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La imaginación escrita: Manual de técnicas de redacción expresiva
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Libro electrónico525 páginas6 horas

La imaginación escrita: Manual de técnicas de redacción expresiva

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La imaginación escrita es una publicación que busca enseñar a sus lectores técnicas de redacción para lograr una mejor y detallada comunicación. ¿Cómo lograr esto? Apelando a la dimensión afectiva y a las emociones de los lectores; jugando con el orden y la sonoridad de las palabras; dándoles a estas ritmo, potencia, color, exactitud; haciendo que nuestro lenguaje sea, en fin, distinto y esté al servicio de los queremos decir.

En este libro —escrito por Raúl Montesinos, Percy Galindo, John Valle Araujo, Rommy Balabarca Fataccioli, Gisela Salas Carrillo, Martín Cervetto, Carlos Gallardo, Ricardo Huamán Zúñiga y Marco García Falcón—, se exponen y se llevan a la práctica una serie de técnicas para alcanzar una escritura más original y, por lo tanto, más efectiva.
IdiomaEspañol
EditorialEditorial UPC
Fecha de lanzamiento25 ago 2017
ISBN9786123180515
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    La imaginación escrita - Editorial UPC

    Raúl Montesinos Parrinello

    Elaboración propia

    «La comunicación es un arte sutil que florece con la frescura y se marchita con la repetición. Ha de realizarse de formas nuevas, frescas, y diestramente».

    William Bernbach

    1.1 LA COMUNICACIÓN COMO ACTO SOCIAL: SITUACIÓN, INTENCIONES Y NECESIDADES COMUNICATIVAS

    Ante una situación de tensión o peligro, nuestro cuerpo, sin que lo sepamos, activa una serie de medidas que nos preparan para enfrentar mejor ese escenario: en instantes, como por arte de magia, el corazón bombea a mayor velocidad para irrigar mejor el organismo; la sangre disminuye en la piel, en las vísceras, en las partes que en ese momento menos la requieran, y llega abundante a los músculos y los prepara para huir o luchar; los párpados se abren y las pupilas se dilatan para mejorar la visión; aumenta también el caudal sanguíneo en los sesos y, como consecuencia, la actividad cerebral general… Similares reacciones involuntarias asoman en situaciones menos dramáticas: frente a un descenso repentino de la temperatura, por ejemplo, advertimos en nuestra piel el reflejo pilomotor —es decir, se nos «pone la piel de gallina»—, que se activa para protegernos del frío; o, al contrario, en un ambiente muy caliente o luego de soportar actividad física intensa, sudamos para refrigerar nuestro cuerpo. Sin que nos demos cuenta, nuestro organismo actúa y se adapta según las condiciones del entorno.

    Por supuesto, no solo estamos comandados por reacciones fisiológicas involuntarias. Y no bastará con ellas, por cierto, para desenvolvernos bien en todas las situaciones. Si queremos correr una maratón, por ejemplo, tendremos que prepararnos y entrenar concienzuda y arduamente. Durante la carrera, nuestro éxito o fracaso dependerá también de nuestras decisiones: de cuándo acelerar la marcha, de cuándo aminorarla, de cuánto tiempo mantener un mismo ritmo; dependerá, pues, de la estrategia empleada. Con todo, probablemente logremos un objetivo que, en circunstancias regulares —sin preparación o en un primer intento—, nos sería esquivo. De alguna manera, también nos habremos adaptado a la exigencia de esa prueba, esta vez conscientemente, con entrenamiento y apelando a una serie de estrategias concretas.

    Conscientes o inconscientes, sincrónicos o diacrónicos, naturales o aprendidos, los procesos de adaptación del ser humano son, pues, complejos y sorprendentes. Nuestras capacidades singulares, nuestra experiencia, nuestra preparación, nuestras decisiones son, por decirlo de algún modo, los recursos con los que contamos para devolvernos —acertada o no tan acertadamente— en diversos contextos. Pues bien: en el lenguaje, ocurre algo similar.

