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Libro electrónico117 páginas2 horas

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Información de este libro electrónico

¿Y si en vez de uno pudieras ser varios?

 

Bárbara tiene que renunciar a una parte de sí misma si quiere pertener a su sociedad. O puede seguir siendo una marginada y no cumplir nunca su deseo: viajar al espacio. ¿Puede ser el llamado de las estrellas más fuerte que su convicción? Sí. Decide crear su primer clon, pero este no sale como deseaba. Su otro yo quiere lo mismo que ella y solo una puede obtener su deseo.

 

Viaja a un futuro no tan lejano donde podrías tener tu propio clon y descubre por qué Bárbara no quiere uno. Comienza a leer ya mismo.

IdiomaEspañol
Fecha de lanzamiento10 dic 2017
ISBN9781386340898
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Autor

Lorena A. Falcón

📝 Creadora de libros diferentes con personajes que no olvidarás. 🙃 Soy una escritora argentina, nacida y radicada en Buenos Aires. Amante de los libros desde pequeña, escribo en mis ratos libres: por las noches o, a veces, durante el almuerzo (las mañanas son para dormir). Claro que primero tengo que ser capaz de soltar el libro del momento. Siempre sueño despierta y me tropiezo constantemente.  📚 Novelas, novelettes, cuentos... mi pasión es crear. Me encuentras en: https://linktr.ee/unaescritoraysuslibros https://twitter.com/Recorridohastam https://www.instagram.com/unaescritoraysuslibros http://www.pinterest.com/unaescritoraysuslibros

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    Todas mis partes - Lorena A. Falcón

    TODAS MIS PARTES

    Lorena A. Falcón

    Copyright © 2017 Lorena A. Falcón

    Primera edición.

    Todos los derechos reservados.

    Cover Design by James, GoOnWrite.com

    Último lanzamiento

    Los tres ciclos

    Tres razas, dos soles, un planeta.

    Ella despertó y descubrió un secreto.

    Él vio su camino torcerse a la mitad.

    Ello se negó a dormir y olvidar.

    Todos buscaban sobrevivir.

    Disponible en estas tiendas.

    ______________________________

    Libros de la autora

    Brujas anónimas

    Brujas anónimas - Libro I - El comienzo

    Brujas anónimas - Libro II - La búsqueda

    Brujas anónimas - Libro III - La pérdida

    Brujas anónimas - Libro IV - El regreso

    Conflictos universales

    Libro I - Un último conflicto

    Libro II - Un conflicto sin fin

    Libro III - Todos los conflictos

    Libro IV - El único conflicto

    El reino entre las nieblas

    Libro I - Un camino marcado

    Libro II - Un bosque confuso

    Libro III - Un reino olvidado

    Crónicas de la espada viviente

    Libro I - La hija del anochecer

    Novelas - Tomos únicos

    La torre hundida

    Antifaces

    Dejemos la historia clara

    El despertar de las gárgolas

    La hermandad permanente

    Todas mis partes

    Intercambios

    Vidas paralelas, destinos cruzados

    Decisiones

    Número privado

    Matices de la magia

    La invasión

    Transformación

    Los tres ciclos

    Cuentos

    Por un par de alas

    Todo o nada

    Una idea simple - A simple idea

    Alrededor del reloj

    Monstruos al acecho

    Fases

    No ficción

    ¿Quieres escribir una novela?

    ¿Quieres escribir un cuento?

    Mi primera novela cumple diez años

    Visita la página de Lorena A. Falcón

    Novedad

    Número privado

    ¿Te animas a contestar esa llamada?

    El celular vibra mientras Mona observa la pantalla: Número privado.

    Contesta.

    Ahora Mona debe huir de aquello que está del otro lado de la línea.

    La realidad se desdibuja a la vez que intenta mantenerse con vida y descubrir quién la persigue.

    Y el celular no deja de sonar.

    Disponible en estas tiendas.

    ______________________________

    Capítulo I

    Era una noche fresca y despejada. Bárbara alzó la vista hacia las estrellas. Como siempre, se veían cerca, muy cerca y brillantes. El cielo era un felpudo de luces que casi no dejaban sombras sobre la Tierra. Siempre había sido así, por lo menos desde que ella había nacido. Algunos de los libros antiguos hablaban de estrellas más pequeñas, más lejanas, que incluso en noches así no se veían. Bárbara ansiaba conocerlas todas.

    Inspiró con fuerza para sentir la energía de la fría brisa. Y se atragantó con su propia saliva. Arrugó la nariz y miró alrededor. Siembre olvidaba que tenía el contenedor de basura al lado.

