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Planes escandalosos: DAMAS Y CANALLAS, #1

Planes escandalosos: DAMAS Y CANALLAS, #1

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Planes escandalosos: DAMAS Y CANALLAS, #1

valoraciones:
5/5 (4 valoraciones)
Longitud:
196 páginas
3 horas
Publicado:
Mar 10, 2021
ISBN:
9781507196687
Formato:
Libro

Descripción

Lady Amelia solo ha conocido la vida acomodada de la aristocracia inglesa de mitad del siglo XVIII, pero cuando primero su madre y después su padre fallecen, se encuentra sola, aflijida y... menor de edad. Su tutor, un tío americano, le ha ordenado viajar a su plantación, donde deberá quedarse durante al menos dos años, que será cuando sea mayor de edad.

Con la ayuda de lady Grace y Lady Sarah, lady Amelia logra que su tío esté de acuerdo en darle cuatro semanas para arreglar sus asuntos y, sin que él lo sepa, encontrar un lord inglés con el que casarse para poder quedarse en su adorada Inglaterra. A pesar de su luto, elabora un plan para atrapar a unos de los solteros londinenses y llevarlo al matrimonio.

Lord Goldstone, sobrino de lady Grace, es endiabladamente guapo, pero es un duque escocés y, por tanto, completamente inaceptable como posible marido. Después de todo, Escocia no es su querido Londres. Él también tiene la molesta costumbre de aparecer en los momentos más inoportunos y frustrarle sus planes cuidadosamente diseñados para conseguir un marido adecuado. Las chispas vuelan cuando ambos se odian y se atraen al mismo tiempo.

¿Pueden encontrar la manera de dejar de discutir el tiempo suficiente para explorar su creciente pasión? ¿Es esa pasión lo bastante fuerte para hacer que lady Amelia deje a un lado su Inglaterra después de todo? ¿O lady Amelia encontrará un lord inglés de su agrado y logrará evitar el exilio en América? El tiempo se agota.

Publicado:
Mar 10, 2021
ISBN:
9781507196687
Formato:
Libro

Sobre el autor

USA Today Bestselling, Amazon All Star author Amanda Mariel dreams of days gone by when life moved at a slower pace. She enjoys taking pen to paper and exploring historical time periods through her imagination and the written word. When she is not writing she can be found reading, crocheting, traveling, practicing her photography skills, or spending time with her family.


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Dedicatoria

Gracias, mamá y papá, por creer siempre en mí y por alentarme a perseguir mis sueños. Habéis ayudado a convertirme en la persona que soy hoy en día. Brooklyn y Ricky, gracias por renunciar a vuestra mami durante las horas que trabajé en este libro. ¡Dawn, las incontables horas que pasamos al teléfono han dado sus frutos! Allison, Dawn, mamá, Raven y Cheryl, gracias por ser las primeras en leerme y por compartir vuestra sabiduría. Shalena y Tammy, gracias por darme ánimos y hacer todas las pequeñeces que os pedí. La tecnología no es mi amiga; Dave, ¡gracias por hacer que todo funcionase bien! Sin todos vosotros este libro no sería una realidad. A mis futuros lectores, me honra que eligierais mi libro de entre el inmenso mar de posibilidades, y os agradezco por ello. Este libro es para todos vosotros... ¡Gracias de todo corazón!

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Prólogo

Londres, 1842

Amelia se quedó tan quieta como un árbol ahuecado mientras la llovizna empapaba su cuerpo con gotitas frías. Encima de su cabeza colgaban unas inmóviles nubes oscuras. En el suelo empapado había un charquito profundo forjado por la lluvia. Escudriñó el paisaje circundante, que contenía lápidas y estaba decorado con flores ya marchitas. «¿Por qué?», pensó.

El tío Lewis colocó un brazo sobre su hombro, y ella alzó la vista para mirarlo. El rostro de él, lleno de pena y dolor, igualaba el abatimiento que Amelia sentía en su corazón. El tío no le dijo nada, solo estiró los labios en una suerte de sonrisa. ¿Qué podía decir? Sinceramente, las palabras no importaban; ninguna podría sanar su corazón roto.