    Al comunicarnos verbalmente, tanto de forma oral como por escrito, solemos adaptar nuestro discurso —más consciente o menos conscientemente, y con diferente grado de éxito— a la situación comunicativa en la que nos hallamos. Por ejemplo, probablemente no redactaremos de la misma manera un correo a amigos cercanos para invitarlos a una fiesta que otro cuyo fin sea conseguir un puesto de trabajo. Podemos comprobar, del mismo modo, que esto ocurre en el ámbito laboral: una empresa no utilizará el mismo lenguaje para emitir un comunicado oficial en un diario que para publicar, en ese mismo medio, un aviso publicitario de uno de sus productos.

    Esta adaptación suele responder no solo al contexto, sino también a nuestras intenciones y a nuestras necesidades comunicativas. En efecto, al comunicarnos, perseguimos objetivos de lo más variados: informar, persuadir, entretener, conmover, ordenar, entre otros, o varios de los anteriores a la vez. Como emisores de un discurso concreto —finalmente, como comunicadores—, apelamos a diferentes herramientas, lingüísticas o no lingüísticas, para lograr esos propósitos y para, en buena cuenta, alcanzar una comunicación que funcione adecuadamente en cada situación. De una manera u otra, pensamos en dónde estamos, a quién nos dirigimos y para qué, y, considerando lo anterior, elegimos qué decir y cómo hacerlo.

    En líneas generales, nuestra competencia comunicativa suele permitir que nos adaptemos suficientemente bien a las diversas situaciones en las que nos encontremos. Volvamos, por ejemplo, al caso del correo dirigido a amigos cercanos para invitarlos a una fiesta. En este escenario, seguramente solo tendremos que saber escribir y manejar de forma muy básica las herramientas del correo electrónico para que esa comunicación prospere. Nuestra «experiencia de vida» bastará, por tanto, para que nos desenvolvamos bien en ese ámbito.

    En contraste, ¿qué ocurrirá en el caso del correo cuyo fin sea conseguir un trabajo? Probablemente redactarlo no será tan sencillo: para empezar, tendremos que seguir —y conocer— el formato de un correo propio de ese ámbito, utilizar un registro formal, gramaticalmente correcto, que cumpla con las reglas ortográficas y de puntuación, con la normativa vigente, etcétera. En esa comunicación tal vez adjuntemos nuestro currículo; para ello, tendremos que saber componer ese tipo de texto y sopesar si nuestro documento será relevante o no para el trabajo que intentamos conseguir.

    Y probablemente necesitemos manejar aún más recursos discursivos en otros ámbitos. Situémonos, por ejemplo, en el caso planteado líneas antes sobre el lenguaje utilizado en las comunicaciones externas de una empresa. Redactar un comunicado oficial en un diario o construir un eslogan publicitario implicará el uso de herramientas lingüísticas totalmente distintas para cumplir con las necesidades comunicativas de cada situación. En el caso del comunicado oficial, así como cuando redactamos un correo formal o cuando enviamos un currículo, tendremos que respetar una serie de normas y utilizar un tipo de lenguaje, precisamente, más formal. En el caso de la publicidad para vender el producto, en cambio, esto no será suficiente o, incluso, será contraproducente; de hecho, emplear un lenguaje más creativo, que se mezcle con recursos propios de otros lenguajes —como el visual, el sonoro o el audiovisual, por ejemplo—, funcionará mucho mejor que un registro más convencional o formal.

    En estos últimos casos, entonces, adaptarnos a la situación comunicativa y, sobre todo, conseguir nuestros objetivos no será tan fácil: dependerá de nuestros conocimientos, de cuánto pensemos en nuestros destinatarios, de cuán bien preparemos nuestros productos, de cuán pertinentemente utilicemos las herramientas lingüístico-discursivas que tengamos a la mano; dependerá, en suma, de las competencias, habilidades o capacidades que tengamos como comunicadores.