    La puerta a su espalda se entreabrió y una voz masculina habló con rapidez antes de que terminara de volver a cerrarse.

    —Ya se terminó tu descanso, Bárbara.

    Ella se sobresaltó cuando la puerta golpeó contra el marco. Luego miró hacia las estrellas una vez más y suspiró.

    Volvió a entrar al bar donde trabajaba todas las noches, excepto los miércoles. El único día libre que tenía a la semana, si era que no la llamaban para suplir a alguien, lo que ocurría casi todas las semanas.

    De todas formas, era un buen trabajo. Uno que solo le ocupaba unas cuantas horas todas las noches y le dejaba el resto del día libre. Así como también mucho del tiempo que pasaba allí dentro. Bárbara había aprendido a usar solo parte de su cerebro en recordar los pedidos y las mesas y el resto lo podía dedicar a soñar despierta.

    —Si esto sigue así, Bárbara, sencillamente no va a funcionar.

    —¿Eh? ¿Qué?

    Bárbara se dio la vuelta para encontrarse con el encargado del bar a veinte centímetros de ella. Casi se le cayó al suelo la bandeja llena de tragos que tenía en las manos.

    —Perdón, no te oí.

    —Últimamente, no oyes nada, ni a mí ni a los clientes. Estás demasiado distraída.

    —No, no, es que…

    —En las últimas dos mesas olvidaste recoger la propina.

    Bárbara lo miró extrañada y casi volvió a dejar caer la bandeja. La sostuvo a tiempo, pero dos tragos resbalaron hasta estrellarse en el suelo.

    —Eso lo pagarás tú —dijo el encargado sin dejar de mirarla de frente—, ¿qué te sucede?

    —Nada, es solo que tengo algunas cosas en mente.

    —Pues déjalas fuera del trabajo o tú te quedarás allí.

    —Sí, no te preocupes, me…, me pondré al día.

    —Así lo espero —comentó él a la vez que se alejaba, sin dejar de mirarla durante los primeros pasos.

    —Aquí tienes —dijo el barista a su espalda, a la vez que empujaba dos nuevos vasos hacia ella.

    —Gracias —respondió Bárbara y los puso en su bandeja—, lo lamento.

    —¿Es por ese muchacho?

    Ella frunció el ceño.

    El barista hizo un gesto levantando el mentón.

    —Ese del que hablas a menudo.

    —¿Marco? No, no, no tiene nada que ver con…, bueno, no en realidad con él… Es que… —se dio vuelta hacia él—, ¿tú estás feliz con este trabajo?

    —Ah —dijo él y volvió a lo suyo—, estás pensando en volverte una de ellos. Mira, yo no te diré qué hacer, pero la felicidad no se duplica. No está ni allí ni aquí, solo en ti —le echó una mirada fija—, solo en ti y, si estás vacía ahora, estará vacía en el duplicado.

    —Pero es que…

    —Si esta vida no te convence, prueba otra, pero no creas que integrarte sea la solución por sí misma. No por sí misma.

    —Lo sé —murmuró Bárbara e inspiró—, es que… lo que yo quiero es…

    —Piénsalo mientras repartes las bebidas —el barista hizo otro gesto y sonrió—, sea lo que sea que decides, querrás comer todos los días.

    Bárbara rio brevemente.

    —Tienes razón.

    Llevó la bandeja por el local. Activó en sí misma el modo automático mientras su mente seguía dando vueltas a sus pensamientos.

    —Lo sé —susurró—, tiene que haber algo más, pero ¿cómo lograrlo?

    Esa noche solo le quedaban dos horas más antes de poder volver a su casa. Al pequeño departamento a solo cuadras de su trabajo y cuyo trayecto siempre recorría a pie. Esa parte de la ciudad era muy segura y el camino, corto. Había tantas luces que se podía ver y oír a cualquiera acercándose y Bárbara corría rápido. Le gustaba salir a correr en las mañanas, lo que la mantenía en forma. A veces se imaginaba que perseguía esas mismas estrellas y que podía alcanzarlas si presionaba un poco más.

    —¿Ya te vas? —le preguntó el barista mientras ella dejaba la bandeja y guardaba las propinas.

    —Sí —dijo Bárbara con una sonrisa—, a la vez que dejaba en la caja el último recibo.

    —¿No quieres que te acompañe Gaspar? Ya le queda media hora y…

    —No, no —respondió ella—, no te preocupes, son pocas cuadras.

    El barista la miró y apretó los labios. Hizo un asentimiento rápido y volvió a lo suyo. Sin embargo, Bárbara sintió la mirada de él sobre su espalda hasta que abandonó el local. Ni siquiera

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