Por fin, el pastor acabó su elegía al mismo tiempo que el ataúd bajaba hacia la fría y enlodada tierra. Los criados de la familia se quedaron detrás del grupito de familiares y amigos íntimos, que esperaban a que acabase el descenso. Una vez alcanzada la paz, el grupo fue adelantándose uno a uno y dejó caer las flores al profundo abismo. Amelia sujetaba unas rosas rojas contra su pecho, como si pudieran calmarle el alma, que debían liberarse de sus dedos entumecidos. Abrió su mano sin apartar nunca la mirada del ataúd. Aterrizaron con un ruido sordo sobre la superficie pulida. El tío Lewis le cogió la mano, mirándola con la misma lástima que había vislumbrado en todo el mundo en los últimos dos meses.

Estaban observándola y esperando a que se rompiera en mil pedazos, como una vajilla de porcelana delicada. Tal vez era eso lo que se esperaba de las personas de su posición; quizá ocurriera algo malo en ella. Si ese era el caso, no podía evitarlo. Se sentía atontada, simple y llanamente, como si hubiera desaparecido en un olvido diabólico. Su mundo giraba de manera descontrolada, y no guardaba ningún parecido a lo que solía ser. Se encontraba completamente perdida y abandonada. La única certeza era que su vida había cambiado para siempre.

Lágrimas escocían en sus ojos y cerraron su garganta. Inhaló con brusquedad y se armó de valor para luchar contra las emociones que brotaban de su interior. Se le hizo un nudo en la garganta cuando vio caer la primera palada de tierra en la parcela funeraria. El mareo amenazaba con dominarla. Metió sus temblorosas manos entre los pliegues de su chal con la esperanza de que se quedaran quietas.

No debería estar ahí, pero le había rogado al tío Lewis que le permitiera asistir. Algo en lo profundo de su ser la había obligado a verlo con sus propios ojos. Amelia sabía que iba a ser un escándalo, pero lo que dictara la sociedad le importaba un bledo. Quizá debería haberle importado. Si hubiera seguido las normas de la etiqueta, tal vez su corazón no estaría tan destrozado por el carácter definitivo de todo aquello.

—Amelia, es hora de que marchemos.

La voz afligida de su tío se abrió paso por su cerebro confuso. Su dolor era entendible. Papá y el tío Lewis habían sido amigos íntimos desde la infancia. Amelia no respondió nada; ¿qué podía decir? La ayudó a subirse y sentarse en el lujoso asiento de terciopelo negro del carruaje con capota, el favorito de papá.

Papá lo había ordenado a Londres hacía unos años para regalárselo a mamá. Ella nunca pudo verlo; la enterraron el mismo día en que llegó. Mamá había estado fuera, montando en su finca cuando su montura se asustó. El caballo se encabritó y la tiró al suelo. Se rompió el cuello. Murió al instante. El recuerdo de la muerte de su madre profundizó el agujero interno de Amelia. Miró a su tío Lewis. ¿Qué sería de ella? Tanto mamá como papá estaban ahora en sus tumbas. Era hija única. El único familiar que le quedaba, el tío Lewis, vivía en América. Respiró hondo y se mordió el labio inferior para evitar que temblara.

El tío Lewis llegó justo a tiempo para presenciar el fallecimiento de papá. Solamente había vuelto a Inglaterra para el funeral de su cuñado y para cuidar de ella. ¿Se iba a quedar hasta que llegase a la mayoría de edad? ¿O planeaba llevarla a América? Él seguía soltero, así que no tenía familia a la que regresar. Sin embargo, sí tenía una plantación de la que ocuparse. Según comentaban, gozaba de éxito y felicidad allí. Lo miró de soslayo. Por supuesto, él desearía volver a su vida. ¿Qué razón podría tener para permanecer en Inglaterra?