    En el ámbito universitario, nos hemos entrenado básicamente en un tipo de registro, el formal, que nos ha servido —y sigue sirviendo— para desenvolvernos bien, comunicativamente hablando, en diversos contextos. Ahora, iremos un paso más allá y exploraremos una posibilidad más del lenguaje escrito, la del que llamaremos lenguaje expresivo. Veremos en qué consiste, cómo se diferencia de un uso más referencial, qué utilidad puede tener, en qué casos lo podemos emplear, de qué técnicas nos podemos valer para aprovecharlo. Analizaremos también ejemplos concretos en los que aparezca. Y, sobre todo, nos entrenaremos en su uso y lo explotaremos como herramienta discursiva escrita.

    Comprobamos al inicio de este capítulo que, mediante una serie de recursos, conscientes o inconscientes, generalmente somos capaces de adaptarnos a los más variados contextos. Observamos que esto sucedía a veces automáticamente, incluso a nivel orgánico, y que otras veces dependía de nuestro raciocinio o de habilidades adquiridas. Fuimos un paso más allá y evidenciamos que algo parecido ocurría en el lenguaje y, por extensión, en la comunicación verbal escrita, campo en el que es imprescindible manejar diversos registros y técnicas para desarrollarnos convenientemente en función de nuestras intenciones. Pero la complejidad y riqueza del lenguaje no residen allí. Todo evento de comunicación es, ante todo, una acción social. Comunicarnos, utilizar un lenguaje o —para nuestro caso— expresarnos por escrito, finalmente, no solo supone complejos procesos de adaptación o de interacción con el entorno y con los demás. No se reduce tampoco a fines pragmáticos o utilitarios. Sus alcances y posibilidades enriquecen nuestros vínculos con lo que nos rodea y nuestra vida cotidiana. Nos posicionan en el mundo y nos construyen como sujetos. Pero, por sobre todas las cosas, el lenguaje nos revela: su uso es, sin duda, una radiografía de lo que somos.

    1.2 LA MIRADA PERSONAL: EXPRESIVIDAD FRENTE A REFERENCIALIDAD

    El texto expresivo explota un uso más personal y creativo del lenguaje.

    En el apartado anterior, aludíamos al concepto de lenguaje expresivo. Decíamos que íbamos a entrenarnos en su uso —en particular, en su vertiente escrita— y que era un instrumento fundamental en nuestra condición de comunicadores. Adelantábamos incluso que, de alguna manera, se trataba de una forma de expresión distinta del llamado lenguaje —o estilo— formal, registro que, a estas alturas, probablemente manejemos suficientemente bien. Entonces, ¿a qué aluden estos conceptos? ¿A dónde apuntamos cuando hablamos de referencialidad o de expresividad? Finalmente, ¿cómo transitamos de lo referencial a lo expresivo? En este capítulo, esbozaremos unas primeras ideas sobre lo que supone el lenguaje expresivo; en los siguientes, profundizaremos en él y lo aprovecharemos como lo que es: una poderosa herramienta textual.

    Quizá un primer acercamiento inteligente para abordar las diferencias entre referencialidad y expresividad sea evitar caer en definiciones cerradas. En verdad, como sucede en tantos otros aspectos propios de este ámbito, no existe un lenguaje puramente referencial y otro netamente expresivo; no se trata de dos categorías drásticamente diferenciadas. Por cuestiones pedagógicas, sin embargo, sí nos puede ayudar oponer los dos conceptos, o al menos ubicarlos frente a frente, y centrarnos en el terreno textual escrito, que es el que en este momento nos interesa. Hagámoslo imaginando un continuo en el que haya textos más expresivos y textos más referenciales, como dos polos dentro de los cuales hay una gradación de menos a más:

