and like being in a pub quiz team I had to shout out the answer. Totally engaging.Every chapter is different in style and voice. You will read the story of Noah like you have never read it before - Noah pops up throughout as one of the threads that binds the chapters together. You will have a lesson in art appreciation - which was one of my favourite chapters as I have a thing for art too. You will attend the trial of woodworms who will also feature regularly throughout. You will go on a cruise or two both of which will be nothing like you expected and also very relevant to what's happening in the world today. Ships and the sea are another theme. Ooh I forgot Jonah - that was a fab bit. There is lots of searching going on too and a quote related to searching which I think really sums up the intention of the book but I will let you find that quote yourself - because I forgot to write it down!This was the kind of reading experience that I have been craving. It was enjoyable, it gave me pleasure. It was thought-provoking - it fed my soul. It was a learning journey and made me explore further into the realms of critical reading and literary theory. There is an interesting essay on this book by Brian Finney which can be found on the net.A superb offering from Julian Barnes which I heartily recommend.
  • (4/5)
    This is a fun and lighthearted collection of short stories that ends up tackling the uncertainty of the human condition and the meaning of life constructed out of and against our interpretation of religion. Really. Or at least, that's what I got from it. Since apparently relativism is a big thing with this book.History of the World leads with a story of Noah's Ark, a motif which most of the stories tie back into in one way or another. God is vicious and wrathful, Noah's an angry drunk, and clearly there's resentment among the animals over their playing favorites with the clean and unclean business. But as the stories progress, the readers seem to be drawn farther and farther away from God - from the religious fundamentalists who misuse God to their own ends, to the vaguely spiritual, to the secular humanists, to a Heaven that's crafted democratically, with abounding pleasure and nothing adversative and no God in sight. With such a loss comes an existential crisis: what is the reason for the world, and how should one live, in light of this lack of a religious and moral guiding force? Barnes does not quite answer this, but I do like a line spoken by an ex-astronaut gone off on a search for Noah's Ark: "I went 240,000 miles to see the moon - and it was the earth that was really worth looking at."
  • (4/5)
    During a heated discussion several years ago, my wife accused me of being “way too linear” in my thinking. (I’m still not quite sure what she meant by that, but I’m reasonably certain it wasn’t a compliment.) Given that comment, however, I am sure that she would appreciate the sort of novels that Julian Barnes writes.In fact, as with "Flaubert’s Parrot," some might argue that "A History of the World" is not really a novel at all but rather a collection of tangentially connected stories that are as much documentary as they are fiction. What the book clearly is not is linear story-telling, mixing as it does a retelling of the Noah’s Ark story from the perspective of a stowaway with a detailed analysis of a painting that hangs in the Louvre and an archeological expedition to Mt. Ararat. It all does make sense ultimately—the chapters actually do progress from Genesis to Revelations—and much of what it contains is both philosophically challenging and very funny.
  • (4/5)
    One of those quirky books, playful, which takes you from the Ark (and a nasty drunken Noah), through other disastrous sea voyages in northern Australia and west Africa, to a quest to find the Ark and a rather fake Noah. It's the history of the world in a tangential funny sense, but there is also insight behind the satire.
  • (3/5)
    I don’t know about this one. It was recommended to me by a Barnes fan, but I’m hoping it just wasn’t the best place to start. This is a collection of very loosely linked stories - the best I can figure is most of them have a boat?. Well first I hate reading about boats for whatever reason - like boats, like being on boats, just haven’t liked anything I’ve read that was boat focused. And I just hated the first story so it started off rocky. However, the variation among the stories in tone, voice, mood, etc. is incredible and shows a great writing talent. So while this wasn’t my cup of tea, I’m hoping my next Barnes will be better.
  • (4/5)
    Labeling this as a novel is somewhat of stretch, as this book is more of a loosely-connected collection of short stories. There's a definite nautical theme running through many of the tales, recurring mentions of woodworms & Noah's Ark, ironic twists, and quite a few wry jabs at Judeo-Christian myth. Quite fun, with some surprisingly poignant interludes.PS: One of the stories is about The Raft of the Medusa, a 19th century painting by Theodore Gericault. Instead of making the reader Google it, there's a surprisingly generous color foldout of the work in the book. I thought that was a nice touch.
  • (3/5)
    Ogenschijnlijk een losse verhalenbundel, maar de verhalen blijken allemaal met elkaar in verbinding te staan. Niet alles is onmiddellijk duidelijk. Prachtig.Thematisch vooral over relatie wetenschap-geloof, suprematie van de mensen, verhouding mensen-dieren. De Ark van Noah is de telkens terugkerende verhaallijn.
  • (3/5)
    Short stories,original but at many times boring.
  • (4/5)
    Clever. I liked it, but I would stop short of characterizing it as a life-changing experience.
  • (3/5)
    The parts of this book that I liked, I liked a lot. Those sections were witty, irreverent, insightful, and offered an interesting viewpoint on entrenched ideas. When I encountered the sections that failed for me, I found them long-winded, with forced connectivity to the other sections, and yes, boring enough that I wanted to stop reading the book.