Amelia respiró otra temblorosa bocanada de aire y bajó la mirada hasta sus manos enguantadas, que descansaban sobre su regazo. Dejar atrás su hogar, sus amigos y su país nunca había formado parte de su plan. Inglaterra era lo único que conocía. Carecía de control sobre su vida. Ay, si tuviera veintiún años... Entonces tendría control sobre su herencia y sería capaz de tomar sus propias decisiones.

Mientras tanto, al tío Lewis lo habían nombrado su tutor. Papá puso la finca y la fortuna familiar en fideicomiso hasta que se casara o llegara a la mayoría de edad. Ninguna propiedad de papá estaba vinculada al título, lo cual permitió cederle todo a ella. Incluso se le transfirió el título: vizcondesa de Everthorne. Ahora era una adinerada dama de la nobleza, pero nada de ello importaba un pimiento si se veía forzada a emigrar. Amelia tragó saliva, atravesando el nudo en su garganta.

—Tío Lewis... —Una vez más, le dirigió una mirada de clara compasión—. ¿Qué ocurrirá ahora?

—No nos preocupemos por ello en este momento. Ha sido un día largo, y ambos nos hallamos agotados. —Volvió a mirar por la ventana del carruaje.

¿Qué estaba buscando? Quizá tampoco él supiera lo que pasaría después. Ay, si pudiera ser ella la que tomase la decisión por los dos, le diría que se quedase en Inglaterra. Amelia adoraba la casa londinense de su familia, y no podía imaginarse dejando atrás su finca. Nunca había puesto un pie fuera de Inglaterra, y no quería empezar ahora. Ni aunque fuera por solamente dos años... significaría lo mismo que toda una vida.

El carruaje se detuvo bruscamente, apartándola de sus reflexiones para introducirla de nuevo en la vida real. Miró por la ventana del carruaje a la fachada ornamentada de su casa. Los ventanales semejaban ser los mismos de siempre, pero su vida nunca volvería a ser la misma.

Después de apearse, el tío Lewis estiró una mano para ayudarla a bajar. Edwin, el mayordomo de la familia, se encontraba cerca de la puerta abierta de roble, dispuesto a escoltarlos. Había varios carruajes conocidos aparcados a la vista, y llegaba el murmullo de voces del interior de la casa. Amelia apartó de un empujón las emociones que vibraban en su interior. Sería indigno llorar delante de toda esa gente.

Le dio un apretón a la fuerte mano del tío Lewis.

—No creo que pueda ser una buena anfitriona para ellos.

Se detuvieron delante del primer escalón del porche. Una ligera sonrisa asomó por los labios de él.

—Amelia, querida, nadie espera que te relaciones. Saben que estás de luto. Yo me encargaré de nuestras visitas. Tú retírate a tus aposentos y descansa.

Amelia, por su parte, le dedicó una débil sonrisa.

—Gracias, tío Lewis.

Se sentía abrumada por la tristeza por su padre, y los recuerdos de su madre únicamente aumentaban su depresión. Se puso a pensar en su sombrío futuro, y también en la muerte de su padre... Era demasiado.

Descansaría, y el sueño que le siguiera sería más que bienvenido.

Capítulo 1

El estado de ánimo de Amelia mejoró cuando lady Sarah entró en el salón con un vestido de tafetán color lavanda y marfil. Su amplia falda hizo frufrú al pasar por la puerta. La vestimenta complementaba su melena rubia y acentuaba sus ojos de tonalidad violeta. Amelia no pudo sino admirar su belleza y vivacidad. Siempre estaba tan llena de vida. Llena de la misma esencia que Amelia perdía con rapidez.

Sarah atravesó con paso lento el salón, se acomodó en la silla justo enfrente de Amelia y alisó su falta de tafetán.

—He venido al instante de terminar de leer tu nota. Debo admitir que me has dado un gran susto. ¿Qué es lo que va tan terriblemente mal que no podía esperar?