    Gráfico 1.1 Gradación de referencialidad o expresividad en los textos

    Elaboración propia

    Aproximémonos primero a lo que hemos denominado lo referencial. Para ello debemos darle una mirada a un término que está detrás de aquel concepto: el de referente. Simplificando un poco esta noción, podemos decir que el referente, para lo que aquí nos interesa, es ‘a lo que nos referimos’. En ese sentido, diremos que un texto —o un mensaje— es más referencial si está más inclinado hacia el referente, esto es, hacia aquello a lo que hacemos referencia. En un texto referencial, entonces, resaltaremos la información que lleva el mensaje, no tanto su forma; buscaremos transmitirla de la manera más directa posible. Desde la perspectiva de las teorías sobre las funciones del lenguaje, diríamos que aquí estamos ante una primacía de la función referencial: la lengua cumple una serie de funciones según las intenciones del hablante; en el acto comunicativo, la función referencial predomina cuando, precisamente, se concentra en el asunto del que se trata, en la realidad extralingüística que representa o a la que alude.

    Llegados a este punto, puede que la noción de referencialidad esté todavía un tanto nebulosa. ¿Acaso la mayor parte de los textos que leemos o producimos no están inclinados hacia aquello de lo que tratan? En ese sentido, ¿no son todos referenciales? Como hemos empezado a insinuar líneas antes, la clave está en los propósitos comunicativos de quien emite el mensaje. El lenguaje referencial cumple, fundamentalmente, una función práctica, y su eficacia comunicativa se mide de acuerdo con su capacidad semántica para referir o remitir a aquello que existe «fuera del lenguaje». Por ello, privilegia la denotación o el sentido «literal» de las palabras. En términos de Alberto Escobar, esto se evidencia, por ejemplo, «cuando llegamos a una bodega y pedimos un paquete de cigarrillos, cuando preguntamos si alguien vino a buscarnos […]. En estas circunstancias el lenguaje, en la mayoría de los casos, sirve primariamente a una finalidad referencial, vale decir, que sirve como indicador de un círculo de objetos o conceptos que están fuera de él y hacia los cuales apunta, a los cuales denota» (Escobar 2003 [1970]: 43). El lenguaje referencial, pues, suele ser unívoco.

    En esta línea, algunos ejemplos sencillos de uso de lenguaje referencial serían los siguientes:

    •El título de un libro académico: 100 años de cine en el Perú. Una historia crítica (libro de Ricardo Bedoya, investigador y crítico peruano de cine).

    •Un titular de un artículo en internet: «Diez dibujos animados que fueron censurados» (artículo de Jaime Rubio Hancock publicado en «Verne», sección del diario El País ).

    •Una empresa de soporte técnico de computadoras que le escribe a su cliente: «Estimado Sr. Ramírez: / Le informamos que ya hemos realizado el mantenimiento solicitado para su computadora. Puede pasar a recogerla de 8 a 6 p. m. / Quedamos a su disposición para cualquier consulta. / Saludos cordiales / Equipo de Servicio Técnico».

    •Unas indicaciones para armar una carpa: «1. Retire la carpa de su empaque. 2. Coloque las varillas juntas para armar el marco de la carpa. 3. Una vez que el marco esté armado, coloque el cobertor encima. 4. Asegúrese de clavar en el suelo el cobertor de la carpa para que no se la lleve el viento».

    Como vemos, utilizamos el lenguaje referencial en muchas ocasiones. Hacerlo, está claro, funciona comunicativamente hablando en diversos contextos. Imaginemos, por ejemplo, que somos periodistas y tenemos que redactar una noticia sobre los resultados de unas últimas elecciones presidenciales. ¿Qué información deberíamos privilegiar en ese caso y cómo la expondríamos a nuestros lectores? Desde el titular, tendríamos que ir al centro del asunto: el resultado de la elección. Para ello, seguramente utilizaríamos un lenguaje simple y directo, y nos moveríamos en un nivel meramente denotativo. En la misma noticia, podría ser relevante alguna información adicional, como incidencias en la jornada electoral o proyecciones sobre lo que viene, pero no mucho más. En ese contexto, en cambio, no sería conveniente escribir sobre si nosotros, como autores de la noticia, estuvimos contentos o no con los resultados —de hecho, nadie esperaría alguna información sobre el autor en esas líneas—, o describir exhaustivamente los centros de votación, o hacer en ese momento un perfil de los candidatos. La situación comunicativa y los objetivos de nuestro texto nos inclinarían, además de a elegir información pertinente, a utilizar un lenguaje más referencial, que nos «aleje» como autores, por decirlo de algún modo, de la información que exponemos.