    I find most of the book worth reading. When you get to a part that bores you, skip it, it really doesn't get better. Enjoy the nuggets, treasures and jewels hidden here but don't keep digging expecting to find a mother lode of interestingness.
  • (4/5)
    Barnes has found a niche for himself as an English-born French intellectual who happens to write in the English language. This is a very cunning ploy, as few British readers are prepared to admit how little French literature we have actually read, and therefore assume he must be terribly clever to know about Flaubert, Proust and co. Perhaps he is. However, unlike genuine French intellectuals, he is modest about his cleverness, so it doesn't upset us too much. Meanwhile, the French literary establishment showers honours on him, as the only British writer entirely uncontaminated by anglo-saxon attitudes.This book is - in a way - an English answer to Perec's La vie mode d'emploi. Like Perec there is a grandiose title that can't be taken literally; unlike Perec it is subverted by the little joke of the half-chapter. As in Perec, the different chapters bring in a wide range of different literary styles and genres, with recurrent themes and images linking them together, but without any single narrative line running through the book. Unlike Perec, Barnes doesn't bother with an explicit architectural framework to link the chapters together: it would be possible to read the book as a short-story collection (although not many short-story collections mix fiction with art-criticism or philosophical essays on the nature of love). The most important image in the book, touched upon in almost ever chapter, is Noah's Ark, and the idea of the uncertainty of the human condition that it implies. Barnes is certainly being English and whimsical in his choice of narrator for the first chapter, but after that it gets more serious. Barnes doesn't seem to have much trust in rainbows. At the centre of the book there is an extended discussion of the "Raft of the Medusa" incident and Géricault's celebrated painting of the raft. First we get a summary of what happened after the frigate Medusa was wrecked, drawn from the accounts of the survivors, then we get a detailed critical analysis of the painting. Obviously, we are supposed to put this account of real humans, saved from drowning by killing and eating their companions, side by side with our nursery book ideas of animals going in two by two, as well as looking carefully at the way such subjects are represented in art.
  • (4/5)
    This was a surprising story collection, one with more range than any that I've read before. The recurring themes and images tied the tales together without seeming forced, giving the book cohesion even if it didn't necessarily feel like the homogenous volume I expected. Truthfully, if the book had been as predictable as my limited imagination first thought, I probably wouldn't have enjoyed it as much as I did.

    Many parts of the book flirted with perfection, but others, while quite good, seemed obscure in their contribution to the overall themes. They succeeded on their own terms, but not nearly enough in context of their exploration of the "history of the world" and its complication, decay, misapprehension, and tenuous promise of redemption.

    Plus, there's a hilarious prosecution of termites for crimes against the church. Not to be missed.
  • (3/5)
    Funny stories with as a common theme the Flood and Noah's Arc, in various forms and retellings, not all of them equally good, but fun reading in general. The story about the actor making a film in the jungle is hliarious.
  • (4/5)


    The Ship of Fools - Hieronymous Bosch, c. 1500

    A set of deliciously intertwined stories. A wry humor on the nature of existence and history, and how adrift we are on it, and a poke in the eye of dogma and 'history' as a lie.

    We start with Noah's Ark, and dance around human history from there - mad astronauts, cannibalism, and the legal defense of woodworms. All the pieces matter.
  • (4/5)
    Some may call this a nonlinear novel, I prefer loosely connected short stories. It's certainly not a history book. There is useful plot summary by chapter on Wikipedia for those looking for a synopsis. I'm not a huge fan of postmodernist literature: this stuff about ambiguity and unreliable narrators was never my thing. However, this book grew on me as it went on. Several themes were thoughtfully and humorously crafted, I've selected a few below.

    Maritime disasters: By far my favourite story is The Stowaway, a satirical description of Noah's ark from the perspective of stowaway woodworms. But there are also some gems later on, such as a shipwreck prompting cannibalism, the Titanic, Jonah and the whale, and a take on Jewish refugees in 1939 in limbo on the sea. The last three of these, encapsulated in Three Simple Stories, is probably my next favourite.

    Art as propaganda: Barnes lays a particular emphasis, mostly satirical, on how historical or mythical events are treated in art. In The Shipwreck, he describes what a painting leaves out as much as what it includes, and how human interpretation motivates these choices. In the Titanic story, a survivor attempts to take part in a re-enactment of the ship's sinking.

    Irreverence to religion: In The Wars of Religion, woodworms are threatened with excommunication for attacking a church and humiliating a priest. Noah is frequently mentioned: in separate stories, a fanatically religious woman and a credulent astronaut seek Noah's ark on a mountain.

    Philosophy of life: The second half of the novel focuses more on philosophical questions and attitudes to life. In Upstream!, an actor travels to an exotic jungle and comes to terms with a colleague drowning in a raft accident. There's an isolated discourse on love in the half-chapter Parenthesis. The final chapter, The Dream, is an extreme account of a life where every desire is met.

    A History of the World in 10½ Chapters is "clever" in the sense there are many interlocking elements, even while the stories themselves cover a range of epochs, perspectives and literary forms. But is this really clever, or just a gimmick? I lean towards the former. My only complaint is the absence of any memorable characters or relationships. Overall, I found the novel highly readable and would certainly recommend it to those looking for something different.