Amelia inspiró profundo y soltó el aire poco a poco.

—El tío Lewis me ha ordenado mudarme a América. Dice que debo abordar un barco este mismo lunes. —Amelia observó la manera en que el rostro de Sarah pasaba de preocupación a total conmoción.

—¿Una semana? Eso no es factible. ¿Y tus criados y propiedades? Necesitas tiempo para pasar el luto y prepararte. No ha transcurrido ni siquiera un mes entero desde que enterraste a tu padre.

—Precisamente lo que le he dicho, pero no está dispuesto a oír nada de eso. Como mi tutor, espera que haga lo que diga. —El mentón de Amelia temblaba mientras luchaba por no llorar otra vez. El tío Lewis se había mostrado tajante, incluso había salido hecho una furia cuando había intentado persuadirlo. Respiró hondo—. Dime que hay algo que podamos hacer.

Amelia fijó su mirada en los ojos de Sarah y esperó a que hablase. Deseó con cada fibra de su ser que Sarah encontrase una solución.

—¿Y si pudiéramos asegurarte una chaperona para que cuide de ti? ¿Crees que él te concedería más tiempo?

Amelia sonrió por primera vez en más de dos semanas.

—Sarah, eres un sol. Es muy probable que eso funcione. Por lo menos, me proporcionaría una buena solución temporal.

A Sarah le brillaron los ojos cuando miró a Amelia.

—¿Qué te parece su excelencia, la duquesa viuda de Abernathy? Carece de responsabilidades apremiantes y es amiga de tu familia, ¿no es así? —Dejó de hablar el suficiente tiempo para respirar—. ¿Quieres que hable con ella en tu nombre?

A Amelia se le aceleraba el corazón en la misma medida en que sus esperanzas se reavivaban. Cubrió las manos enguantadas de Sarah con las suyas.

—Esto va a funcionar. La duquesa asistió a todos los eventos sociales que mi familia ha organizado. Patrocinó mi presentación en sociedad, e incluso me presentó a la reina. Aunque todo eso ya lo sabes. Le será más difícil negarse a la petición si proviene de mis propios labios. Debo pedírselo a su excelencia yo misma.

A Sarah le danzaron los pendientes cuando Sarah se puso de pie y fue hasta la chimenea.

—Eso es extravagante. Estás de luto. Se armaría un gran escándalo si te dedicases a hacer visitas. Ya creaste un escándalo menor al asistir al entierro de tu padre. Darías mucho que hablar si pasaras a saludar a la gente.

Amelia no pudo discutir con el razonamiento de Sarah. No le haría ningún bien darles de qué hablar en los mentideros... al menos, no aún. Necesitaba que tío Lewis y la duquesa honraran su petición. Sin duda alguna, un gran escándalo tendría el efecto opuesto en sus sensibilidades.

—¿Y si llevamos tu carruaje a la casa de la viuda? Nadie sospechará que soy yo la que va dentro. Y, aunque sospecharan, no tendrán prueba alguna. Cosa que sucederá si mantenemos las cortinas echadas.

—Podemos enviar tu tarjeta de visita a la puerta de su excelencia para avisarle de tu presencia. Con un poco de suerte, saldrá para subir a nuestro carruaje —contestó Sarah, con un destello cómplice iluminando sus ojos.

—Entonces quedamos así. Haré que nos traigan nuestros abrigos y, si alguien pregunta, diremos que vamos de paseo al Hyde Park.

* * * *

El camino hasta la casa de la duquesa transcurrió sin incidentes. Amelia no logró prestar atención a los sonidos y olores londinenses mientras recorrían Piccadilly Street. Solamente se dio cuenta de que habían llegado porque el carruaje se detuvo en St. James Square, delante de Abernathy House.

Sarah dio unos golpecitos en la ventana que tenía detrás, y le tendió a su lacayo sus tarjetas de visita antes de enviarlo hasta la puerta de la viuda. La gran casa de su

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