    Este último punto es sumamente importante. En principio, y nuevamente según las intenciones comunicativas, al utilizar un lenguaje más referencial pretendemos —por razones prácticas, por intereses particulares, y consciente o inconscientemente— distanciarnos de lo referido. Ahora bien, ¿es acaso posible conseguir neutralidad absoluta en lo que decimos o expresamos por escrito? En otras palabras, ¿podemos hacer uso de un lenguaje que represente de manera objetiva la realidad, y así plasmarla en el lenguaje textual? Definitivamente, no. Reflexionábamos al final del apartado anterior sobre una verdad irrefutable: el uso del lenguaje es una radiografía de lo que somos. En este sentido, si hurgamos en nuestro lenguaje o en nuestra prosa, siempre será posible encontrar, a modo de huellas digitales, marcas discursivas —de modalidad o modalización, por ejemplo, desde la lingüística especializada— que nos muestren como lo que somos: sujetos con intenciones, experiencias y estilos distintos, y también con ideologías e, incluso, sesgos y carencias. A esta realidad no escapa tampoco el lenguaje referencial.

    Dicho esto, es evidente que, en un texto inclinado hacia lo referencial, es más difícil ver reflejado algo del autor, salvo que explícitamente el objetivo de su escrito sea, por ejemplo, emitir su opinión o posición respecto de un asunto. En estos sentidos, podríamos apuntar que el autor de un texto referencial suele estar, al menos en apariencia, más alejado emocionalmente de su producto. En todo caso, su presencia en el texto resulta menos obvia. ¿Y esto por qué ocurre? Principalmente porque, en esas ocasiones, esa presencia es menos necesaria. Volvamos sobre los ejemplos de lenguaje referencial propuestos líneas antes y releámoslos. ¿Podemos decir algo de los autores? Probablemente no demasiado. Ocurre también que, aunque esto puede ser discutible y variable, el lenguaje referencial tiende a ser más homogéneo —incluso estándar— dentro de una determinada comunidad de hablantes. Se trata de un uso más convencional en todos los sentidos de la palabra.

    Esbozadas algunas ideas sobre lo referencial, aproximémonos ahora a lo expresivo, aunque tal vez nuestra intuición, en el camino razonado que estamos intentando recorrer, ya nos haya ido dando algunas luces al respecto. Aprovechemos para ello las reflexiones que hemos delineado sobre lo referencial.

    Decíamos al inicio que no existía un lenguaje expresivo —y, por extensión, textos expresivos— «a secas». Lo cierto es que se trata de un concepto intrincado cuyos alcances y límites son difíciles de establecer. Quizá una manera astuta de aproximarnos al campo difuminado de ese aspecto del lenguaje sea asumir que, más que un lenguaje expresivo per se, existen las que podríamos llamar marcas de expresividad.

    Podríamos a su vez empezar diciendo que, a diferencia del lenguaje referencial, el lenguaje expresivo no solo centra su atención en lo referido, sino que pone énfasis en la manera en que el mensaje se construye; en ese sentido, al utilizar lenguaje expresivo —o, para lo que nos interesa, al construir un texto que presente marcas de expresividad—, no nos limitamos a tratar sobre el asunto del que presentamos una información equis, es decir, sobre la realidad extralingüística que representamos mediante las palabras. No nos quedamos tampoco en un plano meramente denotativo. No limitamos nuestro escrito a una función práctica. De alguna manera, aprovechamos el lenguaje desde su faceta estética.

    En efecto, el uso lingüístico que denominamos expresivo se genera en una situación comunicativa distinta. En este caso, lo expresado lingüísticamente, como señala Escobar, «reclama existencia por estar ahí, en contexto generado en su composición, no como referencia de ciertos hechos, sino como los propios hechos» (2003 [1970]: 43). Así, el lenguaje expresivo es autorreferencial, puesto que remite a sí mismo: «se nos da como un hecho, como objeto estético con existencia plena» (Escobar 2003 [1970]: 45). De este modo, el lenguaje expresivo es autónomo respecto de los «referentes denotativos» y exige una decodificación que lo sitúe en la esfera artística, ya que su validez comunicativa no se puede —ni se debe— medir en función de su eficacia para remitir a algo «fuera del lenguaje». Podríamos plantear que, en el uso expresivo del lenguaje, «los factores connotativos adquieren un relieve excepcional, que exalta las posibilidades simbólicas de la palabra» (Escobar 2003 [1970]: 44). Dichas posibilidades estéticas pueden ser potenciadas por medio del empleo de distintos recursos y mecanismos discursivos, como veremos a lo largo de este libro.

    Otra potencial marca expresiva se deriva de la reflexión anterior: el lenguaje expresivo permite —a veces, incluso, exige— jugar no solo con el plano denotativo de la lengua, sino con la connotación. En este punto también nos detendremos más adelante. En cualquier caso, el lenguaje expresivo es menos llano y convencional, y permite movernos entre diferentes planos de significación.

    Volvamos al ejemplo propuesto párrafos antes sobre la noticia acerca de unos resultados en elecciones presidenciales. Habíamos comprobado que, en ese caso, lo más pertinente iba a ser utilizar un lenguaje más bien referencial. En contraste, ¿qué pasaría si, también en nuestro rol de periodistas, nos toca cubrir esa nota, pero esta vez con el objetivo de crear una crónica sobre el suceso? En ese caso, el uso de un lenguaje solo referencial sería contraproducente. Esa situación y ese tipo de texto nos demandarían no solo la selección de información distinta (tal vez alguna anécdota, algún dato menor que pueda ser relevante, alguna descripción del lugar o de alguno de los personajes de la elección), sino también el uso de otros artilugios del lenguaje para que funcione para ese propósito comunicativo y ese contexto.

    Ahora bien, en el caso del lenguaje expresivo, ¿qué ocurriría con la presencia del autor en el texto? Nuevamente, para esto no hay una sola respuesta: todo dependerá del contexto y de las intenciones del emisor. Sí podemos decir, sin embargo, que será más probable encontrarnos con su presencia y palparla sin escudriñar demasiado entre líneas. No en vano una de las acepciones del término expresivo, recogida en el Diccionario de la lengua española, es ‘que muestra con viveza los sentimientos de la persona que se manifiesta por aquellos medios’ (RAE 2016). Cada palabra del texto expresivo, quizá más que en el caso de un texto más referencial, llevará la huella de su autor, y este tendrá que ser responsable de su elección.

    Existen, por supuesto, muchas otras posibles marcas de expresividad: el uso de un lenguaje más particular y propio, la potencial mezcla de registros, la presencia de estructuras textuales mucho menos rígidas, entre otras. Las iremos explorando en los siguientes capítulos. Pero es importante que vayamos reparando en una que quizá se sitúa por encima de las demás: el lenguaje expresivo debe explotar nuestra mirada personal y subjetiva sobre lo que nos rodea. En este sentido, como también lo iremos viendo a lo largo de estas páginas, deberemos ser cuidadosos con su uso, y evitar caer en expresiones triviales, muy empleadas, tópicas, pues con ello quebrantaríamos dos rasgos fundamentales de la expresividad: la creatividad y la originalidad.

    Llegados a este punto, tal vez nuestras reflexiones sobre el lenguaje expresivo, más bien teóricas, puedan resultar un tanto confusas o poco palpables. Para ir acortando la brecha entre teoría y práctica, y teniendo como contraparte las cuatro muestras de lenguaje referencial que leímos hace unos párrafos, observemos ahora algunos ejemplos paralelos de uso de lenguaje expresivo en contextos diversos:

    •Un título de un libro-ensayo: Las venas abiertas de América Latina (libro-ensayo del escritor uruguayo Eduardo Galeano)

    •Un título de un artículo publicado en internet: «Empresarios del viento» (artículo de Diana Amador sobre empresarios mexicanos que instalan aerogeneradores para aprovechar la fuerza del viento de una zona de México, publicado en Etiqueta Verde , revista de periodismo narrativo)

    •Una carta que le remite el escritor francés Gustave Flaubert a su amada: «La próxima vez que te vea te cubriré con amor, con caricias, con éxtasis. Te atiborraré con todas las alegrías de la carne, de tal forma que te desmayes y mueras. Quiero que te sientas maravillada conmigo, y que te confieses a ti misma que ni siquiera habías soñado con ser transportada de esa manera. Cuando seas vieja, quiero que recuerdes esas pocas horas, quiero que tus huesos secos tiemblen de alegría cuando pienses en ellas» (Arcadia 2012).

    •«Indicaciones para llorar», texto del escritor Julio Cortázar en el que juega con las posibilidades del lenguaje: «Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. / Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. / Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos» (Cortázar 2009: 415).

    Ahora, juntemos los ejemplos expuestos líneas atrás y comparémoslos con estos otros recientes, ayudándonos de la siguiente tabla:

    Gráfico 1.2 Ejemplos de escritos referenciales y expresivos

    Elaboración propia

    Bajo todas las consideraciones señaladas, entonces, manuales tradicionales, enciclopedias, noticias duras de diarios denominados «serios» o más formales, artículos científicos o académicos, investigaciones, etcétera, serían ejemplos de textos referenciales en diverso grado. En cambio, ¿qué textos pueden explotar el lenguaje expresivo? Textos literarios, avisos publicitarios o expresiones propias del campo de la publicidad y el marketing, crónicas o perfiles periodísticos, blogs de diversa temática, entre muchos otros. La lista, naturalmente, acaba donde la situación comunicativa y el autor lo decidan.

    Finalmente, podemos ir sosteniendo lo siguiente: en lo fundamental, el lenguaje expresivo no es una ciencia oculta, tampoco una forma de expresión que nos es ajena: es parte de nosotros y del lenguaje que utilizamos en el día a día. Solo tenemos que saber aprovecharlo y explotarlo como potente —y necesario— instrumento discursivo.

    Ahora, entonces, comprobémoslo. En el apartado siguiente, veremos y analizaremos con detalle algunos ejemplos más de usos de lenguaje referencial y lenguaje expresivo.

    Ejemplo 1. Niveles de expresividad en el lenguaje

    Leamos, comparemos y analicemos los tres textos expuestos a continuación.

    Texto A

    Ingredientes

    200 gramos de pescado fresco

    8 limones

    1 cebolla

    1 ají limo

    sal

    pimienta

    ajo

    Preparación

    Luego de cortar el pescado en trozos pequeños, se condimenta con sal, pimienta y ajos. Después se le agrega el jugo de ocho limones y un ají limo entero bien chancado.

    La preparación se deja cocinar durante dos minutos.

    Luego se sirve acompañado de una porción de choclo, una de cebolla, una rodaja de camote y otra de rocoto.

    Adaptado de Recetario encarte de Santa Isabel

    Texto B

    Para mí, el mejor cebiche se prepara al norte del Perú, especialmente en Piura. Las razones para afirmar esto son dos. En primer lugar, los ingredientes utilizados son mejores. Por ejemplo, el limón piurano es más ácido que el vendido en otras zonas del país, lo que mejora la cocción del pescado. En segundo lugar, la receta utilizada en la mayoría de cebicherías piuranas es la tradicional, la verdadera: solo pescado, limón, cebolla, ají y sal. Nada de cosas extrañas como ajo o culantro, que suelen ser utilizadas en otros lugares.

    Texto C

    «El cebiche, con todas las de la ley, proviene del norte. Un pescado

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